Javier Biardeau R.
I. Introducción
La historia cultural y
política del Perú de la segunda década del siglo XX no puede comprenderse sin
la aparición de la “Revista Amauta”, fundada y dirigida por “José Carlos
Mariátegui La Chira” desde su primer número el 10 de septiembre de 1926 hasta
1930, todo esto en el contexto sociopolítico del “oncenio” de Augusto Leguía.
La revista publicó 30
números y dos boletines extraordinarios luego del fallecimiento de su fundador[1]. En
su editorial de presentación, Mariátegui escribió[2]:
“Esta revista, en el
campo intelectual, no representa un grupo. Representa, más bien, un movimiento,
un espíritu. En el Perú se siente desde hace algún tiempo una corriente, cada
día más vigorosa y definida, de renovación. A los autores de esta renovación se
les llama vanguardistas, socialistas, revolucionarios etc. La historia no los
ha bautizado definitivamente todavía. Existen entre ellos algunas discrepancias
formales, algunas diferencias psicológicas. Pero por encima de lo que los
diferencia, todos estos espíritus ponen lo que los aproxima y mancomuna: su voluntad
de crear un Perú nuevo dentro del mundo nuevo. La inteligencia, la coordinación
de los más volitivos de estos elementos, progresan gradualmente. El movimiento
intelectual y espiritual, adquiere poco a poco organicidad. Con la aparición de
"Amauta" entra en una fase de definición.”
Además de las palabras
fundacionales de numero 1, el numero 17 constituye el deslinde definitivo hacia
el anti-imperialismo, el anticolonialismo y el socialismo revolucionario
(“Aniversario y Balance”[3]),
mientras el número 30 nos presenta ya el homenaje de todo un grupo que lo
acompañó cercanamente tras su fallecimiento[4].
El número 30 detallaba
su labor como escritor, periodista y director de la revista, constituyendo uno
de los documentos más interesantes para conocer la trayectoria de Mariátegui. Tras
el fallecimiento de Mariátegui, Luis E. Valcárcel escribió:
“La figura más grande
de la intelectualidad del Perú de esta generación, José Carlos Mariátegui, ha
desaparecido. Pensador y apóstol, la juventud de América veía en él, con legítimo
orgullo, el rebrote feliz del genio del continente que, unas veces, crea a
Bolívar y, otras, a Juárez, que hoy anima a Ingenieros y antes a Marti, que
alumbra a Montalvo con espontánea complacencia que a Rubén, que tan pronto esquiva
su fecundidad y se la niega a los políticos como se la prodiga a los artistas.
América del futuro, América eterna vivió en Mariátegui, y por eso en él se
contempló la juventud de este hemisferio. En esta década, el Perú sólo fue
citado con honor cuando aparecía: el nombre de José Carlos Mariátegui. Y lo que
salva al Perú, lo que salva la responsabilidad de la juventud peruana, es el
apostolado de Mariátegui, su obra doctrinaria, su élan de cultura y de
creación, su fervor y desinterés, su apoyo del oprimido y su intuición
admirable de todos los problemas cardinales de América. Mariátegui los estudia
y los resuelve.”
El proyecto de la
revista Amauta fue mucho más que una publicación periódica: constituyó un “proyecto
intelectual total”, una plataforma de intervención cultural y una herramienta
de lucha en un contexto marcado por un proceso de “modernización dependiente,
reflejo, trunco y desigual”, por el autoritarismo estatal, el auge de las
vanguardias artísticas, así como la emergencia y movilización de movimientos
obreros e indígenas en el Perú.
En un país donde la
cultura escrita (ciudad letrada) había sido, durante largo tiempo, un
privilegio de casta de las elites limeñas y donde el problema indígena era
sistemáticamente marginado o folklorizado, Amauta irrumpió como un espacio de “reconfiguración
del campo cultural”, articulando arte, literatura, crítica social y política
revolucionaria.
La revista se convirtió
en un laboratorio donde se ensayó una idea fundamental: un proceso de
activación social y política cuyo horizonte era la revolución socialista, proceso
que no podía limitarse a lo económico o lo político, sino que debía implicar
una transformación profunda de la sensibilidad, del lenguaje, de la imaginación
y de las formas de representación. He allí su carácter de vanguardia cultural.
En este sentido, Amauta
cumplió una función doble e inseparable: por un lado, una “función
estético-literaria”, al promover la modernidad artística, el rol de las
vanguardias, el debate cultural y la formación de una conciencia crítica; y por
otro, una “función política”, al constituirse en un órgano de formación teórico-ideológica
que no se concentraba exclusivamente en la dimensión estética, sino además en
la articulación socialista e impulso de un nuevo pensamiento peruano y
latinoamericano (con fuerte impronta indoamericana).
Ambas dimensiones se
entrelazaron en un mismo propósito: crear una “cultura popular revolucionaria”
capaz de disputar la hegemonía de la clase dominante, interpretando el Perú
desde sus contradicciones reales, desde su lugar en el sistema capitalista
mundial y no desde imitaciones superficiales de Europa.
En el presente texto
analizamos algunas coordenadas básicas e introductorias de la función
estético-literaria y política de Amauta, su estructura, sus períodos, sus temas
clave, y el papel decisivo de Mariátegui como director, editor y articulador de
toda una red intelectual continental emancipadora.
Sostenemos como tesis
central que Amauta fue el proyecto más coherente de “modernidad crítica y
radical” del Perú en el periodo de entreguerras, y que su legado consiste en
haber fundado una forma de pensar, donde estética y política son dimensiones
inseparables de una misma praxis histórica.
Generalmente se ha
reconocido que la revista “Amauta”, fundada y dirigida por “José Carlos
Mariátegui” (1926-1930), representó una suerte de expresión radicalizada del “modernismo”
en el Perú. Sin embargo, no debe confundirse con el movimiento literario
hispanoamericano del “Modernismo literario” (Darío (Nicaragua), José
Martí (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México) y José Asunción Silva (Colombia)
etc.)), sino que aquí “modernismo” se entiende en un sentido más amplio y
político: la búsqueda de una “modernidad alternativa”, anticapitalista y con
raíces en la realidad indoamericana peruana.
El proyecto compartió
con el modernismo en sentido estricto, la búsqueda de una identidad
latinoamericana, intentando definir una voz y una cultura propias, diferenciándose
de las metrópolis europeas, creando un nuevo lenguaje literario. El modernismo
literario buscó la musicalidad y el colorido, mientras que la vanguardia de
Amauta apostó por la experimentación formal y la ruptura con los moldes
tradicionales.
Sin embargo, ambos movimientos
estuvieron atentos a las corrientes artísticas cosmopolitas. El modernismo
asimiló el simbolismo y el parnasianismo franceses, y Amauta conectó con las
vanguardias europeas (futurismo, surrealismo) y latinoamericanas.
El primer modernismo
literario tendió más a un esteticismo y a un cierto escapismo de la realidad
inmediata, refugiándose a menudo en un mundo exótico y sensorial. En cambio,
Amauta asumió una postura abiertamente política y beligerante. Mariátegui la
definió como una "fuerza beligerante", que rechazaba la neutralidad y
buscaba la imbricación del arte en los procesos de transformación social.
Por otra parte, el
modernismo se centró en temas exóticos, íntimos y fantásticos. Amauta, por el
contrario, puso en el centro de su agenda el indigenismo, la cuestión social,
la revolución y la construcción de una cultura nacional revolucionaria que
integrara la experiencia indígena a la modernidad.
Mientras el modernismo
fue la estética dominante hasta los años 20, Amauta fue el principal foco de
difusión de la vanguardia en América Latina, una generación que se definió por
su ruptura radical con la tradición modernista como meramente una actitud meramente
estética. De hecho, la revista dio preferencia a los poemas de corte
vanguardista, publicando a autores como César Vallejo, Martín Adán o Carlos
Oquendo de Amat, entre muchos otros.
Mientras el poeta
modernista solía ser un artista aislado en su "torre de marfil",
Amauta propuso un intelectual comprometido, que actuaba como "la voz de un
movimiento y de una generación" y que buscaba incidir directamente en los
debates políticos y sociales de su tiempo.
De esta manera, Amauta
representó un proyecto político-cultural que buscó fusionar el arte con la
revolución social, el indigenismo y el socialismo. La revista fundada por
Mariátegui recogió la búsqueda de una identidad propia que ya estaba en el
modernismo, pero la orientó hacia un compromiso activo con la realidad social y
política del continente.
Mariátegui entendía que
la verdadera transformación del Perú, no podía ser una copia del modelo europeo
o norteamericano, sino que debía pasar por un proyecto socialista que integrara
la herencia indígena y los conflictos de una sociedad dividida ya en clases
sociales, producto de la creciente penetración del imperialismo sobre el Perú,
luego de la experiencia de la tradición colonial y luego de la problemática alba
criolla republicana[5].
“Amauta” fue el órgano central de este proyecto.
II. Contexto histórico:
Perú, modernidad y crisis (1920–1930).
La década de 1920 en el
Perú se caracterizó por tensiones profundas. Por un lado, se consolidaban los procesos
de modernización dependiente y refleja: crecimiento urbano, expansión de la
prensa, mayor circulación de ideas internacionales y aparición de una clase
media intelectual. Por otro lado, persistía una estructura social semicolonial
(persistencia de la “feudalidad colonial”), especialmente en la sierra, donde la
mayoría indígena seguía sometida al gamonalismo, sobre-explotación y las relaciones
de servidumbre.
En el plano político,
el país vivía bajo el gobierno de “Augusto B. Leguía” (1919–1930), conocido
como el “Oncenio”, un régimen autoritario que promovió obras públicas y
modernización económica, pero también restringía las libertades y perseguía a
los opositores. En ese contexto, las voces disidentes encontraron en revistas
culturales y periódicos un espacio privilegiado de resistencia simbólica.
Al mismo tiempo, el
mundo atravesaba la crisis del capitalismo liberal tras la Primera Guerra
Mundial (1914), la Revolución Rusa (1917), el ascenso de movimientos obreros y
la emergencia del primer fascismo. Las ideas marxistas comenzaban a circular
con mayor intensidad en América Latina, pero se enfrentaban al desafío de
“adaptarse a realidades distintas” de la europea. En el Perú, ese desafío se vinculaba
directamente al problema indígena, al carácter agrario de la economía y al peso
histórico-cultural de las tradiciones comunitarias.
Es en este marco donde
Mariátegui regresa al Perú en 1923 tras su estancia en Europa, de todo su
aprendizaje de un marxismo crítico y anti-dogmático, trayendo consigo una
formación marxista peculiar y una visión cultural moderna.
Su proyecto intelectual
consistirá en una tarea ambiciosa: interpretar el Perú desde una nueva
reformulación y síntesis teórica revolucionaria, en la que el socialismo no fuera
copia sino creación heroica. Amauta sería uno de los instrumentos principales
para esa tarea.
III. Fundación y
título: el sentido de “Amauta”
La revista fue fundada
en Lima en “septiembre de 1926”. Su título no fue casual. La palabra “Amauta”
proviene del mundo quechua y designa al sabio, al maestro, al intelectual en el
sentido de las tradiciones andinas. La elección del nombre expresaba un gesto
ideológico y cultural clave: situar la modernidad peruana no como imitación
europea, sino como diálogo entre lo contemporáneo y las tradiciones
comunitarias indígenas.
“Amauta” condensó un
programa: reconocer el “Perú profundo”, resituar la dimensión histórica y
cultural de los pueblos originarios y, al mismo tiempo, proyectar una “modernidad
crítica alternativa”. No se trataba de romantizar el pasado incaico ni de
reducir lo indígena a una estética decorativa. Mariátegui pretendía que el
elemento indígena fuera el centro de una nueva interpretación nacional, desde
una perspectiva ahora revolucionaria y socialista, incluyéndolo en una
concepción ampliada y reformulada del término “proletariado”.
El título, por tanto,
era un manifiesto: la revista aspiraba a ser escuela, guía, espacio de
formación y pensamiento. Amauta no era un boletín coyuntural sino una
plataforma de largo aliento, destinada a animar y generar una cultura popular,
nacional y continental revolucionaria.
Períodos de la revista
Amauta
Aunque su vida fue
relativamente breve (1926–1930), Amauta atravesó etapas diferenciadas que
permiten comprender su evolución interna.
Primer período
(1926–1927): apertura cultural y vanguardista
En sus primeros
números, Amauta se presentó como una revista cultural amplia. Aunque ya existía
un claro horizonte y apuesta socialista por parte de Mariátegui, su principal
impulsor, el énfasis inicial fue crear un espacio de convergencia y debate que
convocara a artistas, escritores y pensadores de diversas corrientes
anti-oligárquicas y anti-coloniales. Se privilegiaba la apertura hacia las
vanguardias artísticas, el indigenismo, la renovación literaria y la crítica
cultural.
Esta etapa se
caracterizó por la fuerte presencia de artes plásticas y el diseño moderno, el
interés por la literatura contemporánea, la discusión sobre la identidad
nacional y la consolidación de redes intelectuales emancipatorias.
Segundo período (desde
1928): de radicalización política y definición socialista revolucionaria y
anti-imperialista sin concesiones a reformismo.
En 1928 ocurre un giro
decisivo. Mariátegui publica sus “Siete ensayos de interpretación de la
realidad peruana”, funda el “Partido Socialista del Perú” y reorganiza su
proyecto político. Amauta se vuelve más explícitamente marxista crítica, sin
abandonar su dimensión cultural. La revista se definió como un órgano de pensamiento
revolucionario socialista, con una crítica abierta del capitalismo y del
imperialismo colonial, se analizaron los temas de política agraria e indígena,
Se llamaba a la articulación de fuerzas latinoamericanas frente a las
ambiciones del imperialismo. De este modo, la cultura dejó de ser concebida
como un énfasis en la exploración estética y se convierte en un terreno
estratégico de lucha.
Tercer período
(1929–1930): persecución, internacionalización y cierre.
En sus últimos años,
Amauta enfrentó mayor vigilancia policial-estatal. El régimen de Leguía
incrementó la represión y Mariátegui sufrió el deterioro de su salud. Aun así,
la revista intensificó su vínculo con redes internacionales, publicó debates
sobre el fascismo, la crisis mundial y los movimientos revolucionarios.
La muerte de Mariátegui
en abril de 1930 marcó un golpe definitivo. Aunque se intentó continuar el
proyecto, Amauta se debilitó y finalmente cerró ese mismo año, dejando una
huella enorme.
IV. Estructura
editorial y estilo: una revista como proyecto cultural total
Amauta no fue una
revista convencional. Su estructura combinaba elementos de revista literaria, revista
de arte, órgano político y espacio pedagógico.
En sus páginas
convivían los ensayos teóricos, la crítica literaria, los manifiestos, la
reseña de libros, las traducciones, poemas, grabados, ilustraciones y
reproducciones artísticas.
El diseño fue parte
esencial de su función estética. Amauta incorporó una modernidad visual:
tipografías, diagramación dinámica y presencia constante de imágenes. Esto la
acercó a revistas vanguardistas europeas y latinoamericanas, pero con una
identidad propia. La revista era, en sí misma, una obra cultural. No solo
transmitía ideas: “producía una nueva sensibilidad”, donde lo moderno y lo
andino se encontraban.
V. La función
estético-literaria de Amauta: renovación del campo literario peruano
Amauta fue un punto de
quiebre en la literatura peruana. Hasta entonces, gran parte de la producción
estaba dominada por un modernismo
tardío, el costumbrismo y una visión elitista-colonial de la cultura.
La revista, en
contraste, promovió una literatura más conectada con: la realidad social del
mundo de vida de los trabajadores y las clases subalternas, la experimentación
formal y la crítica histórica. De este modo, publicó y difundió voces nuevas y
tendencias contemporáneas, situando al Perú en diálogo con movimientos
internacionales.
Entre los aportes más
importantes, encontramos a articulación entre vanguardia e indigenismo, uniendo
dos corrientes que a menudo se presentaban como opuestas. Por una parte, la “vanguardia”,
con su ruptura formal, su crítica al arte burgués y su búsqueda de nuevas
formas. Por otra, el “indigenismo”, con su reivindicación del mundo andino y la
denuncia del gamonalismo.
Mariátegui comprendió
que ambas podían converger en un mismo proyecto: construir un arte nuevo,
crítico, no imitativo. Para él, el indigenismo no debía ser un decorado
exótico, sino un movimiento ligado a la transformación social, a una
reformulación radical del bloque social y cultural del proletariado peruano. Amauta
impulsó así una estética donde lo indígena no era pasado, sino presente y futuro.
Las artes plásticas
como núcleo cultural
Amauta dio un lugar
central a la pintura, el grabado y el arte gráfico. En un país donde la crítica
de arte era limitada, la revista se convirtió en un espacio de legitimación y
difusión de otro imaginario ahora descolonizador. El arte no era tratado como
entretenimiento, sino como un nuevo lenguaje político y cultural. La revista
entendía que la imagen podía educar la sensibilidad, representar al pueblo de
otro modo y crear símbolos revolucionarios.
En este sentido, Amauta
contribuyó a configurar un imaginario visual moderno alternativo del Perú.
Así mismo, hizo una literatura
como conciencia histórica. En Amauta, la literatura aparecía como un
instrumento de conciencia, memoria y proyecto. Mariátegui consideraba que el
escritor no podía ser neutral: debía ubicarse en la historia. Sin caer en un
didactismo simplista, la revista defendió que el arte auténtico expresa las
tensiones socio-históricas de su espacio-tiempo.
La función
estético-literaria de Amauta consistió, entonces, en producir una literatura y
un arte con inspiraciones modernas y vanguardistas, enraizada en lo peruano,
comprometida con la emancipación.
VI. La función política
de Amauta
La revista Amauta
funcionó como una herramienta de formación ideológica. Mariátegui ya había
conocido de cerca esa experiencia en Italia y Europa, donde las revistas
funcionaban como “escuela política”. En un contexto donde el marxismo era muy
desconocido, malinterpretado y aún marginal, muchas ideas socialistas
circulaban de modo fragmentario y ecléctico, de modo que la revista difundió
textos marxistas, debatió conceptos, formó lectores críticos, renunciado a la
fórmula de hacer “agitación y propaganda” simple. Se trataba en contraste de
construir el intelectual colectivo, lo que requería elaboración intelectual
socializada. Mariátegui se convirtió así en el promotor heroico de un tipo de marxismo
vivo, no dogmático, profundamente histórico-dialéctico y por necesidad
creativo.
La revista abordó
constantemente el problema del imperialismo colonial europeo y para su época el
papel del imperialismo norteamericano, especialmente el papel cada vez más
relevante de los capitales extranjeros en el control de los sectores económicos
estratégicos en América Latina. La revista analizó la dependencia económica, las
condiciones de sobre-explotación laboral y la subordinación política de los
Estados latinoamericanos, contribuyendo a consolidar una visión
antiimperialista moderna, conectada con debates continentales e internacionales
de la época.
Pero quizás el punto
político más original de la Revista Amauta fue su insistencia en que el
problema indígena no era moral ni cultural, sino económico y social. La
opresión indígena no dependía de reformas educativas, sino que se vinculaba al
régimen de propiedad de la tierra y al “gamonalismo”. Para Mariátegui, el
carácter semicolonial de la economía del Perú se relacionaba con la
persistencia el coloniaje y de lo que denominó, con muchas incomprensiones
desde el campo marxista ortodoxo, como “feudalidad colonial”.
Para Mariátegui, el
socialismo revolucionario peruano debía: partir del campesinado indígena, reconocer
sus formas comunitarias, proponiendo una revolución agraria que no fuera parte
del etapismo clásico de las revoluciones “democrático-burguesas”.
Esta idea rompía tanto con
visiones liberales-modernizadoras que solo pedían educación o integración
cultural, como con el marxismo de las etapas rígidas, centrado en la
experiencia histórica europea.
Así mismo Mariátegui llamó
a la articulación obrera, campesina y estudiantil e indígena en un nuevo bloque
social revolucionario. Aquí encontramos
muchos tópicos del aprendizaje y reformulación de a experiencia socialista y
comunista italiana, por la construcción de una nueva hegemonía desde el frente
sindical, político y cultural.
La revista Amauta dialogó
y abrió sus puertas a los sindicatos, a los movimientos estudiantiles y a las organizaciones
indígenas y populares. La revista nunca se encerró en el mundo académico sino
que buscó intervenir en la realidad, siendo un antecedente de una metódica de
investigación-educación popular-acción política.
Su función política
entonces consistió en articular un bloque popular emergente, uniendo: intelectuales,
artistas, obreros, estudiantes, campesinos “cholos” (de origen campesino e
indígena que ha migrado a la ciudad y adoptaron costumbres urbanas y
occidentales, creando una identidad tensionada que combinaba lo propio y lo ajeno-moderno)
e propiamente los indígenas serranos, que resistían en la defensa de sus
comunidades.
VII. Temas clave de
Amauta
A lo largo de sus
números, pueden identificarse los núcleos temáticos constantes:
Indigenismo y nación:
la revista Amauta debatió la nación peruana desde el conflicto histórico entre
élites criollas de legado colonial y republicano frente a las mayorías indígenas.
Propuso una redefinición radical de lo nacional-popular.
Socialismo revolucionario
peruano: La revista insistió en que el socialismo revolucionario debía ser
creación histórica, no copia mecánica de la teoría y práctica de la experiencia
europea. El marxismo debía “traducirse” y “reformularse” al Perú.
Vanguardia artística:
así mismo, difundió movimientos artísticos modernos, defendiendo la
experimentación como ruptura con el gusto y la estética burguesa. De allí la
importancia que adquirió para Mariátegui el surrealismo.
Antiimperialismo: la
revista analizó descarnadamente la dominación económica y cultural extranjera como
parte estructural del capitalismo semi-colonial, subordinado y dependiente. No
buscó excusas ni pretextos para entender las consecuencias de la penetración del
capital extranjero en los centros de decisión política de Estado peruano,
rechazando las posiciones del aprismo reformista desde el número 17, con la
publicación de “Aniversario y Balance”, haciendo incluso seguimiento a la
experiencia de la revolución mexicana y su carácter cada vez más vinculado a
los sectores burgueses.
Crisis mundial y
fascismo: en sus últimos números, Amauta reflexionó sobre el ascenso del
fascismo y la crisis del liberalismo, conectando el Perú con el mundo en turbulencia
y ebullición.
Con todos estos temas,
la revista Amauta concibió la cultura como un espacio clave y herramienta de
transformación social, no como lujo elitista, y todo esto se hizo por el papel
de guía que realizaba Mariátegui.
Por tanto, hablar de
Amauta significa hablar de Mariátegui. Su papel no fue solo el de fundador
nominal sin de motor intelectual, político y editorial del proyecto. Mariátegui
no se limitaba a escribir artículos, sino que participaba activamente en
seleccionar colaboraciones, definir sus líneas temáticas, estimular y orientar
debates, junto con articular las redes internacionales, todo en función de mantener
la coherencia político-cultural del proyecto.
Esta forma, Mariátegui conectó Amauta con
intelectuales y movimientos de toda América Latina y Europa. La revista no era
provinciana: se pensaba como parte de una lucha internacionalista por el
socialismo mundial.
La originalidad de
Mariátegui fue su rechazo al dogmatismo, por una parte, y al reformismo, por la
otra. No entendía el marxismo como receta, sino como método dialectico-crítico.
Por eso, Amauta pudo integrar a una vanguardia artística, al indigenismo y al socialismo
revolucionario.
Finalmente, cabe
destacar que Mariátegui encarnó una autoridad ética. Su vida, aunque marcada
por la enfermedad y la precariedad no impidió su disciplina. Su figura se
convirtió en símbolo de coherencia revolucionaria, uniendo pensamiento crítico,
escritura creativa, organización sindical, política, cultural y periodística con
una singular sensibilidad estética.
El aporte mayor de
Amauta fue haber demostrado que la cultura era y sigue siendo un terreno
decisivo de la lucha histórica. La revista no trataba el arte como
entretenimiento ni mercancía, ni a la política como simple administración del
poder.
A revista fue entonces:
1. Una plataforma de Vanguardia Americanizada. A
diferencia de las vanguardias europeas que a menudo eran cosmopolitas y
abstractas, “Amauta” promovió una “vanguardia enraizada en lo peruano, lo indoamericano
y lo latinoamericano. Publicó a los principales exponentes de la época (César
Vallejo, Martín Adán, Magda Portal, Xavier Abril) pero siempre buscando una
expresión artística que dialogara con los problemas y desafíos de la realidad
social específica. .
2. Una integración de Arte y Sociedad: Rompió
con la idea del “arte por el arte”. Para Mariátegui, la literatura y el arte
eran “dimensiones de la praxis revolucionaria”. La estética no era un adorno,
sino una forma de conocimiento y transformación de la realidad. Publicó no solo
literatura, sino también artes plásticas (como las de José Sabogal y la Escuela
Indigenista), discutiendo su rol social.
3. La creación de un Frente Cultural de lucha:
Amauta logró congregar en sus páginas a intelectuales de distintas tendencias
(socialistas, indigenistas, liberales radicales, nacionalistas) en torno a un
objetivo común: “definir una cultura peruana nueva”. Fue un espacio de debate
donde coexistían el marxismo, el psicoanálisis, las reivindicaciones indígenas
y las vanguardias artísticas mundiales.
4. La difusión y el debate internacional: la
revista tradujo y publicó a figuras clave de la discusión mundial (Freud,
Breton, Trotsky, Unamuno, Keyserling) y conectó el debate peruano con el de
otros pensadores latinoamericanos (el mexicano Diego Rivera, el argentino
Aníbal Ponce). Así, evitó el provincialismo sin caer en la imitación servil.
Pero además, la revista
Amauta cumplió una extraordinaria función política:
1. Construir un laboratorio de Ideas para un
Socialismo revolucionario peruano e Indoamericano: Amauta fue el medio cultural
donde Mariátegui fue desarrollando y publicando los ensayos que luego formarían
su obra más citada: “7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana”. Allí
elaboró su análisis marxista no dogmático del Perú, destacando el “problema del
indio”, como problema de estructura socioeconómica, la “cuestión de la tierra”,
y el “problema de la raza” (como consecuencia de la opresión de clase).
2. Articular un Proyecto Nacional-Popular y
Socialista. La revista fue fundamental para construir una “intelligentsia
comprometida” con un proyecto de Nación que incluyera de manera protagónica a
las mayorías indígenas y mestizas (despectivamente llamados “cholos”). Su
política era cultural en el sentido más profundo: crear una nueva hegemonía,
una nueva conciencia nacional anti-imperialista.
3. Constituir un órgano de Educación y
Propaganda Política. Aunque no era el periódico oficial de un partido (el
Partido Socialista Peruano se funda en 1928), Amauta cumplió una clara función
de formación política. Difundió las ideas marxistas más renovadoras, analizó la
realidad internacional (la Revolución Rusa, el ascenso del fascismo) y polemizó
con las corrientes reformistas y pro-colonialistas de la época.
4. Fue un espacio de Militancia Práctica. La
revista no se limitó a la teoría. Dio cobertura y apoyo a las luchas sociales concretas
(como el movimiento obrero y las reivindicaciones campesinas e indígenas), y
sirvió de nexo entre los intelectuales y los sectores populares organizados.
Dicho esto, “Amauta”
fue mucho más que una revista literaria o política. Fue el “órgano de un movimiento”,
como decía el subtítulo de la Revista, un proyecto totalizador que buscaba
superar la dicotomía entre cultura y política. Su función estético-literaria
fue la de forjar un “arte nuevo, crítico y comprometido”, como parte esencial
de la lucha por una “modernidad radical” peruana.
Su función política fue
la de “elaborar una teoría critica y revolucionaria propia”, un socialismo revolucionario
indoamericano, que partiera de la especificidad histórica y cultural del Perú.
Por ello, Amauta
representó el núcleo del modernismo crítico y radical peruano y latinoamericano:
la voluntad de ser profundamente modernos (intelectualmente vanguardistas,
políticamente revolucionarios) sin renunciar a la búsqueda de una
interculturalidad fundante de lo nacional y popular.
Amauta fue, en esencia,
un proyecto de hegemonía cultural. Mariátegui entendió que la revolución no se
hace solo con partidos o huelgas: también se hace con revistas, poemas,
imágenes, debates, ideas y símbolos. En un país fracturado, Amauta buscó fundar
un lenguaje común para los oprimidos, y una modernidad distinta: no colonial,
no imitativa, sino creadora.
A un siglo de su aparición, Amauta sigue siendo un referente indispensable. No solo por lo que dijo, sino por lo que intentó hacer: “crear un Perú nuevo desde la cultura revolucionaria y vanguardista”, y demostrar que la estética y la política pueden, y quizá deben, caminar juntas cuando se trata de emancipación.
NOTAS
[1] https://www.mariategui.org/revista-amauta/numeros-de-la-revista/
[2]
Revista Amauta. N° 1: https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2026/08/AMAUTA-PUBAJCM-02-01.pdf
[3]
Revista Amauta N° 17: Aniversario y Balance. https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2026/08/AMAUTA-PUBAJCM-02-17.pdf
[4]
Revista Amauta N° 30: https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2026/08/AMAUTA-PUBAJCM-02-30.pdf
[5]
José Carlos Mariátegui (1927): La tradición nacional. https://www.marxists.org/espanol/mariateg/oc/peruanicemos_al_peru/paginas/tradicion.htm
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