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viernes, 29 de noviembre de 2013

¿DE CUÁL LEGADO DE CHAVEZ ME HABLAN?



Javier Biardeau R
Es casi obvia la polémica sobre el llamado “legado de Chávez” en las páginas de Aporrea y en otros medios de difusión y comunicación. La polémica es en parte derivada por puntos de vista disimiles, como por el uso de evidencia contradictoria: textos, discursos, entrevistas, decisiones e intervenciones del propio Chávez a lo largo de 22 años de entrada en la escena política desde la rebelión militar del 4 de febrero de 1992.
Con la salida física de Chávez de la escena política el 5 de marzo de 2013, quedan las diferentes interpretaciones de su legado político y los efectos materiales y textuales de su pensamiento y acción.
La revolución bolivariana, y lo que ahora llaman “chavismo”, se debate en la inmanencia de estas interpretaciones, en sus conflictos y acuerdos básicos.
El problema que se presenta con esta situación, es que son pocos y cada vez menos los espacios para dilucidar con rigor de pensamiento y un mínimo de ética política, tales interpretaciones y posicionamientos. Y si a esto se agregan dispositivos de censura y de monopolio del pensamiento autorizado de Chávez, el cuadro se complica gravemente.
En este marco, escuché hace algunas semanas atentamente al Ministro Merentes conversando con José Vicente Rangel, y la impresión final es que por “pragmatismo” debemos comprender la convivencia necesaria entre el capital privado y el Estado en función del “desarrollo nacional”, así como concebir una “economía mixta” que presente al “socialismo” como “distribución de la riqueza” sin afectar el cuadro de reglas básicas de la economía capitalista de mercado.
Es evidente que tales planteamientos son funcionales a una izquierda reblandecida, al reformismo de siempre, a la socialdemocracia y al desarrollismo del que viven los políticos y economistas “pragmáticos” y “realistas” de todos los pelajes.
No hace falta ser un especialista en análisis del discurso o de contenido para comprender que la audiencia objetivo de esa entrevista eran fundamentalmente los sectores empresariales y algunos sectores de las capas medias del país.
Asociar a Merentes con la resolución de los “cuellos de botella” de la economía y con la concertación de políticas entre Estado y sector privado es parte de un mensaje continuado que aparece en toda la orquestación mediática (oficial o no). La narrativa de Merentes “el bueno” y Giordani “el malo”, es otro de los cuentos mediáticos que se tragan las audiencias pasivas.
Por mi parte, observo estas narrativas como los efectos de las contradicciones de fondo sobre la clarificación de las ideas socialistas del gobierno de Maduro.
Probablemente, sin la cobertura política e ideológica de la presencia de Chávez, del árbol sólo quedará decir: “por sus frutos los conoceréis”. El carisma de Chávez articuló no sólo a un pueblo desencantado y desilusionado por el fracaso de la llamada cuarta República para abordar con éxito la “cuestión social”, la canalización de las luchas anti-neoliberales que ponían en riesgo la existencia misma de centros nacionales de decisión y las demandas de mayor democratización de las esferas de poder, sino que también también amalgamó con éxito un lamentable archipiélago de izquierdas, micro-fracciones y algunos notables “independientes” cuyo mínimo común se había difuminado por otro legado: la derrota estrepitosa de la izquierda revolucionaria desde los años 60, y su debilidad electoral orgánica hasta la llegada de Chávez al gobierno.
Ese archipiélago de agrupamientos “arrimado” a Chávez bajo la tesis de que a “el que a buen árbol se arriba, buena sombra lo protege”, debe ahora enfrentarse desde sus propias fuerzas y capacidades a sus propias sombras y encandilamientos ideológicos.
Por cierto, si algo deben valorar de Chávez todos esos partidos, individualidades y organizaciones de izquierda es la de haberles dado la oportunidad de reposicionar ideas, prácticas y valores asociadas al antiimperialismo y al socialismo, en un cuadro de profundización de la democracia en la dirección del ejercicio directo de la soberanía popular. Ese guion estaba hecho trizas en los años 80 y 90. Sólo el llamado a una constituyente puso de nuevo sobre el tapete la combinación entre realismo político y fantasía utópica, sin la cual la política es sólo arte pragmático de lo posible para negociar una arena de intereses entre factores de poder.
Hugo Chávez, ya en un cuadro de complicación de su salud, llamó en el mes de diciembre del año 2012 a la unidad nacional y revolucionaria bajo el entendimiento de la probabilidad de ocurrencia de los peores escenarios. Y ocurrió lo peor.
Ya Hugo Chávez no está presente físicamente para intervenir directamente en el manejo de las contradicciones internas. En este contexto, ¿habrá madurado el archipiélago de las izquierdas y de grupos aparentemente nacionalistas (que de izquierda parecieran tener poco), sobre cómo entender el manejo de las contradicciones en su seno, y en el seno del pueblo, tal como señaló en alguna oportunidad Mao?
La viabilidad de una era post-Chávez depende de la resolución de esa interrogante.
Por otra parte leí con atención escritos de Carlos Lanz quien insistía en los textos del “Programa de la Patria” y en el “Golpe de Timón” sobre dos objetivos centrales de lo que se sintetiza el llamado a “traspasar la barrera del no retorno” (es decir, bloquear cualquier intento de restauración del punto-fijismo y de la hegemonía del capitalismo): a) desmontar el Estado Burgués, b) romper definitivamente con la lógica del Capital.
Es claro que tomar la primera vía esbozada por Merentes en la entrevista con JVR, se convierte en algún momento y circunstancia precisa en una contravía para la interpretación de Carlos Lanz (entre otros que opinamos que en algún momento habrá que resolver la ecuación de poder que haga viable ese propósito; es decir, con cuales relaciones de fuerzas se supera el capitalismo y el Capital que por cierto no son exactamente lo mismo). Al parecer aquí hay sectores que se han reconvertido en minimalistas y concertadores, y otros en maximalistas sin mediaciones con las relaciones de fuerzas concretas que presiden una situación.
Ciertamente, la “conciliación de clases” es un enunciado ausente de las consecuencias de seguir con coherencia una clara política revolucionaria de no retorno elaborada por Chávez.
La posibilidad del socialismo, como transición anticapitalista, se juega en el cuadro de los conflictos políticos de clase; y como señaló Gramsci en su clásico escrito sobre “El análisis de situaciones. Relaciones de fuerzas” (http://www.gramsci.org.ar/tomo4/065_analisis_situc.htm, existirán repercusiones incluso en el ámbito internacional y militar. ¿Quiénes pueden señalar que luego de los resultados electorales de abril, la correlación de fuerzas es ampliamente favorable para un acelerado tránsito a medidas radicalmente socialistas? ¿Quiénes están trabajando en función del fortalecimiento de este aspecto electoral de la correlación de fuerzas, y en otros aspectos organizativos, de movilización, políticos y militares de la correlación de fuerzas? ¿Quiénes están trabajando efectivamente en la unidad, articulación, acumulación de fuerzas revolucionarias?
Los documentos más recientes de “Marea Socialista”(http://www.rebelion.org/noticia.php?id=168369; http://www.rebelion.org/docs/172887.pdf), por su claridad de ideas, advierten sobre la perdida de rumbo de la revolución bolivariana ante el actual cuadro de política económica y sus indefiniciones sobre cuáles serían las medidas a tomar para clarificar el rumbo de la transición al socialismo y defender las conquistas de la revolución bolivariana. Sin embargo, el tema sustantivo sigue siendo cómo ir más allá del diagnóstico y pasar a la agregación de una voluntad colectiva nacional-popular que haga posible superar el actual cuadro de política.
Cabe reconocer que estas ideas no encuentran amplias resonancias en el chavismo popular, que sigue siendo un mar de orientaciones disimiles, de aspiraciones redistributivas, de consuelos reivindicativos, de agrupaciones con fuertes dosis de narcisismo cobijadas en el cuento de que dos singularidades son un “movimiento social”. No hay partido alguno en el GPP que abandere sin mezquindades la unidad de propósitos a la que llamó Chávez en diciembre del 2012. Desde el más grandote al más chiquitico se observan signos de debilidad electoralista y sectarismos. Los mariscales de la derrota se hacen pasar por imitadores del gran estratega Chávez.
Además de corrientes como “marea socialista”, hay que reconocer un variopinto y numeroso conjunto de colectivos, fuerzas políticas, organizaciones y movimientos que son mucho más que un “saco de gatos”, que apuntan a mostrar su inconformidad frente a una opción que implique abandonar el “legado revolucionario” de Chávez en la actual coyuntura y que aspiran que existan reales espacios de debate y manejo colectivo de políticas y decisiones.
Se le critica a la alta dirección del PSUV y del Gobierno que no contribuya a construir una dirección colectiva del proceso, y se cuestiona que esta idea sea un mareo para que sea el mismo cogollo de siempre el que tome las determinaciones finales.
Por otra parte, gente que piensa evidentemente distinto en ciertos temas fundamentales, como Vladimir Acosta, Toby Valderrama o Nicmer Evans advierten sobre el extravío ideológico y político con relación al “legado de Chávez”; y paradójicamente tienen en rasgo común el que fueron sometidos al implacable tribunal de la censura por no acatar la línea política tácita y correcta del “oficialismo”; es decir, por criticar las acciones, discursos o decisiones del gobierno de Maduro pasaron a formar parte de una “desviación ideológica” que tiene evidentes consecuencias en su permanencia como voceros de opinión en espacios oficiales de la revolución.
Por cierto, el lenguaje de las “desviaciones ideológicas” se institucionalizó en la URSS en 1928 aproximadamente en un periplo que paso desde la liquidación de la “oposición obrera” a la liquidación de la “plataforma de oposición de izquierda”, para abiertos objetivos de control vertical de opiniones (desde ese momento “disidentes”) desde el aparato político (del Estado y del partido-único), disolviendo así el caldo de cultivo de la lucha entre tendencias, pues si toda opinión contraria al dictat del aparato es desviación, toda desviación es el preámbulo de la división y la traición. En fin, de allí al delito de “enemigos del pueblo” había una lógica circular e implacable. Se pueden hacer algunas analogías con conductas de los funcionarios del aparato en Venezuela.
De manera, que la unidad anhelada por Chávez pareciera estar siendo echada por tierra desde arriba y desde las mezquindades también presentes desde abajo. Si no se constituyen mecanismos y espacios efectivos de debate entre opiniones y tendencias en función de la unidad de propósitos (encontrar el mínimo común de todas las fuerzas sociales y políticas que apoyan la revolución bolivariana), entonces los viejos errores del archipiélago de las izquierdas aparecerán con su sello de fábrica, y las consecuencias serán harto desastrosas.
Por otra parte, si no se parte del reconocimiento de las propias opiniones contradictorias de Chávez a lo largo de 22 años de trayectoria en la escena política, el legado revolucionario de Chávez enfatizará no la unidad de propósitos en función del cambio estructural de la sociedad venezolana, sino todas las fuerzas centrifugas que podrían explotarse para mostrar que “del árbol caído se hace leña”, utilizar a Chávez para justificar los propósitos propios de cada micro-fracción (aunque se llame PSUV); es decir, el “narcisismo de las pequeñas diferencias”. No por pura casualidad, un anterior aliado, luego radical opositor llamo a la revolución bolivariana un “Minestrón ideológico” (Miquelena dixit)
Finalmente se respira un problema en el ambiente. Sobre si Chávez era socialdemócrata o marxista, para poner un ejemplo que pareciera estar en la palestra, podrían hacerse numerosas pesquisas, siempre que se clarifiquen los términos que se usan.
Esto último lo digo porque no era lo mismo ser socialdemócrata en 1905, por ejemplo, Rosa Luxemburgo y Lenin lo eran, que serlo en la actualidad, lo cual significa simple y llanamente “liberalismo social” y claro “reformismo”; es decir, administrar la gestión del capitalismo sin modificar sus estructuras.
Igual ocurre con el término marxismo: ¿Qué significar hoy definirse como “marxista”? ¿A cuál marxismo de todos los marxismos realmente existentes se hace referencia?
Lamentablemente Chávez no está para que diga lo que piensa sobre estos temas.
De manera que hay situarse adecuadamente en circunstancias de tiempo, modo y lugar para desentrañar cómo cada actor utiliza sus marcos de interpretación, sus guiones ideológicos, como diría Umberto Eco, sus diccionarios y enciclopedias.
Sobre este último punto, siempre me llamaron la atención las líneas escritas de la entrevista de Sean Penn a Chávez en el año 2008 (http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/a/2008/11/30/p4232), como las declaraciones de Chávez en el año 2010 autodefiniéndose como cristiano y marxista (http://www.noticias24.com/actualidad/noticia/137694/chavez-ratifica-que-es-marxista-pero-ademas-dice-que-es-cristiano/). En la primera entrevista es posible leer:
“Hitchens está sentado en silencio, tomando notas durante toda la conversación. Chávez reconoce un brillo escéptico en sus ojos. –CRÍS-a-fer, hazme una pregunta. Hazme la pregunta más difícil. Ambos comparten una sonrisa. Hitchens le pregunta: –¿Cuál es la diferencia entre usted y Fidel?”. Chávez dice: –Fidel es comunista, yo no. Yo soy socialdemócrata. Fidel es marxista-leninista. Yo no. Fidel es ateo. Yo no. Un día discutimos sobre Dios y Cristo. Le dije a Castro: “Yo soy cristiano. Creo en los Evangelios Sociales de Cristo". Él no. Simplemente no cree. Más de una vez Castro me ha dicho que Venezuela no es Cuba, que no estamos en los años sesenta. –Ya ve –dice Chávez–. Venezuela tiene que tener un socialismo democrático. Castro ha sido un profesor para mí. Un maestro. No en ideología, sino en estrategia.”
En el segundo documento (audiovisual), Chávez, plantea en el marco de una particular interpretación de la metáfora del despegue económico (¿Rostow dixit?) en el marco de la crisis del capitalismo que: “Yo soy marxista y soy cristiano, y creo que el marxismo y el cristianismo pueden ir agarrados de la mano por el camino del hombre, del ser humano, de la dignidad de los pueblos”.
De manera que es muy difícil no darse cuenta que es posible explotar estas opiniones de Chávez para fines particulares que apoyen o la tesis de la socialdemocracia en Chávez o la tesis del marxismo revolucionario, incluso de no ser enemigo de la revolución comunista aunque en estos momentos eso no este planteado como señaló en otras entrevistas (¿O es que caso Marx no era básicamente un pensador comunista?).
El asunto principal, sin embargo, no es sólo este, sino clarificar las intencionalidades políticas que se están moviendo tras la escena en función de fortalecer o no la unidad de propósitos para continuar el legado revolucionario de Chávez; o quienes realizan una operación de distorsión deliberada de la dirección, contenido y alcance dado a la revolución bolivariana de acuerdo a la coherencia del mensaje de campaña de Chávez para conquistar su última victoria en octubre de 2012. ¿O es que acaso no hay diferencias ostensibles entre la campaña del 2012 y la campaña del 2013? He allí el asunto.
Por tanto no me hablen del “legado de Chávez” como fórmula imprecisa, con criterio de mescolanza ideológica, sino del legado revolucionario de Chávez como orientación final hacia la Democracia socialista y hacia una economía de transición caracterizada como mixta pero con carácter socialista (con predominio de la propiedad social directa e indirecta sobre el gran capital y sobre sus fracciones especulativas, por ejemplo), no de carácter predominantemente capitalista como la que se apuntala con el cuadro de política económica, desarrollismo y reformismo que patéticamente aparece en la praxis efectiva de la política pública del presente.
No me enreden las palabras, por favor. Como tampoco nos hagamos los locos celebrando que nos presten 5 mil millones de dólares Chinos (por cierto, una China socialista que puede apoyar la revolución bolivariana como no hacerlo, como hicieron con Allende y luego apoyar a Pinochet, no olvidemos) para correr la arruga, cuando no sabemos aún a quienes les dimos 20.000 millones dólares en el SITME en el año 2012 y donde están los reales beneficios de esta masiva transferencia de divisas.
Lo demás son cuentos, imaginarios, simulacros y espectáculos de la orquestación mediática que ya todos conocemos (¿O acaso Chávez no incito a decodificar críticamente los medios, incluso los medios oficiales?). Tampoco manoseen tanto a Chávez para fines de legitimación de una secta, un grupúsculo o fracción que se enarbola como la auténtica voz revolucionaria. Eso es síntoma de naftalina revolucionaria, un síntoma de no haber metabolizado la derrota de los años 60.
En fin de cuentas y de cuentos, no creo que el legado revolucionario de Chávez pueda tramitarse como un vulgar “Pote de Humo”. ¿Están contribuyendo a la unidad y acumulación de fuerzas?
Ojala rectifiquen todos, pues sin rectificación habrá razones de sobra para tomar distancia del previsible descalabro. Y no busquen chivos expiatorios. Saquen del baúl las tres R, las seis R o sólo una R: Revolución, no rapiña sobre los recursos públicos.

miércoles, 29 de mayo de 2013

SABERES CONTRA-HEGEMÓNICOS Y LEGADO DE CHÁVEZ. (NOTAS PARA SU DISCUSIÓN ANTE LOS DESAFÍOS DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA):

Javier Biardeau R.
1.- INTRODUCCIÓN:
Generalmente se supone que un proceso revolucionario se acompaña de la generación de una nueva “concepción del mundo”, de un pensamiento crítico revolucionario construido a partir de informaciones, conocimientos, saberes, ciencias, nuevos valores y normas de conducta, formas de sensibilidad, afectividad y también “conceptos” que se enfrentan al “sistema hegemónico” mediante la articulación de sentidos y significaciones de un “proyecto alternativo frente al Capital”.
De allí la importancia de la teoría crítica y revolucionaria. No basta que una teoría crítica se postule como crítica teórica de la realidad dominante, pues debe fecundar una praxis revolucionaria; es decir, responderse a la interrogante: ¿Cómo contribuye esta interpretación crítica a la transformación de la realidad social?
Y en contraste con las experiencias históricas de construcción del socialismo, sabemos que un aparato político burocrático puede degradar la “teoría revolucionaria” hasta hacerla irreconocible, decapitando y excluyendo de su seno lo que la hace diferente sustantivamente de las teorías funcionales del poder-dominación: su carácter radicalmente crítico, su irrevocable vocación de insumisión en el terreno del pensamiento y de la acción. Sin embargo, aunque esto es teóricamente es correcto, no basta…
2.- RENOVAR LOS CÓDIGOS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO SOCIALISTA:
Como ha planteado el pensador crítico portugués Boaventura de Sousa Santos las formulaciones convencionales de la “teoría crítica moderna” (desde el marxismo, en todas sus variantes, a la teoría crítica de la escuela de Frankfurt) persisten en su empeño de desarrollar las posibilidades emancipadoras dentro del paradigma dominante de la Modernidad occidental, transformándose en estrategias reguladoras dictadas por el propio sistema histórico y, en definitiva, al servicio del paradigma  de ciencia dominante.
De allí, cabe afirmar que con la consolidación de la convergencia entre el paradigma de la modernidad y el capitalismo, a partir de la mitad del siglo XIX, se entra en un proceso de degradación producido por la transformación de las energías emancipadoras en energías reguladoras. De Sousa santos analiza el mundo de las cinco mono-culturas hegemónicas:
a) mono-cultura del saber, que cree que el único saber es el saber riguroso calcado de la tecno-ciencia y de los paradigmas empírico-analíticos (epistemicidio);
b) mono-cultura del progreso, del tiempo lineal, que entiende la historia como un camino de dirección única de desarrollo;
c) mono-cultura de la naturalización de las jerarquías, que considera un fenómeno inscrito en la naturaleza, y por tanto, cree inmodificable las jerarquías por razones de raza, etnia, clase, género;
d) mono-cultura de lo universal como único criterio válido, al margen del contexto; lo opuesto a lo universal es vernáculo, carece de validez; lo global toma preeminencia sobre lo local;
e) mono-cultura de la productivismo, que define la realidad humana por el criterio del crecimiento económico como objetivo racional incuestionable; criterio que se aplica al trabajo humano, pero también a la naturaleza, convertida en objeto de explotación y depredación.
Una lectura atenta de estos criterios críticos lleva necesariamente a transformar el paradigma de la transición socialista en una dirección imprevista para sus fundadores:
a) Cuestionar el llamado “socialismo científico” en la medida en que su fundamentación epistémica refiera a la ciencia burocrático-instrumental y al positivismo,
b) Cuestionar la asunción desde la izquierda de la idea de progreso propia de la modernidad occidental,
c) Cuestionar la separación entre explotados y explotados, junto a la separación entre gobernantes y gobernados, incluyendo una superación del reduccionismo de clase, lo cual implica tomar en cuenta la lucha contra todas las desigualdades, dominaciones y exclusiones;
d) Cuestionar los modelos mono-culturales de socialismo, en tanto reconocimiento inevitable de los contextos culturales específicos y particulares;
e) Romper decididamente con la idea del socialismo basado en el desarrollo necesario e inevitable de las fuerzas productivas, sin tomar en cuenta simultáneamente que el Capital promueve fuerzas destructivas sobre la condición humana y sobre los sistemas ambientales, derrumbando el mito del productivismo socialista.
De esta manera, lo que convencionalmente la teoría revolucionaria denominó “transición socialista”, hoy puede ser transformada por un llamado simultáneo a una revolución socialista, democrática, ecológica y descolonizadora.
Una revolución socialista a secas es completamente insuficiente. De allí la importancia de los saberes contra-hegemónicos: saberes contra las hegemonías establecidas en diversos espacios de poder, contra las clasificaciones jerárquicas y excluyentes establecidas en función de un proceso abierto de revolución democrática permanente.
3.- LA IMPORTANCIA DE LA DEMOCRACIA RADICAL:
Como conclusión tenemos que aquellas formas de socialismo  que no se fundan en formas de democracia radical, conducen a las conocidas formas de estatismo autoritario o colectivismo burocrático. De allí la centralidad de la democracia radical, participativa, deliberativa y protagónica distinta las formas de elitismo político revolucionario (leninismo dixit) y burocratismo socialista (estalinismo dixit).
No es posible seguir manteniendo hoy desde el campo de las izquierdas el desprecio a la democracia participativa y protagónica de formas de socialismo contra-hegemónico, como los consejos democráticos del poder popular, como  formas de liberalismo o de anarquismo. Lo que está en juego en estas formas de desprecio de la democracia radical es la conversión de energías emancipadoras en energías reguladoras.
O para decirlo en palabras de Marx: la “veneración supersticiosa del Estado” y de su razón instrumental de “mantenimiento del poder por el poder mismo” se devora la construcción del Poder Popular y Comunal. De allí que muchos “compañeros y compañeras revolucionarias” son bautizados con fuego por la “razón de estado” como encarnaciones de roles de  burócratas-funcionarios apenas son tomados de la mano para cumplir y exigir obediencia a la “razón burocrático-instrumental”: el pragmatismo del poder. De esta manera se enfrentan al dilema existencial entre el rol de “conservar el poder” (con todo el espacio de racionalidad, cálculo y control que esta exigencia comporta) y promover la “revolución” (con todas las limitaciones de las revoluciones realizadas desde la caja de herramientas de una burocracia).
El proyecto de democracia socialista y participativa recupera otras procedencias silenciadas u olvidadas  en el seno de la propia tradición derivada de Marx: la crítica de Rosa Luxemburgo a los errores de la revolución Rusa, la autocrítica de Trotsky en la “revolución traicionada”, la crítica de Gramsci a las formas de concebir la formación de la conciencia y la ideología revolucionaria (conciencia bancaria), la crítica del austro-marxismo frente al silenciamiento de la cuestión nacional y los contextos culturales específicos, la crítica del consejismo a la desconfianza de las formas organizativas autónomas de las clases explotadas sin la mediatización del partido-aparato que los concibe solo como correas de maniobra y control desde arriba.
4.- CONTRA LA REPRODUCCIÓN DE LA DOMINACIÓN DESDE LA REVOLUCIÓN:
Para combatir los registros simbólicos e imaginarios de la dominación, de la coerción política, de la hegemonía ideológica, de la explotación económica, de la injusticia y exclusión social, de la negación-discriminación cultural, de la destructividad ambiental, es preciso contar no sólo con herramientas teóricas, con pensamientos críticos, con teorías, con lo que algunos marxistas críticos y heterodoxos llamaron “ciencia revolucionaria” (“pensamiento insumiso o insurgente”), sino que además es preciso contar con lo que Gramsci llamó “núcleos de buen sentido”, con lo que Castoriadis llamo “Imaginarios críticos radicales”. Plantea Gramsci sobre las relaciones entre sentido común y buen sentido:
“Cada estrato social tiene su sentido común que, es en el fondo, la concepción más difundida de la vida y de la moral” concepción que es “absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio”.
La dislocación del sentido común hegemónico o la individualidad moral e intelectual del “hombre-medio”, es justamente una tarea práctica de superación de las concepciones y hábitos de pensamiento acríticamente asimilados, a partir del ejercicio de formas de reflexión profundamente críticas, que no son espontáneas sino actitudes vitales y conscientemente guiadas para el desprendimiento de las visiones reproductoras desde los propios sectores dominados y subalternos, distintas además de una visión de la “conciencia revolucionaria” que es depositada desde afuera por intelectuales revolucionarios provenientes de otras clases o estratos (Kaustky y Lenin dixit).
Ni “espontaneidad” de la conciencia revolucionaria ni “concepción bancaria” que “desde afuera” rellena al pueblo alienado de la verdadera conciencia para transformar la realidad hegemónica.
Para Gramsci, en cambio (como para Luxemburgo, Korsch, Pannekoek y una estela de pensadores críticos, como Castoriadis) la transformación del orden establecido, es impensable sin el involucramiento directo del propio pueblo; y aunque sin desestimar el rol orgánico de los estratos intelectuales, advirtiendo lo infecundo de una separación respecto a las masas trabajadoras, respecto al bloque social de los oprimidos y explotados.
Las clases subalternas no son sólo clientes o las beneficiarias directas del cambio social, sino que son sus propios protagonistas y participantes en un marco de autonomía moral, intelectual, política y organizativa. Esto tendrá consecuencias fundamentales sobre la concepción de las organizaciones de lucha social y política.
Para lograr esto, es preciso hacer la crítica de las concepciones encubiertas de las clases dominantes presentes en las clases subalternas, superarlas para construir una concepción nueva, en la que se establezca la unidad entre la teoría y la práctica, entre la política y la filosofía. Unidad, aunque sea relativa, entre teoría y práctica, existe en la clase dominante. Pero las clases subalternas y populares aparecen fracturadas y dislocadas en su capacidad de expansión de su espacio hegemónico. El control ideológico sigue estando en la estructura de mando y explotación del Capital, producto de la eficacia de sus dispositivos hegemónicos pero también de los graves errores de dirección de quienes son portavoces de tareas de conducción revolucionaria.
Se trata, por cierto, de ver si esta unidad en la burguesía, no es ella misma contradictoria, pero además la unidad que caracteriza a las clases subalternas no puede ser funcional a la dominación de los sectores dominantes. La unidad entre acción y teoría de los sectores populares y subalternos es para derrumbar un sistema hegemónico, no para reproducirlo y ser vagón de cola de esta estructura de mando y explotación. Tales clases populares permanecerán siendo subordinadas hasta que haya avanzado el proceso de unificación entre acción y teoría, entre política y filosofía revolucionaria de la liberación.
Se trata, pues de elaborar una concepción nueva, que parta del sentido común, no para quedar estancada en el sentido común, sino para criticarlo, depurarlo, unificarlo y elevarlo a lo que Gramsci llama buen sentido, que es para él la visión crítica del mundo. Este proceso queda claramente establecido en el siguiente pasaje:
"La posición de la filosofía de la praxis es antitética a la católica: la filosofía de la praxis no tiende a mantener a los simples en su filosofía primitiva del sentido común, sino, al contrario, a conducirlos hacia una concepción superior de la vida. Se afirma la exigencia del contacto entre intelectuales y simples, no para limitar la actividad científica y mantener la unidad al bajo nivel de las masas, sino para construir un bloque intelectual-moral que haga posible un progreso intelectual de masas y no sólo para pocos grupos intelectuales".
En Gramsci, entonces no podemos encontrar ni una concepción bancaria (Freire dixit) de la pedagogía y la política revolucionaria, ni una concepción “populista” en la cual se suponga que los saberes populares, por si mismos, puedan superar las influencias e intrusiones de los procesos de hegemonía de las clases dominantes. La formación de un bloque intelectual moral, de un intelectual colectivo supone superar la visión individualista-capitalista de la función de los intelectuales. De manera tal que la hegemonía no es sólo política, sino que es además un hecho cultural, moral, de formación y despliegue de una nueva concepción crítica y revolucionaria del mundo.
5.- CONTRA EL REFORMISMO ADECO EN LA REVOLUCIÓN:
Hay quienes suponen, en nuestro contexto sociopolítico, que basta confiar en el sentido común de las clases populares y subalternas para que la revolución bolivariana vaya en el camino correcto. Grave error de una concepción populista y reformista que no se plantea las tareas de una “filosofía de la praxis” como critica revolucionaria.
Para Gramsci, la hegemonía que ejerce el bloque social dominante no sólo se hace través de la coerción, sino además, a través de la diseminación del consenso desde una sedimentación histórica de “sentido común”, logrando convencer de su visión del mundo, costumbres, sentido hegemónico que favorecen el reconocimiento de su dominación por las clases dominadas y subalternas. Debemos retener esto, costumbre, hábito y supuestos que permiten la reproducción de las separaciones naturales entre gobernantes y gobernados, entre dominadores y dominados, entre explotadores y explotados, entre intelectuales y masa.
Recordando siempre que para Gramsci, una cosa es poseer las facultades de construcción intelectual (que es de todos y todas), y otra cumplir la función social de los intelectuales. De manera que el sentido común hegemónico actúa como precipitado histórico, como sedimentación el discurso hegemónico constituyendo la visión que los sujetos hacen suya como “reconocimiento de su propia concepción del mundo”, a partir de dispositivos de saturación de sentidos y significados, que sustentan o incrementan reiteradamente el poder ideológico de las clases dominantes. Interesante en este punto, es observar como la propia clase política dirigente de la revolución se impregna de la ideología dominante, reproduciéndola y marcando los límites de lo posible en concordancia con sus nuevas condiciones de existencia material; es decir, como controladores inmediatos de recursos económicos, cargos y funciones de dirección política.
A su vez, al producirse la “precipitación”, “sedimentación” y ésta "saturación" del poder hegemónico, se va generando en medio de un clima de tensiones, resistencias y ahogo de impugnaciones, las formas de consenso en las clases subalternas, indispensable también para el mantenimiento y reproducción del sistema.  El colmo del asunto es que las llamadas “vanguardias revolucionarias” son inhibidoras de la activación de la conciencia revolucionaria: el partido revolucionario se vuelve partido del “orden” y el gobierno revolucionario se vuelve “gobierno de reformas”.
Actúan entonces como sensatos bomberos para promover la estabilización relativa, contribuyendo a fijar como camino correcto, o incluso configurando conductas de “pacto y conciliación” con las elites de poder económico, mediático, militar o eclesiástico en nombre de los principios tácticos de la maniobra y la flexibilidad, para ganar tiempo y otros pretextos ya conocidos. Detrás de los llamados promotores del “diálogo y la concertación social” con los sectores dominantes no estamos sino frente a portavoces de las “revoluciones interrumpidas” (Florestan Fernández dixit).
De manera que una clase política dirigente que no esté comprometida con la formación de núcleos de buen sentido, que no estimule la conciencia crítica en contra de la hegemonía del bloque social dominante, que no favorezca la impugnación y desarrollo del pensamiento crítico y revolucionario, junto con luchas que afecten las relaciones de dominación establecidas, sino que más bien contribuya a reforzar el sentido común hegemónico trabajando a favor del pacto con los sectores dominantes para un proceso de estabilización de la hegemonía capitalista no puede considerarse una concepción afín a una revolución socialista.
Allí reside el engaño del “populismo” y del “reformismo” de izquierdas”. ¿Dijo usted social democratización? Mejor digamos “comportamiento ADECO”. Aquí son recomendables algunas palabras dichas por Luis Beltrán Pietro Figueroa, por provenir de alguien que conoció muy desde dentro este comportamiento ADECO:
“La visión que tiene la gente del adeco es la de un hombre sin convicciones. Alguien que usa el poder para su propio beneficio. Es una persona que se cree autorizada a no tener ninguna doctrina o abandonarla cuando le conviene”. (Entrevista en VENEDEMOCRACIA de Alicia Freilich de Segal).
Para Prieto, flexibilizar una ideología política en nombre del pragmatismo de las situaciones era algo muy distinto a capitular en cuestiones de concepción del mundo por las presiones de las circunstancias y conveniencias del momento. Por ejemplo, el llamado “golpe de timón” y el “Proyecto Independencia y Patria Socialista” pueden ser completamente desmontados, bajo la conveniencia del “pragmatismo del Poder”. Todo en nombre de “no perder la Revolución”.
6.- SE PUEDE PERDER LA BATALLA DE IMAGINARIOS:
Por otra parte, a la batalla de ideas le acompaña la batalla de imaginarios, de representaciones, sean estéticas, éticas, de todo el material semiótico disponible para afectar la trama de relaciones sociales dominantes: imágenes, sonidos, sabores, corporalidades, afectividades e intensidades.
Toda la trama sociocultural en las sociedades de dominación y desigualdad está teñidas de la violencia de los símbolos sociales (Harry Pross dixit): clasificaciones jerárquicas, mandatos, órdenes, prescripciones, interdicciones, dominaciones “naturales”, meritocracias “justas”, jerarquización de categorías sociales, capitales simbólicos diferenciados (Boudieu dixit).
Suponer que la llamada “lucha ideológica” trata de una “batalla de doctrinas político-filosóficas” es un reduccionismo por partida doble, es una escena donde compiten “sacerdotes” e “intelectuales” con diferentes dogmas y capitales sistematizados. Eso puede ser útil, pero no suficiente. La lucha entre “intelectuales tradicionales” no es una lucha que compromete protagónicamente al pueblo trabajador. De manera que, existe una concepción tradicional de los intelectuales domesticados, que hacen apologías o silencios cómplices a determinada situación estratégica de conjunto de las relaciones de poder.
En los procesos revolucionarios confiscados e interrumpidos (por ejemplo, la Revolución Mexicana o la Revolución Soviética) los llamados “intelectuales críticos” pasaron a ser unos “intelectuales palaciegos”, es decir, lo que el lenguaje llano denomina unos “huele-peos” de la burocracia política que controlaba la escena de la legitimación de un nuevo sistema hegemónico de poder. Pero no se trata sólo de “pensamiento crítico”, sino de un “imaginario crítico radical” (Castoriadis dixit) consistente con una praxis transformadora. Allí se desenmascaran todas las imposturas prácticas disfrazadas de vociferaciones revolucionarias:
“Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida”. (Marx-Engels: La ideología Alemana).
Lo interpretaremos con lenguaje prestado y trataremos de traducirlo. No se trata sólo de “sistemas de ideas, de concepciones o visiones” con un fuerte componente de refinamiento o elaboración intelectual, sino además de “flujos sémicos” que operan en las pre-concepciones, en los prejuicios, en las actitudes, en las posturas, hábitos, estereotipos,  perceptos, rumores, consignas, dichos, representaciones, esquemas operantes, e incluso la afectividad y sensorialidad de los pobladores y pobladoras. Allí dicen más las posturas corporales, los gestos significativos que los conceptos manejados.  Einstein decía con acierto que era más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Sabía que un prejuicio se cristalizaba, se cosificaba, se volvía fetiche.
7.- LA REVOLUCIÓN SE INTERRUMPE CUANDO SE VUELVE REVOLUCIÓN ADMINISTRADA:
Por eso hay que tener cuidado con los fetiches, incluso con los “fetiches revolucionarios”, que como hemos señalado reaparecen en todas las experiencias de las revoluciones confiscadas o interrumpidas. Por ejemplo, sabemos que una “conceptualización marxista” puede estar encriptada y vociferada en una corporalidad academicista, con una actitud teorizante, buscando la lucha por el reconocimiento en el espacio universitario, para reclamar un rango de una jerarquía de intelectuales domesticados. Esta corporalidad del “mandarín intelectual” contribuye poco al derrumbe del sistema de dominación, explotación y desigualdad. Eso no significa que todos los “intelectuales marxistas” son mandarines y burócratas de la teoría revolucionaria, pero hay vociferantes marxistas cuya actitud es la de “intelectuales tradicionales” (A. Gramsci dixit), es decir, no son intelectuales orgánicos a la construcción de un nuevo bloque histórico.
También una conceptualización “marxista” puede estar encriptada o vociferada en un funcionario medio o alto de una burocracia sindical, partidista o estatal, buscando la lucha por las prebendas o privilegios del cargo y la función, intentando desde ese lugar controlar el “orden y el progreso” de la “revolución” siempre en los rieles de la correcta “revolución administrada”.
De allí que aprender a hablar “marxismo” se puso de moda cuando “hablar marxismo” era estar en un  “régimen de verdad y de poder”. Eso ocurrió en la URSS con toda la estratocracia que contribuyó a liquidar, por ejemplo, a los miembros insurgentes de la vieja guardia bolchevique en nombre de un nuevo sistema hegemónico que instauró Stalin. Fueron calificados de “traidores”, de “espías” y de otras etiquetas de acuerdo a los humores de los fiscales del caso; es decir y para entendedores, descalificados como “salta-talanquera.
¿Quiénes traicionaron el legado revolucionario de Lenin? El asunto no reside sólo en aprender a tararear “marxismo” o una “teoría revolucionaria disponible”: llámese leninismo, trotskismo, fidelismo, guevarismo, maoismo o luxemburguismo. No, el asunto es existencial: se está o no se está con un régimen social y político que “produce y reproduce dominación, opresión, explotación, negación y destructividad”. He allí la cuestión.
¿Cómo combatir y superar un régimen social y político de dominación controlado de cabo a rabo por el metabolismo social del Capital? La herramienta teórica, obviamente, no puede ser inútil para el fin propuesto. La teoría tiene que ser irreverente con la dominación social y política. Pero sobretodo no podemos dejar de analizar la dirección, contenido y alcance de una praxis política, sus preconcepciones, sus criterios de decisión, sus líneas de acción en la coyuntura.
8.- LOS RETOS DEL IMAGINARIO DE LA REVOLUCIÓN EN VENEZUELA:
Desde este marco y para Venezuela, los obstáculos son dos: ante la partida física de Chávez, algunas voces se han refugiado en la compensación radical, se han tornado más radicales que Chávez reclamando ser portadores exclusivos del legado revolucionario de Chávez. Obviamente construyen un Chávez a la medida de su radicalismo.
Otros, en cambio, pretenden hacer un montaje inverso: pretenden posicionarse desde el legado de Chávez “gobernante”, destruyendo en los hechos su mensaje y acción revolucionaria. Se trata de los “Socialistas de fachada” que han preparado las condiciones para una capitulación de la praxis revolucionaria en nombre del pragmatismo del poder. ¿Socialdemócratas? ¿Reformistas? ¿Salto atrás?
Yo prefiero llamarlos ADECOS extraviados de las filas de su espacio organizativo correspondiente a sus actitudes y prácticas. Frente a los extravíos ADECOS en la revolución bolivariana, hay que reconsiderar la importancia de los saberes contra-hegemónicos. Es en la actitud insumisa que produce saberes contra hegemónicos, donde está el manantial, los cimientos, las semillas, el núcleo de buen sentido de una praxis de emancipación radical.
El asunto es que por cada acto de insumisión, en medio de las contradicciones sociales, encarnando miles de papeles y actos de reproducción de la estructura de mando y explotación. ¿Quién le pone el cascabel al gato entonces? El asunto es que puede ocurrir, como ocurrió en la URSS desde 1924, que el teatro social y político prescribe un guion para que la “revolución” sea simulacro, espectáculo o simulación y no acontecimiento para quebrar hegemonías y dominaciones.
Nuestro amigo Rigoberto Lanz, transmitió unas enseñanzas que algunos asimilaron y otros no. Unos disfrutaran del significante “RL” para una trayectoria de reconocimiento en el campo del “Homo Academicus” o en el “campo intelectual” (Bourdieu dixit). Pero comentando este posible devenir, el amigo Juan Barreto decía algo aparentemente complicado, pero que es en verdad muy comprensible: “RL” nos enseñó a descifrar, en su crítica de la “modernidad” y de la “metafísica occidental”, una “metafísica de la dominación”.
Si no se lucha en el plano intelectual y político contra la lógica de la dominación no habrá revolución alguna. Los ADECOS fueron expertos en liquidar su historia de contribuciones a la revolución nacional, democrática e incluso socialista al capitular sobre sus orígenes históricos: repudio del socialismo, pacto con el capital nacional e internacional. Olvido de ORVE, olvido del PDN, pragmatismo del poder.
De los inflados discursos antiimperialistas y socialistas de los años 30 pasamos a los discursos del pacto y la conciliación desde los años 40. De manera que no se trata de reformismo y social democratización, sino de evitar la posible adequizaciòn de la revolución bolivariana. Olvido del legado revolucionario de Chávez, o camino en reversa: del PSUV al MVR-miquelena, del anticapitalismo al desarrollo capitalista nacional, del antimperialismo a la conciliación con el capital transnacional internacional y subregional. Lastimoso destino del legado de Chávez  si en manos de sucesores el camino es “dos pasos para atrás y ninguno para adelante”.
En palabras más sencillas, cuando en alguna oportunidad le planteaba a RL que el “socialismo desde abajo” podría enfrentarse a la burocratización de la revolución o su adequización, me decía: ¡Cuidado camarada, que “abajo” también hay ñoña! “Abajo” no quería decir “pureza revolucionaria”, pues también es un lugar donde hay procesos de reproducción de la “ideología de la dominación” bajo el formato de la “legitimación populista-reformista”. El asunto de la dominación desborda oposiciones simples como “arriba” y “abajo”. Los cultores adecos del saber popular sabían lo que hacían desde una línea de acción populista: desarmar a los sectores populares de criterios revolucionarios.
Detrás de una defensa de los llamados “saberes populares”, sin desentrañar la mixtura entre “sentido común dominante” y “sentido de insumisión social”, podíamos asumir un gesto populista que no conduce a ninguna “revolución”, a ninguna impugnación de prácticas de poder, pues detrás de muchas prácticas llamadas “tradicionales” o “saberes populares”, se anidan regímenes despóticos o alienaciones de mayor calado.
9.- ¿LUCHAMOS POR UNA NUEVA SERVIDUMBRE O POR LA LIBERTAD?
De manera que el criterio no sólo es el “abajo” o la subalternidad (Modanesi dixit), sino el sentido contra-hegemónico de una práctica popular, si desafía o no un régimen de verdad, explotación y dominación. ¿Evaluada por quienes? Bueno, allí vienen interesantes cuestiones. ¿Por una vanguardia? ¿Por los mismos actores locales o subalternos? ¿Por unos intelectuales iluminados por el don de la liberación espiritual?
La tan citada cita del filósofo Spinoza vuelve a cobrar actualidad: “¿Por qué los hombres luchan por su esclavitud como si se tratase de su libertad?”.
El problema de lo que convencionalmente se ha denominado “desalienación” es un asunto que compromete de fondo la impugnación de la separación entre explotados y explotadores, entre dominados y dominantes, entre gobernados y gobernantes, entre intelectuales y masas, es allí donde se tramita la frontera entre revolución o adequización. Y esto afecta a los imaginarios post-Chávez.
El meollo de los “flujos sémicos” (actitudes, imaginarios, representaciones y discursos) que dan cuenta de las formaciones ideológicas reside en sus gramáticas, en sus matrices, en sus condiciones de producción y codificación a partir de una actividad práctico-sensible sometida a ciertas condiciones de producción y de división social del trabajo (bajo el modo de producción y reproducción capitalista). Los procesos de transición socialista son tales si comienzan a romper esas condiciones de producción y reproducción de la “división capitalista del trabajo” articulada ciertos dispositivos de dominación y hegemonía. Detrás de relatos, narrativas, sistemas de signos o guiones ideológicos, operan “logiciales”, prácticas, reglas de generación de sentidos y significaciones sociales. Estas prácticas son tejidas por determinadas relaciones de poder, dominación, explotación, exclusión, negación, etc. 
Lo que ocurre con las “revoluciones” y con los “revolucionarios” administrados es que sus sistemas de representaciones ideológicas reproducen las lógicas de significación y sentido que pretenden derrumbar. Hay adequización en la medida en que predomina el discurso y la práctica del pacto, de la gobernabilidad, el “cuanto hay paz eso”, la defensa del cargo, la prebenda y el privilegio, una acción política sin convicciones. De allí el socialismo de fachada.
Más allá de las fraseologías, más allá de las vociferaciones, más allá de verbos exaltados; los revolucionarios y revolucionarias que creen que la “teoría revolucionaría” ya ha sido elaborada ex ante para ser simple y mecánicamente aplicada, son los primeros en reconstruir de cabo a rabo un régimen social y político de mando y explotación. Allí el opuesto al anterior: la compensación radical: una suerte de chavismo radical encallejonado en sus frases fosilizadas.
El consejo de Rigoberto Lanz fue sencillo: ¡Sospéchese de los sacerdotes de la revolución! Luego de 14 años de revolución bolivariana, hay razones para sospechar tanto del socialismo de fachada como de la compensación radical… Luego de la partida física de Chávez, hay un verdadero campo desolado de voces socialistas revolucionarias con suficiente habilidad para comprender la coyuntura crítica en el campo de la gobernabilidad bolivariana.
10.- ¿MANOSEAR “EL LEGADO DE CHÁVEZ”  COMO IMPUSTURA?:
El legado de Chávez no es completamente positivo si valoramos la ausencia sintomática de la formación ideológica y política de “cuadros revolucionarios anticapitalistas” en la alta dirección política del proceso.
Podríamos listar las acciones (nos las verborreas exaltadas), las prácticas, las intenciones y sus impactos reales para comprender si la direccionalidad del proceso apunta a una revolución anticapitalista.
De manera que sin una comprensión cabal de las experiencias de revoluciones interrumpidas (ver: Florestan Fernández: http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/secret/cuadernos/flores/florestan.pdf) no podremos desentrañar la siguiente cuestión:
“(…) las  alternancias de “conciliación” y “reforma” traducen el conflicto crónico tanto del capitalismo neocolonial como del  capitalismo dependiente. Para destruir ese conflicto es necesario acabar con la conciliación y con la reforma como “algo  que viene impuesto desde arriba” y “sólo permanece arriba”.”
Y lo más importante:
“Porque es preciso combatir una “tradición  revolucionaria” mecanicista que se ha vuelto verdaderamente letal en los países industrializados de América Latina, y  que consiste en dejar que las contradicciones “se acumulen” y “maduren”. ¡Como si de allí pudiese resultar algo útil para  el movimiento sindical y obrero! Si éstos se mantienen indiferentes al uso que las clases burguesas hacen de las  contradicciones, lo que se acumula y madura no es el desarrollo independiente ni la capacidad de lucha política de los  proletarios como clase, sino su condición servil dentro de la sociedad capitalista subdesarrollada. Una relación  puramente defensiva (no simplemente adaptativa o pasiva) ya sería suficiente para que, bajo el capitalismo neocolonial y  el capitalismo dependiente, los proletarios nunca tuvieran voz ni voto. Ello obliga a una toma de posición firme e  inflexible. Las contradicciones que no son aprovechadas activamente por el movimiento sindical y obrero son canalizadas  por el sistema capitalista de poder y convertidas en apatía de las masas, es decir, en sumisión dirigida.”
Y por si fuera poco el efecto negativo de una relación puramente defensiva, genera la siguiente situación que Florestan Fernández señala:
“(…) un largo período de hegemonía casi total de una burguesía neocolonial o dependiente provocó que el “vagón  de cola” social y político de las clases dominantes reflejase más la ideología de la burguesía hegemónica de los países  capitalistas centrales que su propia situación de intereses de clase como proletarios. El socialismo reformista y las  tácticas de apoyo a la burguesía nacional de ciertas corrientes del socialismo revolucionario reforzaron esa tendencia. El  riesgo dramático que enfrentamos consiste en un nuevo sumergimiento. La incorporación al espacio económico, social y  político de las sociedades capitalistas centrales renueva el horizonte cultural de las clases burguesas. Bajo el capitalismo  monopolista dependiente podrá ocurrir el fenómeno que se dio bajo el capitalismo competitivo dependiente. Tanto  internamente como desde afuera, el escenario está preparado para compatibilizar el crecimiento morfológico de los  proletarios como clase en sí con una conciencia de clase “esterilizada” y con dinamismos de “lucha de clases”  desposeídos de cualquier elemento político y de un eje verdaderamente revolucionario.”
Y por si fuese poco, la gran preocupación no sólo va en la dirección del comportamiento del Movimiento obrero, sino del bloque social de los oprimidos y explotados en su conjunto frente al dilema del radicalismo compensatorio o los “Socialismos de Fachada”:
“El conocimiento preciso de las contradicciones y su  aprovechamiento inteligente, organizado y despiadado es vital, pues, para el movimiento obrero. O bien permanece  como vagón de cola del movimiento burgués, como su “otro invertido”, o si no, avanza por el terreno espinoso de lanzar  las contradicciones contra el orden existente, para mejorarlo o para destruirlo. Esto significa salir de sí mismo, realizar las  funciones negadoras intrínsecas al movimiento obrero, hacer que la sociedad capitalista salte de una revolución que  abortó a otra revolución que comenzará llevando a todas las contradicciones existentes a su disolución completa y final.”
El asunto no está en el pacto con la burguesía monopólica (porque no se trata ni siquiera de las PYMES) o en la vociferación radical, sino en la construcción de un vasto frente amplio revolucionario que pueda abordar las tareas de la unidad en la diversidad, en las tareas del avance revolucionario, sin caer en las trampas de la compensación radical que no lleva a nada, o de un reformismo que sabe muy bien lo que hace: capitular casi imperceptiblemente ante la estructura de mando y explotación del metabolismo social del Capital, en nombre del legado revolucionario de Chávez. ¡Ni desesperación ni cinismo!
Sobre la figura, pensamiento y acción de Chávez se construyen las más paradójicas versiones para fines de legitimación de determinadas posiciones y decisiones políticas del presente.
¿Quiénes podrán ver en el legado de Chávez sus complejidades, tensiones, contradicciones, aciertos, errores, avances, retrocesos, contribuciones, vacíos; en fin, analizarlo no como monolito apologético cargado de superlativos para beneficios de una legitimidad post-Chávez, ya sea de compensaciones radicales o de socialismos de fachada: “gigante”, “eterno”, “supremo”?
¿Por qué no comprenderlo más bien en su dimensión “humana, demasiado humana”; líder de la revolución, no cabe duda alguna, pero como igual entre iguales, para seguirlo y para mantener la critica que tanto persistió en valorizar, tal como postula una concepción rigurosa de la democracia socialista y participativa?
Como decía Martí pues, ¡Criticar es amar!

jueves, 5 de julio de 2012

IZQUIERDAS Y TRANSICIÓN EN LATINOAMÉRICA: ¿RE-PENSARLAS O IM-PENSARLAS?



Javier Biardeau R.

“Estoy cada vez mas convencido de que dependemos de presunciones dudosas que apenas se debaten y que ancladas en el fondo de nuestras conciencias, desaparecen y reaparecen en mil formas distintas cada vez que la luz de la realidad social nos revela su inadecuación. Dificil es avanzar a través de este laberinto.”(Wallerstein; Impensar las Ciencias Sociales, 1998)

Se ha planteado recientemente desde diversas voces la necesidad de re-pensar las izquierdas latinoamericanas. Sin embargo, ¿no será indispensable “im-pensarlas”?. ¿Qué significa impensar las izquierdas?


Significa poner radicalmente en cuestionamiento el legado “decimonónico” de estereotipos, nociones, conceptos y categorías a lo largo de las cuales se ha configurado la historia de las relaciones entre la “teoría” y la “práctica” del movimiento socialista latinoamericano. Pues actualmente, muchas de las suposiciones, conceptos e ideas que permanecen firmemente arraigadas en las “mentalizaciones de izquierda” han perdido viabilidad histórica.


Algunas interrogantes del im-pensar:


¿Podemos seguir sosteniendo, por ejemplo, que sólo hay dos izquierdas: la “comunista revolucionaria” y la “socialdemócrata reformista”? ¿Qué solo hay dos tipos de socialismo: utópico y científico? ¿Qué solo por “marxismo revolucionario”, debemos comprender el marxismo-leninismo ortodoxo y sus manuales de “Diamat-Hismat”?
¿Acaso Lenin encarnó el verdadero “marxismo revolucionario”, ante una constelaciones de “desviaciones de derecha”: Bernstein, Kaustsky, Bauer, Hilferding; y por otra parte, “desviaciones de izquierda”: Gorter, Pannekoek, Korsch, Lukacs o Kollontai? ¿Quién inventó todo este catálogo de desviaciones de la “linea teórica correcta”?
¿Acaso las críticas de Luxemburg a Lenin y a la revolución rusa son prejuicios democratistas? ¿Reconocemos acaso que en América Latina el “marxismo” difundido fue más bien la versión simplificadora y deformada de los Partidos Comunistas latinoamericanos, satelizados teóricamente por los funcionarios ideológicos de la URSS?
¿Acaso Marx y Engels compartían todas y cada una de sus formulaciones teórico-políticas? ¿Acaso Mariategui fue un populista y un aprista? ¿Acaso Fidel y el Che representan las elaboraciones más refinadas del marxismo latinoamericano? ¿Acaso no hubo hegemonía estalinista y del "marxismo soviético" en la teoría y práctica marxista latinoamericana?
¿Acaso la teoría crítica de la “Escuela de Frankfurt”, la “socio-antropología de la descolonización”, la crítica del desarrollismo, la “filosofía de la liberación latinoamericana”, son simples distraccionismos ideológicos, producto del desarrollo de corrientes pequeño burguesas o anarcoides que afectan a la izquierda? ¿Acaso Tony Negri o John Holloway son “agentes teóricos” del Imperio, y por tanto, le hacen el servicio a los tanques pensantes de la CIA y los neocons? ¿Acaso Marta Harnecker y Michel Lebowitz son unos renegados teóricos al valorar la experiencia autogestionaria del “refomismo” Yugoeslavo? ¿Acaso no hay mayor extravio teórico-filosófico que el que representa Enrique Dussel? ¿Acaso Meszaros aporta solución alguna a la construcción de la transición socialista, a diferencia del Che que nos dejo el “Sistema Presupuestario de Financiamiento” (nota: pregúntele a Raúl Castro si lo aplica en la llamada “Actualización Socialista”)?
¿Acaso los discursos radicales feministas, ecologistas, subalternos e indigenistas desvían las luchas principales de la “vanguardia revolucionaria” contra el Capitalismo?
Estas y otras formulaciones implícitas en las interrogantes son parte de una doxa que intenta clausurar el universo de discurso de la izquierda en América Latina, agregándose a la larga serie de exclusiones presentes en el orden del discurso de la “teoría revolucionara correcta”:
  • primeros desviados: el anarquismo y su pretensión de derrumbar el Estado y cuestionar la forma/partido;
  • el revisionismo, al cuestionar los sacrosantos determinismos históricos de Marx-Engels;
  • los reformismos, al desvirtuar la vía revolucionaria y la lucha armada en los carriles del “cretinismo parlamentario” y la “legalidad burguesa”;
  • los distraccionismos ideológicos, que “filosofastros” de todo calibre pregonan para extraviarnos de la “línea correcta” que nos inspiran Lenin ó Fidel;
  • los desviacionistas de ultra-izquierda, populistas, trotkystas amargados, indigenistas, feministas, gays, lesbianas y trans-sexuales, junto a consejistas, autogestionarios, ecologistas, autonomistas y vaya usted a saber si los llamados pos-marxistas, pos-modernos, pos-coloniales y pos-no se sabe que cosa.
  • En fin, toda una larga lista que identifica tantas contradicciones secundarias como tonos, pelajes y plumiferos de Una-izquierda que sólo debió ser fiel al “Padrecito de Rusia” y a la Constitución de URSS en 1934, a pesar de sus “purgas” y “excesos”, como el “culto a la personalidad” o el “Socialismo de Estado”.
Como si tratara de fundar el orden claro y distinto cartesiano frente al caos y demás desviaciones, el pensamiento único de izquierda organiza su tratado nosográfico de trastornos ideológicos para utilizar los dispositivos más conocidos: seudo-psiquiatras pavlovianos, fiscales y policías ideológicos, tribunales sin derecho a la defensa y las campañas de auto-critica/autoflagelación pública de errores y desviaciones.
Porque para el pensamiento único de izquierda el socialismo del siglo XXI es el mismo Socialismo burocrático del siglo XX.
Pues lo que esa izquierda única y cavernaria no aprendió de cabo a rabo, fue entender que el desacuerdo no es traición, que las contradicciones no siempre llegan a síntesis superadoras y que la dialéctica que vale la pena re-pensar se llamó Dialéctica Negativa (Adorno dixit)
¿Habra que impensar al campo de la izquierda?
No cabe duda, si queremos avanzar por otras vías: revolución democrática, eco-política radical, espacios de libertad, democracia participativa, des-colonización, transmodernidad, autonomismo y autogestión.
¡Favor abstenerse los nostálgicos del “Socialismo real”, de la burocracia del aparato, los privilegios de la “nueva clase” y el tribunal de partido-único!
Si hay salida: no repetir la cascada de errores, cegueras e ilusiones del pensamiento único de izquierda. Tal vez la alternativa sea: ¡Otro Socialismo o la misma Barbarie!.

sábado, 16 de enero de 2010

¿DIJO USTED CONSTITUCIÓN POSLIBERAL?



Javier Biardeau R.
El amigo Rigoberto Lanz ha lanzado una interesante y provocadora idea para el debate de la transición rumbo al socialismo. Se trata de la tesis de una Constitución pos-liberal; es decir, de una “Nueva Constitución”.
Plantea Lanz que: “La Constitución del 99 (…) resultó del juego de intereses de entonces, fue un texto de corte liberal-progresista que deja intacta la naturaleza de la sociedad capitalista. Avanzada de cara a la Constitución del 61 pero enteramente amarrada a una concepción liberal de la política”.
Lanz re-significa una concepción realista del ordenamiento constitucional cuando afirma: “Todo texto legal tiene el límite socio-político de las correlaciones de fuerza donde se "interpreta" según los lentes de los interesados, donde se "aplica" según la acera de quien se trate. Eso vale también para los textos constitucionales que son siempre una salida de compromiso forjada en medio de tormentas ideológicas y forcejeos de intereses.”
Esta idea tácita de “fórmula de compromiso normativo inestable entre factores reales de poder de una sociedad” nos lleva, por ejemplo, a Lasalle, en su clásica interpretación de Constitución como resultado o expresión de la suma de los "factores reales de poder", y a la idea de la Constitución material.
Nociones como las de “Correlaciones de fuerzas”, “factores reales de poder”, son ideas que nos muestran los entretelones, los bastidores del teatro constitucional. Como ha planteado el antropólogo de lo contemporáneo: George Balandier, es imprescindible situarse en una “teatrología del poder” para comprender el espectáculo que se proyecta en los registros imaginarios y simbólicos de una formación social, a partir de las relaciones de fuerzas y sentidos que se juegan entre actores, movimientos y clases sociales, para poder señalar que:
“La Constitución es el resultado de un juego de intereses, casi siempre velados pero inexorablemente presentes. Concepciones ideológicas y querencias tangibles se enfrentan. Visiones del mundo algunas de ellas antagónicas se disputan cada milímetro del Estado. Nada allí es inocente.”
Allí nos aterriza Lanz al nudo del problema; “Mi tesis es de una sencillez brutal: con una Constitución liberal no se puede hacer una revolución. En un marco constitucional de centro-derecha, la izquierda está condenada al triste papel de "gobernar" (en el mal sentido de la palabra, o sea, como lo hacen los socialistas españoles o franceses).”
Luego apunta: “En la medida en que se radicaliza el proceso, es decir, en tanto los contenidos sustantivos de una estrategia realmente anticapitalista se ponen en movimiento, entonces todo va quedando estrecho: las leyes, los aparatos de Estado, la mentalidad de la gente, el sentido común, los partidos políticos, los sindicatos, los gremios, la Constitución.”
Sin embargo, tenemos algunos desacuerdos centrales con las sugestivas tesis de Lanz, por ejemplo, la que califica a la Constitución de 1999 como una Constitución de centro-derecha.
Desde nuestra perspectiva, el descuerdo apunta a plantear que la Constitución de 1999, es de centro-izquierda; es decir, es una constitución de contenido reformista y gestora de una economía mixta de signo predominamente capitalista, que sintoniza con los espíritus ideológicos del social-cristianismo y la social-democracia. Estas formaciones ideológicas y sus representaciones políticas generaron desafiliaciones, desagregaciones de intelectuales y sus posturas ya dislocadas de los entretelones del pacto de punto fijo, que habitaban en las voces y manos que tuvieron influencia (con sus asesorías incorporadas) de comisiones estratégicas del debate constituyente, como: la “Comisión Constitucional (Hermann Escarra, Ricardo Combellas, Luís Vallenilla), o la “Comisión de Administración de Justicia (Antonio García, Carlos Tablante), o la “Comisión de lo económico y social” (Luis Vallenilla, Alfredo Peña).
Un análisis pormenorizado del “personal político” y sus “espíritus ideológicos” (incluyendo a Luis Miquelena, Jorge Olavarria, Blancanieves Portocarrero, Brewer Carias, Avila Vivas) nos lleva a despejar los "factores reales de poder", los espíritus ideológicos predominantes y sus formaciones discursivas.
Ahora bien, tampoco estamos de acuerdo con una valoración optimista de Lanz cuando señala: “Sectores radicalizados sobremanera, en el espacio del poder popular efectivo encuentran cada vez más asfixiante el marco legal institucional del Estado burgués heredado. Lo hecho en ese campo en la década pasada es una tímida expresión de lo que habrá de ser realmente el poder de la multitud en acto, ejerciéndose.”
Compartimos el horizonte político constituyente de semejante tesis de la multitud popular en acto, ejerciéndose, pero aquí entramos en el terreno de las máscaras y sus rostros: ¿Dijo usted, el asfixiante marco legal-institucional del Estado Burgués heredado?
Mi desacuerdo con Lanz en este punto, reside que en que más que asfixia, lo que existe es la brutal falta de oxigenación de las prácticas político-institucionales del Estado prefigurado en la constitución de 1999, nominalmente “Democrático y Social de Derecho y de Justicia”, tomando como base de la lucha política y social, la vigencia y aplicación efectiva de la carta de derechos fundamentales establecida en 1999.
Si el politólogo Juan Carlos Rey realizó un análisis de las inconsecuencias de la ahora IV República en aquel texto: “El futuro de la democracia”, falta ahora realizar el análisis de las inconsecuencias de las demandas de “democracia social y participativa” en un texto que pudiera llamarse: “El futuro de la revolución”.
Pues si la revolución no ha podido realizar y agotar los contenidos de la democracia económica, social y participativa de 1999, ¿Cómo logrará saltar a nuestro anhelado “reino de la libertad”? ¿Desde que bases de democratización sustantiva, radical, participativa y protagónica se construye la transición al socialismo?
Cualquier salto dialéctico tendrá que tener un adecuado punto de apoyo, para que la prospectiva que afirma que: “otro marco constitucional se impondrá por fuerza de la propia dinámica del proceso”, no sea de verdad-verdad, la dinámica constituyente de la brutal derecha.
¿Cómo va la correlación de fuerzas?, no es una pregunta inocente, pues marca la apreciación de los momentos de flujo o reflujo de la multitud popular, ejerciendo el poder constituyente, mas allá del teatro constitucional.

TEXTO DE RIGOBERTO LANZ:
POR UNA CONSTITUCIÓN POSLIBERAL
"Podemos (y debemos, éticamente) escribir a favor de los intereses de los que el sistema aparta; pero no podemos remplazar su palabra". Roberto Follari: revista Relea, Nº 27/p. 51
RIGOBERTO LANZ
Todo texto legal tiene el límite socio-político de las correlaciones de fuerza donde se "interpreta" según los lentes de los interesados, donde se "aplica" según la acera de quien se trate. Eso vale también para los textos constitucionales que son siempre una salida de compromiso forjada en medio de tormentas ideológicas y forcejeos de intereses.
Nada escapa a esta lógica. Sólo en las abstracciones de algún distraído profesor de "Filosofía del Derecho" es posible la quimera de un marco normativo "objetivo", "imparcial" e "igual para todos".
La Constitución del 99 sigue el mismo patrón de toda formulación jurídica. Lo que resultó del juego de intereses de entonces fue un texto de corte liberal-progresista que deja intacta la naturaleza de la sociedad capitalista. Avanzada de cara a la Constitución del 61 pero enteramente amarrada a una concepción liberal de la política. Si usted la compara con la Constitución de Noruega, por ejemplo, verá que en varios sentidos en ese país capitalista han ido más lejos (allí nuestra Constitución sería un retroceso). Ello significa que sin tocar la médula del poscapitalismo se pueden plantear escenarios que parecerían "revolucionarios" si se les mira desde cualquier tremedal latinoamericano.
La Constitución es el resultado de un juego de intereses, casi siempre velados pero inexorablemente presentes. Concepciones ideológicas y querencias tangibles se enfrentan. Visiones del mundo ­algunas de ellas antagónicas­ se disputan cada milímetro del Estado. Nada allí es inocente. ¿Por qué alarmarse de la discusión sobre una nueva constitución? ¿Quién se alarma? Sabemos que el conservadurismo se va acomodando cada vez que es derrotado en el espacio público.
El texto constitucional vigente fue hostigado hasta el cansancio por una derecha que no entiende nada. Los argumentos más deleznables y las campañas más visearles se pusieron a funcionar impúdicamente. Ahora esa misma derecha aparece como abanderada de una Constitución que ayer nada más les parecía el fin del mundo. Esa hipocresía política es ya típica de todas las derechas. Esas incoherencias no hacen sino delatar el oportunismo de clases y sectores que no van más allá de sus intereses contantes y sonantes. La ironía de esta charada es que la derecha no se enteró ­por los odios acumulados y por la ignorancia política reinante­ del carácter liberal de la actual Constitución.
Lo reitero: tenemos un texto constitucional centrista que una cierta centro-izquierda puede administrar por un tiempo acotado. Más de allí no se puede pedir. En la medida en que se radicaliza el proceso, es decir, en tanto los contenidos sustantivos de una estrategia realmente anticapitalista se ponen en movimiento, entonces todo va quedando estrecho: las leyes, los aparatos de Estado, la mentalidad de la gente, el sentido común, los partidos políticos, los sindicatos, los gremios, la Constitución.
Mi tesis es de una sencillez brutal: con una Constitución liberal no se puede hacer una revolución. En un marco constitucional de centro-derecha, la izquierda está condenada al triste papel de "gobernar" (en el mal sentido de la palabra, o sea, como lo hacen los socialistas españoles o franceses). Eso es lo que ocurre ahora en Venezuela. Sectores radicalizados ­sobremanera, en el espacio del poder popular efectivo­encuentran cada vez más asfixiante el marco legal-institucional del Estado burgués heredado. Lo hecho en ese campo en la década pasada es una tímida expresión de lo que habrá de ser realmente el poder de la multitud en acto, ejerciéndose. Otro marco constitucional se impondrá por fuerza de la propia dinámica del proceso.
Volveremos a ver a la derecha tropical oponiéndose con la misma vehemencia con la que defiende ahora esta Constitución ajena, que es desde luego la misma vehemencia con la que se le opusieron en su momento. Moraleja: ¡Viva la dialéctica!