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lunes, 30 de enero de 2012

RETOMAR LOS DEBATES SUSTANTIVOS: ¿CUÁL TRANSICIÓN SOCIALISTA?

Javier Biardeau R.
1.- ¿Acaso la izquierda es burra?
Comenzando el año 2011, Boaventura de Sousa (1) narraba en entrevista en “La Jornada” cómo le escuchó decir al ex presidente socialdemócrata Fernando H. Cardoso, antiguo promotor del “Enfoque de la Dependencia” y de interpretaciones "heterodoxas" del marxismo, que la “izquierda es burra”. Boaventura de Sousa replicaba que la izquierda era “lenta para aprender, pero que no era burra”. Para Cardoso, la izquierda es burra porque: a) no aprende de la historia, b) el mundo le resulta demasiado complejo y c) no tiene líderes. Sobre Lula, Cardoso decía que era "un obrero metalúrgico, un ignorante, que no haría nada". Un prejuicio que corresponde al catálogo de representaciones de la doxa de los intelectuales letrados, reconocidos en sus “comunidades académicas e intelectuales” por su proveniencia de los sectores medios urbanos, por su trayectoría de haber formado parte de una cierta “izquierda universitaria” (en sus días de “radicalización discursiva”, lo que en el declinar vital narran como “pecados de juventud” o “sarampión revolucionario”).
Ciertamente, un líder cocalero como Evo o un Teniente Coronel del Ejército venezolano como Hugo Chávez, podrían ser calificados como “ignorantes” o “incompetentes”, gente que no ha hecho nada, desde lugares de enunciación similares o privilegiados por los habitus académicos de la “Ciudad Letrada” . Sin embargo, es falso que estos tres dirigentes del proceso llamado como la “marea rosa latinoamericana” (Petras dixit) no sean líderes. Efectivamente, son líderes con profundas raíces populares y subalternas (incluyendo a Correa que sería una suerte de “experto bien formado", pero también visualizado como un error colateral de los programas de formación ideológico-académica de los "prestigiosos" centros académicos norteamericanos, y por tanto una "oveja descarriada"), pero cabe la pregunta: ¿han aprendido estos liderazgos de la historia? ¿Asumen acaso la complejidad del mundo contemporáneo para imaginar y pensar si es posible transitar “Más allá del Capital” (Mészáros) (2)?
2.- ¿El debate de la transición socialista o si prefieren post-capitalista?
Ambas preguntas se relacionan directamente con el debate acerca de la transición socialista: ¿Qué ha aprendido las “izquierdas” que encarnan líderes como Evo, Correa y como Chávez de la historia de las transiciones socialistas en el siglo XX (pues Lula despejo el asunto diciendo que su camino era de reformas socialdemócratas)? ¿Cómo asumir los retos de la transición socialista, reconociendo la complejidad del mundo de las ideas, de las prácticas y los procesos contemporáneos, bajo una mundialización enmarcada por una profunda mutación civilizatoria, pero además en medio de otra crisis del capitalismo y de las asimetrías entre el Norte y el Sur?
Interpretar la "marea rosa latinoamericana" desde los viejos códigos del doctrinarismo marxista-leninista, generaría inmediatamente una contrastación de estos casos con lo que se identifica como la auténtica revolución socialista del continente: la revolución cubana.
En el plano teórico, desde estos mapas ideológicos podrían acusar con facilidad de “revisionista” o de “confusionismo ideológico”, para colocar un sólo ejemplo disonante, a contribuciones para el debate del cambio civilizatorio como la "antro-política de la complejidad" propuesta por Edgar Morin (3).
Tomo este último ejemplo disonante para colocar frente a frente a un “ideología de la simplicidad” ("marxismo-leninismo ortodoxo") frente a una “cartografía teórica de la complejidad” (pensar la Tierra-Patria).
3.- Algunas preguntas inquietantes:
¿Podrá la conciencia revolucionaria del siglo XXI beber de otras fuentes que no sean exclusivamente los guiones ideológicos del siglo XIX y XX, a la vez que contrastar sus estereotipos, nociones e ideas con las transformaciones en el terreno de las ciencias de la materia, de la energía, de la vida, de la información, con las ciencias sociales e históricas críticas, con las humanidades y las artes, con la complejidad, la transciplina y una disposición de dejar atras los mitos de la tecnociencia (cientificismo propio de la modernidad)? Esta respuesta no es simple.
Algunos dirán que se requiere fundamentalmente de “ideología revolucionaria” para abordar la transición al socialismo, una ideología cuyas categorías y conceptos, no viven ningún desafío ni crisis de fundamentación epistémica, ni quiebres políticos ni de legitimación social; lo cual deriva en que siguen siendo teorias revolucionarias “vigentes, válidas, correctas y universales”.
Pero acaso, ¿no se requerirá, como diría una lectura menos distanciada de Marx, de propuestas teóricas críticas, radicales, renovadas, que fecunden la conciencia revolucionaria socialista sin tanto “calco y copia”, sin tanto seguidísmo y dogmatismo?
Obviamente inventar no garantiza no errar, pero no inventar, ni renovar ni crear, para quedarse en repetir guiones ideológicos de revoluciones bloqueadas e interrumpidas si puede llevar anticipadamente al fracaso. Y si algo ha mostrado el hervidero histórico del siglo XX es el fracaso del Socialismo Burocrático para generar una mayor emancipación, mayor justicia, autogobierno y espacios de libertad para los trabajadores y clases populares.
El asunto de la transición socialista requiere además de preguntas nada inocentes: ¿Cuál socialismo tenemos en mente como marco, como imaginario o prefiguración de un proceso instituyente de formas y prácticas sociales post-capitalistas? ¿Qué lugar ocupa en este proceso la temática del ejercicio y control del poder, de la democracia, de la institucionalidad política y jurídica, del Estado como “forma de dominación política” y como “poder concentrado”? ¿A dónde fue a parar el guión ideológico de la “Dictadura del Proletariado en medio de tanta contrarevolución burocrática, estatismo autoritario y dictaduras de los aparatos sobre el proletariado?
Ciertamente, hay discronías (dinámicas contradictorias, desiguales y combinadas si prefieren) en diversos segmentos intelectuales del campo de las izquierdas mundiales. Algunos suponen que están aún hoy en las barricadas de la Comuna de París a finales del siglo XIX, otros ensimismados en el entusiasmo revolucionario bolchevique de 1917, quizás habrá quienes se imaginan ser parte de los núcleos de avanzada revolucionaria de la Sierra Maestra, otros experimentaran la “larga marcha” o incluso la “revolución cultural” maoísta. Pero hasta allí no llega la lista. Algunos serán fieles partidarios de la vieja socialdemocracia marxista, otros de la liberación nacional tercermundista, otros de la autogestión, del autogobierno y la república de la multitud, algunos menos numerosos serán nostálgicos de la nueva izquierda post-68, del comunismo de consejos, o quizás uno que otro grupúsculo marcado de rancio estalinismo, de sinsibilidad pro-albanesa en tiempos de Hoxha, partidario de la “idea juche”, para tampoco obviar al complicado archipiélago de trotskismos, incluso enfrentados entre sí. La lista de cosntelaciones de izquierda podría ser incluso más amplia, incluyendo a neozapatistas, a indigenistas, a decoloniales, a deconstruccionistas de izquierda y vaya usted a saber. ¿Cómo se imaginan y reflexionan cada uno de estos segmentos la “transición socialista”? Esta respuesta tampoco es simple.
¿Existirá acaso en medio de todo este mar de turbulencias ideológicas y teóricas una valorización de toda la tradición del “marxismo crítico occidental, o incluso del pensamiento crítico socialista post-estalinista y posmarxista para reformular lo que algunos han llamado como "Socialismo del siglo XXI"? ¿Existirá efectivamente la capacidad intelectual y política para analizar la complejidad de las sociedades contemporáneas, y particularmente incluir dentro de la sensibilidad de las teorías críticas radicales, la idea de democracia participativa, sin necesidad dequedarse atados a variantes de la democracia liberal, pero sin caer en una actitud que desechala idea misma de democracia en nombre de la auténtica revolución socialista? ¿Podrá hoy la izquierda más ortodoxa dar cuenta de un horizonte de emancipación más amplio que no se reduce a los partidos revolucionarios de corte leninista, ni a los trabajadores y sus sindicatos clasistas, sino a un vastísimo conjunto de movimientos sociales, donde están mujeres, desempleados, cooperativistas, ecologistas, campesinos, indígenas, gays, entre otros, entre los cuales se lanzan a la idea de crear una conciencia mundial bajo la consigna de que Otro mundo es posible, necesario y urgente? Como díria Morín, ¿puede haber allí unitas multiplex?
¿Acaso dejará de lado una hegemónica concepción doctrinaria en los aparatos de la izquierda ortodoxa a perspectivas del pensamiento crítico y de las ciencias sociales e históricas, comprometidas con las luchas de los pueblos oprimidos? Son cuestiones profundas y candentes.
Podríamos decir con Wallerstein (4) que el 2011 fue un buen año para la izquierda en el mundo sin importar lo amplio o estricto que se defina la izquierda mundial. Pero, ¿podrán las izquierdas anti-sistémicas enfrentarse con eficacia y unidad política a la imposición de medidas de austeridad a las poblaciones mientras la derecha intenta proteger los intereses del capital financiero transnacional? ¿Podrá sostenerse el espíritu de revuelta y transformarlo en conciencia colectiva revolucionaria para luchar contra la polarización de la riqueza, contra los gobiernos corruptos, contra la naturaleza esencialmente antidemocrática de estos gobiernos, sea que cuenten o no con un sistema político multipartidista? ¿Hasta que punto se han superado los mantras ideológicos del neoliberalismo acercándo a las mayorías a temas como la inequidad, la injusticia y la descolonización? ¿Acaso hay una agenda de transición socialista en las izquierdas mundiales?
Para la izquierda latinoamericana y mundial la cuestión ahora es si puede avanzar y traducir este éxito discursivo inicial contra el neoliberalismo más explícito en una transformación política bajo un horizonte post-capitalista. Cuando muchas inteligencias críticas le dicen “Adiós al socialismo” , en clave de socialismo real, despótico o burocrático ¿cuantas le dicen efectivamente “adiós al Capitalismo”? La respuesta tampoco parece ser simple.
4.- Problemas a superar por la izquierda:
De acuerdo a Wallerstein, a escala mundial, las fuerzas de centroderecha siguen representando a la mitad de las poblaciones del mundo, o por lo menos a aquéllos que son activos en lo político de alguna manera. Por lo tanto, para transformar el mundo, la izquierda mundial necesitará un grado de unidad política que todavía no tiene. Lo mismo ocurre para consolidar posiciones en un bloque de poder sudamericano. El archipiélago ideológico y político de las izquierdas devenidas gobiernos, sean partidistas y movimientistas, expresa profundos desacuerdos en torno a los objetivos de largo plazo y las tácticas de corto plazo.
La mayor debilidad es que haya pocos avances en cuanto a remontar las divisiones. Sin embargo, Wallerstein propone ciertos modos de reconciliación: distinguir entre las tácticas de corto plazo y la estrategia de más largo plazo. Concuerda con quienes argumentan que obtener el poder del Estado es irrelevante para (y posiblemente hace peligrar la posibilidad de) una transformación de más largo plazo del sistema-mundo en su conjunto. Como estrategia de transformación mundial, se ha probado muchas veces y ha fallado. Esto no significa que esa participación electoral en el corto plazo sea una pérdida de tiempo. Porque una gran parte del 99 por ciento de la población mundial está sufriendo agudamente en el corto plazo. Y es este sufrimiento de corto plazo su principal preocupación.
Si pensamos en los gobiernos no como agentes potenciales de transformación social sino como estructuras que pueden afectar el sufrimiento de corto plazo mediante sus decisiones en torno a políticas públicas, entonces la izquierda mundial está obligada a hacer lo posible por conseguir decisiones de los gobiernos que minimicen las penurias de la mayoría. Pero esto puede ser calificado de reformismo, si se pierden de vista estrategias de mayor calado espacial y temporal.
Trabajar por minimizar las penurias requiere de participación electoral. ¿Y qué pasa con el debate entre quienes proponen el mal menor del participar dentro de sistemas electorales y jurídicos democraticos parlamentarios y quienes proponen respaldar a genuinos partidos de izquierda revolucionaria?
Para Wallerstein no hay una respuesta estándar, ni pueda haberla. Ni tampoco la respuesta de 2012 va a ser válida para 2014 o 2016. No se trata de un debate de principios sino una situación táctica que evoluciona en cada país. Pero, ¿habrán aprendido las izquierdas a superar sus desacuerdos para avanzar en estrategias comunes? No es sencillo construir la sensibilidad de los y las "comunes" (proletarios, unios). Se siguen enfatizando aún los particularismos y sectarismos ideológicos.
El segundo debate básico que identifica Wallerstein y que consume a la izquierda mundial es la que existe entre el desarrollismo y lo que podría llamarse la prioridad de un “cambio civilizatorio”. En América Latina, hay un fuerte debate entre los gobiernos de izquierda y los movimientos de pueblos indígenas –por ejemplo en Bolivia, Ecuador o Venezuela. En América del Norte y en Europa se expresa en los debates entre los ambientalistas/verdes y los sindicatos que le dan prioridad a retener y expandir el empleo disponible. La opción desarrollista, sea que la pongan en marcha los gobiernos de izquierda o los sindicatos, es aquélla que considera que sin crecimiento económico no hay modo de rectificar los desequilibrios económicos ni desigualdades del mundo actual, sea que hablemos de la polarización al interior de los países o de la polarización entre naciones. Este grupo acusa a sus oponentes (los que hablan, por ejemplo, de decrecimiento), de respaldar, al menos objetiva y posiblemente subjetivamente, los intereses de las fuerzas del ala derecha.
Los proponentes de la opción anti-desarrollista dicen que concentrarnos en la prioridad del crecimiento económico está mal por dos razones. Es una política que simplemente continúa los peores rasgos del sistema capitalista. Además, es una política que ocasiona un daño irreparable ecológico y social. Para hacer un arreglo viable entre ambas posturas están en juego las credenciales de izquierda de cada grupo. Cada quien acusa al otro de hacerle el juego a la derecha. Mientras, la derecha observa a una izquierda dividida con bastante satisfacción. Aquí de nuevo, el asunto clave reside en minimizar las debilidades y desacuerdos.
Para Wallerstein si no se superan estas y otras divisiones, la izquierda mundial no podrá ganar la batalla en los próximos 20 a 40 años en torno a qué clase de sistema sucesor tendremos conforme el sistema capitalista se colapsa definitivamente. Se cumpliría parcialmente una “predicción marxiana” del Manifiesto poco destacada: “opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”.
Sabemos que la actual crisis mundial fragmenta el planeta en regiones de tal modo que el sistema-mundo se aproxima a una creciente desarticulación que algunos han denominado la geopolítica del caos. Uno de los efectos de esta creciente regionalización del planeta en bloques inestables de poder eses que los procesos políticos, sociales y económicos ya no se manifiestan del mismo modo en todo el mundo y se producen divergencias, en el futuro tal vez bifurcaciones, entre el centro y la periferia, entre el Norte y el Sur.
Para las fuerzas de la izquierda antisistémica esta desarticulación global hace imposible el diseño de una sola y única estrategia planetaria, incluso hace inútiles los intentos de establecer tácticas universales bajo el manto de una "V Internacional". Aunque existen inspiraciones comunes y objetivos generales compartidos, las notables diferencias entre los sujetos anti-sistémicos, atentan contra las generalizaciones que terminan en dogmatismos abstractos.
Ya no es posible confrontar el capitalismo con una única y prístina referencia al pensamiento único revolucionario. Aprender de la historia de viejos fracasos deberá dejar claro que el capitalismo no se va a derrumbar ni va a colapsar, sino que podrá ser derrotado sólo por la articulación política unitaria de fuerzas antisistémicas, sean éstas movimientos de base horizontales y comunitarios, partidos más o menos jerárquicos e incluso gobiernos con voluntad anticapitalista.
El movimiento revolucionario fracasa si se impone un paradigma bajo la fatalidad, el mecanicismo y el determinismo de suponer que el capitalismo caerá bajo el peso de sus propias leyes internas, sobre todo de carácter económico. El capital llegó al mundo envuelto en sangre y lodo, como decía Marx, la resolución de sus contradicciones pasa por la política, las ideas, los valores y la cultura. El poder cultural, mediático, ideológico y político inter-actuan y retroactuan sobre las esferas económicas. El capitalismo no caerá si no hay alternativas, opciones históricas y fuerzas post-capitalistas que las encarnen.
Otra enseñanza de la historia es que la transición a una sociedad nueva no será breve o se producirá en unas pocas décadas, tampoco sera por decreto ni caerá del cielo. Esto inquieta a algunos espíritus presos de la deseperación y la temeridad. Este reconocimiento requiere de una estrategia unitaria de transformación que logre manejar los desacuerdos internos de una manera novedosa, pues las precipitaciones podrían fortalecer incluso a los dispositivos de control y regulación del propio sistema-mundo.
Si bien los ocho gobiernos sudamericanos que podemos calificar de izquierdas han mejorado la vida de las personas y disminuido sus sufrimientos, no han avanzado significativamente en la construcción de sociedades nuevas, y en muchos casos han encallado en formas de capitalismo de Estado, de neodesarrollismo o de socialismo "populista". Se trata de constatar hechos y límites estructurales que indican que por ese camino no se puede obtener más de lo logrado.
Sin embargo, como ha planteado Zibechi (5), en América Latina existen gérmenes de las relaciones sociales que pueden sustituir al capitalismo: millones de personas viven y trabajan en comunidades indígenas en rebeldía, en asentamientos de campesinos sin tierra, en fábricas recuperadas por sus obreros, en periferias urbanas auto-organizadas, y participan en miles de emprendimientos que nacieron en la resistencia al neoliberalismo y se han convertido en espacios alternativos al modo de producción capitalista dominante. Han logrado al menos vencer al neoliberalismo e identificar como enemigo principal al gran capital nacional y transnacional.
Pero esto no es suficiente para construir un sistema económico de signo predominantemente socialista. Tampoco será convincente suponer que sólo con sistemas políticos de partido único es posible transitar al socialismo. Al menos, un sistema semejante podría reconocer la existencia de tendencias y corrientes revolucionarias diversas en su seno, o llegar a reconocer al viejo trotsky y su pluripartidismo soviético. Pero la inercia estalinista invalida tal posibilidad. La izquierda revolucionaria ortodoxa no concibe otra forma de unitas que liquidar al multiplex. Disciplina, lealtad y control en clave de micropolítica paranoica.
5.- La unidad que falta construir:
Sabemos que la unidad de la izquierda es una condición necesaria, pero aún así no es suficiente pués la batalla por un mundo nuevo será mucho más larga que la duración de los gobiernos progresistas latinoamericanos y, sobre todo, más allá de partidos-maquinarias, dirimiéndose en espacios manchados de sangre y barro.
Por tanto, conviene detenerse a caracterizar los desacuerdos entre izquierda política e izquierda social que hacen difícil avanzar. En general, los debates apuntan al papel de la izquierda política, o sea los partidos que se proclaman de izquierda. Por ejemplo, hay que superar viejas divisiones históricas, supuestamente alimentadas por diferencias ideológicas, para ir más allá de la situación actual. La unidad entre las tres grandes corrientes, socialistas, comunistas y anarquistas o radicales, sería un paso imprescindible para que este sector esté en condiciones de jugar un papel decisivo en la superación de la crisis actual. Obviamente, sólo la socialdemocracia reformista, funge como ala política de izquierda de la derecha global, lo cual requiere clarificar la diferencia entre reformas revolucionarias y reformas funcionales a la consolidación del poder de los sectores capitalistas dominantes. Sólo a las últimas se les puede calificar de reformistas.
La experiencia histórica dice que si los partidos de izquierda no se unen si no existe un poderoso movimiento desde abajo que les imponga una agenda común. De allí la importancia de los movimientos sociales de base. Si reconocemos que existe diversidad de intereses es para construir estrategias de cambio que estén enraizadas en la realidad y no en declaraciones o ideologías.
Las estrategias para cambiar el mundo deben partir, a mi modo de ver, de la creación de espacios para que los diferentes abajos, o izquierdas sociales, se conozcan, encuentren formas de comunicarse y de hacer, y establezcan lazos de confianza. Puede parecer poco, pero el primer paso es comprender que ambos sectores, o trayectorias, nos necesitamos, ya que el enemigo concentra más poder que nunca. Así mismo, hay que plantear abiertamente el debate sobre la democratización del Estado (como forma de dominación y de separación entre gobernantes y gobernados) en el proceso de transición socialista. El colapso del socialismo burocrático fue en sí mismo la pérdida de confianza en la eficacia del “Estado socialista” para ordenar y regular la vida humana de manera digna. Para Marx y para Engels era claro que no podía reproducirse una veneración supersticiosa del Estado, llegando incluso a plantear sustituir el término Estado por la palabra Comunidad. Pero en la transición socialista quedaba completamente claro la necesidad de una suerte de “semi-estado”, como lo llamó Lenin en su clásico texto "El Estado y la Revolución".
Podríamos aceptar que se trataba de una figura más avanzada de Estado social, siempre y cuando se enfatizara la dimensión radicalmente democrática del mismo. Es decir, habría que distinguir un Estado social sin democratización de un Estado social con democratización radical del poder, lo cual implica separar el corporativismo del socialismo democrático y participativo.
De esta manera podríamos abordar el conflicto que se expresa entre el estado post-revolucionario y el sujeto subalterno revolucionario. Si el Estado es un campo dinámico y complejo de relaciones de fuerzas, la lucha para el sujeto revolucionario subalterno se da dentro y fuera del Estado . Por tanto hay que salir de un nuevo desacuerdo y dilema entre una posición neoconservadora que coloca el énfasis en el Estado revolucionario como agente exclusivo del proceso de transformación, y posición anti-estatista cercana al neoanarquismo que inhibe cualquier estrategia de transformación del Estado vía democratización de las relaciones de poder.
Es preciso distinguir entre una democratización del espacio-Estado como espacio de poder (no como espacio neutro de tecnopolítica o jerárquico de mando), lo cual implica construir relaciones mucho más horizontales entre representantes políticos y funcionarios públicos con el sujeto pueblo-subalterno, reconociendo los desacuerdos en el seno del pueblo; y por otra parte, el Estado corporativo o populista , caracterizado por relaciones verticales entre los primeros y el pueblo, negando la existencia de diversidad y desacuerdos en el seno del pueblo en nombre de una unidad política decretada, figuras de mando cesaristas o benapartistas, asumida de manera tutelada y disciplinaria.
Como diría Gramsci, mantener la separación entre gobernantes y gobernados como un “hecho natural” es asumir una postura conservadora, aun si se habla en clave de izquierda y de Estado Revolucionario. Por tanto, el horizonte socialista del Estado por venir consiste en problematizar permanentemente cómo se naturalizan las relaciones de hegemonía y subalternidad en un campo de relaciones sociales (6). Subvertir esta falsa naturaleza es precisamente el acontecimiento revolucionario. ¿Podra la izquierda superar es sus esquemas ideológicos aquellas representaciones que reproducen la lógica de la dominación? La respuesta, tampoco es simple.

Notas:

(1) Boaventura de Sousa Santos. La Jornada. Mexico. http://www.jornada.unam.mx/2011/1/16/politica/009e1pol
(2) Angel Rama. La ciudad letrada. Ediciones del Norte. 1984
(3) Meszaros, István : Más allá del capital, Vadell Hermanos Editores, C. A., Valencia-
Caracas, 2001.
(4) Academia de Ciencias de la URSS: Manual de marxismo-leninismo. Grijalbo. Mexico. 1960
(5) Edgar Morin: Tierra Patria. Cairos. 1993
(6) Inmanuel Wallerstein. La Jornada. Mexico. http://www.jornada.unam.mx/2012/01/07/mundo/020a1mun
(7) Enzo del Bufalo: “Vivir en multiplicidad común”. En Diario Tal Cual. 29-10-2011. P. 11
(8) Raul Zibechi: La Jornada. Mexico. http://www.jornada.unam.mx/2012/01/13/politica/027a2pol
(9) Nicos Poulantzas. Estado Poder y Socialismo. Edit. Siglo XXI. 1986
(10) John Beverly: “El Subalterno y el Estado”. En: Políticas de la teoría. Ensayos sobre subalternidad y hegemonía. CELARG. Colección Nuestra América. Caracas. 2011.

martes, 24 de mayo de 2011

VOCES CRÍTICAS Y EL LABERINTO DEL SOCIALISMO BUROCRÁTICO

Javier Biardeau R.

Los estudios sobre las transiciones-construcciones socialistas en Nuestra América muestran la necesidad de des-dogmatizar y descolonizar los debates y programas de investigación-acción para apalancar los procesos de transformación social.

Luego del “gran ensayo” de 1968 a escala mundial, de las revoluciones contra-culturales, descolonizadoras y anti-sistémicas de 1968, resulta un error seguir orientándose por los monolitos grávidos de la “socialdemocracia reformista” o del marxismo de aparato: el “marxismo soviético”.

Desde los paradigmas de base de la “vieja izquierda” se reproducen los bloqueos, los estancamientos, los callejones sin salida de las experiencias historias de los Socialismos Burocráticos. Por más voluntarismo político y decisiones desde arriba, la inquietud por los deficientes resultados de las acciones desde los “gobiernos progresistas” que pretenden construir nuevas figuras de “Socialismo para el siglo XXI”, sigue planteando la pregunta de si lo que fallan son los diseños mismos: los “modelos de socialismo” que se tienen en mente cuando se actúa en las tareas de su edificación.

Para salir de estos bloqueos (que son a la vez epistemológicos, éticos, estéticos y políticos), hay que insistir en la crítica al dogmatismo y en la necesidad de descolonizar las tradiciones del pensamiento radical, insurgente, revolucionario que se han diseminado y construido desde Nuestra América.

Y descolonizar estas tradiciones (descentrando al “marxismo euro-céntrico” como única voz revolucionaria) no es una tarea fácil, cuando los actores presumen de convicciones y prejuicios firmemente instalados, como esquemas de mentalización.

El “espíritu” y el “auto-movimiento del concepto” (que en la filosofía alemana que inspiró a Marx era crítico, dinámico, cargado de negatividad y lucha), se ha convertido en piedra; en fin, la famosa dialéctica se ha cosificado, se ha petrificado, ha sido declarada muerta en los hechos.

Como ha dicho Einstein: es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. El pensamiento complejo de Edgar Morin ha hecho énfasis en la dificultad de pensar el propio pensamiento (auto-eco-reflexión crítica), en la dificultad de distanciarse de las premisas de nuestro pensar y de nuestro actuar, en examinar nuestros prejuicios y los estereotipos que dominan nuestro imaginario social. A esto se agrega, la dificultad de pensar críticamente la relación entre pensamiento heterónomo y autonomía, entre espacios de sujeción y espacios de libertad, pues es clave para la construcción del nuevo socialismo en el siglo XXI, no la construcción de masas fanatizadas por consignas y estereotipos (fascismo social) sino potencia de multitudes populares, reconociendo sus singularidades críticas, o como se dice corrientemente, “pueblo organizado y consciente” donde exista tanto autonomía individual como colectiva. Socialismo no es ni populismo ni fascismo.

La conclusión es que si las representaciones, conceptos y categorías que manejamos en el discurso sobre la construcción socialista, forman parte de un inconsciente social y político que no se cuestiona ni debate, sencillamente se aborta la potencialidad del pensamiento crítico y transformador. Más que pensar, somos pensados, pensados por el automatismo psíquico, por habituaciones, por viejos paradigmas de base articulados a una defensa reactiva del Socialismo Burocrático.

Aquí conviene recordar a Marx cuando señaló (18 Brumario de Luis Bonaparte-1852):

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.”

Esta extraordinaria cita puede leerse complementariamente con un planteamiento muchas veces olvidado de la crítica al programa de Gotha (1875):

“De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede.” Y agrega Marx además: “Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento.”

La transición-edificación del socialismo para el siglo XXI debe prestarle mucha atención a las huellas y al sello troquelado de la vieja sociedad. En nuestro caso, las huellas coloniales y capitalistas dependientes son esenciales para comprender las condiciones específicas de la transición-construcción de nuestro socialismo, repetimos un nuevo socialismo, no la repetición de los guiones del viejo socialismo burocrático.

Esta ultima seria la tercera huella, que es mucho menos visible y permanece ausente: la crítica radical a las experiencias históricas del Socialismo Real. Se trata entonces de tres luchas complementarias, y no una sola anticapitalista basada en el marxismo-dogma: lucha contra la huella colonial (descolonización), lucha contra la huella del capitalismo dependiente latinoamericano (post-capitalismo), lucha contra la huella del socialismo burocrático y el marxismo-dogma euro-céntrico (critica del estalinismo ocultado en nuestras prácticas y discursos de socialismo del siglo XXI).

El mapa, la cartografía o el plano del “marxismo ortodoxo”, hemos insistido, no permite edificar el “buen vivir” (suma qamaña en aymara, sumaq kawsay en quechua) ni la plena existencia humana (Marx en sus manuscritos económico-filosóficos), pues muchas de sus premisas siguen ancladas en el desarrollismo, el estatismo autoritario, la confusión permanente entre capitalismo de estado y gestión socialista, la subordinación de los movimientos sociales y populares al espectro del “partido-único”, la utilización de las “organizaciones de base o de masas” como correajes de las decisiones no consultadas de la burocracia del Estado, la invisibilización de la prioridad de la cuestión ecológica, la reproducción del eurocentrismo, el racismo oculto y la negación cultural, la presencia de un “comisariato político” que en nada ayuda a los procesos de movilización crítica y autónoma de los movimientos sociales y populares, el escaso reconocimiento de la diversidad de corrientes, tendencias y voces críticas en el seno del campo nacional, popular y revolucionario.

Hemos planteado, entonces, que la posibilidad del nuevo socialismo para el siglo XXI pasa al menos por cuatro revoluciones que son interdependientes y transversales: la revolución democrática (democracia instituyente, deliberativa y participativa, cuestionando de las múltiples opresiones: explotación del trabajo, coerción política, hegemonía ideológica, exclusión social, negación cultural y discriminaciones múltiples), la revolución socialista (la autogestión económica, las socializaciones junto a la planificación social y democrática), la revolución ecológica (el eco-socialismo más que el socialismo desarrollista, industrialista, productivista y consumista) y la revolución descolonizadora (la critica radical del euro-centrismo, del colonialismo y la colonialidad en la reinvención de la emancipación).

Pues de esto se trata, de una reinvención de la emancipación...

viernes, 8 de abril de 2011

BIENVENIDO AL NUEVO SOCIALISMO-ADIOS AL SOCIALISMO BUROCRÁTICO.

Javier Biardeau R.

Lo planteamos sin ambigüedades. La ruta viable históricamente no será el Socialismo Burocrático del siglo XX (Bahro) ó el Estatismo Autoritario (Poulantzas) cuestionado por diversas corrientes de pensamiento crítico marxistas o socialistas. Esta ruta está marcada por la liquidación de la democracia radical y plural.

El Nuevo Socialismo del siglo XXI implica la más amplia y diversa deliberación, participación y protagonismo de múltiples sujetos populares, de actores sociales, de movimientos sociales y fuerzas políticas, quienes plantean puntos de vista concurrentes ó conflictivos (pluralidad agonista), reconociendo de entrada el “juego democrático” y el “pluralismo radical”, propios de la condición histórica de la sociedad actualmente existente y potencialmente por-venir.

El pluralismo cultural, social y político condiciona aspectos fundamentales, como el proceso de reconocimiento social de la diversidad, para lograr establecer una sociedad justa, igualitaria, libre, radicalmente democrática, participativa y protagónica, constructora del bien común, multiétnica y pluri-cultural. Allí están los valores y principios indispensables que permiten renovar la construcción socialista para el siglo XXI.

Por tanto, hay claros cuestionamientos-antagonismos, por ejemplo, de las doctrinas capitalistas neoliberales (que consideran que la “justicia social” es un sin-sentido-Hayek), o del monolitismo ideológico que caracterizó a las sociedades que experimentaron el dictat del pensamiento único de izquierdas- (Stalin y el “marxismo soviético”).

Ni pensamiento único de derecha ni pensamiento único de izquierda. Por una razón muy simple, el pensamiento único, con toda su rigidez cognitiva, con todo su integrismo moral, con toda su pasión intolerante, puede fecundar en cualquier segmento del arco ideológico del espectro político (incluso en el llamado “centro radical”, que condena moralmente la distinción ideológica entre derecha-izquierda).

No se trata por cierto, de instituir prohibiciones legales contra el “pensamiento único” de derecha o de izquierda (una legalidad reaccionaria a modo de Gómez, Lopez Contreras y el inciso sexto o una legalidad sectaria a modo de Stalin), pero si de debilitar al máximo, a través de la lucha de tendencias y opiniones, las condiciones de posibilidad políticas para establecer su dictat ideológico como “pensamientos de la dominación”.

En cuestiones de pensamiento, no hay que ceder ningún terreno frente al despotismo de cualquier signo ideológico. En este terreno justamente hay que analizar las luces y sombras del proyecto la Ilustración o la Modernidad, sea central-hegemónica o sea periférica-subalterna.

El socialismo democrático, participativo, de avanzada por el que vale la pena luchar hasta el final se enmarca en lo establecido jurídicamente en el art. 3 de la Constitución Bolivariana: El Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia, tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en esta Constitución. La educación y el trabajo son los procesos fundamentales para alcanzar dichos fines.

Bajo la hegemonía del pensamiento único de derecha o de izquierda, es prácticamente imposible alcanzar estos fines. Habrá que recordar que los saberes contra-hegemónicos son pensamientos contra las dominaciones y sumisiones del espíritu. En este contexto, habrá que recordar además al enrague y cura del pueblo Jacques Roux (1752-1794) cuando decía que:

"La libertad no es otra cosa que un fantasma inútil, cuando una clase de hombres puede reducir al hambre impunemente a la otra. La igualdad no es otra cosa que un fantasma inútil, cuando el rico, mediante el monopolio, ejerce el derecho de vida y muerte sobre sus semejantes. La República es un fantasma inútil, cuando la contrarrevolución se asienta día a día en el precio de los productos que las tres cuartas partes de los ciudadanos no pueden conseguir sin derramar lágrimas."

La democracia podría ser un fantasma, una farsa, cuando el representante existe gracias a que el representado sólo puede emplear su esfuerzo y tiempo en procurar sólo la subsistencia. En medio de la miseria y la pobreza, la democracia participativa resulta un imposible. La clave del liderazgo revolucionario y democrático reside en las actitudes emancipadoras de Simón Rodríguez, en el aprendizaje del autogobierno popular (en fin, una educación política para la libertad, la igualdad y la ciudadanía republicana).

jueves, 10 de junio de 2010

DEMOCRACIA SOCIALISTA O SOCIALISMO BUROCRATICO IV: ¿SON MARX Y ENGELS UNOS "ANARCOIDES CONTRA-REVOLUCIONARIOS"?

Javier Biardeau R.
"En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los seres humanos." (Engels)
“Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de Estado popular libre: mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra “comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Comuna.”(Carta de Engels a Bebel-1875)
En el prólogo del extensamente citado: “El Estado y la revolución”, Lenin plantea:
“Después de su muerte (de los grandes revolucionarios), se intenta convertirlos en santos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así; rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para “consolar” y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola”.
Si se trata de transición post-capitalista, ¿Cómo ignorar a Marx y Engels? ¿Se trata de mellar y envilecer el filo revolucionario de Marx y Engels? ¿Quiénes pretenden echar a un lado el espíritu crítico radical a la veneración supersticiosa del Estado, crítica radical a la condensación o síntesis de la lógica de la dominación política?
Hay veneradores supersticiosos del Estado que hablan a los cuatro vientos de “Estado Socialista”, de “Estado revolucionario, de “Estado comunal”. Así no sólo estamos ante las “armas melladas del capitalismo”, como decía el citado Guevara, sino también ante las “armas melladas” del “socialismo burocrático”, del despotismo burocrático: el llamado “Socialismo de Estado” (Lasalle dixit), el viejo “Socialismo Realmente Inexistente” (y su “marxismo” de derecha).
Es imposible edificar modelos de socialismos participativos, democráticos, revolucionarios y libertarios desde la brújula del “marxismo burocrático”. Esto sería un contrasentido, pues conlleva un peligroso extravío; más aún si se pretenden pasar de contrabando ideológico todas las bagatelas del estalinismo y del marxismo soviético, como si fuesen ideas y valores del “nuevo socialismo”.
Desde nuestro punto de vista, también las ideas anti-estatistas de “El Estado y la Revolución” de Lenin (incluyendo las propias adulteraciones que hace Lenin de frases de Marx y Engels) fueron metabolizadas por la contra-revolución estalinista.
Stalin enarboló toda una maquinaria de propaganda alrededor de las “banderas del leninismo”. Sin embargo, existen por lo menos tres cuestiones interrelacionadas en el llamado “leninismo”, que son fundamentales para abordar los extravíos de las transiciones post-capitalistas a la democracia socialista:
a) una cuestión política que gira alrededor de la tesis de la “dictadura revolucionaria del proletariado”, re-significada en clave de “Estado Socialista” o “Estado revolucionario” (una patética contradicción en los términos). La manera de resolver esta cuestión es profundizar en el régimen comunal, la democracia participativa y en el poder popular.
b) una cuestión económica que gira alrededor del papel progresivo de las Estatizaciones y del “Capitalismo de Estado”. La manera de despejar este asunto está en la propiedad social directa, el control obrero, los consejos de fábrica para la autogestión obrera coordinada mediante la planificación democrática de conjunto.
c) una cuestión epistemológica, derivada de la “interpretación positivista, mecanicista, naturalista de la ciencia”, presente en la tesis del llamado “socialismo científico”, así como en la tesis: “la ciencia socialista proviene sólo desde afuera del movimiento de los trabajadores y trabajadoras”. Para esta cuestión solo hay el camino de la ruptura epistemológica con los modos de producción, validación y legitimación de conocimientos que reproducen la lógica de la dominación social.
Nuestra posición es que haber descuidado el entrelazamiento de estos tres aspectos, explica la ceguera que facilitó la edificación del estatismo autoritario en la URSS, y en general en el campo socialista. Sin una crítica radical y revolucionaria a estos tres eslabones, será muy difícil no repetir los errores del despotismo burocrático.
Habría que recordar algunos planteamientos básicos del “comunismo de consejos”, cuando afirmaba que: “La lucha del proletariado no es sencillamente una lucha contra la burguesía por el Poder del Estado, sino también una lucha contra el Poder del Estado mismo” (Antón Pannekoek).
Mientras Marx planteó su aguda crítica contra cualquier deificación del Estado, colocándolo por encima o sobre la sociedad, la experiencia posterior condujo a un fortalecimiento del estatismo burocrático-autoritario.
En una silenciada polémica con lo que sería las afinidades coyunturales entre el “cristianismo aplicado” de Bismark, su “revolución desde arriba” y los planteamientos estatistas de Lasalle, Marx planteó en contraposición (Crítica al Programa de Gotha):
“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella”.
¿Dijo usted órgano subordinado a ella? En su crítica Marx planteó:
“Cabe, entonces, preguntarse: ¿que transformación sufrirá el régimen estatal en la sociedad comunista? O, en otros términos: ¿qué funciones sociales, análogas a las actuales funciones del Estado subsistirán entonces? Esta pregunta sólo puede contestarse científicamente, y por más que acoplemos de mil maneras la palabra pueblo y la palabra Estado, no nos acercaremos ni un pelo a la solución del problema. Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista medía el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.”
Marx habla de un Estado de transición, transición que indica el paso de la forma-Estado a la forma-Comuna, y clarifica que el proletariado debe convertirse en clase política gobernante (Manifiesto Comunista). La forma-Comuna quiebra el poder estatal moderno, dice Marx en su compresión histórica de la Guerra Civil en Francia:
“He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, emancipado cada ser humano.”
Dominación política de los productores directos, del pueblo trabajador, no del ejército permanente, ni de los privilegiados, ni de la burocracia de Estado, que para Marx son problemas claves en la definición del Poder del Estado moderno.
Enunciados que deben interpretarse en su contexto ideológico e histórico obviamente, pero sin omitir sus profundas implicaciones como crítica radical a la lógica de la dominación:
“Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, simples obreros se atrevieron a violar el privilegio gubernamental de sus "superiores naturales" y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el más alto de los cuales apenas representaba una quinta parte de la suma que según una alta autoridad científica es el sueldo mínimo del secretario de un consejo de instrucción pública de Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville.” (Marx: La Guerra Civil en Francia)
Demolición del prejuicio de los “superiores naturales”, demolición de la separación entre gobernantes y gobernados, demolición de la burocracia de Estado, demolición del privilegio, demolición de su lógica (razón de Estado) y de su policía (vigilancia y represión contra el pueblo trabajador). Demoliciones que colocan en pánico a nuestros sinecuristas del Estado, nuestros enanos cuasi-hegelianos y peor aún; sacerdotes veneradores de la máquina-Leviathan de Hobbes.
Frente al despotismo burocrático o estatismo autoritario, no ha quedado otra ruta que la revolución democrática y socialista ininterrumpida. Emancipación política y emancipación social ininterrumpida del pueblo trabajador. Para suprimir los peores lados de este mal (el mal de la forma-Estado), por la vía de una democracia cada vez más participativa y directa. Socialización del poder, lo que no puede confundirse con la estatización del poder, que es la semilla podrida de la veneración supersticiosa del Estado.
Lenin elaboró toda una línea política, intentando ser consistente con lo planteado por Engels en 1891 y 1895(y por Marx desde mucho antes), con relación a la radicalización del poder proletario directo en la República Democrática, desde una “revolución de la mayoría”, desde la muchedumbre popular y plebeya. Sin los miedos liberales a la “tiranía de la mayoría”, sin los extravíos estalinistas de la “Dictadura burocrática sobre el proletariado”.
El poder constituyente de la multitud popular, del pueblo trabajador, de las clases trabajadoras del campo y la ciudad, es disuelto sin embargo por la codificación estalinista en la “Dictadura burocrática sobre el proletariado”, institucionalizado la ideología del “elitismo revolucionario” (El aparato-vanguardia ó el aparato-camarilla omnipotente) Allí se produce la disyunción entre la revolución democrática y socialista. Allí reside la genealogía histórica del despotismo burocrático.
Como ha planteado Aníbal Quijano en su estudio sobre José Carlos Mariátegui (Textos básicos-1995; FCE):
“Con los muros estalinistas se derrumba, ante todo, un tipo de poder cuyo rasgo sobresaliente es el despotismo burocrático. En la historia de su formación y consolidación, esto es, en la acción de sus protagonistas, aquella idea orgánica de totalidad social, así como el evolucionismo positivista, han ejercido un papel muy marcado. Sin aquella idea de totalidad, no se podrá explicar ni el “centralismo democrático” que presidió la historia del partido bolchevique, ni la “unidad monolítica” de esa organización después de su captura del poder; ni el estatuto legal privilegiado que esa organización tuvo, en la entera jurisdicción del nuevo estado, exclusivamente por los miembros de dicha organización; ni la total estatización de los recursos de producción; ni el control partidario-estatal de todas las instituciones formales de la sociedad, incluidas las de la vida cotidiana de la población – inclusive de la imaginación artística -, tal como quedó codificado en el zdanovismo.” (Prólogo; p. XIV)
La dogmática estalinista se hizo a partir de la des-contextualización histórica y teórica de los enunciados de Marx y Engels, eliminando su mundanidad histórica, social y política, su mundanidad proletaria. En el estalinismo, se trataba de textos manipulados por la inmundicia burocrática, tejidos por la intencionalidad de un cálculo político para justificar una política oficial sobre la potencia subversiva del marxismo (El destino trágico de Riazanov muestra, el dictat de la política cultural estalinista con relación a los textos de Marx).
Pero estas adulteraciones venían desde la cuna del marxismo bolchevique. Como ha planteado Adam Schaff (en su texto: “El comunismo en la encrucijada”), fue Lenin quién modificó deliberadamente el siguiente enunciado de Engels:
“Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución Francesa.”
Lenin adultera el enunciado en “El Estado y la Revolución” de la siguiente manera:
"Engels repite aquí, en una forma especialmente plástica, aquella idea fundamental que va como hilo de engarce a través de todas las obras de Marx, a saber: que la República democrática es el acceso más próximo a la dictadura del proletariado.”(El Estado y la Revolución; cap IV).
Cualquier lector no desprevenido reconoce que “la forma especifica” no es equivalente a “el acceso más próximo”. Forma-Comuna en la República Democrática, que prefigura la democracia de consejos, implica algo muy distinto a una forma-Estado, por más obrero que fuese, ya que lo que prevalece son las deformaciones burocráticas.
A partir de allí, es fácil comprender la precariedad del imaginario democrático en la construcción del socialismo en la URSS, el bloqueo teórico-ideológico para abordar las tareas políticas de la transición post-capitalista, así como la imposición sobre los soviets-consejos de la “línea correcta del partido-aparato”.
El marxismo bolchevique se transformó, de máquina subversiva de lucha a prefiguración de la camarilla omnipotente del centro político burocrático, aparato-partido que participó en varios eventos sintomáticos de la “unidad monolítica”: liquidación de pluralidad de partidos no zaristas, liquidación de la “oposición obrera”, liquidación de trabajadores en Kronstadt, liquidación de la “oposición de izquierda”, purgas históricas contra la vieja dirección bolchevique, estalinización del partido, procesos concatenados y cruzados por hilos conductores que van de una revolución democrática ininterrumpida abierta en 1905 a una contra-revolución burocrático-despótica sellada en 1934. Lección histórica para la izquierda de aparato, con su pantalla protectora: la “mitología soviética”.
Además, la concepción epistemológica en el "Qué Hacer" (Lenin) de la formación de la conciencia revolucionaria, viene suministrada a los trabajadores desde el exterior y desde una instancia superior, a través del partido-aparato (unidad de “ciencia socialista” y “dirección política”), en una clara manifestación de una concepción jacobina-blanquista de la revolución. Una verdadera epistemología autoritaria y reaccionaria, para nada implicada con una crítica radical de las relaciones de poder, saber y verdad en el terreno de la construcción de una plataforma teórica crítica radical a la lógica de la dominación.
La gran estafa ideológica de quienes hace uso y abuso de los términos y de los razones propias de la gramática ideológica del estalinismo, de los manuales del marxismo soviético (socialismo en un solo país, exaltación del partido-único, planificación burocrática, propiedad estatizada, deber de sumisión ideológica, hegemonía autoritaria, Estadolatria) es hablar en nombre del socialismo revolucionario y radicalmente democrático, olvidando y omitiendo deliberadamente los planteamientos en clave de emancipación social y política de Marx y Engels.
De acuerdo con esta gramática ideológica, propia de paupérrimos lectores de Marx y Engels, no hay más socialismo que el “Socialismo de Estado”. Su hilo espiritual los retrotrae a figuras históricas aparentemente distantes como Stalin y Lasalle, convirtiendo a Marx y Engels en “espíritus anarcoides”. Tanto el Estado-Gulag estalinista como el Estado-Providencia reformista expulsan la pertinencia de Marx y Engels, porque mantienen la utopía concreta de la extinción de la forma-Estado. Tesis imperdonable, pues desmonta el arché de las filosofías del Estado.
Se ha omitido el siguiente enunciado de Marx:
“La República de Platón, en lo que se refiere a la división del trabajo, como principio normativo del Estado, no es mas que la idealización ateniense del régimen egipcio de castas; para algunos contemporáneos de Platón como Isócrates, Egipto era el país industrial modelo, rango que aún le atribuían los griegos en la época del Imperio romano” (El Capital; cap XII, p.299)
La realidad histórica de la praxis revolucionaria no tardará mucho en desenmascarar estas estafas ideológicas en clave de bagatela platónica (régimen de castas), y por cierto, también estalinista, con su nomenclatura. Sólo los incautos pueden convenir que Marx y Engels no realizaron una crítica radical a la forma-Estado (a todo Estado, camaradas). Para los sicofantes estalinistas, Marx y Engels son parte de las filas “anarcoides”, de “saboteadores y contra-revolucionarios”. Acrobacias retóricas de burócratas de médula y corazón.
Obviamente, estas interpretaciones expresan un verdadero “pánico” para abordar directamente, “sin retardos y sin excusas”, al modo cómo Marx y Engels desmontan toda la mitología supersticiosa sobre la forma-Estado. No olvidemos que las formas ideológicas fungen de complemento solemne de justificación, sobre todo de aquella forma-Estado edificada por la contra-revolución burocrática y sus derivados históricos, bajo control total del partido-aparato, luego de realizadas las llamadas purgas contra los “saboteadores, criminales, traidores y contra-revolucionarios”.
Engels plantea: En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los seres humanos. Gramsci planteará el mismo espíritu crítico en sus elementos de política. Hacer saltar la división jerarquica naturalizada entre gobernantes y gobernados. Engels: Hacer saltar el viejo poder estatal y sustituirlo por otro nuevo y realmente democrático. Léase atentamente: realmente democrático. Mirad la Comuna, decía Engels, he allí la dictadura del proletariado. Mirad a la URSS en 1934, he allí la dictadura burocrática sobre el proletariado.
Hay que analizar aquella carta a Bebel en 1875, sobre todo los párrafos que todos los estalinistas avergonzados (así como los capitalistas de estado y los capitalistas neoliberales), quieren hacer desaparecer del mapa mental de las clases trabajadoras:
“Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de Estado popular libre: mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra “comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Comuna.”
Claro desplazamiento de la forma-Estado a la forma-Comuna. Lo que Engels, no imaginó fue el uso del termidor estalinista de los adversarios de la revolución. Se inventaron tantos adversarios, que el Estado se hizo en la práctica, reforzado y eterno. Y es que las corrientes que promueven el despotismo burocrático comparten con el Capitalismo de Estado, la fe supersticiosa del Estado, su burocracia, su lógica y su policía.
Cuando se deviene en funcionario ideológico de la burocracia, lo menos que se puede esperar, es una defensa de la Estadolatria (¡La existencia social condiciona de alguna manera la conciencia!). Pero Estadolatria no es Socialismo. No se confunda.
Desde el punto de vista del estalinismo, Marx y Engels tendrían una visión pequeño-burguesa de la Revolución, porque hablan de “extinción del Estado”, de suprimir los peores lados de este mal. La crítica marxiana a la defensa de las tropelías de la burocracia estatal, ya había sido contemplada por Engels en su carta a Bebel (1875):
“Si se dijera «administración por el pueblo», quizá tendría algún sentido. Falta, igualmente, la primera condición de toda libertad: que todos los funcionarios sean responsables en cuanto a sus actos de servicio respecto a todo ciudadano, ante los tribunales ordinarios y según las leyes generales.”
Emancipación social sin emancipación política no es socialismo. Gobierno despótico sobre la ciudadanía, sin control popular del poder burocrático, no es socialismo. Eso que llamamos actualmente “contraloría social” había sido prefigurado por Marx en la forma-Comuna: control popular del aparato burocrático y sus desmanes, revocabilidad y juicio inmediato, por su falta de responsabilidad social y quiebre del sentido de servició público hacia el pueblo trabajador.
¿Quién controla a los controladores estatistas? Sólo el pueblo organizado, sólo el poder popular organizado puede liquidar los desmanes de la burocracia. Para los Capitalistas de Estado, el poder popular debe ser sólo un simple apéndice subordinado, con los ojos vendados y con la lengua amarrada, para garantizar que se protejan los superiores intereses materiales; y así dejar libres sus manos para las tropelías necesarias a la acumulación delictiva y patrimonial del Capital. Esto obviamente, no es ningún Socialismo.
Quienes confunden en la fase política de transición, una forma-Estado radicalmente transformada y democratizada de abajo hasta arriba, sacudida en su lógica burocrática y policial por acción del pueblo, a través de los consejos de poder popular para convertirla en forma-Comuna, que lo confundan con las figuras históricas del estatismo autoritario, su máquina despótica, que caracterizó a las experiencias históricas del “socialismo realmente inexistente”, son verdaderos estafadores ideológicos del proyecto de la democracia socialista.
Partiendo de estos breves elementos teóricos de Marx y Engels, es posible plantear que hay dos condiciones concretas para abordar el espinoso asunto de la forma-Estado en la transición al socialismo en Venezuela:
a) La concepción liberal-socialdemócrata que prevalece en la definición del “Estado Social y Democrático de Derecho y de Justicia” vigente en la constitución de 1999, que no puede ser “saltada a la torera”, ni con elasticidades semánticas ni con trampitas jurídicas de bajo vuelo.
No es posible confundir esta “forma de Estado” con algo equivalente a la doctrina marxista-leninista del “Estado Socialista”, propia de los “socialismos reales”. Frente a este límite constitucional, no hay enmienda ni reforma posible, ni recursos a la legalidad ordinaria que puedan modificar sus principios fundamentales, ni su sello constitutivo. De allí que una transición post-capitalista radical pasa por el camino constituyente de facto ó in jure;
b) La ausencia de un pensamiento crítico y creativo sobre el proyecto socialista venezolano que no repita los errores ni los axiomas del socialismo burocrático, que precise las conclusiones del balance de inventario crítico de las experiencias históricas de la transición post-capitalista para las condiciones específicas del siglo XXI.
Allí no hay posibilidad de seguirle haciendo trampas ni a Marx ni a Engels, en nombre de un “marxismo imaginario”. Una teoría crítica radical parte de estas fuentes teóricas (Marx y Engels sin sufijo), no para dogmatizarlas ni codificarlas, sino para desmontar la falacia teórico-ideológica que pretende justificar el socialismo burocrático como un modelo de emancipación social y política.
No hay conducción revolucionaria sin clase trabajadora organizada como clase política gobernante. Léase atentamente la frase anterior, pues no hay posibilidad de sustituir el poder popular, el poder constituyente, la conducción colectiva de una revolución por centros políticos burocráticos ni por mitos salvíficos de sello cesarista.
El Socialismo es la superación histórica de la sociedad capitalista, de sus formas políticas de síntesis-integradora de los conflictos y antagonismos de clase. La forma-Estado deviene históricamente síntesis de la sociedad capitalista; la forma-Comuna deviene históricamente régimen político de la sociedad socializada.
Esa nueva totalidad no tiene nada de integración orgánico (paradigma de cualquier totalitarismo), sino que traduce la multiplicidad articulada del campo popular y de las clases trabajadoras, su diversidad y riqueza constitutiva, sin ninguna integración subordinada ni sujeción a una burocracia de Estado.
Engels lo decía con extraordinaria agudeza: “La gente se acostumbra desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de los funcionarios bien retribuidos.”
A diferencia de quienes hablan de supresión inmediata del Estado (eliminar el Estado por decreto, algo bastante paradójico), se trata de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, y como planteaba Engels, entretanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.
Lucha por el socialismo. Deshacerse de ese trasto viejo de la forma-Estado. Sólo los espíritus reaccionarios no pueden desprenderse de la ficción-Estado. Mirad la Comuna, decía Engels, allí está la dictadura del proletariado.
Sacerdotes de la totalidad orgánica, dejen de rezarle tanto a la forma-Estado. Estado dosificado, pero Democracia social, económica, política y cultural en sobredosis. Allí reside la Democracia Socialista.
La administración, coordinación, planificación y defensa de una sociedad depende no de la veneración supersticiosa del Estado, sino de su transformación en un Estado democrático radicalizado hasta tal punto, que de paso históricamente al régimen comunal, al sistema de Comunas en una República Democrática.
Se extravían quienes hablan de “Estado Comunal”. Se trata más bien de un “régimen comunal”, de un “sistema de Comunas” articuladas mediante un plan general. Marx y Engels trazan una utopía, ciertamente, pero una “utopía concreta”, viable, realizable, sustentable, desde la praxis de las clases trabajadoras, del pueblo trabajador, más allá de la ideo-lógica de la forma-Estado como aparato burocrático.
Estatismo: sacerdotes que le rezan a la forma-Estado: por ese camino sobreviene el despotismo burocrático. Sobreviene la nomenclatura. La contra-revolución, como decía Brinton, está en manos de la lógica, la burocracia y la policía de la forma-Estado.
El sentido de sociedad emancipada, de sociedad auto-regulada como la denominaba Gramsci, depende de máquinas de lucha y de deseos profundos de liberación personal y social, de insumisión del cuerpo y la palabra, no de mandatos sobre-impuestos a la multitud popular. No queremos mazamorra ni rebaño ni ganado electoral, deseamos multitud emancipada social, cultural y políticamente.
El pueblo trabajador, con sus organizaciones sociales y políticas, con su conducción colectiva revolucionaria, puede constituirse efectivamente en clase política gobernante, si no delega su poder como clase para sí en ningún centro político burocrático ni en ficciones que lo sustituyan. No se confundan, la forma-Estado es el fetiche supremo de la nomenclatura.
Democracia directa de consej0s de trabajadores y consejos del poder popular, democracia participativa, democracia protagónica revolucionaria. Allí si hay consistencia con Marx y Engels.
Sin patronos, sin reyes, tribunos, ni farsas representativas… y menos, con capitalistas y burócratas, símbolos patéticos de corrupción y privilegio…de nomenclaturas y nuevas clases político-económicas…todas podridas…
¡O Democracia Socialista o Barbarie!

miércoles, 2 de junio de 2010

AGUA Y ACEITE: DEMOCRACIA SOCIALISTA Y SOCIALISMO BUROCRATICO

Javier Biardeau R.
“(…) entre las condiciones que deben reunirse para no repetir la experiencia soviética, para que no encalle el proceso revolucionario, una de las primeras cosas que deben comprenderse es que el poder no está localizado en el aparato de Estado. Y que nada cambiaría en la sociedad si no se transforman los mecanismos de poder que funcionan fuera de los aparatos de Estado, por debajo de ellos, a su lado, de una manera mucho más minuciosa, cotidiana. Si se consiguen modificar estas relaciones, o hacer intolerables los efectos de poder que en ellas se propagan, se dificultará enormemente el funcionamiento de los aparatos de Estado. Otra ventaja de hacer la crítica a nivel ‘micro’: no se reproducirá la imagen del aparato de Estado al interior de los movimientos revolucionarios.” (Michel Foucault: “Poder y Cuerpo. Microfísica del Poder”
El desafío fundamental de la edificación de nuevas relaciones sociales post-capitalistas, articuladas a la emergencia de “experiencias liberadoras de lo común”, nace de la lucha contra la explotación económica, la coerción política, la hegemonía ideológica, la exclusión social, la negación cultural y la destrucción ambiental.
Estas luchas instituyen máquinas e instrumentos de confrontación, que pueden llegar a convertirse en nuevos planos de sometimiento, sujeción y alienación, si se desconoce la dinámica de los procesos instituyentes, los aparatos-instituidos y las líneas de tendencia del efecto- institucionalización.
Las mentalidades de aparato enfatizan que lo prioritario de una revolución está en la forma-instituida, la estructura y sus organigramas de poder-mando; en fin, el llamado “Estado Revolucionario”, una contradictio in terminis. Sin embargo, queda a los revolucionarios y revolucionarias, despejar la incógnita de si la forma-Comuna, es semejante o análoga a la forma-Estado.
Desde nuestra perspectiva, la forma-Comuna, la forma-Consejo es radicalmente antitética a la forma-Estado. No hay ni semejanza ni posibilidad de establecer lógicas imaginarias de identificación.
Por tanto, sólo para las mentalidades de aparato, es posible sostener el imaginario Estatista, el oximorón del “Estado revolucionario”. Desean una revolución, vía movilización instituyente, pero la quieren interrumpir en un nuevo esquema de dominación-instituido. Su imaginario encalla en la falacia de una “revolución institucional” (recuerden el PRI en la revolución mexicana, por ejemplo).
Sin embargo, la única articulación posible de la transición de la forma-Estado capitalista a la forma-Comuna del socialismo, no es ni siquiera el llamado “Estado social”, sino a lo sumo, la radicalización democratizadora del “Estado social”: una revolución democratizadora contra la forma-Estado.
Frente a las mentalidades de aparato, hay que insistir en el proceso popular constituyente, único terreno posible para quitarle la “alfombra roja” de los pies, a la “nueva clase de privilegiados”, que se erige como estructura de mando auto-designada “revolucionaria”, apropiándose del efecto-institucionalización de los eslabones entre poder constituyente y poder constituido. La democratización intensiva y extensiva del poder social es el único antídoto conocido para que la revolución ininterrumpida, coloque el énfasis en el proceso revolucionario instituyente y no en la forma-instituida, en el fetiche-constituido, impidiendo la cristalización burocrática y el devenir de la experiencia de una nueva “revolución traicionada”.
La democracia socialista contrasta y antagoniza con el socialismo burocrático, desde procesos moleculares como las asambleas de ciudadanos y ciudadanas, activando la dinámica grupal de los consejos comunales, que retienen el poder-hacer-en colectivo, frente a cualquier intento de expropiación de la forma-consejo por un nuevo grupo de poder, privilegio o riqueza, que pretenda enquistarse como nuevo “micro-cogollo” local. A nivel molar o macro-social, el gran cogollo político-económico del socialismo burocrático deviene en “élite del poder” (como la definía el sociólogo Wright Mills), una suerte de “nueva clase político-económica”, que pretende controlar la posesión efectiva y la propiedad de los recursos de poder: políticos, económicos, mediáticos, ideológicos, legales y militares institucionalizando su nomenclatura.
Como toda “nueva clase”, ésta pretende generar sus propios dispositivos de hegemonía ideológica, su cobertura de justificación de la estructura de mando y explotación que controla. Allí se legitima la nomenclatura (Los nuevos privilegiados) y el socialismo burocrático.
La única manera de evitar la burocratización temprana y “desde la cuna” del socialismo, es colocando el acento en la lucha, en las practicas colectivas por la democracia socialista en todos los espacios institucionales de la revolución, combatiendo en dos frentes: contra la restauración capitalista (los viejos y tradicionales adversarios: la clase capitalista dominante) y contra la reconversión burocrática (los emergentes adversarios: la nueva nomenclatura de privilegios).
Para la lucha por la democracia socialista, es indispensable un desprendimiento de todo el archivo histórico de prácticas, representaciones, hábitos ideológicos y costumbres que ha impuesto la tradición del “socialismo burocrático” como “verdadero socialismo”; a la vez que una apertura creativa a la construcción de nuevos “imaginarios radicales”: democráticos, plurales, libertarios, descolonizadores, eco-socialistas, críticos y creativos.
Cuando se plantea la tesis de la democracia socialista, afirmamos que es inevitable una revolución ininterrumpida; a la vez radical-democrática, que subvierta la estructura de mando: gobernantes/gobernados; y a la vez, radica-socialista, que antepone la socialización del control de los recursos productivos y procesos económicos por parte de la multitud popular, bajo la forma-consejo de trabajadores; frente a la estatización burocrática, su división jerárquica del trabajo, la sumisión a nuevos privilegiados que bloquean las formas de cooperación no despóticas de tareas y funciones, la justificación de nuevas instancias patronales, que hablan en nombre del socialismo, pero actúan a favor de la reproducción de la lógica de la explotación-dominación, de extracción del excedente (la patronal burocrático-estatal), de sumisión de trabajo vivo a la costra del trabajo muerto, ahora objetivado y bajo control de la burocracia de Estado.
Comunismos democráticos, socialismos revolucionarios, movimientos de comuneros indo-afro-mestizos: populares y subalternos, democracias participativas, corrientes eco-políticas radicales, espiritualidades de la liberación, se entrecruzan como agrupamientos múltiples en nuevas políticas que descolonizan y des-dogmatizan el imaginario radical post-capitalista: una nueva “causa de lo común”, basada en los valores-fuerza como la liberación, la vida, la justicia y la alteridad. Atrás quedaron los valores-fuerza de la Modernidad occidental y en gran medida sus “modelos de revolución”: sus “jacobinos”, el paradigma de la revolución francesa (y burguesa), y sus consignas: ¡Igualdad, Libertad y Fraternidad!, encubriendo como orden jerárquico de sacrosantos derechos, a la propiedad privada burguesa, los contratos y el intercambio mercantil, por una parte, y la farsa de la democracia representativa, con su teatro de aparatos-partidos, en el peor de los casos: únicos (monopolio de la representación, vía uniforme-despótico) o del liberalismo-pluralista (oligopolio de la representación, vía tolerancia represiva).
Una Revolución no es ni una restauración capitalista ni una reconversión burocrática. Estimados lectores, ¡no se confundan! Ante el estrepitoso fracaso histórico de los llamados “comités centrales”, propios de las máquinas de captura, denominadas como aparatos políticos-burocráticos (P-cc) para edificar la democracia socialista “desde abajo y de los de abajo”, habrá que reivindicar la causa común de las multitudes populares, de las bases y sus órganos de poder popular constituyente, agrupadas desde mallas reticulares y transversales, con sus emplazamientos sumergidos, pero en plena fecundación, como movimientos-en-redes; multiplicidades que configuran novedosas máquinas de lucha, de resistencia e insurgencia, que reconocen el peligro que suponen los dispositivos de captura: dominación, orden, jerarquía y sometimiento funcionales a la recuperación burocrática del poder.
Pues la antítesis del capitalismo neoliberal y del socialismo burocrático, es el agrupamiento de los y las que luchan por la “causa de lo común” (plataforma comunera, liberadora, por la diversidad revolucionaria), el sendero constituyente de la democracia socialista, reinterpretada desde nuevas claves del imaginario radical: para des-colonizar y la des-dogmatizar el pensamiento crítico socialista.
Aquí hay que reivindicar a Ludovico Silva. Contra la “ideología socialista”, como “falsa conciencia necesaria” que legitima la explotación, mando y alienación burocrática, hay que proponer la “conciencia crítica y revolucionaria socialista”, el pensamiento crítico-radical, condición de posibilidad del discurso revolucionario.
La trágica historia de las “revoluciones traicionadas”, de los partidos revolucionarios reconvertidos en burocracias partidistas, plantea la necesidad de “no caer por inocentes”. El peligro de cualquier revolución es su burocratización, su degeneración, su reconversión en farsa revolucionaria, en espectáculo para consumo difusionista de “grandes públicos”, y en fin, para el teatro bufo de imaginarios-sujetados, sin posibilidad de devenir autogobierno popular.
Los espíritus esterilizados de la potencia constituyente, colocarán el grito en el cielo. Abundarán las alertas ortodoxas, los panópticos policiales y los sectarismos de capilla. Pero hay que darle una torsión completa a lo que se comprende convencionalmente por “revolución democrática y socialista”, para romper de la A la Z con el imaginario burocrático-despótico que ha dominado los procesos revolucionarios, donde se le asigna el lugar de actores de reparto secundario a las multitudes populares; mientras sigue decidiendo la conspiración de las minorías (Bafeuf podría decir irónicamente: ¡la conspiración de los desiguales!), como actores principales y como vanguardias ultra-esclarecidas de la revolución.
Una revolución que no rompe con el imaginario jacobino-blanquista, con el imaginario misionero de la colonización y la evangelización forzada, que no supera la concepción del partido-aparato-camarilla, prefigura desde la cuna, su burocratización. Su infatuación sectaria, lleva a la llamada “vanguardia” a encubrir su funcionalidad reaccionaria, al bloquear la politización autónoma de las multitudes populares. Todavía perviven las inercias de la proyección jacobina en la dirección del centro político revolucionario.
El dogma del “centralismo democrático” encubre la impotencia para crear nuevas maquinas de lucha, nuevas plataformas y transversalidades, nuevas dinámicas instituyentes, desconociendo que la democracia participativa y protagónica, supera con creces, ese viejo y farragoso dogma, inercia ideológica que nos retrotrae a principios del siglo XX, y cuya genealogía histórica encuentra sus filiaciones en la burocracia eclesiástica y militar.
Sus defensores no han caído en cuenta aún en que ese “modelo de partido”, es parte de la crisis de la Modernidad y de sus invenciones organizativas. Lo que segrega este culto al “centralismo democrático” es cada vez menos democracia y cada vez más centralismo, fórmula perfecta para dar nacimiento a la cristalización burocrática.
Una revolución democrática, socialista, descolonizadora y ecológica, no desea repetir el dogma empobrecido del “socialismo burocrático”, ni los códigos de su “nomenclatura histórica”, ni convertirse en sujetos de sumisión a “nuevas clases”, a “nuevos amos”, a nuevas “estructuras de mando” económicos, políticos, ideológicos y culturales. Se trata más bien de una insurgencia contra-hegemónica, en fin una ruptura de la lógica de la dominación-explotación-negación, con la separación naturalizada entre gobernantes/gobernados, con la división jerárquica del trabajo, con la subjetividad sometida a autoridades indiscutibles, con la destructividad ambiental y la negación cultural.
Vale la consigna de los aporreistas: ¡Ni Burócratas ni Capitalistas!
Sólo faltaría decir: ni fetichismo al mito reaccionario del “cesar-populista”, como culto a la personalidad indiscutible.
Sin calco y copia a la etapa superior del sectarismo: el culto a la personalidad, con su línea política de infantilizar a las masas. Sin reproducción mimética y alienante a la cadena de sustituciones del pueblo como sujeto-activo de su liberación, por representaciones cuyo rasgo distintivo es la liquidación de las voces diversas desde la multitud popular.
La revolución democrática, socialista, descolonizadora y ecológica, es una revolución molecular, para agenciar insumisiones y prácticas de liberación, para que las singularidades revolucionarias no sean sepultadas por dispositivos de captura, llámense infatuaciones del Uno-Despótico, llámense forma-Estado, llámese Partido-único, llámese Líder infalible, llámese centro político-burocrático.
No hay que correr la arruga frente a las “psicologías políticas de masas”, pues la revolución es justamente la liquidación de la peor de las alienaciones: “gobernar sobre” o “aceptar ser gobernado por”, “explotar a” o “aceptar ser explotado por”. ¡Que más da!, se trata de la misma y única alienación y opresión política. Entre la lógica de mando/dominación y los circuitos de explotación o de negación-discriminación cultural, hay reforzamientos mutuos, mutuas dependencias, realimentación ampliada de la sumisión.
Existe una real oposición entre la política de masas-objetos y la política de multitudes-sujetos. Que el “pueblo-como sujeto de liberación” aprenda a “auto-gobernarse”, esta es la “democracia socialista”, este es el único espíritu marxiano que vale la pena re-pensar, como socialismo teórico aún vigente, abierto, truncado, por realizar en una revolución ininterrumpida.
Obviamente, para los códigos del Socialismo Burocrático, la democracia socialista huele a “anarquismo” (¡Oh, anarquistas!, - que fuese del 1 de Mayo sin ustedes -), tratando de conjurarla por la puesta en acto de todos los dispositivos de “control de desviaciones”.
A la burocracia le “hiede” la revolución, así como le temen a todo movimiento instituyente, a toda puesta en acto de los agrupamientos constituyentes, frente al organigrama seco de los rangos y jerarquías.
Seamos sinceros: los revolucionarios y las revolucionarias antagonizan la pasión por el “orden único”, la seguridad y jerarquía contra-revolucionaria, los afectos de la burocracia y sus cogollos. La dialéctica entre orden y desorden, como ha señalado la teoría de la complejidad, reside en la variedad de organizaciones posibles. Es sencillo, entre revolución y cogollo hay un choque de intensidades. Es como agua y aceite.
Nuestros funcionarios de la “nomenclatura” balbucean aún sin asimilar, las estrofas de aquella Internacional: ¡Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor! Aun no comprenden que entre democracia socialista y socialismo burocrático hay una disyunción, una separación de caminos, un desgarramiento, una ruptura profunda; por tanto, una lucha antagónica de mediana duración y de contrastante intensidad.
Frente a la contra-revolución burocrática, como reconversión de privilegios, donde los antiguos revolucionarios solo sueñan con ocupar el lugar de las antiguas clases dominantes, hay que decirlo con fuerza: el asunto no es ocupar el lugar del poderoso, del colonizador, del explotador; sino destruir ese diagrama de lugares.
Para esto, la revolución cultural va marcando la marcha, sin contrabandos, sin farsas, sin teatros bufos. ¡Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor! Así suena a Revolución…

martes, 9 de marzo de 2010

RESPUESTA A MR. GERVER



Javier Biardeau R.
Hubo un tiempo en que los llamaban “Chicago Boy´s”, omitiendo que en la ciudad de Chicago, no solo se elaboran las versiones más pedestres de la teoría económica neo-liberal, sino obras más interesantes, como la teoría antropológica de Marshall Sahlins (La clásica obra: “La economía de la edad de piedra”, por ejemplo).
Fue Sahlins quién planteó algunos demoledores argumentos frente a la panoplia de supuestos de “naturaleza humana”, “individualismo posesivo”, "homo oeconomicus", “escasez”, “economía de tiempo capitalista"; y quien afirmaba que: “en la época del más grande poder tecnológico, el hambre es una institución".
Y es que los sicofantes neoliberales no les gusta que les hablen de la “institución capitalista del hambre”. No pasan de las primeras páginas de la “antropología económica”, pues se derrumban sus “sólidos fundamentos”; es decir, lo que la filosofía de Gadamer ha denominado “prejuicios”.
Y para colmo, esta cruzada de antenas repetidoras de la hegemonía ideológica de la era de Thatcher-Reagan-Bush, exigen responsabilidades a los presuntos “intelectuales chavistas”, por no enfrentar esta “gran estafa que nos arruina material y espiritualmente”, el llamado “Socialismo del siglo XXI”.
Sin embargo, nombraré sintéticamente el mantra de la gran estafa de la “década perdida” (¿Do you remember, Mr. Gerver?): a) privatizaciones, b) flexibilización laboral, c) desregulación, d) apertura comercial, f) liberalización de la economía y g) liquidación del Estado Social.
Ya se ha analizado suficientemente la relación entre éste mantra político-económico y la rea-parición de la nueva geografía del hambre, que responsabiliza directamente al BM y al FMI de la catastrofe humanitaria de la exclusión y la misería social.
Lo interesante es que se reactivan afectos e ideas (tal vez un “síndrome post-traumático” del 27-F de 1989) de revancha entre-líneas frente a la gran estafa del “chavismo”.
Esta revancha ("Vamos por ti", decía Pablo Medina) se mueve en el área no de la responsabilidad pública de los políticos, sino en el área de la irresponsabilidad de los llamados “tecnócratas”: los que nunca rinden cuentas de su responsabilidad de gestión de la política pública, encubiertos en el rigor de la “academia liberal norteamericana”.
Pero, la experiencia vivida por los trabajadores de la privatizada VIASA (linea aérea bandera de Venezuela), por ejemplo, será por mucho un argumento histórico de mayor peso que cualquier barniz teórico sobre el “bienestar subjetivo”.
Por eso los tecnócratas de derecha no tendrán jamás pueblo, aunque podrán apelar al recurso de las bayonetas, como el Pinochet de Hayek, claro... ¡si es necesario!
Pienso que la responsabilidad de estos engendros intelectuales no es de la ciudad de Chicago, ni de sus hijos e hijas (mucho menos de sus grandes equipos de baseball), sino de algo mucho más patético: yo lo denomino los “Babys Bush": los clones del TINA de Thatcher y Reagan (No hay alternativa al capitalismo).
Si, Margarita Thatcher, coloquialmente. Porque la Margarita fue también experta en privatizaciones de casi todo, enterrando las conquistas del laborismo británico, apelando por cierto a la vieja lucha de la libertad contra las servidumbres del Estado de Bienestar (Sociedad Mont Pelerin dixit).
Se trata entonces, no de la tecno-burocracia del Estado socialdemócrata europeo, como el Sueco o a la Noruega, sino de la tecno-burocracia de las agencias multilaterales (BM-FMI), y en consecuencia, de los nostálgicos del "paquete neoliberal" de CAP, ahora reconvertidos en filibusteros de las nuevas ONG´S, de la "sociedad civil democrática", financiadas por ese gran invento del “buen revolucionario-tercermundista” llamado: “imperialismo norteamericano” (de esos detalles se encarga por cierto, Eva Golinger).
Uno se pregunta: ¿Quién le tiene que explicar a quién en este caso? Uno no ha escrito libros tan reveladores de los prejuicios ideológicos como: “La tercera ola de las privatizaciones” (una mala copia del titulo de Huntington sobre la “tercera ola” de las democratizaciones) o “privatizaciones municipales”, publicados ambos por el Banco Mundial y cuya autoria es de Mr Gerver.
Claro, estos contenidos ideológicos se diluyen en los entretelones de títulos más inocentones del marketing que pretenden sedimentar un nuevo sentido común a la sombra de las mayorías silenciosas: “Un Sueño para Venezuela” (Fundación Liderazgo y Visión).
Quien haya caminado cierto trecho por la semiótica crítica, no dejará de llamarle la atención la afirmación de Mr. Gerver en su interpelación a Biardeau (en fín, a mí):
Una de las preguntas que hace Biardeau me llamó particularmente la atención. Es la que dice ¿que “el socialismo es para los pendejos y el capitalismo es para los vivos”? A confesión de parte relevo de prueba. Lo que está implícito en la pregunta de Biardeau es que el socialismo es un castigo, que deberíamos sufrir todos por igual y no sólo los pendejos.”-Preguntas a Biardeau).
Nunca leyó ni el contexto ni las comillas Mr. Gerver. Tampoco parece haber leído a un autor de su gusto: Umberto Eco-“Interpretación y sobre-interpretación”. Cuando la “viveza criolla” se vincula al capitalismo rentistico, es precisamente para dar cuenta de la lumpen-burguesía, el capitalismo sui generis venezolano, y sus intelectuales orgánicos (reciclados o no por las Multilaterales).
Es decir, la historia de la burguesía parasitaria, la que ha succionado la renta petrolera, para reconvertirla en fuente de capitalización nacional, o de transferencia internacional, conformando los realmente existentes "grupos económicos de poder"; todo esto, a través de determinados circuitos de financiamiento, contratación y testaferrismo.
A esa conducta se le llama “viveza criolla”, legitimando la "acumulación delictiva de capital", como la llamo Brito Figueroa (desde cierto punto de vista de clase: ¡Cual acumulación de capital no comporta cierto delito históricamente legitimado!). Claro, existe otra viveza: la viveza de los operadores y circuitos transnacionales: liquidar activos nacionales a precio de "gallina flaca", llevando a los trabajadores a la institución del hambre.
Por eso, los apendejados fueron quienes compraron ese imaginario, ese sueño para Venezuela que se llamó “Paquete Miguel Rodríguez”; es decir: el “Gran Viraje” de CAP, elaborado por sus verdaderos mecenas: BM y el FMI.
No hay marketing que valga, la fórmula es la misma. Por alguna "razón inexplicable", las mayorías electorales prefieren el mal-llamado "populismo redistributivo" y piensan que desde allí, el socialismo del siglo XXI no está nada mal.
Entre el “hambre de hoy”, y la “soberanía del consumidor” de algún mañana, hay una pequeña diferencia.
¡Para males, el mal menor!.
Eso lo huele “el pueblo”.
Como el 27-F Mr Gerver.
Artículo de Gerver Torres:
Hace pocos días un intelectual chavista, Javier Biardeau, publicó un artículo titulado “¿Campanadas de Alerta?”. Se trata de una larga lista de preguntas que el autor le hace a los seguidores de la revolución.
Entre otras: “¿Ha escuchado usted qué las demandas, aspiraciones y necesidades sentidas del pueblo no son compatibles con el socialismo autoritario del siglo XX? ¿Que la política de las 3 R es una retórica vacía más que un efectivo re-impulso revolucionario? ¿Qué los llamados “frentes de masas” no existen, mientras las “masas lucen evaporadas”? ¿Qué hay parcelas burocráticas y partidistas que liquidan la causa de la democracia socialista? ¿Ha escuchado que las bases del PSUV están arrechas porque las “maquinarias internas” y los “padrinazgos de segunda línea”, terminan poniendo siempre a las mismas caras; es decir, a auto-designados o mampuestos? ¿Qué la famosa talanquera se pone bajita y el mal-llamado “ganado electoral” agarra monte? ¿Que las formas de asumir la gestión del “gobierno bolivariano” encapsulan, silencian y atrofian la potencia del proceso popular constituyente? ¿Que la crisis de la “banca de maletín” puso al descubierto los entretelones de la “Boli-burguesía”?
Estas angustiosas preguntas, son las que apagan el alma de la revolución bolivariana. Pero el pueblo chavista le podría preguntar a Biardeau: ¿Cómo es posible que los intelectuales de esta revolución, no hayan anticipado lo que estamos viviendo, con toda la experiencia de los regímenes socialistas en el mundo? ¿Cómo es posible que hayan apoyado la aventura de un tal socialismo del siglo XXI, sin haber jamás examinado a fondo por qué fracasó el del siglo XX? ¿Cómo es posible tanta irresponsabilidad intelectual? ¿Cómo salimos ahora de esta situación? ¿Hasta cuándo vamos a seguir oyendo campanadas de alerta y cuándo vamos a enfrentar abiertamente esta gran estafa que nos arruina material y espiritualmente?
PD. Una de las preguntas que hace Biardeau me llamó particularmente la atención. Es la que dice ¿que “el socialismo es para los pendejos y el capitalismo es para los vivos”? A confesión de parte relevo de prueba. Lo que está implícito en la pregunta de Biardeau es que el socialismo es un castigo, que deberíamos sufrir todos por igual y no sólo los pendejos.