jueves, 4 de noviembre de 2010

¿QUE PUEDE APRENDER LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA DEL TESTAMENTO DE LENIN?- PARTE II


Javier Biardeau R.

“Estoy buscando los huesos de tu padre pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo”. Diógenes de Sinope a Alejandro “El Magno”.
He planteado que entre las “pequeñas anécdotas” de la historia de las revoluciones, puede llegar a ser significativo pasearse por el llamado “Testamento de Lenin”; documento básico para realizar un balance crítico de inventario de las experiencias de transición histórica al socialismo, durante la “revolución bolchevique”.
El 21 de enero de 1924, fallece en Gorki, cerca de Moscú, el líder histórico y fundador del Partido bolchevique. El estalinismo, ya planteaba una lucha frontal y sin cuartel contra el trotskismo, era necesario cerrar las filas del Partido en torno al Comité Central.
Stalin se trazó como objetivo el aplastamiento ideológico del trotskismo: "Sin aplastar al trotskismo, no es posible triunfar dentro de las condiciones de la NEP, no es posible conseguir la transformación de la Rusia actual en una Rusia socialista".
En mayo de 1924, ya pasado el congreso del año anterior se celebró el XIII Congreso del Partido. Hay controversias acerca de la política de apertura a nuevos miembros del partido en ambos Congresos, siguiendo como criterio un aumento de las listas de potenciales seguidores de Stalin.
En estas condiciones, ambos Congresos condenaron mayoritariamente (como era de esperarse) la plataforma de la oposición trotskista, definiéndola como una desviación pequeñoburguesa del marxismo, una suerte de revisionismo del leninismo.
Ni siquiera en el informe secreto de Khrushchev en 1956, donde se condenaba abiertamente los errores y abusos de Stalin, hay alguna posibilidad de encontrar referencia positiva alguna a Trotski y al llamado trotskismo.
Efectivamente, había muerto físicamente Lenin en 1924, pero transcurría el juicio político para liquidar simbólicamente a Trotski, hecho que sigue siendo muy fuerte en 1956. Por cierto, un fenómeno que llega hasta la actualidad. Trate de investiguar si Trotski fue alguna rehabilitado en algún sector de la URSS, incluso durante la etapa del llamado Glasnot. Malas noticias. Trotsky es una “mala palabra”. El nombre Trotski era pronunciado en la URSS de Gorbachov como un insulto mucho mayor que el de Stalin.
Por cierto, no se trata de justificar ninguna nostalgia reverente por Trotsky y el troskismo. Ya he críticado los límites del imaginario jacobino-blanquista para construir una revolución socialista profundamente democrática. La problemática viene de lejos. La revolución bolchevique es sólo un ejemplo. Y el destino de Lenin enseña las sombras que se pueden activar, cuando no hay un real debate sobre el ejercicio autoritario del poder.
No son poco significativas muchas de estas fechas. Pues todos estos acontecimientos luego de la muerte de Lenin condicionarán los procesos de apropiación-recepción de la experiencia de la revolución bolchevique por parte de los llamados “marxistas revolucionarios” de América Latina y el Caribe. Sin saberlo o no, la huella del estalinismo estaba presente en el archivo de discursos y prácticas que codificaron el “marxismo oficial” en estas coordenadas espacio-temporales. De este modo, es posible comprender para poner un ejemplo, algunas de las razones que llevaron al marxismo soviético a cuestionar a José Carlos Mariátegui, por ejemplo, como un "populista" latinoamericano.
Así como Marx manejo las peores fuentes históricas en el museo Británico de Londres, para estudiar (y también estigmatizar) el pensamiento y acción de Simón Bolívar, el marxismo soviético analizó y valoró negativamente la obra del Amauta de la Revolución Indoamericana.
Por tanto, no hay marxismo heterodoxo, crítico y abierto en Nuestra América, sin un real combate a todos los dogmatismos y esquematismos, sin una real apertura a la descolonización del eurocentrismo propio del marxismo realmente hegemónico, sin valorar positivamente la obra de este gran pensador peruano, sin pasearse por las voces críticas a las imposiciones doctrinarias del “marxismo soviético”.
Cuando se comprenda que el “marxismo oficial soviético” (el marxismo realmente hegemónico: el “marxismo-leninismo”) es sólo una de las potenciales interpretaciones de algunos aspectos de la obra crítica, abierta e inconclusa de Marx (y en muchos aspectos, una deliberada distorsión), es posible entonces abrir el estudio del Continente-Marx a nuevas lecturas críticas (una renovación permanente y crítico de una obra abierta), que impugnen radicalmente las formas, contenidos e implicaciones ético-políticas de aquellas experiencias históricas de la transición post-capitalista que derivaron en fracasos, tragedias y desastres históricos.
Desde nuestro punto de vista, los acontecimientos que rodean el llamado “Testamento de Lenin” permiten abordar la problemática de las transiciones post-capitalistas, en la medida en que colocan sobre la mesa las contradicciones efectivas para asumir una revolución socialista con radicales contenidos democráticos, y no solo, una revolución socialista con algunas formas democráticas.
Cuando se rompe el hilo que conecta una revolución democrática constituyente con una revolución socialista, surgen todos los extravíos del despotismo burocrático. Y más allá de este plano político, sin asumir un claro perfil post-desarrollista (crítica radical al productivismo/crítica radical al consumismo/crítica al fetichismo de las fuerzas productivas, de la tecno-ciencia y de la tecno-burocracia), no es posible colocarse frente a frente a la posibilidad histórica de una revolución democrática, socialista, eco-política y descolonizadora. Por ahora, esto es otro asunto.
Ciertamente, también es necesaria inspirarse, en ciertos sentidos, en la crítica anti-capitalista de Marx (pararse como un piojo, sobre los hombros de un gigante del pensamiento), pero es preciso ir más allá de Marx, ir más allá de cualquier encuadramiento marxista en un sentido dogmático-doctrinario.
Se requieren pensamientos, saberes y teorías críticas y revolucionarias para superar el capitalismo, no un “gran dogma”; que termine en un gran “bloqueo histórico”, tanto en el terreno del pensamiento como en el terreno de la acción.
Pero, ¿qué planteaba efectivamente Lenin en aquellas cartas que fueron taquigrafiadas de sus opiniones orales? Leamos como abordó Nikita Khrushchev en 1956 el asunto, y luego vayamos a la medula del asunto.
Por cierto, no olvidemos que El discurso de Khruschev fue pronunciado en una sesión cerrada del Congreso y no formó parte de los informes y resoluciones oficiales emitidas por él. El texto completo del discurso no se publicó en la URSS sino hasta 1988. Como vemos, la cultura autoritaria del despotismo burocrático llegó bastante lejos y caló profundo. Y entre sus rasgos centrales está tanto el sectarismo como el culto a la personalidad. Obviamente, ¿como comprender estas anomalías en el seno del “marxismo-leninismo”?.
Leamos a Khruschev:
“Camaradas: En el informe que presentó el Comité Central del Partido al XX Congreso, en numerosos discursos pronunciados por delegados a ese Congreso, y también durante la reciente sesión plenaria del C.C., se dijo mucho acerca de los efectos perjudiciales del culto a la personalidad. Después de la muerte de Stalin el Comité Central del Partido comenzó a estudiar la forma de explicar, de modo conciso y consistente, el hecho de que no es permitido y de que es ajeno al espíritu del marxismo-leninismo elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios.”
El error reside en una elemental sobrevaloración de una proyección de omnipotencia y devoción hacia un “humano, demasiado humano”; es decir, a un “piojo humano”, igual que todos los demás “piojos humanos” que formamos parte del género humano, que estamos demostrando ser una estúpida e ignorante especie humana, si nos evaluamos en contraste a la destrucción de un planeta por parte de la matriz de la civilización hegemónica; y reconociendo, por cierto, las múltiples humanidades histórico-culturales sometidas y colonizadas, sus valores, aportes, capacidades, diferencias y singularidades. Volvamos al asunto.
Dice Khruschev: “A un hombre de esta naturaleza se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que le permite prever todo, y, también, de un comportamiento infalible. Entre nosotros se asumió una actitud de ese tipo hacia un hombre, especialmente hacia Stalin, durante muchos años.”
Lo más importante de este reconocimiento reside en la siguiente frase: “Entre nosotros se asumió una actitud de ese tipo hacia un hombre” (proyectando los atributos del “conocimiento inagotable, visión extraordinaria, capacidad de prever todo, comportamiento infalible”).
Sabemos que el remedio que trataron de encontrar en el PCUS no era nada satisfactorio: sustituir la autoridad omnipotente de Stalin, por la autoridad omnipotente del “partido revolucionario leninista”. El asunto no era el desplazamiento del hombre omnipotente al partido omnipotente (en nombre de la omnipotencia del saber leninista), sino la medula del fenómeno de la “autoridad omnipotente”. Derrida habla de los "fundamentos místicos de la autoridad". Nada místicos, amigo Derrida.
El planteamiento de Khruschev en aquellas circunstancias era típico de la retórica del: “te reconozco que… pero…): “Los méritos de Stalin son bien conocidos a través de un sinnúmero de libros, folletos y estudios que se redactaron durante su vida. El papel de Stalin en la preparación y ejecución de la revolución socialista, en la guerra civil, en la lucha por la construcción del socialismo en nuestro país, es conocido universalmente. Nadie lo ignora. En este momento nos interesa analizar un asunto de inmensa importancia para el partido, tanto ahora como en el futuro... Nos incumbe considerar cómo el culto a la persona de Stalin creció gradualmente, culto que en momento dado se transformó en la fuente de una serie de perversiones excesivamente serias de los principios del Partido, de la democracia del Partido y de la legalidad revolucionaria.”
Haber violado “el principio de la dirección colegial en el Partido, concentrando un poder limitado en las manos de una persona” generó sus consecuencias prácticas. Había que retornar al espíritu leninista: “Durante la vida de Lenin, el C.C. del Partido fue la expresión real de un tipo de gobierno colegial, tanto para el Partido como para la nación. Debido a que fue un revolucionario marxista militante que jamás dejó de acatar los principios esenciales del Partido, Lenin nunca impuso por la fuerza sus puntos de vista a sus colaboradores.”
En ese momento, Khruschev reconoce que Lenin “(…) tuvo la visión, debido a su clara inteligencia, de percibir a tiempo en Stalin esas características negativas que posteriormente tuvieron consecuencias tan nefastas.
Es decir, pasaron "nada más y nada menos" que 33 años, para que Khruschev reconociera, a puertas cerradas, esta “clara inteligencia”: “Temiendo por el futuro del Partido y de la nación soviética, Lenin diagnosticó por escrito el carácter de Stalin y en forma absolutamente concreta, señalando que era necesario examinar la necesidad de desplazar a Stalin de su puesto de Secretario General, puesto que era un ser insolente en exceso hacia sus camaradas y también, porque, siendo caprichoso, podría abusar del poder.
Desplazamiento del tótem Stalin al totem Lenin, por una parte, reconocimiento abierto del carácter “insolente, caprichoso y que podría abusar del poder” de Stalin, quien efectivamente ocupó el poder absoluto de la URSS. ¿Un poco tarde, no?
Reconoce Khruschev: “En diciembre de 1922, en una carta al Congreso del Partido, Lenin dijo: «Después de tomar posesión del cargo de Secretario General, el camarada Stalin ha acumulado en sus manos un poder desmedido y no estoy seguro de que sea siempre capaz de usar este poder con el debido cuidado».”
Ahora si valora Khruschev que: “Esta carta, que es un documento político de inmensa importancia, conocida en la historia del Partido como testamento de Lenin, ha sido distribuida a los delegados del XX Congreso del Partido. Uds, la habían leído ya y sin duda la leerán nuevamente.”
Las “francas palabras de Lenin”, “expresan la ansiedad que sentía Vladimir Ilich respecto al Partido, al pueblo, al Estado y a la futura dirección de la política del Partido.”
Las expresiones de Khruschev aluden “obviamente” con los ideales de Lenin, sus ansiedades e inquietudes:
“Stalin es excesivamente insolente y este defecto, que puede ser tolerado en un militante cualquiera del Partido, se transforma en un defecto inaceptable en una persona que ocupa el cargo de Secretario General. Es por esto que propongo que los camaradas vean la manera de alejar a Stalin de este cargo y de colocar allí a otro hombre, uno que, sobre todas las cosas, difiera de Stalin en lo siguiente: mayor tolerancia, más lealtad, más bondad y una actitud más considerada y un temperamento menos caprichoso, etc., etc...»”
Treinta y tres años, una generación completa desde el punto de vista demográfico, vivió bajo una “gran mentira institucionalizada”. Contrastemos esta perspectiva con lo planteado por la Historia del propio Partido comunista en 1939, durante estos sucesos:
“La muerte de Lenin puso de manifiesto cuán estrechamente unido estaba el Partido bolchevique a las masas obreras y cuán entrañablemente querían éstas al Partido leninista. En el II Congreso de los Soviets de la U.R.S.S., celebrado en los días de duelo por la muerte de Lenin, el camarada Stalin pronunció, en nombre del Partido, un solemne juramento. En él dijo: "Nosotros, los comunistas, somos hombres de un temple especial. Estamos hechos de una trama especial. Somos los que formamos el ejército del gran estratego proletario, el ejército del camarada Lenin. No hay nada más alto que el honor de pertenecer a este ejército. No hay nada superior al título de miembro del Partido cuyo fundador y jefe es el camarada Lenin...Al dejarnos, el camarada Lenin nos legó el deber de mantener en alto y conservar en toda su pureza el gran título de miembro del Partido. ¡Te juramos, camarada Lenin, que ejecutaremos con honor este mandato!...Al dejarnos, el camarada Lenin nos legó el deber de velar por la unidad de nuestro Partido como por las niñas de nuestros ojos. ¡Te juramos, camarada Lenin, que ejecutaremos con honor también este mandato!...Al dejarnos, el camarada Lenin nos legó el deber de conservar y fortalecer la dictadura del proletariado. ¡Te juramos, camarada Lenin, que no escatimaremos esfuerzo para ejecutar con honor también este mandato!...Al dejarnos, el camarada Lenin nos legó el deber de afianzar, con todas nuestras fuerzas, la alianza de los obreros y campesinos. ¡Te juramos, camarada Lenin, que ejecutaremos con honor igualmente este mandato!...El camarada Lenin nos hablaba insistentemente de la necesidad de una alianza voluntaria y libre entre los pueblos de nuestro país, de la necesidad de su colaboración fraternal dentro del marco de la Unión Soviética. Al dejarnos, el camarada Lenin nos legó el deber de reforzar y extender la Unión de las Repúblicas. ¡Te juramos, camarada Lenin, que ejecutaremos con honor también este mandato!...Lenin nos indicó repetidas veces que el fortalecimiento del Ejército Rojo y su perfeccionamiento constituye una de las más importantes tareas de nuestro Partido. ¡Juremos, pues, camaradas, que no escatimaremos esfuerzo para fortalecer nuestro Ejército Rojo y nuestra Flota Roja!...Al dejarnos, el camarada Lenin nos legó el deber de permanecer fieles a los principios de la Internacional Comunista. ¡Te juramos, camarada Lenin, que no regatearemos nuestra vida para fortalecer y extender la unión de los trabajadores del mundo entero, la Internacional Comunista!".Tal fue el juramento del Partido bolchevique a su jefe, a Lenin, cuya obra perdurará a través de los siglos.”
Y continua la historia oficiosa del Partido Comunista de 1939:
“En mayo de 1924, se celebró el XIII Congreso del Partido. Asistieron a él 748 delegados con voz y voto, representando a 735.881 afiliados. El enorme aumento de la cifra de afiliados al Partido, en comparación con la del Congreso anterior, tiene su explicación en las 250.000 altas, aproximadamente, de la promoción leninista. Los delegados con voz, pero sin voto, eran 416.El Congreso condenó unánimemente la plataforma de la oposición trotskista, definiéndola como una desviación pequeñoburguesa del marxismo, como una revisión del leninismo, y ratificó las resoluciones votadas por la XIII Conferencia del Partido "Sobre la obra del desarrollo del Partido" y "Sobre los resultados de la discusión".”
Khruschev plantea en 1956 que este documento de Lenin “(...) se dio a conocer a los delegados al XIII Congreso del Partido, quienes discutieron la conveniencia de transferir a Stalin a otro cargo que no fuera el de Secretario General. Los delegados se declararon en favor de mantener a Stalin en su puesto, expresando su esperanza, de que él tomaría en cuenta las críticas de Lenin y izaría lo posible por sobreponerse a los defectos que causaban tanta inquietud a este último.
Y para completar el cuadro, Khruschev plantea lo siguiente: “Camaradas: el Congreso del Partido debe familiarizarse con dos nuevos documentos que confirman que el carácter de Stalin era tal cual lo había revelado Lenin en su testamento. Estos documentos son cartas de Nadejda Constantinovna Krupskaya [esposa de Lenin], a Kamenev, que en ese tiempo encabezaba el Buró político, y una carta personal de Lenin a Stalin.
Khruschev pasa a leer los documentos: “«Lev Vórisovich! Debido a una breve carta que escribí con palabras que me dictara Vladimir Ilich, con permiso de sus médicos, Stalin se permitió ayer dirigirse a mí con una violencia inusitada. Durante mis treinta años de militante, nunca había oído a un camarada dirigir palabras tan insolentes a otro. Los asuntos del Partido y de Ilich no son de menos significación para mí que para Stalin. En este momento necesito el máximum de dominio sobre mí misma. Lo que uno puede y lo que uno no puede discutir con Ilich lo sé yo mejor que cualquier médico, puesto que yo sé lo que le pone nervioso y lo que no le perturba; de cualquier modo sé estas cosas mejor que Stalin. Recurro a Ud. y a Grigory, por ser los camaradas que se hallan más cerca de V. I., y les ruego que me protejan de insolentes intromisiones en mi vida privada y de viles invectivas y amenazas. No tengo la menor duda respecto a cuál será la unánime decisión de la Comisión de Control, con la cual Stalin me amenaza; no obstante, tampoco tengo la fuerza ni el tiempo disponible para malgastarlo en querellas insensatas. Además, soy un ser humano que soporta en estos momentos una tensión nerviosa excesiva.»”
Dos meses y medio después de aquel incidente, en marzo de 1923, Lenin envió a Stalin la siguiente carta: “Al camarada Stalin. Copias para Kamenev y Zinoviev. «Estimado camarada Stalin: Ud. se permitió la insolencia de llamar a mi esposa por teléfono para reprenderla duramente. A pesar del hecho de que ella prometió olvidarse de lo dicho, tanto Zinoviev como Kamenev supieron del incidente, porque ella los informó al respecto. No tengo intención alguna de olvidarme fácilmente de lo que se hace en contra de mí y no necesito insistir aquí de que considero que lo que se hace en contra de mi esposa, se hace contra mí también. Le pido entonces que Ud. medite con cuidado acerca de la conveniencia de retirar sus palabras y dar las debidas explicaciones, a menos que prefiera que se corten nuestras relaciones completamente.Le saluda, Lenin. 5 de marzo de 1923».”
La conclusión de Khruschev es la siguiente: “Como los hechos posteriores lo han probado, la inquietud de Lenin fue justificada inmediatamente después de la muerte de Lenin, Stalin respetó en cierto modo los consejos de Lenin, pero más tarde comenzó a ignorar estas serias advertencias. Cuando analizamos la forma en que Stalin dirigió al Partido y al país, cuando nos detenemos a considerar todo lo que hizo Stalin, llegamos al convencimiento de que los temores de Lenin eran bien fundados. Las características negativas de Stalin, incipientes durante la vida de Lenin, lo llevaron, durante los últimos años de su vida a abusar del poder, lo que ha causado al Partido un daño ilimitado.”
Khruschev reconoce en 1956 que Stalin “(…) rehusó absolutamente tolerar una dirección colegial del gobierno y del trabajo y que procedió con una violencia salvaje, no solamente contra quienes se le oponían, sino también contra todo lo que pareciese, a su carácter despótico y caprichoso, contrario a sus conceptos. Stalin actuaba no a través de explicaciones, y de cooperación paciente con la gente, sino imponiendo sus concepciones y exigiendo una sumisión absoluta a su opinión. El que osara oponerse a algún concepto o intentara probar la corrección de su punto de vista y de su actitud, estaba condenado a que se le relegara del grupo dirigente colectivo y que se le sometiera posteriormente a la aniquilación física y moral. Esto es especialmente cierto en lo que se refiere al período posterior al XVII Congreso del Partido, cuando muchos dirigentes del Partido y simples trabajadores honrados y afanosos del Partido, todos dedicados a la causa del comunismo, cayeron víctimas del despotismo de Stalin.”
Y luego Khruschev pasa a olvidar completamente lo que plantea Lenin en el propio testamento de Lenin a propósito de Trotski y Bujarin, cuando señala:
“Debemos atestiguar que el Partido ha tenido que reñir serias luchas contra los trotskistas, derechistas y nacionalistas burgueses, y que desarmó ideológicamente a los enemigos de Lenin. Esta guerra ideológica se llevó a cabo con éxito y, como resultado de ello, el Partido se templó y se fortaleció. En todo esto Stalin desempeñó un papel positivo. El Partido libró una gran lucha política y espiritual contra miembros de él que propusieron tesis anti-leninistas, que presentaron una línea política hostil al Partido y a la causa del socialismo. Esta fue una lucha enconada y difícil, pero necesaria, porque la línea política tanto del bloque trotskista-zinovievista, como del bujarinista conducía a la restauración del capitalismo y a la capitulación ante el mismo.”
Mientras Lenin trataba de impedir la escisión entre “dos destacados dirigentes del partido”, lo que plantea Khruschev es el desencadenamiento de las lucha entre fracciones, además de colocar dos fases: una de lucha ideológica y otra de fase represiva abierta:
“Vale la pena destacar que aún durante el proceso de la furiosa lucha ideológica contra los trotskistas, los zinovievistas, los bujarinistas y otros, no se usaron extremas medidas represivas contra ellos; la lucha se realizó en un terreno ideológico. Pero algunos años después, cuando el Socialismo en nuestro país estaba fundamentalmente estructurado, cuando las clases explotadoras estaban liquidadas, cuando la estructura social del Soviet había cambiado radicalmente, cuando la base social no permitía movimiento político o grupos hostiles al Partido, cuando los oposicionistas ideológicos del Partido se encontraban vencidos políticamente desde hacía tiempo, entonces comenzó una política de represión contra ellos.
Luego Khruschev reconoce como entre 1935-1938 se desencadena: “(…) la práctica de llevar a cabo persecuciones en masa a través de los mecanismos del Gobierno, primero contra los enemigos del leninismo, o sea trotskistas, zinovievistas, bujarinistas, derrotados desde hacía tiempo por el Partido, y posteriormente, también contra comunistas honrados y contra esos dirigentes del Partido que habían soportado la pesada carga de la guerra civil y los primeros y más difíciles años de la industrialización y la colectivización y que habían luchado activamente contra los trotskistas y derechistas para mantener la línea leninista del Partido.”
Y plantea una perla: “Stalin inventó el concepto de «enemigo del pueblo». Este término hizo automáticamente innecesario que los errores ideológicos de los hombres expresados en una controversia se comprobasen; este término hizo posible que se usaran los más crueles métodos de represión, violándose así todas las normas de la legalidad revolucionaria, cada vez que alguien estaba en desacuerdo con Stalin o que se sospechara en él una intención hostil o debido simplemente a que tenía una mala reputación. Este concepto de «enemigo del pueblo», finalmente, eliminó todas las posibilidades de que se desarrollaran luchas ideológicas o de que alguien pudiese dar a conocer su punto de vista respecto a cualquier problema, aunque ellos fuesen meramente de carácter práctico. En general y en realidad, la única prueba de culpabilidad valedera era la confesión y ella se usaba contra todas las normas de la legalidad, por cuanto se ha podido demostrar posteriormente que esas confesiones se obtenían presionando por medios físicos al acusado. Esto condujo a abiertas violaciones de la legalidad revolucionaria, y al hecho de que muchas personas enteramente inocentes, que antes habían defendido la línea del Partido, se transformaran en víctimas.”
La fórmula-estigma: «enemigo del pueblo» se creó con el objeto específico de aniquilar físicamente a tales individuos, sentencia Khruschev. Y pasa a contrastar el método leninista de lucha ideológica del “método estalinista”:
“Las virtudes de Lenin, paciencia para trabajar con la gente, persistencia para educarla, habilidad para inducirlos a seguirle sin utilizar métodos represivos sino más bien recurriendo a influencias ideológicas, le eran enteramente ajenas a Stalin. Stalin descartó el método de lucha ideológica, reemplazándolo por el sistema de violencia administrativa, persecuciones en masa y terror. Procedió a un ritmo siempre creciente a imponerse a través de los organismos punitivos, violando así con frecuencia todas las normas de la moral y las leyes soviéticas. El comportamiento arbitrario de una persona estimuló la arbitrariedad en otras. Las detenciones y las deportaciones en masa de muchos miles de personas, las ejecuciones sin previo juicio y sin una investigación normal del comportamiento de los acusados, engendraron condiciones de inseguridad, temor y aun de desesperación. Esto, es claro, no contribuyó a reforzar la unidad del Partido, sino, por el contrario, produjo la aniquilación y la expulsión del Partido de muchos trabajadores leales, pero molestos para Stalin.”
No hay que abundar en mayores detalles. Sin embargo, así como hay que temerle a las mentiras de los seres humanos, sobre todo a estos “super-hombres” omnipotentes capaces de cometer los peores abusos, hay que temerle más a las mentiras institucionalizadas por los partidos-aparatos, sus sectarismos y esquematismos ideológicos. No vaya a ser que cualquier día aparezca un Nikita Khruschev cualquiera (después de 33 años, por ejemplo) a decir que todo fue: ¡Todo era MENTIRA, la responsabilidad es del que ya esta muerto!.
Uno podría pensar que a falta de coraje en su oportunidad debida, lo mejor es la cobardía oportuna. ¿Cuál coraje? El de concebir el socialismo como una revolución democrática permanente, una democracia social, económica y cultural, no acotada a los límites de la democracia liberal.
Allá aquell@s con sus lealtades ciegas. Frente a un ser humano que “(…) se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que le permite prever todo, y, también, de un comportamiento infalible.”, hay que aplicarle la vieja anécdota del encuentro entre Alejandro Magno y el filósofo Diógenes de Sinope:
Se dice que una mañana, mientras Diógenes se hallaba absorto en sus pensamientos, Alejandro Magno interesado en conocer al famoso filósofo, se le acercó y le preguntó si podía hacer algo por él. Diógenes le respondió: “Sí, tan solo que te apartes porque me tapas el sol.” Los cortesanos y acompañantes se burlaron del filósofo, diciéndole que estaba ante el rey. Diógenes no dijo nada, y los cortesanos seguían riendo. Alejandro cortó sus risas diciendo: “De no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes.”
En otra ocasión, Alejandro encontró al filósofo mirando atentamente una pila de huesos humanos. Diógenes dijo: “Estoy buscando los huesos de tu padre pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo”.
Iguales entre iguales, diferentes entre diferentes, comunes entre comunes. Sin rendirle culto a ninguna "autoridad omnipotente". Insumisión del espíritu. Allí está la clave de cualquier revolución.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

¿QUE PUEDE APRENDER LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA DEL TESTAMENTO DE LENIN?-PARTE I



Trotsky-Stalin Lenin Stalin-Bujarin

Javier Biardeau R.
Entre las “pequeñas anécdotas” de la historia de las revoluciones, puede llegar a ser significativo pasearse por el llamado “Testamento de Lenin”; documento indispensable para un balance crítico de inventario de las transiciones históricas al socialismo, incluyendo la llamada “revolución bolchevique”.
Mientras en Venezuela se siguen repitiendo en algunos espacios, los estribillos de la “gloriosa revolución bolchevique”, parece olvidarse la historia de sus sombras, lunares, tragedias y desastres. Se calca y copia una “fraseología revolucionaria”, asumiendo la impostura ideológica como señal de identidad política.
Algunos “loros” refractan ecos y frases de Lenin a los cuatro vientos, otros del Che, otros círculos rociados de cierta metástasis organizativa, rinden tributo a Trotski, y algunos sinvergüenzas copian a Stalin. Eso es lo que llaman “formación ideológica revolucionaria”, camaradas.
La falta de seriedad y rigor del pensamiento es parte de nuestra fauna política, de derecha y de izquierda. En algún momento del espectáculo teatral, han sido los loros de la derecha: Von Misses, Bohm-Bawerk, Hayek o Friedmann; los copiones de frases y fieles seguidores de la economía marginalista austriáca y de los Chicago Boys en Venezuela, tipo CEDICE o IESA, por ejemplo.
Pero ahora tenemos una nueva escena, otra pretensión de pensamiento único, loros bolcheviques: repetidores de Lenin, Trotsky, Stalin, Fidel y el Che. Y sigue el teatro de sombras.
No hay signos contundentes de alguna renovación crítica del pensamiento anti-capitalista. ¡Seamos como el Che!, dicen unos. A mi esto me huele a pose.
Por el camino que vamos, en algún momento se llegará a la siguiente escena: el famoso informe secreto de Nikita Khrushchev al XX Congreso del PCUS-1956. Uno espera esta escena con cierta expectativa. ¿Estará en el guión de quienes construyen los debates socialistas? ¿Se aprenderán las lecciones críticas, en pleno socialismo del siglo 21, en nombre del “autentico leninismo”, de los abusos de poder del camarada Stalin? ¿Se abrirá el debate crítico al “culto a la personalidad”, el modo soviético de cuestionar el personalismo-caudillismo? ¿A nadie le llama la atención que detrás de tantas siglas de derecha y de izquierda en Venezuela, exista una inveterada búsqueda del caudillo redentor? ¿Por qué nadie le paro bolas al aniversario de Simón Rodríguez?
Cito: “Napoleón quería gobernar el género humano: Bolívar quería que se gobernara por sí y Yo quiero que aprenda a gobernarse”.(Simón Rodríguez. Sociedades Americanas)
Que el pueblo aprenda a gobernarse. Ese planteamiento se lleva por los cachos a Lenin, Trotstki, Stalin, Fidel y el Che.
Un amigo mío cuyo nombre es paradójicamente Stalin (ni Rivas ni Borges), me dice que ese momento de debatir el personalismo-caudillismo de la dirección política no llegará. El guión parece ser otro. El culto reaccionario a los héroes, por un lado, y a masas arrastradas por la audacia y genialidad del caudillo, sigue presente en el imaginario político. Se dirá que es parte de nuestra inmadurez política. Otros dirán: ¡el informe Khrushchev nunca existió!, siguiendo la tesis del simulacro de nuestro camarada posmoderno Baudrillard.
Lo comprendo. Llamarse Stalin y tener que leer ese “informe secreto” puede ser un trago amargo, una cuestión de “identidad” para las victimas, y de “identificación” para los victimarios: ¿Y por que carajo a mi me pusieron ese nombre?, repite mi amigo Stalin.
Sin embargo, entre el Testamento de Lenin y el “auténtico legado leninista” del informe secreto, hay también algunas trampas interpretativas, o si se prefiere, hermenéuticas. El maoísmo, en aquel entonces, cuestionó a Nikita y a toda su banda de “revisionistas” por poner en entredicho, obviamente, la línea y cadena de mando que dictaba la formula política: Líder-Comité Central-Partido-Estado-Masas. Se disputaba la línea correcta del “Movimiento Comunista Internacional”.
Desde otra vertiente, también el trotskismo planteó que aquel informe secreto era solo para echarle la culpa a Stalin, y mantener incólume el verdadero “aparato estalinista”. No es poca cosa comparar las valoraciones contrastantes entre lo que se dice de estos acontecimientos en la oficiosa “Historia del partido comunista de la URSS”-1939, por ejemplo, y en el análisis de un trotskista como Pierre Broue en su obra: “El Partido Bolchevique”.
La historia tendrá “hechos”, pero cada agenciamiento de enunciación los relata desde su "punto de vista". ¿Cómo comprender no simples diferencias entre “camaradas marxistas”, sino incluso contradicciones que llegaban al antagonismo y a una línea militar “de baja intensidad”, si era preciso?
En la oficiosa “Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la URSS”-1939 no se menciona siquiera el “Testamento de Lenin” como tal. Esas cartas nunca existieron, hasta que Nikita las desenterró. Se trataba ciertamente de un “silencio sintomático” que duró hasta 1956. Dos años antes del derrocamiento de Pérez Jiménez en nuestro espacio-tiempo. ¿Qué les parece?
A lo que si se refería este texto oficioso de 1939, que Stalin quería atribuirse en la autoría, es a la “nueva agresión contra el Partido y contra su dirección”, en momentos en que Lenin “se veía clavado en el lecho”, por la llamada “conspiración trotskista”.
Con relación a esto, a mi me luce que nuestra izquierda cavernaria no ha superado ni los manuales de “comunismo científico”, tipo Asanasiev, que se repiten encubiertos en clave guevarista, ni esa vulgar “sociología burguesa de la desviación”, que enceguecida de la pasión paranoica del estalinismo, asume un macartismo en clave de izquierda; donde detecta cualquier potencial de critica y creación, solo etiqueta: - “conspiraciones, conspiraciones, conspiraciones” -.
La izquierda cavernaria venezolana ha mostrado ser la refracción de ecos ideológicos, con una fuerte dosis de “efecto demora” de mediana duración. Es como si afirmáramos que el debate entre el Che y Bettelheim sobre el “calculo económico” fuera el quid del asunto para construir el socialismo en las actuales circunstancias. Si así fuese, ¿que es lo que pasó y pasa en Cuba con el legado teórico del Che y con la política económica de la revolución cubana?
En vez de un “análisis concreto de la realidad concreta”, tendremos una suerte de “volver al futuro”. Así leen la realidad algunos sectores. Con esquematismos, con estereotipos vetustos, como si estuviésemos en 1963-1965.
Otros círculos la leen como la leía Stalin:
En la lucha contra el Partido leninista, se unieron todos los grupos de la oposición: los trotskistas, los "centralistas democráticos", los restos de los "comunistas de izquierda" y de la "oposición obrera". En su declaración, estos elementos profetizaban una terrible crisis económica y el hundimiento del Poder Soviético y exigían, como única solución, la libertad de existencia de fracciones y grupos. Era una lucha encaminada al restablecimiento de las fracciones, que habían sido prohibidas por el X Congreso del Partido, a propuesta de Lenin.”
¿Monolitismo de partido en torno a la figura del Gran Líder (y padrecito de Rusia) ó reconocimiento de tendencias, corrientes y matices para construir la conducción colectiva del proceso, ahora llamadas “fracciones divisionistas”?
En el fondo, el problema seguía siendo un viejo problema de la historia de las revoluciones leninistas: la disyunción entre democracia y socialismo, justamente el problema que no se quiere enfrentar en la práctica en Venezuela, por la inercia de los prejuicios de una izquierda cavernaria que siguen diciendo que la democracia es “un valor e idea pequeño-burguesa”. Y agregan: - la Constitución de 1999, ¡un papel toilette! -.
En eso les llevan una morena histórica los que fundaron el PRV en México, los que construyeron el PRP o el primer PDN en el país. Aquellos sabían que significaba una Asamblea Constituyente. A nosotros parece que se nos olvidó ya. Digan lo que digan, esas generaciones al menos trataron de configurar rupturas intelectuales y ético-políticas. Construyeron cierta fuerza hegemónica, cierto arrastre de multitudes.
Pero, ¿cuál revolución se construirá repitiendo fraseologías, esquematismos, doctrinarismos que ya no hacen vibrar esperanza revolucionaria alguna?
Incluso, hay quienes suponen que el término “revolución democrática” fue un invento de Betancourt para distraer a la izquierda revolucionaria. Pero no camaradas, fue el propio Lenin quién le metió a este asunto. Hay que decirlo.
Sin embargo, en el “Testamento” el problema para Lenin era otro: el problema de la posible escisión del CC del Partido bolchevique, la implosión del prestigio del aparato entre las masa obrero-campesina de Rusia. ¿Cómo salvar al partido-aparato? No será con más aparato, como efectivamente termino haciendo Stalin.
Leamos el testamento de Lenin. Allí hay claras indicaciones contra el burocratismo, hay muchos reconocimientos que enseñarían a nuestros cavernarios, como problematizar que cosa es una revolución sin una dirección política en la cuál se haga presente la fuerza organizada de una clase trabajadora, del pueblo trabajador, al menos, que no sea ni aparatero, ni esté llena de los prejuicios, ni ambiciones de privilegios ni sumisiones al "partido-maquinaria" (¿How are you Iturriza?).
Leamos la Carta de la plataforma de los 46. Leamos la condena oficiosa del estalinismo al trotskismo como desviación pequeñoburguesa del marxismo, para aprender de donde carajo surgió ese estilo de condenar y liquidar “desviaciones ideológicas” (¡Del estalinismo, camaradas!). Leamos "Las enseñanzas de Octubre" de Trotski. Luego, comprenderemos la magna conclusión de la historia oficiosa estalinista: “El camarada Stalin desenmascaró la tentativa de Trotski de suplantar el leninismo por el trotskismo.” El camarada Stalin replicó con "Sobre los fundamentos del leninismo", que vio la luz en 1924. Esta obra era la “exposición magistral y una fundamentación teórica muy seria del leninismo, que pertrechó entonces y sigue pertrechando hoy a los bolcheviques del mundo entero con el arma aguzada de la teoría marxista-leninista.”
Leamos con otros ojos lo mal que hemos leído las tradiciones de todos los marxismos. El archivo enterrado no es el mismo archivo de los manuales y recetarios de hacer revoluciones a la carta, hechas en la URSS, hechas en China o hechas en Cuba.
¿Cuándo comprenderemos que cada transición post-capitalista es específica y particular, que sus respuestas requieren crítica y creación, y no “calco y copia”?
Estamos en pleno 1924. Allá muere Lenin. Aquí, mandaba como le venía en gana, el más caudillo de todos: Juan Vicente Gómez. Grandes contrastes históricos. Pero, ¿cuál fue el archivo de prácticas y discursos con los cuales se construyó la idea de izquierda revolucionaria en Venezuela?
Mientras por allá, estallaban las disputas por la sucesión de Lenin, se trastocaba la política de la Internacional Comunista y del propio partido comunista de la URSS, aquí se ensayaba una particular apropiación-recepción del marxismo. ¿Cuál marxismo? Ciertamente, no el de Marx, por cierto. Pequeño detalle.
Luego nos enteraremos de la complejidad del Continente Marx. Nos enteraremos de todo aquello que escribió y de lo que ningún leninista de aquellos se enteró. Obra abierta, crítica e inconclusa, además insuficiente y en aspectos centrales: ya sin vigencia. Oh, terror…
Léase bien. Hay que ir más allá de Marx y de toda la tradición de los muertos. Hay que apostar por saberes y teorías críticas para imaginar y pensar transiciones post-capitalistas De eso tratan las revoluciones. Ya no basta decir de manera grandilocuente: “Sin teoría revolucionaria no habrá praxis revolucionaria”. Malas noticias.
El asunto es preguntarse, ¿Y ese archivo de prácticas y discursos, del que tanto nos jactamos? ¿Es hoy revolucionario?
Continuará…

lunes, 25 de octubre de 2010

SUPERAR EL IMAGINARIO JACOBINO-BLANQUISTA INCRUSTADO EN LA DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA

Blanqui
Javier Biardeau R.
Para evitar la derrota estratégica de la revolución bolivariana, hay que debatir con rigor y consistencia desde una plataforma de pensamientos críticos socialistas. Pues aunque hay quienes quieran negarlo, existe una línea de continuidad fundamental entre la derrota del proyecto de Reforma Constitucional del año 2007, y el revés táctico de las elecciones parlamentarias del 26-S del año 2010.
Si se quieren abordar los factores explicativos que aparecen en ambos eventos político-electorales, conviene ir más allá del plano de superficie de los datos, y meterse de lleno en las condiciones que operan en la base de la tendencia de reflujo popular en el propio corazón de la revolución bolivariana (tendencia que no es irreversible por cierto, sino marcada por una sobre-determinación de condiciones y contradicciones). Este corazón muestra la parálisis estratégica del espíritu constituyente, parálisis de la revolución democrática constituyente, sin la cual no es posible ni imaginar ni pensar una renovación del proyecto histórico socialista.
Y esta renovación del Proyecto Histórico Socialista, a la vez está enmarcada en las exigencias de la acción de gobierno, propias de las llamadas experiencias de “reformismo radical” que diversos “gobiernos de izquierda” impulsan en esa región.
El imaginario crítico socialista plantea significaciones más amplias que aquellas que lo restringen al socialismo real ó al marxismo burocrático, púes tanto la resistencia como la insurgencia a la hegemonía del capitalismo, y al tipo de relaciones económicas, sociales, políticas, jurídicas, militares, ambientales y culturales que genera, implica dibujar la posibilidad de un futuro post-capitalista, una sociedad alternativa, con justicia social y orientada a la satisfacción de las necesidades reales de los pueblos, y libre, por estar centrada en la realización de las condiciones del efectivo ejercicio de la libertad real para todos y todas.
Hay quienes prefieren abandonar el termino “Socialismo”, asumiendo que sufrieron una derrota político-cultural en la guerra psicosocial que plantearon los “tanques de pensamiento” y las academias conservadoras del capitalismo liberal, pero en eso consiste esa “sociedad alternativa”.
Luego de los intentos de golpe de estado, algunos fracasados, otros eficaces, como en Venezuela, Bolivia, Honduras y Ecuador, cualquier analista reconoce que se trata cortar violentamente con las experiencias latinoamericanas de transformación en marcha.
He planteado que actualmente se ensayan golpes preventivos para desplazar a gobiernos reformistas antes de que se radicalicen, sin la intención de reimplantar dictaduras clásicas de mediano plazo. Se busca así la restauración conservadora de una democracia gobernable o pentagonista, bajo un aparente respeto del marco constitucional. El ensayo hondureño es una prueba crucial para el imperialismo norteamericano con el fin de calibrar las respuestas de los gobiernos y pueblos del continente latinoamericano, y para determinar las condiciones que permiten sostener a un generalato reaccionario como factor de estabilidad política e institucional.
Marchas y contramarchas, flujos y reflujos populares operan en la base de la estabilidad y legitimidad de los gobiernos reformistas radicales. El riesgo de un ciclo político reaccionario es que revertería gran parte de los avances alcanzados en estos últimos años por los movimientos populares, afectando la percepción de que la vía electoral es importante para las actuales experiencias de la izquierda. Ya en Venezuela se reactivan las viejas voces y prejuicios ideológicos de la izquierda cavernaria, que plantean que las elecciones son simples tácticas burguesas. Un síntoma de los efectos del reflujo electoral sobre pequeños núcleos políticos, cuyo archivo ideológico y de discurso, quedó atrapado en la exaltación acrítica de las experiencias del socialismo real.
El gran reto de los llamados proyectos de socialismo del siglo XXI es distanciarse radicalmente de los formatos del Estatismo Autoritario propio del socialismo real, así como del guión socialdemócrata, que adoptó una economía mixta que no afectó la lógica de funcionamiento del Capital, con un juego político acorde a las normas constitucionales e institucionales de un Estado liberal-representativo, tratando de replicar la llamada “edad de oro” del “capitalismo democrático de bienestar” de algunos países europeos entre 1940 y finales de 1960.
La gran inquietud de las experiencias del “reformismo radical”, o en algunos aspectos de “neo-desarrollismo con redistribución social”, es si esta vía de transición económico-política, producirá efectivamente una ruptura histórica con el capitalismo.
Históricamente se reconoce que la expansión de las nacionalizaciones (propiedad social indirecta) que caracteriza, por ejemplo, al proceso bolivariano puede llegar a ser funcional a una re-organización del proceso acumulación desde nuevas fracciones capitalistas. No es casual que sectores críticos en el seno del campo bolivariano levanten la consigna: ni burocracia ni capitalismo.
Algunos plantearán que se trata de consignas irrealistas, púes el actual momento es de implantación y consolidación de estrategias contra-neoliberales, pues las correlaciones de fuerzas a escala global, regional y nacional implican una lucha prolongada por la hegemonía ético-cultural, política y económica de las ideas y valores socialistas.
Ciertamente, no dejan de tener razón en la medida en que no existan claros planteamientos de “programas de investigación-acción sobre transiciones post-capitalistas, de educación popular, de lucha anti-sistémica, enclavados en el propio corazón de los movimientos, sujetos y actores de las transformaciones sociales.
Si no hay suficiente acumulación de fuerzas hoy, no significa que no se haga nada para avanzar en el proceso de construcción de campos de poder contra-hegemónicos, para modificar las correlaciones realmente existentes.
Existen dificultades objetivas y subjetivas para plantearse metas más ambiciosas orientadas a la construcción de vías inéditas para nuevos socialismos, pero la parálisis conduce a fortalecer los proyectos de Capitalismo de Estado, que pueden arrastrar a una verdadera oleada de frustración popular. Sin claridad alguna sobre la reinvención de un proyecto socialista, democrático y revolucionario, la presión dominante es un nuevo ensayo de capitalismo regulado, maquillado por un costoso aparato propagandístico de “socialismo bolivariano del siglo XXI”. Esto genera descontento, desconcierto y desencanto (las 3d de la derrota).
No es hora de viejos etapismos (primero la “liberación nacional”, luego el “socialismo”) aprobando que el neo-desarrollismo sea un paso intermedio al socialismo. El capitalismo de estado, los nuevos grupos económicos de poder y una nueva clase política privilegiada no harán nada para avanzar en la transición post-capitalista.
La arritmia político-electoral que existe en el campo bolivariano venezolano desde el 2006, es producto de un conflicto profundo en el cual están implicadas alineaciones de fuerzas que no pasan por el binomio gobierno-oposición. Un conflicto profundo por la definición de horizontes, rumbos, equipos, políticas y métodos para construir la transición al socialismo venezolano.
Basta analizar la calibración del discurso del presidente Chávez en las adjetivaciones del socialismo, para dar cuenta de lo que está en juego cuando se habla de socialismo bolivariano (nacionalismo), cuando se habla de socialismo democrático (democracia), cuando se habla de socialismo revolucionario (revolución), cuando se habla de socialismo chavista (lealtad primordial), cuando se habla de democracia socialista (frente a la democracia burguesa), cuando se habla de “potencia mediana o intermedia” (neo-desarrollismo) o de socialismo indo-afro-americano, para determinar cuáles son las audiencias-objetivo, el tema de las alianzas y conflictos en el seno de la propia revolución bolivariana.
Y en medio de todas estas calibraciones, opera de fondo la sombra negativa de la historia del movimiento comunista y socialista en el siglo XX: los fracasos de las revoluciones triunfantes más representativas, que, en el peor de los casos, proyectan una sombra de duda sobre la posibilidad de culminar el proyecto socialista revolucionario, y en el más favorable, alertan sobre las enormes dificultades para alcanzarlo.
Mientras se evade la tarea del balance crítico de inventario de esas experiencias, no podrán extraerse las necesarias lecciones, y corregir las decisiones que se precipitan, con rasgos evidentes de temeridad que se asumen. Se sigue confundiendo audacia con temeridad en la alta dirección política del proceso revolucionario.
Ni siquiera hay una posición crítica frente al marxismo escatológico heredado, no se reconocen importantes errores, carencias y controversias a lo largo de su historia, y se recicla el término “Socialismo Científico”, en condiciones donde se desconoce tanto la crisis del imaginario socialista-estatista, como la crisis de las bases epistemológicas de la Ciencia del siglo XIX referida por Engels para adjetivarlo.
Basta revisar los documentos del PSUV para dar cuenta del atraso ideológico de muchas de sus tesis centrales. Queda clara la necesidad de una renovación radical de la brújula teórica que sirva para interpretar y transformar la realidad con el máximo de fiabilidad, consistencia y viabilidad, porque en caso contrario, los errores y fracasos están garantizados, sobre todo en las acciones sociales y políticas que se guíen por mapas teórico-ideológicos completamente desgastados, lo cual puede acarrear consecuencias dramáticas.
Boaventura de Sousa Santos ha expresado este problema: “En los últimos cincuenta años se ha ensanchado la brecha entre teoría de izquierda y práctica de izquierda, con consecuencias muy específicas para el marxismo. En tanto la teoría de izquierda crítica se desarrolló, principalmente, a partir de mediados del siglo XIX, en cinco países del Norte global (Alemania, Inglaterra, Italia, Francia y los Estados Unidos), y tomando en cuenta particularmente las realidades de las sociedades de los países capitalistas desarrollados, las prácticas de izquierda más creativas ocurrieron en el Sur global y fueron protagonizadas por clases o grupos sociales «invisibles», o semi-invisibles para la teoría crítica y hasta para el marxismo, tales como pueblos colonizados, pueblos indígenas, campesinos, mujeres, afro-descendientes, etc. Se creó así una brecha entre teoría y práctica que domina nuestra condición teórico-política de hoy: una teoría semi-ciega que corre paralela a una práctica semi-invisible.
Muchas de estas dimensiones están implicadas en las experiencias de los actuales gobiernos progresistas, con sus ilusiones gradualistas y con sus ilusiones rupturistas, pues no se han paseado por las premisas o precondiciones necesarias, tanto objetivas como subjetivas: ético-culturales, políticas, económicas e incluso militares, para asumir los retos de las transiciones post-capitalistas.
De allí que ante la parálisis teórica y estratégica avancen las fuerzas de derecha, dando lugar a un nuevo ciclo político que cancele lentamente el actual en marcha. Esto quedo patéticamente en evidencia, en medio de la derrota de la reforma constitucional propuesta por el presidente Hugo Chávez, cuando recriminó a sus simpatizantes y seguidores, atancando a las bases sociales del proceso y los "revolucionarios de pacotilla", durante un acto político: "Tienen una deuda conmigo, ustedes dirán si me la pagan o no me la pagan, tienen una deuda conmigo, con la patria y con el futuro".
También reconoció que hubo un "chantaje" con el miedo a que se desatara la violencia, insuflado por "el imperialismo y sus lacayos". La “inexplicable derrota” estuvo adentro de las fuerzas de la revolución bolivariana, como actualmente se evalúa el real estado de las correlaciones de fuerzas, luego de los resultados del revés táctico-electoral para las elecciones del 26-S.
Todavía hoy, ha quedado pendiente la tarea de modificar el sistema vertical de conducción del proceso bolivariano, todavía hoy no se construyen instancias para deliberar y debatir las propuestas socialistas, ni entre partidos de izquierda, ni en el seno de ellos, ni entre ellos y los movimientos sociales y populares. La subcultura de la “línea y cadena de mando”, un estilo político de conducción que bloquea de entrada el ejercicio del debate socialista, se proyecta como dispositivo de “debate socialista”.
Cuando uno revisa los análisis elaborados luego de la derrota del proyecto de reforma constitucional, da cuenta de que no se trataba fundamentalmente de la inmadurez y carencia de conciencia ideológico-política de los sectores populares, ni que fueron presa fácil de la alienación mediática, generada por la maquinaria de propaganda dirigida desde Washington y los sectores económicos dominantes del país.
Se trataba además de graves errores de la alta dirección política (incluido Chávez) que aún no comprenden, lo que en alguna oportunidad algunos análisis han denominado la dialéctica entre “el poder constituyente y el poder constituido”.
Una revolución democrática, socialista, eco-política y descolonizadora, no se decreta “desde arriba”, encarnando un imaginario político de carácter jacobino-blanquista, construyendo una separación tajante entre las “fuerzas motrices” de una revolución y sus “fuerzas dirigentes”. Viejos estilos políticos de conducción marcados por fuertes dosis de cesarismo, sectarismo, dogmatismo doctrinario, vanguardismo, seguidismo ideológico y esquematismo no son la vía correcta. Si se quiere ir más allá de un populismo de izquierda con rasgos cesaristas en su conducción política, para construir las bases materiales, políticas y ético-culturales de la democracia radical y la igualdad sustantiva (dos ideas-fuerza de la renovación del ideario socialista), hay que corregir errores profundos. De allí la importancia de abordar asuntos medulares en la propia subcultura política del campo revolucionario.
Mientras no se supere el imaginario político jacobino-blanquista, en clave leninista, vanguardista, o en su variante populista-cesarista, persistirá toda la sintomatología de una revolución encallada y extraviada.
Comencemos por ideas-fuerzas que apuntan directamente a la medula del problema. En primer lugar, hay que abandonar tanto cualquier referencia dura al marxismo doctrinario y esquemático, así como las afinidades electivas a los nacionalismos radicales que fortalecieron una hegemonía de carácter populista; es decir: 1) superar cualquier escatología relacionada con el marxismo burocrático que fue consagrado como doctrina oficial e ideología de justificación de las experiencias de los socialismos realmente in-existente, así como: 2) aquellos populismos de otrora que fortalecieron “bonapartismos socialmente progresivos”, pero que se agotaron a mitad de camino a la hora de implantar y consolidar espacios decisivos de acumulación de fuerzas para el poder popular.
En ese marxismo escatológico, es palmaria la actitud ambivalente respecto a la figura de la forma-Estado (Estatismo Autoritario) que bloquea el abordaje de asuntos como la democracia radical y la socialización efectiva del poder social, para superar la explotación económica, la coerción política, la hegemonía ideológica, la exclusión social y la negación cultural.
En el populismo de izquierda, la dirección política del proceso asume los caracteres histórico-estructurales de una hegemonía de carácter burgués en su economía política (fracciones del capital industrial, financiero o de la burguesía de estado), con fachadas poli-clasistas en sus alianzas sociales, y una vociferante retórica de corte popular-radical.
Por una parte, hay en ciertos hitos del marxismo y el leninismo doctrinario, una convicción basada en un análisis histórico realista, de que las revoluciones se frustran en el momento en que no se desmontan los peores males del Estado capitalista heredado (su burocracia, sus aparatos represivos, sus aparatos de hegemonía ideológica, las instituciones que secuestran la voluntad popular).
Por otra parte, hay también el convencimiento de que la revolución socialista tiene necesidad de una forma-Estado (la “Dictadura Revolucionaria”) para abatir el viejo sistema capitalista. Esto implica crear su propia maquinaria del Estado, y de allí los grandes obstáculos a los que se enfrenta, por ejemplo, Lenin, para edificar el Socialismo con base al fortalecimiento paradójico de la Burocracia y el Capitalismo de Estado.
Es precisamente allí, donde se debate uno de los asuntos medulares de cualquier programa de investigación-acción sobre transiciones post-capitalistas. Sin asumir que los procesos de transición presentes, requieren un balance crítico de inventario de las experiencias históricas del socialismo real, definiendo la necesidad de programas de investigación-acción y de educación popular, que apalanquen cualquier dispositivo de formación socialista, son previsibles los oportunismos, las improvisaciones, los “calcos y copias”, las indefiniciones, el seguidismo ideológico; y por tanto, la repetición de graves errores en la edificación de la vía venezolana para especificar su proyecto histórico socialista.
Es patente, por ejemplo, como se repiten ciegamente las bases de la concepción leninista del partido-aparato, y toda la mitología acerca del centralismo democrático como dispositivo de organización y funcionamiento, sin dar cuenta de su conexión histórica con la prefiguración de las futuras deformaciones burocrático-capitalistas del Estado de transición al socialismo, en condiciones excepcionales, como fueron las de la formación social rusa de entonces.
Un partido cuyo modo de organización y funcionamiento, propende al “centralismo burocrático”, y peor aún, al partido-personalista, no construye democracia participativa en su seno, rasgo que se reproduce hacia todos aquellos espacios donde se proyecta su campo de acción histórica, sea a la sociedad o el Estado.
Lo que llaman partido-maquinaria, contrastando esta idea con un “partido revolucionario de masas”, o con un movimiento cuyo epicentro directivo aglutina hegemónicamente múltiples movimientos y frentes sociales, no es más que el efecto de superficie de una concepción profundamente antidemocrática y regresiva de la democracia interna en el seno de cualquier organización política, pues se ha dejado de lado un estudio riguroso de la relación entre dirección política y movimiento de masas.
Se hace énfasis en términos como: control político, disciplina, decisiones, directivas, cargos, consignas, secretismo, verticalismo; y se omite lo fundamental, que el partido-movimiento-frentes sociales sea un instrumento político de la acumulación de fuerzas del pueblo. La semilla de la “degeneración burocrática del Estado obrero”, para seguir con los enunciados canónicos, estaba en la cultura, estructura, procesos de comunicación política y estrategia del partido-aparato-maquinaria.
Por otra parte, la excepcionalidad de las transiciones al socialismo en condiciones de atraso, subdesarrollo, heterogeneidad estructural o dependencia, son escasamente visibilizadas en los análisis que repiten los formulismos de Marx, Lenin o Guevara, por ejemplo. De esta manera el “análisis concreto de la situación concreta” es subsumido en las famosas leyes universales o generales de las transiciones al socialismo, evacuando los problemas específicos y particulares que se desenvuelven en la historia concreta de cada formación social o realidad nacional, en su densidad, conflictos y complejidades.
Así mismo, es necesario comprender una de las diferencias tajantes entre Marx y Lenin, para evitar todas las confusiones de la mitología estalinista sobre la llamada doctrina “marxista-leninista”. No hay continuidades simples entre Marx y Lenin. Esto es patentemente manifiesto en sus actitudes frente al jacobinismo o en sus actitudes frente a lo que a la postre será la idea de “partido-único de la revolución” (liquidación del pluripartidismo soviético, como lo llamó a la postre Trotsky).
La desconfianza hacia el poder autónomo de los soviets o consejos, la mono-partidización de todo el entramado de movimientos sociales y de espacios populares bajó una lógica vertical-impositiva-difusionista, sin construir una pedagogía crítica-liberadora en la relación entre estructuras de dirección y bases de apoyo de la revolución. Sólo bastaría leer a Marx cuando hablaba de la actitud del “partido comunista” hacia otros partidos democráticos u obreros, para comprender, que el sentido de una política de alianzas no culminaba en un acto de hegemonía sectaria y autoritaria. No se trataba de ningún “Socialismo Cuartelario".
Así mismo, por ejemplo, Marx valoraba en su contexto histórico y bajo determinadas circunstancias al espíritu jacobino por su posibilidad de construir una revolución política burguesa, movilizando incluso a sectores del pueblo llano; sin embargo, criticaba que se erigieran en sustitutos del autogobierno de los trabajadores, que pensaran que éste necesita ser guiado autoritariamente (una suerte de “poder pastoral”) por quienes tienen el monopolio de las “luces políticas” (los jacobinos, naturalmente) que toman el papel de “vanguardia de la Revolución”.
Marx crítica abiertamente a los “blanquistas”, por considerar éstos que una “minoría conspirativa” puede sustituir la revolución autónoma de una inmensa mayoría por el interés de la mayoría inmensa (como afirmó explícitamente en el Manifiesto Comunista). De esta manera, se llega a la contradicción jacobina: instaurar la dictadura de una elite revolucionaria, aunque fuera bajo el disfraz de una “dictadura revolucionaria”.
Pocos conocen que los enunciados acerca de la “dictadura del proletariado” fueron originariamente configurados desde el campo del “blanquismo”; que fueron modificados y re-significados por Marx, asumiendo una postura mucho menos impositiva que la de una “minoría conspirativa y esclarecida”, se trataba no de una dictadura revolucionaria de una minoría, sino del poder de la mayoría, de la multitud, del pueblo trabajador.
De allí que la conquista de las mayorías era un asunto de mayorías, era asunto de participación protagónica directa de las multitudes en los acontecimientos revolucionarios. Y en términos de movilización, articulación y reagrupamiento de fuerzas. Es preferible pecar de exceso en la “espontaneidad de masas”, que pecar de defecto, en la “imposición de un centro político burocrático”.
Hay que recordar las palabras de Daniel Guerin en este punto: “Por espíritu jacobino debe entenderse, a mi juicio, la tradición de la revolución burguesa, de la dictadura desde arriba de 1793, un tanto idealizada y no muy bien diferenciada de la dictadura desde abajo. Y, por extensión, debe entenderse también la tradición conspirativa babeuvista (Graco Babeuf) y blanquista, que toma las técnicas dictatoriales y minoritarias propias de la revolución burguesa para ponerlas al servicio de una nueva revolución.
De este modo, y a riesgo de simplificar, se pueden establecer los marcos de esta discusión en una dicotomía:
1) la idea del “socialismo revolucionario”: la revolución se hace siempre “desde abajo”, o sea desde, por y para el pueblo, lo que arrastra el tema de la radical “socialización del poder” y de la revolución democrática, a través de la auto-organización de la multitud plebeya (Marx lo decía así: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos); o
2) la idea “jacobina” según la cual la Revolución se hace fundamentalmente “desde arriba”, atravesada por la virtud moral y la superioridad cognoscitiva de una elite política, cuyas directrices revelan un estilos vertical-impositivo-difusionista de tratamiento del pueblo, y alrededor generalmente del campo gravitatorio de la política gubernamental o Estatal.
De esta manera se invierten los términos, y en vez de ser la forma-Estado un instrumento del pueblo, es el pueblo un instrumento de la forma-Estado.
Basta re-leer a Marx en clave crítica, sin los filtrajes de todo el aparataje de manuales de doctrina marxista-leninista, para dar cuenta del abismo entre Marx y Stalin, por ejemplo.
Por supuesto, esta no es una discusión teorética, sino de una discusión muy “práctica”, con evidentes implicaciones para la “vida práctica de los activistas revolucionarios”. Se trata de clarificar sí una revolución crea mayores espacios para las prácticas de libertad política y liberación social (en Marx confluían la emancipación política y la emancipación social, y no el “comunismo grosero” que fue duramente criticado en sus Manuscritos de Paris), o degenera en cualquier variante de dictadura o autoritarismo de minorías.
En el plano de la actuación política, perseguir uno u otro fin, sitúa las opciones políticas en las antípodas de la política revolucionaria. O se asume la liberación social desde la democracia radical, o se asume una variante de “comunismo de estado” desde una política despótica. El dilema radica en clarificar el régimen de posibilidad de ser jacobino y marxista a la vez.
Allí se abre la apuesta leninista. Lenin fue el primero en proclamarse al mismo tiempo marxista y jacobino. Algo extraño para Marx, que cuestionaba el jacobinismo y que además decía que el “no era marxista” (mayor heterodoxia no había). Pero la identidad política de Marx era clara y diáfana: comunista (un comunista promotor del libre desarrollo de la potencia humana), o en el peor de los casos, bajo la semantización de Engels, un “socialista científico” y “socialista revolucionario”.
Pero la trayectoria de Lenin alumbra los problemas contenidos en dicha síntesis. Hoy sabemos que Lenin no fue el artífice de la Revolución Rusa, sino que fue el movimiento revolucionario de ese país, su poder constituyente, con su politización de décadas lo que condujo a crear las condiciones para comprender los acontecimientos de 1917, lo que Lenin supo interpretar para intervenir políticamente; de modo semejante en que el asociacionismo popular, en clubes, del jacobinismo resultó esencial para 1789-1793, donde personajes como Robespierre o Saint-Just supieron representar un papel de conductores políticos.
Pero ni Lenin ni Robespierre ni Saint-Just son los demiurgos de esas revoluciones: es el poder constituyente, los acontecimientos de masa y de las situaciones configuradas en el antagonismo de clases, las que van marcando el ritmo, dirección, contenido y alcance del proceso revolucionario.
Dentro de esa tradición, Lenin pensaba (tomando aquí a Marx) que la diferencia entre “el socialismo democrático” y el “jacobinismo blanquista” “se reduce al hecho de que (en el primero) hay un proletariado organizado y provisto de una conciencia de clase en lugar de un puñado de conjurados”. La crítica de Rosa Luxemburgo a Lenin en este aspecto conserva toda vigencia. Lenin define a su «socialdemócrata revolucionario» como un “(...) jacobino ligado a la organización del proletariado que ha tomado conciencia de sus intereses de clase. En realidad, la socialdemocracia no está ligada a la organización de la clase obrera, ella es el movimiento mismo de la clase obrera”, aseguraba la revolucionaria polaca.
Podríamos decir para nuestras circunstancias históricas, que una revolución democrática y socialista es el movimiento mismo de emancipación del pueblo insurgente, del obrero social, de la multitud plebeya. Y en nuestras condiciones histórico-culturales, no hay revolución democrática y socialista, sin postular la mayor pertinencia de la ecología política radical, y sin un proceso de descolonización del pensamiento socialista que impugne desde su raíz las huellas del racismo y del eurocentrismo.
Si Lenin (análogamente a Bolívar, por cierto) había asegurado que “(…) la inteligencia de decenas de millones de creadores proporciona algo infinitamente más elevado que las previsiones más vastas y geniales de unos pocos”; también aseguró que “(…) al educar al partido obrero el marxismo forma a la vanguardia del proletariado, la capacita para tomar el poder [...] para dirigir, y organizar un nuevo régimen, para ser maestra y guía de todos los trabajadores”.
A partir de este mensaje leninista, “vanguardia-maestra y guía”, surge posteriormente el sacrosanto principio de la “función dirigente y superior del partido sobre la sociedad y el Estado” en las experiencias de los “Socialismos reales”.
De un “partido-aparato único”, por cierto, ajeno a cualquier articulación democrática de la diversidad anticapitalista en el campo revolucionario, y subordinando a maniobras tácticas, cualquier política de frentes políticos o sociales. De allí que el “espíritu frentista” estuviese cargado de hipocresías, sectarismos e instrumentalizaciones. No había finalidad política democrática superior, sino simple absolutización de medios instrumentales.
El conflicto que sella el devenir de la revolución rusa se juega al interior del bolchevismo, entre dos espíritus: el marxista libertario y el jacobino-blanquista; y esto nunca será resuelto ni en Lenin, ni en Trotsky, y mucho menos en Stalin. De allí la importancia de abrir el archivo de referencias al torbellino creativo de los años 1890 hasta 1934, como una de las momentos de auge de la teoría crítica anti-capitalista, pues hay mucho que más “marxismo-leninismo ortodoxo”: hay socialdemocracia revolucionaria, hay comunismo de consejos, hay austro-marxismo, hay sindicalismo revolucionario, hay corrientes libertarias; hay pues muchos más pensamientos críticos socialistas, que un pensamiento–único revolucionario. Se trata de superar el “marxismo ortodoxo”, que condena a cualquier revolución a repetir los errores de las experiencias del despotismo burocrático.
El énfasis del Lenin en 1923, por ejemplo, en la llamada “inspección obrera y campesina” fue enarbolado con orgullo y razón como un combate abierto contra la burocracia, pero hace olvidar un hecho: la “inspección obrera y campesina” es un principio muy diferente a la “gestión de la producción por los propios trabajadores y trabajadoras”. El primero supone un control sobre una burocracia ya constituida, el segundo busca oponerse a la constitución misma de la burocracia; el primero supone la existencia de un aparato estatal con estructura de tipo tradicional, al que se le ha asignado la función de sostener la infraestructura de la revolución social: un Estado con funciones socialistas, pero con una estructuración político-administrativa de corte burgués, que debe ser controlado y desmontado; el segundo principio, la “gestión de la producción por los propios trabajadores y trabajadoras, supone necesariamente un nuevo tipo de semi-Estado de transición, mucho más democrático que cualquier estado representativo burgués, como decía Gramsci, creado por la experiencia asociativa de las masas.
Con Trotsky sucede algo parecido. Si en su juventud criticó el jacobinismo de Lenin y consideró que jacobinismo y socialismo proletario configuran “dos doctrinas, dos tácticas, dos psicologías separadas entre sí por un abismo”, y pudo afirmar en 1937 que “no puede haber un programa revolucionario hoy, sin soviets y sin control obrero”, pero también aseguró en Balance y perspectivas: “El Estado no es un fin en sí. Es apenas una máquina en manos de las fuerzas sociales dominantes”, con lo que no captaba la contradicción existente entre una y otra proposición, pues no se trata de poner los soviets al lado del Estado, sino de que la lógica de los soviets atraviese toda la lógica de un nuevo Estado de transición.
El problema no radicaba en convertir a los soviets (ó los consejos) en “células estatales”, sino lo contrario: que el nuevo Estado de transición, radicalmente democratizado sea en sí la articulación de los soviets constituidos, que haya efectivamente amputado los peores males del cualquier Estado burgués: no hacer un Estado que “apoye” a los soviets, sino pensar que estos son ya una forma-Estado de transición, que comienza que derrumba los peores lados de esta forma o principio de dominación, como lo son sus aspectos puramente coercitivos, policiales, represivos y toda su maquinaria burocrática. Pues no es idéntico utilizar el Estado contra las clases dominantes minoritarias, que utilizarlo sobre y contra los obreros, campesinos y soldados, cada vez mas politizados.
Esa tensión en el marxismo bolchevique entre su “vocación libertaria” y su “vocación por el comunismo estatal”, entre la revolución “desde abajo” y la revolución “desde arriba”, entre su impugnación del Estado y la afirmación de la necesidad de su continuación, está presente en la historia de las revoluciones posteriores, e incluso se asoma por la puerta grande en la propia revolución bolivariana, de mano con una problemática de la transición post-capitalista que pasa inevitablemente por despejar sus relaciones entre el poder constituyente y el poder constituido, entre el carácter básicamente liberal-socialdemócrata de su diseño Estatal y Constitucional, y el Proyecto Histórico Socialista que pretende encarnar.
La transición pacífica es una transición limitada a los acontecimientos de masa que se producen en el propio proceso de profundización de la democracia social y participativa, hasta tanto no se desaten nuevos nudos constituyentes ( el año 2007 no era un año de reforma liberal, sino de iniciativa constituyente desde abajo, esa iniciativa fue de nuevo bloqueada por el centro político burocrático), más allá de “reformas y enmiendas”, cuyo juego de lenguaje se mueve en el terreno de los límites constitucionales; una Constitución que efectivamente es flexible y abierta, pero sin aquellas elasticidades que permitan graves confusiones, como por ejemplo, entre la forma del Estado Social y Democrático (invención socialdemócrata), con los Estados Socialistas (invención leninista) a la vieja usanza.
Esta pregunta no es ingenua: ¿cree usted que el Estado Social y Democrático equivale al Estado Socialista imaginado, por ejemplo, por Lenin? Aquí reside una vulgar confusión en el seno de la “elite iluminada” del propio PSUV, cuando se repite a los cuatro vientos que hay que desmontar el Estado burgués y construir el Estado socialista.
Quien no comprenda los callejones sin salida reformista de los límites constitucionales, no comprende las relaciones entre derecho y política en los procesos de transición pacíficos. Si no se agotan los contenidos socialdemócratas de la propia Constitución, si no se desarrollan, profundizan y agotan sus principios, valores y se concreta el ejercicio efectivo de la Carta de Derechos Fundamentales, todas las maniobras para modificar los aspectos de organización de los poderes (desmontar alcaldías y gobernaciones, por ejemplo) afectando los principios fundamentales, claramente establecidos, son un ejercicio fáctico de extravío político-jurídico.
Pues los actos constituyentes de facto, son eso, actos que desestabilizan ordenamientos constitucionales a partir de una revolución democrática del poder constituyente, actos de multitudes, que no pueden ser suplantados, sustituidos o confiscados por la voluntad jacobina de una vanguardia que sustituyen el protagonismo de masas; y por otra parte, que afectan cualquier idea de transición pacífica en los marcos del constitucionalismo democrático.
Allí reside el impasse político-jurídico que ha generado la propia dirección revolucionaria, confundir prácticas de reforma, con prácticas constituyentes y revolucionarias. No hay posibilidad de confundir a Kelsen ó a Herman Heller, con el Che Guevara. No se trata de buenas intenciones, o de intenciones revolucionarias, se trata de consistencia teórica y examen de la viabilidad jurídico-política.
Por otra parte, y para agravar las tensiones entre una revolución desde abajo y una revolución desde arriba, es ostensible el “cesarismo socialmente progresivo” de Chávez, que adicionalmente da muestras de “rasgos políticamente regresivos” (el poder de Uno en vez del poder de Muchos), rasgos típicos de un liderazgo carismático con apoyo popular, pero que no puede confundir una “democracia plebiscitaria” con una democracia deliberativa, participativa y protagónica, ejerciendo en múltiples circunstancias un estilo de dirección personalista-caudillista. Por tanto (y de eso se quejaron Müller y Tacón, para poner dos casos entre la diversidad de voces que lo han planteado, basta recordar el debate truncado sobre “hiper-liderazgo”) de una revolución que carece de una conducción colectiva de peso, cuya iniciativa constituyente de masas es bloqueada y fracturada permanentemente por el partido-maquinaria o por Chávez mismo; por otra, coloca al poder constituyente en una fase de espera-pasiva de lineamientos o directivas desde el poder constituido.
Si el predominio de las directivas de Chávez es harto evidente, su herramienta-complemento, el partido-maquinaria, reproduce la lógica de la función dirigente y superior del “partido-único revolucionario” sobre la sociedad y el Estado, típica estructuración de la conducción política que se acerca aceleradamente a los socialismos reales. En contraposición, una revolución democrática constituyente, si quiere alcanzar una mayor socialización del poder social, no puede apoyarse ni en el mito cesarista de los populismos de otrora, ni en el partido-único calcado del socialismo burocrático. Ni populismo ni estatismo autoritario.
Tal tensión entre el imaginario libertario de la revolución y el imaginario jacobino-blanquista, no se resuelve en el justo medio entre ambas inspiraciones, sino en otro lugar. Se resuelve en la afirmación, promoción y defensa del “espíritu positivo y creador” de las masas populares contra el “espíritu estéril del vigilante nocturno”, propio de una instancia el Estado que se ha colocado fuera y por encima de ellas. O sea, todo lo opuesto a la ejecutoria histórica del “Socialismo-Comunismo de Estado”.
Lo que se evita al asumir la primacía del poder constituyente sobre los poderes constituidos, es la usurpación del hecho revolucionario por la burocracia, y/o por las fracciones el capital ligadas a la movilización poli-clasista, por el mito cesarista, que tiende a bloquear cualquier salto cualitativo hacia el auto-gobierno popular. Y por mito cesarista se comprende una definición precisa: el culto a la personalidad es el grado superior del sectarismo en política.
Por ejemplo, el jacobinismo de Lenin es una muestra palmaria de esta dificultad y sus posibles reacciones psicológicas. Lenin (Un paso adelante, dos pasos atrás) afirma: “Las "terribles palabras de jacobinismo, etc. no significan absolutamente nada más que oportunismo. El jacobino, indisolublemente ligado a la organización del proletariado consciente de sus intereses de clase, es precisamente el socialdemócrata revolucionario. El girondino, que suspira por los profesores y los estudiantes de bachillerato, que teme la dictadura del proletariado, que sueña en un valor absoluto de las reivindicaciones democráticas, es precisamente el oportunista”.
En “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”, agrega: “Esto no significa, en modo alguno, que queramos sin falta imitar a los jacobinos de 1793, adoptar sus concepciones, su programa, sus consignas, sus métodos de acción. Nada de esto. Tenemos no un programa viejo, sino nuevo: el programa mínimo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Tenemos una consigna nueva: la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y de los campesinos.
Sin embargo, hoy sabemos cual fue efectivamente el devenir histórico de la dictadura sobre y contra el proletariado, soldados y campesinos. ¿Se repetirán los mismos errores?
Continuará…

viernes, 1 de octubre de 2010

CUANDO NO SE RECONOCE EL REVÉS TACTICO, SE ABREN LAS VENTANAS DE LA DERROTA ESTRATÉGICA:

Javier Biardeau R.
1.- ¿Ocurrió una “victoria contundente”?:
Hay más de dos lecturas ante lo sucedió el 26-S en Venezuela. Desde el punto de vista de los objetivos principales que se trazó la alta dirección estratégica de la revolución bolivariana, lo más elemental y sensato sería reconocer el “revés táctico”. El des-conocimiento de esta situación está generando una falla sísmica de sintonía, entre los que las bases chavistas sienten y piensan, y lo que la alta dirección política pretende seguir afirmando. Una mayoría simple que no alcanza los 99 curules, no es motivo suficiente para cantar “victoria contundente”.
El día sábado, 21 de noviembre de 2009, en la reunión ante los 772 delegados del PSUV, el presidente Chávez, advirtió que la revolución está “obligada” a ganar al menos dos tercios de la Asamblea Nacional (AN) en las elecciones de septiembre de 2010 para garantizar el “avance” del proceso de cambios que abandera: “Nosotros estamos obligados, no sólo a ganar la mayoría en la Asamblea Nacional, sino ganar los dos tercios por lo menos, ése es el objetivo, desde ahora hay que mirar para allá”.
Este objetivo trazado, fue el leitmotiv de la toda la campaña en el año 2010. No puede ser que sea la propia alta dirección política la que omita este “pequeño detalle”, esta fijación de objetivos y metas. Pero lamentablemente, hasta ahora, es.
En declaraciones dadas en noviembre del año 2009, el ya fallecido diputado y dirigente político de izquierda Luis Tascón, afirmaba a partir de un informe de previsión de escenarios político-electorales , que la popularidad del gobierno de Hugo Chávez, descendía progresivamente desde 2007, mientras que la oposición había sostenido una política coherente que le ha permitido aumentar gradualmente la fuerza electoral en el mismo periodo de referencia.
Planteaba Luis Tascón que si se mantenía la tendencia electoral, el Gobierno obtendría: “una mayoría calificada muy precaria para aprobar leyes orgánicas y designar autoridades de los otras ramas del Poder Público”.
El informe electoral Tascón señalaba que el apoyo a la oposición crecía en los sectores populares, especialmente en los asentamientos urbanos, mientras el chavismo perdía espacios, y que la maquinaria del Partido Socialista Unido de Venezuela, no había logrado superar en eficacia al Comando Miranda, de 2006, ni al Comando Maisanta, de 2004. Vale la pena citar literalmente aquel informe, que fue rápidamente minimizado y descalificado, y que además no tomaba en cuenta las desproporciones que generaría el sistema electoral aprobado en el año 2009:
La fortaleza de la revolución en los estados periféricos, permitirá un triunfo holgado en las elecciones de 2010, si la tendencia ascendente de la oposición se logra frenar y la descendente de la revolución se detiene, sin mayores análisis de mantenerse las tendencias electorales, la oposición ganaría entre 66 a 76 diputados, sobre todo en los centros mas poblados y la revolución obtendría entre 91 a 101 diputados, en cualquier escenario es muy precaria la mayoría calificada para aprobar leyes orgánicas y designar autoridades de los otras ramas del poder publico, lo cual obligara al acuerdo con la oposición que podrá recuperar espacios de poder en instituciones vitales de la República, comprometiendo la estabilidad y gobernabilidad reeditando la polarización y conflicto del parlamento vivido en el parlamento entre 2000 y 2005, Por otro lado de mantenerse la tendencia aunque la asamblea nacional se ganará, la oposición obtendrá una victoria en el voto popular, calculada en cerca de 500 mil votos, diferencia que podrá incrementarse de mantenerse la crisis de la opción revolucionaria y abrirá las puertas de la derrota en las elecciones del 2012 tanto en estados y municipios estratégicos como en la presidencia de la República misma.” (Ver cita 1)
Hay muchas maneras de presentar los resultados electorales del 26-S. Ya hay numerosos trabajos que presentan datos absolutos y relativos, sea por asignación de cargos en Estados y Circuitos, en el caso de Parlatino y el los representantes de los pueblos indígenas, ya sea por número de votos, totalizados con referencia a circuitos, a los estados, o incluso (la práctica más usual en medios opositores), a escala nacional como “votos totales nacionales”.
Sin embargo, cabe decir que la presentación de los datos, su puesta en escena política, no escapa a las campañas propagandísticas para maximizar ó minimizar la percepción de ventajas electorales obtenidas, entre el “polo chavista” y el “polo opositor”.
De allí se desprenden múltiples lecturas, pero ninguna puede ignorar el hecho de que el “polo bolivariano” ha obtenido una mayor cantidad de cargos, con una pequeña ventaja relativa de votos a la hora de valorar la correlación electoral.
Incluso, un análisis detenido, estado por estado, circuito por circuito, muestra que las diferencias no superan en muchos casos el 5 % de los votos. No hay amplias ventajas electorales.
El “polo bolivariano conquistó la victoria en escaños totales en 17 estados (70,83% del total de estados del país), empató en 2 estados (Miranda y Sucre) y perdió en 5 estados (Amazonas, Anzoátegui, Nueva Esparta, Táchira y Zulia), De los 87 circuitos disputados por votos uninominales, el polo bolivariano conquistó 54 circuitos (62,06% de circuitos totales del país). Simultáneamente, el polo bolivariano conquisto 98 curules, la oposición 65 y el PPT sólo 2. Todo esto, con una ventaja relativa en el total de votos por circuitos mayores de 5 %, con una ventaja significativa en tan sólo 37 de los 87 circuitos.
Aquí comenzamos a entrar en la verdadera dimensión de la victoria del polo electoral bolivariano. En 50 de los 87 circuitos disputados (57,47 %) hay prácticamente mínimas ventajas relativas (un equilibrio de fuerzas) entre ambos polos: el polo electoral bolivariano y el polo electoral opositor, incluyendo a los votos del PPT.
Entonces, ¿Hay base estadística suficiente para declarar que se conquistó una “victoria contundente”? Tan solo en 37 de los 87 circuitos. Si los números se invirtieran, eso es lo que significaría una “victoria contundente”: ganar al menos por más de 5 % de los votos en 50 de los 87 circuitos disputados.
Se trata entonces de una victoria mínima del polo bolivariano, casi sin adjetivos: entre “pírrica” y “suficiente” para sobrevivir en el equilibrio de fuerzas electorales, y por tanto, en el “estancamiento” de cara a valorar un resultado que permita descifrar ventajas decisivas en la correlación de fuerzas electorales; es decir, para ejercer un prudente y riguroso cálculo estratégico de cara al año 2012.
El sistema electoral vigente desde 2009, ha generado un doble espejismo-triunfalista: tanto para la fuerzas bolivarianas que ha conquistado un mayor número de curules, así como para la plataforma electoral opositora que valora los acontecimientos en términos de estricta “sumatoria de votos”; es decir: sumar la totalidad de votos obtenidos en la lista de los estados, por una parte, o la totalidad de votos por circuitos, por otra, donde operaba, por una parte, una modalidad bastante singular de representación proporcional; y por la otra, la personalización del sufragio; sin dar cuenta de una realidad cruda, que favorece con ventaja relativa al polo bolivariano: la oposición perdió en más Estados, también perdió en más circuitos, pero sin grandes ventajas en correlación de votos, que tampoco permite hacer una afirmación tan desafortunada como aquella del Comando del PSUV : la “victoria fue contundente”.
Si se trata de re-moralizar a la “tropa chavista”, hay que proyectar esperanza y menos miedo, sin perder una mínima conexión con la verdad de los datos electorales. La verdad de los votos es lo que las bases sociales del chavismo tienen en mente a la hora de valorar los resultados y proyectarlos hacia el 2012, y no la verdad de los curules obtenidos.
Pensar en los curules incluso, puede interpretarse como parte de una soterrada “ideología del cargo” que está haciendo poderosa mella en las estructuras burocráticas del Estado y del partido. Si lo que la gente aspira es a tener un “puestico” para acumular "privilegios", es que no se ha superado la subcultura adeca de “no quiero que me des, sino que ponme donde haiga”.
Por mi parte, interpreto los datos como una situación de revés táctico, que requiere enfrentarse con medidas correctivas profundas, con maniobras decisivas (de carácter complementario), para evitar una derrota estratégica a corto plazo. Las materias relacionadas con leyes orgánicas, la designación de altos cargos en el poder ciudadano, judicial o electoral, la distribución de comisiones en la propia AN, las materias presupuestarias, el propio espacio de resonancia política del parlamento, son altamente sensibles a las correlaciones de fuerzas que se han constituido.
Por tanto, hay que salir de ambos espejismos-triunfalistas derivados, por cierto, de un defectuoso “sistema electoral” (y para las fuerzas minoritarias, un signo de aberración en términos de representación proporcional), que genera sobre-representaciones en la adjudicación de cargos con ventajas menores al 5 %. Allí se concreta el fin de la idea de “igualdad política” de la democracia electoral, entendida bajo la simple tesis: un hombre-un voto de igual valor.
Hay inequidades que deben revisarse en el sistema electoral vigente. Este es un tema apasionante, que debe ser asumido para salir del síndrome de un bipartidismo acentuado y manufacturado por un defectuoso (y aberrante) sistema electoral que promueve la victoria absoluta por mayorías simples (los ganadores se lo llevan todo). Pero no es allí donde queremos hacer énfasis en esta oportunidad, aunque hay que decirlo con fuerza: los aparentemente técnicos “sistemas electorales”, encubren y promueven opciones ideológicas y políticas; en algunos casos, encarnan prácticas de realpolitik y de decisionismo.
No nos chupemos los dedos en un país donde se hicieron famosas aquellas fórmulas como las “morochas electorales”, por ejemplo. Fueron eliminadas algunas triquiñuelas, pero fueron ensambladas otras “ñapas” electorales.
Si se mantiene el actual sistema, cualquier opción política debe pasar por el peaje del “partido mayoritario de gobierno”, o por el “partido mayoritario de oposición”. Así de sencillo. Eso quedó en evidencia para el PPT, y para cualquier tercerismo crítico de la polarización.
Para la oposición, el nuevo sistema electoral es un extraordinario incentivo institucional para mantener la unidad electoral a toda costa. Incluso, puede convertirse en cuchillo para la propia garganta del gobierno, como ocurrió en Zulia y Anzoátegui, en futuros procesos electorales. Pero esto no es lo único que decide las correlaciones de fuerzas.
2.- Las correlaciones de fuerzas determinan si habrá o no derrota estratégica:
Las correlaciones de fuerzas, no son exclusiva ni predominantemente electorales, son en estricto sentido una combinación desigual de fuerzas económicas, sociales, políticas, ideológicas, institucionales, militares, internacionales y culturales, donde se evalúan factores de movilización de recursos de poder y de control de centros estratégicos de decisión.
Hay muchos más aspectos a considerar entonces, aunque los votos son los que cuentan como plano de superficie, si se trata de hacer previsiones para el 2012, desde una perspectiva restringida de “democracia electoral”.
Lo fundamental, sin embargo, de un riguroso análisis de la correlación de fuerzas, es evitar la derrota estratégica de la revolución bolivariana. Y allí la crítica, por más desmesurada que sea, es un insumo de trabajo político. Así valoro las opiniones que se están elaborando sobre la actual situación política, sea o no, de connotados y reconocidos analistas. Es el momento de una nueva oportunidad (perdida o no, quien sabe) para reconducir el proceso.
Y para este elemental propósito, considero que no hay que apelar demagógicamente a la ya demolidas “3R-virtuales”, ni a espejismos triunfalistas. No hay ningunas 3-R. Más bien hay NI-3R (Ni revisión, ni rectificación, ni reimpulso). Tal vez, las NI-3R explican la existencia de los llamados segmentos “NI-NI”.
En algún momento posterior a la derrota del proyecto de reforma constitucional, hice hincapié en las “4R”, expresando que hay que Reinventar-Renovar el Proyecto Histórico Socialista. Sostengo que se ha fallado en todos los factores presentes en el “triángulo de gobierno” (Carlos Matus), se ha fallado en la significación histórica del Proyecto Político de Gobierno, se ha fallado en las Capacidades de Gestión del Gobierno, se ha fallado en la Gobernabilidad de los sistemas implicados; por ejemplo, se ha fallado en establecer una consistente relación entre la Constitución de 1999 y la vía venezolana al socialismo (“Socialismo Bolivariano”).
Resumo este tema en dos grandes cuestiones que son inseparables: a) “El proyecto de transición democrática al socialismo”; y b) el “proyecto de transición al socialismo democrático”.
Para algunos actores, fuerzas y movimientos, promotores de la revolución socialista en sentido estricto de socialismo revolucionario, el “Socialismo Democrático” constituye una babosada “reformista, socialdemócrata y claudicante”, que defendió en alguna época pretérita la llamada “Internacional Socialista”. Es así, desde determinada interpretación, que apela a un particular archivo de formaciones de discurso y practicas políticas, marcadas por la disputa entre “comunistas históricos” y “socialdemócratas reformistas”.
Sin embargo, la tesis que sostendré es que hay que ir más allá de las dos izquierdas históricas para renovar la Democracia Socialista en el siglo 21. Con el perdón de los camaradas que se autodefinen básicamente como “guevaristas doctrinarios”, considero que en Venezuela, NO se han agotado las condiciones de la lucha cívica, democráticas, electorales, constitucionales, de lucha pacíficas.
Es difícil confundir la competencia política parlamentaria, diseñada y vigente en la Constitución de 1999, con las tácticas y técnicas de la “guerra de guerrillas”, por ejemplo. Incluso, si hacemos una analogía con lo allí planteado, la oposición ha perdido espacio electoral pero sigue conquistando tiempo decisivo. Los resultados del 26-S fueron una poderosa emboscada opositora. Luego de la batalla, en el polo bolivariano tenemos más fusiles, pero tenemos menos combatientes. Es posible que así se entienda mejor lo sucedido.
Pero más allá de las metáforas bélicas, estamos en un escenario marcado, si prefieren, por las reglas, prácticas y condiciones de la democracia liberal-pluralista, reconocidas en cierta medida en el ordenamiento constitucional. Por tanto, si se pretende construir un “Estado Socialista” a la vieja usanza, habría que convocar un proceso constituyente de facto o de jure. La Constitución no permite confundir doctrinariamente el Estado democrático y social de derecho y de justicia, con los “Estados Socialistas” que caracterizaron a los Socialismos Reales. Pero nadie convoca una constituyente en semejante equilibrio de poderes electorales.
Una cosa es ser enemigos de los híbridos económicos (economía mixta presente en el texto constitucional), de la democracia política burguesa (con parlamento, pluri-partidismo y rituales electorales, también presente en el texto constitucional), otra es desconocer que es insostenible mantener el juego de lenguaje revolucionario pro-bolchevique, para colocar los pies en dos terrenos políticos con formulaciones ideológicas inconmensurables.
Para un bolchevique consecuente, las revoluciones no se hacen con elecciones pluri-partidistas, ni siquiera de modo preferente con elecciones, ni acatando Constituciones demo-liberales. Estos son métodos socialdemócratas, propios de una valoración positiva de los tiempos maduros de Marx y Engels, ya asimilada la derrota de la Comuna de Paris, y observando sus propias "ventanas tácticas" en algunas condiciones nacionales, empleando el sufragio político.
Hubo un tiempo en que “lo revolucionario-cuatriboleao” (cambiando de registro sociolingüistico) en Venezuela era descartar absolutamente cualquier vía electoral, echar plomo, vencer en la batalla y punto. Ahora, los militantes revolucionarios de la vieja guardia o del viejo paradigma de conquista del poder, tienen que saber que van a hacer con tantas elecciones, con tantos “retos electorales”.
De allí, que quiéranlo aceptarlo o no, están jugando con las reglas y límites de la democracia constitucional y electoral. O se aceptan las reglas de funcionamiento de la Democracia Constitucional, con sus vacios y ventanas constituyentes, o se repite aquella historia posterior a 1958, desafiando la fachada democrática impuesta, por ejemplo, por Betancourt; y se opta claro, preciso y conciso por la “vía insurreccional” ó la “lucha armada”, con sus diversas variantes tácticas. Esto, por cierto, no es nada nuevo en la historia política de las izquierdas en Nuestra América.
Sin embargo, opino que el escenario es desde 1989 otro: la conquista de la hegemonía democrática a partir de interpelaciones revolucionarias y nacional-populares. Si, una revolución democrática que avanza hacia otro-socialismo, con métodos y prácticas radicalmente democráticas. Que concibe el Socialismo como una forma más avanzada de democracia, de democracia sustantiva, participativa y con protagonismo fundamental del poder popular.
En este orden de ideas, sugiero que el movimiento revolucionario, popular, democrático, bolivariano aún se mueve sobre una gran dosis de confusión en cuestiones estratégicas:
¿Reconocemos las reglas, prácticas y condiciones, del terreno para una transición democrática: electoral, constitucional, pacífica al Socialismo? Seguidamente: ¿Cuál Modelo de Socialismo? ¿Reconocemos las reglas, prácticas y condiciones del Socialismo Democrático Participativo?
Para evitar confusiones derivadas de la tradición de enfrentamientos entre “comunistas históricos, en la mayoría de los casos, marxista-leninistas” y “social-demócratas reformistas”, que nos llevarían al campo gravitatorio de los “Socialismos del siglo 20”, planteo la necesidad de un Proyecto Histórico de Democracia Socialista, apalancado por una plataforma teórica revolucionaria de pensamientos críticos, diversos y anticapitalistas.
Si se separan ambos proyectos: transición democrática y socialismo democrático participativo, me temo que surgirán muchos más desvaríos. Si no se despejan las ambigüedades, confusiones y mascaradas, acerca de si se trata o no de una revolución democrática y socialista (y he agregado por razones estratégicas: eco-política y descolonizadora), me temo que la construcción de una hegemonía popular-revolucionaria para un nuevo bloque histórico y un nuevo sistema hegemónico, que asuma la democracia e igualdad sustantivas, el multiculturalismo y la interculturalidad, la defensa de la vida del planeta, como estrategia orientadora, quedarán definitivamente “bloqueadas”.
En términos clarísimos: ¿Vamos o no vamos a seguir el modelo de las experiencias de los Socialismos Reales, del “Despotismo Burocrático”, del comunismo de estado? ¿Vamos o no vamos a diferenciarnos en aspectos fundamentales de la experiencia histórica de la Revolución Cubana? ¿Seremos originales o simples “calcos y copias” del archivo histórico de las revoluciones, como afirmó Trotsky, “traicionadas”?
Y enfatizo, traicionadas en su promesa de emancipación.
Mientras algunos meten la cabeza debajo de la alfombra cuando se hacen estas preguntas, uno asume la responsabilidad de hacerlas, incluso en medio del debate sobre el farragoso diseño del Proyecto de Reforma Constitucional: ¿Quiénes son los responsables de haberle entregado en gran medida a la oposición, las banderas políticas de defensa de la carta de derechos fundamentales, así como los potenciales activos y constituyentes de la democracia participativa presentes en la Constitución de 1999? ¿Acaso la Constitución de 1999 es pura y simple “legalidad burguesa”?
Si es así, estamos ante un desvarío que conduce a liquidar la cuestión de la “transición democrática al socialismo”, a liquidar la relación entre poder constituyente y poder constituido, desde el terreno de la democracia radical. Sin un efectivo ejercicio directo e indirecto de la democracia participativa, del protagonismo popular, del poder constituyente, el asunto de la revolución termina siendo la confiscación del proceso de transformación del Estado y la Sociedad, otra versión del imaginario “elitista revolucionario”, llámese “aparato-maquinaria”, “leninismo de partido único”, “cesarismo revolucionario, hiper-liderazgo o populismo mesiánico”. Y peor aún, una revolución que reproduce los vicios de ineficiencia, mala gestión, corruptela y burocratismo de la IV República.
(1) (www.scribd.com/doc/22612754/Informe-Tascon-sobre-tendencias-electorales-para-2010)