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sábado, 27 de agosto de 2011

DESMONTANDO EL SECTARISMO Y LA DECADENCIA DOGMÁTICA DEL "MARXISMO SOVIÉTICO":

Javier Biardeau R.

1. El mapa de las corrientes marxistas:

Estimados y estimadas lectoras, si usted quiere aproximarse a un examen de las corrientes múltiples que se han inspirado en la obra abierta e inconclusa de Carlos Marx, hay que pasearse por las páginas del monumental texto titulado “Las principales corrientes del marxismo” (Leszek Kolakowski), para ubicar luego allí a la subespecie de la variante leninista del marxismo ruso hasta llegar a la decadencia del estalinismo. Allí comenzaría la travesía por el territorio del “marxismo soviético”, por sus apologistas, sus postulados, sus perfiles y por sus impactos en el llamado “Tercer Mundo”, incluyendo a América Latina y el Caribe.

2.- Importancia de la crítica al “marxismo soviético”:

¿Por qué detenerse a analizar el “marxismo soviético”? Porque ha sido el principal legado y referencia teórica de lo que en nuestras latitudes, en nuestro espacio-tiempo histórico, en nuestra geografía de la experiencia y estructura de sentimientos, ha constituido la reducción, simplificación y estereotipo del “pensamiento crítico de Carlos Marx”, y sobre todo, del pensamiento crítico y creativo para construir la democracia socialista.

Para luchar por desmontar el dogmatismo y el sectarismo, consideramos que hay que romper radicalmente con el troquelado de las figuras del “marxismo soviético” en nuestro continente, sobremanera con toda la subcultura de manuales de “comunismo científico”, que se diseminaron y se sedimentaron como versiones oficiosas de la “teoría revolucionaria”, incluyendo las recepciones, apropiaciones y recreaciones que del “marxismo soviético” hicieron personajes como José A. Mella, Aníbal Ponce, e incluso el propio Che Guevara y Fidel Castro (hasta donde uno puede rastrear en una lectura exhaustiva del Che, este se definía a sí mismo como “marxista-leninista”, haciendo elogios incluso al manual de marxismo-leninismo de Otto V. Kuusinen).

3.- Cuidado con el sectarismo y el dogmatismo en la revolución:

Porque en la revolución cubana, por ejemplo, el sectarismo y el dogmatismo no se refieren sólo a los eventos relacionados con la figura de Aníbal Escalante y las llamadas “micro-fracciones”, sino que con parte constitutiva de la propia implantación del “marxismo soviético” en la formación de generaciones enteras de simpatizantes, cuadros y militantes, asfixiando las iniciativas de recreación abierta, reconstrucción crítica, renacimiento y trascendencia de ésta figura del “marxismo-dogma”.

4.- El “Che” también bebió el veneno del marxismo-dogma:

No podríamos pasar por alto aquellas frases del Che donde afirmó que: “Se da una nueva experiencia revolucionaria a América, se demuestra cómo las grandes verdades del marxismo-leninismo se cumplen siempre; en este caso, que la misión de los dirigentes y de los partidos es la de crear todas las condiciones necesarias para la toma del poder y no convertirse en nuevos espectadores de la ola revolucionaria que va naciendo en el pueblo.” (Guevara: “El partido marxista-leninista”).

O cuando el Che concebía al Partido Unido de la Revolución como el “exponente del marxismo-leninismo en las nuevas condiciones de Cuba” (Guevara: “El partido marxista-leninista”). O cuando se habla de “marxismo” como “guía para la acción”, pues ya se han “descubierto las grandes verdades fundamentales, y a partir de ellas, utilizando el materialismo dialéctico como arma, se va interpretando la realidad en cada lugar del mundo.” (Guevara: “Sobre la construcción del Partido”) Otro ejemplo se refiere al hablar de “verdades absolutas descubiertas por el marxismo, no inventadas, no establecidas como dogmas, sino descubiertas en el análisis del desarrollo de la sociedad.” (Ibid). Y finalmente con mayor claridad cuando señala que: “En otros términos, el marxismo, a nuestro entender, es único y respecto a él, sólo pueden existir divergencias en la aplicación de la doctrina en los diversos países”.

Por tanto, a pesar de que la tensión entre ortodoxia marxista-leninista y heterodoxia (enfatizada por las investigaciones de Michel Löwy o Néstor Kohan), se ve cada vez acentuada al final de su desarrollo ideológico, las ideas y valores del Che siguen estando relacionadas constitutivamente con la implantación del “marxismo soviético” en América Latina y el Caribe; en fin, el Che trató de “(…) buscar la mejor solución a nuestros problemas dentro de los principios del marxismo-leninismo”. (Guevara: “Las bases materiales del socialismo”).

5.- Mariátegui y la heterodoxia de la tradición:

Como planteara Mariátegui, tal vez al final de su obra revolucionaria, el Che vivió las tensiones de “la heterodoxia de la tradición”: “Porque la tradición es, contra lo que desean los tradicionalistas, viva y móvil. La crean los que la niegan para renovarla y enriquecerla. La matan los que la quieren muerta y fija, prolongación de un pasado en un presente sin fuerzas, para incorporar en ella su espíritu y para meter en ella su sangre.” (Mariátegui: Heterodoxia de la tradición).

O como señalara Mariátegui en su “Defensa del marxismo”: “la herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma”. En este orden del discurso: “Los verdaderos revolucionarios no proceden nunca como si la historia empezara con ellos. Saben que representan fuerzas históricas, cuya realidad no les permite complacerse con la ultraísta ilusión verbal de inaugurar todas las cosas.”.

Para Mariátegui, no hay que confundir tradición con “tradicionalismo”, con “doctrinarismo”, con actitud conservadora, inmóvil y fósil. Allí hay una clara indicación para determinar que cosa es el “dogmatismo”.

El dogmatismo es inmóvil y su apelación a la tradición es una identificación con el cementerio de pensamientos críticos y creativos. La tradición se crea y se recrea, pero también se socava y se destruye. Puede existir renacimiento, renovación y enriquecimiento, pero también congelamiento, fosilización y petrificación. Matan la tradición del pensamiento revolucionario, los que la quieren fija, absoluta, simple inercia y prolongación de un pasado en un presente sin fuerza.

Para Mariátegui, en cambio, hay que estrenar una tesis revolucionaria sobre la tradición del “pensamiento crítico marxiano”, para indagar las líneas de posibilidad de su ulterior trascendencia. Habla de la tradición, en su complejidad y multiplicidad, no del “marxismo soviético, entendida la primera como patrimonio y continuidad histórica, pero abordando su complejidad y diversidad. Pero a la vez, sin cerrar la posibilidad de derrumbar sus más invulnerables principios o axiomas, generando una subversión en el propio marxismo. ¿Cómo subvertir la realidad sin subvertir las estructuras ideológicas que la mantienen, incluyendo las "teorías revolucionarias" que son tapaderas burocráticas para impedir el poder constituyente y la revolución democrática permanente?

Hay que abrir el espacio a los revolucionarios iconoclastas, no se trata de sólo de una fórmula gratuita, como sugería Mariátegui. Hay que evitar el “doctrinarismo”, reconociendo que las negaciones intransigentes tienen un papel dialéctico. Hay dogmatismo y sectarismo cuando nos apegamos a un conjunto de reliquias inertes y símbolos extintos. Cuando comprendemos una tradición como una receta escueta y única. Porque la tradición es heterogénea y contradictoria en sus componentes. El fetichismo de la tradición y de creencia fija e inmóvil, esto es dogmatismo y conduce casi invariablemente al sectarismo.

El revolucionario tiene del pasado una imagen animada y viviente, cargada de potencialidades, mientras que el tradicionalista es incapaz de representárselo en su inquietud y su fluencia. Quien no puede imaginar el futuro, tampoco puede, por lo general, imaginar el pasado, decía Mariátegui, pues la historia no es ni museo ni momia: “Los revolucionarios encaman la voluntad de la sociedad de no petrificarse en un estadio, de no inmovilizarse en una actitud. A veces la sociedad pierde esta voluntad creadora, paralizada por una sensación de acabamiento o desencanto. Pero entonces se constata, inexorablemente, su enve¬jecimiento y su decadencia.” (Mariátegui; Heterodoxia de la tradición)

6.- Contra la izquierda sectaria y grupuscular:

Este síntoma de envejecimiento y decadencia es parte de la izquierda sectaria y grupuscular. Por tanto, hay que reivindicar las expresiones creativas, heréticas, críticas, del pensamiento revolucionario, agarrar la historia por su lado activo, instituyente-constituyente, pues si no, abordamos la sociedad desde el abandono o la abdicación de la voluntad de vivir, renován¬dose y superándose incesantemente.

Abandonar de una vez el legado del “marxismo soviético” implica desgarrarse del pesado fardo que no deja caminar livianamente un proceso de transformación. Pues en muchas ocasiones incluso nuestra historia, es una historia en la que la lucha contra la opresión, es invadida por las categorías de los opresores y ella también se convierte en una historia de “héroes”, de “grandes personalidades”, que terminan limitando nuestra autonomía en el presente, siendo prisioneros de los arquetipos del pasado.

La emancipación es posible respecto de la negación de la pesadilla del tradicionalismo, afirmación de lo posible, de la prefiguración y la configuración. Pues, dentro de la constelación marxista hay múltiples y contradictorias corrientes y tendencias (desde el marxismo de los consejos, hasta el marxismo estadólatra; desde el marxismo libertario, hasta el marxismo despótico; desde el marxismo humanista al marxismo anti-humanista); corrientes diversas que se disputan el legado teórico del pensamiento crítico y la acción revolucionaria de Carlos Marx.

Pero el estalinismo explícito o entrelíneas, por ejemplo, es parte de toda la escatología “marxista-leninista” en clave de manuales de “comunismo científico” (Ver, por ejemplo, Afanasiev). Obviamente, desde las interpretaciones del marxismo euro-céntrico, autoritario, dogmático, estatista y sectario, no se llegará muy lejos en la revolución bolivariana. Son parte de su callejón sin salida, de la revolución bloqueada.

Desde este bloqueo histórico, teórico y estratégico se cancela el espíritu radicalmente crítico y creativo, se cierra todo clima intelectual que de paso a las construcciones teóricas más ricas, vitales y creativas, se cancela la recreación de su revolución teórica inconclusa, se recae en la apologética de cualquiera de los “regimenes despóticos” que caracterizaron el socialismo real en el siglo XX.

7.- Necesitamos definiciones y deslindes del socialismo burocrático:

¿Queremos definiciones? No queremos que el socialismo sea “calco y copia”, repetición de dogmas estériles y cultivo de una izquierda sectaria y grupuscular. Tal vez, algunos miembros de cierto “pelotón sectario”, cuyos desvaríos dañan al clima de debate constructivo y re-agrupamiento de tendencias de apoyo de la revolución bolivariana, podrían revisar algunas páginas de Alvin Gouldner: “Los Dos Marxismos”, para detectar sus aspiraciones proféticas, milenaristas, religiosas, más cercanas a Weitling que a Marx.

O si el “pelotón sectario” llega a encandilarse por los prejuicios y dogmas hacia pensadores (¡Ah, los peligrosos “revisionistas”!) que desgarraron en su tiempo las aproximaciones doctrinarias y dogmáticas del pensamiento crítico de Marx; sería también conveniente revisar el “Diccionario de pensamiento marxista” de Tom Bottomore, dar cuenta de auténticas renovaciones de las reflexiones marxistas. ¿Quieren definiciones? Cambien de diccionario, porque los manuales URSS o de la burocracia política, ya no poseen ni consistencia ni legitimidad.

O quizás, deban releer la trayectoria teórica e intelectual de personajes como Adam Schaft (Polonia) o Istvan Meszaros (Hungría-Gran Bretaña), para comprender porque sigue siendo obligante una ruptura existencial con todo el engaño y autoengaño de los regimenes despóticos del antiguo campo soviético, del bloque de países que conformaron el socialismo irreal del siglo XX. Pueden encontrar definiciones enciclopédicas en el monumental esfuerzo del “Diccionario Histórico-Crítico del Marxismo”, referido por Wolfgang Fritz Haug, para comprender que una cosa es Marx, y otra los “marxismos”.

Lo que se derrumbo en 1989 y se transfiguro ya desde 1921 en la URSS, no fue propiamente socialismo sino un sistema que usurpó su nombre y acabo por ser su negación. Escúchese bien, 1921, X Congreso del Partido Bolchevique, liquidación de la "oposición obrera", Kronstadt, luego liquidación de la "oposición de izquierda", persecución contra todo lo que pudiera en cuestión el “leninismo oficioso”. La genealogía del socialismo burocrático puede rastrearse de manera meticulosa y precisa para dar cuenta de su despotismo, su burocratismo, su dogmatismo y su sectarismo.

Más cerca de nosotros (Nuestra América), el “pelotón sectario” podría dejar de propagar las tesis dogmáticas del pensamiento único de izquierda, llevarnos al callejón sin salida del estalinismo disfrazado de retórica espiritualista. Los auténticos paralizadores son los que nos recitan el calco y copia del siglo XX, el servilismo ideológico a la revolución rusa ó a la revolución cubana.

8.- El bloqueo revolucionario está relacionado con que no podrá atacarse el reformismo desde el dogmatismo y el sectarismo:

Ciertamente el “reformismo” habita en los entretelones del proceso, pero también habita el más atroz y arcaico “sectarismo”, el “dogmatismo” de las vanguardias auto-proclamadas. Si queremos definiciones, estamos sólo en los primeros pasos de una transición hacia nuevos figuras de socialismo que requiere de imaginario crítico radical; y no doctrina fósil y dogma estéril.

El socialismo ni cae del cielo ni se decreta. No es producto de la voluntad individual de un héroe ni de una “gran personalidad histórica”, llámese como se llame. El momento decisivo de la batalla es la cotidianidad de la edificación del nuevo socialismo por parte de grandes grupos humanos, por la acción colectiva revolucionaria. La profundización de la revolución no se hace en clave de encajonarse en los parámetros del socialismo real del siglo XX. Por ejemplo: no pueden confundirse las nacionalizaciones con las socializaciones, disipando la autonomía de las clases trabajadoras que no ejercen efectivamente el control directo y democrático de la propiedad colectiva en el sector de economía bajo régimen de propiedad social directa. Tampoco puede proyectarse una idea reaccionaria, tributaria de la sociología funcionalista que concibe la integración social por la vía del estatismo y el rol positivo de una burocracia reaccionaria (¿?). Tampoco puede proyectarse la tesis carcomida del sistema político de partido-único, olvidando la existencia de una pluralidad de fuerzas y corrientes revolucionarias. No puede confundirse la acción cultural por la libertad con una moral de rebaño que apela a la más burda servidumbre voluntaria, típica del colectivismo autoritario.

El socialismo burocrático no ha funcionado sino como modelo de campo de concentración, como dispositivo de vigilancia y control despótico, así los límites de sus murallas imaginarias, sean comprendidos bajo las fronteras del mar de la felicidad. No nos hagamos los locos, dejémonos de servilismos.

9.- La centralidad estratégica de la democracia socialista:

Agregamos, la revolución en el siglo XXI si es posible como revolución democrática, socialista, ecológica y descolonizadora. De allí la centralidad estratégica de la democracia socialista. Lucha contra la explotación del trabajo, contra la coerción política, contra la hegemonía ideológica, contra la exclusión social, contra la segregación, discriminación y negación cultural.

La temeridad en circunstancias de bloqueo histórico de la revolución es el sectarismo, el doctrinarismo y el dogmatismo de la izquierda grupuscular, las malas opciones nos permiten afirmar con afectos alegres: no queremos ni socialdemocracia-reformista ni estalinismo-ramplón, hacen falta construir la democracia radical de los consejos del poder popular, sin necesidad de derrumbar la soberanía popular directa y el poder constituyente de la multitud.

Rechazamos el Estatismo, como lo rechazó Marx en todo momento, apostamos por lo que Gramsci denominó el horizonte de la “Sociedad Regulada”. Atacamos el caudillismo, el culto a la personalidad y cualquier mitología bonapartista/cesarista de bajo vuelo. Lo repetimos, no hay revolución sin acción de multitudes, sin agencia colectiva, sin fuerzas sociales y políticas en proceso de liberación.

Contra-revolucionario es hoy hacer gala de dogmatismo y sectarismo desde un “pelotón grupuscular”, desde la “propaganda bancaria”. Contra-revolución hoy es la micro-fracción y decadencia, el envejecimiento y la fosilización. ¿Definiciones? Sigamos.

Se precisa ojear la excelente compilación de Renán Vega: “Marx y el siglo XXI. Una defensa de la historia y del Socialismo”, para dar cuenta de cómo el “marxismo crítico latinoamericano” no tiene nada que ver con los nostálgicas imposiciones de la III internacional comunista, ó las pretensiones hegemónicas de fracciones de la dirección de la propia revolución cubana. No hay nada más decadente que la unilateralidad impositiva en cuestiones ideológicas implicadas en los procesos de “autodeterminación nacional”. El “internacionalismo revolucionario” pasa por el respeto a las vías nacionales y específicas de socialismo democrático y revolucionario en el siglo XXI.

10.- ¿Dónde está el pensamiento contra-hegemónico e insurgente de la revolución?

No podemos pedirle a la miopía intelectual de cualquier grupúsculo o “pelotón sectario” que aborden con espíritu radicalmente crítico, con dosis de multiplicidad y complejidad, la obra abierta, inconclusa y revolucionaria de Carlos Marx, que aborden sus implicaciones para el siglo XXI nuestro-americano. Mucho menos, exhortarles a ir más allá de Marx: para transitar del pensamiento crítico y abierto de aquel barbudo alemán, a figuras diversas de teoría crítica radical. En el plano del pensamiento insurgente, no hay concesiones a disfraces del Diamat-Hismat en clave de aparato intelectual. No queremos nuevos inquisidores y sicofantes de la “teoría revolucionaria” correcta, de la “línea política” correcta, del “dogma, la fe y la creencia” correcta.

El “revisionismo” y el “reformismo”, según las viejas fórmulas terminológicas y liturgias filo-estalinistas, eran rotulados como un producto intelectual contra-revolucionario. Ciertamente, habrá que estar vigilantes al reformismo, cuando las reformas no conduzcan a crear condiciones revolucionarias, pero más vigilantes hay que estar cuando las supuestas “medidas revolucionarias” contribuyan al reflujo popular y al avance de la fuerzas imperialistas y de la derecha en el país.

La patética historia de la decadencia del pensamiento crítico y la acción revolucionaria (y sobremanera, del “pensamiento crítico marxiano” en Venezuela) es la condición de posibilidad del dogmatismo y el sectarismo de izquierda. Una izquierda grupuscular que bebió exclusivamente para su formación ideológica y teórica del “marxismo soviético”, ofrece una patética y simplificada visión de Marx y de la reflexión revolucionaria; y sobretodo, del debate contemporáneo en los nodos intelectuales más significativos para recrear formas de pensamiento contra-hegemónicos desde el Sur, reconociendo de entrada la diversidad de posiciones y lugares de reflexión-acción anticapitalistas.

11.- ¿Importaremos viejos Manuales-URSS para “calcar y copiar”?

Si las fuentes autorizadas son las lecturas que desde la revolución cubana (incluyendo al propio Fidel y al Che, cuando no cierta sensibilidad análoga a aquella corriente de Aníbal Escalante y las micro-fracciones) se asimilaron de los afamados Manuales de la URSS (Konstantinov, Rosental, Iudin, Kuusinen, Y. A. Arbátov, A. S. Beliakov, Rosental y P. N. Fedoséiev, Afanasiev & CIA), entonces el resultado es previsible. Para no ir muy lejos, la crítica burocrática al dogmatismo será elaborada en clave dogmática (Ver como ejemplo: Rosental-Iudin; Diccionario Soviético de Filosofía-1965):

“Dogmatismo: Término que posee diferentes significados. En filosofía y ciencia, designa un procedimiento del pensar que opera con conceptos y fórmulas invariables, sin tomar en consideración las condiciones concretas de lugar y tiempo, o sea, haciendo caso omiso del principio que afirma el carácter concreto de la verdad. La aparición del dogmatismo está unida al desarrollo de las representaciones religiosas, a la exigencia de que se acepten por la fe los dogmas de la Iglesia, establecidos en calidad de verdad indiscutible, no sujetos a crítica y obligatorios para todos los creyentes. Los partidarios del escepticismo grecorromano, incluían en el dogmatismo toda doctrina positiva acerca del mundo. En la Época Moderna, Kant llamó «dogmática» la filosofía racionalista desde Descartes hasta Christian Wolff y le contrapuso su criticismo. En la filosofía moderna, el dogmatismo está unido a las concepciones anti-dialécticas que niegan la idea de la variabilidad y del desarrollo del mundo, y también a la sociología burguesa que se manifiesta contra la teoría marxista relativa al desarrollo de la sociedad y la transformación revolucionaria de la realidad. En la vida política, el dogmatismo conduce al sectarismo, al abandono del marxismo creador, al subjetivismo, a no tomar en consideración la práctica. En las condiciones de nuestros días, el dogmatismo, junto con el revisionismo, constituye un gran peligro para el movimiento obrero internacional. Los partidarios del dogmatismo se manifiestan contra la política de la coexistencia pacífica, no reconocen las vías pacíficas (en ciertas condiciones), del paso, al socialismo, la necesidad de restablecer las normas leninistas en la vida interna del partido, etc.”

¿Abandono del marxismo creador? ¡Cinismo!. Primer punto a considerar. Si llamar al pensamiento crítico y creativo sólo “marxista-leninista” es condición de imposibilidad de una expresión radicalmente creativa y crítica del pensamiento revolucionario. Sigamos.

“El sectarismo tiene su base ideológica, en el subjetivismo, o sea, en la concepción idealista y burguesa del mundo, aquella que pretende hacer creer que las ideas no nacen de la práctica social sino que tienen vida propia, independiente de la práctica de los seres humanos. En el sectarismo se manifiesta el deseo de aislarse de las amplias masas, de resolverlo todo a través de un grupo, una secta o un clan de escogidos. Es una expresión de extremo individualismo y de desprecio, desconfianza y temor a las masas del pueblo. Es una tendencia propia de las clases explotadoras. A través, de la historia, la burguesía ha recurrido a toda clase de organizaciones sectarias, como logias, hermandades, sociedades secretas, grupos terroristas, conciliábulos, etc., para alcanzar sus fines políticos y defender sus intereses de grupo.”

Muchas críticas al individualismo, al egoísmo, a la fragmentación se hacen desde la tesis del desprecio, desconfianza y temor a lo que los maoístas llamaron las “masas populares”. ¿Dijo usted pueblo? Para la “vanguardia auto-designada”, pueblo es reformismo, dividiéndolo en pueblo-ignorante (manipulado por la ideología dominante) y pueblo-revolucionario (el que piensa como el “clan de elegidos”); la micro-fracción revolucionaria(el “pelotón sectario”), define entonces a el “mal-pueblo” del “buen-pueblo”. Como todo buen pastor, edifica y domestica a su rebaño.

La enfermedad senil del vanguardismo es parte de este subjetivismo, combinado con la racionalización terminológica de representaciones religiosas, con la exigencia de que se acepten por fe los dogmas de la nueva iglesia, un espíritu de claustro establecido en calidad de verdad indiscutible, no sujeto a crítica y obligatorio para todos los creyentes. Se trata del vanguardismo-iglesia, o con mayor rigor de la combinación explosiva de dogmatismo con sectarismo, con sus sacerdotes, escribas, figuras totémicas y tabúes.

Reza el Manual: “El sectarismo se basa en un criterio dogmático hacia determinadas tesis y fórmulas teóricas, en las que se quiere encontrar solución a toda clase de problemas de la vida política. En vez de estudiar la vida tal cual es, los dogmáticos parten de un esquema, y si los hechos no se acomodan a él, prescinden de los hechos. El dogmatismo significa el divorcio de la realidad, y el Partido, si no lo combate, se convierte en una secta apartada de la vida. Los deseos de aferrarse al día de ayer, a una política y unas formas orgánicas que no responden a las nuevas condiciones, significan de hecho, como Lenin dijo, "una política de inacción revolucionaria... "(V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVI, pág. 84.)

“Lo principal en él es el divorcio que se establece con las masas, el desprecio de las posibilidades existentes para el trabajo revolucionario, la tendencia a evadir los problemas candentes que la vida presenta. Si el revisionismo trata de conciliar al Partido con el capitalismo, el sectarismo le priva de los vínculos con las masas, sin los cuales el éxito en la lucha contra el capitalismo es imposible. Por ello no se puede robustecer al Partido sin combatir el sectarismo, cualquiera que sea la forma en que se manifieste.”

12.- Hay una conciencia del deber social que huele a contrabando ideológico:

Nuestro “pelotón sectario” ha diseminando como “psicología de masas para consumo de desprevenidos” el uso y abuso de la manida frase de “conciencia del deber social” sin hacer referencia a su inscripción en el universo del discurso del llamado “Código moral del constructor del comunismo” (y tal vez de allí la leyó el mismísimo “Che”), formulado en el Programa del PCUS (XXII Congreso 1961), como reza el dogma: “(…) enuncia los principios fundamentales por los que debe guiarse el hombre que edifica la sociedad comunista. Como hemos dicho, la moral comunista está supeditada a los intereses de la lucha de clase de los obreros. Su contenido y objetivo es la lucha por el reforzamiento y culminación del comunismo. Desde su punto de vista, la conducta del hombre es moral si contribuye al avance de la sociedad hacia el comunismo, y es amoral si obstruye este avance. Por consiguiente, la lucha por la nueva sociedad es tanto la finalidad principal de la moral comunista como el criterio de la apreciación moral, criterio científico, objetivo, que expresa la tendencia objetiva del desarrollo de la humanidad. El código moral explana el contenido de la moral comunista, sintetizando los adelantos del progreso ético de la humanidad y, en primer lugar, los mejores rasgos del comportamiento del hombre en el proceso de construcción del socialismo y el comunismo. Incluye los siguientes principios éticos fundamentales:

• Fidelidad a la causa del comunismo y amor a la Patria socialista.
• Trabajo concienzudo en bien de la sociedad; quien no trabaja no come.
• Solicitud de cada individuo por la conservación y multiplicación del patrimonio público.
Alta conciencia del deber social, intolerancia para con las infracciones de los intereses sociales.
• Colectivismo y ayuda mutua de camaradas; uno para todos y todos para uno.
• Actitud humana y respeto recíproco entre los individuos: el hombre es amigo, camarada y hermano de sus semejantes.
• Honradez y sinceridad, pureza moral, sencillez y modestia en la vida pública y privada.
• Respeto recíproco en la familia y desvelo por la educación de los hijos.
• Intolerancia para con la injusticia, el parasitismo, la falta de honradez, el arribismo y el afán de lucro.
• Amistad y fraternidad entre todos los pueblos de la URSS, intolerancia para con la enemistad nacional y racial.
• Intolerancia para con los enemigos del comunismo, de la paz y de la libertad de los pueblos.
• Solidaridad fraternal con los trabajadores de todos los países, con todos los pueblos.

Estos principios determinan las normas de comportamiento de los hombres en la sociedad socialista, sus conceptos de lo bueno y malo, lo honesto e ímprobo, lo justo e injusto.” (Afanasiev; 219)

Este es el contrabando ideológico de la nueva definición socialista: las “grandes verdades universales” de los Manuales Soviéticos, la forma de captar el dogmatismo y el sectarismo, desde las mismas limitaciones o restricciones de la verdad del dogma y de la secta.

¿Quiénes están llevando a cabo estos farragosos contrabandos ideológicos que traducen una verborrea filo-estalinista? ¿Estás contribuyendo efectivamente al avance de un proceso revolucionario inédito, como el que se ha perfilado en algunos momentos en Venezuela?

El dogmatismo y el sectarismo pretenden arrinconar la reflexión radicalmente crítica y la autonomía política e ideológica de los sectores populares, en nombre de un “oficialismo” que en realidad es el aroma espiritual de la “nomenclatura”.

Frente a una variante de marxismo burocrático, que es simple racionalización de los imperativos de los privilegios y el poder político de una “nueva clase en proceso de consolidación”, es imprescindible no olvidar los dardos venenosos del propio Marx hacia toda veneración supersticiosa del Estado y sus burócratas de turno. Pues el marxismo crítico se hunde en la decadencia en el mismo momento en que se transforma en un dogma análogo a una religión secular.

Como advirtió alguna vez el actual presidente montonero de Uruguay, Pepe Mujica: "El problema de la unidad de la izquierda, del sectarismo, vieja enfermedad que acompaña a la izquierda, a lo largo y a lo ancho de su vida arriba del planeta". O como advirtió en la polémica temprana de la vida cultural durante la revolución cubana: “El culto a la personalidad no es otra cosa que la fase superior del sectarismo”. (Jorge Fraga en polémica con Mirta Aguirre, sobre el realismo socialista en el cine cubano-1963) O como nos ha advertido Atilio Borón ante la derrota del frente para la victoria en Buenos aires: “Mientras el oficialismo nacional hacía gala de un discurso que invocaba al pluralismo y la amplitud de miras, su práctica era de una cerril intransigencia (…) una visión estrecha, mezquina, egoísta y a la larga suicida.”

Habrá que volver a leer al Che de 1962 cuando señaló que: “Si, nosotros también desorientados por el fenómeno del sectarismo, no alcanzábamos a recibir del pueblo su voz que es la voz más sabia y orientadora, no alcanzábamos a recibir las palpitaciones del pueblo para poder transformarlas en ideas concretas, en directivas precisa”. (Che Guevara. Discurso 20-10-1962. Acto de conmemoración del II aniversario de la unificación del movimiento juvenil cubano)

13.- La “razón amorosa” puede encerrar una clave sectaria cuando se carga de hostilidad:

Tendríamos que estar vigilantes al sectarismo y al dogmatismo frente a una clara advertencias de Freud en el “Malestar en la Cultura”: “Siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes.” O aquella otra que plantea: “Una vez que el apóstol Pablo hubo hecho del amor universal por la Humanidad el fundamento de la comunidad cristiana, surgió como consecuencia ineludible la más extrema intolerancia del cristianismo frente a los gentiles”.

O volver a discutir aquella inquietud de Freud: “(…) nos parece harto comprensible el que la tentativa de instaurar en Rusia una nueva cultura comunista recurra a la persecución de los burgueses como apoyo psicológico. Pero nos preguntamos preocupados, qué harán los soviets una vez que hayan exterminado totalmente a sus burgueses.”

Frente a los prejuicios conservadores de Freud, hay que recordar a Wilheim Reich cuando analizando la realidad de porqué las personas no somos capaces, a veces, de asumir la libertad que en momentos determinados se abre, habló de los dos motivos que llevaron a las revoluciones al fracaso:

a.-La incapacidad de los líderes y gobernantes de facilitar a la masa la toma de responsabilidades propias y el uso de su propia gestión de la vida cotidiana, es decir, la negación de la autogestión.
b.-La propia incapacidad de cada persona para asumir esa libertad que puede ser recuperada en un momento determinado. No hay capacidad de responsabilidad ni de compromiso porque los límites de la coraza de carácter imponen una forma de percibir la realidad, una dinámica condicionada por la zona oscura inconsciente y por los impulsos reprimidos, que impiden muchas veces el ir hacia donde queremos y nos desvían hacia un camino en el que nos vemos envueltos en una confusión que nos separa de los objetivos iniciales.

14.- Amar sin responsabilidad ni libertad puede convertirse en la enfermedad de masas del sectarismo: odiar al diferente, el canibalismo político del otro.

Reich escribía: “El dictador fascista declara que las masas son biológicamente inferiores, ávidas de autoridad, es decir que en el fondo son esclavas por naturaleza, y que por eso la única posibilidad de gobernarlas es un régimen totalitario y dictatorial. Conocen muy bien esta enfermedad de las masas. [....] Por otra parte, los dirigentes formalmente democráticos cometieron el error de considerar como un hecho, la capacidad de libertad de las masas, con lo cual se privaron de toda capacidad de establecer la capacidad de libertad y auto-responsabilidad de las masas mientras estuvieron en el poder.”

La incapacidad de las masas para ser libres, no puede ser absoluta, inmutable e innata -como hace el misticismo radical-, sino una consecuencia de condiciones de vida sociales y, por tanto, modificables. De aquí se desprenden dos tareas importantes:

• La elaboración y el establecimiento de las formas bajo las que se manifiesta la incapacidad de libertad de los hombres.
• La elaboración de las herramientas médicas, pedagógicas y sociales para establecer la capacidad de libertad de modo cada vez más profundo y extenso."

La democracia socialista pasa por la subjetividad en proceso de liberación, por la autodeterminación y auto-gestión de nuestras propias vidas en un clima abierto de responsabilidad y libertad. No deseamos ninguna servidumbre voluntaria. Requerimos si de nuevos afectos alegres y enunciaciones que potencien los espacios de libertad real para todos y todas. Habrá que volver al himno original de la Internacional (Pottier):

“No hay salvadores supremos: ¡Ni Dios, ni César, ni tribuno, Productores, salvémonos nosotros mismos! ¡Decretemos el bien común!” (Il n'est pas de sauveurs suprêmes: ¡Ni Dieu, ni César, ni tribun, Producteurs, sauvons-nous nous-mêmes ! ¡Décrétons le salut commun!)

¿Definiciones? Democracia Socialista, Si; Socialismo Burocrático, No.

martes, 8 de marzo de 2011

SACUDIR EL "MARXISMO" DE LAS CARABELAS

Javier Biardeau R.
Observado los impasses del actual proceso de transformación y el bloqueo teórico (epistemológico y hermenéutico) del llamado “Socialismo del siglo XXI”, así como de los “marxismos burocráticos”, legados por el seguidismo ideológico a la revolución bolchevique (el marxismo soviético) ó incluso al “marxismo-leninismo” de la revolución cubana, son cada vez más necesarias prácticas interpretativas (ideológicas y teóricas) radicalmente críticas y creativas (pues con esa teoría “revolucionaria” disponible, no habrá actividad revolucionaria alguna); que vayan más allá de prácticas de re-apropiación crítica y selectiva del pensamiento marxiano, que hundan su esclarecimiento a la raíz de los problemas y desmonten los prejuicios de la modernidad euro-céntrica, del colonialismo interno e intelectual.
¿En función de que? De sustentar programas de investigación-acción para la transformación de la sociedad hegemónica. No basta con criticar al neoliberalismo ni al capitalismo en sentido restringido, si no se profundiza en la crítica de la modernidad-colonialidad.
El “marxismo de las carabelas” es un marxismo colonizador, un marxismo que reproduce los mitos del progreso, del desarrollismo, de la neutralidad ideológica de las fuerzas productivas, del productivismo y el consumismo, del occidentalismo e incluso de la lógica de la sociedad adquisitiva.
Además ha sido un fracaso con relación a las proyectos para sustituir formas de dominación estatal, distribuir y organizar las relaciones de poder de manera radicalmente democrática, calcando los mitos hegemónicos que son parte del problema civilizatorio, y que no despejan los caminos para construir vías de solución de los problemas.
Hay quienes suponen que no es necesario ningún debate teórico, que las recetas están hechas para ser aplicadas. Basta repetir a Lenin, glosar al Che, gritar: ¡que viva Fidel!, darle un toque espiritual con una dosis de “teología de la liberación”, colocar algunos aliños para reconocer cierto indo-socialismo ó la llamada afro-descendencia, reivindicar el feminismo de palabra y la ecología del “desarrollo sustentable”, pero manteniendo intacta la falacia desarrollista, sin cuestionar los dispositivos de poder y las estructuras de dominación capitalistas, ni las prácticas que prefiguran la burocracia socialista derivadas de la vanguardia del aparato, del mito del partido-único/capitalismo de Estado, o confundir la contra-hegemonía con la mas burda sumisión ideológica, desechar la ética de la liberación (basta revisar algún trabajo de Sánchez Vázquez o de Dussel) y reducirla a la criatura ideológica del partido comunista de la URSS en tiempos de Kruschev (¿sabe usted que era el código del constructor del comunismo científico?): “conciencia del deber social”.
El cerebro de los vivos sigue aprisionado por las vestimentas ideológicas de tradiciones veneradas como dogmas sacrosantos. Se repiten cuentos, narrativas, argumentos y descripciones que corresponde a las inercias ideológicas de la vieja izquierda despótica (con la bandera imaginaria: rostros épicos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, mirando todos a la izquierda), con su sacrosanto cuento de los manuales soviéticos, las codificaciones del partido-aparato, los rituales, la liturgia de los textos y estribillos sagrados, la escolástica de los “profesionales de la revolución”, la repetición de la amalgama de una singular lectura de Marx, los hábitus, en fin: alabado sea el dogma.
La crisis y el bloqueo del socialismo del siglo XXI no solo es práctico, es además teórico. No hay salidas fáciles, no hay populismos que disfracen las debilidades del pensamiento revolucionario, ni hay mesianismos que sustituyan la formación política para el autogobierno de la ciudadanía republicana, no hay estructuras políticas que funcionen como cascarones carentes de concepciones ideológicas renovadas.
Sin sacudir el pensamiento tradicional de la izquierda cavernaria, la revolución se hunde por efecto de sus lastres ideológicos. El agotamiento es parte no solo del reflujo del poder constituyente como multitud movilizada, sino como vacio de tareas del intelectual colectivo.
He allí un grave asunto a ser asumido: sin pensamiento colectivo insurgente no habrá revolución. Con el “marxismo de las carabelas” se la da una nueva vuelta de tuerca al colonialismo interno y al colonialismo intelectual.
¿Se habrán dado cuenta de este pequeño detalle los colectivos de propaganda bancaria y “revolucionaria”, las escuelas de los Partidos-maquinaria, los responsables de construir referentes ideológicos para la transformación? Por ahora, se reproduce el círculo vicioso del apagón revolucionario.
Se requieren varios sacudones. Entre estos, hay uno del que nadie dice sino poco: el sacudón del pensamiento colectivo insurgente.
La burocracia huele que se ha quedado sin coartadas. ¿Dijo usted “militancia socialista” en la primera línea estratégica del PSUV?
Comencemos por limpiar el jardín socialista de toda su basura ideológica. Hay que sacudir el colonialismo intelectual, dejar bién lejos al "marxismo" de las carabelas.

lunes, 25 de octubre de 2010

SUPERAR EL IMAGINARIO JACOBINO-BLANQUISTA INCRUSTADO EN LA DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA

Blanqui
Javier Biardeau R.
Para evitar la derrota estratégica de la revolución bolivariana, hay que debatir con rigor y consistencia desde una plataforma de pensamientos críticos socialistas. Pues aunque hay quienes quieran negarlo, existe una línea de continuidad fundamental entre la derrota del proyecto de Reforma Constitucional del año 2007, y el revés táctico de las elecciones parlamentarias del 26-S del año 2010.
Si se quieren abordar los factores explicativos que aparecen en ambos eventos político-electorales, conviene ir más allá del plano de superficie de los datos, y meterse de lleno en las condiciones que operan en la base de la tendencia de reflujo popular en el propio corazón de la revolución bolivariana (tendencia que no es irreversible por cierto, sino marcada por una sobre-determinación de condiciones y contradicciones). Este corazón muestra la parálisis estratégica del espíritu constituyente, parálisis de la revolución democrática constituyente, sin la cual no es posible ni imaginar ni pensar una renovación del proyecto histórico socialista.
Y esta renovación del Proyecto Histórico Socialista, a la vez está enmarcada en las exigencias de la acción de gobierno, propias de las llamadas experiencias de “reformismo radical” que diversos “gobiernos de izquierda” impulsan en esa región.
El imaginario crítico socialista plantea significaciones más amplias que aquellas que lo restringen al socialismo real ó al marxismo burocrático, púes tanto la resistencia como la insurgencia a la hegemonía del capitalismo, y al tipo de relaciones económicas, sociales, políticas, jurídicas, militares, ambientales y culturales que genera, implica dibujar la posibilidad de un futuro post-capitalista, una sociedad alternativa, con justicia social y orientada a la satisfacción de las necesidades reales de los pueblos, y libre, por estar centrada en la realización de las condiciones del efectivo ejercicio de la libertad real para todos y todas.
Hay quienes prefieren abandonar el termino “Socialismo”, asumiendo que sufrieron una derrota político-cultural en la guerra psicosocial que plantearon los “tanques de pensamiento” y las academias conservadoras del capitalismo liberal, pero en eso consiste esa “sociedad alternativa”.
Luego de los intentos de golpe de estado, algunos fracasados, otros eficaces, como en Venezuela, Bolivia, Honduras y Ecuador, cualquier analista reconoce que se trata cortar violentamente con las experiencias latinoamericanas de transformación en marcha.
He planteado que actualmente se ensayan golpes preventivos para desplazar a gobiernos reformistas antes de que se radicalicen, sin la intención de reimplantar dictaduras clásicas de mediano plazo. Se busca así la restauración conservadora de una democracia gobernable o pentagonista, bajo un aparente respeto del marco constitucional. El ensayo hondureño es una prueba crucial para el imperialismo norteamericano con el fin de calibrar las respuestas de los gobiernos y pueblos del continente latinoamericano, y para determinar las condiciones que permiten sostener a un generalato reaccionario como factor de estabilidad política e institucional.
Marchas y contramarchas, flujos y reflujos populares operan en la base de la estabilidad y legitimidad de los gobiernos reformistas radicales. El riesgo de un ciclo político reaccionario es que revertería gran parte de los avances alcanzados en estos últimos años por los movimientos populares, afectando la percepción de que la vía electoral es importante para las actuales experiencias de la izquierda. Ya en Venezuela se reactivan las viejas voces y prejuicios ideológicos de la izquierda cavernaria, que plantean que las elecciones son simples tácticas burguesas. Un síntoma de los efectos del reflujo electoral sobre pequeños núcleos políticos, cuyo archivo ideológico y de discurso, quedó atrapado en la exaltación acrítica de las experiencias del socialismo real.
El gran reto de los llamados proyectos de socialismo del siglo XXI es distanciarse radicalmente de los formatos del Estatismo Autoritario propio del socialismo real, así como del guión socialdemócrata, que adoptó una economía mixta que no afectó la lógica de funcionamiento del Capital, con un juego político acorde a las normas constitucionales e institucionales de un Estado liberal-representativo, tratando de replicar la llamada “edad de oro” del “capitalismo democrático de bienestar” de algunos países europeos entre 1940 y finales de 1960.
La gran inquietud de las experiencias del “reformismo radical”, o en algunos aspectos de “neo-desarrollismo con redistribución social”, es si esta vía de transición económico-política, producirá efectivamente una ruptura histórica con el capitalismo.
Históricamente se reconoce que la expansión de las nacionalizaciones (propiedad social indirecta) que caracteriza, por ejemplo, al proceso bolivariano puede llegar a ser funcional a una re-organización del proceso acumulación desde nuevas fracciones capitalistas. No es casual que sectores críticos en el seno del campo bolivariano levanten la consigna: ni burocracia ni capitalismo.
Algunos plantearán que se trata de consignas irrealistas, púes el actual momento es de implantación y consolidación de estrategias contra-neoliberales, pues las correlaciones de fuerzas a escala global, regional y nacional implican una lucha prolongada por la hegemonía ético-cultural, política y económica de las ideas y valores socialistas.
Ciertamente, no dejan de tener razón en la medida en que no existan claros planteamientos de “programas de investigación-acción sobre transiciones post-capitalistas, de educación popular, de lucha anti-sistémica, enclavados en el propio corazón de los movimientos, sujetos y actores de las transformaciones sociales.
Si no hay suficiente acumulación de fuerzas hoy, no significa que no se haga nada para avanzar en el proceso de construcción de campos de poder contra-hegemónicos, para modificar las correlaciones realmente existentes.
Existen dificultades objetivas y subjetivas para plantearse metas más ambiciosas orientadas a la construcción de vías inéditas para nuevos socialismos, pero la parálisis conduce a fortalecer los proyectos de Capitalismo de Estado, que pueden arrastrar a una verdadera oleada de frustración popular. Sin claridad alguna sobre la reinvención de un proyecto socialista, democrático y revolucionario, la presión dominante es un nuevo ensayo de capitalismo regulado, maquillado por un costoso aparato propagandístico de “socialismo bolivariano del siglo XXI”. Esto genera descontento, desconcierto y desencanto (las 3d de la derrota).
No es hora de viejos etapismos (primero la “liberación nacional”, luego el “socialismo”) aprobando que el neo-desarrollismo sea un paso intermedio al socialismo. El capitalismo de estado, los nuevos grupos económicos de poder y una nueva clase política privilegiada no harán nada para avanzar en la transición post-capitalista.
La arritmia político-electoral que existe en el campo bolivariano venezolano desde el 2006, es producto de un conflicto profundo en el cual están implicadas alineaciones de fuerzas que no pasan por el binomio gobierno-oposición. Un conflicto profundo por la definición de horizontes, rumbos, equipos, políticas y métodos para construir la transición al socialismo venezolano.
Basta analizar la calibración del discurso del presidente Chávez en las adjetivaciones del socialismo, para dar cuenta de lo que está en juego cuando se habla de socialismo bolivariano (nacionalismo), cuando se habla de socialismo democrático (democracia), cuando se habla de socialismo revolucionario (revolución), cuando se habla de socialismo chavista (lealtad primordial), cuando se habla de democracia socialista (frente a la democracia burguesa), cuando se habla de “potencia mediana o intermedia” (neo-desarrollismo) o de socialismo indo-afro-americano, para determinar cuáles son las audiencias-objetivo, el tema de las alianzas y conflictos en el seno de la propia revolución bolivariana.
Y en medio de todas estas calibraciones, opera de fondo la sombra negativa de la historia del movimiento comunista y socialista en el siglo XX: los fracasos de las revoluciones triunfantes más representativas, que, en el peor de los casos, proyectan una sombra de duda sobre la posibilidad de culminar el proyecto socialista revolucionario, y en el más favorable, alertan sobre las enormes dificultades para alcanzarlo.
Mientras se evade la tarea del balance crítico de inventario de esas experiencias, no podrán extraerse las necesarias lecciones, y corregir las decisiones que se precipitan, con rasgos evidentes de temeridad que se asumen. Se sigue confundiendo audacia con temeridad en la alta dirección política del proceso revolucionario.
Ni siquiera hay una posición crítica frente al marxismo escatológico heredado, no se reconocen importantes errores, carencias y controversias a lo largo de su historia, y se recicla el término “Socialismo Científico”, en condiciones donde se desconoce tanto la crisis del imaginario socialista-estatista, como la crisis de las bases epistemológicas de la Ciencia del siglo XIX referida por Engels para adjetivarlo.
Basta revisar los documentos del PSUV para dar cuenta del atraso ideológico de muchas de sus tesis centrales. Queda clara la necesidad de una renovación radical de la brújula teórica que sirva para interpretar y transformar la realidad con el máximo de fiabilidad, consistencia y viabilidad, porque en caso contrario, los errores y fracasos están garantizados, sobre todo en las acciones sociales y políticas que se guíen por mapas teórico-ideológicos completamente desgastados, lo cual puede acarrear consecuencias dramáticas.
Boaventura de Sousa Santos ha expresado este problema: “En los últimos cincuenta años se ha ensanchado la brecha entre teoría de izquierda y práctica de izquierda, con consecuencias muy específicas para el marxismo. En tanto la teoría de izquierda crítica se desarrolló, principalmente, a partir de mediados del siglo XIX, en cinco países del Norte global (Alemania, Inglaterra, Italia, Francia y los Estados Unidos), y tomando en cuenta particularmente las realidades de las sociedades de los países capitalistas desarrollados, las prácticas de izquierda más creativas ocurrieron en el Sur global y fueron protagonizadas por clases o grupos sociales «invisibles», o semi-invisibles para la teoría crítica y hasta para el marxismo, tales como pueblos colonizados, pueblos indígenas, campesinos, mujeres, afro-descendientes, etc. Se creó así una brecha entre teoría y práctica que domina nuestra condición teórico-política de hoy: una teoría semi-ciega que corre paralela a una práctica semi-invisible.
Muchas de estas dimensiones están implicadas en las experiencias de los actuales gobiernos progresistas, con sus ilusiones gradualistas y con sus ilusiones rupturistas, pues no se han paseado por las premisas o precondiciones necesarias, tanto objetivas como subjetivas: ético-culturales, políticas, económicas e incluso militares, para asumir los retos de las transiciones post-capitalistas.
De allí que ante la parálisis teórica y estratégica avancen las fuerzas de derecha, dando lugar a un nuevo ciclo político que cancele lentamente el actual en marcha. Esto quedo patéticamente en evidencia, en medio de la derrota de la reforma constitucional propuesta por el presidente Hugo Chávez, cuando recriminó a sus simpatizantes y seguidores, atancando a las bases sociales del proceso y los "revolucionarios de pacotilla", durante un acto político: "Tienen una deuda conmigo, ustedes dirán si me la pagan o no me la pagan, tienen una deuda conmigo, con la patria y con el futuro".
También reconoció que hubo un "chantaje" con el miedo a que se desatara la violencia, insuflado por "el imperialismo y sus lacayos". La “inexplicable derrota” estuvo adentro de las fuerzas de la revolución bolivariana, como actualmente se evalúa el real estado de las correlaciones de fuerzas, luego de los resultados del revés táctico-electoral para las elecciones del 26-S.
Todavía hoy, ha quedado pendiente la tarea de modificar el sistema vertical de conducción del proceso bolivariano, todavía hoy no se construyen instancias para deliberar y debatir las propuestas socialistas, ni entre partidos de izquierda, ni en el seno de ellos, ni entre ellos y los movimientos sociales y populares. La subcultura de la “línea y cadena de mando”, un estilo político de conducción que bloquea de entrada el ejercicio del debate socialista, se proyecta como dispositivo de “debate socialista”.
Cuando uno revisa los análisis elaborados luego de la derrota del proyecto de reforma constitucional, da cuenta de que no se trataba fundamentalmente de la inmadurez y carencia de conciencia ideológico-política de los sectores populares, ni que fueron presa fácil de la alienación mediática, generada por la maquinaria de propaganda dirigida desde Washington y los sectores económicos dominantes del país.
Se trataba además de graves errores de la alta dirección política (incluido Chávez) que aún no comprenden, lo que en alguna oportunidad algunos análisis han denominado la dialéctica entre “el poder constituyente y el poder constituido”.
Una revolución democrática, socialista, eco-política y descolonizadora, no se decreta “desde arriba”, encarnando un imaginario político de carácter jacobino-blanquista, construyendo una separación tajante entre las “fuerzas motrices” de una revolución y sus “fuerzas dirigentes”. Viejos estilos políticos de conducción marcados por fuertes dosis de cesarismo, sectarismo, dogmatismo doctrinario, vanguardismo, seguidismo ideológico y esquematismo no son la vía correcta. Si se quiere ir más allá de un populismo de izquierda con rasgos cesaristas en su conducción política, para construir las bases materiales, políticas y ético-culturales de la democracia radical y la igualdad sustantiva (dos ideas-fuerza de la renovación del ideario socialista), hay que corregir errores profundos. De allí la importancia de abordar asuntos medulares en la propia subcultura política del campo revolucionario.
Mientras no se supere el imaginario político jacobino-blanquista, en clave leninista, vanguardista, o en su variante populista-cesarista, persistirá toda la sintomatología de una revolución encallada y extraviada.
Comencemos por ideas-fuerzas que apuntan directamente a la medula del problema. En primer lugar, hay que abandonar tanto cualquier referencia dura al marxismo doctrinario y esquemático, así como las afinidades electivas a los nacionalismos radicales que fortalecieron una hegemonía de carácter populista; es decir: 1) superar cualquier escatología relacionada con el marxismo burocrático que fue consagrado como doctrina oficial e ideología de justificación de las experiencias de los socialismos realmente in-existente, así como: 2) aquellos populismos de otrora que fortalecieron “bonapartismos socialmente progresivos”, pero que se agotaron a mitad de camino a la hora de implantar y consolidar espacios decisivos de acumulación de fuerzas para el poder popular.
En ese marxismo escatológico, es palmaria la actitud ambivalente respecto a la figura de la forma-Estado (Estatismo Autoritario) que bloquea el abordaje de asuntos como la democracia radical y la socialización efectiva del poder social, para superar la explotación económica, la coerción política, la hegemonía ideológica, la exclusión social y la negación cultural.
En el populismo de izquierda, la dirección política del proceso asume los caracteres histórico-estructurales de una hegemonía de carácter burgués en su economía política (fracciones del capital industrial, financiero o de la burguesía de estado), con fachadas poli-clasistas en sus alianzas sociales, y una vociferante retórica de corte popular-radical.
Por una parte, hay en ciertos hitos del marxismo y el leninismo doctrinario, una convicción basada en un análisis histórico realista, de que las revoluciones se frustran en el momento en que no se desmontan los peores males del Estado capitalista heredado (su burocracia, sus aparatos represivos, sus aparatos de hegemonía ideológica, las instituciones que secuestran la voluntad popular).
Por otra parte, hay también el convencimiento de que la revolución socialista tiene necesidad de una forma-Estado (la “Dictadura Revolucionaria”) para abatir el viejo sistema capitalista. Esto implica crear su propia maquinaria del Estado, y de allí los grandes obstáculos a los que se enfrenta, por ejemplo, Lenin, para edificar el Socialismo con base al fortalecimiento paradójico de la Burocracia y el Capitalismo de Estado.
Es precisamente allí, donde se debate uno de los asuntos medulares de cualquier programa de investigación-acción sobre transiciones post-capitalistas. Sin asumir que los procesos de transición presentes, requieren un balance crítico de inventario de las experiencias históricas del socialismo real, definiendo la necesidad de programas de investigación-acción y de educación popular, que apalanquen cualquier dispositivo de formación socialista, son previsibles los oportunismos, las improvisaciones, los “calcos y copias”, las indefiniciones, el seguidismo ideológico; y por tanto, la repetición de graves errores en la edificación de la vía venezolana para especificar su proyecto histórico socialista.
Es patente, por ejemplo, como se repiten ciegamente las bases de la concepción leninista del partido-aparato, y toda la mitología acerca del centralismo democrático como dispositivo de organización y funcionamiento, sin dar cuenta de su conexión histórica con la prefiguración de las futuras deformaciones burocrático-capitalistas del Estado de transición al socialismo, en condiciones excepcionales, como fueron las de la formación social rusa de entonces.
Un partido cuyo modo de organización y funcionamiento, propende al “centralismo burocrático”, y peor aún, al partido-personalista, no construye democracia participativa en su seno, rasgo que se reproduce hacia todos aquellos espacios donde se proyecta su campo de acción histórica, sea a la sociedad o el Estado.
Lo que llaman partido-maquinaria, contrastando esta idea con un “partido revolucionario de masas”, o con un movimiento cuyo epicentro directivo aglutina hegemónicamente múltiples movimientos y frentes sociales, no es más que el efecto de superficie de una concepción profundamente antidemocrática y regresiva de la democracia interna en el seno de cualquier organización política, pues se ha dejado de lado un estudio riguroso de la relación entre dirección política y movimiento de masas.
Se hace énfasis en términos como: control político, disciplina, decisiones, directivas, cargos, consignas, secretismo, verticalismo; y se omite lo fundamental, que el partido-movimiento-frentes sociales sea un instrumento político de la acumulación de fuerzas del pueblo. La semilla de la “degeneración burocrática del Estado obrero”, para seguir con los enunciados canónicos, estaba en la cultura, estructura, procesos de comunicación política y estrategia del partido-aparato-maquinaria.
Por otra parte, la excepcionalidad de las transiciones al socialismo en condiciones de atraso, subdesarrollo, heterogeneidad estructural o dependencia, son escasamente visibilizadas en los análisis que repiten los formulismos de Marx, Lenin o Guevara, por ejemplo. De esta manera el “análisis concreto de la situación concreta” es subsumido en las famosas leyes universales o generales de las transiciones al socialismo, evacuando los problemas específicos y particulares que se desenvuelven en la historia concreta de cada formación social o realidad nacional, en su densidad, conflictos y complejidades.
Así mismo, es necesario comprender una de las diferencias tajantes entre Marx y Lenin, para evitar todas las confusiones de la mitología estalinista sobre la llamada doctrina “marxista-leninista”. No hay continuidades simples entre Marx y Lenin. Esto es patentemente manifiesto en sus actitudes frente al jacobinismo o en sus actitudes frente a lo que a la postre será la idea de “partido-único de la revolución” (liquidación del pluripartidismo soviético, como lo llamó a la postre Trotsky).
La desconfianza hacia el poder autónomo de los soviets o consejos, la mono-partidización de todo el entramado de movimientos sociales y de espacios populares bajó una lógica vertical-impositiva-difusionista, sin construir una pedagogía crítica-liberadora en la relación entre estructuras de dirección y bases de apoyo de la revolución. Sólo bastaría leer a Marx cuando hablaba de la actitud del “partido comunista” hacia otros partidos democráticos u obreros, para comprender, que el sentido de una política de alianzas no culminaba en un acto de hegemonía sectaria y autoritaria. No se trataba de ningún “Socialismo Cuartelario".
Así mismo, por ejemplo, Marx valoraba en su contexto histórico y bajo determinadas circunstancias al espíritu jacobino por su posibilidad de construir una revolución política burguesa, movilizando incluso a sectores del pueblo llano; sin embargo, criticaba que se erigieran en sustitutos del autogobierno de los trabajadores, que pensaran que éste necesita ser guiado autoritariamente (una suerte de “poder pastoral”) por quienes tienen el monopolio de las “luces políticas” (los jacobinos, naturalmente) que toman el papel de “vanguardia de la Revolución”.
Marx crítica abiertamente a los “blanquistas”, por considerar éstos que una “minoría conspirativa” puede sustituir la revolución autónoma de una inmensa mayoría por el interés de la mayoría inmensa (como afirmó explícitamente en el Manifiesto Comunista). De esta manera, se llega a la contradicción jacobina: instaurar la dictadura de una elite revolucionaria, aunque fuera bajo el disfraz de una “dictadura revolucionaria”.
Pocos conocen que los enunciados acerca de la “dictadura del proletariado” fueron originariamente configurados desde el campo del “blanquismo”; que fueron modificados y re-significados por Marx, asumiendo una postura mucho menos impositiva que la de una “minoría conspirativa y esclarecida”, se trataba no de una dictadura revolucionaria de una minoría, sino del poder de la mayoría, de la multitud, del pueblo trabajador.
De allí que la conquista de las mayorías era un asunto de mayorías, era asunto de participación protagónica directa de las multitudes en los acontecimientos revolucionarios. Y en términos de movilización, articulación y reagrupamiento de fuerzas. Es preferible pecar de exceso en la “espontaneidad de masas”, que pecar de defecto, en la “imposición de un centro político burocrático”.
Hay que recordar las palabras de Daniel Guerin en este punto: “Por espíritu jacobino debe entenderse, a mi juicio, la tradición de la revolución burguesa, de la dictadura desde arriba de 1793, un tanto idealizada y no muy bien diferenciada de la dictadura desde abajo. Y, por extensión, debe entenderse también la tradición conspirativa babeuvista (Graco Babeuf) y blanquista, que toma las técnicas dictatoriales y minoritarias propias de la revolución burguesa para ponerlas al servicio de una nueva revolución.
De este modo, y a riesgo de simplificar, se pueden establecer los marcos de esta discusión en una dicotomía:
1) la idea del “socialismo revolucionario”: la revolución se hace siempre “desde abajo”, o sea desde, por y para el pueblo, lo que arrastra el tema de la radical “socialización del poder” y de la revolución democrática, a través de la auto-organización de la multitud plebeya (Marx lo decía así: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos); o
2) la idea “jacobina” según la cual la Revolución se hace fundamentalmente “desde arriba”, atravesada por la virtud moral y la superioridad cognoscitiva de una elite política, cuyas directrices revelan un estilos vertical-impositivo-difusionista de tratamiento del pueblo, y alrededor generalmente del campo gravitatorio de la política gubernamental o Estatal.
De esta manera se invierten los términos, y en vez de ser la forma-Estado un instrumento del pueblo, es el pueblo un instrumento de la forma-Estado.
Basta re-leer a Marx en clave crítica, sin los filtrajes de todo el aparataje de manuales de doctrina marxista-leninista, para dar cuenta del abismo entre Marx y Stalin, por ejemplo.
Por supuesto, esta no es una discusión teorética, sino de una discusión muy “práctica”, con evidentes implicaciones para la “vida práctica de los activistas revolucionarios”. Se trata de clarificar sí una revolución crea mayores espacios para las prácticas de libertad política y liberación social (en Marx confluían la emancipación política y la emancipación social, y no el “comunismo grosero” que fue duramente criticado en sus Manuscritos de Paris), o degenera en cualquier variante de dictadura o autoritarismo de minorías.
En el plano de la actuación política, perseguir uno u otro fin, sitúa las opciones políticas en las antípodas de la política revolucionaria. O se asume la liberación social desde la democracia radical, o se asume una variante de “comunismo de estado” desde una política despótica. El dilema radica en clarificar el régimen de posibilidad de ser jacobino y marxista a la vez.
Allí se abre la apuesta leninista. Lenin fue el primero en proclamarse al mismo tiempo marxista y jacobino. Algo extraño para Marx, que cuestionaba el jacobinismo y que además decía que el “no era marxista” (mayor heterodoxia no había). Pero la identidad política de Marx era clara y diáfana: comunista (un comunista promotor del libre desarrollo de la potencia humana), o en el peor de los casos, bajo la semantización de Engels, un “socialista científico” y “socialista revolucionario”.
Pero la trayectoria de Lenin alumbra los problemas contenidos en dicha síntesis. Hoy sabemos que Lenin no fue el artífice de la Revolución Rusa, sino que fue el movimiento revolucionario de ese país, su poder constituyente, con su politización de décadas lo que condujo a crear las condiciones para comprender los acontecimientos de 1917, lo que Lenin supo interpretar para intervenir políticamente; de modo semejante en que el asociacionismo popular, en clubes, del jacobinismo resultó esencial para 1789-1793, donde personajes como Robespierre o Saint-Just supieron representar un papel de conductores políticos.
Pero ni Lenin ni Robespierre ni Saint-Just son los demiurgos de esas revoluciones: es el poder constituyente, los acontecimientos de masa y de las situaciones configuradas en el antagonismo de clases, las que van marcando el ritmo, dirección, contenido y alcance del proceso revolucionario.
Dentro de esa tradición, Lenin pensaba (tomando aquí a Marx) que la diferencia entre “el socialismo democrático” y el “jacobinismo blanquista” “se reduce al hecho de que (en el primero) hay un proletariado organizado y provisto de una conciencia de clase en lugar de un puñado de conjurados”. La crítica de Rosa Luxemburgo a Lenin en este aspecto conserva toda vigencia. Lenin define a su «socialdemócrata revolucionario» como un “(...) jacobino ligado a la organización del proletariado que ha tomado conciencia de sus intereses de clase. En realidad, la socialdemocracia no está ligada a la organización de la clase obrera, ella es el movimiento mismo de la clase obrera”, aseguraba la revolucionaria polaca.
Podríamos decir para nuestras circunstancias históricas, que una revolución democrática y socialista es el movimiento mismo de emancipación del pueblo insurgente, del obrero social, de la multitud plebeya. Y en nuestras condiciones histórico-culturales, no hay revolución democrática y socialista, sin postular la mayor pertinencia de la ecología política radical, y sin un proceso de descolonización del pensamiento socialista que impugne desde su raíz las huellas del racismo y del eurocentrismo.
Si Lenin (análogamente a Bolívar, por cierto) había asegurado que “(…) la inteligencia de decenas de millones de creadores proporciona algo infinitamente más elevado que las previsiones más vastas y geniales de unos pocos”; también aseguró que “(…) al educar al partido obrero el marxismo forma a la vanguardia del proletariado, la capacita para tomar el poder [...] para dirigir, y organizar un nuevo régimen, para ser maestra y guía de todos los trabajadores”.
A partir de este mensaje leninista, “vanguardia-maestra y guía”, surge posteriormente el sacrosanto principio de la “función dirigente y superior del partido sobre la sociedad y el Estado” en las experiencias de los “Socialismos reales”.
De un “partido-aparato único”, por cierto, ajeno a cualquier articulación democrática de la diversidad anticapitalista en el campo revolucionario, y subordinando a maniobras tácticas, cualquier política de frentes políticos o sociales. De allí que el “espíritu frentista” estuviese cargado de hipocresías, sectarismos e instrumentalizaciones. No había finalidad política democrática superior, sino simple absolutización de medios instrumentales.
El conflicto que sella el devenir de la revolución rusa se juega al interior del bolchevismo, entre dos espíritus: el marxista libertario y el jacobino-blanquista; y esto nunca será resuelto ni en Lenin, ni en Trotsky, y mucho menos en Stalin. De allí la importancia de abrir el archivo de referencias al torbellino creativo de los años 1890 hasta 1934, como una de las momentos de auge de la teoría crítica anti-capitalista, pues hay mucho que más “marxismo-leninismo ortodoxo”: hay socialdemocracia revolucionaria, hay comunismo de consejos, hay austro-marxismo, hay sindicalismo revolucionario, hay corrientes libertarias; hay pues muchos más pensamientos críticos socialistas, que un pensamiento–único revolucionario. Se trata de superar el “marxismo ortodoxo”, que condena a cualquier revolución a repetir los errores de las experiencias del despotismo burocrático.
El énfasis del Lenin en 1923, por ejemplo, en la llamada “inspección obrera y campesina” fue enarbolado con orgullo y razón como un combate abierto contra la burocracia, pero hace olvidar un hecho: la “inspección obrera y campesina” es un principio muy diferente a la “gestión de la producción por los propios trabajadores y trabajadoras”. El primero supone un control sobre una burocracia ya constituida, el segundo busca oponerse a la constitución misma de la burocracia; el primero supone la existencia de un aparato estatal con estructura de tipo tradicional, al que se le ha asignado la función de sostener la infraestructura de la revolución social: un Estado con funciones socialistas, pero con una estructuración político-administrativa de corte burgués, que debe ser controlado y desmontado; el segundo principio, la “gestión de la producción por los propios trabajadores y trabajadoras, supone necesariamente un nuevo tipo de semi-Estado de transición, mucho más democrático que cualquier estado representativo burgués, como decía Gramsci, creado por la experiencia asociativa de las masas.
Con Trotsky sucede algo parecido. Si en su juventud criticó el jacobinismo de Lenin y consideró que jacobinismo y socialismo proletario configuran “dos doctrinas, dos tácticas, dos psicologías separadas entre sí por un abismo”, y pudo afirmar en 1937 que “no puede haber un programa revolucionario hoy, sin soviets y sin control obrero”, pero también aseguró en Balance y perspectivas: “El Estado no es un fin en sí. Es apenas una máquina en manos de las fuerzas sociales dominantes”, con lo que no captaba la contradicción existente entre una y otra proposición, pues no se trata de poner los soviets al lado del Estado, sino de que la lógica de los soviets atraviese toda la lógica de un nuevo Estado de transición.
El problema no radicaba en convertir a los soviets (ó los consejos) en “células estatales”, sino lo contrario: que el nuevo Estado de transición, radicalmente democratizado sea en sí la articulación de los soviets constituidos, que haya efectivamente amputado los peores males del cualquier Estado burgués: no hacer un Estado que “apoye” a los soviets, sino pensar que estos son ya una forma-Estado de transición, que comienza que derrumba los peores lados de esta forma o principio de dominación, como lo son sus aspectos puramente coercitivos, policiales, represivos y toda su maquinaria burocrática. Pues no es idéntico utilizar el Estado contra las clases dominantes minoritarias, que utilizarlo sobre y contra los obreros, campesinos y soldados, cada vez mas politizados.
Esa tensión en el marxismo bolchevique entre su “vocación libertaria” y su “vocación por el comunismo estatal”, entre la revolución “desde abajo” y la revolución “desde arriba”, entre su impugnación del Estado y la afirmación de la necesidad de su continuación, está presente en la historia de las revoluciones posteriores, e incluso se asoma por la puerta grande en la propia revolución bolivariana, de mano con una problemática de la transición post-capitalista que pasa inevitablemente por despejar sus relaciones entre el poder constituyente y el poder constituido, entre el carácter básicamente liberal-socialdemócrata de su diseño Estatal y Constitucional, y el Proyecto Histórico Socialista que pretende encarnar.
La transición pacífica es una transición limitada a los acontecimientos de masa que se producen en el propio proceso de profundización de la democracia social y participativa, hasta tanto no se desaten nuevos nudos constituyentes ( el año 2007 no era un año de reforma liberal, sino de iniciativa constituyente desde abajo, esa iniciativa fue de nuevo bloqueada por el centro político burocrático), más allá de “reformas y enmiendas”, cuyo juego de lenguaje se mueve en el terreno de los límites constitucionales; una Constitución que efectivamente es flexible y abierta, pero sin aquellas elasticidades que permitan graves confusiones, como por ejemplo, entre la forma del Estado Social y Democrático (invención socialdemócrata), con los Estados Socialistas (invención leninista) a la vieja usanza.
Esta pregunta no es ingenua: ¿cree usted que el Estado Social y Democrático equivale al Estado Socialista imaginado, por ejemplo, por Lenin? Aquí reside una vulgar confusión en el seno de la “elite iluminada” del propio PSUV, cuando se repite a los cuatro vientos que hay que desmontar el Estado burgués y construir el Estado socialista.
Quien no comprenda los callejones sin salida reformista de los límites constitucionales, no comprende las relaciones entre derecho y política en los procesos de transición pacíficos. Si no se agotan los contenidos socialdemócratas de la propia Constitución, si no se desarrollan, profundizan y agotan sus principios, valores y se concreta el ejercicio efectivo de la Carta de Derechos Fundamentales, todas las maniobras para modificar los aspectos de organización de los poderes (desmontar alcaldías y gobernaciones, por ejemplo) afectando los principios fundamentales, claramente establecidos, son un ejercicio fáctico de extravío político-jurídico.
Pues los actos constituyentes de facto, son eso, actos que desestabilizan ordenamientos constitucionales a partir de una revolución democrática del poder constituyente, actos de multitudes, que no pueden ser suplantados, sustituidos o confiscados por la voluntad jacobina de una vanguardia que sustituyen el protagonismo de masas; y por otra parte, que afectan cualquier idea de transición pacífica en los marcos del constitucionalismo democrático.
Allí reside el impasse político-jurídico que ha generado la propia dirección revolucionaria, confundir prácticas de reforma, con prácticas constituyentes y revolucionarias. No hay posibilidad de confundir a Kelsen ó a Herman Heller, con el Che Guevara. No se trata de buenas intenciones, o de intenciones revolucionarias, se trata de consistencia teórica y examen de la viabilidad jurídico-política.
Por otra parte, y para agravar las tensiones entre una revolución desde abajo y una revolución desde arriba, es ostensible el “cesarismo socialmente progresivo” de Chávez, que adicionalmente da muestras de “rasgos políticamente regresivos” (el poder de Uno en vez del poder de Muchos), rasgos típicos de un liderazgo carismático con apoyo popular, pero que no puede confundir una “democracia plebiscitaria” con una democracia deliberativa, participativa y protagónica, ejerciendo en múltiples circunstancias un estilo de dirección personalista-caudillista. Por tanto (y de eso se quejaron Müller y Tacón, para poner dos casos entre la diversidad de voces que lo han planteado, basta recordar el debate truncado sobre “hiper-liderazgo”) de una revolución que carece de una conducción colectiva de peso, cuya iniciativa constituyente de masas es bloqueada y fracturada permanentemente por el partido-maquinaria o por Chávez mismo; por otra, coloca al poder constituyente en una fase de espera-pasiva de lineamientos o directivas desde el poder constituido.
Si el predominio de las directivas de Chávez es harto evidente, su herramienta-complemento, el partido-maquinaria, reproduce la lógica de la función dirigente y superior del “partido-único revolucionario” sobre la sociedad y el Estado, típica estructuración de la conducción política que se acerca aceleradamente a los socialismos reales. En contraposición, una revolución democrática constituyente, si quiere alcanzar una mayor socialización del poder social, no puede apoyarse ni en el mito cesarista de los populismos de otrora, ni en el partido-único calcado del socialismo burocrático. Ni populismo ni estatismo autoritario.
Tal tensión entre el imaginario libertario de la revolución y el imaginario jacobino-blanquista, no se resuelve en el justo medio entre ambas inspiraciones, sino en otro lugar. Se resuelve en la afirmación, promoción y defensa del “espíritu positivo y creador” de las masas populares contra el “espíritu estéril del vigilante nocturno”, propio de una instancia el Estado que se ha colocado fuera y por encima de ellas. O sea, todo lo opuesto a la ejecutoria histórica del “Socialismo-Comunismo de Estado”.
Lo que se evita al asumir la primacía del poder constituyente sobre los poderes constituidos, es la usurpación del hecho revolucionario por la burocracia, y/o por las fracciones el capital ligadas a la movilización poli-clasista, por el mito cesarista, que tiende a bloquear cualquier salto cualitativo hacia el auto-gobierno popular. Y por mito cesarista se comprende una definición precisa: el culto a la personalidad es el grado superior del sectarismo en política.
Por ejemplo, el jacobinismo de Lenin es una muestra palmaria de esta dificultad y sus posibles reacciones psicológicas. Lenin (Un paso adelante, dos pasos atrás) afirma: “Las "terribles palabras de jacobinismo, etc. no significan absolutamente nada más que oportunismo. El jacobino, indisolublemente ligado a la organización del proletariado consciente de sus intereses de clase, es precisamente el socialdemócrata revolucionario. El girondino, que suspira por los profesores y los estudiantes de bachillerato, que teme la dictadura del proletariado, que sueña en un valor absoluto de las reivindicaciones democráticas, es precisamente el oportunista”.
En “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”, agrega: “Esto no significa, en modo alguno, que queramos sin falta imitar a los jacobinos de 1793, adoptar sus concepciones, su programa, sus consignas, sus métodos de acción. Nada de esto. Tenemos no un programa viejo, sino nuevo: el programa mínimo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Tenemos una consigna nueva: la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y de los campesinos.
Sin embargo, hoy sabemos cual fue efectivamente el devenir histórico de la dictadura sobre y contra el proletariado, soldados y campesinos. ¿Se repetirán los mismos errores?
Continuará…

viernes, 24 de septiembre de 2010

¿REVOLUCIÓN Ó REPRODUCCIÓN?

Javier Biardeau R.
El Nuevo Socialismo implica, repetimos, una tarea de desbrozar la maleza del Socialismo Burocrático-Despótico, para dar espacio conceptual a las pasiones libertarias de la multitud popular: lucha contra la explotación económica, la coerción política, la hegemonía ideológica, la exclusión social y la negación cultural.
Un balance crítico de inventario teórico e histórico para superar el capitalismo y las fracasadas experiencias del socialismo histórico, no puede ser sustituido por un catálogo de consignas, ni por una identificación al “momento del líder” ni por una sumisión al “aparato-maquinaria”.
Los viejos mapas teóricos del socialismo real, sencillamente no funcionan ni siquiera en donde se han convertido en “ideología de justificación del Estado Socialista”.
La bancarrota de aquella entelequia pasada por “doctrina marxista revolucionaria”, llamada “marxismo-leninismo ortodoxo” por Bujarin o Stalin, es parte de la fenomenología de la crisis del pensamiento revolucionario.
Pero además, la desarticulación y cooptación del Socialismo Democrático, en su vertiente de reformas sociales en el capitalismo y para la administración “progre” del Capital, por parte de la agenda neoliberal/neoconservadora, tampoco escapa a la crisis de las alternativas históricas.
Izquierda que no se reformula, que no se renueva, que no se recrea, sencillamente fracasa, como está ocurriendo actualmente en las fracciones políticas más anquilosadas de Cuba, ó en el otrora milagro social-demócrata Sueco.
Una revolución democrática, eco-política, descolonizadora, trans-moderna está en la base de los esfuerzos para re-pensarlo (si es necesario todo), para reinventar el imaginario de socialización radical del poder social: económico, tecno-científico, político, jurídico, cultural, ideológico y militar. Incluso, los términos socialista y comunista están dando paso a una figura no menos problemática a escala global: movimientos anti-capitalistas.
Los antiguos socialistas, comunistas y anarquistas (aquella ideología radical de la geo-cultura moderna según Wallerstein), ó animan la criticidad radical y la creatividad histórica en el terreno de sus registros epistémicos, estéticos, éticos, afectivos de un modelo civilizatorio (de lo que nunca se hablará en un parlamento burgués, un ministerio burgués ni en un tribunal burgués), en ruptura con toda la “tradición de los muertos”, convertido para decirlo con palabras de Sartre, en un pesado legado de lo “práctico-inerte”, de lo instituido históricamente, ó sencillamente fracasaran en el intento de construir alternativas post-capitalistas.
Insistimos en la necesidad de un análisis crítico en profundidad de la teoría y practica de los procesos de transición al socialismo. Sin programas de investigación-acción sobre las transiciones históricas al socialismo, no existirá ni direccionalidad, ni construcción de contenidos, ni animación de nuevos estilos de acción política, de gestión pública, de formación, comunicación, organización, movilización y lucha para una plataforma teórica revolucionaria de la multitud popular.
La democracia socialista y la igualdad sustantiva constituyen efectivamente algunos de los ejes del programa de transición, los consejos del poder popular, asumen un horizonte más amplio de que su arraigo en pequeñas comunidades y escalas territoriales (consejos comunales). Una Asamblea Nacional de Comunas prefiguraría el germen de cualquier doble poder que genere las condiciones de posibilidad de una transformación revolucionaria del Estado, en función del autogobierno y la autogestión del pueblo trabajador.
Pero todo esto parte de la premisa de sacudir de raíz las estructuras heredadas desde una lógica de ejercicio del poder, que simplemente reproduce al principio, en el medio y en el desenlace de cada episodio de lucha, la lógica de la separación fetichizada entre gobernantes y gobernados: la racionalidad burocrático-instrumental en el campo político.
Mientras la multitud popular sea convertida por acción de aparatos-maquinarias en “masa de maniobra”, “rebaño electoral”, “clientela”, o “masa cosificada” por la acción de cuño jacobino-blanquista (el elitismo de derecha en clave de “vanguardismo de izquierda”), la mutación de las relaciones de dominación no será sino puro simulacro; es decir, simple reproducción: “circulación de elites”.
Cuando uno escucha la expresión “Ministerio del Poder Popular para…” uno espera que el énfasis en lo instituido, en lo “practico-inerte” (para insistir en los fetiches instalados): Ministerio, no se devore la dinámica de las prácticas instituyentes: el Poder Popular. La lógica burocrático-instrumental, sus rutinas, sus costumbres heredadas, sus mentalidades, hace todo lo necesario para asentar la “ideología del cargo”, la “carrera ascendente” en el aparato-maquinaria, la búsqueda de un “lugarcito” en el centro político burocratico, en una “nomenclatura” ó “nueva clase”; en fin, convertirse en nuevo privilegiado, "cachetón y regordete, con camionetas y escoltas". Pero por ese camino se edifican todas las condiciones para repetir la tragicómica queja del “Estado Revolucionario con deformaciones burocráticas”.
Hay precondiciones políticas para que una revolución sea tal cosa, las más elemental es que unas emergentes prácticas del ejercicio del poder por parte del pueblo trabajador convertido en nuevo bloque político dominante, no se parezcan en casi nada a los estilos políticos del “ancien regime”; es decir, que exista la experiencia sentida en el pueblo de una “ruptura histórica” con la Cuarta República, si prefieren.
Sin esta elemental vivencia, el entusiasmo para cambiar el resto de la vida, en fin para repensar desde la raíz las prácticas dominantes: las formas de decir-hacer económicas, jurídicas, comunicacionales, culturales o militares, sólo deja la sensación que se reproduce el mismo modo de sentir, de pensar y de actuar; en fín, más de lo Mismo.
Si el baremo de evaluación histórica comparativa, lanzara como señal de alerta, que nos parecemos en la Revolución y en el Gobierno, más y más a los adecos, a los copeyanos, o sus derivados, es que no se despliega proceso revolucionario alguno. La conclusión se las dejo a ustedes, estimados y estimadas lectoras.

miércoles, 11 de agosto de 2010

LA IZQUIERDA CAVERNARIA BLOQUEA EL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO-PARTICIPATIVO

Javier Biardeau R.
La separación entre la cuestión democrática y la cuestión socialista es la puerta de entrada de todos los despotismos burocráticos en el seno de la izquierda. Obviamente, a la derecha anticomunista le conviene mantener el guión que expresa que toda aspiración socialista o comunista, en el estricto sentido emancipador, inspirado en el pensamiento crítico de Marx y Engels, es de cuño “totalitario”.
A la ramplona mascarada anti-comunista no se la enfrenta con las debilidades despóticas de inspiración bolchevique (“socialismo en un solo país”, “partido-único”, “planificación burocrática”, “propiedad estatizada”, “deber de sumisión ideológica”, “hegemonía autoritaria”), sino con la fortaleza de la democracia radical, con la deliberación, participación y protagonismo libertario de las mayorías populares en el ejercicio del poder, con el poder constituyente y la revolución democrática, descolonizadora y ecológica.
Si no se concibe el socialismo radicalmente democrático como la más profunda re-distribución y socialización del poder social, se le ofrece a la petrificada derecha anticomunista una ventaja para reforzar el viejo guión que expresa la imposibilidad de una democracia socialista. Por tanto, la derecha anticomunista y la izquierda despótica se refuerzan mutuamente en sus prejuicios, pasiones y estereotipos.
¿Cómo salir de este laberinto? Sin una voluntad de ruptura con la crisis histórica de consistencia teórica y de legitimación que evidencian las nociones de la izquierda cavernaria no habrá nuevo socialismo.
La crisis de la Modernidad occidental no solo ha puesto en aprieto al viejo conservadurismo que organizaba al poder a partir de un eje vertical de trascendencias de cuño religioso (unidad del Estado y la monocracia religiosa en el absolutismo; de cualquier religión, lo que la historia moderna europea denominó el ancien regime), ni sólo al liberalismo contractualista derivado de la Dialéctica de la ilustración, sino además la variante radical que instituyó al marxismo-leninismo como religión secular o de legitimación del Estado socialista.
Todo este paquete ideológico y epistémico de la Modernidad occidental se ha hecho ruinas, y lo que aparece en escena en el mejor de los casos es un pluralismo radicalizado de orientaciones normativas y valorativas, que aún recompone los diseños político-institucionales del siglo 21. En el peor de los casos, se reactivan los integrismos religiosos, seculares ó de la llamada “nueva era” (todas esas espiritualidades de supermercado que se agitan en el sentido común de la muchedumbre solitaria).
Es el anhelo de un monismo que asegure todas las certezas, que liquida cualquier contingencia y responsabilidad, la cuna del “totalitarismo”, con su consecuente mutilación de diferencias, diversidad y alteridades. El totalitarismo es resultado precisamente de un pánico agresivo hacia el Otro, la impotencia de asumir la incongruencia, la divergencia, la polémica, la incertidumbre y las contradicciones, sin síntesis tranquilizadoras.
Sin una vocación pluralista que asuma la diversidad (la diferencia que enriquece y el antagonismo que se opone) no hay posibilidad de democratizar el imaginario socialista. Y sin democratizar el imaginario socialista, lo que se apuntala es la izquierda cavernaria.
En esta línea de argumentos, hay que revisitar la tradición de fecundaciones mutuas entre la revolución democrática y la revolución socialista. La historia del socialismo democrático no comienza en el 1917, sino en 1848. La riqueza de la idea socialista democrática culmina justamente con su empobrecimiento como despotismo burocrático.
Tanto la socialdemocracia a lo Engels como el comunismo de consejos a lo Pannenkoek, son muchos más fieles a la profundización del espíritu emancipador del marxismo originario, que el bolchevismo a lo Stalin. De allí, que la incompetencia intelectual por una recreación histórica de lo sucedido como profundo debate socialista entre 1848 y 1924 en la “modernidad euro-céntrica”, es parte del contrabando que la izquierda cavernaria nos quiere pasar por “marxismo oficial” (el leninismo codificado por Stalin es parte de estas mercaderías ideológicas).
Un marxismo de derecha es justamente aquel que fecunda el despotismo burocrático. Entre anticomunistas fascistoides y el despotismo de izquierda hay afinidades en su desprecio a profundizar la democracia radical, social y participativa.
La cuestión política que se plantea en la actualidad para la lucha revolucionaria es, en buena medida, las implicaciones entre la revolución democrática y la revolución socialista, incluso ir mucho más allá que una postura defensiva acerca de la vigencia de la propia teoría marxiana, pues la realidad histórica, social y cultural muestra que hay nuevos fenómenos, tendencias y circunstancias que Marx, ni siquiera pensó ni imagino. Ni la cuestión ecológica ni el diálogo de civilizaciones y culturas, relacionados a los procesos de descolonización en el contexto de la globalización del capital, fueron ejes de la reflexión central del pensamiento socialista entre 1848 y 1924. No hay posibilidad para la democracia socialista, libertaria, descolonizadora y ecológica, si no aborda estos asuntos, y si no abandona urgentemente el imaginario social de la izquierda cavernaria.
No hay que olvidar aquella frase de Marx:
“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” (Marx-18 Brumario de Luis Bonaparte)