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sábado, 20 de septiembre de 2008

CONTRAHEGEMONIA, BIOPOLITICA Y NUEVO SOCIALISMO

Javier Biardeau R.

El sentido actual del término contra-hegemonía se inscribe dentro del intento general de elucidación de horizontes de acción política transformativos en el contexto del capitalismo transnacional y de la llamada condición posmoderna.

Contra-hegemonía implica crear espacios de liberación, a través de sucesivos y prolongados actos de ampliación de espacios de libertad. Se trata de explorar en la práctica el horizonte político de la no-dominación.

Se trata de un horizonte claramente post-gramsciano, luego de ser rebasada tanto la concepción bolchevique de la hegemonía política, como la concepción propiamente gramsciana de la hegemonía, como unidad de la dirección política y de la dirección intelectual y moral de la sociedad, en la conformación del consenso activo y pasivo de los gobernados.
Para los gestores de las técnicas de gobierno, descifrar a Gramsci implicó su recuperación neoconservadora en función de consolidar estados de dominación, como separación absoluta entre gobernantes y gobernados. Pero Gramsci es subversivo solo si su puesta en escena permite imaginar formas prácticas de superación de esta división. Gramsci es pertinente como herramienta para desmontar la lógica de dominación. Pero puede llegar a ser útil al pensamiento neoconservador.
Lo primero es reconocer que distinguir entre gobernantes y gobernados es una construcción política y estratégica, que pretende imponer una regulación trascendental al sentido común: unos mandan y otros obedecen, ¡Así es y será siempre la vida¡ Esto es parte de lo que Marx llamó la prehistoria de la humanidad.
Pero donde hay relaciones estratégicas, hay luchas. Laclau y Mouffe renovaron el horizonte de la estrategia socialista a partir de la tesis de la radicalización de la democracia, contraponiendo la hegemonía democrática a la hegemonía autoritaria. No hay socialismo sin radicalizar la democracia. Esto implica considerar como algo no natural el complejo de relaciones de subordinación de determinado campo social. Se trata de subvertir de cabo a rabo la gramática de cualquier sumisión voluntaria o involuntaria a cualquier ficción trascendental, a cualquier opresión que anule el terreno de su constitución.
El nuevo socialismo requiere una apuesta fuerte por una hegemonía democrática, a diferencia de las estrategias socialistas de corte autoritario, burocrático y bonapartista (Stalin dixit). Esto depende de estrategias, no de simples programas, como diría Edgar Morin.
Pensamiento complejo implica pensar estratégicamente. Cuando decimos estrategias, decimos luchas, movimientos y campos de acción histórica. Impedir cualquier forma de vida despótica, implica contraponerse a la normalización de relaciones de sumisión política y de sometimiento semiótico. Sin socialismo desde abajo, sin revolución democrática permanente, se reinstala la lógica de dominio y sus programaciones ideológicas.
El elitismo político es una estrategia de instalación del programa narrativo que dicta que solo pocos o solo Uno, pueden y deben mandar, sirviendo de espejo de identificación para la constitución de una subjetividad-sometida.
La contra-hegemonía afirma otra estrategia, abrir el espacio de articulación de una multiplicidad de singularidades revolucionarias: multitud, liberación, Nuevo Bloque Histórico. Aquí entran en escena las contribuciones tardías de Michel Foucault, debatidas por Deleuze, Guattari, Negri y Hardt.
¿Tienen algo que decirnos estos debates a nuestras experiencias cotidianas del poder, de los estados de dominio y la gobernabilidad? Foucault abre la posibilidad de concebir una nueva ontología que parte del cuerpo y de sus potencias para pensar el "sujeto político como un sujeto ético", contra la tradición del pensamiento occidental que lo piensa exclusivamente bajo la forma del "sujeto de derecho”. Hay que echar abajo la teoría de la obediencia y sus formas de legitimación.
Hay "capacidad de transformación" en todo "ejercicio de poder". Es aquí donde se articulan biopolítica y contra-hegemonía. Biopolítica es la pretensión de una forma de gobierno de la potencia múltiple y heterogénea de resistencia y creación. Es una modalidad de poder constituido. Mientras la tarea constituyente es poner radicalmente en cuestión todo ordenamiento transcendental y toda regulación que sea exterior a su constitución.
El problema político fundamental de la modernidad no es el de identificar una causa de poder único y soberano, sino el de reconocer una multitud de fuerzas que actúan y reaccionan entre ellas. Las estrategias contra-hegemónicas desnaturalizan las relaciones de mando-obediencia. Si el poder se constituye de modo ascendente y se refuerza de manera descendente, por mecanismos y formas de dominación globales, hay que desarticular los “estados de dominación”.
Mientras la biopolítica pretende la coordinación estratégica de estas relaciones de poder dirigidas a que los vivientes produzcan más fuerza en determinada dirección, Foucault nos sugiere captar la acción de los sujetos sobre ellos mismos y sobre los otros. Entran en juego tres conceptos diferentes: relaciones estratégicas, técnicas de gobierno y estados de dominación.
La caracterización de las relaciones estratégicas, se despliega por la voluntad de "conducir los comportamientos de los otros”. El poder es definido como la capacidad de estructurar el campo de acción del otro, de intervenir en el dominio de sus acciones posibles. Pero los sujetos son libres en la medida en que "tienen siempre la posibilidad de cambiar la situación, pues no estamos siempre atrapados, siempre hay posibilidad de transformar las relaciones estratégicas.
En los "estados de dominación", la relación estratégica se ha cristalizado en instituciones, limitando la movilidad, reversibilidad y la inestabilidad de la "acción sobre otra acción". Las "tecnologías gubernamentales" juegan un papel central porque a través de ellas, los juegos estratégicos pueden estar cerrados o abiertos, Su ejercicio cristaliza y fija relaciones asimétricas institucionalizadas (estados de dominación).
La creación de subjetivaciones que escapan al poder biopolítico, implica explorar la frontera entre "relaciones estratégicas" y "estados de dominación". La acción ético-política contra-hegemónica tiene dos finalidades mayores: 1) permitir las relaciones estratégicas con el minimum posible de dominación, 2) aumentar la libertad, la movilidad y la reversibilidad de los juegos de poder, pues son ellas las condiciones de la resistencia y de la creación.
Crear y recrear, transformar la situación, participar activamente y sin ingenuidades en relaciones estratégicas. Allí se juega la posibilidad del Nuevo Socialismo.

martes, 12 de febrero de 2008

¡¡¡¡¡ Pobre Gramsci!!!!!!

Javier Biardeu R.

Revisando el borrador del denso aporte de Müller-Rodríguez Araque para el debate del PSUV, me sorprende encontrar escasas referencias a Gramsci (sólo dos) como inspirador y renovador del movimiento socialista y del pensamiento revolucionario mundial. Llama poderosamente la atención los lugares en el texto, como plantea la transdisciplina del "análisis crítico del discurso", donde se encuentran sus escasas referencias. Veamos. En un párrafo dedicado extensamente al análisis de la dispersión de las fuerzas revolucionarias venezolanas en los años setenta y ochenta del siglo XX, se dice lo siguiente: "La diáspora de las fuerzas revolucionarias produjo más de una decena de partidos y movimientos políticos, medianos y pequeños (y hasta minúsculos), que asumieron dos líneas estratégicas separadas: aquella seguida por los más significativos mediante la cual, tomando las prácticas de la democracia representativa, trabajarían como vanguardias por la creación de la conciencia de clase en el proletariado, y los que, víctimas de la enfermedad infantil del izquierdismo, se mantendrían en una lucha armada sin aparato político-social, y sin sostén logístico".

El texto reproduce las distinciones elaboradas desde la mitología de las dos izquierdas a partir de las "formas de lucha" empleadas: la vía electoral, ligándola al paradigma de la "democracia representativa", o la vía armada, que en su momento de debilidad político-estratégica y organizativa deviene en una práctica propia de la "enfermedad infantil del izquierdismo" (Lenin dixit).

Entramos de lleno en la polémica. Gramsci y el eurocomunismo. ¿Es Gramsci el responsable directo de una actitud denominada "revisionista"? Si se trata de revisar el marxismo para enriquecerlo, para ampliar el programa crítico de investigación-acción de las fuerzas anticapitalistas, diría sí. Pero la palabra "revisionista" es utilizada en el texto bajo el acento ideológico de los que se "desvían" del buen camino del "socialismo científico". Aquí hay un primer punto de desacuerdo radical con estos autores.

El "socialismo científico" es de cabo a rabo problemático, analizados los debates contemporáneos sobre las ciencias sociales históricas críticas y el post-positivismo (ver: Abrir las ciencias sociales-Wallerstein). Así mismo, se plantea que fue una interpretación y aplicación equivocada de la tesis de la "dictadura del proletariado" por parte del partido comunista de la URSS el que creó una nueva clase privilegiada y la imposición a la fuerza del llamado socialismo real. Esta segunda tesis es todavía más increíble. Obviamente, el eurocomunismo sale también mal parado (con su abandono de la tesis política de la "dictadura del proletariado"), con el pluripartidismo y la construcción del socialismo en paz y libertad.

Hay que leer entre líneas para destacar las implicaciones que para la ligadura orgánica entre democracia, socialismo y revolución tienen semejantes tesis.

No parece nada consistente con la investigación teóricopolítica acerca de la obra de Gramsci el lugar que le asignan Müller y Rodríguez Araque en todo esto. Gramsci sirve de pretexto y complemento a prácticas revisionistas vinculadas al eurocomunismo. Esto es un gravísimo error teórico y político que parece colocar a Gramsci en el mismo plano de consistencia que Togliatti.

El electoralismo aparece como un elemento del bloque hegemónico y del dominio cultural de las clases dominantes y electoralismo, desdibujan hasta su desaparición la tesis de la lucha de clases.

Nada más alejado de Gramsci, por cierto.

Si estamos en lo cierto, en el texto se reflota la vieja tesis de la "dictadura del proletariado", condenando la democracia representativa, el multipartidismo, la paz y la libertad, como elementos de dominación cultural de las clases dominantes.

De estos errores está empedrado el camino del socialismo burocrático-despótico, como lo analizó brillantemente Poulantzas, quien cuestionó la solidaridad estrecha entre ultra-izquierdismo y estatismo autoritario en el plano de los hechos. Así de lamentable parece ser la hermenéutica política, ¡pobre Gramsci, y pobre de nosotros!