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miércoles, 11 de agosto de 2010

LA IZQUIERDA CAVERNARIA BLOQUEA EL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO-PARTICIPATIVO

Javier Biardeau R.
La separación entre la cuestión democrática y la cuestión socialista es la puerta de entrada de todos los despotismos burocráticos en el seno de la izquierda. Obviamente, a la derecha anticomunista le conviene mantener el guión que expresa que toda aspiración socialista o comunista, en el estricto sentido emancipador, inspirado en el pensamiento crítico de Marx y Engels, es de cuño “totalitario”.
A la ramplona mascarada anti-comunista no se la enfrenta con las debilidades despóticas de inspiración bolchevique (“socialismo en un solo país”, “partido-único”, “planificación burocrática”, “propiedad estatizada”, “deber de sumisión ideológica”, “hegemonía autoritaria”), sino con la fortaleza de la democracia radical, con la deliberación, participación y protagonismo libertario de las mayorías populares en el ejercicio del poder, con el poder constituyente y la revolución democrática, descolonizadora y ecológica.
Si no se concibe el socialismo radicalmente democrático como la más profunda re-distribución y socialización del poder social, se le ofrece a la petrificada derecha anticomunista una ventaja para reforzar el viejo guión que expresa la imposibilidad de una democracia socialista. Por tanto, la derecha anticomunista y la izquierda despótica se refuerzan mutuamente en sus prejuicios, pasiones y estereotipos.
¿Cómo salir de este laberinto? Sin una voluntad de ruptura con la crisis histórica de consistencia teórica y de legitimación que evidencian las nociones de la izquierda cavernaria no habrá nuevo socialismo.
La crisis de la Modernidad occidental no solo ha puesto en aprieto al viejo conservadurismo que organizaba al poder a partir de un eje vertical de trascendencias de cuño religioso (unidad del Estado y la monocracia religiosa en el absolutismo; de cualquier religión, lo que la historia moderna europea denominó el ancien regime), ni sólo al liberalismo contractualista derivado de la Dialéctica de la ilustración, sino además la variante radical que instituyó al marxismo-leninismo como religión secular o de legitimación del Estado socialista.
Todo este paquete ideológico y epistémico de la Modernidad occidental se ha hecho ruinas, y lo que aparece en escena en el mejor de los casos es un pluralismo radicalizado de orientaciones normativas y valorativas, que aún recompone los diseños político-institucionales del siglo 21. En el peor de los casos, se reactivan los integrismos religiosos, seculares ó de la llamada “nueva era” (todas esas espiritualidades de supermercado que se agitan en el sentido común de la muchedumbre solitaria).
Es el anhelo de un monismo que asegure todas las certezas, que liquida cualquier contingencia y responsabilidad, la cuna del “totalitarismo”, con su consecuente mutilación de diferencias, diversidad y alteridades. El totalitarismo es resultado precisamente de un pánico agresivo hacia el Otro, la impotencia de asumir la incongruencia, la divergencia, la polémica, la incertidumbre y las contradicciones, sin síntesis tranquilizadoras.
Sin una vocación pluralista que asuma la diversidad (la diferencia que enriquece y el antagonismo que se opone) no hay posibilidad de democratizar el imaginario socialista. Y sin democratizar el imaginario socialista, lo que se apuntala es la izquierda cavernaria.
En esta línea de argumentos, hay que revisitar la tradición de fecundaciones mutuas entre la revolución democrática y la revolución socialista. La historia del socialismo democrático no comienza en el 1917, sino en 1848. La riqueza de la idea socialista democrática culmina justamente con su empobrecimiento como despotismo burocrático.
Tanto la socialdemocracia a lo Engels como el comunismo de consejos a lo Pannenkoek, son muchos más fieles a la profundización del espíritu emancipador del marxismo originario, que el bolchevismo a lo Stalin. De allí, que la incompetencia intelectual por una recreación histórica de lo sucedido como profundo debate socialista entre 1848 y 1924 en la “modernidad euro-céntrica”, es parte del contrabando que la izquierda cavernaria nos quiere pasar por “marxismo oficial” (el leninismo codificado por Stalin es parte de estas mercaderías ideológicas).
Un marxismo de derecha es justamente aquel que fecunda el despotismo burocrático. Entre anticomunistas fascistoides y el despotismo de izquierda hay afinidades en su desprecio a profundizar la democracia radical, social y participativa.
La cuestión política que se plantea en la actualidad para la lucha revolucionaria es, en buena medida, las implicaciones entre la revolución democrática y la revolución socialista, incluso ir mucho más allá que una postura defensiva acerca de la vigencia de la propia teoría marxiana, pues la realidad histórica, social y cultural muestra que hay nuevos fenómenos, tendencias y circunstancias que Marx, ni siquiera pensó ni imagino. Ni la cuestión ecológica ni el diálogo de civilizaciones y culturas, relacionados a los procesos de descolonización en el contexto de la globalización del capital, fueron ejes de la reflexión central del pensamiento socialista entre 1848 y 1924. No hay posibilidad para la democracia socialista, libertaria, descolonizadora y ecológica, si no aborda estos asuntos, y si no abandona urgentemente el imaginario social de la izquierda cavernaria.
No hay que olvidar aquella frase de Marx:
“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” (Marx-18 Brumario de Luis Bonaparte)

viernes, 25 de septiembre de 2009

DEBATIR TRANSICIONES HACIA NUEVOS SOCIALISMOS



Javier Biardeau R.
Las corrientes que son favorables a una revolución democrática y socialista en Venezuela comienzan a debatir internamente, no sin mostrar los bloqueos e inercias derivados de las supersticiones ideológicas de la izquierda despótica del siglo XX.
Las “transiciones al socialismo” requieren no solo de consignas, sino de auténtico estudio histórico, de sensibilidad y reflexión crítica, sobre todo si consideramos las condiciones de los países periféricos, sus graves desequilibrios y heterogeneidades estructurales, producto de sistemas económicos altamente vulnerables y dependientes de los vaivenes en los precios de materias primas, de las corrientes financieras, comerciales o de inversión cada vez más internacionalizadas.
Las transiciones al socialismo en las condiciones de la periferia no se asemejan en nada a las previsiones marxianas, y no pueden ser objeto para decisiones e ideas temerarias hacia “modelos de socialismo”, que terminan siendo “calcos y copias” de las experiencias del socialismo burocrático.
No es lo mismo audacia que temeridad. Desde una agenda que repita bajo el esquema de propaganda analizado por Tchakhotine (“La violación de las multitudes”), un consignismo propio de las escuelas de agitación y propaganda estalinista, no hay futuro alguno para la reinvención socialista; y lo menos malo en estas circunstancias, es cualificar un “programa mínimo de conquistas sociales” propio de un avanzado “Estado Democrático y Social”, análogo a los países con “alto desarrollo humano”.
Otro camino, sería facilitar lo peor, hacer realidad las distopias del imaginario orwelliano, mejor retratada por la novela “Nosotros” de Yevgeni Zamiatin. Los tiempos de la transición son tiempos de aprendizaje, maduración y de construcción de viabilidades. No hay necesidad de indigestiones doctrinarias, ni de sacar esta o aquella receta de baúles enmohecidos.
Hay que aligerar la carga de los sectarismos, para enfrentar los retos civilizatorios del siglo XXI: la cuestión ecológica, puesta en evidencia en los recientes informes internacionales sobre el desarrollo, advertida por comunidades intelectuales de pensamiento crítico y movimientos sociales desde décadas atrás; la cuestión del desarrollo a escala humana, pues no hay alternativa post-capitalista sin “desarrollo humano sostenible”, superando la exclusión, la terrible desigualdad, la miseria y privaciones que restringen capacidades y opciones de vida para millones de “condenados de la tierra”; la cuestión democrática como asunto de participación y empoderamiento popular, sin la cuál la democracia termina siendo un “teatro de sombras” manejado por “elites de poder”; la cuestión intercultural para el diálogo de civilizaciones, culturas y naciones; y la cuestión socioeconómica, por modelos de economía social y humana, dejando atrás falsos dilemas entre planificación centralizada y mercado, entre monopolio estatal o supremacía de las corporaciones privadas de los recursos productivos, entre la falacia desarrollista, su imaginario de opulencia, y quienes son aprendices del Ministerio orwelliano de la Abundancia (Minindacia), encargado de que la gente viva en escasez, al borde de la subsistencia, presionados por la clientelización de sus necesidades fundamentales.
El asunto de la transición no remite a debates estériles entre sectarismos trotskistas, estalinistas, leninistas, maoístas, guevaristas, y demás variantes derivadas de la revolución teórica marxiana. El asunto es la reinvención del patrimonio crítico del ideario socialista, democrático y libertario en su conjunto. Para provocar no solo un movimiento de “aceleración evolutiva” en los términos de Darcy Ribeiro, sino un salto civilizatorio frente a la barbarie, que se ha instalado imperceptiblemente y a cámara lenta desde tiempo atrás.
El balance de inventario sugiere la necesidad de la articulación de “capacidades políticas, científicas, técnicas y humanísticas”, del acuerdo de actores, movimientos y fuerzas sociales mostrando disposición al aprendizaje, a la creación, a la crítica. La existencia de premisas políticas e institucionales para abordar el debate socialista es solo un diminuto eslabón de esfuerzos más amplios, para ampliar los espacios de libertad, de cara a principios y valores irrenunciables presentes en la Constitución de 1999.
El eslabón clave de este proceso no es el adoctrinamiento difusionista, ni el monopolio estatal de medios de producción, ni la degradación de la esfera pública y del espacio político a simple politiquería de ventajas tácticas y cortoplacismo. Las ideas para una democracia socialista son eslabones claves de la transición. No es lo mismo un proceso popular constituyente, participativo y protagónico, que la “acción de gobierno”, pues los limites del aparato administrativo (incluso funcionando como una aceitada burocracia weberiana) no pueden sustituir jamás la construcción de una voluntad colectiva nacional-popular para el cambio.
Sin la superación del imaginario del colectivismo burocrático, despótico, oligárquico, retratada en el 1984 de Orwell, o en el originario “Nosotros” de Yevgueni Zamiatin, cualquier transición socialista no deja de ser una simple impostura.

lunes, 10 de agosto de 2009

ONCE TESIS CONTRAHEGEMONICAS SOBRE EL NUEVO SOCIALISMO




Javier Biardeau R.

Advertencia:

Dado que se trata de pastillas, no se las trague todas, ni cada una, sin analizarlas cuidadosamente, sin desmenuzarlas y someterlas a la mayor crítica posible. No crea, no acepte, no se identifique, no asuma ninguna de ellas. Construya sus propias tesis. No sea arrastrado por el automatismo psíquico.

Es momento de apropiarse críticamente de las herramientas de lucha, no permita que lo gobiernen mentalmente, luche por auto-gobernarse. Es posible construir sus propias tesis, a nivel individual o en un espacio colectivo, a través de un sencillo ejercicio: responda la siguiente pregunta: ¿Cómo se imagina usted el socialismo democrático para el siglo XXI? Discuta, examine, proponga, trate de llegar a acuerdos mínimos, construya su propio perfil.

La emancipación social comienza solo si usted ya ha comenzado a pensar con cabeza propia, poner entre paréntesis, analizar toda la tradición de las generaciones muertas, analizar y desmontar el bombardeo mediático, colocando todos esos mensajes, esos espíritus y lenguajes que piensan por usted y sobre usted, al frente de usted, para lograr examinarlos bajo el más potente microscopio, utilizando la mayor conquista de la humanidad: la razón crítica.

TESIS 1: El Nuevo Socialismo no es ni reformista, ni populista, ni burocrático ni cesarista. No renuncia a una interpretación crítica y abierta del “pensamiento revolucionario” construido en específicos tiempos y lugares, no reproduce una relación demagógica, manipuladora y clientelar con el pueblo, no justifica estructuras partidarias monolíticas, ni el estatismo autoritario, ni el culto a ninguna personalidad; porque no hay liderazgo político revolucionario infalible ni incuestionable.

TESIS 2: El Nuevo Socialismo es una plataforma de perspectivas teóricas diversas, de prácticas socialistas innovadoras, que plantea una ruptura paradigmática radical sustentada en:

a) lucha contra las codificaciones dogmáticas del pensamiento socialista,
b) des-colonización del imaginario socialista,
c) critica radical (teórico-práctica) a la explotación, coerción, hegemonía ideológica, exclusión social, discriminación y negación cultural.

Ni dogmas, ni colonialismo mental ni dominación. Allí comienza el territorio de nuevos sentidos para cambiar la vida misma.

TESIS 3: El Nuevo Socialismo reconoce que han existido históricamente socialismos doctrinarios, burocráticos, estatistas, antidemocráticos, sectarios y despóticos. Que es indispensable un balance de inventario de todas estas deformaciones burocráticas de la experiencia socialista. Este reconocimiento no implica abandonar la lucha socialista, o la posibilidad de una sociedad sin explotación ni injusticia, ni dejar de luchar por una democracia de consejos, de amplia participación y protagonismo revolucionario, basada en el Poder Popular, bajo la forma de la Comuna Socialista.

TESIS 4: El Nuevo Socialismo es un Socialismo desde abajo (de los de abajo, por los de abajo, para romper los espacios arriba / abajo), no se confunde con una “Revolución desde arriba”, “desde ministerios, oficinas publicas y escritorios”, no se pliega a una revolución de una elite revolucionaria, que pretende sustituir la participación protagónica del “pueblo concreto”, de personas de carne, hueso y voz, en nombre del “pueblo abstracto”; sustituyendo la auto-emancipación social de la mayoría social por órganos que se colocan por encima del pueblo, controlándolo, dominándolo. La política contra-hegemónica es la lucha contra cualquier consagración de la separación entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes y gobernados, entre mandantes y obedientes; pues en definitiva, la dirección política revolucionaria se define por “mandar obedeciendo al pueblo”.

TESIS 5: El Nuevo Socialismo identifica claramente quienes promueven relaciones de explotación, coerción, manipulación, discriminación de unos grupos sociales sobre otros grupos, de unas clases sociales sobre otras, de una culturas sobre otras; y reconoce quienes promueven que los seres humanos logren la plena existencia humana, para vivir libremente asociados en comunidades de trabajo y estudio. Así mismo, desenmascara a quienes destruyen los patrimonios ambientales y lucha por el eco-socialismo.

TESIS 6: El Nuevo Socialismo no promueve otra hegemonía que no sea la ampliación y radicalización de la democracia participativa y el protagonismo popular. No impulsa ni la hegemonía del mercado, ni de la propiedad privada capitalista, ni la hegemonía de la burocracia del Estado, en cualquier ámbito: económico, social, político, mediático, cultural o ambiental.

TESIS 7: El Nuevo Socialismo promueve el liderazgo colectivo, democrático y participativo. Desmonta desde su raíz la ambición de poder, la motivación de ser "ser jefe", "comandar sobre otros", "gobernar sobre otros", tratar a otros como “masas” por considerase un “cuadro político”. Cuestiona, por tanto, la figura del caudillo, el personalismo, el dirigismo y el autoritarismo; ya que una sociedad de iguales es una sociedad de seres humanos libres, sin dominación ni explotación de unos sobre otros.

TESIS 8: El Nuevo Socialismo aprende de la matriz nacional-popular liberadora, sin separar la cultura socialista de la llamada ciencia socialista, pues como ha planteado Simón Rodríguez, lo fundamental es que el “pueblo aprenda a gobernarse”, no que se “acostumbre a que lo gobiernen”. Actualmente, la tecno-ciencia no es solo una “fuerza productiva”, sino una “fuerza destructiva”. Por tanto, la sabiduría del pueblo no se subordina a ninguna “ciencia socialista” de cuadros-expertos, sino que busca el dialogo crítico de saberes, la construcción compartida de informaciones y conocimientos relevantes para el logro del proyecto de emancipación social y cultural.

TESIS 9: El Nuevo Socialismo es la hegemonía de los poderes creadores del pueblo, reconociendo que en una democracia integral hay multiplicidad de visiones, necesidades y demandas, pero quién decide es la decisión acordada por la libre voluntad de las mayorías, respetando siempre los derechos humanos de las minorías, buscando de forma permanente el mayor consenso posible y respetando la diversidad de corrientes de pensamiento.

TESIS 10: El Nuevo Socialismo responde NEGATIVAMENTE a la siguiente interrogante: ¿Se quiere que existan siempre gobernados y gobernantes? Responde AFIRMATIVAMENTE al siguiente interrogante: ¿Se desean crear las condiciones bajo las cuales, desaparezca la necesidad de la existencia de la división entre gobernantes y gobernados? Gramsci ha dejado como legado nuevas bases para una teoría política radical del socialismo, para colocar el acento en la construcción del convencimiento, el consenso y la adhesión voluntaria de las mayorías populares, desde una pedagogía liberadora, dialógico-crítica, responsable y persuasiva.

TESIS 11: El Nuevo Socialismo aspira al autogobierno popular desde múltiples voces, en asamblea de hombres y mujeres libremente asociados. Allí reside el núcleo central de la perspectiva contra-hegemónica: ¿Se construyen teorías críticas para la emancipación o se elaboran teorías funcionales a la dominación? ¿Se prefiguran nuevas formas de cooperación, sociabilidad y asociación humana, o se reproducen el despotismo y la dominación en las relaciones humanas? ¿Se lucha a favor de la plena existencia humana para todos, o se lucha a favor de la explotación, la injusticia y la destrucción de la vida sobre la tierra?

El enfasis en la democracia socialista no es accidental, pues sin democracia socialista no hay revolución socialista, ni ecopolítica ni interculturalidad.

lunes, 3 de agosto de 2009

TEORIA CRITICA CONTRAHEGEMONICA, TRANSMODERNIDAD Y NUEVO SOCIALISMO

Javier Biardeau R

El ABC de la contra-hegemonía es la insumisión. Una insumisión basada en la criticidad radical, crítica teórica y crítica práctica, inspiradas parcialmente en las tesis marxianas sobre Feuerbach, pero además en la des-dogmatización y des-colonización del imaginario socialista.
Es la crisis de la Modernidad Occidental, el trasfondo de posibilidad de nuevas insurgencias contra-hegemónicas. Reconociendo que la modernidad política occidental ha generado sus terrores, monstruos y despotismos. Ya lo decía Goya: “El sueño de la razón produce Monstruos”, y Nietszche (1886): “luchando contra monstruos hay que cuidarse de no convertirse en monstruo” (Más allá del bien y del mal).
La lucha contra el capitalismo, contra el colonialismo y contra el imperialismo, no debe descuidar la lucha contra el despotismo de izquierda. Stalin es su símbolo. El estalinismo, su práctica. Conceptualmente, el Socialismo Burocrático es un “Socialismo realmente inexistente”.
La paradoja consiste en comprender como su inexistencia generó una poderosa pantalla ideológica, con sus proyecciones, identificaciones, narrativas, leyendas e imaginarios dominantes, que penetraron profundamente en la recepción hegemónica y en la mentalidad de lo que en América Latina y el Caribe se consideró como “auténtico socialismo” y “auténtico marxismo” desde los albores del siglo XX.
El principal obstáculo para el nuevo socialismo para el siglo XXI es atravesar con éxito, desde la criticidad radical, este fantasma del “socialismo real”. Superar el imaginario jacobino-burgués de la revolución, bucear en la historia desde abajo, a contrapelo.
Babeuf decía: la pobre especie humana “ha servido de juguete a todas las ambiciones, de pasto a todas las tiranías”, “siempre y por doquier se arrulló a los hombres con bellas palabras, jamás ni en ninguna otra parte ha obtenido otra cosa que palabras”. Babeuf era gillotinado por el directorio en 1797.
La nueva constitución termidoriana de 1795 eliminaba el enunciado proclamado en 1789: “Todos los hombre nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. En vez de derechos, comenzaron a imponerse deberes (Declaración de derechos y deberes), y como señaló Andreu Nin (Las Dictaduras de nuestro tiempo-1930), la oleada reaccionaria y conservadora que desencadenó la revolución francesa consagró finalmente que “los derechos del hombre fueron los derechos del propietario”.
Kautsky planteó en su interpretación de la revolución francesa, que la Dictadura jacobina preparó el terreno de la Dictadura conservadora. Una lección para no entremezclar las cartas del imaginario de la dictadura jacobina, con el pensamiento crítico socialista. Pues el pensamiento único es propio del despotismo, sea de izquierda o de derecha.
La ignorancia de los acontecimientos de la revolución francesa, pueden condenarnos a repetir sus tragedias. Lo mismo ocurre con la revolución rusa. Hoy sabemos del debate que ha girado en torno al concepto de “dictadura revolucionaria del proletariado”. ¿Se habrán extraído sus lecciones para transitar a un socialismo democrático?
La tarea es salir de la arena movediza de la ortodoxia bolchevique tomando el hilo de Ariadna de la memoria radical-democrática marxiana (que no carece de ambivalencias y contradicciones), además de la pasión descolonizadora que comprende los límites de la razón colonial-moderna. Hoy por hoy, el despotismo de izquierda y la razón colonial-moderna son obstáculos para imaginar y pensar un nuevo socialismo.
La descolonización cultural da paso a un horizonte transmoderno, que ha aligerado la carga mono-lógica del pensamiento dialéctico, habla de ana-dialéctica, una hermenéutica dialógico-crítica junto a la voz de los otros, los excluidos, las periferias, el pueblo, las mujeres, los indígenas.
Un aprendizaje ético y epistémico, que es desprendimiento y apertura a través del principio dialógico, reconociendo la existencia de la alteridad en las comunidades hegemónicas de comunicación. Interpelando la crisis de la modernidad occidental, no exclusivamente desde dentro de ella (posmodernidad), sino desde su exterioridad (trans-modernidad). No basta quedar atrapados en el heleno-centrismo. No basta desplazarse desde Kant y Hegel, hacia Nietszche y Heiddeger.
Sin una insumisión permanente frente al discurso hegemónico, no será posible avanzar en la revolución democrática, socialista, intercultural y ecológica. Hay que plantear un imaginario radical emergente que haya metabolizado con éxito la pesadilla del Socialismo burocrático, sin necesidad de claudicar ante el capitalismo mundial hegemónico y el canon democrático representativo.
Se ha escrito recientemente un tratado sobre la servidumbre liberal (Jean-Léon Beauvois). La lucha por la alter-mundialización tiene cartas de navegación que eluden los faros ideológicos del capitalismo liberal, la socialdemocracia reformista y el socialismo burocrático.
De allí la importancia de una teoría crítica contra-hegemónica. Recuperando el legado de la teoría crítica radical, superando la matriz estado-céntrica de la política hegemónica tradicional del socialismo, interpelando críticamente el discurso hegemónico de la modernidad occidental.
Eludiendo estos falsos faros de emancipación, es posible revocar las relaciones de fuerza y las significaciones imaginarias que han sedimentado las estructuras de control y mando (económico, político, cultural, mediático, científico, familiar, ambiental) del capitalismo mundial hegemónico. Es allí donde se juega la posibilidad del Nuevo Socialismo, en una epoca cuya carga histórica es la eco-política, la descolonización y la radicalización de la democracia.

sábado, 25 de abril de 2009

SOCIALISMO: PENSAMIENTO CRÍTICO Y TRANSICIÓN III

Javier Biardeau R.

“(…) desde que Bismarck emprendió el camino de la nacionalización, ha surgido una especie de falso socialismo, que degenera alguna que otra vez en un tipo especial de socialismo, sumiso y servil, que en todo acto de nacionalización hasta en los dictados por Bismarck, ve una medida socialista. (…) Cuando el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares, decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello, nacionalizó las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y simplemente para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso al gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de socialistas.” (Engels. Del Socialismo utópico al Socialismo científico”)
Algunos suponen que los Estados que replican el modelo estalinista de despotismo burocrático son socialistas porque sus economías han sido “nacionalizadas”; es decir, estatizadas. Sin embargo, socialismo no es propiedad estatal. Tampoco es Socialismo, suponer que por decreto se crea un “Estado Socialista”.
Hay que desconfiar de algunos “desafortunados” actos de habla. Mientras la vieja guardia bolchevique afirmaba que la revolución soviética había logrado no el socialismo, sino un Estado Obrero con deformaciones burocráticas, Stalin decretó: “somos un Estado socialista” en los años treinta. Hoy sabemos, que ni siquiera para Marx, el Socialismo era una “etapa” específica en el desarrollo de una sociedad sin explotadores y sin explotados. Sencillamente, Marx había echado por tierra toda la pedantería doctrinaria que hablaba de una “etapa socialista” y de una “etapa comunista” (Ludovico Silva dixit).
Era obvio que la creación de semejante doctrina era producto, de lo que llaman las academias, una “hermenéutica particular”. Sabemos qué determina que una hermenéutica particular, sea la interpretación que no admita controversias, polémicas ni refutaciones; producto de “actos de fuerza”, de declaraciones de “clausura de la deliberación y de punto final”.
La tesis de la naturaleza “socialista” de las transiciones al socialismo, fue sostenida por los partidos comunistas marxista-leninistas (es decir, estalinistas) que justificaron el curso soviético luego de los años 30. Su argumento principal es que la “propiedad nacionalizada” crea un modo de producción cualitativamente diferente al capitalismo. Mantienen que “su” socialismo defiende los intereses del “pueblo trabajador” y “desarrolla las fuerzas productivas más allá de la capacidad del capitalismo”. Estos entrecomillados se justifican para desmantelar parte de la retórica de aquella propaganda oficial. Se partía erróneamente de la tesis de que la conjunción de estatizaciones con la planificación central, dominaría la “ley del valor” que gobernaba la acumulación, crecimiento y distribución de la economía mundial capitalista. La evidencia que es citada a menudo es que estos países tenían poco o ningún desempleo, ninguna miseria masiva comparada al capitalismo, ningunas diferencias de riquezas excesivas y ningún desperdicio.
Sin embargo, se minimizaba o se ocultaba que se había liquidado nada más y nada menos que con la auto-emancipación de los trabajadores del campo y de la ciudad, que se había construido una “fortaleza asediada”. Una economía colectivizada por la vía de las estatizaciones autoritarias, como en los años treinta en la URSS, podía mostrar los signos de expansión industrial, contratándola favorablemente con la depresión económica y el desempleo masivo del capitalismo en crisis. Pero lo que lograba realmente era justificar la centralidad del Estado sobre el proceso económico, social, ideológico y político. Pero, Estatismo no es Socialismo.
Una “transformación socialista de las relaciones sociales” desde el Estado, sin la activa, protagónica y consensuada participación de los trabajadores de la ciudad y el campo, no podía llamarse “socialismo”. La “línea política correcta” del partido gobernante no era suficiente. Todo este imaginario revolucionario ha hecho aguas, es un “pescado podrido”. El asunto va por otros lados: ¿cuál democracia socialista para cuál transición?
Obviamente no será un socialismo de burócratas, de tecnócratas, o de funcionarios de partido sobre-impuestos al “pueblo trabajador”. Posterior a la muerte de Trotsky, algunos de sus seguidores mantuvieron su evaluación de la URSS, como un estado obrero degenerado en tránsito hacia la restauración capitalista o hacia una nueva revolución obrera. Se quedaron esperando la “revolución obrera”
El estalinismo fue capaz de llevar a cabo su contra-revolución despótica y burocrática en la Europa oriental, en China y en otros lugares. Autores influenciados por el “maoísmo”, supusieron una ruptura de imaginarios revolucionarios en el conflicto chino-soviético. Pero el paradigma despótico burocrático era ampliamente compartido, a pesar de las tensiones entre “timoneles”. Para lograr la socialización efectiva del poder económico, político, ideológico; en fin social, la URSS tenía que lograr una superación económica cualitativa (no solo cuantitativa) sobre el capitalismo.
Hoy China es una pujante potencia económica que demuestra la viabilidad del capitalismo de estado, basado en el nacionalismo popular revolucionario. Sin embargo, estos modelos se distancian abismalmente de Marx, de la auto-emancipación del polo explotado. Este es el meollo del socialismo de Marx. Por tanto, una superación cualitativa del modo de producción de la vida capitalista sigue siendo tarea pendiente del Socialismo, un socialismo que no puede ignorar ni al polo asalariado, ni a Marx.

sábado, 20 de septiembre de 2008

CONTRAHEGEMONIA, BIOPOLITICA Y NUEVO SOCIALISMO

Javier Biardeau R.

El sentido actual del término contra-hegemonía se inscribe dentro del intento general de elucidación de horizontes de acción política transformativos en el contexto del capitalismo transnacional y de la llamada condición posmoderna.

Contra-hegemonía implica crear espacios de liberación, a través de sucesivos y prolongados actos de ampliación de espacios de libertad. Se trata de explorar en la práctica el horizonte político de la no-dominación.

Se trata de un horizonte claramente post-gramsciano, luego de ser rebasada tanto la concepción bolchevique de la hegemonía política, como la concepción propiamente gramsciana de la hegemonía, como unidad de la dirección política y de la dirección intelectual y moral de la sociedad, en la conformación del consenso activo y pasivo de los gobernados.
Para los gestores de las técnicas de gobierno, descifrar a Gramsci implicó su recuperación neoconservadora en función de consolidar estados de dominación, como separación absoluta entre gobernantes y gobernados. Pero Gramsci es subversivo solo si su puesta en escena permite imaginar formas prácticas de superación de esta división. Gramsci es pertinente como herramienta para desmontar la lógica de dominación. Pero puede llegar a ser útil al pensamiento neoconservador.
Lo primero es reconocer que distinguir entre gobernantes y gobernados es una construcción política y estratégica, que pretende imponer una regulación trascendental al sentido común: unos mandan y otros obedecen, ¡Así es y será siempre la vida¡ Esto es parte de lo que Marx llamó la prehistoria de la humanidad.
Pero donde hay relaciones estratégicas, hay luchas. Laclau y Mouffe renovaron el horizonte de la estrategia socialista a partir de la tesis de la radicalización de la democracia, contraponiendo la hegemonía democrática a la hegemonía autoritaria. No hay socialismo sin radicalizar la democracia. Esto implica considerar como algo no natural el complejo de relaciones de subordinación de determinado campo social. Se trata de subvertir de cabo a rabo la gramática de cualquier sumisión voluntaria o involuntaria a cualquier ficción trascendental, a cualquier opresión que anule el terreno de su constitución.
El nuevo socialismo requiere una apuesta fuerte por una hegemonía democrática, a diferencia de las estrategias socialistas de corte autoritario, burocrático y bonapartista (Stalin dixit). Esto depende de estrategias, no de simples programas, como diría Edgar Morin.
Pensamiento complejo implica pensar estratégicamente. Cuando decimos estrategias, decimos luchas, movimientos y campos de acción histórica. Impedir cualquier forma de vida despótica, implica contraponerse a la normalización de relaciones de sumisión política y de sometimiento semiótico. Sin socialismo desde abajo, sin revolución democrática permanente, se reinstala la lógica de dominio y sus programaciones ideológicas.
El elitismo político es una estrategia de instalación del programa narrativo que dicta que solo pocos o solo Uno, pueden y deben mandar, sirviendo de espejo de identificación para la constitución de una subjetividad-sometida.
La contra-hegemonía afirma otra estrategia, abrir el espacio de articulación de una multiplicidad de singularidades revolucionarias: multitud, liberación, Nuevo Bloque Histórico. Aquí entran en escena las contribuciones tardías de Michel Foucault, debatidas por Deleuze, Guattari, Negri y Hardt.
¿Tienen algo que decirnos estos debates a nuestras experiencias cotidianas del poder, de los estados de dominio y la gobernabilidad? Foucault abre la posibilidad de concebir una nueva ontología que parte del cuerpo y de sus potencias para pensar el "sujeto político como un sujeto ético", contra la tradición del pensamiento occidental que lo piensa exclusivamente bajo la forma del "sujeto de derecho”. Hay que echar abajo la teoría de la obediencia y sus formas de legitimación.
Hay "capacidad de transformación" en todo "ejercicio de poder". Es aquí donde se articulan biopolítica y contra-hegemonía. Biopolítica es la pretensión de una forma de gobierno de la potencia múltiple y heterogénea de resistencia y creación. Es una modalidad de poder constituido. Mientras la tarea constituyente es poner radicalmente en cuestión todo ordenamiento transcendental y toda regulación que sea exterior a su constitución.
El problema político fundamental de la modernidad no es el de identificar una causa de poder único y soberano, sino el de reconocer una multitud de fuerzas que actúan y reaccionan entre ellas. Las estrategias contra-hegemónicas desnaturalizan las relaciones de mando-obediencia. Si el poder se constituye de modo ascendente y se refuerza de manera descendente, por mecanismos y formas de dominación globales, hay que desarticular los “estados de dominación”.
Mientras la biopolítica pretende la coordinación estratégica de estas relaciones de poder dirigidas a que los vivientes produzcan más fuerza en determinada dirección, Foucault nos sugiere captar la acción de los sujetos sobre ellos mismos y sobre los otros. Entran en juego tres conceptos diferentes: relaciones estratégicas, técnicas de gobierno y estados de dominación.
La caracterización de las relaciones estratégicas, se despliega por la voluntad de "conducir los comportamientos de los otros”. El poder es definido como la capacidad de estructurar el campo de acción del otro, de intervenir en el dominio de sus acciones posibles. Pero los sujetos son libres en la medida en que "tienen siempre la posibilidad de cambiar la situación, pues no estamos siempre atrapados, siempre hay posibilidad de transformar las relaciones estratégicas.
En los "estados de dominación", la relación estratégica se ha cristalizado en instituciones, limitando la movilidad, reversibilidad y la inestabilidad de la "acción sobre otra acción". Las "tecnologías gubernamentales" juegan un papel central porque a través de ellas, los juegos estratégicos pueden estar cerrados o abiertos, Su ejercicio cristaliza y fija relaciones asimétricas institucionalizadas (estados de dominación).
La creación de subjetivaciones que escapan al poder biopolítico, implica explorar la frontera entre "relaciones estratégicas" y "estados de dominación". La acción ético-política contra-hegemónica tiene dos finalidades mayores: 1) permitir las relaciones estratégicas con el minimum posible de dominación, 2) aumentar la libertad, la movilidad y la reversibilidad de los juegos de poder, pues son ellas las condiciones de la resistencia y de la creación.
Crear y recrear, transformar la situación, participar activamente y sin ingenuidades en relaciones estratégicas. Allí se juega la posibilidad del Nuevo Socialismo.

domingo, 13 de julio de 2008

¿RESCATAR EL LIBERALISMO LATINOAMERICANO? COMENTARIOS CRÍTICOS A LA TESIS DE ARMANDO HART

Diego Rivera. Sueño de una tarde dominical en La Alameda Central

Javier Biardeau R.

Hay que analizar con atención las palabras del pensador cubano Armando Hart sobre el “liberalismo latinoamericano” para reconocer que algo se esta moviendo en Cuba. Mas aún, si tomamos en cuenta que Hart fue Ministro de Cultura y ex de varios cargos, desde Vicepresidente del Consejo de Ministros hasta Ministro de Educación. Entroncar la revisión del pensamiento socialista de Marx, Engels y Lenin con el rescate del pensamiento liberal, puede llevar directamente a un “social-liberalismo” latinoamericano.
Opino, y puedo equivocarme, que si por allí van los tiros, o se si se quiere preparar el terreno ético-cultural para un viraje ideológico que distancie la experiencia cubana del “socialismo revolucionario”, habrán más decepciones que esperanzas en el campo nacional-popular de Nuestra América. Más relevante que “rescatar el liberalismo latinoamericano” sería revalorizar la memoria de las luchas nacional-populares y sus voces político-culturales, aún silenciadas por la historia, para ir mas allá de las comunidades nacionales hegemónicas como factores de resistencia, impugnación y esperanza.

Considero fundamental que se expresen las toda la diversidad de posiciones en esta encrucijada político-cultural, pero hay tesis que requieren debate, que requieren rigor, consistencia, y sobre todo, atender a sus implicaciones. Por mi parte, más que rescatar al liberalismo latinoamericano como una imaginaria unidad ideológica de pensamiento-acción de tipo progresista, radical o emancipador, (http://www.cubainformacion.tv/index.php?option=com_content&task=view&id=2862&Itemid=65), que se contrapone hipotéticamente al liberalismo europeo, sería más riguroso identificar a lo sumo un “ala ideológico-política de izquierda” de ese “liberalismo latinoamericano”.
No olvidemos que los precursores del movimiento independentista buscaron modelos liberales-ilustrados para la justificación de sus objetivos políticos, pero aún hasta 1830 fueron escasas las consideraciones de contenido social emancipador y de reconocimiento de las negaciones culturales de las matrices culturales de los grupos subalternos. Constituciones influidas mucho más por el liberalismo económico, el empirismo, el utilitarismo, el contractualismo, y menos por el utopismo socialista o por el igualitarismo social, deben alertarnos sobre las tendencias ideológicas en pugna entre 1810 y 1870.
Ciertamente el “liberalismo latinoamericano” era uno de las tendencias de contraposición al dominio colonial y a las relaciones sociales que éste legó, pero no fue la única tendencia ideológica o corriente cultural. Además, aún reconociendo la existencia de esta “ala ideológico-político” de izquierda (un liberalismo radical e igualitario en lo social) latinoamericano, quedan pendientes cuestiones sustantivas sobre la democracia, sobre el socialismo y sobre el giro descolonizador del pensamiento crítico en Nuestra América contemporánea.
Porque no basta reconocer algunos perfiles socialmente progresistas en esta ala del liberalismo, sino analizarlas en el contexto de otras tendencias igualmente “liberales latinoamericanas” de cuño racistas, sexistas, clasistas y euro-céntricas. Entre democracia y liberalismo, entre socialismo y liberalismo, entre el occidentalismo y el liberalismo hay cuestiones que hay que discutir, tensiones que no pueden dejarse en el trasfondo sin más.
Más que rescatar al “liberalismo latinoamericano”, hay que discutirlo radicalmente en el marco de las luchas y encrucijadas ideológicas, políticas, económicas y culturales de nuestros pueblos. No solo hubo republicanos liberales, también hubo republicanos democráticos, utopismos socialistas y movimientos de los pueblos y grupos subalternos, que pusieron en relieve la heterogeneidad cultural y la compleja trama simbólica del magma popular.
Lo que no podemos olvidar es que el liberalismo latinoamericano fue claramente regresivo y excluyente en materia de derechos políticos, ya que en su opinión la mayor parte de la población no estaría “madura para la democracia”. Por tanto, hay que enfatizar la importancia no del “liberalismo latinoamericano” en bloque, sino a la explosiva y temprana articulación del socialismo utópico, del liberalismo democrático, del nacionalismo popular, y analizar como en las sublevaciones campesinas de Nuestra América del siglo XIX es posible encontrar rebeliones por la autonomía comunal, mesianismos populares, por la democracia agraria, rebeliones antiimperialistas e incluso socialistas (Leticia Mayola Reina. Movimientos campesinos en México durante el siglo XIX).
No se trata de visibilizar al “liberalismo latinoamericano” como respuesta anticolonial y antiesclavista, para invisibilizar matrices simbólicas que responden con mayor pertinencia a las aspiraciones y demandas de los grupos subalternos. Se trata de colocar en primer plano de la escena a todas aquellas voces que llamaron a una re-originalización de la experiencia político-cultural más allá del canon colonial español y liberal; es decir, reconocer que hay voces subalternas contra-hegemónicas en el propio siglo XIX, voces contra las oligarquías, el legado colonial y el dominio europeo.

Hay que recordar algunos enunciados elementales tanto del liberalismo político, económico y social, como “rescatar (para utilizar la misma expresión de Hart) las posiciones que, desde Nuestra América, lanzó Mariategui frente al “liberalismo latinoamericano”. También las “geografías del pensamiento liberal” en Nuestra América son significativas para entender sus variedades e incluso, sus tendencias contradictorias. Los lugares de enunciación no son neutros ni asépticos en sus implicaciones. No es lo mismo, la recepción-resignificación mexicana del liberalismo europeo que la recepción-resignificación en Argentina, Perú, Chile o Venezuela.
El llamado entonces no es a “rescatar” sino a profundizar el debate, y sobre todo a matizar, a introducir la complejidad del asunto, a revisar los múltiples aspectos del problema, y no enfatizar una contradicción simple (que pudiera ser más artificiosa de lo que parece) entre el liberalismo europeo (¿Cuál de todos ellos?) y el liberalismo latinoamericano (así en bloque). Si algo hay que revalorizar es la memoria de las voces y pensamientos subalternos en contra los abusos, exclusiones y negaciones, contra los estados de dominación social, políticos, económicos y culturales.

El gran pensador socialista peruano José Carlos Mariategui decía en “El problema de la Tierra” (1928) que: “El socialismo contemporáneo -otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diversos nombres- es la antítesis del liberalismo; pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones. Aprecia y comprende todo lo que en la idea liberal hay de positivo: condena y ataca sólo lo que en esta idea hay de negativo y temporal.

Tal vez, esta valoración parcialmente positiva se viene enfatizando en las palabras de Hart, pero no olvidemos lo esencial: el socialismo es la antitesis del liberalismo. Si no tomamos en cuenta este antagonismo podríamos caer en lo que nos retrata el mismo Mariategui: “La revelación de la libertad, como la revelación de Dios, varía con las edades, los pueblos y los climas. Consustanciar la idea abstracta de la libertad con las imágenes concretas de una libertad con gorro frigio -hija del protestantismo y del renacimiento y de la revolución francesa- es dejarse coger por una ilusión que depende tal vez de un mero, aunque no desinteresado, astigmatismo filosófico de la burguesía y de su democracia.

Es decir, y como Mariategui lo ha planteado con extrema claridad en su texto, no pensemos que la única matriz teórica para fundar una concepción de la emancipación humana, del significado de la libertad y la liberación es el “liberalismo”, pues allí está precisamente la trampa del juego de lenguaje liberal. Marx desmontó radicalmente las ilusiones sobre los “derechos humanos” pensados e imaginados exclusivamente sobre los intereses del individuo-propietario.
Como decía Marx en la Cuestión Judía con relación al “hombre liberal”: “El Estado político perfecto es por su esencia la vida del hombre a nivel de especie en oposición a su vida material. Todos los presupuestos de esta vida egoísta siguen existiendo fuera del ámbito del Estado en la sociedad burguesa, pero como propiedades de ésta. Allí donde el Estado político ha alcanzado su verdadera madurez, el hombre lleva una doble vida no sólo en sus pensamientos, en la conciencia, sino en la realidad, en la vida: una vida celeste y una vida terrena, la vida en la comunidad política, en la que vale como ser comunitario, y la vida en la sociedad burguesa [civil], en la que actúa como hombre privado, considera a los otros hombres como medios, él mismo se degrada a medio y se convierte en juguete de poderes ajenos. El Estado político se comporta tan espiritualistamente con la sociedad burguesa como el cielo con la tierra. Se opone a ella y la supera exactamente como lo hace la religión con la limitación del mundo profano, es decir que también el Estado se ve forzado a reconocerla y reproducirla, a dejarse dominar por ella. El hombre es un ser profano en su realidad inmediata, en la sociedad burguesa [civil]. Y en ella, donde pasa ante sí y los otros por un individuo real, es un fenómeno falso. En cambio, en el Estado, donde el hombre pasa por ser a nivel de especie, es el miembro imaginario de una soberanía imaginaria, su real vida individual le ha sido arrebatada, sustituida por una generalidad irreal.”

Es en el texto: “El problema de la Tierra” y la “Esquema de la evolución económica del Perú” donde Mariategui analizan precisamente las condiciones específicas y particulares por las cuales en el Perú no existió una “burguesía liberal” que no estuviese articulada desde la cuna a los intereses del gamonalismo y del imperialismo, y por otra parte, las limitaciones del ideario liberal de la Independencia para comprender que la cosmovisión del “indio” no se correspondía con el “individualismo”, la “libertad de comercio” y la “propiedad privada capitalistas”.
No sería una política emancipadora plantearle a las comunidades indígenas ni a las clases trabajadoras del campo y de la ciudad de Nuestra América, que hay que rescatar un “liberalismo latinoamericano” sin analizar que lo que esta a la orden del día es el problema de la revolución democrática, socialista y descolonizadora; es decir, el tema de nuevas formas de comprender la democracia y el socialismo, asumiendo los retos del giro descolonizador. Hay un replanteamiento del pensamiento socialista desde Nuestra América que puede llevar menos a una mitificación del “liberalismo latinoamericano” y más a su superación: “La revolución de la independencia hace más de un siglo, fue un movimiento solidario de todos los pueblos subyugados por España; la revolución socialista es un movimiento mancomunado de todos los pueblos oprimidos por el capitalismo. Si la revolución liberal, nacionalista por sus principios, no pudo ser actuada sin una estrecha unión entre los países sudamericanos, fácil es comprender la ley histórica que, en una época más acentuada de interdependencia y vinculación de las naciones, impone que la revolución social, internacionalista en sus principios, se opere con una coordinación mucho más disciplinada e intensa de los partidos proletarios. El manifiesto de Marx y Engels condensó el primer principio de la revolución proletaria en la frase histórica: "¡Proletarios de todos los países, unios!".”
No hay que olvidar que desde su semilla, la palabra proletariado fue un horizonte político (Crítica a la filosofía del derecho de Hegel): “La revolución radical no es un sueño utópico para Alemania. Tampoco lo es la emancipación humana en general. Sí lo es en cambio una revolución parcial, meramente política, revolución que deja intactos los pilares de la casa. ¿En qué se basa una revolución parcial, meramente política? En que una parte de la sociedad burguesa se emancipa y accede al dominio general; en que una clase precisa emprende, basándose en su situación especial, la emancipación general de la sociedad. Esta clase libera toda la sociedad, pero sólo bajo el presupuesto de que la sociedad entera se encuentre en la situación de esta clase, o sea, por ejemplo, que disfrute de bienes de fortuna y de cultura o los pueda adquirir sin dificultad. No hay clase en la sociedad burguesa que pueda desempeñar este papel sin despertar por un momento el entusiasmo propio y de la masa. En ese momento fraterniza y coincide con la sociedad en general, se confunde con ella y es sentida y reconocida como su representante general. En ese momento sus reivindicaciones y derechos son verdaderamente los derechos y reivindicaciones de la sociedad misma, cuya cabeza y corazón es realmente. Sólo en nombre de los derechos generales de la sociedad puede reclamar una clase específica para sí el poder general. Para conquistar esta posición emancipadora y con ella la explotación política de todos los ámbitos de la sociedad en provecho del suyo propio, no basta con poseer energía revolucionaria y estar convencido del propio valer. Para que la revolución de un pueblo coincida con la emancipación de una clase específica de la sociedad burguesa, para que un estamento sea tenido por el estamento de toda la sociedad, todos los defectos de ésta tienen que hallarse concentrados en cambio en otra clase, un estamento preciso tiene que atraerse la repulsa general, ser la limitación general en forma palpable; un ámbito social específico tiene que valer como el crimen notorio de toda la sociedad, de modo que la liberación de esta esfera se presente como la liberación general de todos por sí mismos. Para que un estamento sea el estamento de la liberación par excellence, otro estamento tiene que ser a la inversa el estamento de la opresión manifiesta.” Y mas adelante: “no puede emanciparse sin emanciparse de todos los otros ámbitos de la sociedad, emancipando así a todos ellos. En una palabra, es la pérdida total del hombre y por tanto, sólo recuperándolo totalmente ha de ganarse a sí mismo.

Porque es la masa popular, y no un específico estrato obrero, la premisa material para la existencia del “proletariado” como “clase para si” , ya que “Cuando el proletariado proclama la disolución del orden actual del mundo, no hace más que pronunciar el secreto de su propia existencia, ya que él es la disolución de hecho de este orden del mundo.
Cualquier lectura atenta de Marx encontraría una analogía profunda entre el esta figura seminal del “proletariado” y los “Condenados de la Tierra” de Fanon, las cuatro quintas partes del mundo oprimido y explotado. ¿Cual es el sujeto, entonces? ¿El sujeto liberal?, o mas bien, ¿la multitud popular?

No podemos agregarle a la tragedia de la historia de la conquista y la colonización de América durante varios siglos, una nueva tragedia de repliegue del pensamiento crítico socialista. Si de verdad se quiere mirar “sin astigmatismos” lo que sucede tan de cerca de la piel de nuestros pueblos, una respuesta radical de los gobiernos revolucionarios que han emergido en el continente, debe ir a la raíz de las contradicciones sociales y sus fundamentos históricos-culturales.
Estudiando la revolución argentina y por ende, la americana, el socialista Esteban Echeverría clasificaba las clases en la siguiente forma: "La sociedad americana -dice- estaba dividida en tres clases opuestas en intereses, sin vínculo alguno de sociabilidad moral y política. Componían la primera los togados, el clero y los mandones; la segunda los enriquecidos por el monopolio y el capricho de la fortuna; la tercera los villanos, llamados 'gauchos' y 'compadritos' en el Río de la Plata, 'cholos' en el Perú, 'rotos' en Chile, 'leperos' en México. Las castas indígenas y africanas eran esclavas y tenían una existencia extra-social. La primera gozaba sin producir y tenía el poder y fuero del hidalgo. Era la aristocracia compuesta en su mayor parte de españoles y de muy pocos americanos. La segunda gozaba, ejerciendo tranquilamente su industria o comercio, era la clase media que se sentaba en los cabildos; la tercera, única productora por el trabajo manual, componíase de artesanos y proletarios de todo género. Los descendientes americanos de las dos primeras clases que recibían alguna educación en América o en la Península, fueron los que levantaron el estandarte de la revolución."(Esteban Echeverría, Antecedentes y primeros pasos de la revolución de Mayo.) A esta primera independencia formalmente política, le falta una emancipación social, económica y ético-cultural. Allí está el reto.

También Mariategui planteó: "Las ideas de la revolución francesa y de la constitución norteamericana encontraron un clima favorable a su difusión en Sudamérica, a causa de que en Sudamérica existía ya aunque fuese embrionariamente, una burguesía que, a causa de sus necesidades e intereses económicos, podía y debía contagiarse del humor revolucionario de la burguesía europea. La Independencia de Hispano-América no se habría realizado, ciertamente, si no hubiese contado con una generación heroica, sensible a la emoción de su época, con capacidad y voluntad para actuar en estos pueblos una verdadera revolución. La Independencia, bajo este aspecto, se presenta como una empresa romántica. Pero esto no contradice la tesis de la trama económica de la revolución emancipadora. Los conductores, los caudillos, los ideólogos de esta revolución no fueron anteriores ni superiores a las premisas y razones económicas de este acontecimiento. El hecho intelectual y sentimental no fue anterior al hecho económico."(Mariategui-El problema de la tierra).

Entonces, no descuidemos ni el problema etno-racial, ni la cuestión económica ni el problema de los sistemas de dominación y desigualdad social. No basta exaltar los ideales y valores de la Revolución Francesa. Nosotros, no nos sentimos “herederos de lo mejor de esa tradición” (Revolución Francesa como Revolución Burguesa), ni queremos una recuperación a-crítica de esta “memoria histórica”. ¿Por qué no reivindicar a los “igualitarios chilenos”, y por que no 1848 en vez de 1789? Sabemos lo que significó en Francia 1848 y 1871, ¿Por que insistir en la jaula de 1789? ¿Por qué mitificar tanto el imaginario jacobino y no profundizar en las corrientes popular-radicales de los procesos revolucionarios?

Nosotros queremos visibilizar otra procedencia política de las luchas populares y nacionales en Nuestra América, no una resignificación, por más creativa que sea de la Revolución Francesa. El tronco originario donde se injerta esta tradición de la revolución francesa esta en las luchas de “negros” e “indios”, de “comuneros”, de Tupac Amaru II, del heterogéneo magma de los grupos subalternos, de las resistencias, levantamientos y rebeliones de corte civilizatorio, no del espejo europeo. Es desde allí que puede enfrentarse la crisis muy profunda en la cultura llamada occidental, derivada de la quiebra de lo que fueron sus fundamentos históricos, que no son solo de las llamadas por Hart, las “tres columnas vertebrales de la cultura occidental”: el cristianismo, la modernidad científica y el socialismo, sino también de la crisis silenciada, la de la Modernidad/colonialidad liberal, llámesela europea o latinoamericana.
Es en la confluencia de la más avanzada de las tradiciones radical-populares europeas con el magma de lo que Esteben Echeverría denominó las “existencias extra-sociales”, donde podemos encontrar el sujeto popular indo-afro-latinoamericano. Dice Hart que: “En este lado del mundo, la mejor tradición europea se recogió para transformarla y enriquecerla, y tiene uno de sus fundamentos ideológicos en la diferencia y forma teórica con que nosotros apreciamos los dos liberalismos: el europeo-norteamericano y el latinoamericano y caribeño. El primero exaltó la consigna Libertad, Igualdad y Fraternidad, pero no se aplicaba a la totalidad del mundo, sino a una parte del mismo. Esto porque su origen está en la defensa del derecho de propiedad extendido además a la propiedad de los esclavos. Nació en el enfrentamiento al feudalismo, pero se aplicó en sociedades bien distintas, sobre todo en el hemisferio occidental. El segundo, el de América Latina y el Caribe, nació en defensa de los esclavos a partir, sobre todo de la revolución de Haití entre los finales del siglo XVIII y principios del XIX. De esta forma, el liberalismo latinoamericano abarcaba la totalidad de los seres humanos y constituía una conquista de redención universal.”
Lo que toda esta cita omite para el “liberalismo latinoamericano” es la palabra: "propiedad privada", porque muchos de estos liberales latinoamericanos fueron en sus horizontes ideológicos “individuos-propietarios” y “criollos”.

Encuentra Hart en el anti-esclavismo el telos progresista del “liberalismo latinoamericano”, sin comprender que las bases socioeconómicas del Capitalismo Colonial (Bagú) generaban un cuadro de conflictos sociales donde se superponían diferentes dispositivos de jerarquización, poder y explotación.
Tampoco Hart parece hacer referencia de que la orientación educativa y ético-cultural de este “liberalismo”, con excepciones, fue sellada por la regla euro-céntrica. El “liberalismo latinoamericano” no enfrentó el problema de las etnoclases, ni de la tierra, ni de la dominación cultural desde un horizonte mental emancipador.
Es un mito falsificador suponer que el ideario liberal de nuestros próceres independentistas permitía la superación de los cuadros de la explotación social, de la dominación, de la coerción política y de la hegemonía cultural. Hubo mejoras parciales en algunos aspectos de la existencia social, sin duda, pero la “colonialidad del poder” no fue radicalmente desplazada, y las limitaciones de las reformas liberales merecen mucho más atención, para comprender el devenir de las luchas populares y nacionales.

Las comunidades indígenas, campesinas y el artesanado no fueron liberados, sino sometidos a nuevas formas de explotación económica y de sometimiento político-cultural. Así, que no creo emancipadora una política de rescate del “liberalismo latinoamericano”, si no incluye sus limitaciones y agravios. Puedo compartir colocar en primera escena a figuras históricas como Miranda, Bolívar, Benito Juárez, Martí y Eloy Alfaro; pero no olvidemos que en Nuestra América se movilizaban otros estratos de la memoria de las luchas populares.
¿Cuáles? Como los denominó alguna vez Bonfill Batalla, aquellas historias que aún no han recibido la dignidad de llamarse historias: la historia de los vencidos, las historias de los de abajo, de los pueblos, sus héroes y testimonios político-culturales.
Porque aún hoy, sigue siendo útil Marx como referencia para desenmascarar las limitaciones de la emancipación política liberal, de su emancipación política sin emancipación social, de sus derechos humanos bajo la apologética del individualismo-propietario y del Estado Político (La Cuestión Judía, Crítica a la filosofía del derecho y del Estado de Hegel).

El Constitucionalismo liberal del pensamiento latinoamericano tuvo que esperar hasta 1917 (Queretaro-Mexico) para entroncar la emancipación política a la emancipación social. El ideal de los “liberales latinoamericanos” fue fundamentalmente la civilización europea. Porque para los liberales latinoamericanos, como dice Echeverria, los sujetos populares tenían básicamente “existencia extra-social”; y por tanto, carecían de derechos políticos y “madurez ético-cultural”.

La democracia restringida fue el alfa y omega de muchos de nuestros próceres liberales. Sus sistemas electorales imponian censos, y las camaras de senadores se asemejaban a cargos hereditarios Tampoco, dieron una respuesta a los conflictos entre matrices culturales distinta a la asimilación al occidentalismo para “indios” y “negros”.
Estas voces subalternas de la historia no pueden quedar sepultadas en el relato heroico del “liberalismo latinoamericano”. No es sobre los pies de los amos latinoamericanos que el continente logrará su emancipación, sino sobre la liberación popular, en tanto que bloque social contra-hegemónico de los oprimidos. No es tiempo de reivindicar la consigna de “civilización o barbarie” (Sarmiento dixit) sino de renovar el lema de “socialismo o barbarie”.

Finalmente, tampoco es cierto que “Tenemos una visión distinta a la de Europa porque hemos recogido lo mejor de su tradición y la hemos enriquecido con dos siglos de historia, y es bueno que España y Europa conozcan el pensamiento surgido a partir de Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Félix Varela, Benito Juárez, José Martí, Julio Antonio Merlla, José Carlos Mariátegui, José Ingenieros, Aníbal Ponce y tantos y tantos más. Hasta tanto no se entienda la tradición latinoamericana y caribeña de dos siglos de historia que se articuló con el pensamiento socialista de una manera bien distinta a como ocurrió en Europa, no podrá hallar fórmula adecuada para alcanzar la síntesis universal a que aspiramos, y para comprenderlo, invitamos a estudiar el pensamiento de Marx y Engels de esta forma.

La tradición indo-afro-americana tiene más de dos siglos de historia, y no solo es posible valorizarla como tributaria del liberalismo y del socialismo de Marx, Engels y Lenin. Hay que remontarse más arriba en el torrente nacional-popular. Hay genealogías en las luchas populares cuyas emergencias anteceden a la Revolución Francesa. No olvidemos a Tupac Amaru II.
No esperemos reconocernos como enriquecedores de la tradición euro-céntrica, como una suerte de “extremo occidente” (Rouquie); al fin y al cabo, comentadores de un “pensamiento segundo”. No busquemos las claves de la originalidad de un pensamiento teórico contra-hegemónico como el que necesita el siglo XXI, en una “dialéctica concreta” que ha perdido su contacto con las voces del espacio subalterno, con las voces contra-hegemónicas y descolonizadoras.
Hay ser mas audaces e incisivos en la crítica del pensamiento heredado. Oponer al Imperio, a “naciones-estado” latinoamericanas controladas políticamente por el ideario del “liberalismo latinoamericano” o del “socialismo de una falsa continuidad imaginaria de Marx, Engels y Lenin” es el síntoma del bloqueo histórico de la utopía concreta de Nuestra América. Ni el “liberalismo” ni el “marxismo” en clave euro-céntrica son las salidas del siglo XXI.

Si bien es cierto que la idea socialista, como tantas otras, no está exenta de los peligros de la incultura y la maldad, tampoco hay que evadir el peligro de transformar la ignorancia en arrogancia. Este ha sido el gesto por excelencia de la actitud euro-céntrica, imponer su letra dominante en el espacio de un “falso vacío”, creado por proceso de negación cultural.
Éticas y culturas desde diversas matrices simbólicas nuestra americanas que superen el euro-centrismo, el occidentalismo y el heleno-centrismo, para reconocer otras voces, saberes y conocimientos en las historias.

¿Podremos seguir manteniendo la narración ideológica que afirma que con la Revolución Francesa, la razón y la inteligencia alcanzaron altísima consideración política, social y cultural? La Ilustración tiene sus sombras, y las sombras de la razón generaron sus monstruos (Goya).
Tampoco la revolución bolchevique supera la prueba de sus tendencias sombrías (Rosa Luxemburgo). Por que exaltar a un Lenin, en vez de comprender el campo de renovaciones y polémicas teóricas entre Luxemburgo, Korsch, Luckacs, Gramsci, Trotsky, Hilferding, Bujarin y tantos otros. Fue Luxembuergo quién nos legó la tarea de radicalizar los vinculos entre socialismo y democracia, y no suponer que la democracia era una palabra "liberal".
No esperemos que la Europa auto-complacida en su orgullo ético, cognitivo o estético reconozca el valor del patrimonio del pensamiento crítico de Nuestra América. Más bien, conquistemos el horizonte de nuestro propio proyecto histórico-existencial, apropiándonos selectivamente de los logros humanísticos, científicos y técnicos de todas las latitudes. Mas importante que nos reconozcan es reconocernos y afirmarnos con capacidad para transformar nuestro mundo.

Con relación a la tradición socialista, no basta ya exaltar el leninismo, y acompasarlo con el ala de izquierda del liberalismo latinoamericano, para llegar a definir la aspiración del nuevo socialismo del siglo XXI. Esta jugada retórica impide repensar lo que la liberación del bloque popular-subalterno quiere colocar en la agenda política: la cuestión de la democracia revolucionaria con contenido de emancipación social y la cuestión de la descolonización de nuestros horizontes ideológicos.
Si el nuevo socialismo quiere sembrarse en el horizonte existencial del magma popular indo-afro-latinoamericano tiene que atender a las siguientes palabras de Mariategui:

Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres.” (La unidad de la América indo-española-1924)

domingo, 25 de mayo de 2008

ESCAPAR DE LA TRAMPA DEL SOCIALISMO BUROCRÁTICO

El arsenal. Diego Rivera
Javier Biardeau R
jbiardeau@gmail.com



Para enfrentar con relativa eficacia la crisis de identidad del proyecto socialista en la revolución bolivariana, hemos planteado que se requiere del coraje teórico y político para superar el mito de las dos izquierdas: tanto la estalinista-burocrática, como la socialdemócrata-reformista.

Hay que superar a la vieja izquierda de aparato. Así mismo, es indispensable comprender el papel de lo nacional-popular-democrático, sin confundirlo con las experiencias y regímenes populistas-autoritarios., donde la nación, el líder y el pueblo, asumieron totalizaciones orgánicas, marcadas por el cesarismo regresivo y por las ideologías fascistas de derecha.


Hay que construir formas de liderazgo colectivo, al intelectual colectivo, formas de dirección política participativa. Planteamos la importancia vital de la “revolución democrática”, de la radicalización de la democracia para dar paso a figuras de socialismo participativo y autogestionario, donde el protagonismo popular sea condición necesaria, indispensable, para cuestionar de raíz las diversas lógicas de dominación que atraviezan el campo social, para distanciarse del socialismo burocrático y del capitalismo de estado.


Esto no se hace ni acontece por vía de decretos ni copiando modelos. Es una lucha nacional, popular, democrática, revolucionaria con su propio ritmo, con un proceso de apropiación y aprendizaje colectivo, que desborda los tiempos del voluntarismo, de los aparatos y el culto a cualquier figura de “lo que diga el Líder”. ¿Que ocurre cuando el Líder se equivoca? Está en juego el proceso revolucionario, la existencia misma de simpatizantes y militantes, el espacio de acción de los movimientos sociales, y la capacidad de acumular fuerzas.


El imaginario jacobino-blanquista es incompatible con la democracia socialista. En este punto, Lenin y Trotsky fueron superados históricamente por las previsiones de Rosa Luxemburgo frente a la revolución rusa: “(…) el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares ”.


Hay dos errores que condenan a la derrota a una revolución: a) pretender sustituir al pueblo (vanguardismo); b) colocar en un estado de pasividad política al pueblo, convirtiéndole en clientela (reformismo) y masa de maniobra de las decisiones de la burocracia. Ambos errores llevan a una degeneración burocrática y cesarista del proceso revolucionario. Esta situación es aprovechada por los “sepultureros de la revolución”: dentro y fuera de ella. Los de dentro, son aún más peligrosos que los de afuera, pués desvían constantemente el curso revolucionario, paralizan la iniciativa de masas, regulan y disciplinan a los movimientos sociales, adormecen la lucha ideológica, estimulan el conformismo revolucionario, y sobre todo, se constituyen en una nueva clase político-económica, que acumula privilegios y espacios de poder.


Superar a la izquierda estalinista implica una confrontación crítica con las experiencias del “socialismo burocrático”, con las figuras despóticas del “socialismo realmente inexistente”. La novedad no está en la búsqueda del “modelo único”, sino en el reconocimiento de la pluralidad radical de tendencias, como valor esencial del nuevo socialismo. La pasión que alimenta la fecundación de la diversidad de tendencias es su reconocimiento en el seno del campo de la izquierda, donde las interpretaciones antidogmáticas de la tradición socialista, puedan realizar simultáneamente el trabajo de recuperación crítica de la memoria histórica y de renovación no dogmática del imaginario socialista.


La esterilidad teórica e intelectual del campo de la vieja izquierda depende de la continuidad del marxismo burocrático (el fánatico culto al marxismo-leninismo), de la hegemonía del modelo revolucionario bolchevique (el fanático culto a la sustitución de los soviets y consejos por el aparato político), del culto a la experiencia del socialismo irreal (seguir apelando a la nostalgía y no a la construcción de un futuro de innovación y esperanza). Por ese camino, no hay futuro para el socialismo, y lo más probable es una re-ofensiva a corto plazo de la derecha.


La izquierda despótica adolece de un bloqueo histórico. No es posible ni deseable, trasladar mecánicamente modelos socialistas agotados, experiencias históricas que no han mostrado signo alguno de haber logrado la emancipación radical. De esto se trata, no de simples progresismos cuando la fé en el progreso ha sido socavada, cuando los dogmas de desarrollar fuerzas productivas como santo y seña de la liberación social se han ido a pique. Se trata de emancipación radical, de "cambiar la vida en común".


Italo Calvino comparaba a las ciudades con los sueños, y decía que las ciudades están construidas de deseos y miedos. Lo mismo ocurre con las sociedades socialistas, están construidas de deseos y miedos. Hemos cuestionado durante el año 2007 la propuesta de reforma constitucional, sobre todo por la nula capacidad de intervención creadora de la multitud en su diseño y puesta en debate, por haber caído en el campo minado de la propia derecha.


Se sustituyeron los impulsos y deseos del común por una receta jacobina, por una visión de "revolución dede arriba", cancelando la participación y el protagonismo popular en la creación de contenidos de la reforma, apelando al apoyo incondicional, a la lealtad hacia el Líder (técnica reactiva por excelencia), y generando condiciones para que los miedos y los temores dominaran la escena social, en vez de que los deseos de emancipación social tomaran la agenda colectiva. Vivimos una de las peores experiencias de alienación en el Discurso del Líder, que ha llegado a conformar una idiota psicología de masas, que todavía hoy es estimulada por los cuadros más alejados del pensamiento crítico socialista: "lo que diga chávez".


Desde mi punto de vista, la propuesta de reforma fue un fracaso auto-inducido por las fracciones de la derecha endógena, por aquellos que, como planteó Luxemburgo, le temen al impulso vivo de las masas populares, de las multitudes, para que la voz y los cuerpos de los grupos subalternos entren en escena con protagonismo, para impedir el despliegue del poder constituyente real.


El modelo de socialismo propuesto se parecía demasiado al imaginario despótico del socialismo burocrático. La alta dirección de la revolución cayó en el error jacobino de transformar la sociedad desde arriba., y no desde los deseos de liberación radical, desde la movilización creativa de las pasiones libertarias del pueblo, repito desde la emancipación.


El imaginario de la vieja izquierda sepultó una oportunidad histórica constituyente. Corregir este rumbo será el costo indispensable para desplazar a la burocracia, a la nueva clase político-económica, a la dedocracia, a la nueva burguesía de estado, para que nuestra nomenclatura bolivariana pierda sus privilegios y sus espacios de poder, para que sea el pueblo organizado quién recupere el mando y determine la conducción del proceso revolucionario. Pueblo, multitud, mayorías sociales, movimientos sociales, los de abajo; en fin, singularidades revolucionarias articulados como fuerza insurgente, como bloque social contrahegemónico.


Tal vez hay que repetirlo: que sea el pueblo organizado, la inteligencia general, las multitudes, la democracia absoluta, quién recupere el mando y determine la conducción del proceso frevolucionario.
jbiardeau@gmail.com

jueves, 8 de mayo de 2008

LA HERENCIA DEL 68-IV: ¿PLURALIDAD SOCIALISTA-DEMOCRATICA-REVOLUCIONARIA?


Javier Biardeau R.

¿Qué puede llegar a ser el nuevo socialismo del siglo XXI? Esta es una pregunta inquietante. En estos días se conmemora la herencia del 68, no solo del “Mayo Francés”, sino de todo un clima internacional que traduce una fase de bifurcación del sistema-mundo capitalista, de sus centros y periferias, lo que ha denominado Wallerstein: el “gran ensayo”. El “Mayo Francés” puede comprenderse como un episodio de una secuencia de turbulencias que conmocionaron las bases de legitimación y regulación político-cultural del sistema-mundo capitalista. Turbulencias en la compleja dialéctica entre revoluciones y contra-revoluciones, de revoluciones activas, pero también pasivas, con sus transformismos y cooptaciones, como las denominó Gramsci. Y frente a los flujos revolucionarios, se armó una estrategia no solo política sino cultural, con carácter contra-revolucionaria: se impuso el consenso neoconservador-neoliberal. La derecha utilizó adecuadamente a Gramsci para sus objetivos político-estratégicos. Para liquidar a la izquierda hay que asumir una guerra política-mediática-cultural: un conjunto de batallas prolongadas que atraviesan campos estéticos, éticos y cognitivos, que pasa por terrenos epistemológicos, mediáticos, e incluso religiosos, de la colonización de la vida cotidiana. Luego del auge de las narrativas sobre el “fin de la historia”, y del derrumbe del campo soviético, las oleadas del globalismo trilateral-neoliberal vivieron sus momentos de éxtasis y ocaso. Llegó el tiempo de la protesta popular, de sacudones antiglobalizadores y del llamado “giro hacia la izquierda”. Pero, ¿cuál izquierda? Re-apareció en escena, lentamente, una constelación de perfiles: lo nacional, lo popular-subalterno y lo democrático. Cada vez más, se asumió la necesidad de la “revolución”. Pero, ¿cuál revolución? Sin duda, una revolución de multitudes democráticas, no de burocracias estatales o partidistas. Sin embargo, el globalismo trilateral ha jugado cartas insospechadas. Revitalizó la etno-política reaccionaria, primero contra el bloque soviético, luego hacia otras geografías políticas. Reactivó a la vez las fronteras ideológicas entre el reformismo racional y la llamada “sinrazón revolucionaria”: “solo quienes han liquidado la “Razón”, pueden imaginar, pensar y hacer revoluciones socialistas”. Había que bloquear las conexiones entre revolución social, democrática, ecológica y descolonizadora. Allí está la trama del nuevo horizonte utópico y contra este horizonte se libran nuevas batallas político-culturales. Otras revoluciones serán posibles. Pero no olvidemos, hay una compleja dialéctica entre revoluciones y contra-revoluciones. Bolivia es hoy, un nudo clave de esta situación. Vivimos tiempos de ensayos revolucionarios, imperfectos como obras humanas, pero constructores de nuevos horizontes. Pero vivimos tiempos de contra-revolución. Y en este campo de fuerzas, se ensayan vías de renovación de la pluralidad socialista, democrática y revolucionaria. Como todo horizonte, es el ensayo de nuevas perspectivas, de nuevos locus de enunciación y de acción colectiva. Es un campo de fuerzas contra las redes imaginarias del consenso neoconservador-neoliberal: el clima de desencanto y la nueva oleada de individualismo posesivo-narcisista, que se propaga como sensibilidad, desde una tónica posmoderna en clave conservadora; es una lucha contra los valores-refugio de los arcaísmos integristas, y es a la vez, una lucha contra la modernidad-colonialidad. Nacen diversos signos de subversión de las escenas político-culturales, entre ellos, el término transmodernidad, un término transicional en un momento de transición histórica. Transmoderno es un espacio de fuga para eludir la captura de los dispositivos de poder de la modernidad-colonialidad, de la “posmodernidad neoconservadora” y de los arcaísmos etnopolíticos. Este asunto desborda cualquier simplificación y es una condición abierta, incierta y conflictiva. Pero no se puede eludir el tema. La crisis de la modernidad-colonialidad se imbrica con la crisis del capitalismo y de la vieja izquierda. Es un desafío para repensar el horizonte socialista, porque el imaginario socialista lleva inscrita la huella de la Modernidad-colonialidad, resuena constantemente en su gramática de significación y sentido. Imaginar los vínculos entre revolución, socialismo y democracia, supone una mutación existencial, de viejas y nuevas cuestiones: la cuestión social (desigualdad, explotación y exclusión), la cuestión democrática (representación/participación), la cuestión intercultural (neocolonialismo/dialogo de civilizaciones y culturas), la cuestión ambiental (productivismo-consumismo/ escala ambiental), la cuestión patriarcal, y finalmente, la cuestión económica (riqueza económica/ riqueza social). Esta compleja trama no puede articularse sino a través del ejercicio de la pluralidad radical. Por todas partes, en cualquier espacio, se reclama el tema de la diversidad; una tarea política cada vez más compleja: la unidad no totalitaria de la diversidad. Si hay un criterio de valoración de las experiencias llamadas “socialistas”, de balance de inventario del campo soviético es la crítica al “despotismo de izquierda”, simbolizado en las prácticas del “socialismo burocrático”, en la imagen condensada de la tiranía estalinista. Una apreciación del estalinismo como “despotismo de izquierda” ha permitido dos actitudes: a) la despedida del imaginario socialista y la identificación con la dupla economía capitalista de mercado+democracia liberal, b) desmontar el viejo socialismo, configurar nuevos horizontes, recuperando la memoria colectiva de luchas y sin sacrificar el “principio esperanza” (Bloch). La vieja izquierda se ha hecho trizas, porque se ha vuelto nostálgica de ruinas ideológicas y teóricas. Desde allí, solo hay repetición del pasado. Pero el presente histórico esta preñado de tensiones entre formas inéditas e inercias históricas. Ningún centro de decisión, intelectual y política, puede clausurar el debate, y pasar a “definir” qué es, aquí y ahora, el socialismo del siglo XXI. ¿Qué es el nuevo socialismo? Un horizonte en marcha, el trenzado de nuevos imaginarios sociales radicales, donde se anudan revoluciones sociales, democráticas, interculturales y ecológicas, donde queda desplazada, por ejemplo, la noción de “riqueza económica” por la de “riqueza social”, donde se prefiguran valores y prácticas post-capitalistas. Pero manuales, lectores y lectoras, no hay. Algunos mapas, cartografías, cajas de herramientas, eso tal vez, pero manuales…eso huele a farsa.

jueves, 1 de mayo de 2008

LA HERENCIA DEL 68: HACIA UNA NUEVA PLURALIDAD SOCIALISTA REVOLUCIONARIA

Javier Biardeau R.

Como lo ha denominado Wallerstein, Mayo de 1968 ha quedado planteado como el “gran ensayo” revolucionario que cierra el ciclo de luchas socialistas del siglo XX, como generador de ideas que se proyectan más sobre el siglo XXI que hacia el siglo XIX y XX.
Wallerstein plantea que la Revolución bolchevique de 1917 abandonó la democracia consejista y constituyó un capitalismo de Estado, consolidado durante la tiranía de Stalin, que entró poco a poco, en la lógica del sistema capitalista mundial, dando una batalla bajo una racionalidad análoga a la lógica de la dominación del capital y perdió. Así mismo, las revoluciones anticolonialistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron antisistema durante la guerra de liberación pero instalados los nuevos regímenes políticos entraron en los moldes de la guerra fría, primero, y de la reestructuración capitalista global, después.
Como ha dicho Negri, los movimientos de liberación nacional no han encontrado nada mejor que el regalo envenenado del Estatismo autoritario, como también lo ha denominado Poulantzas. La vieja izquierda estalinista, socialdemócrata y tercermundista se han convertido en callejones sin salida. Por tanto hay que romper estos diques de contención de las multitudes revolucionarias.
El siglo XXI comienza en 1968. Aquella revuelta estudiantil y obrera, que conmovió al gobierno de Charles De Gaulle, que sacudió las inercias ideológicas que envolvía a la civilización capitalista durante la Guerra Fría, planteó interrogantes y problemas que todavía hoy no tienen respuestas definitivas. Lo que si ha quedado claro desde entonces, es que el mito de las dos izquierdas: la socialdemócrata-reformista y la estalinista han sido firmemente enterrado.
Ha surgido un plural campo de izquierdas revolucionarias, para nuevos espacios contra-hegemónicos de justicia, libertad y liberación. Como ha sido reconocido en la obra de Simón Weil: de luchas contra las diversas figuras de la opresión. Y este campo plural de izquierdas revolucionarias todavía hoy, combate en dos frentes: contra el capitalismo global en su momentum de “globalismo trilateral”, y contra las inercias de las viejas izquierdas: contra el callejón estalinista-autoritario y socialdemócrata-reformista.
En esto consiste el difícil parto de la pluralidad socialista revolucionaria como herencia del 68, de su horizonte teórico, programático y organizativo, su carácter de “unidad no totalitaria en la diversidad”, de “movimiento de movimientos” global y poli-céntrico, del reconocimiento de las singularidades revolucionarias. Los jóvenes, que impactados por los movimientos anti-imperialistas de liberación en el Tercer Mundo, especialmente Viet Nam (ofensiva Tet), iniciaron en Nanterre un movimiento ignorando que había desencadenado una revuelta que dejaría una huella muy honda en la sociedad contemporánea.
Sin embargo, el movimiento expresa en su desorden creador, que no hay un único centro de referencia ideológica como herencia del Mayo Francés. Este simple dato genera una discontinuidad con relación al monolitismo ideológico del campo de la vieja izquierda: situacionistas, trotskystas, maoístas, teóricos críticos como Herbert Marcuse, como Castoriadis o existencialistas como Jean Paul Sartre, las intervenciones posteriores de Foucault, Deleuze, Guattari, el clima político y contracultural de la nueva izquierda norteamericana, o el autonomismo italiano, todos estos nodos intelectuales de un nuevo imaginario crítico, plantearon cuestiones novedosas que no se encontraban en el Diamat-Hismat soviético, en ninguna ortodoxia marxista ni en los criterios reformistas de la socialdemocracia.
Impulsaron la necesidad de una nueva alianza entre las clases subalternas con la inteligencia crítica que abría un boquete de contestación en la vida universitaria, dejando de lado los "clasismos" abstractos. Se rechazó como deshumanizadora a la tecnocracia y a la racionalidad instrumental, abjurándose de las burocracias de todo tipo. Fue proclamada la libertad de amar, la liberación del cuerpo y la palabra, dejando de lado prejuicios anacrónicos, se planteo abiertamente una mutación existencial de las costumbres y de la vida cotidiana, detonó con mayor fuerza la liberación femenina, se hizo indispensable la ecología radical y la defensa del ambiente, la desalienación generalizada era precondición para una revolución anticapitalista, anti-estatista y autogestionaria, donde las palabras autonomía y democracia abandonaron sus adscripciones a las formaciones ideológicas del bloque hegemónico.
Sostiene Wallerstein que los hitos revolucionarios del siglo XX no deben medirse por la Revolución bolchevique de 1917 ni los procesos de descolonización. Por el contrario, las revoluciones alumbradoras de lo nuevo fueron la de París en 1848 (primera Comuna) y la de 1968. La del 48 significó el triunfo de la burguesía republicana consolidando la revolución de 1830 y permitió el surgimiento del "cuarto estado" (el proletariado). La de 1968 fue el prolegómeno de lo porvenir que se vivirá en el siglo XXI.

sábado, 12 de abril de 2008

LA HERENCIA DEL 68: EL BLOQUEO DE LA UTOPIA POR PARTE DE LA VIEJA IZQUIERDA (II)


Javier Biardeau R.

Una de las enseñanzas de la herencia del 68 consiste en comprender el papel conservador de la vieja izquierda ante la emergencia de situaciones, aclimatadas por la presencia de las energías utópicas. Como estas situaciones-acontecimientos no siguen el guión de los manuales estalinistas ni el dictat de los aparatos, la vieja izquierda juega su tragicómico papel de neutralizar la potencia revolucionaria, cancelando al mismo tiempo la innovación de formas de pensamiento-praxis socialista. Por eso, se hace necesario desentrañar los dispositivos que hacen posible el bloqueo histórico de los movimientos anti-sistémicos, de manera tal que se puedan vislumbrar nuevos horizontes.

¿Cómo comprender y explicar que en menos de un mes, se asistiera en Francia del 68 a una crisis social y política de una extraordinaria fuerza, que en pocas semanas parecía disolver un sistema hegemónico y un Estado capitalista; en cuya cabeza figuraba uno de las figuras políticas más emblemáticos de la derecha del siglo XX: Charles De Gaulle; y que finalmente todo este “gran ensayo revolucionario”, quedara recuperado?

Una de las aristas para analizar estos sucesos, se articula al papel de la dirección del PCF en la coyuntura política, y al lastre que representó el estalinismo-burocrático, su visión estratégica, su modelo organizativo y su férreo control de la CGT (sindicatos). Desde entonces, ni la derecha ni la vieja izquierda sacaron las consecuencias de aquel reconocimiento del primer ministro Pompidou, cuando se enfrentó al malestar generalizado que invadía la situación no solo francesa, sino internacional. Para Pompidou se revelaba una “crisis de civilización”. (Casi 40 años, Sarkozi utiliza los enunciados de Edgar Morin, y habla de una política de civilizaciones, pero a la vez llama a liquidar la memoria del Mayo Francés; es decir, la memoria de una lucha por construir una “civilización no represiva”. El odio al 68 sigue siendo una actitud defensiva de los viejos valores, que precisamente socavan la posibilidad de despejar opciones de futuro, más allá del predominio del “pragmatismo del poder”, con todo lo que éste entraña en términos de miopía histórica.)

Ante el asombro del Gobierno de derecha y de la vieja izquierda, un movimiento de activistas de una universidad de las afueras de Paris (Nanterre) se transformó en una multitud, que integró de modo virtual a todos los estudiantes de París, y que gozó inicialmente de un inmenso apoyo popular, dando lugar a un aparente clima insurreccional. En un primer momentum, se fue generalizando una huelga general espontánea de enormes proporciones, que culminó con el rechazo por parte de los huelguistas del acuerdo, que en su nombre, negociaron los líderes oficiales de los sindicatos y la patronal, bajo la tutela del gobierno.

No podríamos comprender la resonancia de las ideas de Marcuse, Castoriadis, libertarios, situacionistas, trotskistas, y posteriormente maoistas; si no comprendemos el clima de rechazo a los viejos valores civilizatorios, si suponemos que fue la vieja izquierda la que asumió el protagonismo de los eventos. No podríamos comprender por que razón Cohn-Bendit, un joven estudiante franco-alemán tituló su texto: El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del comunismo. (Actualmente Cohn-Bendit, plantea desmitificar el Mayo Francés como fantasía revolucionaria…vueltas de las historia)

Cuando nace el Movimiento 22 de Marzo, Georges Marcháis, secretario general del PCF, con desprecio califica de “grupúsculos izquierdistas”, a estos movimientos. Las etiquetas se dirigen especialmente al anarquista “alemán” Cohn-Bendit. El discurso oficial del PCF dicta: la agitación favorece las “provocaciones fascistas”, esos “seudo-revolucionarios” pretenden “dar lecciones al movimiento obrero”. Marcháis concluye “Esos falsos revolucionarios debían ser enérgicamente desenmascarados” (una típica reacción paranoica del burócrata de turno). Por tanto, “servían a los intereses del poder gaullista”. No bastando las acusaciones de “quinta-columnas”, tenían como uno de sus referentes intelectuales a filósofos alemanes, como Bloch y Marcuse (este último vivía en Estados Unidos). Marcháis utiliza citas textuales del entonces profesor de Berkeley para acusarlo de enemigo de los partidos comunistas. Ya antes de estos hechos, Marcuse había escrito “El marxismo soviético” donde desenmascaraba las falacias estalinistas. Estaba claro que a Marcháis y al PCF no le gustaban las ideas de Marcuse. Ya en 1965 la dirección del PCF se había encargado de “depurar” a la UEC, la desobediente organización estudiantil comunista.

En la fase política del 27 de mayo al 23 de junio, era claro el desbordamiento del poder. La sucesión parecía abierta. Sin embargo, las fuerzas contestatarias carecen de la unidad política para fructificar una insurrección. Se trata del fin de la revuelta, no del inicio de la revolución. Los obreros desconfían de los estudiantes, y la derecha comienza a manipular a la opinión pública con el pathos del miedo, los llamados al orden y la acción cívica en contra del “terror y caos revolucionario”. La CGT y el PC, hostiles al “izquierdismo”, apuestan por el mantenimiento del poder establecido antes que por “lo desconocido”.

Fue ese deseo infinito de forjar una civilización no represiva, donde reposa una de las herencia del 68. De ahí la desconfianza de la vieja izquierda, que representa aún la vieja civilización.