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sábado, 23 de febrero de 2008

SABERES CONTRAHEGEMÓNICOS



Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com


" Las palabras no son neutras", nos plantea desde una teoría crítica radical (¿postmoderna?) el amigo Rigoberto Lanz. Pero quedan inquietudes pendientes. Una teoría crítica radical y revolucionaria, como decía el viejo Marx, del modo de producción/reproducción de la civilización capitalista (Wallerstein), nos lleva más allá de la modernidad occidental, más allá de la colonialidad/modernidad y de su racionalidad hegemónica (Quijano). De allí la pertinencia de los "enfoques contra-hegemónicos", no sólo rastreando las huellas de lo postmoderno euro-céntrico o de lo trans-modernos/de-colonial (Dussel-Mignolo). A decir de Anouar Abdel-Malek, hay que afirmar la ruptura con el dogma de la división naturalizada entre gobernantes y gobernados (Gramsci contra Pareto/Mosca). Hay que vivificar las pasiones libertarias que afectan las narraciones y los dispositivos de enunciación dominantes.

Hay todo un universo de referencia en las palabras de aquel himno de la Internacional escrito por Eugène Pottier en 1871, durante la Comuna de París, cuando enuncia: "Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor". Habría que agregar: nos-otros y nos-otras, y también las alteridades. Multiplicidad de singularidades revolucionarias. Y repite Pottier: "Agrupémonos todos, en la lucha final. El género humano es la internacional".

Esto es lo que la derecha neo-conservadora llama "totalitarismo", barriendo debajo de su alfombra roja, los genocidios coloniales e imperiales: "El género humano es la Internacional". Marx en sus afectos y pasiones articuladas al "soy humano, y nada de lo humano me es ajeno" ("Homo sum, et nihil humanum me alienum puto". Terencio), nos lleva a su mandato ético: hay que echar por tierra todas las relaciones sociales que hagan de los seres humanos, seres sometidos a humillaciones (Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel-1844).

Y para esto no hay que partir del "individualismo posesivo" (Mcpherson), sino de la corporalidad viva que afirma la humana dignidad.

Ciertamente, hay que echar por tierra las relaciones sociales que someten a los cuerpos a regímenes-gobiernos-disciplinas (Foucault), a controles (Deleuze-Guttari); desconociendo las humanidades plurales, los multiversos.

Luego del triunfo de Sangarará, Túpac Amaru II expidió un mensaje a los pueblos andinos, volviendo a convocar a los criollos a la unidad con la causa india: "Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles; criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen". Discurso contra-imperial y descolonizador.

Más allá de las clasificaciones y jerarquías, todas ilegítimas, por más que se pretendan justificar desde la teatro-logía (Balandier) de la "farsa conciencia histórica euro-céntrica" (¡porque es farsante y cínica!), para vivificar al plural género humano, un género intercultural, de diálogo entre civilizaciones, culturas y naciones abiertas a la liberación.

Es hora ya de quitarse las anteojeras que fueron colocadas por siglos de colonialidad/modernidad, por siglos de racionalidad hegemónica, de geopolítica de los conocimientos; para re-montarse desde las profundidades de las experiencias y pasiones que se oponen afirmativamente a las múltiples opresiones, inventando un nuevo imaginario crítico de emancipación, sin el culto a dogmas, a fetiches, sin euro-centrismos, sin modos de subjetivación que truncan la posibilidad de construir singularidades entre singularidades, liberaciones entre liberaciones. Porque más que "igualdad, libertad y fraternidad", caligrafiando mentalmente los valores-fuerza de la Revolución Francesa, se trata de revoluciones democráticas post-imperiales, que rebasan la política cultural de la modernidad occidental. Porque los nuevos imaginarios críticos socialistas afirman la justicia, la paz, la dignidad, la alteridad y la liberación. Para que la barbarie del mundo contemporáneo no siga llamándose de manera soberbia (imponiendo-se como): "Tener-razón".

martes, 19 de febrero de 2008

¿Por qué ganó la abstención en diciembre del 2007?


Javier Biardeau R.
No hubo sorpresas efectivamente. Los deseos solos no preñan. La realidad cruda y dura impone limitaciones a las ilusiones ilimitadas. El cuadro de derrota política con alta abstención, incluso si subiese llegado a lograrse una pírrica victoria electoral, coloca a la alta dirección estratégica de la revolución en el único espacio emocional y racional para superar la actual situación: reconocer errores y corregirlos, comenzando por la visión unilateral de la infalibilidad del Líder. Con una abstención cercana a 7.200.000 votantes (45 %), y un estrechísimo margen entre el SI y el NO (el CNE ha contabilizado 4 millones 504 mil 354 (50,70%) votos a favor del NO, y para el SÍ, 4 millones 379 mil 392, lo que representa el 49,29%), la lectura es que el peor escenario: un empate catastrófico con alta abstención, fue el evento no solo mas probable sino efectivo. La oposición quedo en neutro con relación a diciembre de 2006 (en realidad la oposición unida no logró despegar significativamente del año 2006), y la verdad cruda es que hubo un deslave en las bases sociales de apoyo de la revolución, una verdadera evaporación del voto bolivariano. No solo no hay 4.000.000 millones de oligarcas, sino que tampoco se le sumaron a estos, 3.000.000 de “traidores abstencionistas”, ex votantes de la revolución. El rechazo a la reforma es muy alto, así se elaboren racionalizaciones acerca de la abstención a-política y anti-política. Hubo abstención política de la base social revolucionaria hacia la reforma. Esta es la primera conclusión de sensatez ante los hechos electorales. En segundo lugar, no hay que endosarle el mayor peso explicativo de la actual situación a la campaña mediática de manipulación del miedo que lanzó el NO. Jugó un papel sin duda, pero no es lo esencial. Era predecible que la migración del voto bolivariano no iría hacia el NO, sino hacia la abstención. En realidad, a diferencia del chantaje propagandístico que se levantó para convertir el referendo en plebiscito, y llevar la decisión al terreno de la lealtad, se evidencia una protesta de fondo en el campo bolivariano. A 3.000.000 de bolivarianos no les pareció adecuado, ni la forma como se tramitó, ni aspectos medulares del proyecto de reforma constitucional, que si se hubiesen votado temáticamente, hubiesen permitido una abstención menos alta. La gran responsabilidad de la derrota es de aquellos que convencieron a Chávez de que la revolución depende exclusivamente de su figura personal. Error. Probablemente sin Chávez no haya revolución, pero solo con Chávez tampoco. Hay que corregir esta tendencia de minimizar el papel protagónico del pueblo a la hora de las grandes deliberaciones y decisiones. El “chavismo de aparato” (dirección PSUV) fue derrotado. La revolución se construye desde abajo, o se desgasta desde arriba. No se trata de que “por ahora no se pudo”. No me cansaré de plantearlo. El camino escogido para la construcción de la viabilidad política de la reforma era incorrecto. El proyecto de reforma está muy mal diseñado y fue muy mal tramitado. Allí hay temas de fondo que desbordan una reforma constitucional, que no rompen con el viejo socialismo burocrático, y que requieren ahora un debate radical. El campo minado de la reforma constitucional explotó en el terreno electoral, y no se pudo avanzar. Incluso, su legalidad constitucional estaba severamente cuestionada, a pesar de los intentos de la Sala Constitucional para correr la arruga. El maltrato a los desacuerdos le cobro alto al estilo vertical de hacer política. Las decisiones no se imponen, deben deliberarse. No hay democracia protagónica revolucionaria sin democracia deliberativa, sin democracia interna en el campo bolivariano. No repetiré los errores planteados en el texto: ¿Por qué esta explotando el campo minado de la reforma constitucional? Chávez persiste en el error si piensa que “faltaron 3 millones de votos” y que “estas personas no votaron contra nosotros, se abstuvieron". Se abstuvieron porque formas y contenidos esenciales del proyecto de la reforma, sin modificación alguna, no logran ser propuestas de prácticas democráticas contra-hegemónicas. No subestimen al pueblo, ni su intuición, ni su capacidad de autonomía política, intelectual y moral. Hay que seguir batallando por el socialismo, pero hay que saber diferenciar la hegemonía autoritaria de la contra-hegemonía democrática. La unidad en la diversidad es el camino viable del socialismo plural y libertario. Cualquier socialismo que liquide la pluralidad democrática, de manera real o imaginaria, no pasará la prueba de la soberanía popular. Hay que lograr no solo la máxima inclusión social sino la inclusión política, no solo la igualdad social sino la igualdad política. Hay que enterrar el imaginario jacobino de las revoluciones dirigidas desde arriba, desde vanguardismos y personalismos esclarecidos. Es tiempo de profundas reflexiones en la dirección revolucionaria. Tiempos para acabar con el pragmatismo de la derecha endógena y con el estalinismo de la ultra-izquierda también endógena. Tiempos para liquidar el burocratismo y la corrupción. Tiempos para liquidar la deriva cesarista-populista. Tiempos para renovar el pensamiento crítico socialista. Incluso tiempos, para pedir perdón y mostrar humildad por tantos maltratos proferidos. Ha llegado la hora de salir de un dilema que no es electoral: o se construye un socialismo verdaderamente democrático, protagonizado desde abajo, desde el poder popular, organizado en su diversidad y multiplicidad, o se pacta con la derecha y quienes quieren asumir una vía populista sin cambios profundos. Aquí hay cuatro grandes derrotados: el burocratismo de aparato, la derecha endógena y su mito cesarista, el estalinismo y las actitudes autoritarias de la ego-politik que habita, espero transitoriamente, en Chávez. Se trata de construir el socialismo de las mayorías democráticas. Nada más y nada menos. Para esto, no hay que radicalizar el discurso, hay que profundizar-renovar las prácticas socialistas, democráticas y revolucionarias, desde abajo, de cara a la construcción orgánica de un poder popular autónomo, democrático y revolucionario.

lunes, 18 de febrero de 2008

EL MITO DE LAS DOS IZQUIERDAS COMO HERRAMIENTA DE DISGREGACIÓN DE LA UNIDAD DEL CAMPO NACIONAL-POPULAR

Diego Rivera, En el arsenal


El debate sobre el nuevo socialismo no puede comprenderse en todas sus implicaciones si lo descontextualizamos de las tensiones que recorren el campo de las izquierdas en el mundo. Por efecto de intensificación de estas tensiones en lo que De Sousa Santos (1) ha denominado las nuevas polarizaciones en el campo de la izquierda (Boaventura de Sousa Santos, 2004, 440) es indispensable pasar a los condicionamientos geopolíticos de la tesis de las dos izquierdas. Frente a la falacia de la tesis de las dos izquierdas, podríamos seguir las indicaciones de Foucault, para enfatizar la consideración de los discursos como bloques tácticos que funcionan en el interior de las relaciones de fuerza en el campo socio-histórico.

En esta configuración de sentido, las consideraciones sobre el significado político e histórico de los discursos no pueden desencajarse de las relaciones de poder y dominio que los movilizan, ya que, estas constituyen sus condiciones de generación y recepción específicas. Partiendo de las herramientas del análisis crítico del discurso, tal como lo expone Van Dijk, podemos reconocer como ideología, cognición y discurso forman una triada conceptual que permite comprender los modelos de cognición social y su circulación en el campo de la discursividad social, generando efectos de legitimación político-cultural que refuerza el papel de las elites de poder. Adicionalmente, los aportes del círculo de Bajtin-Voloshinov, nos permite comprender la polifonía de la enunciación, los acentos ideológicos y las voces que se enfrentan en una agonística político-cultural. El nudo de todas estas propuestas ha sido el reconocimiento del papel que cumplen tanto el poder como las orientaciones ideológicas en el juego de los signos (2).

Antes del 11 de septiembre, dos teorías se disputaban el centro de la arena analítica a nivel de la geopolítica global dominante. Una de ellas era la tesis del “fin de la historia”, que preconizaba el triunfo de los valores occidentales de la economía de mercado y de la democracia liberal como única opción viable para llevar a cabo la inevitable globalización, luego de la implosión del campo socialista soviético. Como ha dicho Eduardo Galeano (3) para América Latina y el Caribe, el fin de la historia implica el desprecio como destino:

“¿Fin de la historia? Para nosotros, no es ninguna novedad. Hace ya cinco siglos, Europa decretó que eran delitos la memoria y la dignidad en América. Los nuevos dueños de estas tierras prohibieron recordar la historia, y prohibieron hacerla. Desde entonces, sólo podemos aceptarla.”(Galeano; 1992)

La otra, la de Samuel Huntington, afirma que en ese proceso de globalización económica e incluso política sería inevitable un choque de culturas y civilizaciones. Huntington ofrecía como ejemplo demostrativo de sus tesis el conflicto incesante entre Occidente y el Islam. Y justamente, en los momentos en que el desprecio y el auto-desprecio comienzan a vivir el declive del efecto paralizante de las terapias de choque del ajuste estructural y del consenso de Washington; y cuando las protestas anti-neoliberales comienzan a mostrar perfiles de afirmación de alternativas deseables, posibles y viables; aparece el mito de las dos izquierdas. No se trata de una tesis equivalente del pensamiento único con su afirmación de que las ideologías ya no son necesarias y que han sido sustituidas por la racionalidad de la economía capitalista de mercado. La democracia liberal, modelo históricamente insuperable, se sustentaría en al menos tres puntos: a) disponer de una economía capitalista de mercado, b) poseer un gobierno representativo para una “democracia gobernable”, c) mantener los derechos y seguridad jurídica, fundamentados en la propiedad, expectativas de estabilidad y efectividad institucional y el libre contrato.

Agotados los efectos hegemónicos de este discurso sobre las poblaciones, bajo el riesgo de constituirse multitudes (Negri; 2006) o “voluntades nacional-populares” (Laclau/Mouffe; 1987), y dado el potencial apoyo de las mayorías empobrecidas a fórmulas “populistas radicales”, se trata de dislocar el terreno social de las aspiraciones y demandas de cambio profundo de las sociedades. Se disemina la mitología de las “dos izquierdas”, una populista y otra moderna, en el contexto de la discusión del Socialismo del siglo XXI en América Latina y el Caribe

Sin embargo, cuando se asume imaginariamente una voz de corrección política, de autoridad política, desde la izquierda bienpensante, no cabe duda que se esta en pos de una ambición política. Establecerse como discurso-amo en un campo de significaciones, fuerzas y sentidos de la política. El ex-canciller mexicano Jorge Castañeda (4), desde el gobierno de derecha de Fox, fue uno de los primeros en sedimentar la falacia de las dos izquierdas. La ciudadanía latinoamericana se hallaría ante el dilema de elegir entre dos izquierdas: una «pragmática», «sensata», «realista»,«moderna» y «resignada»–representada por los gobiernos de Brasil, Chile y Uruguay – y otra «demagógica», «nacionalista», «populista», «poco modernizada» y «sin fundamentos ideológicos», presente en Venezuela, Bolivia, Argentina y México. A partir de allí, esta idea se ha difundido rápidamente, con diversos matices y perspectivas, a través de otros análisis que insisten en sostener una compresión dicotómica de la evolución de la izquierda en América Latina y el Caribe. Existe una disputa geopolítica de baja intensidad en el terreno de demarcación de una izquierda viable para Washington, y una izquierda cada vez más cerca de la figura de la amenaza a la seguridad hemisférica democrática de la región (5).

El dirigente ex comunista venezolano y hoy opositor a Hugo Chávez, Teodoro Petkoff (6) ha opuesto la «izquierda de reformismo avanzado», que también integrarían los gobiernos de Panamá, República Dominicana y Guyana, a la «izquierda borbónica», representada por el eje Cuba-Venezuela y sus efectos sobre Bolivia, Nicaragua y El Salvador. También el ex-guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos (7) habla de la diferencia entre la «izquierda religiosa» y la «izquierda racional». La imagen mediática de la bifurcación del camino de las izquierdas aparece también cómodamente instalada en la visión de intelectuales como Carlos Fuentes o Andrés Oppenheimer, así como en la prensa internacional, en gran número de analistas locales e, incluso, en ciertos trabajos de corte académico. En las propias declaraciones del Departamento de Estado Norteamericano se encuentran estas mismas dicotomías, lo cual nos lleva a conjeturar que se trata de una vasta operación de división de fronteras ideológicas en la cual estarían los think-thanks geopolíticos norteamericanos. Existen adicionalmente, condiciones socio-históricas concretas que permiten contextualizar esta aparente situación novedosa. Los triunfos electorales de las fuerzas y coaliciones de izquierda provienen de la participación electoral y del voto de los sectores medios empobrecidos y de los excluidos de cada país, producto de la aplicación histórica y de las consecuencias de políticas “públicas” de signo neoliberal, conjuntamente con una crisis de dirección hegemónica del bloque social dominante en cada uno de los países de la región.

Desde la reactivación del significante Socialismo para confrontar al neoliberalismo global en declive, y dado el agotamiento del discurso del fin de la historia, se requiere una suerte de dispositivo de recambio. Un giro hacia la captura de segmentos de la izquierda social por parte de la derecha política, a través de operadores cuya trayectoria política los hace portadores privilegiados para diseminar una campaña de opinión que le otorgue un “rostro humano” a la macroeconomía capitalista. Es el nuevo reformismo de la izquierda “modernizada”, “realista”, “pragmática” y “sensata”, que no se diferencia en nada de una derecha de “centro”, “humanista” y “popular”:

“Después de la Guerra Fría, muchos partidos de la llamada «familia de la izquierda latinoamericana» modernizaron sus doctrinas y se alejaron del socialismo real, buscando profundizar la equidad social y la democracia. Sin embargo la izquierda no es homogénea. Hay otra corriente de inspiración radical que actúa mediante el personalismo, el autoritarismo y el control férreo de los poderes públicos, lo que la sitúa al borde de la democracia formal. Aunque el auge de la izquierda no parece coyuntural ni efímero, las diferencias de estilo y contenido que afloran frente a la hegemonía estadounidense, son una prueba para su vocación democrática y su perdurabilidad.”(Petkoff; Nueva Sociedad; 197, 114).

Joaquín Villalobos, por otra parte ha planteado que “Hay en estos momentos un crucial debate entre la izquierda religiosa conservadora versus la izquierda realista pragmática.”. La política de la izquierda realista pragmática se refugia en el “arte de lo posible” mientras la izquierda religiosa se cobija en el “imposible”, que para Villalobos no llega nunca. Mientras la racionalidad domina a la primera, “las ideas de la izquierda religiosa son creencias, mitos, cielos, infiernos, tabúes, dogmas, santos y demonios que derivan en un proyecto populista dirigido al alma y a las emociones”. Interesados en generar emociones, la izquierda religiosa “propone un populismo que ofrece resolver problemas de forma inmediata, absoluta y perfecta. Esto contrasta con el realismo, que enseña que en política sólo se pueden lograr resultados graduales, relativos e imperfectos. El populismo no conduce a soluciones, sino a conflictos, eso es Cuba y Venezuela.”.

Para Castañeda, los “mediocres -y a veces deprimentes- resultados de la reforma económica parecen haber provocado una intensa reacción materializada en la elección de presidentes izquierdistas en todo el continente, comenzando por la victoria de Hugo Chávez en Venezuela al final del decenio de 1990 y continuando con las de Ricardo Lagos en Chile y Néstor Kirchner en la Argentina y, más recientemente, la de Luiz Inácio Lula da Silva en el Brasil y Tabaré Vázquez en el Uruguay”., pero “los votantes de América Latina no están eligiendo a una izquierda, sino a dos.”

Existiría para estos analistas, una fuerte reacción ideológica y política contra el "Consenso de Washington" en pro del mercado, con su insistencia en la liberalización, la desregulación, la reforma de estado, la flexibilización laboral y la privatización. Se trata mas que de reformas sociales radicales, de reformar el Consenso de Washington para que no fracture una base social de apoyo. Para Castañeda hay partidos, dirigentes y movimientos “que tienen raíces verdaderamente socialistas y progresistas -como, por ejemplo, Lagos y su Partido Socialista en Chile, Lula y su Partido del Trabajo en el Brasil y Vázquez en el Uruguay- están siguiendo vías pragmáticas, sensatas y realistas.”; sus “políticas macroeconómicas” son similares a las de sus predecesores; su “respeto de la democracia” es total y sincero, su “antiguo antiamericanismo” ha quedado atenuado por años de exilio, realismo y resignación. A la inversa, los dirigentes izquierdistas que surgen de “un pasado populista y puramente nacionalista, con pocos fundamentos ideológicos -Chávez con sus antecedentes militares, Kirchner con sus raíces peronistas y el alcalde de la Ciudad de México y candidato que encabeza la carrera hacia la presidencia López Obrador, con sus orígenes en el Partido Revolucionario Institucional- se han mostrado mucho menos receptivos a las influencias modernizadoras. Para ellos, la retórica es más importante que el fondo y el poder es más importante que la forma de ejercerlo. La desesperación de los electores de zonas pobres, provincianas y clientelistas es un instrumento más que un problema y el menosprecio de los Estados Unidos que entrañan las alianzas con Fidel Castro menoscaba la promoción de los intereses reales de sus países en el mundo.”

La conclusión para Castañeda es clara: “la izquierda de América Latina debe purgar sus peligrosas y destructivas vetas nacionalistas y autoritarias. La nueva izquierda, si se mantiene en la vía de la modernización y la reforma, puede ser una bendición para la región.” Frente a esta gramática de buenas y malas izquierdas, cuya vara de medida está en su subordinación a las políticas dictadas desde Washington, es importante hacer algunas precisiones. En primer lugar, las izquierdas ha asumido una forma específica en cada país de acuerdo a los efectos político-institucionales que la desastrosa agenda neoliberal ha dejado sobre el mundo de vida de las sociedades periféricas; así como el lugar que juegan en ella los movimientos sociales y la trayectoria histórica de los partidos progresistas. Hay, por lo tanto, más de dos izquierdas, aunque todas tienen en común la voluntad de recuperar las funciones de conducción estratégica del Estado y mejorar la situación social en un contexto de superación de la globalización neoliberal, el acuerdo termina cuando se llega a fondo con las transformaciones para superar el dominio del modo de producción y reproducción capitalista, e incluso cuando se profundiza la lucha contra el latifundio, la superexplotación y discriminación de trabajadores rurales o campesinos indígenas, o cuando se realizan regulaciones ambientales a los intereses de ¡las corporaciones transnacionales.

Para comprender con mayor rigor el ascenso de las izquierdas plurales en América Latina se requiere, por el contrario, explorar los particulares contextos de su emergencia, los bloques hegemónicos de poder sobre los que se apoyan, y los márgenes de maniobra que dejan las herencias institucionales forjadas en el largo periodo neoliberal. Hacerlo permitiría verificar que en América Latina no solo coexisten más de “dos izquierdas”, sino que todas ellas comparten un conjunto de procesos y propuestas que autorizan a hablar de un ciclo político de protesta, impugnación y esperanza que nace de un terreno social común contra los excesos neoliberales de los años 80 y 90.

De allí, la existencia de articulaciones y vasos comunicantes que impedirían una fractura nítida en la izquierda social, pero no así en la izquierda política, lo que plantea la posibilidad de una operación de cuña político-cultural entre ambas, que estarían ligadas a la lealtad a una historia social y política común, así como a un efecto de cohesión interna frente a la política imperial estadounidense sobre América Latina y el Caribe. Desde esta perspectiva, la tesis de las dos izquierdas constituye una estrategia de dislocación de la izquierda social por parte de una “quinta columna política”, que aflora a la hora de abordar las cuestiones programáticas y estratégicas, sobre todo, el carácter anticapitalista de un programa de izquierda socialista. Es allí, donde se descalifica al nuevo socialismo como una reedición del viejo socialismo real, y se sustituye el imaginario socialista revolucionario, con sus diversidad interna, por un tibio reformismo social-liberal.

En el momento histórico en el que el pensamiento crítico latinoamericano ha realizado invalorables aportes para comprender la actual hegemonía histórico-cultural del Occidentalismo moderno-colonial, del globalismo neoliberal y de las políticas específicas que se generan desde estas matrices de poder social para determinar el destino de mayorías empobrecidas y excluidas de la región, surge un nuevo “canto de sirenas” para otorgarle resonancia mediática a la tesis del “capitalismo democrático de bienestar social”, incluso por voceros del ya agotado discurso neoliberal. Esta situación da cuenta de que existe no solo una geopolítica de los conocimientos sino una geopolítica de los discursos, de las opiniones, de las imágenes y de la información.

Las condiciones de producción, circulación y recepción de discursos sobre el llamado “socialismo”, el “capitalismo”, la “modernización”, el “desarrollo”, la “modernidad” se dinamizan correlativamente a las transformaciones, tensiones, conflictos y extravíos propios del enlace de situaciones cada vez más fluidas en el campo histórico-político. Sin duda, sobre el trazado de fronteras entre buena y mala izquierda hay una decisión, que opera no en la inocencia del vacío sino en la determinación de una geopolítica cultural. El trazado de fronteras entre dos campos es propio de las situaciones de polarización y crea automáticamente fuertes atractores afectivos y pasionales, alrededor de “nosotros” y los “otros”. Cuando se habla desde el bien, existe una suerte de efecto retórico cuya fuerza de ley nos arrastra al asentimiento y a la servidumbre cultural, pues ¿quién osaría hablar desde una defensa del mal absoluto del GULAG, o justificando las atrocidades cometidas por el estalinismo? La equivalencia entre nuevo socialismo = fascismo = totalitarismo =castro-comunismo es parte de la sintaxis de la retórica de la operación ideológica de las dos izquierdas. En esencia, se trata de fracturar las bases sociales de apoyo de los proyectos estratégicos revolucionarios del nuevo socialismo.

Las demandas por una mayor redistribución de la riqueza, inclusión política, por expresas señales de reconocimiento social y simbólico convergen con los programas y mensajes electorales realizados por estas fuerzas para, al menos, desmontar el núcleo duro de la agenda neoliberal y recuperar ciertas funciones de bienestar social y regulación económica que el Estado cumplió, aunque de modo muy desigual, en los años anteriores al ajuste estructural. De allí, su reformismo. Pero más allá de la equidad y la macroeconomía responsable, en términos reales, movilizan la retórica anticomunista de los años de la guerra fría.

En la actual dinámica regional se verifica, en efecto, una nueva identificación entre clases populares y el voto. Reaparece de manera difusa el “voto de clase”: los sucesivos triunfos de Hugo Chávez están claramente anclados en la participación electoral y en el apoyo sostenido de los sectores marginados a la «Revolución Bolivariana», ya que les ha asegurado reconocimiento social, una cada vez mas efectiva redistribución y vías de apropiación de recursos de poder-movilización (el llamado “empowerment”). El “efecto demostración” ha generado dinámicas de cascada en América Latina. Esta identificación política ha generado, por otro lado, una acelerada polarización, y las clases medias-altas y las elites económicas sienten cada vez más distancia con este tipo de régimen político (8).

Los aparentes argumentos de la tesis de la “dos izquierdas” construyen un esquema analítico que, más allá de las diferencias nacionales, permitiría distinguir –y además, descalificar o consagrar – a uno de los dos supuestos polos. La «izquierda pragmática» acepta con resignación el predominio del libre mercado, mientras que la «izquierda idealista, populista y demagógica»pregona un discurso no solo «anti-neoliberal» sino incluso anticapitalista y busca desmantelar la libertad del mercado; la «izquierda democrática»reconoce sin ambivalencias las reglas del juego político, la concertación con la función de mando del capital y está comprometida con las instituciones de la democracia representativa, mientras que la«izquierda populista» considera a la democracia liberal y el estado de derecho como formalidades que no pueden limitar la expresión mayoritaria de la voluntad popular; la «izquierda moderada» ha comprendido que la política exige un manejo gradual y negociado de la agenda pública, mientras que la «izquierda radical» apuesta por cambios poco consensuados y ofrece resolver los problemas de manera “absoluta”.

Es desde esta lógica, que el “nuevo socialismo del siglo XXI” sería un invento de los “malos” de la película, mientras una “democracia social renovada” sería el campo de los “buenos”. Teodoro Petkoff repite el estribillo, nos habla de una izquierda buena y una izquierda mala, basada en una política absolutamente maniquea y que es capaz de justificar la “coexistencia pacífica” con el Imperio afirmando que: “(…) hay mucho margen de maniobra para gobiernos no alineados con Washington”, analizados los escenarios posteriores a los acontecimientos del 11 de Septiembre.

Si de trazar fronteras se trata, entonces estaríamos en las antípodas de una fractura del imaginario socialista. Se trata de una lucha social, política, económica y cultural entre fuerzas y actores consecuentemente socialistas frente a la intrusión de las tesis de una izquierda liberal. Quienes abandonaron la lectura crítica y directa de Marx, ya sea por la urgencia de la pasión política, por los manuales estalinistas o por los dictados de la lógica de aparato, tal vez podrían hacer testimonio de lucha recreando aquel imperativo categórico, en legible interpretación de sus manuscritos económico-filosóficos, que anidaba en el espíritu emancipador de aquel barbudo: “(…) echar por tierra aquellas relaciones en que el hombre (ser humano) es un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable”(Marx; MEF, p.124).

Frente a la libertad abstracta, creemos con Marx que la in-felicidad no es mas que la sumisión, incluida la de los dictados del Imperio, cuya lógica de imposición ha desaparecido del campo perceptivo de los que saben olvidar y aprender: la llamada “izquierda moderna”. Es muy distinto luchar contra relaciones sociales (y geopolíticas) que humillan, sojuzgan, discriminan y anulan la dignidad del género humano; que luchar contra posiciones de sujeto, que equivocadas o no, han levantado un entusiasmo nacional-popular y una esperanza por transformaciones profundas, que levantar las banderas sensatas de reformas sociales que no afecten los dictados de la macroeconomía capitalista. Socialismo, democracia y pensamiento contra-hegemónico forman una trilogía que requiere ser recreada de manera radical, atendiendo a las necesidades radicales de cambiar la vida misma y sus relaciones dominantes.

Este legado de crítica radical al pensamiento y al sistema de vida del mundo burgués es lo que la el pacto liberal-socialdemócrata reformista no ha podido digerir en su proyecto de otorgarle un rostro humano al capitalismo; y tampoco pudo ser digerido por el espíritu leninista al posponer las tareas del pensar radical, correlativas a la transformación de las relaciones sociales dominante, para construir una experiencia revolucionaria capitalizada históricamente por el estalinismo, fase superior del despotismo. En síntesis, la tesis de las dos izquierdas pretende no solo dividir para no sumar, si no que pretende hacer un acto de segregación, para excluir de la izquierda la conjunción de las ideas de Socialismo, Democracia y Revolución.

En el marco de la discusión del “nuevo socialismo del siglo XXI”, la crisis de fundamentos y de legitimación social del “marxismo vulgar”, y el descrédito del “marxismo-leninismo”, que es de cabo a rabo una construcción estalinista-burocrática, como únicos sistemas teóricos revolucionarios, permite recrear una multiplicidad de dispositivos de reflexión-acción contra-hegemónicos, basados en una crítica al universalismo abstracto de la Modernidad colonial-euro-céntrica, base político-cultural que ha venido nutriendo las ideologías dominantes de la modernización y el desarrollo capitalista.

La crisis de fundamentos y de legitimación social de la socialdemocracia reformista ha permitido distinguir entre una izquierda liberal y una izquierda superadora del modo de vida capitalista, entre una izquierda euro-céntrica, desarrollista y re-colonizadora que se inscribe en el imaginario capitalista, y una izquierda pueblo-céntrica, eco-humanista y descolonizadora, que se inscribe en el imaginario de un nuevo socialismo.

En pocas palabras, lo que nos ofrece la falacia de las “dos izquierdas” es precisamente la imagen condensada de una falsa apuesta, que puede ser interpretada como síntoma del fracaso histórico tanto del estalinismo-burocrático, con su negación de la democracia revolucionaria, como del liberalismo socialdemócrata, con su apuesta por el arte de lo posible sin ruptura revolucionaria, en tanto opciones que dislocaron en diversas etapas históricas, la construcción simultánea del socialismo, la democracia revolucionaria y el pensamiento contra-hegemónico.

Con el derrumbe de la viejas izquierdas estalinistas y socialdemócratas, se requiere un nuevo espacio de izquierdas que trasciendan las funciones de mando del capital, para recrear los nuevos socialismos democráticos y revolucionarios del siglo XXI. Ciertamente, la izquierda socialista y la izquierda liberal tienen muchos matices, pero quién confunda la transición al socialismo, con la lucha contra la pobreza y la exclusión a través de “grandes reformas”, cuyo límite sería evitar las “venganzas que la “macro-economía”, luce muy poco coherente con la protestas populares contra el capitalismo global en todo el mundo. Si nuestro “Dios Oculto” resulta ser la macroeconomía capitalista; es decir, una suerte de fetichismo teórico que permite un acceso privilegiado al sentido de realidad, entonces el pragmatismo de las “grandes reformas”, conduce a no cambiar nada. Si es apelando a la pragmática de la macroeconomía capitalista que fijamos los límites de las “grandes reformas sociales”, entonces no hay nada nuevo bajo el sol, larga vida al Consenso de Washington. ¿No será precisamente esta nominal centro-izquierda pragmática y realista, un avergonzado liberalismo político que no renuncia a grandes tensiones políticas con la “comunidad de negocios”, de la cual depende económicamente, ni con el Imperio, que realiza los dictados de su Dios Oculto: la macroeconomía capitalista?

La respuesta a esta interrogante no justifica una actitud reconfortante con cualquier figura del estalinismo-burocrático, ya que existen residuos y actitudes de la vieja izquierda que tratan de capitalizar incluso la tesis de las dos izquierdas, en una suerte de re-vival leninista para separar las aguas de la internacional comunista y la internacional socialdemócrata. No, tanto la socialdemocracia reformista como el marxismo-leninismo poco pueden aportar al nuevo socialismo. Hay que salir del falso dilema que nos aleja de la conjunción entre Socialismo, Democracia y Revolución, como horizonte de transformación anticapitalista.

Para las izquierdas socialistas plurales, las que plantean una reinvención radical del socialismo, la democracia y los saberes contra-hegemónicos, no se trata solo y únicamente de metabolizar la experiencia de la lucha armada, la crítica al modelo soviético, las desventuras del allendismo y del sandinismo, el romper con la identificación especular con la revolución cubana y asimilar la democracia liberal-representativa, tal como aconseja la cartilla bienpensante de la izquierda realista. Se trata de algo mucho más complejo, profundo y decisivo, romper con el maniqueísmo en el campo político de las izquierdas políticas, distinguir el imaginario democrático-socialista del imaginario liberal-capitalista, reconociendo que hemos aprendido a decidir lo que no queremos ser ni devenir: ni la fracasada historia del polo liberal-socialdemócrata ni la terrible pesadilla estalinista-burocrática del colectivismo oligárquico.

Notas:

[1] En el texto titulado “La nueva izquierda en América Latina. Sus orígenes y trayectoria futura” (2004) de Rodríguez Garavito/Barret/Chávez aparecen referencias fundamentales de esta discusión.
2 El lenguaje ha dejado de considerarse un medio transparente de la transmisión de informaciones y datos objetivos, para convertirse en una malla de opacidades y densidades que hacen de las dimensiones culturales, incluidas la ciencia y la técnica, un campo de tensiones, apropiaciones, subversiones y conflictos de interpretación. Más que la verdad, aparecen los juegos de verdad, así como las diferentes lógicas de justificación de los saberes. Como afirma el semiótico italiano Paolo Fabri, la generalizada “táctica de los signos”, permite profundizar en la inscripción textual de las ideologías, la orientación social de la comunicación, los sistemas semióticos y su función en la constitución de los “sujetos”, sobre todo, los “sujetos” de la política y del conocimiento.
3 En su texto, Galeano, plantea las siguientes inquietudes: “Pero, si los imperios y sus colonias yacen en las vitrinas del museo de antigüedades, ¿por qué los países dominantes siguen armados hasta los dientes? ¿Por el peligro soviético? Esa coartada ya no se la creen ni los soviéticos. Si la cortina de hierro se ha derretido y los malos de ayer son los buenos de hoy, ¿por qué los poderosos siguen fabricando y vendiendo armas y miedo?. El presupuesto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos es mayor que la suma de todos los presupuestos de educación infantil en el llamado Tercer Mundo. ¿Despilfarro de recursos?¿O recursos para defender el despilfarro? La organización desigual del mundo, que simula ser eterna, ¿podría sostenerse un sólo día más si se desarmaran los países y las clases sociales que se han comprado el planeta? Este sistema enfermo de consumismo y arrogancia, vorazmente lanzado al arrasamiento de tierras, mares, aires y cielos, monta guardia al pie del alto muro del poder. Duerme con un solo ojo, y no le faltan motivos. El fin de la historia es su mensaje de muerte. El sistema que sacraliza el caníbal orden internacional, nos dice: "Yo soy todo. Después de mí, nada".(Galeano; 1992)
4 http://www.project-syndicate.org/commentary/castaneda3/Spanish.
5 De acuerdo a Marcela Sanchez del Washington Post: “En Suramérica, las nobles metas de Estados Unidos de esparcir libertad y democracia dependerán de su habilidad para diferencias entre dos izquierdas. El éxito de una asegura el fracaso de la otra. En otras palabras, el camino más seguro para socavar lo que Chávez representa, es la cooperación con la izquierda moderna que se esfuerza por respetar las reglas democráticas y del capitalismo al tiempo que intenta satisfacer las mayores expectativas de quienes pusieron a esos líderes de izquierda en el poder.”( http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/articles/A7255-2005Apr21.html)
6 (Petkoff; Nueva Sociedad; 197, 114).
7 http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/9669357.asp
8 Constatar el viraje de los resultados electorales hacia la izquierda del espectro ideológico-político latinoamericano no conduce necesariamente a una experiencia colectiva de recreación de un nuevo socialismo, una nueva democracia o nuevos faros de pensamiento crítico. Como muy bien lo señala Petkoff, “(…) el concepto de “izquierda” puede ser mistificado. Encubre mucho más de lo que revela y aplicado indiscriminadamente puede conducir a gruesos errores de apreciación”(Petkoff; DI, p.28). Precisamente, uno de estos errores y mistificaciones es confundir las estrategias y tácticas del ala progresista del liberalismo político socialdemócrata (“el centro pragmático, viable y realista”) con las posibilidades plurales de recrear nuevas figuras de socialismo, democracia y pensamiento anti-sistémico. Ese centro anclado en la táctica y en el arte de lo posible ha obturado cualquier posibilidad de reconstruir la praxis radical en el movimiento socialista.

sábado, 16 de febrero de 2008

¿Ganará la abstensión en las regionales?

Merello, Mujer en primavera

Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com
Luego de la implosión del voto bolivariano, y con relativo tiempo para que las políticas de auténtica rectificación permitan superar, en alguna medida, las situaciones electorales graves y críticas que caracterizaron al campo bolivariano en ocho estados (Anzoátegui, Carabobo, Distrito Capital, Lara, Mérida, Miranda, Táchira y Zulia), es conveniente preguntarnos sobre si las "profecías" mediáticas de victoria segura de los candidatos opositores tendrán una evidencia real que las apoye. Hasta ahora, lo que tenemos es la matriz de opinión mediática favorable a las candidaturas de oposición y los resultados de diciembre de 2007. Partir de allí para lanzar pronósticos es sencillamente un burdo juego de aprendices de brujos. Sin embargo, hay elementos y tendencias que permiten clarificar ciertos aspectos del panorama electoral. En primer lugar, la implosión del voto bolivariano fue determinante. En segundo lugar, la abstención en elecciones regionales y referendos es históricamente alta. En tercer lugar, no es idéntica una votación por contenidos constitucionales que por perfiles de candidatos (reciclar viejos candidatos será el grave error de la oposición). En cuarto lugar, una situación estratégica depende de aciertos y errores en un juego de actores (regionales, nacionales e internacionales), que modifica las correlaciones de fuerzas en el mapa territorial electoral. En quinto lugar, la situación económico-social, el manejo de esta agenda (sobre todo las expectativas de que se está atacando efectivamente la seguridad ciudadana, el abastecimiento y precios de productos básicos, el ingreso real y el empleo), el tema del avance del poder popular y el reimpulso de la calidad y cobertura de las misiones sociales, serán variables fundamentales. En sexto lugar, que cuando se abandona el método de escenarios, y se cae en el pronóstico simple, los presuntos "análisis" participan en campañas electorales encubiertas. ¿Podemos predecir un amplio triunfo de oposición en los ocho estados mencionados? Consideramos que no. Nuestra hipótesis es que la probabilidad apunta a que sea la abstención la ganadora y no la oposición. Y abstención ganadora significa que supera el voto de las candidaturas victoriosas, y que su porcentaje sea superior a 40% del padrón electoral. Ciertamente, hay estados con una posibilidad cierta de que se desplace el signo político de los gobiernos. Estos son: Táchira, Mérida, Anzoátegui. Hay estados críticos: Miranda y Carabobo. En Distrito Capital y Lara, el tema de las candidaturas será en extremo vital para profundizar la revolución, o abrir verdaderos reflujos electorales del mensaje bolivariano y socialista. Las fuerzas revolucionarias presentan estos desafíos estratégicos, sin obviar por los menos otros estados fundamentales: Bolívar, Guárico, Falcón, Monagas, Aragua y Sucre. Si el Gobierno no corrige y avanza desde un bloque unitario revolucionario eficaz, su retroceso en el mapa electoral territorial podría ser en cuatro estados, más Zulia. Pero estas regiones electorales abrirán una disputa electoral nunca vista. Aunque la derecha se concentre de nuevo en las universidades, la jerarquía católica, los medios y el sabotaje económico, esto funciona para socavar en ausencia de contra-tácticas adecuadas. Hay un nuevo cuadro electoral. Los moderados cuentan y los independientes también. Existe un empate catastrófico con alta abstención en los estados con mayor población electoral. La ventaja no está en los extremos, tampoco en un mercadeo del centro ideológico. Está fundamentalmente en el perfil de los candidatos y en el reencuadre de las "propuestas de gobernabilidad" para enfrentar con eficacia la agenda de problemas urgentes. Si las candidaturas no ofrecen cambios y los estilos de gobierno que se lanzan a la calle no reconocen las demandas conjuntas de: a) protagonismo popular, b) más democracia, c) calidad transformadora del gobierno, y d) políticas públicas eficaces, entonces ganará con seguridad la abstención.

Jerarquía católica, antimarxismo y mentalidades de inciso sexto

Eneko

Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

Dedicado a la memoria de Ignacio Ellacuría e Ignacio Martín-Baró,
asesinados salvajemente por los escuadrones de muerte,
brazo armado del anticomunismo

El Socialismo del siglo XXI ha removido viejos fantasmas de la jerarquía católica venezolana: las mentalidades de inciso sexto, el antimarxismo burdo y ramplón.


La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), sus arzobispos y obispos, en documento titulado “Exhortación del Episcopado Venezolano. Tiempo de Diálogo para construir juntos.”, plantea su posición política frente al tema, que es consistente con diversas declaraciones de altos voceros de la jerarquía católica, que parecen estar claros en los intereses terrenales que defienden. Esta es una clara posición e intervención política, que corresponde al poder “secularizado y temporal” de la esfera pública política y con consecuencias políticas terrenales, aunque la jerarquía católica lo siga negando, racionalizando o disfrazando de argumentos exclusivamente morales o trascendentales.

Para reconocer esto, no se requiere ser psicoanalista, ni gran hermeneuta o especialista en semiótica. Solo basta comprender la intencionalidad política de las opiniones emitidas, los sesgos y falacias planteadas para constatar el déficit de Modernidad Política; es decir, la debilidad de la secularización política en espacios significativos de la esfera pública de la sociedad venezolana, y la permanente intrusión de los intereses políticos de la burocracia eclesiástica en la vida política del país, que nos remonta a las estructuras institucionales del período colonial.

Pero lo grave no es solo esto, sino además que los llamados a la religiosidad auténtica, a la trascendencia y a la defensa de la persona humana se asocien explícitamente a una retórica política, de corte reaccionario y tendenciosa, basada en la mala fe y en la distorsión de la propuesta del Socialismo del siglo XXI. El citado documento plantea aberraciones como las siguientes:

“Se inicia una nueva etapa en la historia política del país no solo por la reelección presidencial sino también por la propuesta de un nuevo modelo político-social denominado <>. Su raíz ideológica es la doctrina clásica marxista–leninista de los dos últimos siglos, adaptada a nuestro medio y sustentada en una interpretación de textos de los escritos de Simón Bolívar y de otros pensadores del pasado, intentando poner sus fundamentos en experiencias sociopolíticas y económicas de países socialistas, tanto asiáticos y europeos como latinoamericanos.”

Mentiras. Primero, no existe ninguna doctrina clásica marxista-leninista de los últimos dos siglos. Esto es una burda y tendenciosa asociación. El marxismo-leninismo es una invención del estalinismo-burocrático, posterior a la muerte de Lenin, que aprendió de la burocracia católica la fórmula para canonizar doctrinas y legitimar dogmas de fe. En esto, la historia de los concilios y de la teología nos refiere con abundante evidencia, no hay que profundizar en ello. Jesús-cristo nunca formuló dogmas, ni inventó inquisiciones, ni excomuniones, ni cacerías de brujas, ni violencias simbólicas, eso lo inventó el espíritu burocrático.

Las guerras teológicas o de fe no las inventó la palabra y acción de Jesús, las inventaron los conflictos político-teológicos de la burocracia religiosa. Es una burda falacia plantear que el marxismo-leninismo sea la raíz ideológica del Socialismo del siglo XXI. Tampoco el de imitar, copiar o fundamentarse en otras experiencias socialistas. Allí se encubren oscuros intereses políticos directamente vinculados a las mentalidades de inciso sexto; es decir, a la posición reaccionaria de los factores de poder que han apoyado la democracia restringida desde posiciones de derecha.
Las “mentalidades de inciso sexto” constituyeron, en primer lugar, una restricción legal de naturaleza ideológica que tenía como propósito impedir la formación de los partidos políticos con programas ideológicos de izquierda, sancionada por primera vez en la reforma constitucional de 1928, en vida del General Gómez. Ya los vientos de transformación se habían encendido tempranamente en América Latina en 1910 con la Revolución Mexicana, y llegaban voces que informaban de la movilización proletaria y bolchevique de 1917.
En segundo lugar, las mentalidades de inciso sexto constituyeron una cultura política, cuyo propósito fue (¿o sigue siendo?) demonizar a la izquierda anticapitalista, a través de la fabricación de imágenes y efectos de verdad que consolidaron representaciones sociales y mediáticas que la derecha considera ídolos y fetiches ideológicos. El Ministro Arcaya llamó la atención al Dictador Gómez sobre la necesidad de poner cortapisas a las “doctrinas exóticas” en un nuevo texto constitucional. En virtud de los consejos del ministro Arcaya, se agregó a la nueva Constitución el Inciso Sexto del Artículo 32, mediante el cual se prohibía la difusión de “propaganda comunista” en el territorio nacional. Como reconoce Rafael Caldera en su texto: “Los Causahabientes”(
http://www.convergencia.org.ve/; p.48):
“La disposición del inciso sexto del artículo treinta y dos de la Constitución Nacional, introducida en la Constitución de 1929 por el doctor Pedro Manuel Arcaya y mantenida en la Carta de 1936 (aunque modificada y concretada en cuanto a las medidas aplicables) sirvió para establecer un paréntesis de un año en la lucha política encendida: la orden de expulsión de un grupo de importantes dirigentes políticos que se aplicó a dirigentes de izquierda que no eran comunistas, aunque de una manera u otra habían mostrado inclinación por el marxismo y habían formado un frente común con los que sí eran verdaderamente militantes disciplinados de esa corriente internacional.”

De esta manera, la disposición legal pretendía formalizar jurídicamente la matriz ideológica anticomunista de la oligarquía liberal, generando efectos políticos directos en la coyuntura insurreccional de febrero de 1936. Rafael Caldera haciendo gala de una retórica complaciente de las decisiones de López Contreras afirma que:

“Un proyecto de ley para garantizar el orden público y las garantías constitucionales, inspirado en una ley de la República Española y llamado popularmente Ley Lara por el apellido del Ministro de Relaciones Interiores, provocó la convocatoria de una huelga general indefinida, que comenzó con grandes proporciones, pero al cabo de pocos días se extinguió. El Gobierno tomó la ofensiva. El inciso sexto del artículo 32 de la Constitución Nacional sirvió de instrumento para decretar ejecutivamente la disolución del Partido Único de las Izquierdas y para dictar la medida de expulsión, por un año, de cuarenta y siete líderes políticos de la izquierda opositora.”(Caldera, Causahabientes, p. 50)

Este es el propósito político fundamental, consolidar una matriz de opinión y cultura política anti-comunista y anti-socialista, que para la derecha histérica son exactamente lo mismo. Y el nudo crítico sigue siendo el mismo: demonizar el marxismo. ¿Qué entiende la conferencia episcopal por marxismo?. En su juego de palabras, es el marxismo-leninismo. Otra falacia más, ignorancia, mala fe o cinismo. La asociación entre marxismo-leninismo, marxismo y estatismo es típica de las mentalidades reaccionarias de cualquier pelaje, sean liberales o conservadoras. Esta ha sido una estratagema retórica bastante añeja, que pretende diseminar confusión, desinformación y prejuicios. La propia izquierda ha contribuido a reforzar estos prejuicios por su falta de claridad ideológica para diferenciar los marxismos críticos de los inventos doctrinarios del estalinismo-burocrático.

Stalin, como buen autócrata, se burlaba del Vaticano diciendo: ¿Con cuántas divisiones cuenta el Papa?. Pero las divisiones del Papa, como lo reconocía Gramsci eran aparatos de hegemonía cultural, eran las intrusiones en la esfera de la sociedad civil de la influencia psicológico-cultural de la religión católica, del papel formador o deformador en la vida política y cotidiana de las clases subalternas.

Así mismo, es útil recordar que en el contexto de la guerra civil española, la izquierda venezolana asumió la defensa del bando republicano, que fue anticlerical, y la derecha la del franquista, que fue católico reaccionario. En 1936 las luchas políticas por la libertad de expresión, asociación y movilización política en Venezuela se habían agudizado y en ese mismo año estalló el conflicto en España. Las páginas de los diarios, en especial Ahora y La Esfera, éste como baluarte del anticomunismo, aquél como canal de la democracia social emergente, recogieron noticias, artículos y documentos en el segundo semestre de 1936, antecedentes de lo que a partir de 1937 resultaría una batalla desigual, pues las izquierdas terminaron proscritas y sus voceros cerrados. De esto se encargó el inciso sexto.
Propiciado por el gobierno, se publicó en 1936 el llamado Libro Rojo con el subtítulo de “¿Existen o no comunistas en Venezuela?”. En sus páginas se publican documentos y cartas de los desterrados del 28, particularmente de Rómulo Betancourt, Raúl Leóni, Jóvito Villalba, Miguel Otero Silva y Valmore Rodríguez, decomisados por la policía. La palabra “comunista”, desde entonces tuvo graves implicaciones: exilio, persecución política, detenciones arbitrarias, torturas, desaparecidos y en fin, muerte. El 14 de marzo de 1937, son expulsados 47 dirigentes políticos, acusados de “estar afiliados a doctrinas marxistas”. Entre ellos, Miguel Acosta Saignes, Jóvito Villalba, Gabriel Bracho Montiel, Miguel Otero Silva, Germán Herrera Umérez, Raúl Leóni, José Antonio Mayobre, Valmore Rodríguez y Rómulo Betancourt.
¿Qué podemos aprender de la historia social y política? Que en Venezuela existe una matriz ideológica, sub-cultural, dogmática de rechazo a la obra abierta de Marx, a sus implicaciones políticas y en el pensamiento social, que desfigura el debate abierto de las ideas socialistas y comunistas con falacias y mentiras legitimadas por factores de poder. Por otra parte, la Iglesia Venezolana ha sido refractaria de cualquier idea afín a la teología de la liberación. En esto, ha seguido la línea política de Juan Pablo II y del actual Teólogo de la fe, cuya misión ha sido sustanciar expedientes contra quienes han defendido un mensaje de liberación social inspirado en la vida, pensamiento y acción de Jesús. De allí, la complicidad de las corrientes reaccionarias en el seno de la Iglesia Católica con el asesinato de curas, monjas e intelectuales que utilizaron herramientas de interpretación marxistas para analizar la situación de la miseria, violencia política y la exclusión social en Latinoamérica. Allí quedaron sembrados Ignacio Ellacuría e Ignacio Martín-Baro, junto a otros sacerdotes que trabajaron por la dignificación de la vida del pueblo pobre, humillado y sojuzgado. Estos mártires de la justicia son parte de la memoria de las luchas nacional-populares en Nuestra América.
Sin embargo, hay que ser justos con algunos planteamientos de la CEV. Presumamos la desinformación o la confusión con relación al socialismo del siglo XXI, que se ha perfilado como una ruptura del viejo socialismo burocrático, como un socialismo de radical compromiso democrático, como un humanismo pluralista, que reconoce corrientes religiosas, laicas y ateas en su seno, como un Socialismo sin pensamiento único, basado en raíces nacionales, populares y en diversas corrientes socialistas y de liberación social. Entonces, hay que analizar interpretaciones correctas:
“El socialismo no es una ideología homogénea, sino que tiene diversas expresiones, desde los más colectivistas e impositivas hasta las más pluralistas, democráticas y respetuosas de la propiedad privada. Todas ellas, en principio, son opuestas al capitalismo, pero, más allá de una definición, que se da desde una interpretación hecha con mayor o menor amplitud, lo más importante y lo urgente es dar respuesta inmediata y concreta, en la participación y la libertad, a los problemas de la gente, como la pobreza, el desempleo y la inseguridad, que impiden la convivencia y mantienen una sombra de duda e incertidumbre sobre el bienestar pleno para las actuales y futuras generaciones(…).”

Aquí, la CEV ha acertado. Es difícil comprender como luego de una gran mentira, se dice una gran verdad. Obviamente, allí se demuestra la maestría de la confusión. Sin embargo, vuelven a meternos contrabandos ideológico-políticos.

“Lo que en definitiva interesa a todos es que la propuesta política de gobernar sea una vía de transformación del país abierta a la trascendencia y a la religión, promotora de la inclusión de todos los venezolanos por la vía del diálogo y el convencimiento, que reafirme los derechos inalienables del hombre ya consagrados en la Constitución del 99 y, particularmente, ajena por igual al capitalismo salvaje y a la ideología marxista y estatista, cuyos resultados han sido negativos en los países en que se aplicó.”

Aquí hay dos ambigüedades, se reclama una propuesta política abierta a la trascendencia y a la religión, lo cual traería el riesgo de volver a la teología política y a la teocracia; es decir, no a la pos-modernidad, sino a la pre-modernidad; y por otra parte se habla de una ideología marxista y estatista, mostrando un gran desconocimiento de la propuesta marxista que es anti-estatista y radical-democrática. Esta versión corresponde más a un Lasalle o a un Stalin. Si quieren fundamentar el diálogo en el convencimiento y la argumentación, ¿de dónde sacan estos contrasentidos los ilustrados arzobispos y obispos?.

Los Socialistas, pluralistas y democráticos de Venezuela y de Nuestra América, estamos de acuerdo en optar por la libertad, la justicia social, el amor, la igualdad, la liberación social, el reconocimiento de la diferencia de género, étnica, de lengua, el respeto ecológico y la mas amplia solidaridad social que es fundamento de la inclusión. También estamos de acuerdo en la democratización del poder social y en la posibilidad de que sea el pueblo el que decida no solo la alternabilidad de los poderes constituidos del Estado, sino que active y ejerza los poderes constituyentes originarios. Además, el régimen político socialista ha de tener como centro la dignidad de la persona humana y sus derechos, ha de promover los valores radicalmente democráticos y pluralistas, de los cuales es fundamental la vida digna y la función de utilidad pública de la propiedad privada, o de cualquier otra forma de propiedad estatal o social. Es la vida digna de todas las personas y no el culto al individualismo posesivo el que permitirá encontrar las fórmulas optimas para combinar formas de propiedad privada, publica-estatal y social.

Ciertamente, hay situaciones sobre las cuales los Obispos no pueden callar y verdades sobre las que deben seguir insistiendo, como son: la centralidad de la dignidad de la persona, los derechos humanos; el pluralismo político frente al pensamiento único y la exclusión por razones ideológicas o por cualquier otro motivo; la educación pluralista, laica y abierta al debate contemporáneo sobre la espiritualidad y la función histórica de las creencias religiosas para los valores humanos; la lucha contra la pobreza, el desempleo, la exclusión la inseguridad jurídica y social y la violencia; la libertad de expresión, de asociación y el derecho a la información veraz y oportuna; una positiva respuesta a la situación infrahumana de un pueblo que fue privado de su libertad, igualdad y justicia social, y la de los que se han sentido perseguidos por el terrorismo de Estado que se ha instalado para proteger los intereses de los poderosos, y sedimentar los prejuicios de su derecha ideológica en la cultura política de todo el continente, con franco apoyo del imperialismo norteamericano.

Tal vez, el inicio de un nuevo ciclo político-ideológico en el siglo por venir dependa de una nueva izquierda no euro-céntrica que logre inventar un nuevo Socialismo Pluralista. Una izquierda no subordinada a centros de poder ni ha dictados ideológicos basados en manuales, desfiguraciones interesadas y peores traducciones. Una izquierda no demonizada, estigmatizada o criminalizada por los factores reales de poder. Cuando un Cardenal dice que Jesús no fue Socialista hay que decir, correcto…fue comunista. El cristianismo primitivo no es exactamente idéntico a lo que devino históricamente la teología política de la burocracia del Vaticano. Hay que saber diferenciar el trigo de la paja. Por esto, hay que prestarle atención a las maniobras conservadoras. Este asunto compete al Socialismo del siglo XXI… para romper de raíz con el Macartismo tropical y con el Macartismo teológico.

El nuevo Socialismo del Siglo XXI: una breve guía de referencia

Asdrúbal Colmenarez
Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com



“El sufrimiento de los hombres nunca debe ser un mudo residuo de la política, sino que, por el contrario, constituye el fundamento de un derecho absoluto a levantarse y a dirigirse a aquellos que detentan el poder".

(Michel Foucault, . Vida de los hombres infames. ( pág. 211)


En el presente artículo se pretende realizar una aproximación preliminar al polémico tópico del “Socialismo del siglo XXI”, en el contexto del devenir de las transformaciones de la denominada “Revolución Bolivariana” impulsada por las fuerzas sociales y políticas que apoyan el gobierno del Presidente Hugo Chávez Frías en Venezuela desde el proceso constituyente iniciado en el año 1998. Es importante realizar esta aproximación dada la frecuencia con que se difunden seudo-argumentos sin una mínima información de base, tanto desde la derecha histérica, desde voceros mediáticos cuyo oficio es cultivar la idiotez y desde una izquierda jurásica incapaz de aprender a desaprender, en los que se descalifica el Socialismo del siglo XXI por carecer de sustentos históricos, políticos y teórico-críticos. Como veremos a continuación, nada mas alejado de la realidad. En este orden de aclaratorias preliminares planteamos una suerte de cartografía de los discursos-en-proceso sobre el “socialismo del siglo XXI”, lo cual supone una serie de limitaciones derivadas de un campo de estudio cuyas fronteras están moviéndose, sometidas a los efectos de desarticulación-rearticulación de las luchas, enfrentamientos y prácticas hegemónicas/contra-hegemónicas, y por tanto, en permanente cambio y transformación. Sobre la nominación de Socialismo del siglo XXI existe una polémica que puede llevar a genealogías históricas que resultan de interés para despejar el asunto de las diversas autorías y campos intelectuales de influencia. Sobre las diversas líneas de autoría hay indicios que permiten afirmar que existen diversos “foros y redes” que constituyen los nodos-locus de enunciación principales del ideario sobre el “Socialismo del siglo XXI”. La edición en lengua Rusa de “El futuro del socialismo” de Alexander V. Buzgalin del año 1996 es un antecedente fundamental de la discusión. Llama la atención que el motivo para que salieran a la luz este texto en castellano fue el apoyo del científico e intelectual cubano Pedro Sotolongo. Esta primera línea de autoría puede atribuírsele sin duda a Alexander V. Buzgalin y su grupo colaborador, quién ha señalado en la edición en castellano realizada en Cuba del año 2000: “Este trabajo está lejos de ser un tratado cerrado. Antes bien es un objeto para la crítica, la base para un futuro libro con fundamentos; es uno de los resultados parciales de largas búsquedas de una nueva teoría y una nueva estrategia para el movimiento comunista en vísperas del siglo XXI, que continúa una serie de publicaciones previas (La tragedia del socialismo /Moscú, 1992/; El cuervo blanco /Moscú, 1993/; El siglo XXI: El renacimiento del socialismo /Moscú, 1993/; El socialismo: lecciones de la crisis / en la revista “Alternativas”, 1994, No. 2/)”(Buzgalin; 2000, 7) . Así mismo, una segunda línea de autoría remite al texto de Heinz Dieterich: “El Socialismo del siglo XXI” (2002), quién ha sido tomado como el “creador” del término, y quién además plantea explícitamente su autoría sobre la nominación: “P. Profesor Dieterich, ¿Usted inventó el concepto “Socialismo del Siglo XXI” . Sí. Lo elaboré a partir de 1996. Fue publicado junto con la teoría correspondiente en forma de libro, a partir del 2000 en México, Ecuador, Argentina, Centroamérica, Brasil, Venezuela y, fuera de América Latina, en España, Alemania, la República Popular de China, Rusia y Turquía. Desde el 2001 ha sido asimilado en todo el mundo. Presidentes como Hugo Chávez y Rafael Correa lo utilizan constantemente, al igual que movimientos obreros, campesinos, intelectuales y partidos políticos. Junto con la teoría del socialismo del siglo XXI avancé la teoría de la transición latinoamericana que se plasmó en conceptos claves como el Bloque Regional de Poder (BRP), también ya de uso generalizado en América Latina.”(http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=28818) Heinz Dieterich también reconoce en la figura intelectual de Pedro Sotolongo, investigador del Instituto de Filosofía de Cuba, su cooperación en las discusiones a partir de las experiencias de la Revolución Cubana (Dieterich; 2002, 8). Sobre Heinz Dieterich, es posible rastrear en sus textos anteriores: “El fin del capitalismo global: el nuevo proyecto histórico” (2000), “La cuarta vía al poder” (2000) y “Bases del nuevo socialismo” (2001), los indicios de un nuevo horizonte de interpretación y relanzamiento de Proyecto Socialista. Su concepto central es la idea de un Nuevo Proyecto Histórico (N. P. H.) para América Latina y el Caribe como Bloque Regional de Poder (B. R. P.). Así mismo, es importante reconocer los trabajos de la llamada escuela económica de Edimburgo y su texto “El nuevo Socialismo” de W. Paul Cockshott y Allin Cottrell (1993), donde se debate la tensión entre planificación y mercado. Así mismo, resulta esclarecedor vincular ambas líneas de autoría con los trabajos recientes de Martha Harnecker, sobre todo su texto: “La izquierda en el umbral del siglo XXI” (1999), donde es posible encontrar problemáticas muy similares a las líneas de autoría anteriores. Temas como la evaluación histórica del “Socialismo realmente existente” en los términos de Bahro (1979) y sobre la renovación de los planteamientos de la izquierda histórica anticapitalista en el contexto de la globalización neoliberal, permiten una lectura transversal sobre los textos y encontrar que existen hilos conductores comunes. Adicionalmente, una cuarta línea de autoría sobre el socialismo del siglo XXI puede encontrarse en Tomas Moulian en su texto “El Socialismo del siglo XXI. La Quinta Vía” (2000), quién ha planteado que las ideas desarrolladas es su libro recibieron un fuerte estímulo del campo intelectual chileno alrededor de la Universidad ARCIS, Norbert Lechner, Juan Enrique Vega, Manuel Antonio Garretón y Óscar Cabezas, entre otros, así como de su militancia en el Partido Comunista y su amistad con Gladys Marín, ex candidata presidencial del PC chileno. Resulta por demás sintomático que el subtítulo sea la “Quinta Vía”: “Llevado por el espíritu festivo le he colocado a este libro como subtítulo “La Quinta Vía”. Me parece que dejar un espacio abierto respecto de la “Tercera Vía” constituye un gesto de galantería tanto para las posiciones socialdemócratas, por si necesitan desplazarse de su lugar actual, como para posiciones ortodoxas recalcitrantes, deseosas de reclamar viejas banderías. Me siento cómodo en la “quinta vía”, como un espacio todavía desocupado a mi lado, hacia el cual estirar las piernas, como lo hace el afortunado viajero al lado el único asiento libre en la clase económica de un avión repleto.”(Moulian; 2000, 14). En estas genealogías históricas, sin embargo, es evidente la búsqueda de nuevos referentes teóricos para los deseos colectivos de una izquierda histórica anticapitalista, reconociendo abiertamente los errores y ausencias de las experiencias de transición al socialismo en los países del anterior campo soviético, así como reconociendo la significación de las reformas que se realizan en los Estados Socialistas existentes, sobre todo los casos de China, Viet Nam y Cuba. Además, es obligante referirse a un heterogéneo quinto campo de influencias en la elaboración de la problemática del Nuevo Socialismo del siglo XXI. En este quinto campo más difuso y heterogéneo, nos encontramos con aquellos autores que han impugnado desde Europa, Norteamérica y desde el “mundo periférico”, la llamada “Tercera Vía” o el llamado “capitalismo con rostro humano”, por una parte, y aquellos que cuestionan desde posiciones posmodernas y postcoloniales tanto al Capitalismo como a la Modernidad Occidental. Entre los primeros se encuentran intelectuales de la talla de Viviane Forrester, Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Michel Albert, Michel Lebowitz e István Mészáros. Una mención aparte refiere a Meszaros y su libro “Más allá del capital: hacia una teoría de la transición” (1995). Así mismo, también puede resultar significativa en este grupo la influencia de Alan Woods, representante que anima una corriente denominada "Tendencia marxista internacional". Así mismo, entre aquellos que pudieran ser clasificados como “posmodernos de resistencia y oposición”, y que desde sus posiciones plantean una ruptura con el Socialismo Histórico inspirado en la Modernidad Occidental se encuentran conexiones más débiles con los nodos identificados inicialmente. Allí sobresalen Toni Negri, Ernesto Laclau y Gianni Vattimo. Finalmente, se encuentran los círculos intelectuales críticos organizados de modo reticular alrededor del Foro Social Mundial y los movimientos alter-mundistas, donde es posible encontrar lecturas abiertas del marxismo, estudios postcoloniales y filosofías de la liberación. Este campo diverso de orientaciones teórico-críticas, contrastan abiertamente con la indigencia teórica que anima tanto a la derecha histérica como al marxismo-leninismo jurasico, espacios desde los cuales solo nos puede esperar lo peor. En síntesis, apertura, creatividad y crítica al dogmatismo son las dimensiones que recorren un debate indispensable para referirse a la vigencia del proyecto socialista en el presente histórico, alegado de las recetas, los manuales y una subcultura de burocracia-aparato que lo menos que hace es pensar críticamente el presente, en función de su superación revolucionaria, lo que implica al mismo tiempo una revolución del pensamiento crítico.

Una democracia socialista contra-hegemónica es una democracia post-liberal

Astofo Funes
Javier Biardaeu R.
jbiardeau@gmail.com

S
obre las cuestiones democráticas en los procesos transformadores de signo socialista existen varias actitudes. En América Latina, a partir de las dolorosas experiencias dictatoriales del Cono Sur, se diseminó la tesis de que la democracia liberal era el techo de la elaboración democrática de las luchas contra-hegemónicas, que más allá de la democracia liberal, de sus valores, principios e instituciones políticas solo existirían peligrosos desbordes populistas, caos, antagonismos, riesgos y regresiones autoritarias.


Se conformó, entonces, una posición defensiva, reactiva, minimalista, con una sensibilidad que estrechó considerablemente el horizonte utópico, que fue acercándose en cuestiones democráticas, y de manera no intencional, a la tesis del fin de la historia. En ciertos segmentos de la intelectualidad, el miedo y el temor a lo incierto, a lo nuevo, a lo contingente, a lo inesperado, generó una búsqueda de certezas, de orden, un asilo de seguridades que no inquietaran las concepciones hegemónicas de la democracia, por temor a perder la vida. Se sacrificó entonces la vida digna por una vida disciplinada, normalizada, una vida acotada al principio de rendimiento y al arte de lo posible. Pinochet cumplió su trabajo, usó los miedos para normalizar la política.

Y allí radica el problema, un proceso revolucionario si es revolucionario de signo socialista desafía radicalmente el “corsé” liberal de la democracia. Una democracia socialista desarticula la conjunción histórico-contingente entre democracia y liberalismo, cuestionando el horizonte liberal de la política, de los sujetos de la política, la separación de las esferas económicas y políticas, el elitismo como base del programa liberal, el modelo de ciudadanía restringida, de representación, de relación entre mayorías y minorías, la mono-cultura euro-céntrica que está en la base de individuo-propietario-adulto-varón de la política liberal.

Por tanto, la democracia socialista desafía en varios sentidos a la democracia liberal, cuestionando, por hipócrita y cínica, la promesa liberal de la justicia en el terreno distributivo, luego de dejar intactas las condiciones de explotación y opresión que atraviesan de cabo a rabo a las sociedades capitalistas.

Ahora bien, es completamente falso que el liberalismo sea la filosofía de la libertad por excelencia. Más bien, es la filosofía de no libertad para los no propietarios, y por otra parte, la concepción colonial-hegemónica que aseguró la de-culturación de pueblos enteros en nombre de la libertad de comercio, de contrato, de propiedad, de la razón individual, de los “derechos naturales” y otras construcciones histórico-contingentes.

De allí que dos movimientos que marcaron el ciclo de luchas contra-hegemónicas desde el siglo XIX, los movimientos anticoloniales y los movimientos obreros europeos, se enfrentaron a la retórica hegemónicas del discurso liberal en la economía, la sociedad, la política, la cultura y la persona humana. No se trata, entonces, en las luchas contra-hegemónicas,, de una simple ampliación cuantitativa de los mismos principios y valores liberales. Una suerte de extensión cuantitativa de la libertad liberal, sino de una reformulación, muchas veces antagónica y radical, de la “forma de vida”, de los juegos de poder y discurso, que esta concepción hegemónica implicaba. En tal sentido, la democracia socialista fue y sigue siendo una democracia contra-hegemónica, un planteamiento de rebasamiento, de superación, de transformación, de ruptura, de dislocación de la democracia liberal-capitalista como civilización dominante.

Ciertamente, sin la conjunción entre socialismo y democracia, cualquier revolución conduce al despotismo. Pero esto no significa que la democracia que se construye en el socialismo deja intactas la infraestructura de significación y sentido de la democracia liberal. Por eso, la pregunta, ¿cuál democracia?, adquiere tanta relevancia. ¿Acaso el canon democrático del modelo elitista-liberal? ¿Acaso una democracia que ponga en cuestión permanente la separación histórica entre gobernantes y gobernados?


La respuesta va por la segunda vía y no por la primera. Gramsci lo visualizó con extremada precisión. Otro teórico de la política, claramente comprometido con el movimiento nazi, Carl Smichdt también lo reconoció: la democracia y el liberalismo-capitalista son incompatibles, y para hacerlos compatibles hay que sacrificar a la democracia en nombre de la libertad liberal.

La concepción racionalista de la política de la visión liberal no genera motivos de legitimación. Se perciben sus falencias y falacias en múltiples aristas. La visión del individualismo posesivo ha sido ya desmontada. La idea de derechos naturales se reconoce como ficción. La sacralización de la crematística sobre la economía de necesidades es responsable de las polarizaciones extremas que se observan a lo largo y ancho del planeta, para no hablar de la crisis ecológica. La existencia de derechos políticos, sociales y culturales se ha hecho en contra de los dogmas de los derechos civiles liberales. ¿Acaso no era un dogma un censo electoral restringido, un sufragio activo y pasivo limitado a ciertos segmentos de los varones adultos? ¿Acaso no fue de hecho más importante el derecho a la propiedad que el derecho a la vida de niños, mujeres y hombres explotados en condiciones que actualmente significamos como “infrahumanas”? ¿Acaso la razón liberal puede dar cuenta del pluriverso histórico-cultural? ¿Acaso en nombre de la libertad liberal no se siguen cometiendo los mas extremos abusos por parte de la “gran potencia” norteamericana?

Pensar el socialismo desde la democracia liberal puede ser un ejercicio útil desde el punto de vista de la construcción de condiciones de viabilidad para las transformaciones; es decir, como elementos de un programa mínimo, pero no como techo. Si es así, estamos en manos del gatopardo: cambiar todo para no cambiar nada. Las sociedades no están unificadas como un todo, los órdenes son abiertos e inestables, marcados y sobredeterminados por una multiplicidad de conflictos. La viabilidad del Socialismo se construye simultáneamente con la construcción del poder popular, por la puesta en juego de movimientos sociales, cada uno de los cuales conforma un tejido de “comunidades abiertas de liberación”.

Se trata así mismo, de una transformación de la subjetividad social y de la vida cotidiana, de las certezas de la vida cotidiana. De allí se comprenden los desajustes de los códigos de orientación de los diferentes grupos y personas, cuando los contrastan con los roles y status previamente estructurados por el principio de rendimiento, el disciplinamiento y la normalización histórica en crisis. Una revolución pone “patas arriba”, por decirlo así, los sentidos de orden fijados y pasa a construir nuevos sentidos de orden. La experiencia de que “todo parece ser posible” puede generar enorme pánico para algunos y muchísima esperanza para otros. Del pánico surgen precisamente las respuestas autoritarias, porque lo que si asegura lograr a cualquier costo el programa autoritario es orden, “que cada cosa esté en su sitio, en su lugar”.

Ciertamente, en toda revolución socialista, vista la desastrosa experiencia del siglo XX, puede existir el riesgo de la Estadolatria, idolatrar el Estado, a sus órganos y representantes. Pero hay una gran diferencia entre una teoría conservadora de los límites y una teoría crítica radical. Una teoría crítica radical es una crítica radical a cualquier forma de fetichismo institucional. Por ejemplo, el dogma de la separación de poderes. ¿Realmente están separados los poderes en los estados capitalistas del mundo o no será más bien un juego de espejismos institucionales donde los poderes fácticos ya han repartido las cartas marcadas? Otro ejemplo, la manida representación proporcional. ¿Conocemos la genealogía histórica de los sistemas electorales con representación proporcional pura, por ejemplo? ¿Cuál era su utilidad practica, concreta, tangible? ¿Reconocemos acaso el espíritu anti-mayoritario de la representación proporcional pura? ¿Qué significa en estos marcos de sentido el “equilibrio de mayorías y minorías”, sino invertir en la práctica, el juego de decisión: que las minorías decidan más y que las mayorías decidan menos? De allí el peligro del “fetichismo institucional”.


Por tanto, la esencia de las transformaciones socialista no está en la defensa reactiva de la democracia liberal sino en la edificación de un poder popular contra-hegemónico. Poder popular que no tiene que ser estigmatizado necesariamente como tumulto, masa anónima o pueblo organicista. Se trata de construir y estimular las diversas expresiones del poder popular, de su pluralidad inmanente, no de un pluralismo impuesto por una concepción hegemónica del pluralismo liberal. También hay diferentes modos de comprender el pluralismo, no Uno.

Sobre el pluralismo de lo Uno ya se han encargado las diferentes filosofías de la diferencia, tanto post-estructuralistas como posmodernas, así como diferentes cosmovisiones que prescinden de la tentación del ser y de la identidad. No podemos ignorar la crítica de la razón liberal, del racionalismo occidental que se desprende de ellas. Podemos convertir nuestra ignorancia en arrogancia, y disparar, como hicieron tantos colonizadores frente a lo que consideraron “pensamiento primitivo o pre-lógico”, porque ya sabemos lo que esto implica: etnocentrismo y etnocidio.


Reiteramos, la esencia de las transformaciones socialista no está en la defensa reactiva de la democracia liberal sino en la edificación de un poder popular contra-hegemónico y de nuevos principios post-liberales. Volviendo al centro de la cuestión, El hecho que los sindicatos y los movimientos sociales deben permanecer independientes en relación al estado y a los partidos, los partidos independientes en relación al estado, no significa que estemos glorificando la sociedad civil liberal. Autonomía organizativa a pesar de las sintonías con los principios estratégicos que orientan un Gobierno Revolucionario, implica autonomía de las “comunidades abiertas de liberación” que constituyen el tejido de los movimientos sociales.

Ya no somos individuos, somos movimientos, como dice Maffesoli, máscaras en movimiento, con un espacio de libertad que no se restringe a la libertad liberal: la libertad del estado civil de acuerdo a Foucault. Frente a ella, la liberación del potencial humano, de la diferencia humana, de las multiplicidades en movimiento. Tal vez, es en los espacios de la subjetividad donde las transformaciones socialistas hayan sido menos estudiadas, y donde es posible rastrear el arco que va de la efervescencia de la diferencia y de la multiplicidad creativa (por ejemplo de 1905 a 1921 en la revolución rusa) a la conversión en un stal´s, en un funcionario de la burocracia en manos de la nueva clase.

Este peligro se debe evitar a toda costa, pero no sacrificando nuevas modalidades de subjetivación de los espacios de libertad en nombre de la libertad liberal. Más que libertad de conciencia, libertad de las conciencias, más que libertad de expresión, libertad de las expresiones; es decir, conquistar nuevos espacios inexplorados de libertad personal y liberación social.

Sabemos que hay peligros de regresiones y novedades autoritarias. Por esto, las diferencias, tensiones, conflictos y contradicciones entre las posiciones/perspectivas existentes en el campo social deben poder ser expresados por formas de prensa independientes, sin censuras ni restricciones de las opiniones, y por una pluralidad de formas de delegación y representación. No hay socialismo sin conflicto de intereses, posiciones y perspectivas; y por tanto sin una metódica democrática de gestión política y social de los conflictos. Que los conflictos y diferencias que se multipliquen no lleguen a la “lucha sangrienta” depende de dispositivos institucionales, ciertamente, pero también de la asunción de la vida pacífica como valor mínimo indispensable, pero una vida pacífica con dignidades sociales, históricas, culturales.


Por ello, la autonomía de la forma y de la norma jurídica debe garantizar que el derecho no se reduce a arbitrariedad perennizada de la fuerza, de la razón de Estado. El derecho es la formalización de una política democrática, de una democracia que piensa la diversidad NO como reducción a la unidad y a la equivalencia en la forma, sino que supone que la UNIDAD es la articulación compleja y contingente a las diferencias, de las multiplicidades, de contratos sociales con heterológicas en las formas jurídicas; este será un desafío del siglo XXI.

La defensa del pluralismo político socialista no es por tanto una cuestión de circunstancias, sino una condición esencial de la democracia socialista. Es la conclusión a la que llegaron Trotsky y Rosa Luxemburgo, cada cual a su manera, frente a la experiencia en La Revolución Rusa: “En realidad las clases son heterogéneas, desgarradas por antagonismos internos, y no llegan a fines comunes más que por la lucha de las tendencias, de los agrupamientos y de los partidos”, dice Trotsky en la Revolución traicionada. Que se multipliquen las tendencias, las corrientes, las diferencias, allí esta el desafío de la nueva pluralidad socialista, frente a cualquier tentación de la uno. Del uno liberal, o de cualquier UNO.

El propio PSUV si quiere liberarse del fantasma del centralismo burocrático, tiene que asumir sin complejos, su diversidad y multiplicidad interna. Si quiere liberarse de las concepciones militaristas de la unidad de mando, tiene que practicar nuevas formas de deliberación y de asunción de la cultura de debate y de las prácticas e decisión. Tiene que asumirse como un partido de corrientes diversas, cuyo centro de decisión sea efecto y no causa de la deliberación entre comunidades de liberación social. UN PARTIDO DE TENDENCIAS REVOLUCIONARIAS. Allí se verá si existe una disposición real a debatir desde una perspectiva socialista contra-hegemónica el asunto político-antropológico de la jefatura, del mando. En una revolución socialista manda el pueblo, manda el poder popular. Veremos, pues, si hay pueblo diverso, con la multiplicidad de la singularidades en movimiento o una masa tutelada.

Si lo que surge en el seno de la edificación del PSUV es una concepción organicista del pueblo y vertical del mando, entraremos en la prefiguración de una regresión totalitaria, si se construye un nuevo pluralismo socialista y un trenzado de mandos compartidos, tendremos futuro como nuevo socialismo del siglo XXI. Esto quiere decir que la voluntad colectiva no puede expresarse más que a través de un proceso electoral libre, cualesquiera que sean sus formas institucionales, combinando democracia participativa y democracia representativa, como lo ha resaltado el último Poulantzas antes de su trágica partida. Esto no es liberalismo, sino post-liberalismo.

Para esto, el reconocimiento del pluralismo político, sindical y social, es la única forma de permitir la confrontación de programas y de opciones alternativas sobre todas las grandes cuestiones de sociedad, y no el simple intercambio de puntos de vista provenientes de las instancias locales del poder. Una nueva democracia revolucionaria que combine consejos de producción y consejos territoriales, con una expresión directa y un derecho de control, no solo de los partidos, sino de los sindicatos, asociaciones, movimientos sociales, de mujeres, consumidores, comunidades, indígenas, etc. De allí, la responsabilidad y la revocabilidad de los electos y electas por quienes les han elegido, y no un mandato imperativo que bloquearía toda función deliberativa de las asambleas elegidas. La limitación explícita de la acumulación y de la renovación de los mandatos electivos debe estar en manos del poder popular, así como la limitación del salario del electo a nivel del obrero/a cualificado/a o del empleado/a de los servicios públicos, a fin de restringir la personalización y la profesionalización del poder.

La descentralización/desconcentración del poder y la redistribución de las competencias a nivel local, regional, o nacional más cercano a las bases ciudadanas, con el derecho de veto suspensivo de las instancias inferiores sobre las decisiones que les afecten directamente y posible recurso a referendums de iniciativa popular. Una democracia revolucionaria de productores libremente asociados es perfectamente compatible con el ejercicio del sufragio universal. Consejos comunales o asambleas populares territoriales pueden estar formados de representantes de las unidades de trabajo y de habitación y someter toda decisión importante al voto de las poblaciones concernidas. Diversas experiencias han puesto al orden del día la posibilidad de un sistema de deliberación de dos cámaras, una elegida directamente mediante el sufragio universal, la otra representando directamente a los sectores sociales: obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, intelectuales, profesionales, científicos y técnicos, pequeños y medianos empresarios nacionales, y más ampliamente las diferentes formas asociativas del poder popular. Esta respuesta satisface teóricamente a la vez la exigencia de elecciones generales y la preocupación por la democracia del poder popular lo más directa posible. Permite no confundir por decreto la realidad de la sociedad y la esfera del estado, llamada a ir debilitándose a medida que se desarrolla, se extiende y se generaliza la autogestión. Se trata de la disolución del Estado capitalista en el poder popular, a través de la democratización extensiva e intensiva, reconociendo las limitaciones de las circunstancias históricas y de las amenazas que requieren de un nuevo esfuerzo de defensa integral de la soberanía nacional. De allí la importancia de democratizar al Estado y no de estatizar la democracia.


Estas grandes orientaciones resumen las lecciones de una historia dolorosa. Una historia que no es el fin de la historia del liberalismo ni la compulsión a la repetición del despotismo de izquierdas. Se trata de abrir la Historia a las historias, de abrir el gran relato a los pequeños relatos, de escuchar no la gran VOZ sino las pequeñas voces, de construir y edificar un nuevo socialismo del siglo XXI, y pasar esta dura transición con una plenitud de visiones que saben que lo peor está siempre al acecho: no cambiar nada y sacralizar el fin de la historia y su democracia liberal, cambiar todo para inventar una nueva figura de barbarie, o retornar a la dictadura como fórmula que nos alivie la pesada carga de la ansiedad cartesiana.

Una democracia contra-hegemónica toma distancia del “fetichismo institucional”: el sufragio universal, los poderes públicos controlados democráticamente desde las bases y consejos, un sistema mixto que permita la voz de las minorías, la posibilidad de alternancia política, la existencia de diversos partidos políticos y movimientos sociales, un nuevo pluralismo radical y una tolerancia a la disonancia y a la diversidad, no son principios liberales, son principios de una democracia post-liberal.

Una teoría crítica radical debe desmontar las falencias y falacias liberales, debe asumir una nueva práctica articuladora en la lucha contra-hegemónica. En este sentido, estamos en un momentum post-liberal, para edificar desde las comunidades de liberación formas de vida social igualitarias, justas y libertarias.
¡O inventamos o erramos!