miércoles, 11 de agosto de 2010

LA IZQUIERDA CAVERNARIA BLOQUEA EL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO-PARTICIPATIVO

Javier Biardeau R.
La separación entre la cuestión democrática y la cuestión socialista es la puerta de entrada de todos los despotismos burocráticos en el seno de la izquierda. Obviamente, a la derecha anticomunista le conviene mantener el guión que expresa que toda aspiración socialista o comunista, en el estricto sentido emancipador, inspirado en el pensamiento crítico de Marx y Engels, es de cuño “totalitario”.
A la ramplona mascarada anti-comunista no se la enfrenta con las debilidades despóticas de inspiración bolchevique (“socialismo en un solo país”, “partido-único”, “planificación burocrática”, “propiedad estatizada”, “deber de sumisión ideológica”, “hegemonía autoritaria”), sino con la fortaleza de la democracia radical, con la deliberación, participación y protagonismo libertario de las mayorías populares en el ejercicio del poder, con el poder constituyente y la revolución democrática, descolonizadora y ecológica.
Si no se concibe el socialismo radicalmente democrático como la más profunda re-distribución y socialización del poder social, se le ofrece a la petrificada derecha anticomunista una ventaja para reforzar el viejo guión que expresa la imposibilidad de una democracia socialista. Por tanto, la derecha anticomunista y la izquierda despótica se refuerzan mutuamente en sus prejuicios, pasiones y estereotipos.
¿Cómo salir de este laberinto? Sin una voluntad de ruptura con la crisis histórica de consistencia teórica y de legitimación que evidencian las nociones de la izquierda cavernaria no habrá nuevo socialismo.
La crisis de la Modernidad occidental no solo ha puesto en aprieto al viejo conservadurismo que organizaba al poder a partir de un eje vertical de trascendencias de cuño religioso (unidad del Estado y la monocracia religiosa en el absolutismo; de cualquier religión, lo que la historia moderna europea denominó el ancien regime), ni sólo al liberalismo contractualista derivado de la Dialéctica de la ilustración, sino además la variante radical que instituyó al marxismo-leninismo como religión secular o de legitimación del Estado socialista.
Todo este paquete ideológico y epistémico de la Modernidad occidental se ha hecho ruinas, y lo que aparece en escena en el mejor de los casos es un pluralismo radicalizado de orientaciones normativas y valorativas, que aún recompone los diseños político-institucionales del siglo 21. En el peor de los casos, se reactivan los integrismos religiosos, seculares ó de la llamada “nueva era” (todas esas espiritualidades de supermercado que se agitan en el sentido común de la muchedumbre solitaria).
Es el anhelo de un monismo que asegure todas las certezas, que liquida cualquier contingencia y responsabilidad, la cuna del “totalitarismo”, con su consecuente mutilación de diferencias, diversidad y alteridades. El totalitarismo es resultado precisamente de un pánico agresivo hacia el Otro, la impotencia de asumir la incongruencia, la divergencia, la polémica, la incertidumbre y las contradicciones, sin síntesis tranquilizadoras.
Sin una vocación pluralista que asuma la diversidad (la diferencia que enriquece y el antagonismo que se opone) no hay posibilidad de democratizar el imaginario socialista. Y sin democratizar el imaginario socialista, lo que se apuntala es la izquierda cavernaria.
En esta línea de argumentos, hay que revisitar la tradición de fecundaciones mutuas entre la revolución democrática y la revolución socialista. La historia del socialismo democrático no comienza en el 1917, sino en 1848. La riqueza de la idea socialista democrática culmina justamente con su empobrecimiento como despotismo burocrático.
Tanto la socialdemocracia a lo Engels como el comunismo de consejos a lo Pannenkoek, son muchos más fieles a la profundización del espíritu emancipador del marxismo originario, que el bolchevismo a lo Stalin. De allí, que la incompetencia intelectual por una recreación histórica de lo sucedido como profundo debate socialista entre 1848 y 1924 en la “modernidad euro-céntrica”, es parte del contrabando que la izquierda cavernaria nos quiere pasar por “marxismo oficial” (el leninismo codificado por Stalin es parte de estas mercaderías ideológicas).
Un marxismo de derecha es justamente aquel que fecunda el despotismo burocrático. Entre anticomunistas fascistoides y el despotismo de izquierda hay afinidades en su desprecio a profundizar la democracia radical, social y participativa.
La cuestión política que se plantea en la actualidad para la lucha revolucionaria es, en buena medida, las implicaciones entre la revolución democrática y la revolución socialista, incluso ir mucho más allá que una postura defensiva acerca de la vigencia de la propia teoría marxiana, pues la realidad histórica, social y cultural muestra que hay nuevos fenómenos, tendencias y circunstancias que Marx, ni siquiera pensó ni imagino. Ni la cuestión ecológica ni el diálogo de civilizaciones y culturas, relacionados a los procesos de descolonización en el contexto de la globalización del capital, fueron ejes de la reflexión central del pensamiento socialista entre 1848 y 1924. No hay posibilidad para la democracia socialista, libertaria, descolonizadora y ecológica, si no aborda estos asuntos, y si no abandona urgentemente el imaginario social de la izquierda cavernaria.
No hay que olvidar aquella frase de Marx:
“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” (Marx-18 Brumario de Luis Bonaparte)

domingo, 8 de agosto de 2010

LA DERECHA CAVERNARIA ESTÁ AGAZAPADA

Hitler y el "Cardenal Pacelli"
“Karl Marx fue, entre millones, realmente el único que con su visión de profeta descubriera en el fango de una humanidad paulatinamente envilecida, los elementos esenciales del veneno social, y supo reunirlos, cual un genio de la magia negra, en una solución concentrada para poder destruir así con mayor celeridad, la vida independiente de las naciones soberanas del orbe. Y todo esto, al servicio de su propia raza.” (Hitler. Mein Kampf)
Javier Biardeau R.
Por una parte, cuando escucho el término “Socialismo Democrático” o “Democracia Socialista” como definición del camino socialista en Venezuela, digo “Ojalá, así sea”. Porque la deriva frente al término proviene de viejos prejuicios sedimentados por al menos 120 años de historia del Socialismo Moderno Europeo, cuyo legado no se puede ignorar ni confundir con una mala copia de la tradición bolchevique, tan reclamada como “auténtico socialismo revolucionario” por los portavoces del ya enmohecido “leninismo de partido único”. Primer desacuerdo.
Desde allí (leninismo de partido único) no hay viabilidad histórica para el nuevo socialismo. Además, contribuye al extravío, el mar de confusiones, de intencionadas deformaciones, a manipulaciones ideológicas propias de la lucha, del conflicto, del antagonismo entre el campo del status quo y un campo revolucionario que pretende rebasar el capitalismo desde la revolución democrática.
Proviene de una vieja historia, las erradas disyunciones entre la cuestión democrática y la cuestión socialista. Si usted separa la revolución democrática del socialismo surgen todos los desvaríos del despotismo burocrático. Pues no es lo mismo declararse críticamente frente al liberalismo democrático, rebasándolo a partir de una democracia participativa, deliberativa, protagónica, radicalizada, que confundirla con una confiscación del poder por un centro político burocrático. Segundo desacuerdo.
Por otra parte, viejos sectores contra-revolucionarios se cobijan en el manto del anti-totalitarismo, en clave de derecha, con complejo (o cálculo) de afirmar que son parte del patético anti-comunismo, del “macartismo tropical”.
Son los viejos anti-comunistas de otrora, encubiertos en una mascarada que no deja de resonar en los tambores de la “guerra fría cultural”. Estos anti-totalitarios son poco respetables, sobre todo porque desvían la atención cuando se les advierte el sello totalitario del colonialismo occidental, del imperialismo, del fascismo, del integrismo católico o las ruinas que dejó el Mein Kampf hitleriano.
Bastaría que revisarán un significativo libro titulado: “El Totalitarismo: trayectoria de una idea límite”, escrito por la filósofa italiana Simona Forti (2008), para encontrar sus filiaciones, acentos y procedencias.
Algunas críticas anti-totalitarias muestran miradas de águila para condenar el estalinismo, pero son completamente miopes cuando están “cara a cara” con el legado de Mussolini, Franco, Hitler, o más cercano, con los “Estados de seguridad nacional” latinoamericanos y sus Constituciones legales, hechura de gente como Pinochet.
A esta derecha cavernaria no le gusta que le recuerden su afinidad electiva con el fascismo, ni cómo en 1933 el Vaticano desplegó su interés en el poder en ascenso del Nazismo cuando el Cardenal Pacelli (quien después llegó a ser el papa Pío XII) firmó en Roma un concordato entre el Vaticano y la Alemania nazi. En representación de Hitler, Von Papen firmó el documento y Pacelli, otorgó a Von Papen la elevada condecoración papal de la gran Cruz de la Orden de Pío. No hay que olvidar entonces (“anti-totalitarios de derecha”), cómo desde el Vaticano se dio apoyo a la tiranía nazi, que fue considerada un baluarte contra el “comunismo mundial”.
De este anticomunismo cavernario al anticomunismo de la politología norteamericana, no hay grandes cambios de registro ideológico. Tal vez quienes han sido socializados por métodos similares a los utilizados por las llamadas “juventudes hitlerianas” (Hitlerjugend), usen el término “totalitario”, en un sentido simplemente cínico o hipócrita.
No hay que olvidar tampoco que Hitler no sólo era anti-semita, sino que era (y por eso) un declarado anti-marxista: “En aquella época abrí los ojos ante dos peligros que antes apenas si conocía de nombre, y que nunca pude pensar que llegasen a tener tan espeluznante trascendencia para la vida del pueblo alemán: el marxismo y el judaísmo.” (Mein Kampf)
No abundaremos en citas: “Karl Marx fue, entre millones, realmente el único que con su visión de profeta descubriera en el fango de una humanidad paulatinamente envilecida, los elementos esenciales del veneno social, y supo reunirlos, cual un genio de la magia negra, en una solución concentrada para poder destruir así con mayor celeridad, la vida independiente de las naciones soberanas del orbe. Y todo esto, al servicio de su propia raza.” (Mein Kampf)
O para aclarar su desprecio por la democracia: “La democracia del mundo occidental de hoy es la precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin ella. Es la democracia la que en primer término proporciona a esta peste mundial el campo de nutrición de donde la epidemia se propaga después.”
Cuando se afirma que el “socialismo marxista” es totalitario, el beneficio de la duda sugiere preguntarse: ¿Desde cuál sistema de referencia y de cuál marxismo me hablan estas presuntas voces anti-totalitarias?
El anticomunismo más ramplón tiene piernas cortas, como la mentira. Confundir las experiencias del estalinismo (o el marxismo-leninismo) con Marx es parte del juego de lenguaje de la derecha cavernaria. Basta advertir cómo Hitler se refería negativamente a la propia relación del legado de Marx, y un partido socialdemócrata que aún mantenía cierta fidelidad hacia la contribución de la teoría crítica radical.
Justamente hacia aquellas coordenadas espacio-temporales pueden seguir dirigiendo su mirada, quienes quieran enfrentar críticamente el legado despótico que terminó desplegando la experiencia bolchevique, sin denegar por eso del pensamiento crítico y creativo de Marx y Engels.
Aquí hay que volver a traer a colación la frase de Engels de 1891 (Contribución a la crítica del programa socialdemócrata), y el modo como fue distorsionada por Lenin (El Estado y la Revolución), en la que plantea: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.
Personajes como Rosa Luxemburgo quedaron sembrados en la historia como voces y signos de una crítica radical aún no suficientemente asumida. Como quedaron fuera del canon, voces tan heterodoxas como Korsch, Gorter, Serge, Souvarine, Djilas, Basso, e incluso Simone Weil (Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social).
La burocracia marxista-leninista generó su propia ideología legitimadora. Pero eso no era Marx. Tercer desacuerdo.
No hay democracia socialista sin ejercicio directo de la soberanía del pueblo, ni sin ejercicio directo del poder por parte de las clases trabajadoras, con sus múltiples expresiones organizativas, con la vitalidad de la polémica democrática y con corrientes de pensamiento diversas; no bajo sustituciones de centros políticos burocráticos, ni con la peor de las fórmulas: sistema de partido único, embrión de lo que a la postre ha sido la cuna de los rasgos autoritarios del llamado “Socialismo realmente inexistente”.
La naturaleza de las formaciones sociales de los países del este europeo y Rusia ha sido objeto de una amplia polémica, se han empleado un gran número de denominaciones para acercarse a una elemental verdad: no hubo socialismo de los trabajadores ni democracia revolucionaria alguna, y solo los desprevenidos por la mentira institucionalizada llegaron a reconocerlo desde 1991. Capitalismo de Estado, Socialismo burocrático, Colectivismo burocrático, vía no capitalista para la industrialización, transición bloqueada al socialismo, Estado obrero degenerado, o socialismo autoritario. Hay quienes han ironizado con las propias denominaciones de este tipo de sociedades y así hablan de “socialismo irreal” o de “socialismo inexistente”. Otros prefieren seguir habitando en la gran narrativa de la mentira institucionalizada.
El criterio para cotejar si la emancipación de los trabajadores, trabajadores, de los ciudadanos y ciudadanas, utilizando los hilos conductores de Marx, se hace por el camino de la democracia socialista, pasa por atravesar todos los fantasmas del totalitarismo y del despotismo burocrático, pasa por el balance de inventario crítico de todas las experiencias que fracasaron en su promesa.
Y sobre todo pasa por abrir (polémicamente) el canon del marxismo institucionalizado, sobre todo para de-construir y reconstruir el pluri-verso de la teoría crítica radical, des-dogmatizándola y descolonizándola. Sin esta práctica de fondo y de vasto calado ( que no es una distracción especulativa, sino un asunto con implicaciones políticas en la prais revolucionaria), sólo se le darán argumentos a la derecha cavernaria.
Y el viejo anticomunismo retornará como paranoia colectiva, como práctica contra-revolucionaria, no se sabe si con las mismas fórmulas de Hitler, Mussolini o Pinochet. O cínicamente en nombre del anti-totalitarismo.

jueves, 15 de julio de 2010

ESTADOLATRAS: ¿ME PERMITEN DISENTIR?


Javier Biardeau R.
"El Estado es un órgano de dominación de clases, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del orden que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando la lucha de clases. El proletariado sólo necesita el Estado temporalmente. Nosotros no discrepamos en modo alguno con los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado como meta final. Lo que afirmamos es que para alcanzar esta meta es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios del Poder del Estado para emplearlos contra los explotadores. Para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida." (Lenin: la real polémica de Marx con los anarquistas)
I.- Momento del llamado “principio-esperanza” (Ernst Bloch):
Lo más elemental muchas veces se pierde de vista: no habrá nuevo socialismo fuera del espacio de la revolución democrática permanente e instituyente, lo cual implica diferenciarla de cualquier fe supersticiosa en los límites constitucionales y en la forma-Estado; fe heredada por prácticas, representaciones y discursos de 200 años de colonialismo interno, de modernización capitalista refleja, trunca y dependiente para Nuestra América; y en el caso de Venezuela, de sub-cultura del petróleo, de conformación del Estado populista clientelar, de patrimonios, prebendas y privilegios, producto de modalidades parasitarias de la acumulación delictiva de capitales.
A algunos intelectuales, funcionarios y políticos les da escozor que se plantee el debate entre la forma-Estado y la forma-Comuna. El realismo de “sentido común”, el pragmatismo, el oportunismo, las viejas estadolatrías de aparato, propias de una izquierda cargada de hábitos ideológicos, sean socialdemócratas o estalinistas, o el hecho mismo que se viven las tensiones, conflictos y antagonismos de una potencial transición post-capitalista, plantean que es “sensato” no debatir si el pensamiento crítico socialista, puede seguir encadenado al imaginario instituido de la forma-Estado: “En efecto, cada uno de nosotros lleva interiorizada, como la fe del creyente, esa certeza de que la sociedad es para el Estado (…) no se puede concebir sociedad sin Estado.” (Pierre Clastres).
Muchos malos lectores del llamado "autonomismo", o del "marxismo crítico, abierto y libertario", por ejemplo, extraen como consecuencia que la idea de revolución para estas corrientes, no puede consistir en una alteración radical de la relaciones de poder y en una toma del Estado. Mucho se hubiese evitado, si siguiendo a Foucault, se hicieran distinciones entre el concepto de relaciones de poder y sus efectos de conjunto: los estados de dominación. Gramsci tenía suficientemente claro, como el "poder de unas clases-sobre otras clases", es inmanente al campo de constitución de la separación entre gobernantes y gobernados. Y Marx tenía suficientemente claro que la forma-Estado era parte del complejo ensamblaje de la alienación política.
El Estado nacional (y cualquier forma-Estado) es una expresión concentrada de relaciones de dominación de una sociedad: de gobierno sobre las personas, de coloniaje sobre etnias subalternas, de imposición de un imaginario nacional, un órgano para el dominio de clases. Cuando la izquierda bien-pensante se queda en la mera lucha por la “toma de Estado”, dejan intactas muchas de las lógicas, prácticas, representaciones y discursos de la forma-Estado capitalista. “Cambian el mundo”, dicen, pero manteniendo el "poder concentrado" de la forma-Estado, en manos no de la “clase trabajadora revolucionaria”, ni del "pueblo organizado, movilizado y consciente", sino de la cadena de sustituciones (partidos-aparatos, gobiernos controlados básicamente por sectores medios radicalizados, o bajo el liderazgo de personalismos carismáticos).
El mando jerárquico, vertical y concentrado es justamente una condición de imposibilidad para una revolución democrática permanente, cuyos actores-sujetos populares comienzan a desplazarse desde la potencia constituyente del ejercicio directo del poder, hacia los vagones de cola de las revoluciones o del llamado “proceso”.
Se dice comúnmente que los gobiernos progresistas de América Latina se están valiendo del Estado para regular la economía (que sigue siendo básicamente capitalista), para inducir también el crecimiento económico (cuando lo hay, también de tipo capitalista), para desarrollar políticas sociales (favorables al orden, la seguridad, la ley y la paz capitalistas). De este modo, los gobiernos progresistas gestionan las funciones típicamente capitalistas de acumulación, regulación y legitimación funcionales al mantenimiento del dominio de los factores reales de poder.
El keynesianismo de izquierda y el populismo, anudan tanto un patrón de politización como una economía política progresista, se dan la mano para impedir imaginar y pensar alternativas radicales de reproducción material basadas en el socialismo radical, distintas a las prácticas de unidades de producción y distribución cuyo fundamento reproduce el antagonismo de clase, y formas de desigualdad sustantiva bajo la división jerárquica y vertical del trabajo.
En este contexto material, el tema de las funciones de la forma-Estado capitalista, se confunden con las funciones de un Estado de transición al post-capitalismo. Obviamente no son las mismas funciones, ni tareas, ni las mismas formas organizativas ni las mismas prácticas del Estado capitalista. ¿Acaso el llamado "Estado de transición" es una continuidad del Estado capitalista?
Transformar el Estado capitalista implica desmantelarlo, derrocarlo, destruirlo. No hay excusas ni retórica florida para suponer que se trata de reformas de fachada, de nombres sin cambiar lógicas, practicas y representaciones. Al desmantelarlo hay que crear nuevas instituciones, espacios, aparatos, nuevas prácticas, formas de organización que no reproduzcan en lo esencial las lógicas y practicas del gobierno sobre las personas, sobre los movimientos sociales y populares, sobre las clases subordinadas, sino todo lo contrario: un gobierno directo con las gentes y de las gentes, con los movimientos sociales y de los movimientos sociales, con las clases populares y del pueblo trabajador.
Se trata, como decía Lenin en sus mejores momentos, de un semi-Estado de transición. La izquierda bien-pensante, sin embargo opta por un Lenin -"hombre de Estado", edificador del "Estado socialista", un Lenin pues "realista". Pero seamos realistas, pidamos lo imposible: no quedemos encadenados al inconsciente político de la forma-Estado. Fue Lukacs el que alguna vez dijo que los puntos fuertes y débiles del Estado se hallan en la manera en que éste se refleja en la conciencia de los hombres. La forma-Estado es también una representación ideológica.
Los gobiernos progresistas de América Latina, sus dirigentes y funcionarios, comienzan a mostrar síntomas de desconexión y debilidad del apoyo popular, de identificación con las lógicas y prácticas del Estado capitalista. Si bien rescataron el papel de la política y del Estado frente al neoliberalismo, no han ofrecido algo distinto de las recetas keynesianas y del populismo histórico.
De allí que en plena coyuntura para transformaciones post-capitalistas, sea posible que la izquierda progresista, comience a experimentar una fatal carencia de potencia creativa para imaginar un mundo distinto de relaciones, prácticas e instituciones políticas y económicas, basadas en efectivamente en la igualdad sustantiva y en la superación del antagonismo de clases.
La edificación de las bases materiales del socialismo radical, implica inevitablemente la construcción de una economía social, popular, alternativa y comunal de propiedad social o colectiva, bajo modalidades auto-gestionadas de administración, así como con prácticas democráticas de planificación de conjunto, en articulación con la función de comando político-económico de un Estado de transición, sometido a un intenso y extenso proceso de democratización de funciones.
No es a través del cambio cosmético de la melodía dominante de políticas económicas, marcadas unas por el “go” (keynesiano-pro-cíclico), y otras por el “stop” (monetarismo-neoliberal), que se cambiara la “rocola” capitalista. La música capitalista sigue sonando y a gran volumen. No hay melodía socialista. Tampoco superará el capitalismo, la planificación burocrática al estilo del socialismo real, con su apego a la centralidad del estatismo autoritario y el fetichismo del partido-único. Hay que reconocer que todavía hay mucho de “desarrollismo” en la llamada izquierda progresista. El desarrollismo de izquierda sigue atado al mito de la neutralidad ideológica de las "fuerzas productivas".
En gobiernos progresistas hay muchas ganas de “gobernar-sobre”, pero pocas de “hacer efectivamente revoluciones democráticas y socialistas”. Se sueña con la elevación constante del “empleo formal” (pero con atributos reales de precarización, sean abiertos o velados), generalmente aumentado la nomina y la clientela del Estado, impulsando a veces el crédito a pequeñas y medianas empresas, y tratando de ampliar el poder adquisitivo de los salarios directos o indirectos. Sin embargo, los gobiernos progresistas mantienen toda la terminología heredada del neoliberalismo: hablan de "sector informal", de "pobreza crítica", de "programas sociales focalizados". Muestran una patética debilidad ideológica para avanzar en la construcción de otro mundo posible.
Obviamente, las medidas urgentes son aceptables en tiempos de desempleo crónico a corto plazo, no están mal para superar los "ciclos cortos" de coyuntura. Pero desde allí, no hay revolución productiva ni cambio estructural en el sentido de una transición post-capitalista. La responsabilidad no es exclusiva de los gobiernos progresistas. Bajemos un peldaño. ¿Qué ocurre con los partidos, o alianzas políticas progresistas que no impulsan revoluciones; es decir, cambios estructurales? ¿Que ocurre dentro de la "contra-elite" política que supuestamente conduce luchas anti-neoliberales y dibuja horizontes anti-capitalistas?
Los Gobiernos desean partidos dóciles. Los partidos dóciles desean militantes dóciles. Los partidos y militantes dóciles, desean movimientos sociales y populares dóciles. Pero los movimientos sociales y populares, se cansan de los gobiernos, de los partidos y de sus militantes dóciles. Los mandan muchas veces, como decimos coloquialmente "largo pal´carajo".
¿Es responsabilidad de quiénes, que se presenten esas fisuras o abismos entre la izquierda social y la izquierda política? ¿De los gobernantes o de los gobernados? Los movimientos sociales, populares, barriales y de los pueblos originarios, no es que abandonen la lucha por la construcción de hegemonías alternativas, es que el muro de los partidos de gobierno y de los gobiernos progresistas, se convierte injustamente en una condición de imposibilidad para las hegemonías alternativas.
La construcción de hegemonías alternativas implica bajarse del pedestal del poder-sobre, de la “mata de coco” de la arrogancia, de la corruptela del poder, de la sub-cultura del “cargo”, que se instala lamentablemente en el espacio de las “nuevas elites” de los partidos dóciles de izquierda y sus "gobiernos progresistas", e incluso como en sus portavoces intelectuales, ahora "intelectuales palaciegos".
Tal vez estos intelectuales palaciegos deban volver a leer “Miseria de la filosofía” de Marx, cuando dice, refiriéndose a las corrientes teóricas de economía:
Luego sigue la escuela humanitaria, que toma a pecho el lado malo de las relaciones de producción actuales. Para tranquilidad de conciencia se esfuerza en paliar todo lo posible los contrastes reales; deplora sinceramente las penalidades del proletariado y la desenfrenada competencia entre los burgueses; aconseja a los obreros que sean sobrios, trabajen bien y tengan pocos hijos; recomienda a los burgueses que moderen su ardor en la esfera de la producción. Toda la teoría de esta escuela se basa en distinciones interminables entre la teoría y la práctica, entre los principios y sus resultados, entre la idea y su aplicación, entre el contenido y la forma, entre la esencia y la realidad, entre el derecho y el hecho, entre el lado bueno y el malo. La escuela filantrópica es la escuela humanitaria perfeccionada. Niega la necesidad del antagonismo; quiere convertir a todos los hombres en burgueses; quiere realizar la teoría en tanto que se distinga de la práctica y no contenga antagonismo. Dicho se está que en la teoría es fácil hacer abstracción de las contradicciones que se encuentran a cada paso en la realidad. Esta teoría equivaldrá entonces a la realidad idealizada. Por consiguiente, los filántropos quieren conservar las categorías que expresan las relaciones burguesas, pero sin el antagonismo que constituye la esencia de estas categorías y que es inseparable de ellas. Los filántropos creen que combaten en serio la práctica burguesa, pero son más burgueses que nadie. Así como los economistas son los representantes científicos de la clase burguesa, los socialistas y los comunistas son los teóricos de la clase proletaria. Mientras el proletariado no está aún lo suficientemente desarrollado para constituirse como clase; mientras, por consiguiente, la lucha misma del proletariado contra la burguesía no reviste todavía carácter político, y mientras las fuerzas productivas no se han desarrollado en el seno de la propia burguesía hasta el grado de dejar entrever las condiciones materiales necesarias para la emancipación del proletariado y para la edificación de una sociedad nueva, estos teóricos son sólo utopistas que, para mitigar las penurias de las clases oprimidas, improvisan sistemas y andan entregados a la búsqueda de una ciencia regeneradora. Pero a medida que la historia avanza, y con ella empieza a destacarse, con trazos cada vez más claros, la lucha del proletariado, aquellos no tienen ya necesidad de buscar la ciencia en sus cabezas: les basta con darse cuenta de lo que se desarrolla ante sus ojos y convertirse en portavoces de esa realidad. Mientras se limitan a buscar la ciencia y a construir sistemas, mientras se encuentran en los umbrales de la lucha, no ven en la miseria más que la miseria, sin advertir su aspecto revolucionario, destructor, que terminara por derrocar a la vieja sociedad. Una vez advertido este aspecto, la ciencia, producto del movimiento histórico, en el que participa ya con pleno conocimiento de causa, deja de ser doctrinaria para convertirse en revolucionaria.”
Pasar a una “ciencia revolucionaria” (M. Löwy). Esta es la tarea de los portavoces intelectuales de los “gobiernos progresistas”, alejarse del palacio y sintonizarse con la multitud constituyente. Derrocar la vieja sociedad, el viejo Estado, la vieja economía política, sus viejas instituciones, sus doctrinas.
Obviamente, los movimientos sociales y populares contra-hegemónicos deben apoyar a los gobiernos progresistas, pero participar sin bozales en los bloques de fuerzas que apoyan aspectos, contenidos o medidas revolucionarias, no solo manteniendo su autonomía sino criticando desde la raíz, los aspectos de regulación social del antagonismo, sus timideces, sus inconsecuencias, y hasta sus perfiles reaccionarios y autoritarios, presentes en estos mismos gobiernos.
En esto consiste la construcción de una nueva hegemonía política democrática. Potenciar el espíritu crítico, contestatario, subversivo, rebelde de los movimientos sociales y populares contra-hegemónicos. Cuando los "gobiernos progresistas" acusan a los movimientos sociales y populares de "subvertir el orden", confiesan que han entrado en su etapa senil, muestran sus perfiles reaccionarios. Se muestran incapaces de avanzar en las transformaciones de fondo que exigen las clases trabajadoras y populares.
Postergar el espinoso asunto de las bases materiales de la transición post-capitalista es sencillamente una forma de escurrir el bulto, de intentar continuar una mascarada, un espectáculo-comandado por elaboradas estrategias de propaganda política. Nadie duda que se pre-figura una larga y profunda lucha económica, política, jurídica, ideológica y cultural, para volver a colocar el socialismo radical a la orden del día. Pero hay que comenzar con tener cierta fortaleza en las piernas, cierta consistencia entre el dicho y el hecho, para comenzar “la larga marcha”. Partiendo del populismo o del keynesianismo de izquierda no se llegará muy lejos. Incluso, ya se ha llegado al “llegadero”.
No hay que dividir fuerzas para reconocer que los llamados "gobiernos progresistas" tienen piernas flojas. Ciertamente, hay que mantener a toda costa el "mal menor" frente al "mal mayor", consolidar una amplia alianza de movimientos sociales y políticos de izquierda, acumular fuerzas para impedir que caigan por sus propias debilidades estos "gobiernos progresistas", pero clarificando el horizonte revolucionario, a la vez que estableciendo los programas mínimos comunes para avanzar, con piernas firmes, paso a paso.
La izquierda social de Nuestra América, ya no sólo es anti-neoliberal, sino que comienza a vislumbrar el horizonte anticapitalista como cuestión civilizatoria. Son palabras y desafíos mayores, donde su juega la posibilidad misma de la continuidad de la especie humana sobre este planeta. De allí que no pueden perderse los hilos que conectan las transformaciones de mediano plazo (pues ya el largo plazo es la muerte asegurada para las generaciones venideras, bajo las condiciones dominantes) con las transformaciones inmediatas.
Cuando se analicen los resultados electorales por-venir (En Brasil, Argentina o Venezuela), los "gobiernos progresistas" y sus "partidos en el gobierno", estarán tentados a echarle la culpa a la “inmadurez de las masas populares”, si los resultados les son adversos. Esto expresa que les cuesta mirarse en el espejo, mirar la paja de su propio ojo. En Venezuela se construyó una fórmula que nunca logró aplicarse a fondo: revisión, rectificación y reimpulso. Las llamadas 3R siguen siendo, como otras fórmulas innovadoras: letras muertas. La llamada "contraloría social" sigue atada de manos frente al poder de las burocracias recién instituidas. En algún momento, el pueblo organizado se sacudirá este yugo.
La gran victoria de los primeros años, fue construir formas de nacionalismo popular progresistas que podrían podría evaporarse, si las dirigencias no advierten que el burocratismo, la arrogancia, las corruptelas y su carencia de voluntad radical transformadora, son la condición de posibilidad para el reflujo revolucionario.
El nacionalismo popular progresista, puede devenir en mascarada de nacionalismo burgués, sin nada que ver con las luchas anti-capitalistas. Justamente, allí reside el impasse del análisis concreto de la realidad concreta de nuestro tiempo. El socialismo radical es incompatible con el mantenimiento de fórmulas cada vez mas desgastadas, como el keynesianismo de izquierda o el viejo guión populista.
Por tanto, el imaginario social radical puede postular la significación histórica de un retorno reflexivo y crítico a la democracia socialista de consejos del poder popular, acto pertinente para salir de este impasse, así sea como horizonte regulativo. Construir el "doble poder" junto y a pesar de algunas fracciones conservadoras de los "gobiernos progresistas".
Un retorno crítico (no religioso ni doctrinario) a Marx, puede despejar algunos principios del horizonte de libertad y liberación, para impulsar nuevas formas de pensamiento y acción contra-hegemónicas de signo claramente socialistas.
Incluso, un reconocimiento de las aristas libertarias del propio Marx, más allá de la primera división de aguas entre “marxismo” y “anarquismo”, podría revitalizar un horizonte utópico que es licuado en el seno de las representaciones dominantes de la burocracia gubernamental:
"El Estado es un órgano de dominación de clases, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del orden que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando la lucha de clases. El proletariado sólo necesita el Estado temporalmente. Nosotros no discrepamos en modo alguno con los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado como meta final. Lo que afirmamos es que para alcanzar esta meta es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios del Poder del Estado para emplearlos contra los explotadores. Para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida."
Tanto Marx como Engels fueron marcados por la posibilidad (de cuño Saint-simoniano) de pasar de una noción del Estado como gobierno sobre los hombres, a una posible “administración de las cosas”. Para ellos, el tránsito post-capitalista pasaba, en términos generales pero admitiendo algunas variaciones históricas, por un "pueblo trabajador en armas" y por una "dictadura temporal de la clase oprimida". Comparando estos enunciados, podemos analizar cuán lejos están las "nuevas elites progresistas" de la “vieja teoría revolucionaria”. En las actuales circunstancias, podríamos hablar de las implicaciones de semejante posición para referirnos al bio-poder y a la bio-política. Sin embargo, Marx expresó una vitalidad de la voluntad radical de la que carecen los "eunucos progresistas", incluso si asumimos cualquier sublimación mínima de las enunciados-consignas referidas, al "empleo temporal de las armas" y de "dictadura revolucionaria".
Por otra parte, la palabra “asociación” en Marx, aparece conjuntamente con la posibilidad de imaginar un entramado de “productores libremente asociados”. Así mismo, la crítica a la veneración supersticiosa del Estado, es justamente la raíz del problema de alienación política. En el fondo, En Marx y Engels hay analogías entre la alienación religiosa y la alienación política: "En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los seres humanos". A los estadolatras no les gusta que se les recuerde esta frase:
Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de Estado popular libre: mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra “comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Comuna.”(Carta de Engels a Bebel-1875)
El poder popular y comunitario será uno de los eslabones claves para desplazar el énfasis desde la tesis de la lucha por los gobiernos progresistas, hacia las fuerzas sociales y políticas contra-hegemónicas. Desde allí, se construirán las bases materiales, institucionales y simbólicas de sociedades de transición al socialismo. Este giro radical exige replantear sí los marcos jurídicos e institucionales existentes, sólo permiten profundizar en un paradigma renovado de socialismo democrático, o incluso interrogarse si se desea luchar por algo más radical que esto, lo que implica analizar si el eslabón clave de un término que no entusiasma (socialismo democrático), es justamente una revolución permanente por la democracia socialista.
Marx y Engels, en el prólogo de la edición alemana de El Manifiesto, 24 de junio del 72, añadieron: "La Comuna ha demostrado, sobre todo, que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines." También Marx y Engels escribieron en "El Manifiesto Comunista" en el contexto del siglo XIX europeo:
"Sustituir la máquina del Estado, una vez destruida, por la organización del proletariado como clase dominante, por la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción (...) Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté centrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político."
Sin una democracia de la multitud popular, del pueblo trabajador como composición de clase políticamente gobernante, para Marx y Engels, era poco probable transición alguna al post-capitalismo. En este punto quisiéramos aclarar que, en cuanto a la abolición de la organización de la sociedad en su forma jurídico-política, de lo que se trata (para Marx-Engels) es de superarla, ya que se intentaba establecer una forma de democracia acorde con la hegemonía de las clases populares.
En este sentido, la primera alusión a este tema se encuentra en el Miseria de la Filosofía: “(…) La clase trabajadora sustituirá, en el curso de su desarrollo, a la antigua sociedad civil, una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y no habrá más poder político propiamente dicho (…)”.
En el Manifiesto se encuentran los siguientes enunciados: “Si el proletariado, en la lucha contra la burguesía, se constituye necesariamente en clase, por medio de la revolución se transforma a sí mismo en clase dominante y, como tal, destruye violentamente las viejas relaciones de producción, suprime, junto con estas relaciones de producción, también las condiciones de existencia del antagonismo de clase y las clases en general, y por consiguiente también su propio dominio de clase.”
A mediados del siglo XIX, el “elan” revolucionario era la destrucción violenta, la supresión de las condiciones de existencia del antagonismo de clase. Las revoluciones pacíficas del siglo XXI parecen devoradas por la economía del humanitarismo filantrópico, ya mencionado en Miseria de la filosofía. Fue Kennedy el que colocó la guinda para comprender esa suerte de pasaje entre revoluciones pacíficas (comprendidas estrechamente como reformas tipo “alianza para el progreso”), y las revoluciones violentas (la vieja consigna de la “contención del comunismo”).
El asunto es más complejo. En la medida en que no se abran las compuertas a las revoluciones democráticas y socialistas, en medio de condiciones donde se hace patente el magma de la exclusión social, las opresiones múltiples y la negación cultural, se incubarán factores latentes de "violencia política". O se avanza en la democracia social de participación ampliada de las clases populares, o desde el mundo de vida de lo popular, se abrirán escenarios de lucha armada.
De allí que seguimos planteando como "horizonte regulativo", que se trata de superar esta forma de organización jurídico-política llamada forma-Estado capitalista, que la forma-Comuna puede ser una forma política expansiva e incluyente, mientras todas las precedentes formas de gobierno han sido unilateralmente represivas. Es decir, que las diferentes formas que puedan construir el socialismo, buscarán ser más democráticas que las actuales formas capitalistas de la organización de la sociedad. Allí se juega la posibilidad misma de la democracia socialista.
Karl Marx describió en su texto: “La Comuna de Paris”, los errores cometidos por la clase proletaria en su tarea de gobernar a los franceses y también cómo se debería haber actuado. Relató que tras conseguir el Poder, el proletariado no tuvo que dejar intacta la maquinaria del estado existente, sino que debió eliminar, sin pausas y a grandes pasos, las estructuras e instituciones de la burguesía; es decir llevar a cabo, desarrollar, el proceso político hasta su última instancia, alcanzando la "extinción del Estado burgués".
Justamente, es este horizonte de libertad y liberación, el que pretende enterrarse por parte de los nuevos “socialismos estado-céntricos” y sus "gobiernos progresistas". En vez de suponer la radical democratización del Estado, como precondición de la abolición futura del Estado, plantean tácitamente el fortalecimiento por la vía de la “concentración jerárquica y vertical del poder” en manos del aparatos-partidos-Estado. Un retorno a la falacia del populismo o del estalinismo en clave tropical.
Por tanto, ni el Estado ni la Constitución existente son más que variables, no axiomas inmodificables. Decía Rosa Luxemburgo:
Cada Constitución legal es producto de una revolución. En la historia de las clases, la revolución es un acto de creación política, mientras que la legislación es la expresión política de la vida de una sociedad que ya existe. La reforma no posee una fuerza propia, independiente de la revolución. En cada periodo histórico la obra reformista se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución, y prosigue mientras el impulso de la última revolución se haga sentir. Más concretamente, la obra reformista de cada periodo histórico se realiza únicamente en el marco de la forma social creada por la revolución. He aquí el meollo del problema.”(Luxemburgo: Reforma o Revolución)
Sin embargo, en desacuerdo parcial con la Rosa Roja, no todas las Constituciones nacen de revoluciones. Sería necesario corregir la afirmación: nacen de actos de poder, tanto de revoluciones, golpes de timón como de contra-revoluciones. No existe una línea histórica progresiva de revoluciones triunfantes. Hay marchas y contra-marchas, hay flujos y reflujos, hay tendencias al Socialismo, pero hay contra-tendencias hacia la Barbarie (También el Pinochet paranoico-agresivo y su derecha histérica, hicieron su Constitución a la medida).
II.- Momento del llamado “principio de realidad” (Freud) o de rendimiento (Marcuse):
Marcuse diría que todo realismo encierra una claudicación de la Utopía. De allí que en Mayo 68 se planteaba: "seamos realistas, pidamos lo imposible". Sin embargo, exigir realismo es parte de una identificación con lo existente; es decir, con los que se ha hecho dominante. La conexión entre Reforma, Revolución y Constitución nos es útil para enfatizar en la siguiente idea: en cada período histórico la obra reformista se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución, y prosigue mientras el impulso de la última revolución se haga sentir. Con un suplemento, cuando la Constitución es obra de un poder constituyente originario. El problema de la relación entre Socialismo, Revolución y Constitución se concentra allí.
¿Cuáles son los principios y disposiciones para la producción legislativa, que utilizando el impulso constituyente, pueden delinear o edificar en concreto las formas o modelos de socialismo democrático-radicales y participativos para Venezuela?
Cuando se habla, por ejemplo, de “pueblo legislador” se omite lo esencial: el “pueblo constituyente”, el pueblo que hace efectivamente revoluciones, no desde el parlamento burgués, sino desde la conjunción de fuerzas extraparlamentarias y parlamentarias, ejerciendo de manera directa la soberanía popular.
Soberanía popular que al mismo tiempo se enfrenta al reconocimiento de la diversidad popular, a la unidad y diversidad del pueblo-multitud. Democracia social y participativa, ciertamente, pero a la vez democracia sin liquidar diversidades. Sin concesiones con la derecha capitalista, ni al espíritu jacobino de la unificación despótica. Algunos observan, con cierta razón, que al constitucionalizarse la revolución se entró en un momento reformista. Se entró de lleno en el "principio de la realidad instituida", con un tácito repudio a la potencia constituyente. Continuemos.
El apego apasionado a la Constitución de 1999 en Venezuela, por ejemplo, conduce a varios horizontes, con límites claramente precisables. En el mejor de los casos: a construir instituciones para impulsar una mayor y mejor democracia participativa, así como formas de economía mixta con un fuerte sector de economía social, popular, alternativa y comunal. Es prácticamente imposible imaginarse esa tarea sin poder popular, sin protagonismo del pueblo trabajador y de las clases populares.
En el peor de los casos: puede darse alguna variante de socialdemocracia reformista con enclaves liberales; bajarle la mecha de intensidad a la democracia participativa, hasta convertirla en una vieja democracia de elites o cogollos. Esto lo puede hacer una coalición poli-clasista dirigida por sectores medios con una práctica reformista, acorde con el guion de "movilizar a los de abajo para tomar el poder, y conciliar a los de arriba para mantenerse en el mismo". Ambas opciones están presentes en la Constitución de 1999.
El apego apasionado a la Constitución de 1999 no permite ni una vuelta de tuerca hacia la derecha neoliberal, ni los saltos de garrocha del socialismo leninista, propio de los manuales con marca “URSS”. Menos aún, es posible la opción del “calco y copia” del Despotismo Burocrático con sus eufemismos: “Estado obrero con deformaciones burocráticas”. Aquí Bruno Rizzi tenía razón frente a Trotsky: Colectivismo Burocrático, algo no imaginado por Marx ni Engels.
La Constitución de 1999 no permite estos vuelos de la izquierda de tradición bolchevique. Pero abre otras compuertas. Quien olvide u omita deliberadamente el papel protagónico del espíritu constituyente, huele a reforma sin horizonte de revolución. La construcción del socialismo de la propiedad social, colectiva o comunitaria, de la democracia directa, en el caso de Venezuela, se encuentra frente a dilemas cargados de tensiones, confusiones y ambivalencias. Uno de sus dilemas es desenmascarar dimensiones de autoengaño: no hay líneas de tendencia dominantes que se muevan en la dirección de la democracia participativa de signo socialista, sino hacia viejos formatos de populismos de izquierda y/o socialismos de marca burocrática ya conocidos. Allí reside parte de la decepción y desaliento de algunos sectores.
Se ha instalado para algunos colectivos, una clásica situación de doble vínculo, que solo se puede romper, con la intervención de una multitud popular: movimientos sociales, populares, barriales y de los pueblos originarios, que derrumben los muros del burocratismo, la ineficiencia, la corruptela, el cogollo y la nomenclatura de privilegiados (de la revolución, obviamente). Los chantajes morales, la manipulación culposa o el uso político de miedos y vergüenzas, en estas circunstancias, están a la orden del día. - Pero, se mueve -, diría Galileo.
El gran drama existencial de los revolucionarios re-convertidos en altos funcionarios, es justamente un asunto de mantenerse en el poder-sobre-otros, amasando privilegios, y a la vez arengando para una revolución que termina siendo re-interpretada desde abajo como revolución truncada, traicionada o confiscada. Cuando se desenmascara el espectáculo-comandado desde arriba, la evaluación de tal revolución, interpela a quienes ocupan cargos de responsabilidad en la dirección política. La nomenclatura de privilegiados comienza a dudar si no será mejor, asumir el nuevo rol de clases económicamente ascendentes y políticamente conservadoras. ¿Dijo usted revolución? Llamémosla ahora: "revolución institucional" (PRI dixit). Se enfrentan a una clásica "incongruencia de roles y status" y a nuevas "posiciones de sujeto". Generalmente, terminan en las filas de la nueva clase dominante. ¿Como evitarlo?
Sabemos que el modelo de revolución leninista condujo desde temprano a la prefiguración del despotismo burocrático, primero en el partido-aparato, luego un Estado con deformaciones burocráticas, consolidó un régimen político-económico-cultural despótico, por múltiples condiciones, razones y decisiones que conviene dilucidar. Allí también surgió una “nueva capa dominante”. Se institucionalizó el partido-único, junto a un Estado muy poco democrático con exuberantes deformaciones burocráticas, dominado por un cogollo-camarilla, condiciones propicias para no hacer ningún modelo de socialismo basado en “todo el poder a los soviets”. De "todo el poder a los soviets" se pasó a "todo el privilegio a la nomenclatura".
Luego, eso de “Estado de todo el pueblo” de la Constitución de 1936, era el “Estado de la camarilla dócil del partido-único dominado por Stalin”: la famosa “nueva clase” y su a la postre tentacular “nomenclatura privilegiada”. Sabemos hoy que Trotsky se quedó corto en su crítica presente en “La Revolución Traicionada”, texto ejemplar para comprender engaños y auto-engaños. De nuevo, ¿cómo evitarlo?
Una solución ha sido dibujada en el texto de Marx: La Comuna de Paris. Si parece muy radical, habrá que inventar nuevas modalidades de control social y popular para evitar la institucionalización de nuevos privilegios (¿ustedes recuerdan aquella finta llamada "Ley de emolumentos?). Entre las 3R y la famosa "Ley de emolumentos" se puede trazar una balada de "pasos en falso". Mientras tanto, el espectáculo-comandado aparenta poder continuar ad infinitum.
En cambio, una transición democrática al socialismo en las actuales circunstancias, implica inevitablemente un contenido democrático del socialismo que concrete el control social y popular directo de muchas áreas que aparecían como cotos vedados de la forma-Estado capitalista (Algo que Allende sabía muy bien, y que fue aprovechado por una coalición de centro-derecha para preparar las condiciones del Golpe junto al imperialismo norteamericano).
Allí se abre otro dilema político para tareas mucho más sofisticadas y selectivas de neutralización política de los sectores golpistas, generalmente aliados a las conexiones del pentágono, junto a la neutralización de la desestabilización política, económica, jurídica y mediática de fachada democrática, que también saben utilizar el arte de las “formas combinadas de lucha”. Pero en el caso de los nuevos gobiernos progresistas o de socialismo "color rosa", el asunto es más complejo: quien conspira contra el propio gobierno, son sectores del propio gobierno. Los grupos privilegiados del propio gobierno progresista acumulan poder a la sombra de la arenga revolucionaria, y asumen cualquier táctica para reforzar la tesis de que entre el dicho revolucionario y el hecho revolucionario, tiene que haber mucho trecho. Sin embargo, se hacen cada vez más patéticas las costuras de esta táctica de confiscación o postergación de la revolución.
Una de las tácticas preferidas de estos grupos privilegiados es instigar a lo objetivamente imposible. Quemar a la revolución en su propia radicalización. Empujan leyes incoherentes e inviables y "cocinan en su propia salsa" a los ímpetus revolucionarios. De este modo, en vez de madurar condiciones, pudren la acumulación de fuerzas. ¿Habrá entonces que volver a plantear obviedades? ¿Que es útil o no para la acumulación de fuerzas de las actores-sujetos populares? Por allí va la elemental sensatez: en cada medida, en cada acto, en cada decisión, en cada declaración, evaluar si se acumula efectivamente fuerza en la red del actor-sujeto que llamamos multitud popular.
Para avanzar es preciso afinar y afirmar que los modelos de socialismo congruentes con las Constitución de 1999, son variaciones más moderadas o más radicalizadas del socialismo democrático, basado en una democracia participativa de alta intensidad. En vez de soñar con una repetición de la toma del palacio de invierno, el asunto es cómo mantener el espíritu constituyente vivo, avanzando en la acumulación de fuerzas alrededor de la democracia participativa de signo socialista.
¿Se trata de socialismo democrático, de democracia socialista? Muy bien, vamos a construir la red del actor-sujeto popular que encarne este proyecto de la multitud. En primer lugar, ¿donde se ha construido la mediación social-organizativa del pueblo trabajador? No se trata sólo de un "partido-plataforma de los trabajadores", de la lucha política del pueblo trabajador, que no puede sustituirse por ningún "partido poli-clasista de masas controlado por sectores medios más ó menos radicalizados". No confundamos un movimiento anticapitalista de multitudes con una organización tipo APRA. Se trata además de la unidad social-organizativa que lucha por los intereses económico-sociales del pueblo trabajador antagónico al metabolismo social del Capital. ¿Habla usted de una central unitaria revolucionaria como brazo industrial del mundo del trabajo? ¿Donde está? ¿Cuales sus actores, movimientos, corrientes?
En segundo lugar, ¿Donde está la coordinadora autónoma de movimientos sociales y populares, para acumular fuerzas sociales bajo el paraguas de un proyecto socialista en construcción? ¿Donde está? ¿Donde está una coordinadora de colectivos barriales, que aglutine las expresiones organizativas, que haga efectiva una plataforma de movimientos sociales y populares como frente único revolucionario? Y en ellas, que papel juegan los trabajadores intelectuales y de la cultura, los científicos y artistas, los técnicos y los promotores de los saberes populares. ¿Donde está la animación de revolución cultural más allá de cuatro paredes y del poder del escritorio; en sentido literal de la Burocracia que administra “políticas culturales”? ¿Donde están las expresiones autónomas de los pueblos originarios, donde están los colectivos afro-venezolanos, los colectivos estudiantiles, los movimientos campesinos, de mujeres, de diversidades sexuales?
La red del actor-sujeto que llamamos multitud popular para la democracia socialista no es una correa de transmisión política (en el mejor de los casos, como “frente de masas”), ni una correa de transmisión electoral (en el peor, ganado electoral activado para un ritual competitivo entre elites) por parte de un aparato-partido.
Es la multitud constituyente, el pueblo trabajador con sus expresiones organizativas autónomas, el acumulador de poder que encarna la posibilidad efectiva del socialismo democrático, entendiéndolo como ejercicio de la democracia de consejos del poder popular. Con centros de dirección política y social, con articulaciones necesarias para consolidar de modo estable una dirección colectiva de la revolución. De abajo hacia arriba. Sin tanto paracaidismo impositivo de la disciplina de cogollo.
Si se pierde esta posibilidad histórica, será por actos de poder de la derecha capitalista, o por la degeneración populista en una partidocracia clientelar de corte personalista. La Constitución de 1999 no permite ni nostalgias leninistas ni guevaristas, en función de edificar instituciones bajo sus parámetros ideológicos. Tampoco nada de Stalinismo ni de Maoismo. El socialismo democrático es su contenido y límite, guste o no guste. Cualquier otra opción pasa por activar el poder constituyente originario.
El impulso constituyente de 1999 no da sino para formas de socialdemocracia revolucionaria maximalista (socialista y democrática de verdad-verdad) o reformista-minimalista (el populismo de izquierda o el reformismo socialdemócrata). Basta leer la Constitución para reconocer hasta donde es posible estirar los términos. Si se desea otra cosa distinta al marco de las disposiciones fundamentales, habrá que re-posicionar la dialéctica constituyente-constituido. Pues cualquier lectura atenta del “Estado social y democrático de derecho y de justicia”, sabe lo que significan los límites políticos de esta forma-Estado. Obviamente desde allí, no es posible establecer ninguna mediación concreta para la fórmula marxiana de la "abolición del Estado". Desde allí, podremos hacer deconstrucciones, hermenéuticas, crítica de las ideologías, pero como ha planteado Eco, hay “límites en la interpretación”, donde se juegan agenciamientos sedimentados en tradiciones, y actos de poder, que pueden terminar en decodificaciones aberrantes. Ni la estrategia deconstructiva permite que la democracia social se confunda con el “Estado de todo el pueblo” a lo Stalin.
Por tanto, si se tratase de una revolución democrática y socialista, el asunto iría no por el sendero de un “pueblo legislador”, como consigna hueca de multitud popular, sino que iría a favor del viento de la Constituyente que se asoma. Pueblo-multitud constituyente de la democracia de consejos, comunas, propiedad colectiva, de efervescencia revolucionaria, de asambleas populares permanentes, de democracia directa, autogestión, radios prensas y medios alternativos-comunitarios, de contra-cultura, de movilización festiva para construir “otro mundo posible”, de revolución del cuerpo y la palabra, de tantos acontecimientos de enunciación y apasionamiento, que serian parte de un tiempo transformacional.
Pero nada de eso. Aterricemos. El espectáculo-comandado tiene dos grandes operadores: la derecha de siempre, y un movimiento nacional-popular progresista que se ha burocratizado en su cima, en “nuevo cogollo”, en “nueva clase”, en “nomenclatura” en sólo 10 años. Una "nueva clase boli-burguesa" que en medio de contradicciones con el movimiento popular, pretende controlar el nudo de las controversias en el seno de un partido calcado del “modelo leninista” (centralismo democrático que teje siempre el centro político burocrático) pero sin una clara dirección colectiva revolucionaria. Un cogollo de privilegios, de poder e influencia enorme. De allí muchas decepciones y malestares, que se manifiestan en cualquier registro de opiniones sobre el “partido de la revolución”. Se abandonó la potencia del movimiento-plataforma, y se recrean los encuadramientos sin mínimas auto-reflexiones críticas.
En este contexto, nos quieren convidar a votar. Honestamente, no entusiasman de alegría contagiosa, ni con el miedo a la amenaza real de la derecha histérica (que avanzará básicamente por los errores del “cogollo chavista”), ni con la esperanza vacía de casi todo (pues el cogollo no ofrece sino su descomposición grotesca, bloqueando mucho asociar los contenidos de la praxis socialista con algunas de las destacadas figuras de la dirección nacional, estadal y local del "proceso").
¿Hacia donde ira la transición al socialismo? Esto sólo lo decidirá el pueblo-multitud. El espectáculo centrado exclusivamente en el "mande-comandante" o en el partido vacio de democracia socialista y lleno de "disciplina de cogollo", en términos generales, ha terminado.
Cualquier otra cosa que una nueva constituyente creando sus condiciones de ventaja política para una revolución socialista, por ahora, sería una rectificación indispensable para aclarar los términos del “Socialismo Democrático” (Ahora Chávez habla de “socialismo democrático”, y la autodenominada “izquierda revolucionaria auténtica” en el seno del “chavismo”, los llamados “leninistas de partido-único”, no lo acusan de “reformista”. Para ellos sería sólo una inteligente “maniobra de distracción” del “Comandante-Presidente”). Cada grupúsculo tiene derecho a construir sus propios fantasmas colectivos.
Sin embargo, aparecen síntomas del reflujo revolucionario. Las palabras no son neutras. No se puede abusar de la confusión ideológica, combinada con la ineficiencia en la resolución de demandas sentidas del mundo popular, con una devaluación mucho peor que de la dimensión cambiaria, llamada devaluación de la pasión revolucionaria. Nadie ama por simple obligación o disposición administrativa. Esto termina significando aquella tesis que transfigura la pasión revolucionaria en “conciencia administrada del deber social”. Una ética, una estética, una afectividad para la liberación no se reduce a un simple dispositivo de moralina, calcada de los axiomas de los “pastores de rebaños”.
¿Cómo se junta el “socialismo democrático” enunciado por Chávez, por ejemplo, con el “guevarismo” de unos, con el estalinismo de otros, con el “populismo rampante”, con la decadencia de las corruptelas? Tal vez, “Antonio Aponte”, o directamente Valderrama, podría darnos la respuesta.
En algo estamos de acuerdo con nuestros ideólogos del “socialismo auténtico”. En el peor de los escenarios, la indefinición socialista podría entrampar interminablemente con elasticidades semánticas, con aberraciones interpretativas, generando más confusión ideológica en el terreno legislativo, apelando a recursos desgastados, a excesos de hermenéutica constitucional, o al patético tráfico de influencias y sentencias, que reforzará el devenir del proceso a la dependencia a judicializar la política, táctica que tenderá a agotarse por entropía de la semiótica jurídica (se les verá cada vez más el “mogote” a los “signos discordantes”), confundiendo “reforma” con “revolución”, y a ambas con “decadencia”.
También decía Luxemburgo: “Va en contra del proceso histórico presentar la obra reformista, como una revolución prolongada a largo plazo y la revolución como una serie condensada de reformas. La transformación social y la reforma legislativa no difieren por su duración sino por su contenido. El secreto del cambio histórico mediante la utilización del poder político reside precisamente en la transformación de la simple modificación cuantitativa en una nueva cualidad o, más concretamente, en el pasaje de un periodo histórico de una forma dada de sociedad a otra.”
Nuestro punto de vista es, no una afirmación de un proyecto deseado, sino un análisis de la posibilidad histórica objetiva: desde la Constitución de 1999 es posible construir por “variedad en los límites”, no cualquier modalidad de socialismo, sino aquellas basadas en la democracia social y participativa de profundo protagonismo popular; en fin, estilos de socialismos democráticos y participativos, de economía mixta con un fuerte sector de economía social, popular, alternativa y comunal, que tendrá relaciones con el sector público, con el sector privado, y con las intrusiones de la tendencias contradictorias de la economía mundial.
Obviamente, esto puede desilusionar a algunas inercias ideológicas: bolche-trotskistas, guevaristas a lo “MIR-histórico”, estalinistas o maoístas de cualquier ralea o pelaje. Pero la desilusión nace si la Constitución es un límite infranqueable, si lo jurídico se impone a lo político.
La otra vía son los poderes creadores del pueblo-multitud-constituyente; e incluso, otras opciones (para mí descartables), como re-activar el “leninismo insurreccional”, la “guerra popular prolongada” o la “mitología guerrillera”. Si este ultimo fuese el caso, se pasaría de facto de una “revolución democrática, electoral y pacífica”, a una revolución socialista en los términos más clásicos.
Hay que señalarlo sin pudores: las formulaciones contenidas en aquel impulso revolucionario (1999) no dan más allá que para formas de socialismo democrático renovados por la democracia participativa, radical y plural, una economía mixta que reconoce la coexistencia de la propiedad privada (art.115) con la propiedad colectiva (art. 308), pero que no confunde la economía social, popular, alternativa y comunal con una variante del estatismo autoritario. Una economía mixta de signo socialista que tendrá una compleja y tensa relación de antagonismo con los monopolios públicos, privados y transnacionales. En este marco jurídico-político, también la oposición capitalista, tratará de diluir los potenciales transformadores, optando por desempolvar el imaginario del capitalismo democrático de bienestar.
En este contexto, la tensión explosiva está presente en cada paso que se da, en cada declaración contradictoria, en cada medida ejecutiva, en cada iniciativa legislativa, en cada decisión jurisdiccional. Si se quiere agarrar el toro por la raíz, el asunto esta en clarificar sin medias tintas la relación entre Democracia y Socialismo en Venezuela. A los camaradas que descalifican esta posición llamándola reformista, no queda más que decirles: “no es posible meter el enorme genio del Che, de Lenin o Trotsky en los límites de ésta Constitución de 1999”.
El resto son puros actos de poder o constituyentes de facto. Pues son las propias contradicciones de la edificación del socialismo bolivariano las que están generando “problemas auto-inducidos”. Por ejemplo, ¿cómo se asimila eso de Socialismo “democratizando la propiedad privada”, pero a la vez se dice que se construye un partido “anticapitalista y marxista”? ¿Por que no avanzan las reformas de código de comercio, las leyes de propiedad social, de comunas, de economía social, popular, comunal o alternativa? Con alguna roca dura nos habremos topado. Por más recurso al argumento de las etapas. ¡Vaya usted a saber como se asimila el populismo con el guevarismo, un toque de keynesianismo, y cuando haga falta, una que otra devaluación de signo neoliberal, en nombre de Carlitos Marx!
A Carlos Andrés Pérez se le endosa la frase: “Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. Ya salimos del beso mortal del FMI. Triste y patético sería estar frente a un gran extravío de la revolución bolivariana, que culmine en un oxímoron todavía más patético: “lo uno y lo otro y todo lo contrario”. Sería el Beso mortal del estatismo autoritario. Seamos optimistas. Aquí en Venezuela sucede lo imposible: las cucarachas vuelan tan rápido como un colibrí. El debate sigue, pues, abierto.

miércoles, 30 de junio de 2010

MARX Y LOS CRITICOS ANTI-TOTALITARIOS (...DE DERECHA):

Hanna Arendt
Javier Biardeau R.
“(...) puede mostrarse cómo la línea que va de Aristóteles a Marx muestra a la vez menos rupturas y mucho menos decisivas que la línea que va de Marx a Stalin”. (Hanna Arendt)
"Estamos en mejores condiciones que Marx para responder a esta pregunta. La nueva era bárbara está limitada por el fascismo y la degeneración del estado obrero. Una alternativa de este tipo -socialismo o servidumbre totalitaria- no sólo tiene una enorme importancia teórica, sino también agitativa, pues a su luz la necesidad del socialismo aparece con mayor claridad." (Leon Trotsky)
"Es absolutamente indiscutible, que la dominación de un solo partido sirvió jurídicamente de punto de partida del régimen totalitario Stalinista." (Leon Trotsky)
Existen críticas del totalitarismo que tienen piernas cortas (pues son de cabo a rabo de derecha), que aún no se descentran de su implicación subjetiva en el totalitarismo suave o de baja intensidad de la sociedad capitalista de mercado y su pensamiento unilateral de apologética del “liberalismo democrático”; es decir, su fe supersticiosa en la “democracia representativa”, o más bien en el “elitismo democrático”.
La crítica anti-totalitaria de corte capitalista, repite a los cuatro vientos una racionalización defensiva de lo que Marcuse llamó “tolerancia represiva”, sin indagar su emplazamiento en los dispositivos de dominación, control social y disciplinamiento propios del auto-designado “mundo libre y democrático”; es decir, del actual Imperio global.
Plantean una suerte de apropiación de derecha de la crítica del totalitarismo duro: el nazi-fascismo y el estalinismo, pero ni una palabra sobre el colonialismo, el imperialismo o el discurso hegemónico de la sociedad de mercado neoliberal.
La crítica anti-totalitaria de derecha omite la genealogía precisa del término: la crítica en los años 20 del siglo XX del regimen fascista italiano. Omite como Neumann (1942) describio el regimen nacionalsocialista de Alemania como una economía monopolista totalitaria (¿recuerdan acaso a Speer?). Omiten a Hilferding y sus crítica al estalinismo. Incluso, se oculta que el propio Trotsky hablara de un sistema de dominio burocrático, como lo haría Bruno Rizzi y su teoría del "colectivismo burocratico".
La implicación ideológica y subjetiva queda clara de la crítica anti-totalitaria de derecha, cuando suponen que la “democracia representativa” es el fin de la historia, donde una supuesta “esfera pública” (sin incidencia de la concentración ni el control mediático), aparentemente libre de coerciones, está caracterizada por una deliberación artificiosamente “horizontal”, por el intercambio de ideas y por el pluralismo ideológico, evacuando los conflictos y antagonismos de la política, de la economía y de las ideologías. Toda una farsa disfrazada de “seriedad intelectual”.
De allí sus puntos ciegos, y su consecuente rechazo a profundizar en el vínculo entre las interpretaciones libertarias de Marx sin grandes “ismos”, la teoría crítica radical y los saberes contra-hegemónicos.
Para los críticos anti-totalitarios de derecha, no hay duda alguna de que en el corazón del pensamiento de Marx está la semilla del totalitarismo. La ecuación es simple Marx=Stalin.
Sin embargo, se quedan muy atrás de la interpretación del totalitarismo canonizada por Hanna Arendt, al confundir el pensamiento marxiano, con las codificaciones marxistas, sobre todo con el “marxismo-leninismo ortodoxo” con marca patentada por Bujarin y Stalin luego del VI Congreso de la Internacional Comunista.
Los cerebros de la derecha anti-totalitaria, desconocen de cabo a rabo la polémica interior sobre la interpretación de la obra abierta y crítica de Marx, sus procedencias, sus multiplicidades, sus tensiones e incluso, sus disyunciones. Obviamente, hay que liquidar ideológicamente al pensamiento marxiano como tal. - Muerto el perro, se acabo la rabia -, dirán.
Pero en vez de analizar a Marx, como un humano-demasiado humano, un intérprete falible pero radicalmente crítico de la realidad histórica del capitalismo, que tomó claro partido por la revolución comunista, usan el expediente religioso desde el cual muchos marxistas dogmáticos se aproximan al pensamiento de Marx, obviamente contra el propio Marx.
Confunden el pensamiento marxiano con las recepciones y codificaciones centrales del “marxismo institucional”, incluso con el “marxismo burocrático” de los aparatos estalinistas, sin pasearse por una elemental cuestión: ¿acaso la socialdemocracia alemana y el bolchevismo ruso son interpretes más o menos fieles del pensamiento crítico de Marx?.
Dejan de lado, por demás, un gran número de recepciones, traducciones y re-significaciones periféricas del pensamiento marxiano, que en muchos sentidos son más consecuentes con el espíritu libertario de Marx (Hal Draper hablaba de las dos almas del marxismo, por ejemplo), que las propias “codificaciones centrales”.
¿Cuál fue entonces el canon marxista que circuló como el verdadero marxismo?
Por tanto, aún hoy hay que acercarse sin dogmatismos a Marx y Engels. No para sacralizarlos, sino para pasearse por cierto retorno al espíritu anticapitalista que anima su pensamiento crítico y revolucionario. Retorno que toma partido y que se implica en una lectura radicalmente libertaria de la teoría crítica marxiana. Les guste o no les guste a los críticos de derecha, les guste o les guste a los sacerdotes de los aparatos políticos y sus “escuelas” para cuadricular los círculos y espirales marxianos.
Por otra parte, para desmontar la tesis de que el llamado totalitarismo estalinista es una simple desviación de las tesis de Marx o una mala praxis de los actores revolucionarios, hay que optar por algo mas contundente: el estalinismo es sencillamente una postura anti-marxiana. No es una desviación, ni una aberración, ni es un tipo de sobre-interpretación, ni una traición, es un patético contra-sentido.
Mientras la derecha anti-totalitaria construye su guión Marx=Stalin, el asunto sigue siendo des-ocultar los hilos de una operación de mistificación que trabaja en los enunciados y la fórmula política fascista como “revolución pasiva”, como defensa del gran capital utilizando, como planteaba Reich, una pasión revolucionaria con conceptos reaccionarios; recuperando la planificación autoritaria, el corporativismo y la economía dirigida, para neutralizar el movimiento revolucionario. Sin embargo, Hitler, Mussolini, Franco, Salazar y más cerca de nosotros, Somoza, Trujillo, Pinochet, Videla son las sombras de los críticos anti-totalitarios de derecha.
La derecha habla de los crímenes de Stalin, pero calla los crímenes de Mussolini, Hitler, Franco, Salazar, y de todas las Dictaduras de Seguridad Nacional en Nuestra América. Calla la recuperación y cooptación tanto de altos funcionarios del nazi-fascismo, como de sus métodos políticos, en las entrañas del establishment imperial.
Lo que quieren enterrar los críticos anti-totalitarios de derecha, es la potencia constituyente del pensamiento crítico y abierto de Marx, la visión libertaria de la revolución social, como conjunción entre emancipación social y política del proletariado, reconocer su lectura contextualizada desde las coordenadas de la modernidad europea del siglo XIX, y construir el guión de la equivalencia con el despotismo burocrático que institucionalizó el estalinismo.
Como planteaba en un claro texto Bensäid, es hora de distinguir entre comunismo y estalinismo. En consecuencia, Marx anima aún la potencialidad teórica libertaria, pero no justifica ninguna creencia doctrinaria en un “marxismo puro y dogmático”. Las únicas lecturas de Marx y Engels, que aún valen la pena realizar, son las que animan a corrientes que desborden, el dominante-totalitario con empaquetamiento “light” del capitalismo neoliberal y la “democracia de baja intensidad”, planteando la construcción de alternativas que superen el cuadro de relaciones de explotación, coerción, hegemonía, exclusión, negación y destrucción propias del metabolismo social del Capital.
Para decirlo sin ambigüedades, en Marx hay una cruda interpretación de la transición política post-capitalista en las sociedades europeas y modernas del siglo XIX. Para nadie es un secreto ni se pretende ocultar la significación histórica de la frase “dictadura revolucionaria del proletariado”, en aquellas circunstancias concretas.
Que Marx fuese partidario, luego de la experiencia de la Comuna de Paris en 1871, de la dictadura revolucionaria de la inmensa mayoría en interés de la mayoría inmensa, quien puede ponerlo en duda. Pero no hay una receta única para todas situaciones.
Ese Marx acartonado de las “leyes del desarrollo histórico” de cinco modos de producción, de la inevitabilidad de ésta o aquella fase de desarrollo, de una sola línea de evolución socio-histórica, o de unas fases de sucesión políticas necesarias, ese Marx es solo una cuadratura de círculos y espirales marxianos. Es solo un invento de manuales para fabricar la mentalidad del aparato-partido-doctrina-única.
Esto no implica, por otra parte, desconocer el modo de ocultamiento de la idea radical-democrática que anima la subversión marxiana en aquellas coordenadas históricas, para la construcción de una comunidad de productores directos libremente asociados.
Este es el rostro de Marx en pleno siglo XIX: el humanismo militante y revolucionario del proletariado como clase emergente, y como ruptura de la matriz de relaciones de fuerzas que fundan los cimientos de la economía política del Capital.
Basta revisar los textos donde Marx anticipa distintas evoluciones políticas en los países modernos e industrializados de Europa en el siglo XIX, y donde se complejiza el asunto de la transición al socialismo, para refutar la idea de un dogma político de la transición basada en la llamada “dictadura totalitaria”.
Lo que si es correcto, es colocar a Marx en la categoría de la crítica radical a la democracia capitalista; es decir, de aquella apologética de los regímenes políticos que mantienen la “esclavitud material del trabajo asalariado formalmente libre”, separando forzosamente la esfera de las instituciones políticas de la esfera económica de los regímenes sociales de producción y su división social del trabajo, junto a la cuestión social que se deriva de las relaciones de apropiación-explotación.
Para Marx, en circunstancias donde al pueblo trabajador se le oprima mediante regímenes políticos despóticos de derecha, con escasa presencia de instituciones de la democracia social y política, el conflicto de clases tiende a asumir formas violentas. Una propuesta de revolución violenta se justifica en términos marxianos, cuando están bloqueados los caminos de una revolución por vías democráticas, legales y pacíficas. No es que se justifique la violencia por la violencia, es que las clases dominantes para Marx no entregan el poder, ni el mando ni los privilegios derivados de la explotación de buena gana, respetando la legalidad, los espacios y prácticas democráticas.
Así mismo, pese a sus contrastantes posiciones con muchas de las ideas de Marx, Lenin no luchaba contra un régimen político de amplias libertades, sino contra una autocracia despótica: el régimen zarista en un país con un sistema económico y una estructura social, nada comparable a Inglaterra, a Francia o a Alemania.
Desde allí, Lenin construyó su propia versión del “marxismo revolucionario”, una variante leninista del marxismo heredado de la propia codificación de la II Internacional, en continuidad y ruptura con éste.
Los críticos anti-totalitarios de derecha suponen que el camino de Lenin debió ser una transición democrática pactada con el Zar. Allí proyectan nuestros críticos anti-totalitarios de derecha, la actitud del cinismo ilustrado y la ignorancia de las circunstancias, lo que los lleva al palabreo teórico vaciándolo de su dimensión histórica efectiva.
Lenin interpretó no solo un legado teórico, sino unas circunstancias políticas. Tampoco es cierto decir: Marx=Lenin. Entre Marx y Lenin hay muchos cortocircuitos que quieren mantenerse ocultos.
Los críticos anti-totalitarios de derecha ignoran tanto la historia efectiva de los acontecimientos singulares de la revolución rusa, como sus circunstancias específicas, desconociendo además que la propuesta de Dictadura del proletariado no es originaria realmente de Marx, sino de Augusto Blanqui, de quienes participaron activamente en los acontecimientos de la Comuna de Paris.
Marx toma y corrige con suplementos democráticos esta tesis, al diferenciar una dictadura pura y simple de una minoría conspirativa de una “dictadura revolucionaria”, pues no hay en Marx complacencia con una “revolución de minorías”, ni un concepto de Estado, que no sea traducción o expresión de correlaciones de fuerzas de clases enfrentadas.
Por tanto, nada de defensa de un Estado-arbitro, ni de síntesis de un interés general, o de una esfera pública sin conflictos ni antagonismos. La forma política de la transición al socialismo es una forma-Estado en desaparición. La acrobacia estalinista de criticar al Estado para reforzar al Estado, no es una maniobra marxiana, aunque si es atribuible justamente a una degeneración burocrática que no se prefiguró por la veneración supersticiosa del estado propia del estalinismo, sino por la propia degeneración burocrática del partido bolchevique y su planteamiento sectario del ejercicio del poder.
Lo que más le duele a la crítica anti-totalitaria de derecha contra el pensamiento crítico de Marx, es que ésta “dictadura revolucionaria” se diferencia claramente de las “dictaduras de derecha”, abiertas o encubiertas, pues efectivamente, constituye un reconocimiento realista del momento de fuerza-coerción en la forma-Estado, más aún en momentos de transición donde se pone en juego la política instituyente de la inmensa mayoría en contra de la política instituida de las clases dominantes, no solo privilegiadas sino minoritarias.
Debemos repetirlo: entre el imaginario jacobino-blanquista y el pensamiento marxiano no hay una dócil continuidad, sino cortes, discontinuidades, rupturas. En cambio, es Lenin, quién si reivindica el jacobinismo, el blanquismo, una política que re-significa el “elitismo revolucionario” hasta llegar a la prefiguración del monolitismo del partido-único.
Otra cosa sucede en Marx. El proletariado organizado en clase política gobernante actúa conforme a la resistencia violenta que opongan las clases dominantes y grupos de poder articulados al dominio capitalista. Allí hay claridad política en Marx y Engels.
En Lenin, en cambio, comienzan a hacerse patentes, las llamadas sustituciones. La vanguardia organizada en partido cumple el "rol dirigente de toda la sociedad", pues las clases trabajadoras por si mismas sólo llegan a una conciencia “tradeunionista”, o de pequeños propietarios en el caso del campesinado.
Por tanto, la idea de “profesionales de la revolución” leninista, no puede ser equivalente con aquella otra idea que plantaba que la emancipación de las clase trabajadora será obra de ella misma.
Finalmente, en Marx hay un claro compromiso entre el desarrollo de la personalidad individual y el ser social, que se entronca con el comunismo libertario de todos los pelajes. El llamado comunismo de estado es harina de otro costal.
Lo que no es Marx, es un apologeta del anarco-individualismo, ni de nuestros contemporáneos anarco-capitalistas. Pero tampoco es una apologeta del estatismo autoritario. Ya el sobrino de Bonaparte había dejado huellas bastante marcadas en el pensamiento crítico de Marx, para rechazar cualquier forma de bonapartismo, despotismo del ejecutivo y estatismo autoritario.
Quien afirme que Marx justifica que el individuo quede subsumido al Estado, demuestra una patética ignorancia. Tiene mucha razón Hanna Arendt cuando dice que es difícil pensar sobre Karl Marx.
Ya desde los primeros tiempos posteriores a su muerte, las discusiones en torno a Marx fueron duras, con el añadido de que Marx hablaba abierta y directamente de política revolucionaria. Desde nuestro punto de vista, el titulo de Lenin a aquella clásica obra siempre fue engañoso. El asunto es “El Estado ó la Revolución”.
Los críticos anti-totalitarios de derecha, podrían volver a leer en profundidad a Hanna Arendt (“Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental”), si quieren comprender que entre Marx y muchos “marx-ismos” hay cortocircuitos, pues es la mismísima Arendt quién señala hay una ruptura mucho más brutal entre Marx y el bolchevismo, que entre Marx y los precedentes pensadores políticos de Occidente. En sus propias palabras: “(...) puede mostrarse cómo la línea que va de Aristóteles a Marx muestra a la vez menos rupturas y mucho menos decisivas que la línea que va de Marx a Stalin”.
Lo que Arendt plantea es la insistencia en la pertenencia de Marx a la tradición del pensamiento político occidental. Pero no hay en Arendt la patética equivalencia de nuestros enanos anti-totalitarios: Marx=Stalin.
El asunto es interrogar las circunstancias, condiciones y razones para que el totalitarismo estalinista haya surgido de una de las corrientes de interpretación inspiradas en el pensamiento crítico de Marx. Hasta allí, hay un programa de investigación.
El camino implica de-construir la equivalencia Marx=Stalin, que no es más un “script” de la derecha anti-comunista. Así mismo, de-construir la equivalencia Marx=Lenin o Marx=Kaustky, para superar las codificaciones oficiosas.
Cuando Arendt plantea en su crítica a Marx que en la sociedad sin clases ni estado de Marx, el concepto de libertad pierde todo sentido, “a menos que se conciba en un sentido completamente diferente”, llega a la medula del planteamiento.
La libertad liberal, como libertad negativa, no concibe el sentido completamente distinto de la libertad en Marx. Tampoco Lenin llega a comprenderlo. Allí, la crítica anti-totalitaria de derecha se queda, sencillamente, sin aliento. Allí también Lenin comienza la historia de sus extravíos sobre la democracia y libertad en Marx. Lo que para Marx fue esencial en la construcción del Socialismo, Lenin lo reduce a prejuicios pequeño-burgueses, al liberalismo adocenado. Lenin no logró comprender la diferencia entre pensamiento liberal y pensamiento libertario.
Es este aliento libertario (que no tiene ni la derecha ni el leninismo ortodoxo), el aliento que Benjamin y Bloch muestran cuando hablan de la historia de los vencidos y del principio esperanza.
Un Marx sin “ismos”, sin sacralizaciones sigue vivo, abierto, cálido y radicalmente crítico. Un Marx herético, flexible y radicalmente libertario y anti-estatista.
En muchos de sus escritos, sigue presente el aliento a la esperanza de los que fueron vencidos, y la potencia constituyente para quienes siguen construyendo caminos de Democracia Socialista.

jueves, 10 de junio de 2010

DEMOCRACIA SOCIALISTA O SOCIALISMO BUROCRATICO IV: ¿SON MARX Y ENGELS UNOS "ANARCOIDES CONTRA-REVOLUCIONARIOS"?

Javier Biardeau R.
"En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los seres humanos." (Engels)
“Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de Estado popular libre: mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra “comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Comuna.”(Carta de Engels a Bebel-1875)
En el prólogo del extensamente citado: “El Estado y la revolución”, Lenin plantea:
“Después de su muerte (de los grandes revolucionarios), se intenta convertirlos en santos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así; rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para “consolar” y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola”.
Si se trata de transición post-capitalista, ¿Cómo ignorar a Marx y Engels? ¿Se trata de mellar y envilecer el filo revolucionario de Marx y Engels? ¿Quiénes pretenden echar a un lado el espíritu crítico radical a la veneración supersticiosa del Estado, crítica radical a la condensación o síntesis de la lógica de la dominación política?
Hay veneradores supersticiosos del Estado que hablan a los cuatro vientos de “Estado Socialista”, de “Estado revolucionario, de “Estado comunal”. Así no sólo estamos ante las “armas melladas del capitalismo”, como decía el citado Guevara, sino también ante las “armas melladas” del “socialismo burocrático”, del despotismo burocrático: el llamado “Socialismo de Estado” (Lasalle dixit), el viejo “Socialismo Realmente Inexistente” (y su “marxismo” de derecha).
Es imposible edificar modelos de socialismos participativos, democráticos, revolucionarios y libertarios desde la brújula del “marxismo burocrático”. Esto sería un contrasentido, pues conlleva un peligroso extravío; más aún si se pretenden pasar de contrabando ideológico todas las bagatelas del estalinismo y del marxismo soviético, como si fuesen ideas y valores del “nuevo socialismo”.
Desde nuestro punto de vista, también las ideas anti-estatistas de “El Estado y la Revolución” de Lenin (incluyendo las propias adulteraciones que hace Lenin de frases de Marx y Engels) fueron metabolizadas por la contra-revolución estalinista.
Stalin enarboló toda una maquinaria de propaganda alrededor de las “banderas del leninismo”. Sin embargo, existen por lo menos tres cuestiones interrelacionadas en el llamado “leninismo”, que son fundamentales para abordar los extravíos de las transiciones post-capitalistas a la democracia socialista:
a) una cuestión política que gira alrededor de la tesis de la “dictadura revolucionaria del proletariado”, re-significada en clave de “Estado Socialista” o “Estado revolucionario” (una patética contradicción en los términos). La manera de resolver esta cuestión es profundizar en el régimen comunal, la democracia participativa y en el poder popular.
b) una cuestión económica que gira alrededor del papel progresivo de las Estatizaciones y del “Capitalismo de Estado”. La manera de despejar este asunto está en la propiedad social directa, el control obrero, los consejos de fábrica para la autogestión obrera coordinada mediante la planificación democrática de conjunto.
c) una cuestión epistemológica, derivada de la “interpretación positivista, mecanicista, naturalista de la ciencia”, presente en la tesis del llamado “socialismo científico”, así como en la tesis: “la ciencia socialista proviene sólo desde afuera del movimiento de los trabajadores y trabajadoras”. Para esta cuestión solo hay el camino de la ruptura epistemológica con los modos de producción, validación y legitimación de conocimientos que reproducen la lógica de la dominación social.
Nuestra posición es que haber descuidado el entrelazamiento de estos tres aspectos, explica la ceguera que facilitó la edificación del estatismo autoritario en la URSS, y en general en el campo socialista. Sin una crítica radical y revolucionaria a estos tres eslabones, será muy difícil no repetir los errores del despotismo burocrático.
Habría que recordar algunos planteamientos básicos del “comunismo de consejos”, cuando afirmaba que: “La lucha del proletariado no es sencillamente una lucha contra la burguesía por el Poder del Estado, sino también una lucha contra el Poder del Estado mismo” (Antón Pannekoek).
Mientras Marx planteó su aguda crítica contra cualquier deificación del Estado, colocándolo por encima o sobre la sociedad, la experiencia posterior condujo a un fortalecimiento del estatismo burocrático-autoritario.
En una silenciada polémica con lo que sería las afinidades coyunturales entre el “cristianismo aplicado” de Bismark, su “revolución desde arriba” y los planteamientos estatistas de Lasalle, Marx planteó en contraposición (Crítica al Programa de Gotha):
“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella”.
¿Dijo usted órgano subordinado a ella? En su crítica Marx planteó:
“Cabe, entonces, preguntarse: ¿que transformación sufrirá el régimen estatal en la sociedad comunista? O, en otros términos: ¿qué funciones sociales, análogas a las actuales funciones del Estado subsistirán entonces? Esta pregunta sólo puede contestarse científicamente, y por más que acoplemos de mil maneras la palabra pueblo y la palabra Estado, no nos acercaremos ni un pelo a la solución del problema. Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista medía el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.”
Marx habla de un Estado de transición, transición que indica el paso de la forma-Estado a la forma-Comuna, y clarifica que el proletariado debe convertirse en clase política gobernante (Manifiesto Comunista). La forma-Comuna quiebra el poder estatal moderno, dice Marx en su compresión histórica de la Guerra Civil en Francia:
“He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, emancipado cada ser humano.”
Dominación política de los productores directos, del pueblo trabajador, no del ejército permanente, ni de los privilegiados, ni de la burocracia de Estado, que para Marx son problemas claves en la definición del Poder del Estado moderno.
Enunciados que deben interpretarse en su contexto ideológico e histórico obviamente, pero sin omitir sus profundas implicaciones como crítica radical a la lógica de la dominación:
“Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, simples obreros se atrevieron a violar el privilegio gubernamental de sus "superiores naturales" y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el más alto de los cuales apenas representaba una quinta parte de la suma que según una alta autoridad científica es el sueldo mínimo del secretario de un consejo de instrucción pública de Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville.” (Marx: La Guerra Civil en Francia)
Demolición del prejuicio de los “superiores naturales”, demolición de la separación entre gobernantes y gobernados, demolición de la burocracia de Estado, demolición del privilegio, demolición de su lógica (razón de Estado) y de su policía (vigilancia y represión contra el pueblo trabajador). Demoliciones que colocan en pánico a nuestros sinecuristas del Estado, nuestros enanos cuasi-hegelianos y peor aún; sacerdotes veneradores de la máquina-Leviathan de Hobbes.
Frente al despotismo burocrático o estatismo autoritario, no ha quedado otra ruta que la revolución democrática y socialista ininterrumpida. Emancipación política y emancipación social ininterrumpida del pueblo trabajador. Para suprimir los peores lados de este mal (el mal de la forma-Estado), por la vía de una democracia cada vez más participativa y directa. Socialización del poder, lo que no puede confundirse con la estatización del poder, que es la semilla podrida de la veneración supersticiosa del Estado.
Lenin elaboró toda una línea política, intentando ser consistente con lo planteado por Engels en 1891 y 1895(y por Marx desde mucho antes), con relación a la radicalización del poder proletario directo en la República Democrática, desde una “revolución de la mayoría”, desde la muchedumbre popular y plebeya. Sin los miedos liberales a la “tiranía de la mayoría”, sin los extravíos estalinistas de la “Dictadura burocrática sobre el proletariado”.
El poder constituyente de la multitud popular, del pueblo trabajador, de las clases trabajadoras del campo y la ciudad, es disuelto sin embargo por la codificación estalinista en la “Dictadura burocrática sobre el proletariado”, institucionalizado la ideología del “elitismo revolucionario” (El aparato-vanguardia ó el aparato-camarilla omnipotente) Allí se produce la disyunción entre la revolución democrática y socialista. Allí reside la genealogía histórica del despotismo burocrático.
Como ha planteado Aníbal Quijano en su estudio sobre José Carlos Mariátegui (Textos básicos-1995; FCE):
“Con los muros estalinistas se derrumba, ante todo, un tipo de poder cuyo rasgo sobresaliente es el despotismo burocrático. En la historia de su formación y consolidación, esto es, en la acción de sus protagonistas, aquella idea orgánica de totalidad social, así como el evolucionismo positivista, han ejercido un papel muy marcado. Sin aquella idea de totalidad, no se podrá explicar ni el “centralismo democrático” que presidió la historia del partido bolchevique, ni la “unidad monolítica” de esa organización después de su captura del poder; ni el estatuto legal privilegiado que esa organización tuvo, en la entera jurisdicción del nuevo estado, exclusivamente por los miembros de dicha organización; ni la total estatización de los recursos de producción; ni el control partidario-estatal de todas las instituciones formales de la sociedad, incluidas las de la vida cotidiana de la población – inclusive de la imaginación artística -, tal como quedó codificado en el zdanovismo.” (Prólogo; p. XIV)
La dogmática estalinista se hizo a partir de la des-contextualización histórica y teórica de los enunciados de Marx y Engels, eliminando su mundanidad histórica, social y política, su mundanidad proletaria. En el estalinismo, se trataba de textos manipulados por la inmundicia burocrática, tejidos por la intencionalidad de un cálculo político para justificar una política oficial sobre la potencia subversiva del marxismo (El destino trágico de Riazanov muestra, el dictat de la política cultural estalinista con relación a los textos de Marx).
Pero estas adulteraciones venían desde la cuna del marxismo bolchevique. Como ha planteado Adam Schaff (en su texto: “El comunismo en la encrucijada”), fue Lenin quién modificó deliberadamente el siguiente enunciado de Engels:
“Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución Francesa.”
Lenin adultera el enunciado en “El Estado y la Revolución” de la siguiente manera:
"Engels repite aquí, en una forma especialmente plástica, aquella idea fundamental que va como hilo de engarce a través de todas las obras de Marx, a saber: que la República democrática es el acceso más próximo a la dictadura del proletariado.”(El Estado y la Revolución; cap IV).
Cualquier lector no desprevenido reconoce que “la forma especifica” no es equivalente a “el acceso más próximo”. Forma-Comuna en la República Democrática, que prefigura la democracia de consejos, implica algo muy distinto a una forma-Estado, por más obrero que fuese, ya que lo que prevalece son las deformaciones burocráticas.
A partir de allí, es fácil comprender la precariedad del imaginario democrático en la construcción del socialismo en la URSS, el bloqueo teórico-ideológico para abordar las tareas políticas de la transición post-capitalista, así como la imposición sobre los soviets-consejos de la “línea correcta del partido-aparato”.
El marxismo bolchevique se transformó, de máquina subversiva de lucha a prefiguración de la camarilla omnipotente del centro político burocrático, aparato-partido que participó en varios eventos sintomáticos de la “unidad monolítica”: liquidación de pluralidad de partidos no zaristas, liquidación de la “oposición obrera”, liquidación de trabajadores en Kronstadt, liquidación de la “oposición de izquierda”, purgas históricas contra la vieja dirección bolchevique, estalinización del partido, procesos concatenados y cruzados por hilos conductores que van de una revolución democrática ininterrumpida abierta en 1905 a una contra-revolución burocrático-despótica sellada en 1934. Lección histórica para la izquierda de aparato, con su pantalla protectora: la “mitología soviética”.
Además, la concepción epistemológica en el "Qué Hacer" (Lenin) de la formación de la conciencia revolucionaria, viene suministrada a los trabajadores desde el exterior y desde una instancia superior, a través del partido-aparato (unidad de “ciencia socialista” y “dirección política”), en una clara manifestación de una concepción jacobina-blanquista de la revolución. Una verdadera epistemología autoritaria y reaccionaria, para nada implicada con una crítica radical de las relaciones de poder, saber y verdad en el terreno de la construcción de una plataforma teórica crítica radical a la lógica de la dominación.
La gran estafa ideológica de quienes hace uso y abuso de los términos y de los razones propias de la gramática ideológica del estalinismo, de los manuales del marxismo soviético (socialismo en un solo país, exaltación del partido-único, planificación burocrática, propiedad estatizada, deber de sumisión ideológica, hegemonía autoritaria, Estadolatria) es hablar en nombre del socialismo revolucionario y radicalmente democrático, olvidando y omitiendo deliberadamente los planteamientos en clave de emancipación social y política de Marx y Engels.
De acuerdo con esta gramática ideológica, propia de paupérrimos lectores de Marx y Engels, no hay más socialismo que el “Socialismo de Estado”. Su hilo espiritual los retrotrae a figuras históricas aparentemente distantes como Stalin y Lasalle, convirtiendo a Marx y Engels en “espíritus anarcoides”. Tanto el Estado-Gulag estalinista como el Estado-Providencia reformista expulsan la pertinencia de Marx y Engels, porque mantienen la utopía concreta de la extinción de la forma-Estado. Tesis imperdonable, pues desmonta el arché de las filosofías del Estado.
Se ha omitido el siguiente enunciado de Marx:
“La República de Platón, en lo que se refiere a la división del trabajo, como principio normativo del Estado, no es mas que la idealización ateniense del régimen egipcio de castas; para algunos contemporáneos de Platón como Isócrates, Egipto era el país industrial modelo, rango que aún le atribuían los griegos en la época del Imperio romano” (El Capital; cap XII, p.299)
La realidad histórica de la praxis revolucionaria no tardará mucho en desenmascarar estas estafas ideológicas en clave de bagatela platónica (régimen de castas), y por cierto, también estalinista, con su nomenclatura. Sólo los incautos pueden convenir que Marx y Engels no realizaron una crítica radical a la forma-Estado (a todo Estado, camaradas). Para los sicofantes estalinistas, Marx y Engels son parte de las filas “anarcoides”, de “saboteadores y contra-revolucionarios”. Acrobacias retóricas de burócratas de médula y corazón.
Obviamente, estas interpretaciones expresan un verdadero “pánico” para abordar directamente, “sin retardos y sin excusas”, al modo cómo Marx y Engels desmontan toda la mitología supersticiosa sobre la forma-Estado. No olvidemos que las formas ideológicas fungen de complemento solemne de justificación, sobre todo de aquella forma-Estado edificada por la contra-revolución burocrática y sus derivados históricos, bajo control total del partido-aparato, luego de realizadas las llamadas purgas contra los “saboteadores, criminales, traidores y contra-revolucionarios”.
Engels plantea: En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los seres humanos. Gramsci planteará el mismo espíritu crítico en sus elementos de política. Hacer saltar la división jerarquica naturalizada entre gobernantes y gobernados. Engels: Hacer saltar el viejo poder estatal y sustituirlo por otro nuevo y realmente democrático. Léase atentamente: realmente democrático. Mirad la Comuna, decía Engels, he allí la dictadura del proletariado. Mirad a la URSS en 1934, he allí la dictadura burocrática sobre el proletariado.
Hay que analizar aquella carta a Bebel en 1875, sobre todo los párrafos que todos los estalinistas avergonzados (así como los capitalistas de estado y los capitalistas neoliberales), quieren hacer desaparecer del mapa mental de las clases trabajadoras:
“Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de Estado popular libre: mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra “comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Comuna.”
Claro desplazamiento de la forma-Estado a la forma-Comuna. Lo que Engels, no imaginó fue el uso del termidor estalinista de los adversarios de la revolución. Se inventaron tantos adversarios, que el Estado se hizo en la práctica, reforzado y eterno. Y es que las corrientes que promueven el despotismo burocrático comparten con el Capitalismo de Estado, la fe supersticiosa del Estado, su burocracia, su lógica y su policía.
Cuando se deviene en funcionario ideológico de la burocracia, lo menos que se puede esperar, es una defensa de la Estadolatria (¡La existencia social condiciona de alguna manera la conciencia!). Pero Estadolatria no es Socialismo. No se confunda.
Desde el punto de vista del estalinismo, Marx y Engels tendrían una visión pequeño-burguesa de la Revolución, porque hablan de “extinción del Estado”, de suprimir los peores lados de este mal. La crítica marxiana a la defensa de las tropelías de la burocracia estatal, ya había sido contemplada por Engels en su carta a Bebel (1875):
“Si se dijera «administración por el pueblo», quizá tendría algún sentido. Falta, igualmente, la primera condición de toda libertad: que todos los funcionarios sean responsables en cuanto a sus actos de servicio respecto a todo ciudadano, ante los tribunales ordinarios y según las leyes generales.”
Emancipación social sin emancipación política no es socialismo. Gobierno despótico sobre la ciudadanía, sin control popular del poder burocrático, no es socialismo. Eso que llamamos actualmente “contraloría social” había sido prefigurado por Marx en la forma-Comuna: control popular del aparato burocrático y sus desmanes, revocabilidad y juicio inmediato, por su falta de responsabilidad social y quiebre del sentido de servició público hacia el pueblo trabajador.
¿Quién controla a los controladores estatistas? Sólo el pueblo organizado, sólo el poder popular organizado puede liquidar los desmanes de la burocracia. Para los Capitalistas de Estado, el poder popular debe ser sólo un simple apéndice subordinado, con los ojos vendados y con la lengua amarrada, para garantizar que se protejan los superiores intereses materiales; y así dejar libres sus manos para las tropelías necesarias a la acumulación delictiva y patrimonial del Capital. Esto obviamente, no es ningún Socialismo.
Quienes confunden en la fase política de transición, una forma-Estado radicalmente transformada y democratizada de abajo hasta arriba, sacudida en su lógica burocrática y policial por acción del pueblo, a través de los consejos de poder popular para convertirla en forma-Comuna, que lo confundan con las figuras históricas del estatismo autoritario, su máquina despótica, que caracterizó a las experiencias históricas del “socialismo realmente inexistente”, son verdaderos estafadores ideológicos del proyecto de la democracia socialista.
Partiendo de estos breves elementos teóricos de Marx y Engels, es posible plantear que hay dos condiciones concretas para abordar el espinoso asunto de la forma-Estado en la transición al socialismo en Venezuela:
a) La concepción liberal-socialdemócrata que prevalece en la definición del “Estado Social y Democrático de Derecho y de Justicia” vigente en la constitución de 1999, que no puede ser “saltada a la torera”, ni con elasticidades semánticas ni con trampitas jurídicas de bajo vuelo.
No es posible confundir esta “forma de Estado” con algo equivalente a la doctrina marxista-leninista del “Estado Socialista”, propia de los “socialismos reales”. Frente a este límite constitucional, no hay enmienda ni reforma posible, ni recursos a la legalidad ordinaria que puedan modificar sus principios fundamentales, ni su sello constitutivo. De allí que una transición post-capitalista radical pasa por el camino constituyente de facto ó in jure;
b) La ausencia de un pensamiento crítico y creativo sobre el proyecto socialista venezolano que no repita los errores ni los axiomas del socialismo burocrático, que precise las conclusiones del balance de inventario crítico de las experiencias históricas de la transición post-capitalista para las condiciones específicas del siglo XXI.
Allí no hay posibilidad de seguirle haciendo trampas ni a Marx ni a Engels, en nombre de un “marxismo imaginario”. Una teoría crítica radical parte de estas fuentes teóricas (Marx y Engels sin sufijo), no para dogmatizarlas ni codificarlas, sino para desmontar la falacia teórico-ideológica que pretende justificar el socialismo burocrático como un modelo de emancipación social y política.
No hay conducción revolucionaria sin clase trabajadora organizada como clase política gobernante. Léase atentamente la frase anterior, pues no hay posibilidad de sustituir el poder popular, el poder constituyente, la conducción colectiva de una revolución por centros políticos burocráticos ni por mitos salvíficos de sello cesarista.
El Socialismo es la superación histórica de la sociedad capitalista, de sus formas políticas de síntesis-integradora de los conflictos y antagonismos de clase. La forma-Estado deviene históricamente síntesis de la sociedad capitalista; la forma-Comuna deviene históricamente régimen político de la sociedad socializada.
Esa nueva totalidad no tiene nada de integración orgánico (paradigma de cualquier totalitarismo), sino que traduce la multiplicidad articulada del campo popular y de las clases trabajadoras, su diversidad y riqueza constitutiva, sin ninguna integración subordinada ni sujeción a una burocracia de Estado.
Engels lo decía con extraordinaria agudeza: “La gente se acostumbra desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de los funcionarios bien retribuidos.”
A diferencia de quienes hablan de supresión inmediata del Estado (eliminar el Estado por decreto, algo bastante paradójico), se trata de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, y como planteaba Engels, entretanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.
Lucha por el socialismo. Deshacerse de ese trasto viejo de la forma-Estado. Sólo los espíritus reaccionarios no pueden desprenderse de la ficción-Estado. Mirad la Comuna, decía Engels, allí está la dictadura del proletariado.
Sacerdotes de la totalidad orgánica, dejen de rezarle tanto a la forma-Estado. Estado dosificado, pero Democracia social, económica, política y cultural en sobredosis. Allí reside la Democracia Socialista.
La administración, coordinación, planificación y defensa de una sociedad depende no de la veneración supersticiosa del Estado, sino de su transformación en un Estado democrático radicalizado hasta tal punto, que de paso históricamente al régimen comunal, al sistema de Comunas en una República Democrática.
Se extravían quienes hablan de “Estado Comunal”. Se trata más bien de un “régimen comunal”, de un “sistema de Comunas” articuladas mediante un plan general. Marx y Engels trazan una utopía, ciertamente, pero una “utopía concreta”, viable, realizable, sustentable, desde la praxis de las clases trabajadoras, del pueblo trabajador, más allá de la ideo-lógica de la forma-Estado como aparato burocrático.
Estatismo: sacerdotes que le rezan a la forma-Estado: por ese camino sobreviene el despotismo burocrático. Sobreviene la nomenclatura. La contra-revolución, como decía Brinton, está en manos de la lógica, la burocracia y la policía de la forma-Estado.
El sentido de sociedad emancipada, de sociedad auto-regulada como la denominaba Gramsci, depende de máquinas de lucha y de deseos profundos de liberación personal y social, de insumisión del cuerpo y la palabra, no de mandatos sobre-impuestos a la multitud popular. No queremos mazamorra ni rebaño ni ganado electoral, deseamos multitud emancipada social, cultural y políticamente.
El pueblo trabajador, con sus organizaciones sociales y políticas, con su conducción colectiva revolucionaria, puede constituirse efectivamente en clase política gobernante, si no delega su poder como clase para sí en ningún centro político burocrático ni en ficciones que lo sustituyan. No se confundan, la forma-Estado es el fetiche supremo de la nomenclatura.
Democracia directa de consej0s de trabajadores y consejos del poder popular, democracia participativa, democracia protagónica revolucionaria. Allí si hay consistencia con Marx y Engels.
Sin patronos, sin reyes, tribunos, ni farsas representativas… y menos, con capitalistas y burócratas, símbolos patéticos de corrupción y privilegio…de nomenclaturas y nuevas clases político-económicas…todas podridas…
¡O Democracia Socialista o Barbarie!