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martes, 18 de marzo de 2008

EL FANTASMA DEL ANTIPODER

Picasso, fragmento del Guernica

Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

"Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del antipoder. Todas las fuerzas de la vieja civilización se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa, Bush, los radicales, socialdemócratas, fascistas, nacionalistas burgueses y los polizontes de todas las nacionalidades". Anónimo

Cuando Chávez plantea que hay una corriente que pretende sembrar divisiones en las fuerzas populares y la ubica en los “anarquistas”, en los defensores del “antipoder”, me viene a la memoria toda la ceguera histórica para comprender en toda su complejidad al campo popular-subalterno. Obviamente, hay pocos ácratas serios en su entorno inmediato, muchos menos en la dirección del PSUV, donde abundan otros pelajes ideológicos y económicos, más próximos a las intimidades del Capital (léase derecha endógena, boli-burguesía, “burguesía nacionalista” y capital bancario, un extraño coctel con olor a whisky 24, mezclado con cubas libres. ¡Mezclar licores de alto octanaje no es un buen consejo!). El metabolismo del capital está muy cerca de determinadas esferas del alto gobierno, que en dos meses le otorga una amnistia a la derecha golpista del 11 de abril, y en este corto período, descalifica una manifestación sin carácter masivo alguno, de un pequeño grupo que gritaba: “no queremos que nos gobiernen, queremos gobernar”. No hablemos de las superganancias del capital especulativo, bancario, comercial, inmobiliario y paraestatal. A nosotros nos quieren convencer con pdvales y pdvalitos: ¡no jodan!

De la polarización de una retórica ultra-izquierdista del año 2007 pasamos a la pragmática eficiencia y las jefaturas de corte militar, un estilo cómodo para los dueños del capital, preocupados por las rentabilidades en “paz, orden y trabajo”. Que el pueblo desee gobernar, esto es demasiado. Este es un grito que nos retrotrae a aquellas barricadas parisinas de 1848, donde todavía no aparecía una jefatura, un mando centralizado y concentrado, aquel que previera luego Trotsky en la “degeneración burocrática” del poder obrero-campesino, y el famoso “centralismo burocrático”. Mientras nos enfocamos en combatir las maniobras del imperio (lo que hay que hacer, por cierto), observo con desparpajo la abusiva represión contra los obreros de SIDOR, una verdadera lección de gobernabilidad burguesa. Comprendo a ese grupo de “infiltrados”, “anarquistas”, “indisciplinados” y “divisionistas” como aquellos seres infames que merecen etiquetas, rótulos, estigmas. Por supuesto, han sido conquistados inconcientemente por los planes de la CIA. A lo mejor hasta un chip electrónico de direccionamiento ideológico, les han inoculado; una suerte de “mk-ultra” para chapistas descontentos. Pero esta versión me parece falaz, de cabo a rabo. Los tiros van por otro lado. Hay razones para rebelarse, hay malestar, desconcierto y deriva en la dirección revolucionaria, en Chávez. Todo esto no se resume a simples actos de indisciplina. Hay que excavar más en profundidad, con menos prejuicios, con más inteligencia general.

El asunto es claro, preciso, breve: Hay que rectificar, pero ¿hacia donde? Luego de despilfarrar un capital electoral de 63% en dic-2006 y pasar al patético cuadro del 32 % en feb-2008, es ostensible la crisis de direccionalidad revolucionaria. ¿Que ha crecido? ¿La oposición? No, el cansancio político. Se han quebrado los alineamientos automáticos. Crecerá sin duda, la abstención. Algo está pasando en los cimientos políticos del país. Escucho el grito de rebeldía frente a la indiferencia oficial a conmemorar la masacre del 27 de febrero de 1999. Palabras más, palabras menos: “maldito sea el soldado que vuelva sus armas contra el pueblo” decía Simón Bolívar. Todo esto me recordó a Holloway, y sus argumentos para “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Atilio Borón ha replicado: fantasías, fanfarronadas del anarquismo.

Tal vez el problema no sea el poder, sino la lógica de la dominación como huella matricial. Pero lo lamentable es que aquí se desconozca el debate de fondo. Nos quedamos en la epidermis del asunto. A pesar del principio de rendimiento denunciado por Marcuse, sigo insistiendo en la quimera, no del antipoder (Farruco dixit), sino la de la complejidad, algo que asume R. Lanz en diversos espacios. Cuando Chávez llama al antipoder un “limbo sin definiciones”, me parece clave la escasa capacidad para generar distinciones desde una inteligencia general. Existe un tejido interdependiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, las partes entre ellas; para pensar no desde lo disjunto, desde la racionalización paranoica, sino desde otras operaciones lógicas maestras: inclusión, distinción, conjunción, implicación. Rectificar implica una “inteligencia general”, referirse a lo multidimensional, lo complejo, el contexto y lo global (Morin dixit). Hay que romper paradigmas. J. V. Rangel calificaba en febrero de 2007 a Chávez de ser el antipoder. Un año después, Chávez descalificaba al antipoder de ser infiltrados de la CIA. Chávez caligrafía mentalmente el leninismo y el centralismo democrático: “Quizás yo por mi formación militar, hecho y pensado para la guerra… uno está en una guerra, uno esta acostumbrado a que tiene que haber un plan, tiene que haber una jefatura, tiene que haber un liderazgo, pues, tiene que haber una disciplina que no tiene que ser militar, por supuesto, para nada, pero disciplina revolucionaria, disciplina, y cuadros revolucionarios, reconocimiento a un liderazgo revolucionario, a un programa revolucionario y la autocrítica revolucionaria”. Bien, 20 puntos en leninismo, pero el problema es que el examen no lo está haciendo un comité central de un Partido leninista en un remoto lugar (¿o si?), sino el pueblo venezolano. Ojalá no se cometan los errores de caligrafiar a Kronsdat, Hungria, Polonia, Checoslovaquia… para no hablar de las decisiones de Stalin en la República española Esto explica que caigan estatuas, que los jóvenes vean con entusiamo “Good Bye Lenin” o “La vida de los otros”. Recordemos a Fromm, a Schaff, a Petrovic y a tantos otros: un socialismo sin libertad, sin escala humana, sin democracia participativa, será un fracaso. Como para tomar nota, y sobre todo, rectificar.

sábado, 16 de febrero de 2008

El imaginario jacobino contra la revolución del poder instituyente

Gerardo Rosales


Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

Para Marx era claro, siguiendo a Flora Tristan, que la emancipación de los trabajadores era producto de los trabajadores mismos. Era la acción instituyente, revolucionaria, de las clases subalternas la que podría configurar nuevas formas de cooperación social, de ejercicio del poder político y de liberación cultural. Así mismo, en Marx, la “República Democrática” fue concebida como la forma política mas adecuada para alcanzar una revolución de las mayorías. Marx y Engels cuestionaron el elitismo revolucionario, el jacobinismo y el blanquismo, y confiaron en la autoorganización y automovimiento de las clases explotadas para luchar contra el orden despótico y la función de mando del capital.

El elitismo revolucionario durante el Régimen del Terror en la Francia de Robespierre, ha permitido cuestionar la premisa de que se puede hacer libre a alguien por coacción, engaño, manipulación o intimidación. El elitismo, sea de derecha o de izquierda, es una posición reaccionaria. La tesis de la “minoría selecta” que conduce a las “masas” hacia un mejor destino es contraria al pensamiento socialista. Son las masas constituidas en poder constituyente las que pueden establecer el autogobierno popular, hacia la democracia absoluta.

Bush ha sido ejemplar en llevar la destrucción en nombre de la libertad, así como la tesis del destino manifiesto del imperialismo norteamericano. El leninismo y el estalinismo-burocrático fueron ejemplares del elitismo revolucionario, del vanguardismo, de la desconfianza en la iniciativa de las masas cuando su orientación chocaba con la “verdad reveladas” que portaban los “líderes esclarecidos”. Ya sabemos hoy, el contraste radical entre la visión de Marx y Engels contra el socialismo de estado y el elitismo revolucionario, y la visión leninista-estalinista que condujo a defraudar el curso de la revolución socialista en la Unión Soviética desde 1921.

Ante cualquier síntoma de reiteración de los viejos errores del elitismo revolucionario, hay que intervenir en el debate sobre la transición al socialismo. Sin poder popular organizado, sin democracia socialista de consejos, sin movimientos sociales contra-hegemónicos, sin organización popular alrededor de un programa político de transición, el curso de la revolución será secuestrado por una “nueva clase política y económica”. No es en contra de la democracia que se puede instituir el socialismo, y peor aún si es en contra de la democracia participativa, deliberativa y protagónica, una democracia con iniciativa, voz y decisión de las mayorías populares. Los cinco motores tienen que pasar por un debate en el seno del pueblo. No pueden ser decisiones consultadas “desde arriba” sin participación, sin construcción deliberativa en diferentes espacios, de los que opinan las mayorías populares. Existen premisas extremadamente centralistas y verticales en la conducción del proceso revolucionario. Esta revolución desde arriba, hemos planteado, tiene dos expresiones diferenciadas:

1. La dirección del Presidente Chávez como líder con una alta conexión popular y apoyo social a un arco muy variable de sus directivas.

2. Una capa burocrática (con contradicciones internas entre grupos de poder e influencia) que controla el aparato de estado, y que políticamente representa de manera muy ambivalente, tres orientaciones:

a. Los intereses de una.ueva burguesía de estado, parasitaria o para-estatal.

b. Actuaciones de acuerdo a los parámetros re-distributivos/clientelares del populismo histórico.

c. Plantea una transición hacia un nuevo socialismo, con sus incertidumbres y debilidades conceptuales.


Esta conjunción genera la figura de un cesarismo progresivo, y en segundo nivel, un complejo de grupos políticos y económicos que luchan por el control de espacios de influencia y manejo de recursos, con una conducción cruzada por contradicciones, pero que conforma una dirección política con pretensiones de coagularse en nueva clase gobernante. Este es un síntoma evidente de “elitismo revolucionario”.

Hemos afirmado sin ambigüedades que el imperialismo norteamericano viene calibrando que entre las grandes debilidades del proceso de transformación está la alta dependencia de la revolución del protagonismo y conducción estratégica del Comandante Chávez. El momento del líder popular, fundamental en la construcción inicial de una voluntad nacional-revolucionaria, requiere de un segundo momento de auto-organización constituyente del poder popular, que estructure mediaciones y delegaciones revocables de una verdadera democracia participativa, deliberativa y protagónica. Se trata de un segundo momento de afirmación de la ruptura entre poderes constituidos y poder constituyente, de subordinación fáctica de los poderes instituidos a los poderes instituyentes. Esto implica profundizar la democracia protagónica, participativa y revolucionaria, pasando a una fase contra-hegemónica de la democracia:

“¿Se quiere que existan siempre gobernados y gobernantes, o por el contrario, se desean crear las condiciones bajo las cuales desaparezca la necesidad de la existencia de esta división?, o sea, ¿Se parte de la premisa de la perpetua división del género humano o se cree que tal vez tal división es solo un hecho histórico, que responde a determinadas condiciones?”.(Gramsci. Notas sobre Maquiavelo)

Este segundo movimiento implica una democratización del Estado y de la sociedad, una transformación radical de las estructuras de poder estatales y no estatales, consolidando el poder popular organizado como fuerza constituyente. La actuación de una gran personalidad histórica; en nuestro caso, el cesarismo progresivo-revolucionario de Chávez, por más influencia moral y control político que tenga, es insuficiente para el cambio de estructuras económicas, políticas, jurídicas, militares, si no cuenta con el protagonismo de vectores de acción colectiva, con fuerzas políticas y sociales organizadas y unificadas alrededor de un proceso de construcción y ejecución de un proyecto estratégico de transformación, con tareas claras y concretas.

Este cambio de estructuras pasa por la profundización de la democracia participativa, protagónica, deliberativa en una nueva esfera pública, no por movimientos erráticos que tienden a anularla. Se trata de transferir el poder de conducción de los cinco motores hacia el poder popular organizado, de allí que sea el quinto motor y el debate sobre el PSUV los eslabones claves para articular los otros cuatro motores. Sin poder popular organizado, es decir, sin fuerzas sociales articuladas a una democracia de consejos, y sin una mediación partidista que rompa con los formatos del leninismo y del centralismo burocrático, transformándose en una herramienta de dirección política revolucionaria de las mutitudes, la ruta del socialismo puede recaer en una cibernética simple del control elitario de la revolución: una revolución desde arriba, desde una minoría selecta. Las leyes habilitantes deben tener contenido de multitudes, no de elaboraciones de gabinete, la reforma constitucional debe ser un hecho instituyente, abierto a los aportes de los movimientos sociales contra-hegemónicos y a la esfera pública democrática.

Moral y luces debe ser un esfuerzo de movilización de capacidades para dar un salto humanístico, científico y tecnológico a través de una “reforma intelectual y moral” de signo nacional-popular. La nueva geometría del poder debe responder a las demandas de de lo que se denominó inicialmente “descentralización desconcentrada” del poder; esto es, a un proyecto nacional que pueda conjugar la fuerza unitaria de la soberanía nacional, con una desconcentración poli-céntrica de poder territorial. Esto último implica romper con paradigmas de planificación centralizada, incorporando los ejes democráticos, estratégicos y desconcentrados en las actividades rutinarias de la planificación. Todo el poder popular organizado planifica, en pocas palabras. No solo las unidades superiores del gobierno.

De allí la importancia que adquiere el debate sobre la transición al socialismo. Se pretende realizar esta transición sin tomar en consideración las iniciativas de los movimientos sociales, sin catalizar los prerrequisitos del poder popular organizado, o se pretende acelerar este proceso por una vía cesarista-plesbicitaria, centrada en la popularidad del Presidente Chávez. Hasta ahora, el proyecto estratégico, sus contenidos, dirección e implementación se reservan a pequeños grupos de decisión que conforman la dirección revolucionaria real del proceso, que se inclinan a defender sus cuotas de poder e influencia, a coagularse en “nueva clase gobernante”.

Sin embargo, la actuación de una gran personalidad histórica, por más influencia moral y control político que tenga, es insuficiente para el cambio de estructuras económicas, políticas, jurídicas, militares, si no cuenta con el protagonismo de vectores de acción colectiva, con fuerzas políticas y sociales organizadas y unificadas alrededor de un proceso de construcción y ejecución de un proyecto estratégico de transformación, con tareas claras y concretas. El debate sobre la transición al socialismo es un eje transversal de los cinco motores y las siete líneas estratégicas, y el carácter democrático de la transformación socialista está a la orden del día.

La construcción de un poder popular organizado debe ser obra del pueblo mismo, junto con la construcción de ideas, valores, representaciones sobre un programa de transición al socialismo. ¿Qué desea el pueblo por socialismo, que demanda el pueblo por socialismo, que sueña el pueblo por socialismo es algo más que satisfacer necesidades estipuladas por una planificación centralizada convencional? Los pueblos no son simples masas o cifras estadísticas controladas verticalmente por élites que puedan cambiar el rumbo de los acontecimientos políticos. Los pueblos son las diversas manifestaciones de la auto-organización de los sectores populares, con su diversidad cultural inherente, con sus especificidades, con sus necesidades si, pero con sus aspiraciones y demandas. Los pueblos sienten, comprenden, reflexionan, elaboran interpretaciones y juicios sobre los cambios de estructuras que llamamos revoluciones, los pueblos desean ser protagonistas de estas revoluciones, no desean simplemente que los manden, quieren gobernar su propio destino, no que les gobiernen el destino. Allí se abre las compuertas a la democracia contra-hegemónica

El elitista revolucionario parte de la premisa de que los gobernantes revolucionarios sabrían mejor que el pueblo “mentalmente manipulado” lo que es bueno para él. Esto es un terrible error. Se pueden sacar dos ideas en claro de cualquier gobierno que tome esta línea argumentativa:

1) Que el pueblo es entendido como masas que no piensan por sí mismas a priori desde el momento en el que abran los periódicos o prendan el televisor.

2) Que tanto la propaganda privada como la gubernamental influirán sobre dichas masas en igual medida, con lo cual la política se convierte en una lucha por “saber manipular mejor”.

Lo primero anula cualquier posibilidad de descubrir en el pueblo el conocimiento de sus propios intereses y lo segundo, cualquier seguridad acerca de la representatividad de los políticos democráticamente electos.

En las actuales circunstancias, es conveniente revisar la actualidad de las premisas del poder constituyente y de la democracia contra-hegemónica: la auto-valorización de lo humano (el derecho común de ciudadanía para todos en toda la esferas civiles, políticas, económicas, sociales y culturales); como cooperación (el derecho a comunicarse, construir lenguajes y controlar redes de comunicación); y como poder político, es decir, como constitución de una sociedad en la cual la base del poder esté definida por la expresión de las necesidades y aspiraciones de todos. Como ha dicho Negri, esta es la organización del trabajador social y del trabajo inmaterial, una organización de poder político y productivo como unidad biopolítica manejada por la multitud, organizada por la multitud, dirigida por la multitud-la democracia absoluta en acción.

Derrumbar las concepciones burocrático-despóticas del imaginario socialista

Armando Reverón



Javier Biardeau R

El debate sobre el estado del arte del imaginario revolucionario durante la reforma constitucional dejo en claro la necesidad de una renovación radical de los marcos ético-culturales y epistemológicos del nuevo socialismo. Cualquier mensaje burocrático-despótico del socialismo es un lastre para la revolución. Sencillamente la hunde y la expone a eficaces ataques de la derecha. Hemos apostado por los enfoques contra-hegemónicos (diversidad de pensamientos críticos anticapitalistas) a partir de una lectura abierta de Gramsci, desde sus “Elementos de política”, para introducir un debate sobre la necesidad de una crítica radical a la división capitalista del trabajo, no solo en sus aspectos de dirección y dominación económica (explotación-enajenación del trabajo), sino en su función de mando político-cultural: separación entre gobernantes y gobernados, entre expertos y legos, entre dirigentes y dirigidos. En todo, caso, planteamos la oposición radical entre función de mando y democracia directa, entre heteronomía y autonomía radical, no solo en el campo de las relaciones sociales, sino en el propio terreno de la subjetividad.

Por tanto, sin democracia sustantiva no habrá nuevo socialismo. Sin pluralismo igualitario no habrá derrota posible de ningún pensamiento único. Nos asumimos sin complejos como corriente político-cultural en el movimiento nacional-popular, frente a la uniformidad y univocidad de quienes cuestionan al capitalismo como pensamiento único, parados sobre un terreno de ideas-fuerza mono-cultural y mono-lógico.

Sin descolonización del pensamiento revolucionario no habrá nuevo socialismo. Pluralismo socialista como expresión de la metódica de la unidad en la diversidad, no solo política e ideológica, sino ético-cultural y epistémica. Democracia radical como salida ante el impasse del liberalismo democrático y del marxismo-leninismo en cuestiones de democracia participativa, liberación, alteridad y justicia. Unidad anticapitalista, pero al mismo tiempo unidad antiburocrática- antidespótica en el socialismo. Así mismo, hemos planteados la centralidad de la ecopolítica socialista como horizonte de futuro, como paradigma transcomplejo.

No habrá nuevo socialismo sin ecopolítica. No una ecopolítica con estereotipos “comeflores”, sino comomutación existencial ante la realidad de la catástrofe civilizatoria “a cámara lenta” en la cual estamos en los tres registros: medio ambiente, relaciones sociales y subjetividad. Desde allí es posible la nueva economía política socialista, desde la ecopolítica, para impensar las ideas de riqueza, progreso, crecimiento, desarrollo, calidad de vida y necesidades/satisfactores como eslabones para nuevas alternativas histórico-culturales frente al mito moderno-occidental del desarrollo, la modernización y la tecnociencia. Nuevas racionalidades críticas del despotismo burocrático y de su racionalidad instrumental-estratégica.

Por tanto, nada de socialismos científicos desde matrices epistemológicas positivistas-funcionalistas-mecanicistas o evolucionistas unilineales. Con cientificismos no habrá nuevo socialismo. Tampoco desde los filosofemas modernos-coloniales de un occidentalismo, que sigue sin comprender la transformación intercultural de la filosofía, de los saberes, e incluso del diálogo ecuménico inter-religioso.

Sin inter-culturas no habrá nuevo socialismo. Desde estos horizontes y tantos otros que nacen desde las entrañas de la alteridad, la justicia y la liberación, planteamos la necesidad irrevocable del nuevo socialismo, porque el programa infinito del socialismo es derrotar los múltiples rostros de la opresión en el campo de las relaciones entre sociedad-naturaleza, relaciones sociales y subjetividad.

Sin pragmatismos, sin los mitos de las dos izquierdas, sin derechas endógenas, sin las invenciones del estalinismo-burocrático, sin idolatrías cesaristas ni incrustaciones micro-fascistas. Saludamos la construcción colectiva del PSUV y la construcción del bloque patriótico-socialista, sin electoralismos.

Con democracia protagónica, a partir de la construcción de los Consejos del Poder Popular y de las Comunas Socialistas como motores del proceso de transición, sin leguleyismos, despotismos, pragmatismos ni burocracias. Unidad en la diversidad, democracia participativa, presupuesto participativo, propiedad social-comunal y contraloría social. Hacia la construcción del nuevo socialismo. Mucha suerte para el PSUV.

Socialismo sin idolatría cesarista


Diego Rivera

Javier Biardeau R.

No hay nada más incongruente, desde el punto de vista de la democracia socialista, que la idolatría cesarista. Que no se confunda la crítica radical al mito-cesarista con un ataque al liderazgo político, personal o colectivo, reconocido por una base social y política de apoyo. No, se trata de otro fenómeno a cuestionar, de una modalidad conservadora de plantear la relación entre liderazgo y base de apoyo. Es conservadora por su apelación a la tesis del culto a los héroes, del arquetipo del líder que simboliza la potencia omnipotente del genio individual, que exalta sus presuntas cualidades infalibles, su voluntad indoblegable o su razón indiscutible como atributos excepcionales, por encima de la experiencia de lo común, de la voluntad colectiva.
La élite, el representante, el personalismo, son sustituciones de la voluntad popular. El horizonte socialista requiere de multitudes, de movimientos, de voluntades colectivas, de inteligencias sociales, de la superación de las viejas tesis sobre vanguardias y masas. En la izquierda histórica el elitismo revolucionario bolchevique dio lugar a trágicas experiencias de personalización del poder: Stalin, por ejemplo. El déspota revolucionario que sustituía finalmente a un partido de cuadros, que representaban la figura mítica de la dirección política. El culto a la personalidad y el vanguardismo son dispositivos de anulación del protagonismo popular y ambos son producto de culturas políticas con valores reaccionarios. Entramos en el terreno de la voluntad de dominio. Este es el mito-cesarista, la necesidad para una camarilla política de un mito de legitimación de su función de mando. Es allí donde las camarillas utilizan al mito-cesarista como revestimiento ideológico de un tipo de liderazgo carismático. Las camarillas obtienen a cambio prebendas de poder, obstaculizando así la formación éticopolítica, la autodeterminación de la multitud, el autogobierno popular. El sistema de movilización populista se ha convertido en ritual electoral, sin analizar que entramos en nuevos momentos del despliegue de las correlaciones de fuerzas y de los proyectos en conflicto. No es lo mismo el clivaje neoliberalismo/justicialismo, que el clivaje capitalismo/socialismo. El segundo requiere de nuevas capacidades éticoculturales. El socialismo como experiencia y tradición histórica requiere de revisiones, rectificaciones y reimpulsos. Agregaría otras "R". Renovación radical, por ejemplo. Sin una renovación radical del imaginario socialista no habrá posibilidad alguna de revisar, rectificar y reimpulsar la revolución. Hay que introducir novedades radicales en el socialismo como horizonte estratégico, y, entre ellas, sellar el vínculo entre revolución democrática y revolución socialista. La idolatría cesarista requiere de un pueblo convertido en votanteespectador, y no en protagonista efectivo de los cambios. La viabilidad del horizonte socialista está en la radicalización de la democracia, no en su restricción ni en la degeneración personalista del poder. ¿Y el nuevo socialismo? En vez de una iniciativa popular tendiente a la mayor distribución y diseminación del poder, el mito-cesarista terminó proyectando la imagen de una reforma que secuestraba la democracia y restringía derechos fundamentales. Conclusión: la dirección política revolucionaria no ha propuesto renovación alguna del discurso socialista. No logró plantear el pluralismo igualitario frente al pluralismo liberal, plantear la importancia de superar la tolerancia-indiferencia de las inmensas desigualdades de clase que reproduce el capitalismo, la indiferencia ante las inmensas discriminaciones sociales en el país. Frente al pluralismo liberal, que refuerza la tolerancia represiva, hay que impulsar el pluralismo igualitario, la diversidad en la igualdad, el tratamiento conjunto de la igualdad y la diferencia. Sin idolatrías cesaristas, con liderazgos, sí, pero sin mitos reaccionarios. Entonces, socialismo con pluralismo político y, sobre todo, con pluralismo igualitario. Son tiempos de encrucijadas: de renovación o de compulsión al fracaso.

martes, 12 de febrero de 2008

Socialismo radical-democrático: Más allá del mito de las dos izquierdas

Diego Rivera, Baile en Tehauntepec

Javier Biardeau R

La revolución democrática, socialista y descolonizadora anuncia un nuevo horizonte de luchas, frente a la debacle del mito de las dos izquierdas. Más allá del mito de las dos izquierdas se abre un extraordinario campo de creación y renovación intelectual, ético-cultural y político para imaginar y pensar a contracorriente de las falsas polarizaciones ideológicas construidas por las estrategias geopolíticas del “globalismo trilateral”. Estas estrategias, desde el auge de la contrarrevolución neoconservadora-neoliberal, han pretendido liquidar los valores-fuerza y las posibilidades de renovación del socialismo, como tránsito democratizador a sociedades post-capitalistas.


Sabemos como el mito de las dos izquierdas cumplió extraordinarios cometidos geopolíticos para desgarrar y dividir el campo nacional-popular en las historias. Pero el agotamiento de la Modernidad occidental y de la razón imperial, arrastra consigo todas sus mitologías, sus filosofemas y sus esquematismos ideológico-políticos. Hay un debate político-cultural ineludible ante la crisis de la modernidad occidental y de la razón imperial, por parte de diferentes tendencias que reclaman para sí, la identidad de socialistas. Ha muerto el mito de las dos izquierdas, y con esta muerte, quedan completamente desnudos los discursos de la Casa Blanca y del “globalismo trilateral” sobre la izquierda “buena” y la izquierda “mala”. La puerilidad de estas fronteras ideológicas es un índice del “transformismo” que Gramsci desenmascaró como política de liquidación de los vientos revolucionarios. “Buena” significa que no es obstáculo para la agenda política de Gran Potencia de Washington; “mala”, pues todo lo contrario.


El asunto vital de este trazado de fronteras es el buen comportamiento hacia el Amo y su Ley global. Lo demás, son pamplinadas. Del otro lado de la ecuación del mito de las dos izquierdas, tenemos la mentalidad y rituales del marxismo-leninismo. Su sobrevivencia puede comprenderse como ejemplar de la mentalización sectaria. Si algo ofrece el marxismo-leninismo son fórmulas verbales, certezas para no pensar y rituales para auto-engañarse, bajo la creencia generalizada de que por allí se construirá el nuevo socialismo. Todo esto, como lo hemos analizado extensamente, son simples inventos del estalinismo-burocrático y del imaginario jacobino tributario de la revolución bolchevique. El asunto crudo es que ni el reformismo que edulcora Washington, ni el despotismo-burocrático del estalinismo, constituyen alternativa post-capitalistas.


En este contexto, Giddens nos anuncia la liquidación del socialismo: hay que abandonarlo y sustituirlo por una izquierda liberal (¡su sinceridad conmueve!). Producto de los ecos ideológicos neo-coloniales, no será extraño escuchar voces que replican esta fraseología en nuestros territorios, disfrazando a los cuerpos-pasiones de derecha de aromas-mascaradas de izquierda. Esto no es nuevo, mucho menos en tiempos de simulacros mass-mediáticos y de tele-política. Pero el tránsito postcapitalista apunta hacia otros horizontes. Es desde el espacio de la multiplicidad de las revoluciones democráticas, descolonizadoras y socialistas donde se abren caminos de esperanza para las multitudes excluidas, negadas, discriminadas y manipuladas políticamente. Comienzan a articularse de manera orgánica las demandas de democracia radical y de transición post-capitalista. Atento a esta situación, Washington abre una ventana táctica manipulando el sintagma de la “democracia social”, posicionando el marketing político a su izquierda liberal. Pero el efecto performativo de este truco de baja monta es nulo, es simplemente ridículo. Su esquematismo es directamente proporcional a su puerilidad como recurso retórico para la propaganda política. De allí no saldrán sino farsas y simulaciones, disfraces ideológicos para épocas de carnaval político.


Desde otros lugares de enunciación, por ejemplo, el talante intelectual de Boaventura de Sousa Santos, se plantea el reto de imaginar al campo de las izquierdas anticapitalistas de cara al siglo XXI; repensarlas ante la caída de las metanarrativas de la modernidad-occidental. Obviamente, es mucho pedir que quienes se ocupen de los mundanos asuntos de revestir ideológicamente al decadente reformismo socialdemócrata venezolano (la adequidad) o a las falacias del estalinismo burocrático, se aproximen al fondo del problema: La izquierda moderna, la que el siglo XX delimitó como izquierda tiene su procedencia completamente articulada a la matriz euro-céntrica de la modernidad y a la razón imperial. Un socialismo libertario, radical-democrático, abierto a la descolonización, construye nuevos espacios de justicia, liberación y alteridad, más allá de los moldes de las revoluciones que colonizaron el imaginario de transformación en el siglo XX. Sin el tutelaje y la gubernamentalidad del “globalismo trilateral”. Construyendo democracias sustantivas, radicales, con justicia, liberación y alteridad, desde el pluralismo igualitario que acepta matices y diferencias, y no elude el antagonismo fundacional que inspira cualquier política socialista: la construcción de sociedades “más allá del capital”, de la modernidad occidental y de la razón imperial.