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martes, 8 de septiembre de 2009

¿SOCIALISMO-SIGLO XXI?: EL DEBATE COMIENZA A TOMAR FORMA

Javier Biardeau R.

Ya las aproximaciones preliminares, descriptivas y esquemáticas sobre la transición hacia el "Socialismo del siglo XXI", comienzan a tomar forma. Diversos posicionamientos comienzan a plantear observaciones, acuerdos y desacuerdos, ideas e incertidumbres, con sus puntos fuertes y débiles. Viejas certezas lucen derruidas, nuevas cajas de herramientas son apenas esbozos, no hay recetas, guiones ni manuales, se activa una matriz generativa de ideas desde multiples nodos intelectuales y políticos.

Es muy positivo el debate, asumido como polémica dialógica en el campo nacional-popular en América Latina y el Caribe, tan cargado de una variopinta muestra de recepciones político-culturales del ideario socialista, y en particular de las ideas marxianas y sus diversas codificaciones. Pero el asunto va por los lados del pluriverso socialista descolonizador, un campo mucho mas vasto de proyecciones.

Un debate que traspasa muros intelectuales, que coje calle, que se hace rumor y género de discurso-otro, que toma por asalto espacios mediaticos vedados, que se disemina entre las propias fuerzas armadas. Los factores de poder reconocen al nuevo fantasma, tratan de controlar sus perfiles con diversas estrategias. El Imperio activa la alarma, y despliega sus conocidas tacticas de contención. El socialismo del siglo XXI aparece como un nuevo fantasma que recorre el mundo. Oliver Stone difunde otra narrativa audiovisual, la oligarquia luce preocupada.

Desde el pensamiento comunero nuestro-americano articulado al ethos de las comunidades indígenas, cimarronas, incluyendo la inculturación del cristianismo liberador que incluye la seminal postura de indignación del Bartolomé las Casas ante la bestial conquista y colonización, empujando siempre el espiritu de la teología de la liberación, pasando por el utopismo socialista del siglo XIX, asimilando las primeras recepciones del anarquismo, el socialismo liberal y el marxismo de la II internacional, hasta llegar al debate que fecunda las corrientes radicales de la Revolución mexicana, hay un claro proceso de diálogo polémico sobre la posibilidad de las utopías concretas como corrientes históricas de nuestra América.

El impacto de la Revolución Rusa sobre el mundo, y específicamente sobre América Latina, con la bolchevización creciente de los sectores de izquierda radical, unos mas ortodoxos, otros mas heterodoxos, ilustrado en los pensamientos de Ponce, Recabarren y el joven Mella, así como en la construcción autónoma del lenguaje del “marxismo latinoamericano” (batiéndose en la encrucijada entre el Europeísmo y los populismos reformistas como el APRA) en la obra de José Carlos Mariátegui, significaron un cuadro de tendencias, los actores fuerzas y movimientos del tránsito en medio de la primera crisis de 1930.

Ya ahondadas las diferencias entre la II internacional y la III internacional, en medio de la terrible "primera guerra mundial", las proyecciones de este debate tendrán poderosos condicionamientos sobre el campo nacional-popular latinoamericano y caribeño, cuyas matrices político-culturales siguen atravesadas por las contradicciones de la dialéctica entre civilizaciones, culturas, naciones y clases sociales. La Guerra, la Revolución Rusa, el ascenso del fascismo, la consolidación del estalinismo y el estallido de la "segunda guerra mundial", conforman un cuadro de grandes dificultades para seguir la senda abierta por el marxismo heterodoxo, crítico y revolucionario de Mariátegui. Predomina la burda conversión de los partidos comunistas a apendices subordinados a las exigencias de la URSS estalinista.

En Venezuela, las disputas por la construcción de un “partido único de izquierdas” expresan la compleja dialéctica entre corrientes culturales y tendencias ideológicas para darle forma a un Proyecto Nacional que responsa a exigencias de democracia, soberanía y justicia social, en las cuales la conformación del PDN y del PRP son solo pequeñas muestras de lo que serán a la postre los partidos históricos del país: PCV, AD, URD y COPEI, para dar luego paso a tantas recomposiciones y divisiones de la izquierda política, que han marcado no solo herramientas teóricas o conceptuales, sino afectos y pasiones, encuentros y desencuentros, simpatias y antipatias.

No puede olvidarse el impacto que juega desde 1924 la reorganización de la estructura de mando en la URSS, el exilio y posterior asesinato de Trotsky, las disputas internas en el seno del PCUS hasta llegar a la hegemonía estalinista, tan cara a los movimientos populares de América Latina y el Caribe. El debate sobre el socialismo del siglo XX estuvo marcado hasta la entrada en escena de la Revolución china por los alineamientos y distanciamientos con los grandes debates del socialismo en el continente europeo entre 1920 y 1935.

La lucha entre la hegemonía estalinista y el emergente maoísmo tuvo sus expresiones en partidos comunistas latinoamericanos, cuya eclosión coincide con los antecedentes inmediatos de la Revolución Cubana, los sucesos de Yugoslavia, Hungria, y luego de la muete de Stalin, las políticas del XX congreso del PCUS en 1960. En América Latina y el Caribe, la hegemonía estalinista significó la diseminación teórica de la dogmatica del marxismo-leninismo en las versiones ya constituidas por Bujarin, Stalin y los funcionarios de la lucha contra cualquier marxismo heterodoxo, crítico y revolucionario (como Lukacs, Korsch, Luxemburgo, y posteriormente Gramsci), en la pluma de Deborin y tantos otros, así como la persecución de cualquier síntoma de trotskysmo.

Es la Revolución cubana, con la eclosión del movimiento nacional-popular antiimperialista del 26 de Julio quien crea un clima propicio para que diversas corrientes revolucionarias se articulen bajo nuevos parámetros de unidad, conservado sus perfiles diferenciados. Ya no es tiempo de los frentes populares, sino de las coordinadoras revolucionarias de masas, de la proyección del castrismo y del guevarismo, del mensaje a la Tricontinental de la incorporación del cura Camilo Torres a la lucha armada.

En Chile se ensaya las más inédita transición pacífica, electoral y democrática al socialismo bajo el liderazgo de Allende y, con la experiencia de gobierno de la UP, que será ahogada en sangre por el imperialismo y sus lacayos oligárquicos, siguiendo los pasos que desde 1964 inauguraron las Dictaduras de Seguridad Nacional en América Latina.

Sin embargo, en el trasfondo de la lucha política, el cuadro de fragmentación de tendencias ideológicas, las inculpaciones sobre retrocesos y derrotas, debilitó las fuerzas políticas revolucionarias y la unidad del campo nacional, popular, democrático. Comienza la larga noche de los Terrorismos de Estado, el reconocimiento y aprendizaje de los nucleos perdidos de la democracia política en el proyecto socialista, que tantas debilidades mostraba desde la propia liquidación de Lenin de las fracciones internas, de la consolidadción de una revolución sin democracia socialista. Se había perdido desde muy atrás el "hilo de ariadna" de la emancipación. El trabajo era arduo entonces y arduo ahora.

Por otra parte, las nomenclaturas políticas social-reformistas y conservadoras capitalizaron las fracturas, retrocesos y la descomposición ideológica de las izquierdas revolucionarias latinoamericanas. Desde 1935 hasta el golpe militar contra Allende el 11 de septiembre de 1973, el movimiento democratico, nacional, popular, revolucionario llevaba a cuestas el pesado morral del estalinismo. Con ese lastre era muy dificil luchar.

Y fueron las luchas populares, democráticas, antiimperialistas y revolucionarias centroamericanas en los años 80, el aliento de esperanza de una época de repliegue, de desencanto, de Terrorismo de Estado (abierto o encubierto contra la izquierda insurgente), con una extensión de reconversiones ideológicas, que pasaron por los peajes del eurocomunismo hasta aterrizar en los nichos ideológicos de la II internacional socialdemócrata. Los vientos de cambio de los 60, los sucesos de 1968 en la propia América Latina, hasta llegar al colapso de la URSS no solo significó rupturas de paradimas, de certezas y herramientas, sino que aceleró descentramientos, desafiliaciones y reconversiones.

Luego, de los aparentes aires revisionistas del eurocomunismo se pasó a la cooptación neoliberal y sus reformas del Estado, con sus cambios estructurales del modelo económico populista-redistributivo. La larga noche neoliberal significó para el campo nacional-popular, el paso a una latencia en los valores refugio ya milenarios, patrimonios que han acompañado la memoria de luchas y de esperanzas nacional-populares. Los movimientos sociales, de derechos humanos, estudiantiles, de mujeres e indígenas, a pesar y más allá de las nomenclaturas políticas de antaño, con sus resquemores, mezquindades y sectarismos, lograron labrar la multitud popular emergente de las luchas anti-neoliberales.

El estallido zapatista, el Caracazo, trunfos electorales en municipios y departamentos en toda América Latina, y luego las rebeliones militares bolivarianas reforzaron una corriente insurgente ante el descalabro de las izquierdas históricas, muchas derrotadas, otras divididas, otras buscando cargos y prebendas, a punta de delaciones burdas o académico-sutiles, bajo el mecenazgo de las clases dominantes.

Es allí donde los llamados giros a la izquierda, la significación del trabajo desplegado por el Foro de Sao Paulo desde antes, el reagrupamiento de tendencias y fuerzas en nuevas esperanzas de emancipación, da lugar a un nuevo terreno ideológico, político, social y cultural que es la plataforma de cualquier discusión sobre el “Socialismo-siglo XXI”. Y ha sido en el contexto de la "Revolución Bolivariana" impulsada por el gobierno del presidente Hugo Chávez Frías en Venezuela, que el término “Socialismo” cobro renovada actualidad, más allá de los eufemismos que circunnavegan con muestras de sutil repudio el imaginario socialista: post-capitalismo, tercera vía, centro radical, etc, y más allá de las evidentes debilidades, deficiencias y desvarios.

Mientras algunos abandonan cualquier narrativa de emancipación, de justicia, de liberación, en Venezuela la multitud popular que impulsó el proceso constituyente incorporando las demandas del nacionalismo democrático, revolucionario y antiimperialista en la agenda alternativa bolivariana. La radicalidad de la prefiguración del Socialismo del siglo XXI está justamente en el movimiento nacional-popular, radical-democrático y antiimperialista. Es allí donde está la fortaleza del llamado "proceso": abajo, adentro, en lo profundo del proceso constituyente.

La multitud se logra convertir en fuerza colectiva-material en tanto se articula necesidades, demandas y aspiraciones de sectores, grupos y clases subalternas, dominadas y excluidas, en pos de la superación de la globalización neoliberal capitalista. Desde allí comienza un nuevo ciclo de luchas, con nuevas composiciones sociales y de clase, que tratará ser revertido violentamente con el intento golpista del 11 de abril. Queda claro que cualquier alternativa al capitalismo neoliberal pasa no por los carriles de reformas sociales neo-desarrollistas, sino por una reinvención del socialismo.

Léase bien, reinvención de nuestro socialismo para Nuestra América nacional-popular profunda. Sin recaídas en calcos y copias, sin reminiscencias a las fracturas, desventuras y errores de la izquierda histórica revolucionaria latinoamericana. Es allí donde nace la posibilidad histórica del nuevo socialismo. No en los calcos y copias. Se trata de la conversión de la diversidad polifónica y policromática de la multitud en fuerza social y política, bajo diversas modalidades de mediación e interlocución. El reto del socialismo-siglo XXI es un reto de memoria, esperanza, utopía, pero a la vez de eficacia política, social, económica y militar. El debate comienza a tomar fuerza en medio de la ofensiva oligárquico-imperial. No es casual, ellos leen "división". Nostros debemos leer "encuentro y madurez en las diferencias".

Es tiempo de redes, de coordinaciones, de autoorganizaciones, de circulos y colectivos articulados a plataformas unitarias, de agenciamientos mucho más ricos y fecundos, incluso es tiempo de repensar la concepción del "frente único revolucionario" de Mariategui. El Amauta de Nuestra América sabía porque lo hacia. Había que enfrentar una nueva y mucho más agresiva ofensiva de la reacción.

¿Aprenderemos la lección de cara al 2010?

domingo, 7 de septiembre de 2008

RESPUESTA DE MARGARITA LOPEZ


Por Javier Biardeau R


Sobre mis declaraciones a El Universal el pasado 26 de agosto y en respuesta a los comentarios de Javier Biardeau
Margarita López Maya
Septiembre 4
Estuve fuera de Caracas la semana pasada y esta semana estuvo bastante complicada, por lo que este comentario sale un poco tarde. Pero fue ahora que leí ambos textos.
Contrariando una decisión que había tomado hace algún tiempo, di esas declaraciones a El Universal por teléfono y no recuerdo ahora, si me dijeron que era una entrevista formal, como parece haber salido, o una consulta dentro de otras varias, que fue lo que creí. No acostumbro a dar entrevistas formales por teléfono. Pero asumo la irresponsabilidad que cometí. Se por experiencia que una cosa es tener el periodista enfrente y otra oír unas preguntas por el teléfono y reaccionar. Y entre tantas cosas que tenía antes del viaje que hice la verdad pude no entender bien el carácter de la entrevista.
Identifico como mías palabras y ciertas argumentaciones en la entrevista, pero encuentro el contexto desfigurado. Como si el que lo escuchó tuviese otros parámetros de referencia. Aún así lo asumiré como está, porque cometí un descuido.
Pienso que Javier plantea algunas cuestiones que me parecen interesantes. Empezaré por los contenidos de las leyes recogidas en la Habilitante. Javier argumenta que como este es un proceso de cambios revolucionarios hay un poder constituyente en acción y que el hecho de que se haya reprobado la reforma no significa que se tenga que esperar hasta un nuevo período constitucional para pasar las propuestas que estaban en ella, siempre que ellas no contravengan la Constitución de 1999. Yo planteo allí dudas. Considero que en dos oportunidades se ha convocado y pronunciado el soberano sobre la dirección del proceso de cambios a través de referendo popular: tanto cuando se aprobó la Constitución de 1999 como cuando se reprobaron las propuestas de reformarla según los contenidos del Presidente y de la AN. Pienso que más legítimo que esos dos procesos es difícil conseguir. Por ello siento inclinación por una interpretación que sostenga que no es legítima ni legal impulsar estos contenidos rechazados en el referendo de 2007. Y sí, incluyo allí la disminución de la jornada laboral y otros contenidos progresistas que pudieran o no ser afines a la CRBV. Creo que el chavismo apostó a un tipo de transición al socialismo –y puso unas carnadas- y perdió; ahora debiera respetar las reglas y no volver a presentar la misma orientación y contenidos específicos de nuevo, ni siquiera las carnadas. La Constitución no lo permite. Pero, y no creo que sea prurito liberal, estoy abierta a un debate tanto en términos político sociales de legitimidad, como jurídicos de legalidad. Me parece que Chávez y quienes más de cerca lo siguen, siguen sin comprender bien el mensaje enviado por los venezolanos en diciembre de 2007 de que no desean que se les imponga un socialismo a juro. Pienso que los errores políticos deben asumirse so pena de tener que pagarlos aún más caros más adelante.
Cuando me referí a que las revoluciones se imponen, no era mi pretensión, ni mucho menos, hacer una reflexión teórica sobre ello. Lo hice en el marco de una pregunta que se me formuló sobre por qué Chávez o el chavismo actúan por encima de las instituciones. Yo buscaba una explicación al comportamiento tan autoritario del Presidente y ese grupo que le rodea. Y creo que no hay mucha desavenencia allí con Javier, porque me parece que algunos de los izquierdistas o seudo izquierdistas que se encuentran rodeando al Presidente, siguen metidos en la anacrónica lógica revolucionaria de cierta izquierda venezolana, y mundial, que sigue considerando la democracia política –liberal- algo despreciable por pequeño burgués. Que la democracia es sólo igualdad y justicia social y siguen pensando que hay que imponer lo que desean las mayorías, entendiendo por ello lo que ellos bien entiendan. Eso que llama Javier el jacobinismo. Yo lo llamo lógica revolucionaria de la más tradicional. Concuerdo también que a esto se agrega la lógica autoritaria de los militares, que hasta le fecha y con escasas excepciones han demostrado poco entender eso que se llama democracia “participativa”. Como Javier es sociólogo y yo historiadora pienso que respondemos inicialmente desde sitios distintos. Reconozco que teóricamente una revolución puede ser democrática; de hecho pienso que en algunos procesos que hoy acontecen –como la elección en Bolivia de Evo Morales y algunos procesos que se han dado en nuestro país- dejan ver procesos revolucionarios y democráticos al mismo tiempo. Pero como historiadora creo que ha prevalecido, por lo menos hasta el siglo XX, la violencia y la imposición cuando se hacen las revoluciones y es mejor que se tenga eso bien presente.
Eso me lleva quizás a reflexionar sobre otro aspecto que está de alguna manera implícito en este diálogo. ¿Estamos ante una revolución? ¿Estuvimos en algún momento de este proceso en una revolución? ¿Marchamos hacia algún socialismo? En verdad estas preguntas son ineludibles a la altura en la que nos encontramos. Pienso que desde el 2004, pero más claramente desde después de la reelección del Presidente de 2006, las fuerzas que se oponen a un cambio que promueva una democratización profunda en Venezuela han ganado bastante terreno dentro del chavismo. Sigue el combate y seguirá quizás por algún tiempo. Pero no me parece claro, y en esto puede ser que coincida con Javier, que esa propuesta de reforma constitucional y estas leyes de la Habilitante tengan que ver con la democracia participativa y protagónica que fue la aspiración de muchos de quienes apoyamos el proceso bolivariano como un proceso de una democracia sustantiva. Y tampoco sirven a una revolución democrática. Me inclino por pensar que el proceso está agonizando para darle paso a un proyecto nacionalista de democracia política restringida y más que socialista, estatista. Pero esta discusión sí es compleja y larga. Pienso que todavía hay bastante gente que sigue apostando a enderezar estos entuertos que cada día que pasa parecen más complicados. Como siempre, ante un vaso a medio llenar hay quien lo ve “medio vacío” y quien lo ve “medio lleno”.
ENTREVISTA ORIGINAL:
Entrevista Margarita López Maya, profesora universitaria
"La Constitución es infuncional para cambios que quiere Chávez"
"Quieren hacer pasar leyes muy medulares para la transformación del país sin que el país participe"

SARA CAROLINA DÍAZ
EL UNIVERSAL

"Las revoluciones no son democráticas sino que se imponen", es la premisa de la que se vale la profesora universitaria, especialista en ciencias sociales y estudiosa del proceso bolivariano, Margarita López Maya, para explicar la insistencia del presidente Hugo Chávez en aplicar a través de las leyes habilitantes una propuesta reforma constitucional derrotada en referendo en diciembre pasado.
La falta de consulta de esas 26 leyes, dice, quiebra el principio de democracia protagónica en la que se ha basado el proceso revolucionario en los últimos años.
-¿Qué incidencia tiene en la sociedad la promulgación de las 26 leyes habilitantes por parte del Presidente?
-Todo es muy parecido a la situación de 2001. Me parece que se hizo una escasa consulta a la sociedad en general, organizada o no organizada, y eso es muy contradictorio con la Ley de Democracia Participativa. En cuanto al contenido, aunque no he leído con detenimiento las leyes puedo decir, por ejemplo, que no debería cambiarse el nombre de la Fuerza Armada (a Bolivariana) porque es contradictorio que la Constitución diga una cosa y la ley otra cosa. Habría que ver cuántos de esos cambios estaban en la reforma rechazada. Si la Constitución tuvo 69 ar- tículos que fueron rechazados, considero que el contenido de esos artículos no debería salir a través de estas leyes.
-¿Aun cuando no contradigan a la Constitución?
-Claro. El Gobierno podría hacer pasar leyes, pero, aunque no sean contradictorias con la Constitución, algunos de esos contenidos fueron rechazados en el referendo de diciembre y por ese lado los juristas y constitucionalistas deberían analizar la legalidad de esas leyes. Eso es materia de interpretación legal por parte del TSJ. El problema es que al igual que en 2001 hay cambios muy profundos que no fueron consultados. Quieren hacer pasar leyes muy medulares para la transformación del país sin que el país participe en ellas. Eso no sólo contraviene el principio de la democracia participativa y protagónica que es lo que le da legitimidad al proyecto bolivariano.
-¿A qué cree que se debe la insistencia del Presidente en esa manera de legislar, cuando le dan el poder para ello, y de gobernar?
-Hay una situación contradictoria porque a veces el Presidente utiliza la lógica institucional y dice que haremos los cambios a través de los procedimientos democráticos, y otras veces se contraviene esa lógica y se utiliza una lógica revolucionaria y si una ley o institución no me favorece y hace peso contra lo que yo quiero hacer entonces digo eso es contrarrevolucionario y como yo soy revolucionario paso por encima de las leyes.
-Pero se supone que se está llevando a cabo una revolución democrática&
-Se pasa por encima de las leyes porque las revoluciones no son democráticas. Las revoluciones se imponen. Creo que hay un cruce de la lógica democrática con la revolucionaria. Hay una contradicción. En ciertas situaciones el Presidente y las alianzas sienten que no tienen necesidad de respetar las leyes y la Constitución. Es más, están dando muchas señales de que ellos sobrepasaron la Constitución de 1999 y no la consideran suficientemente legítima para sus propósitos de cambio social, o digamos no suficientemente funcional para sus propósitos revolucionarios.
-¿Qué tipo de socialismo se pretende construir con estas leyes? Porque todo apunta al mismo del siglo XX.
-Con las leyes se trata de imponer un socialismo a juro, un socialismo que no formaba parte de su proyecto inicial. Ahora claramente se está tratando de construir un socialismo que por no ser consultado, por no se participativo, no es democrático y se están cometiendo los mismos errores del socialismo del siglo XX.
-¿Cómo cuáles?
-Como un estatismo exagerado en la economía que ya demostró que fracasó en los países del bloque soviético, y en lo político un autoritarismo de subordinación de todos los poderes públicos al Presidente, además de un Estado muy centralizado, que también vimos que fracasó en el siglo XX y que además es autoritario.
-¿Entonces por qué se insiste en ello?
-Pareciera que (el Gobierno) no tiene suficientes ideas creativas y está muy apurado. Aquí ha habido propuestas creativas pero el apresuramiento, la lógica revolucionaria y la lógica del operativo militar, de que todo tiene que ser resuelto de hoy para mañana, no permite que las cosas maduren o se perfeccionen. Por ejemplo en el área de la economía no han tenido ideas, salvo la reforma petrolera, y lo que han dado es puro palo de ciego, 10 años en eso y terminan suponiendo que lo más fácil es copiarse las ideas de afuera y decir que aquí sí va a resultar. Esa no es una situación nueva en Venezuela porque Carlos Andrés Pérez implementó aquel capitalismo de Estado en los 70 que ya estaba fracasado. Pero como nosotros somos los chéveres se le metió el acelerador a un modelo que ya había demostrado que tenía fallas estructurales.Como somos un país petrolero las élites se montan fantasías y piensan que somos capaces de cualquier cosa. Como dice Fernando Coronil aquí cada élite que llega cree que son magos que transformarán a la sociedad de un día para otro y así seguimos estrellándonos y estrellándonos.
-¿Este apresuramiento tiene que ver con la posible salida del poder de Chávez en 2013?
-El Presidente va a querer pasar la enmienda constitucional y eso está clarito. La gente tiene que está muy consciente de que en estas elecciones de noviembre eso también esta en juego, porque si gana con un triunfo arrollador, la enmienda va el primer semestre del año que viene. Y si no es tan arrollador, también lo hará, pero lo medirá mejor.
-Parece imposible el surgimiento de otro líder en el chavismo...
-El bolivarianismo no tiene otro líder que pueda hacer las cosas que hace Chávez y eso es un círculo vicioso, porque Chávez ha demostrado capacidad de unificar movimientos y partidos con muchas tensiones y diferencias entre sí que sólo reconocen un líder que es el mismo Chávez y él mismo funciona como mediador. Y en la medida que ha ido avanzado se ha hecho cada vez más imprescindible. Hay tendencias muy débiles a crear liderazgos de relevo, y es como decía Chávez, primero se hizo imprescindible y después es una rémora para crear el liderazgo de relevo porque el mismo Presidente obstaculiza el relevo y la posibilidad de que esos problemas (de liderazgo emergente) se solucionen. Es una lógica perversa. Si se olvidara de quedarse en el poder y se dedicara a crear el liderazgo de relevo pues no habría problema. Al menos se ha hecho un esfuerzo de dirección, una dirección colectiva, pero es muy difícil porque el Presidente tiene mucha tendencia a centralizar, concentrar poder y destruir cualquier liderazgo alternativo como lo hizo también Rómulo Betancourt y Rafael Caldera. Es una tendencia que se ve mucho en Venezuela.
-Para las elecciones de noviembre ese liderazgo emergente del chavismo se ve con poca autonomía...
-Es muy cauteloso, porque cualquier movida que hagan Chávez los destruye y esos que están en cuadros medios y gobiernos locales y regionales se mantienen de bajo perfil porque saben que pueden sobrevivir a Chávez, pero tienen que tener cuidado porque si llaman mucho la atención lo más seguro es que caigan.
-¿Y la oposición?
-Veo muy débil a la oposición, incapaz de crear el liderazgo alternativo. No entiendo cómo se puede seguir insistiendo con liderazgos que cometieron un golpe de Estado y participaron en un paro petrolero y ahora se presentan para las candidaturas para las regionales. Se niegan a dar paso a caras descontamidas del proceso de polarización. Esa izquierda tradicional sigue sin poder articular un liderazgo creíble para el país. En el chavismo también hay mucho ruido y mucha tensión. Es un problema de los dos polos y quizás hace falta tiempo. Aún no hemos pasado la etapa de la perplejidad.

jueves, 1 de mayo de 2008

LA HERENCIA DEL 68: HACIA UNA NUEVA PLURALIDAD SOCIALISTA REVOLUCIONARIA

Javier Biardeau R.

Como lo ha denominado Wallerstein, Mayo de 1968 ha quedado planteado como el “gran ensayo” revolucionario que cierra el ciclo de luchas socialistas del siglo XX, como generador de ideas que se proyectan más sobre el siglo XXI que hacia el siglo XIX y XX.
Wallerstein plantea que la Revolución bolchevique de 1917 abandonó la democracia consejista y constituyó un capitalismo de Estado, consolidado durante la tiranía de Stalin, que entró poco a poco, en la lógica del sistema capitalista mundial, dando una batalla bajo una racionalidad análoga a la lógica de la dominación del capital y perdió. Así mismo, las revoluciones anticolonialistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron antisistema durante la guerra de liberación pero instalados los nuevos regímenes políticos entraron en los moldes de la guerra fría, primero, y de la reestructuración capitalista global, después.
Como ha dicho Negri, los movimientos de liberación nacional no han encontrado nada mejor que el regalo envenenado del Estatismo autoritario, como también lo ha denominado Poulantzas. La vieja izquierda estalinista, socialdemócrata y tercermundista se han convertido en callejones sin salida. Por tanto hay que romper estos diques de contención de las multitudes revolucionarias.
El siglo XXI comienza en 1968. Aquella revuelta estudiantil y obrera, que conmovió al gobierno de Charles De Gaulle, que sacudió las inercias ideológicas que envolvía a la civilización capitalista durante la Guerra Fría, planteó interrogantes y problemas que todavía hoy no tienen respuestas definitivas. Lo que si ha quedado claro desde entonces, es que el mito de las dos izquierdas: la socialdemócrata-reformista y la estalinista han sido firmemente enterrado.
Ha surgido un plural campo de izquierdas revolucionarias, para nuevos espacios contra-hegemónicos de justicia, libertad y liberación. Como ha sido reconocido en la obra de Simón Weil: de luchas contra las diversas figuras de la opresión. Y este campo plural de izquierdas revolucionarias todavía hoy, combate en dos frentes: contra el capitalismo global en su momentum de “globalismo trilateral”, y contra las inercias de las viejas izquierdas: contra el callejón estalinista-autoritario y socialdemócrata-reformista.
En esto consiste el difícil parto de la pluralidad socialista revolucionaria como herencia del 68, de su horizonte teórico, programático y organizativo, su carácter de “unidad no totalitaria en la diversidad”, de “movimiento de movimientos” global y poli-céntrico, del reconocimiento de las singularidades revolucionarias. Los jóvenes, que impactados por los movimientos anti-imperialistas de liberación en el Tercer Mundo, especialmente Viet Nam (ofensiva Tet), iniciaron en Nanterre un movimiento ignorando que había desencadenado una revuelta que dejaría una huella muy honda en la sociedad contemporánea.
Sin embargo, el movimiento expresa en su desorden creador, que no hay un único centro de referencia ideológica como herencia del Mayo Francés. Este simple dato genera una discontinuidad con relación al monolitismo ideológico del campo de la vieja izquierda: situacionistas, trotskystas, maoístas, teóricos críticos como Herbert Marcuse, como Castoriadis o existencialistas como Jean Paul Sartre, las intervenciones posteriores de Foucault, Deleuze, Guattari, el clima político y contracultural de la nueva izquierda norteamericana, o el autonomismo italiano, todos estos nodos intelectuales de un nuevo imaginario crítico, plantearon cuestiones novedosas que no se encontraban en el Diamat-Hismat soviético, en ninguna ortodoxia marxista ni en los criterios reformistas de la socialdemocracia.
Impulsaron la necesidad de una nueva alianza entre las clases subalternas con la inteligencia crítica que abría un boquete de contestación en la vida universitaria, dejando de lado los "clasismos" abstractos. Se rechazó como deshumanizadora a la tecnocracia y a la racionalidad instrumental, abjurándose de las burocracias de todo tipo. Fue proclamada la libertad de amar, la liberación del cuerpo y la palabra, dejando de lado prejuicios anacrónicos, se planteo abiertamente una mutación existencial de las costumbres y de la vida cotidiana, detonó con mayor fuerza la liberación femenina, se hizo indispensable la ecología radical y la defensa del ambiente, la desalienación generalizada era precondición para una revolución anticapitalista, anti-estatista y autogestionaria, donde las palabras autonomía y democracia abandonaron sus adscripciones a las formaciones ideológicas del bloque hegemónico.
Sostiene Wallerstein que los hitos revolucionarios del siglo XX no deben medirse por la Revolución bolchevique de 1917 ni los procesos de descolonización. Por el contrario, las revoluciones alumbradoras de lo nuevo fueron la de París en 1848 (primera Comuna) y la de 1968. La del 48 significó el triunfo de la burguesía republicana consolidando la revolución de 1830 y permitió el surgimiento del "cuarto estado" (el proletariado). La de 1968 fue el prolegómeno de lo porvenir que se vivirá en el siglo XXI.

martes, 18 de marzo de 2008

EL FANTASMA DEL ANTIPODER

Picasso, fragmento del Guernica

Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

"Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del antipoder. Todas las fuerzas de la vieja civilización se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa, Bush, los radicales, socialdemócratas, fascistas, nacionalistas burgueses y los polizontes de todas las nacionalidades". Anónimo

Cuando Chávez plantea que hay una corriente que pretende sembrar divisiones en las fuerzas populares y la ubica en los “anarquistas”, en los defensores del “antipoder”, me viene a la memoria toda la ceguera histórica para comprender en toda su complejidad al campo popular-subalterno. Obviamente, hay pocos ácratas serios en su entorno inmediato, muchos menos en la dirección del PSUV, donde abundan otros pelajes ideológicos y económicos, más próximos a las intimidades del Capital (léase derecha endógena, boli-burguesía, “burguesía nacionalista” y capital bancario, un extraño coctel con olor a whisky 24, mezclado con cubas libres. ¡Mezclar licores de alto octanaje no es un buen consejo!). El metabolismo del capital está muy cerca de determinadas esferas del alto gobierno, que en dos meses le otorga una amnistia a la derecha golpista del 11 de abril, y en este corto período, descalifica una manifestación sin carácter masivo alguno, de un pequeño grupo que gritaba: “no queremos que nos gobiernen, queremos gobernar”. No hablemos de las superganancias del capital especulativo, bancario, comercial, inmobiliario y paraestatal. A nosotros nos quieren convencer con pdvales y pdvalitos: ¡no jodan!

De la polarización de una retórica ultra-izquierdista del año 2007 pasamos a la pragmática eficiencia y las jefaturas de corte militar, un estilo cómodo para los dueños del capital, preocupados por las rentabilidades en “paz, orden y trabajo”. Que el pueblo desee gobernar, esto es demasiado. Este es un grito que nos retrotrae a aquellas barricadas parisinas de 1848, donde todavía no aparecía una jefatura, un mando centralizado y concentrado, aquel que previera luego Trotsky en la “degeneración burocrática” del poder obrero-campesino, y el famoso “centralismo burocrático”. Mientras nos enfocamos en combatir las maniobras del imperio (lo que hay que hacer, por cierto), observo con desparpajo la abusiva represión contra los obreros de SIDOR, una verdadera lección de gobernabilidad burguesa. Comprendo a ese grupo de “infiltrados”, “anarquistas”, “indisciplinados” y “divisionistas” como aquellos seres infames que merecen etiquetas, rótulos, estigmas. Por supuesto, han sido conquistados inconcientemente por los planes de la CIA. A lo mejor hasta un chip electrónico de direccionamiento ideológico, les han inoculado; una suerte de “mk-ultra” para chapistas descontentos. Pero esta versión me parece falaz, de cabo a rabo. Los tiros van por otro lado. Hay razones para rebelarse, hay malestar, desconcierto y deriva en la dirección revolucionaria, en Chávez. Todo esto no se resume a simples actos de indisciplina. Hay que excavar más en profundidad, con menos prejuicios, con más inteligencia general.

El asunto es claro, preciso, breve: Hay que rectificar, pero ¿hacia donde? Luego de despilfarrar un capital electoral de 63% en dic-2006 y pasar al patético cuadro del 32 % en feb-2008, es ostensible la crisis de direccionalidad revolucionaria. ¿Que ha crecido? ¿La oposición? No, el cansancio político. Se han quebrado los alineamientos automáticos. Crecerá sin duda, la abstención. Algo está pasando en los cimientos políticos del país. Escucho el grito de rebeldía frente a la indiferencia oficial a conmemorar la masacre del 27 de febrero de 1999. Palabras más, palabras menos: “maldito sea el soldado que vuelva sus armas contra el pueblo” decía Simón Bolívar. Todo esto me recordó a Holloway, y sus argumentos para “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Atilio Borón ha replicado: fantasías, fanfarronadas del anarquismo.

Tal vez el problema no sea el poder, sino la lógica de la dominación como huella matricial. Pero lo lamentable es que aquí se desconozca el debate de fondo. Nos quedamos en la epidermis del asunto. A pesar del principio de rendimiento denunciado por Marcuse, sigo insistiendo en la quimera, no del antipoder (Farruco dixit), sino la de la complejidad, algo que asume R. Lanz en diversos espacios. Cuando Chávez llama al antipoder un “limbo sin definiciones”, me parece clave la escasa capacidad para generar distinciones desde una inteligencia general. Existe un tejido interdependiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, las partes entre ellas; para pensar no desde lo disjunto, desde la racionalización paranoica, sino desde otras operaciones lógicas maestras: inclusión, distinción, conjunción, implicación. Rectificar implica una “inteligencia general”, referirse a lo multidimensional, lo complejo, el contexto y lo global (Morin dixit). Hay que romper paradigmas. J. V. Rangel calificaba en febrero de 2007 a Chávez de ser el antipoder. Un año después, Chávez descalificaba al antipoder de ser infiltrados de la CIA. Chávez caligrafía mentalmente el leninismo y el centralismo democrático: “Quizás yo por mi formación militar, hecho y pensado para la guerra… uno está en una guerra, uno esta acostumbrado a que tiene que haber un plan, tiene que haber una jefatura, tiene que haber un liderazgo, pues, tiene que haber una disciplina que no tiene que ser militar, por supuesto, para nada, pero disciplina revolucionaria, disciplina, y cuadros revolucionarios, reconocimiento a un liderazgo revolucionario, a un programa revolucionario y la autocrítica revolucionaria”. Bien, 20 puntos en leninismo, pero el problema es que el examen no lo está haciendo un comité central de un Partido leninista en un remoto lugar (¿o si?), sino el pueblo venezolano. Ojalá no se cometan los errores de caligrafiar a Kronsdat, Hungria, Polonia, Checoslovaquia… para no hablar de las decisiones de Stalin en la República española Esto explica que caigan estatuas, que los jóvenes vean con entusiamo “Good Bye Lenin” o “La vida de los otros”. Recordemos a Fromm, a Schaff, a Petrovic y a tantos otros: un socialismo sin libertad, sin escala humana, sin democracia participativa, será un fracaso. Como para tomar nota, y sobre todo, rectificar.

viernes, 7 de marzo de 2008

DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA ES MANDAR OBEDECIENDO AL PUEBLO



Javier Biardeau R.

Se habla mucho de revolución bolivariana, de rumbo al socialismo, de estado comunal pero en la práctica, en las actuaciones, en el hacer, poco se ha avanzado en la transformación sustantiva del Estado Venezolano, para realizar efectivamente los contenidos democráticos, sociales, del estado de derecho y de justicia. Todavía está en deuda la concepción ideológica dominante de la Asamblea Constituyente de 1999, tributaria en gran medida de la socialdemocracia, pero que avanzo en el rumbo de la democracia participativa y protagónica. No se ha avanzado radicalmente en esta nueva concepción del Estado prestacional, democrático, de derecho y de justicia, una suerte de estado social-participativo y se plantea la tesis del Estado socialista.
Pero, ¿Cuál estado socialista? ¿Será posible avanzar hacia un estado socialista como prefiguraba el proyecto de reforma constitucional en el año 2007, sin debatir sobre que se entiende por estado socialista? ¿Será posible avanzar y profundizar la democracia participativa y protagónica, ahora adjetivada como democracia revolucionaria? ¿Como se redefine el horizonte socialista con la centralidad del protagonismo popular y la participación democratica?

La tradición socialista revolucionaria ha planteado que la liberación de los grupos, sectores y clases explotados y oprimidos es imposible sin la supresión del aparato del poder de Estado creado por las clases dominantes. El “carácter de clase” del Estado está vinculado de cabo a rabo con la función de mando de las clases explotadoras en las funciones económico-productivas.
Existe una coherencia profunda entre los modelos de mando autoritario del Estado Burgués con los modelos de mando autoritario de las unidades económicas o lugares donde se establece la cooperación social y técnica del trabajo social. La llamada organización técnica de la división social del trabajo encubre relaciones de dominación-mando capitalistas, su jerarquía, su disciplina, su cultura, sus normas, etc. No es casual, que en Marx, la burocracia haya sido sometida a críticas demoledoras, al generar “órganos” que presumen que están por encima de la sociedad y que no están sometidas ni al servicio de ella.
En palabras sencillas, el Estado se eleva sobre la sociedad, creado una máquina de despotismo político-administrativo sobre las clases subalternas. Allí se enquistan caudillos y jefes, que en vez de ser funcionarios servidores, se convierten en funcionarios-déspotas. La administración pública pasa a ser una pirámide de funcionarios-déspotas hasta llegar al gran déspota del ejecutivo todopoderoso. Algo muy distinto a una República democrática.

El socialismo democratico revolucionario siempre ha planteado ante este problema, tanto la extinción del Estado como su supresión. Imaginar y pensar más allá de la forma-estado es una tarea revolucionaria, para no recaer en la Estadolatria (Gramsci) ni en el Estatismo Autoritario (Poulantzas) Se trata de no confundir el transito hacia el socialismo, con el Capitalismo de Estado ni con el Socialismo burocrático-autoritario. Más importante que el Estado, es la formación de asociaciones intermedias de las clases subalternas, organizaciones y consejos de lucha social, política y cultural, con grados de autonomía variables, que trastocan la forma-.estado capitalista, democratizando y desmantelando al mismo tiempo, a la pesada maquinaria de mando político capitalista.
Marx planteó claramente la destrucción del Estado capitalista como "excrecencia parasitaria" de la sociedad, y en ningún lugar justificó la estadolatria. Para el pensamiento crítico socialista es imposible evadir el debate sobre “las formas políticas" del poder revolucionario. Ni la II Internacional Socialdemócrata ni el estalinismo burocrático, la primera por su aceptación a-critica de las formas burguesas del Estado democrático parlamentario, y el segundo por la construcción de formas estatistas-autoritarias de transición al socialismo, pueden ser modelos a ser copiados como esquemas de transición al nuevo socialismo.
Hay que construir salidas al impasse entre el estado socialdemócrata y el estatismo autoritario del estalinismo, a través de una nueva institucionalidad democrática, participativa y protagónica, con pleno control social desde abajo hacia arriba. Para esto, hay que ir más allá de Marx, pero sin desconocer a Marx en sus contribuciones en lo que se refiere a la valorización de la República Democrática como forma de estado indispensable para pensar el socialismo. De allí que para Marx, democracia revolucionaria implique mucho más que democracia representativa, es un más allá de la democracia representativa, pero al mismo tiempo, sin asumir la sustancia de la democracia es imposible imaginar y pensar un socialismo superador de la función de mando despótica del capitalismo.
Como ha planteado Adam Schaff, Lenin se equivoca al desvincular el proceso revolucionario de transformación del Estado del fortalecimiento de la “República Democrática”. La República Democrática no es solo "el camino más corto que conduce a la dictadura del proletariado", sino que es el antídoto indispensable contra cualquier forma de estatismo autoritario. La tragedia de la revolución bolchevique y su saldo negativo con el tristemente celebre destino estalinista, fue su negativa a valorizar a las formas políticas de la República Democrática.
La vía bolchevique al socialismo todavía hoy, no supera las advertencias de Rosa Luxemburgo sobre el autoritarismo del leninismo. El llamado “Estado burgués sin burguesía” que se mencionaba en los documentos bolcheviques, va a convertirse en el mantillo sobre el que se expanden los peligros profesionales del poder y a cuyo abrigo se desarrolla una nueva forma de excrecencia burocrática parasitaria de la sociedad. Todos sabemos, lo que significa excrecencia: una protuberancia que altera la textura y superficie natural de los cuerpos vivos. Con esta metáfora, la clave está en comprender que para Marx, toda forma-Estado es una malformación de la sociedad, una deformación del horizonte de la comunidad de hombres y mujeres libres, que es la meta de la utopía concreta. Para Marx incluso, el Estado es solo necesario para despachar funciones administrativas, pero no para reforzar sistemas de dominación y desigualdad social. Nada de Estadolatrias. Más bien, una nueva imaginación y pensamiento sobre la gestión colectiva de los asuntos públicos. Tales fórmulas recuerdan ciertas páginas en las que Engels sugiere que la extinción del Estado significará una simple "administración de las cosas", dicho de otra forma, una simple tecnología de gestión de lo social, donde la abundancia postulada dispensaría de establecer prioridades, de debatir opciones, de hacer vivir la política como espacio de la pluralidad. Sin embargo, esto es una ilusión. La "administración de las cosas" es un asunto político-cultural que depende de opciones humanas, de deliberaciones, de conflictos y acuerdos.

Como ocurre a menudo, tal utopía libertaria de la simple "administración de las cosas" degeneró en una utopía despótica de gobernabilidad sobre los seres humanos. Un "Estado proletario", concebido como un "cártel del pueblo entero", puede fácilmente conducir a la confusión totalitaria de la clase, del partido, y del Estado, y a la idea de que, en este cartel del pueblo entero, los trabajadores no tendrían ya que hacer huelgas, puesto que sería hacer huelga contra si mismos, y la propiedad social se confundiría con la propiedad estatal, porque sería un estado de todo el pueblo. Aquí estamos en las fabulas hegelianas y no no en Marx. Tratando de sustituir el “cretinismo parlamentario” y el “liberalismo adocenado” de la socialdemocracia, se creo un monstruo peor aún. Lenin llamó a romper con las ilusiones parlamentarias, pero se prohíbió a si mismo y a tosos los camaradas bolcheviques de la misma manera, pensar desde un lugar no despótico, las formas políticas del Estado de transición.

Es en este punto ciego de la tradición revolucionaria, donde aparece descollante la figura de Rosa Luxemburgo. Para ella, la llamada “dictadura del proletariado” no puede ser la de un partido minoritario sustituyendo a la clase y la mayoría del pueblo. Luxemburgo asume la noción de dictadura del proletariado en sentido amplio –"ninguna revolución se ha acabado de otra forma que por la dictadura de una clase"- pero agrega: " (…) la realización del socialismo por una minoría está incondicionalmente excluida, puesto que la idea del socialismo excluye justamente la dominación de una minoría". Que quede claro: el socialismo excluye la dominanción de una minoría.
En un artículo de 1918, titulado "Asamblea nacional o gobierno de los consejos", condena de nuevo el cretinismo parlamentario que ha conducido a la mayoría socialista a la política de unión sagrada en la guerra: "Realizar el socialismo por la vía parlamentaria, por simple decisión mayoritaria, es un proyecto idílico", se requiere una mayoría social que va mas allá de la representación parlamentaria. Ni es un gobierno de una camarilla dominante en el ejecutivo, ni es una mayoria de representantes parlamentarios. Es mucho mas y con otra cualidad política. Hay necesidad de combinar la acción fuera y dentro de las instituciones, "la necesidad tanto de reforzar la acción extraparlamentaria del proletariado, como de organizar con precisión la acción parlamentaria de nuestros diputados".
Pero sus críticas a la revolución rusa no fueron escuchadas con la debida atención. En el famoso debate sobre la disolución de la Asamblea Constituyente, constantemente reivindicada por los bolcheviques entre febrero y octubre de 1917, pueden analizar importantes tensiones sobre la democracia. Rosa no es sorda a los argumentos según los cuales había que "romper esta constituyente caducada", por tanto "nacida muerta", que iba con retraso respecto a la dinámica revolucionaria, tanto por sus modalidades electivas como por la imagen deformada que daba del país. Pero entonces, "había que prescribir sin tardar nuevas elecciones para una nueva Constituyente". Sin embargo Lenin y Trotsky (en su folleto de 1923 sobre las Lecciones de Octubre) excluyen por principio toda forma de "democracia mixta" planteada por los austro-marxistas.
Rosa vive en Alemania, tiene la experiencia de una vida parlamentaria ya consolidada. Por esto, se inquieta explícitamente por esta confusión entre la excepción y la regla: "El peligro comienza allí donde, haciendo de la necesidad virtud, ellos (los dirigentes bolcheviques) intentan fijar en todos los puntos de la teoría, una táctica que les ha sido impuesta por condiciones fatales y proponérsela al proletariado internacional como modelo de la táctica socialista". Esta extrapolación de condiciones y modelos debería ser precisamente el punto de mira para no repetir errores de calco y copia de revoluciones anteriores.
No pueden trasladarse mecánicamente ni las concepciones ni las instituciones de un modelo de revolución a otro. Lo que está en juego, es la vitalidad y la eficacia de la propia democracia socialista. Luxemburgo subraya la importancia de la opinión pública, que no habría que reducir a un engaño o a un teatro de sombras con medidas de restricción estatal. Toda la experiencia histórica "nos muestra al contrario que la opinión pública irriga constantemente las instituciones representativas, las penetra, las dirige. Es precisamente la revolución la que, con su efervescencia ardiente, crea esta atmósfera política vibrante, receptiva, que permite a las olas de la opinión pública, al pulso de la vida popular actuar instantáneamente, milagrosamente, sobre las instituciones representativas".

En lugar de comprimir este "pulso de la vida popular", los revolucionarios deben dejarle latir pues constituye un poderoso correctivo al pesado mecanismo de las instituciones democráticas. “Ciertamente, dice Rosa, toda institución democrática, como toda institución humana, tiene sus límites y sus lagunas. Pero el remedio que han encontrado Lenin y Trotsky –suprimir directamente la democracia- es peor que el mal que se supone curar: obstruye la fuente viva de donde habrían podido brotar los correctivos a las imperfecciones congénitas de las instituciones sociales, la vida política activa, enérgica, sin trabas de la gran mayoría de las masas populares". En nuestras condiciones, más que restringir los poderes de influencia de la mediática capitalista, habría que ampliar, fortalecer y diversificar los medios de comunicación contra-hegemónicos del bloque nacional-popular, para modificar el cuadro de fuerzas y sentidos de la opinión pública democrática.

Los errores de desmantelar la democracia tendrán su precio. En su Stalin póstumo, Trotsky reconoce hasta qué punto la guerra civil fue una escuela de brutalidad autoritaria y de mando burocrático. Stalin no tendrá ninguna dificultad para reciclar a su servicio estos métodos de mando. Las advertencias de Rosa toman entonces retrospectivamente todo su sentido. Temía en 1918 que medidas de excepción temporalmente justificables se convirtieran en la regla, en nombre de una concepción puramente instrumental del Estado en tanto que aparato de dominación de una clase sobre otra. La revolución consistiría entonces solo en hacerle cambiar de manos: "Lenin dice que el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase obrera, el Estado socialista un instrumento de opresión de la burguesía, que no es de alguna forma más que un Estado capitalista invertido. Esta concepción simplista omite lo esencial: para que la clase burguesa pueda ejercer su dominación, no hay necesidad en absoluto de enseñar y educar políticamente al conjunto de la masa popular, al menos no más allá de ciertos límites estrechamente trazados. Para la dictadura proletaria, es ése el elemento vital, el aliento sin el que no podría existir".
En efecto, la sociedad nueva debe inventarse sin manual, en la experiencia práctica de millones de hombres y mujeres. El programa del partido no ofrece a este propósito más que "grandes paneles que indican la dirección", y además estas indicaciones no tienen un carácter indicativo, más que un carácter prescriptivo. Para resolver estos problemas, la libertad más amplia, la actividad más amplia, la más amplia parte de la población es necesaria. Sin embargo, la libertad, "es siempre al menos la libertad de quien piensa de otra forma". No es ella, sino el terror, quien desmoraliza: "Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha de opinión libre, la vida se apaga en todas las instituciones públicas, vegeta, y la burocracia se constituye en el único elemento activo".

Desarrollar la democracia hasta el final, buscar las formas de este desarrollo, ponerlas a la prueba de la práctica, es sin embargo una de las tareas esenciales de la lucha por la revolución social. A lo largo de todo el siglo XX, las experiencias sociales y de las investigaciones antropológicas, los enfoques teóricos del Estado se han enriquecido y profundizado, desde Gramsci a Foucault, pasando por Poulantzas, Lefebvre, Alvater, Hirsch y muchos otros. Foucault ha contribuido principalmente a desmitificar un fetichismo del poder analizando la genealogía de las relaciones de poderes, hasta emitir la hipótesis según la cual el Estado no sería sino "un tipo diferente de gubernamentalidad". Si su teoría de las relaciones de poder, como la de los campos de Bourdieu, permite comprender una pluralidad de dominaciones y de contradicciones, no deja de ser cierto que todos los poderes no participan en la reproducción social de las relaciones capitalistas de producción. Hay, en las redes y las relaciones de poderes, nudos más importantes que otros. Las retóricas liberales del Estado mínimo o del repliegue del Estado no hacen sino resaltar con más relieve el núcleo duro de sus funciones represivas y su papel eminente en la puesta en pie de los dispositivos del biopoder.
Por tanto, no hay "Estado imparcial". El tejido de las relaciones de dominación, de poder-sobre, hay que deshacerlo a partir del poder-hacer, de la potencia; y si se trata de un proceso a largo plazo, la maquinaria del poder del Estado hay que romperla. Esta es una lección que no puede olvidarse, más cuando se habla mucho de Estado: Estado Socialista, Estado Comunal, Estado Revolucionario. Tal vez, no hay mayor veneración supersticiosa por el Estado en aquellos que han recibido a-críticamente una socialización de tipo capitalista, con sus jefaturas, jerarquías, rangos y desde el habitus del “fordismo” económico, militar o eclesiástico. El culto a jefes, a funcionarios, a jefaturas, a la división tajante entre posiciones de mando y la dirección estratégica frente a la ejecución táctica y operacional, es parte no de la solución sino del problema. Ni la forma-partido ni la forma-estado deben prefigurar la naturalización de la división entre gobernantes y gobernados, explotadores y explotados, opresores y oprimidos, sino que el poder revolucionario debe crear las condiciones para su virtual liquidación.

Cuando el rumor popular plantea: “No queremos que nos gobiernen, queremos gobernar”, esto puede dar lugar a reacciones estereotipadas cuyo fondo ideológico es la función de mando burocrática-capitalista. Creemos que no se trata de simples “consignas anarquistas”, sino de autenticas demandas populares de democracia protagónica.
Se trata de un problema real que enfrenta toda revolución cuando plantea las formas políticas del poder revolucionario y de la transición al socialismo. Esto ha ocurrido desde la revolución mexicana, pasando por la revolución en Alemania, Rusia, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, China, por los eventos insurrecciónales en Francia, en Italia, en Argentina, en Chile y pare de contar.
Cualquier revolución es una puesta en cuestión de las lógicas de la dominación: económica, política, burocrática, mediática, eclesiástica, familiar, etc. Criminalizar estos acontecimientos, a sus actores y discursos es un síntoma de fascismo en el propio campo de la revolución. Toda posición de derecha se caracteriza por gritar orden, disciplina y jefatura, de manera estridente y permanente. Cuando aparecen estos síntomas de manera ocasional en la dirección revolucionaria o en sus funcionarios del consenso, hay que ponerse en alerta. Hay que decir, “ni son tan poquitos, porque se preocupan.” El tema de fondo es que en la dirección revolucionaria hay “mala conciencia” por las deudas en la conexión gobierno/pueblo. Lo saben pero no lo reconocen. Esta revolución está derivando hacia una forma de cesarismo, de populismo asistencial-redistributivo sin organización popular, y hacia la conciliación con la derecha económica. El pueblo organizado y movilizado, no lo duden, tendrá que corregir esta situación.
No olvidemos nunca que la coherencia estrecha entre explotadores y explotados en el mundo económico, y entre gobernantes y gobernados en el mundo político, es la condición de posibilidad de que la lógica de la dominación se reproduzca sin fin. Toda lógica de dominación entra en contradicción antagónica con los espacios de libertad, la participación, el protagonismo popular y la liberación social. Por eso en el nuevo socialismo se justifica la función de la dirección revolucionaria, conforme a liderazgos colectivos y colegiados, para mandar obedeciendo al pueblo.
Porque democracia socialista es de manera sencilla, precisa, clara y concisa: ¡mandar obedeciendo al pueblo!