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sábado, 5 de septiembre de 2009

¿SOCIALISMO "CALCO Y COPIA"?

Mariategui: El oficio del pensamiento crítico.

Javier Biardeau R.

“CÓDIGO MORAL DEL CONSTRUCTOR DEL COMUNISMO: Compilación de los principios- científicamente fundamentados– de la moral comunista, contenidos en el Programa del Partido adoptado en el XXII Congreso del P.C.U.S., en octubre de 1961. El código contiene los principios siguientes: fidelidad a la causa del comunismo, amor a la patria socialista, a los países socialistas; trabajo consciente en bien de la sociedad –quien no trabaja, no come–; preocupación de cada individuo por conservar y multiplicar el bien común; elevada conciencia del deber social, intolerancia con cuanto represente un perjuicio para los intereses sociales (…)” (Rosental-Ludin; 1965)
¿Puede el esbozo de un proyecto de revolución democrática, descolonizadora y eco-socialista ser una reproducción del socialismo burocrático del siglo XX? La respuesta es un no rotundo, lo cual significa que la imposibilidad de construir estrategias socialistas democráticas innovadoras, pueden derivar en un colapso de la vía venezolana al socialismo.
Invocar las viejas retóricas revolucionarias del estalinismo o del marxismo soviético, no califican a ningún discurso para la construcción de una “democracia social y participativa”, como fue el propósito originario del poder constituyente en 1999. Puede ocurrir todo lo contrario, y debe evitarse un camino de fracasos. Tanto el capitalismo neoliberal como el socialismo burocrático de tipo soviético, son expresiones de barbarie.
El análisis de la constitución política de los sentidos y significaciones sociales es una herramienta importante para el comprender las redes imaginarias y simbólicas de los proyectos hegemónicos y contra-hegemónicos. La construcción del proyecto socialista venezolano no escapa a estas consideraciones. Hay quienes han llamado a este proceso: “batalla de las ideas”, otros “ideologización”, también “hegemonía ideológica y comunicacional”, pero sin duda existe tanto una dialéctica de los valores en conflicto como una polémica dialógica, que atraviesan el campo de las señales, signos y símbolos.
Nadie duda que el Presidente Chávez ha colocado un conjunto de significaciones en los procesos de comunicación política del país: prenociones, consignas, términos, conceptos acerca del socialismo bolivariano. El debate ha comenzado y las diversas voces y corrientes, tanto del campo opositor como bolivarianos, es sus expresiones radicales o moderadas, así como los nada insignificantes segmentos no alineados, han participado en la polémica dialógica sobre el socialismo que se está construyendo. Pero la realidad del debate socialista no puede ignorar un episodio histórico que lo condiciona en gran medida: el colapso del socialismo burocrático en el campo soviético
Diversos actores, movimientos y fuerzas sociales comienzan a apelar a repertorios simbólicos y marcos conceptuales para dar cuenta de la situación y para legitimar sus acciones. Desde el anticomunismo más ramplón hasta la más recalcitrante sovietología tropical, existe toda una suerte de redistribución de posturas que se asumen en la arena pública.
Hemos intentado desenmascarar y desmantelar el contrabando del “marxismo soviético”, al cuestionar sin ambigüedades una moral compulsiva de tipo soviético calcada del XXII Congreso del PCUS de 1961, como una comprensión de la propiedad social socialista limitada a la estatización-nacionalización de la propiedad de los medios de producción. Así mismo, hemos cuestionado cualquier dogmatica ideológica, así sea perversamente justificada a través de la figura histórica del Che Guevara. Por ese camino, se le da fuerza a la campaña de satanización que desde diferentes frentes de batalla opera la ofensiva imperial-oligárquica contra la insurgencia contra-hegemónica y democratizadora de los movimientos nacional-populares en América Latina y el Caribe.
Pero adicionalmente, hay un frente de batalla en el propio pensamiento crítico socialista. No puede confundirse una modalidad de polémica de ideas en el propio campo democrático, nacional-popular y socialista, con la imposición de una versión vulgarizada y simplona de la ideología revolucionaria. Una cosa es administrar consignas, otra cosa es repensar las concepciones del socialismo.
Lo diremos de manera muy sintética: existe evidencia histórica irrefutable que prueba que la tesis de la llamada “elevada conciencia del deber social” es una frase-consigna que corresponde a la llamada concepción marxista-leninista soviética en el período de Kruschov, y del llamado “Código moral del edificador del comunismo”. Datos: materiales del XXII Congreso del PCUS (1961), elaboraciones filosóficas de Shishkin (1955,1959, 1961) y Sharia, Tugarinov, referidos por la investigación de Kamenka (1962), hasta llegar al Diccionario de filosofía de Rosental-Ludin (1965) y los textos de Afanasiev (1977).
Cuando el Che manejó el termino “conciencia del deber social” lo hizo sobre un suelo de prenociones dominados por la literatura soviética (Sobre el sistema presupuestario de financiamiento; 1964).
No basta el calco y copia; necesaria es la creación heroica, sobre todo para una lucha con eficacia política y calidad revolucionaria ante la ofensiva del imperio.

viernes, 31 de julio de 2009

CRITICA RADICAL Y PROYECTO SOCIALISTA


Javier Biardeau R.

Más allá de los manidos recursos de la descalificación, la rotulación y la estigmatización que encarnan las vías del dogmatismo y el doctrinarismo ideológico, hay que ejercitar el indeclinable principio de la criticidad radical en la construcción de alternativas socialistas basadas en la radicalización de la democracia, y no en su liquidación.
Decía Henry Lefevbre, que los intelectuales no han hecho sino interpretar el marxismo, que de lo que se trataba era de transformarlo. Pero Lefebvre tal vez omitía que a través de determinadas prácticas históricamente analizables, la transformación del marxismo derivaba en una doctrina de justificación del estatismo autoritario, y no en una teoría crítica radical.
En el texto de Cesario R. Aguilera de Prat: “La teoría bolchevique del Estado socialista”, quedan expuestas las sutiles distorsiones y re-significaciones que explican el pasaje de una teoría de la “extinción del Estado” (Lenin), como encarnación institucional de la lógica de la dominación, a su inversión ideológica en la tesis del “fortalecimiento del Estado Socialista” (Stalin), en abismal contraposición de los planteamientos tanto de Marx como de Engels. Una lectura obligada para quiénes barren bajo la alfombra tres debates claves de cualquier revolución: la posibilidad de “construcción del socialismo en un solo país”, el debate sobre la cuestión sindical y los consejos obreros, el reconocimiento de tendencias en los partidos revolucionarios y el multipartidismo en la sociedad política.
¿Y que tiene esto que ver con lo que en Venezuela ocurre? Pues mucho. Ni los espejismos del estalinismo ni del estatismo autoritario edulcorados con la retórica del nacionalismo popular revolucionario, ofrecen atractivo para encauzar las esperanzas democratizadoras de una emancipación radical para el siglo XXI.
El giro hacia la izquierda en América Latina y el Caribe no puede encallar en las viejas rocas doctrinarias del socialismo burocrático del siglo XX. La discusión, el debate, la polémica en un clima de libre expresión de las ideas y pensamientos son elementos constituyentes del propio carácter democrático de una revolución, construida a múltiples voces, desde múltiples corrientes, articulando la unidad para la acción transformadora desde la propia democracia interna del campo revolucionario.
Las páginas finales de Nicos Poulantzas en su obra: “Poder, Estado y Socialismo”, permiten reflexionar críticamente sobre la transición hacia un socialismo democrático, comprendiendo los callejones sin salida tanto de la socialdemocracia reformista como del llamado “socialismo real”. Para Poulantzas la problemática consiste en encarar una transformación radical del Estado articulando una ampliación y profundización de las instituciones de la democracia representativa y de las libertades (que fueron también conquista de las fuerzas populares) con el despliegue de las formas de la democracia directa de base y el enjambre de focos autogestionarios. Obviamente, se trata de una revolución democratizadora, no de afirmar la doctrina del “Estado socialista”, que administra los “intereses generales” de la sociedad a través del cuerpo burocrático. Estas fantasías del “Estado de todo el pueblo” son las mismas que se cristalizaban en las apariencias jurídico-constitucionales de la Constitución soviética de 1936.
Falso, se oculta el carácter clasista y de dominación de unas fracciones sociales sobre otras de toda forma/Estado. El asunto es que la única formula limitante de los desvaríos de la estadolatría residen en la ampliación y radicalización de la democracia, en el control social y político de los poderes del Estado, en la democratización de la esfera pública estatal.
Poulantzas apunta a los problemas identificados ya por Rosa Luxemburgo en su crítica a la revolución rusa: una interpretación del marxismo que amputa las libertades civiles y políticas, termina por condenar la revolución en el cadalso de la burocracia. Un partido dominante que funciona como partido único, la burocratización interna de este partido, la confusión entre partido y Estado, el fin de todas las manifestaciones de democracia de base, y peor aún, el encapsulamiento corporativo de las iniciativas populares, llevan al socialismo al mismo callejón sin salida: Estadolatría. Siendo la sociedad política y el Estado el centro del ejercicio del poder político, la lucha de multitudes tiene que modificar las relaciones de fuerzas en el interior de los propios aparatos de estado y en la sociedad política a favor del poder popular. Nada de sustituciones que infantilizan y encuadran desde arriba el poder popular.
La democracia participativa y protagónica no es la democracia jacobina. No se trata de la deificación del hombre idealizado unida al desprecio profundo por las personas reales; un “hombre nuevo” que reclama su sumisión ante una minoría virtuosa, que le promete su redención mediante una dictadura, justificando incluso el terror. La moral compulsiva transplantada a la clase y al partido, hizo organizar la sociedad soviética según el modelo de la fábrica despótica, donde el Estado y las demás organizaciones sociales fungen como “látigos” o “correas de transmisión”.
Este espíritu tecno-burocrático, estatista, tuvo como consecuencia la negación de los valores del proyecto socialista, la negación de la emancipación social, cultural y política del las mayorías sociales.
Pues sin democracia radical, sin socialización del poder no hay Nuevo Socialismo.

sábado, 25 de abril de 2009

SOCIALISMO: PENSAMIENTO CRÍTICO Y TRANSICIÓN III

Javier Biardeau R.

“(…) desde que Bismarck emprendió el camino de la nacionalización, ha surgido una especie de falso socialismo, que degenera alguna que otra vez en un tipo especial de socialismo, sumiso y servil, que en todo acto de nacionalización hasta en los dictados por Bismarck, ve una medida socialista. (…) Cuando el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares, decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello, nacionalizó las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y simplemente para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso al gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de socialistas.” (Engels. Del Socialismo utópico al Socialismo científico”)
Algunos suponen que los Estados que replican el modelo estalinista de despotismo burocrático son socialistas porque sus economías han sido “nacionalizadas”; es decir, estatizadas. Sin embargo, socialismo no es propiedad estatal. Tampoco es Socialismo, suponer que por decreto se crea un “Estado Socialista”.
Hay que desconfiar de algunos “desafortunados” actos de habla. Mientras la vieja guardia bolchevique afirmaba que la revolución soviética había logrado no el socialismo, sino un Estado Obrero con deformaciones burocráticas, Stalin decretó: “somos un Estado socialista” en los años treinta. Hoy sabemos, que ni siquiera para Marx, el Socialismo era una “etapa” específica en el desarrollo de una sociedad sin explotadores y sin explotados. Sencillamente, Marx había echado por tierra toda la pedantería doctrinaria que hablaba de una “etapa socialista” y de una “etapa comunista” (Ludovico Silva dixit).
Era obvio que la creación de semejante doctrina era producto, de lo que llaman las academias, una “hermenéutica particular”. Sabemos qué determina que una hermenéutica particular, sea la interpretación que no admita controversias, polémicas ni refutaciones; producto de “actos de fuerza”, de declaraciones de “clausura de la deliberación y de punto final”.
La tesis de la naturaleza “socialista” de las transiciones al socialismo, fue sostenida por los partidos comunistas marxista-leninistas (es decir, estalinistas) que justificaron el curso soviético luego de los años 30. Su argumento principal es que la “propiedad nacionalizada” crea un modo de producción cualitativamente diferente al capitalismo. Mantienen que “su” socialismo defiende los intereses del “pueblo trabajador” y “desarrolla las fuerzas productivas más allá de la capacidad del capitalismo”. Estos entrecomillados se justifican para desmantelar parte de la retórica de aquella propaganda oficial. Se partía erróneamente de la tesis de que la conjunción de estatizaciones con la planificación central, dominaría la “ley del valor” que gobernaba la acumulación, crecimiento y distribución de la economía mundial capitalista. La evidencia que es citada a menudo es que estos países tenían poco o ningún desempleo, ninguna miseria masiva comparada al capitalismo, ningunas diferencias de riquezas excesivas y ningún desperdicio.
Sin embargo, se minimizaba o se ocultaba que se había liquidado nada más y nada menos que con la auto-emancipación de los trabajadores del campo y de la ciudad, que se había construido una “fortaleza asediada”. Una economía colectivizada por la vía de las estatizaciones autoritarias, como en los años treinta en la URSS, podía mostrar los signos de expansión industrial, contratándola favorablemente con la depresión económica y el desempleo masivo del capitalismo en crisis. Pero lo que lograba realmente era justificar la centralidad del Estado sobre el proceso económico, social, ideológico y político. Pero, Estatismo no es Socialismo.
Una “transformación socialista de las relaciones sociales” desde el Estado, sin la activa, protagónica y consensuada participación de los trabajadores de la ciudad y el campo, no podía llamarse “socialismo”. La “línea política correcta” del partido gobernante no era suficiente. Todo este imaginario revolucionario ha hecho aguas, es un “pescado podrido”. El asunto va por otros lados: ¿cuál democracia socialista para cuál transición?
Obviamente no será un socialismo de burócratas, de tecnócratas, o de funcionarios de partido sobre-impuestos al “pueblo trabajador”. Posterior a la muerte de Trotsky, algunos de sus seguidores mantuvieron su evaluación de la URSS, como un estado obrero degenerado en tránsito hacia la restauración capitalista o hacia una nueva revolución obrera. Se quedaron esperando la “revolución obrera”
El estalinismo fue capaz de llevar a cabo su contra-revolución despótica y burocrática en la Europa oriental, en China y en otros lugares. Autores influenciados por el “maoísmo”, supusieron una ruptura de imaginarios revolucionarios en el conflicto chino-soviético. Pero el paradigma despótico burocrático era ampliamente compartido, a pesar de las tensiones entre “timoneles”. Para lograr la socialización efectiva del poder económico, político, ideológico; en fin social, la URSS tenía que lograr una superación económica cualitativa (no solo cuantitativa) sobre el capitalismo.
Hoy China es una pujante potencia económica que demuestra la viabilidad del capitalismo de estado, basado en el nacionalismo popular revolucionario. Sin embargo, estos modelos se distancian abismalmente de Marx, de la auto-emancipación del polo explotado. Este es el meollo del socialismo de Marx. Por tanto, una superación cualitativa del modo de producción de la vida capitalista sigue siendo tarea pendiente del Socialismo, un socialismo que no puede ignorar ni al polo asalariado, ni a Marx.

miércoles, 2 de julio de 2008

¿REFLUJO REVOLUCIONARIO?

Javier Biardeau R.

Tal como devienen los acontecimientos, el viraje de la revolución bolivariana no es hacia aquella radicalización revolucionaria anticapitalista que tanto se proclamó desde el Mapa Estratégico en el 2005, pasando por los primeros enunciados del Socialismo del siglo XXI, hasta arraigarlos en la amalgama ideológica del “socialismo bolivariano” (campaña electoral del 2006 y derrotado proyecto de reforma en el 2007).
No, el viraje corresponde a un “reflujo revolucionario” que muchos analistas advierten. Luego del golpe de estado del 2002, y del referendo constitucional que ratificó a Chávez en la presidencia, parecía animarse una vasta corriente de “fuerzas con idearios socialistas” que tendían hacia la radicalización. Sin embargo, todo esto ha hecho implosión.
En el diseño-proceso de la reforma constitucional se hizo evidente que no se tenía claridad ni visión compartida acerca de lo que significaban los trazos mínimos de una revolución que fuese al mismo tiempo, democrática y socialista. Por lo menos, en el trámite de la reforma, el protagonismo y la participación popular, se esfumó. Se evidenció la crisis del “modelo de socialismo” que se viene impulsando, y esto se arrastra hasta la actualidad (desde las tres RRR hasta la llamada “alianza nacional productiva”).
Ni el socialismo burocrático (léase, la revolución rusa y sus satélites ideológicos) ni el populismo (léase, las variantes del nacionalismo revolucionario) han servido de modelos. Eso está claro. Pero tampoco servirá apelar a la gestión keynesiana, ni a las lecciones de Galbraith sobre una política económica, que es y será capitalista de todos modos. Escuchen bien, esa alianza productiva es y será: ¡capitalista de todos modos!
Esta debilidad no se compensa con consignas, ni con amalgamas ideológicas. El socialismo no opera con nominalismos mágicos. Una piedra no se hace socialista, si la llamamos “piedra socialista”. Igual ocurre con las empresas, con las relaciones sociales, con las instituciones, Ministerios, etc. Se podrán llamar “socialistas”, pero esto no las hace efectivamente socialistas. Se requiere polémica teórica y debate revolucionario para salir del “reflujo” y del “nuevo curso hacia la derecha”, algo a lo cual parece ser alérgica la alta dirección política de la revolución.
Por ejemplo, no es conveniente sacar un libro de Galbraith, uno de Stiglitz, y otro del Che, o de Mao; y pasar por un criterio mínimo de rigor, coherencia, congruencia y consistencia teórico-ideológica. Las amalgamas ideológicas entre “Economía y Subversión” de Galbraith y los “Apuntes críticos a la economía política” del Che, llevan a la confusión ideológica y a la desmovilización. No estimados, el keynesianismo no es socialismo, y esto alguien se lo tiene que decir a Chávez y a su enclave asesor. Suponer que la oferta productiva depende de la buena voluntad entre el capitalismo de Estado y los factores de poder económicos venezolanos me parece algo peor que una ingenuidad.
El “reimpulso productivo” huele al parasitismo privado de la economía rentista. Una economía mixta keynesiana, que no toca un ápice la trama de las relaciones capitalistas del trabajo y de explotación es un simulacro de “revolución productiva socialista”. No es lo mismo una economía mixta de signo socialista, que una economía mixta de signo capitalista. ¿Cuál es la matriz de relaciones sociales que predominan en el proceso económico? ¿La socialista o la capitalista?
Ya el instinto de clase lo ha advertido: "El 11 de junio la pequeña burguesía, hasta ahora hegemónica en el proceso, logró un triunfo restaurador, dio un fuerte estímulo a la propiedad no social de los medios de producción, y un duro golpe a la conciencia del deber social. Desde ese día, el país se ha visto conmovido por una ola de reformismo y restauración sostenida por este triunfo. El rumbo al socialismo sufrió un duro golpe.”(Documento: La clase obrera acepta el reto).
A mi particularmente me han conmovido frases de la entrevista de Fruto Vivas como: “Siento que lo que hay es una gigantesca verborrea revolucionaria amparada por una gigantesca propaganda de revolución socialista”. Algo muy distinto a los Soviets+electrificación (Lenin dixit).
Y todavía hay quiénes se extrañan del viraje hacia los intereses del gran capital nacional del 11 de junio. La revolución no está en una encrucijada crítica, como alguna vez dijera Edgardo Lander, sino en un extravío crítico.
A grandes rasgos se percibe: a) la subordinación de la política económica, sectorial y global del Estado, a los intereses de la acumulación de diversas fracciones capitalistas, nacionales y transnacionales, enquistadas bajo modalidades patrimoniales y succionadoras de la renta y el presupuesto público, debilitándose la resolución de las demandas de las clases trabajadoras, subempleadas y del polo popular; b) el control y cooptación de personal político de la alta dirección de los órganos del poder constituido por intereses del gran capital; c) ideología de conciliación-pactos con factores de poder, pragmatismo, la renuncia a los principios éticos del socialismo revolucionario, reforzando la pasividad de la acción de masas y fomentando la corrupción; c) Desmantelamiento de la dirección colectiva y sustitución por una jefatura única, vertical y personalista; d) liquidación de la autonomía organizativa del movimiento sindical, gremial, estudiantil y en general de las organizaciones del campo popular-revolucionario, en aras de su ubicación como simples correas de movilización electoral, o para neutralizar “amenazas del imperialismo”; e) búsqueda de reacomodos en la política internacional ante los avances de la derecha en Europa y la coyuntura electoral en los EE.UU.
En este cuadro, no se descarta una crisis de legitimidad revolucionaria en el campo bolivariano. Crisis que definirá el cuadro electoral de noviembre, y el futuro estratégico de la revolución.
Este arco de maniobra político, que ya Chávez ha ensayado, ha confundido a fuerzas sociales que imaginaron la tesis de una transición al socialismo que significaba en pocas palabras “ruptura revolucionaria”. Pero no es así, no habrá “ruptura revolucionaria” al final del túnel, solo erráticas escaramuzas. La razón básica. La tesis de la ruptura revolucionaria ha entrado en una crisis profunda desde el momento en que entró en bancarrota el modelo de transición al socialismo revolucionario dominante: el modelo bolchevique. ¿Dónde están las transformaciones revolucionarias de las relaciones de producción capitalistas que harán estallar por los aires todas las superestructuras burguesas y abrirán las compuertas al más amplio desarrollo de las fuerzas productivas?
Pues en la gran alianza nacional productiva del 11 de Junio no están, obviamente.


sábado, 23 de febrero de 2008

SABERES CONTRAHEGEMÓNICOS



Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com


" Las palabras no son neutras", nos plantea desde una teoría crítica radical (¿postmoderna?) el amigo Rigoberto Lanz. Pero quedan inquietudes pendientes. Una teoría crítica radical y revolucionaria, como decía el viejo Marx, del modo de producción/reproducción de la civilización capitalista (Wallerstein), nos lleva más allá de la modernidad occidental, más allá de la colonialidad/modernidad y de su racionalidad hegemónica (Quijano). De allí la pertinencia de los "enfoques contra-hegemónicos", no sólo rastreando las huellas de lo postmoderno euro-céntrico o de lo trans-modernos/de-colonial (Dussel-Mignolo). A decir de Anouar Abdel-Malek, hay que afirmar la ruptura con el dogma de la división naturalizada entre gobernantes y gobernados (Gramsci contra Pareto/Mosca). Hay que vivificar las pasiones libertarias que afectan las narraciones y los dispositivos de enunciación dominantes.

Hay todo un universo de referencia en las palabras de aquel himno de la Internacional escrito por Eugène Pottier en 1871, durante la Comuna de París, cuando enuncia: "Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor". Habría que agregar: nos-otros y nos-otras, y también las alteridades. Multiplicidad de singularidades revolucionarias. Y repite Pottier: "Agrupémonos todos, en la lucha final. El género humano es la internacional".

Esto es lo que la derecha neo-conservadora llama "totalitarismo", barriendo debajo de su alfombra roja, los genocidios coloniales e imperiales: "El género humano es la Internacional". Marx en sus afectos y pasiones articuladas al "soy humano, y nada de lo humano me es ajeno" ("Homo sum, et nihil humanum me alienum puto". Terencio), nos lleva a su mandato ético: hay que echar por tierra todas las relaciones sociales que hagan de los seres humanos, seres sometidos a humillaciones (Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel-1844).

Y para esto no hay que partir del "individualismo posesivo" (Mcpherson), sino de la corporalidad viva que afirma la humana dignidad.

Ciertamente, hay que echar por tierra las relaciones sociales que someten a los cuerpos a regímenes-gobiernos-disciplinas (Foucault), a controles (Deleuze-Guttari); desconociendo las humanidades plurales, los multiversos.

Luego del triunfo de Sangarará, Túpac Amaru II expidió un mensaje a los pueblos andinos, volviendo a convocar a los criollos a la unidad con la causa india: "Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles; criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen". Discurso contra-imperial y descolonizador.

Más allá de las clasificaciones y jerarquías, todas ilegítimas, por más que se pretendan justificar desde la teatro-logía (Balandier) de la "farsa conciencia histórica euro-céntrica" (¡porque es farsante y cínica!), para vivificar al plural género humano, un género intercultural, de diálogo entre civilizaciones, culturas y naciones abiertas a la liberación.

Es hora ya de quitarse las anteojeras que fueron colocadas por siglos de colonialidad/modernidad, por siglos de racionalidad hegemónica, de geopolítica de los conocimientos; para re-montarse desde las profundidades de las experiencias y pasiones que se oponen afirmativamente a las múltiples opresiones, inventando un nuevo imaginario crítico de emancipación, sin el culto a dogmas, a fetiches, sin euro-centrismos, sin modos de subjetivación que truncan la posibilidad de construir singularidades entre singularidades, liberaciones entre liberaciones. Porque más que "igualdad, libertad y fraternidad", caligrafiando mentalmente los valores-fuerza de la Revolución Francesa, se trata de revoluciones democráticas post-imperiales, que rebasan la política cultural de la modernidad occidental. Porque los nuevos imaginarios críticos socialistas afirman la justicia, la paz, la dignidad, la alteridad y la liberación. Para que la barbarie del mundo contemporáneo no siga llamándose de manera soberbia (imponiendo-se como): "Tener-razón".

domingo, 17 de febrero de 2008

Inercias de la vieja iquierda



Javier Biardeau
jbiardeau@gmail.com

Y
a decía el estimado Albert Einstein que “es más fácil destruir un átomo, que destruir un prejuicio”. Y cuando se trata de pasar la página, luego de hacer “balance de inventario”, de los prejuicios de la vieja y pesada izquierda, tanto la socialdemócrata-reformista como marxista-leninista, la dificultad se acerca a la velocidad de la luz. Hay una izquierda que ni aprende ni cambia, utilizando la formula del ex comunista Petkoff; pero, hay otra que aprende a devenir y ser simple derecha, confundiendo a cuanto perezoso encuentra, a creer que la construcción de la identidad socialista, y por tanto anticapitalista, es devenir en una suerte de ala izquierda del liberalismo. La revolución francesa conoció de izquierdas y derechas, ambas burguesas, así que no hay sorpresas. Esa geometría ideológica-política tiene su genealogía precisa. Pero cuando el clivaje izquierda-derecha se hace equivalente a defensa del capitalismo o lucha contra el capitalismo, por una parte, o a la defensa del orden imperial o lucha contra el orden imperial; por otra; los efectos de la miopía ideológica encuentran perfiles más nítidos.

Los analistas de la psique saben muy bien que cosa son mecanismos de defensa y de negación. Negar que exista una política de Gran Potencia tiene sus efectos psíquicos, una suerte de síndrome del Titanic: ¡tranquilos que siga la fiesta, este barco no se hunde! Pero la gran potencia está allí, parada frente a nosotros, con sus ambiciones e intereses. Sin embargo, tampoco hay que llegar a extremos y condenar la lógica borrosa, fluida y polivalente en el campo político, pero no es aconsejable confundir las famosas “alianzas tácticas” con hacerle el trabajo a las políticas de gran potencia de Washington, si les irrita que les mencionen la palabra “imperialismo”, tan demodé. Tenemos una realidad geopolítica mundial.

En la globalización neoliberal, dividida según los grados de Poder Mundial tenemos 4 categorías: 1er. Nivel: La Superpotencia Unipolar de EEUU. 2do. Nivel: El Bloque de Apoyo conformado por Europa Occidental y Japón, y los países que componen el resto de la Comisión Trilateral. 3er. Nivel: El Bloque de Resistencia conformado hasta ahora por China, India y Rusia. 4to. Nivel: Un gran bloque de los “inviables” a menos que cambien sus estrategias de desarrollo. ¿Dónde estamos parados? Los países del Sur se encuentran dentro del 4to. Bloque y solo uniéndose pueden ingresar al 3er. Bloque. De quedarse en el 4to. Bloque, irán pereciendo uno a uno. Hoy el Imperio funciona como un “campo de magnético”, o incluso como un “agujero negro”, que perturba o engulle el funcionamiento interno de los Estados, y no contribuye a políticas autónomas de independencia, soberanía y bienestar. Hasta ahora es la forma más barata de colonizar, en conjunción con sus socios menores y las LumpemElites locales (a menos que se comprometan con aventuras como las de Irak). Ciertamente, no se trata solo de economía, hoy se trata de cultura, ambiente, tecnología, política, factores militares y poder mediático. Como planteó Beaufré, se trata de la puesta en escena de “estrategias totales o integrales”. Y entre estas estrategias, las políticas de gran potencia pretenden impedir tanto el “despegue autónomo” de los países, como la “velocidad de despegue” de quienes integran el bloque de resistencia. Por eso, hay que salir de las inercias del mito de las dos izquierdas. Una, que es una cabilla envuelta de goma del propio Imperio luego de la segunda guerra mundial, para golpear sin dejar tantos rastros, y desde la retórica de seudo-izquierda practicar el dictat del palo y la zanahoria. Y salir de la otra, porque le es útil y necesaria a Washington, por su fatal hábito a seguir los malos ejemplos del socialismo realmente inexistente y los ruinosos esquemas ideológicos del estalinismo. Salir lo más pronto del mito de las dos izquierdas es una apertura a un nuevo juego político. Diría incluso, que es cuestión de sobre-vivencia. No por cuestiones parroquiales, que también importan, como por ejemplo: ¿por que hay tanta basura en algunas calles, delitos violentos, bajo salarios y desempleo? No hay que ignorar a Washington. Su sombra condiciona políticas de coyuntura y estrategias de desarrollo. La negación de realidades es algo muy distinto a la docta ignorancia. No nos hagamos los locos. Es con nosotros la cosa, con los que tenemos por obra del destinto y del decreto de minas de Simón Bolívar, un Estado Petrolero. Tesoro que despierta ambiciones imperiales, y el apetito de nuestras lumpem-elites. Hay asuntos importantes que debatir, por ejemplo, los cambios en la naturaleza del imperialismo, lo que Negri ha llamado Imperio; o por qué los movimientos de liberación nacional terminaron en el culto al regalo envenenado de la estadolatria, incluso militarista, o las derivas cesaristas-populistas de la política de gobierno. Lamentablemente para algunos, es dentro de esta cosa llamada revolución bolivariana, que es posible hablar de socialismo. Con ilusiones y desilusiones, contando con el poder militar o sin él. Hay que recordar que en política, no siempre hay suertes echadas. Todavía hay mucho trecho para enterrar los espacios de nuevos imaginarios críticos socialistas

lunes, 11 de febrero de 2008

Descolonización, enfoques contrahegemónicos e imaginario crítico socialista

Mauricio Robalino

Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

Las palabras no son neutras, nos plantea desde una teoría crítica radical (¿postmoderna?) el amigo Rigoberto Lanz. Pero, quedan inquietudes pendientes. Una teoría crítica radical y revolucionaria, como decía el viejo Marx, del modo de producción/reproducción de la civilización capitalista (Wallerstein), nos lleva más allá de la modernidad occidental, más allá de la colonialidad/modernidad y de su racionalidad hegemónica (Quijano). De allí la pertinencia de los “enfoques contra-hegemónicos”, no solo rastreando las huellas de lo postmoderno euro-céntrico o de lo trans-modernos/de-colonial (Dussel-Mignolo). Más allá de los círculos exógenos de civilizaciones, culturas y naciones; y de los círculos endógenos de los grupos y clasificaciones, a decir de Anouar Abdel-Malek, hay que afirmar la ruptura con el dogma de la división naturalizada entre gobernantes y gobernados (Gramsci contra Pareto/Mosca). Hay que vivificar las pasiones libertarias que afectan las narraciones y los dispositivos de enunciación dominantes.

Hay todo un universo de referencia en las palabras de aquel himno de la Internacional escrito por Eugène Pottier en 1871 durante la Comuna de París, cuando enuncia: Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor. Habría que agregar: nos-otros y nos-otras, y también las alteridades. Multiplicidad de singularidades revolucionarias. Y repite Pottier: Agrupémonos todos, en la lucha final. El género humano es la internacional. Esto es lo que la derecha neo-conservadora llama “totalitarismo”, barriendo debajo de su alfombra roja, los genocidios coloniales e imperiales: “El género humano es la Internacional”. Marx en sus afectos y pasiones articuladas al “soy humano, y nada de lo humano me es ajeno” ("homo sum, et nihil humanum me alienum puto". Terencio), nos lleva a su mandato ético: hay que echar por tierra todas las relaciones sociales que hagan de los seres humanos, seres sometidos a humillaciones, sometimientos, al abandono y al desprecio (Introducción a la crítica a la filosofía del derecho de Hegel-1844). Y para esto no hay que partir del “individualismo posesivo” (Mcpherson), sino de la corporalidad viva que afirma la humana dignidad. Ciertamente, hay que echar por tierra las relaciones sociales que someten a los cuerpos a regímenes-gobiernos-disciplinas (Foucault), a controles (Deleuze - Guttari); desconociendo las humanidades plurales, los multiversos. Todavía resuenan aquellas palabras de fuego de “la razón del más fuerte” (Derrida dixit), en el llamado "requerimiento" de 1513, donde se dice textualmente "Y si no os sometierais, y en ello maliciosamente dilación pusierais, yo entraré poderosamente contra vosotros y os haré guerra y os sujetare al yugo y obediencia de la iglesia y la corona, y os tomaré y a vuestras mujeres e hijos, los haré esclavos, los venderé , tomaré vuestros bienes y os haré todos los daños y males que pudiere, siendo todo ello vuestra culpa" ("Historia general y natural de las indias", Gonzalo Fernández de Oviedo, 1535-1548). Pieza retórica, soberbia y discurso de dominio del ego conquiro (Dussel) colonial e imperial, que llega hasta hoy; frente al cual solo queda cantar en lucha: Agrupémonos todos, en la lucha final.

Más allá de los héroes de la primera independencia criolla; partiendo de lo nacional-popular-subalterno, muchas voces nos alientan, porque somos multitudes. Luego del triunfo de Sangarará, Túpac Amaru II expidió un mensaje a los pueblos andinos, volviendo a convocar a los criollos a la unidad con la causa india: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles; criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen”. Discurso contra-imperial y descolonizador. Más allá de las clasificaciones y jerarquías, todas ilegitimas (por más que se pretendan justificar desde la teatro-logia (Balandier) de la “farsa conciencia histórica euro-céntrica” (¡porque es farsante y cínica!), para vivificar al plural género humano, un género intercultural, de diálogo entre civilizaciones, culturas y naciones abiertas a la liberación. Es hora ya de quitarse las anteojeras que fueron colocadas por siglos de colonialidad/modernidad, por siglos de racionalidad hegemónica, de geopolítica de los conocimientos; para re-montarse desde las profundidades de las experiencias y pasiones que se oponen afirmativamente a las múltiples opresiones, inventando un nuevo imaginario crítico de emancipación (Simón Rodríguez), sin el culto a dogmas, a fetiches, sin euro-centrismos, sin modos de subjetivación que truncan la posibilidad de construir singularidades entre singularidades, liberaciones entre liberaciones. Porque más que “igualdad, libertad y fraternidad”, caligrafiando mentalmente los valores-fuerza de la Revolución Francesa, se trata de revoluciones democráticas post-imperiales, que rebasan la política cultural de la Modernidad Occidental. Porque los nuevos imaginarios críticos socialistas afirman la justicia, la paz, la dignidad, la alteridad y la liberación. Para que la barbarie del mundo contemporáneo no siga llamándose de manera soberbia (imponiendo-se como): “Tener-Razón”.