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sábado, 26 de febrero de 2011

RECTIFICAR GRAVES ERRORES: CONSTRUIR PAÍS.

Javier Biardeau R.
Se ha planteado el espacio de posibilidad para una política democrática con P mayúscula. La “política” con P mayúscula pasa aparentemente por un espacio ético no sólo del discurso, sino de la actuación responsable ante el otro.
No queda definida por Spengler (política=“continuación de la guerra con medios espirituales”, “guerra sin armas”), por Luddendorf ("la política debe servir a la guerra"), por Mao ("La política es guerra sin derramamiento de sangre y la guerra es política con derramamiento de sangre"), y más cercano a los debates post-68, por Foucault ("la política es la continuación de la guerra por otros medios").
Podría comenzarse descartando la subordinación de la Política a la lógica de la guerra, reconocer al otro sin necesidad de desconocer los conflictos y antagonismos.
No se trata de una trasnochada apología al pluralismo liberal (Rawls), al dialogo de los que comparten los mismos prejuicios (Habermas), ni a la tolerancia represiva (Marcuse). Hay diferencias, hay alteridades, si; pero hay conflictos y antagonismos, hay relaciones de fuerza que pasan por reconocer las matrices del poder, que apuntan directamente a fenómenos de explotación, coerción, hegemonía ideológica, negación cultural, desigualdades y exclusiones sociales.
En estas violencias estructurales se incuban los ejes del conflicto. No es pura palabra y texto. Los conflictos exigen de un pluralismo agonístico.
Entre el espacio de racionalidad que supone que la confrontación no existe, que sólo hay conversación entre “iguales” (que no son efectivamente “ni iguales ni libres”), y la lógica de la guerra (aniquilación coactiva del enemigo), hay mucho espacio para canalizar las pasiones democráticas de una política con P mayúscula. Este espacio requiere consolidar una cultura para la polémica democrática.
Tanto la derecha histérica, nostálgica de las fronteras ideológicas de la guerra fría (con su cacareado anticomunismo), como la izquierda cavernaria, con su culto a la mitología del socialismo real, a los símbolos y liturgias del “gran timonel”, el heroísmo del “vanguardismo guerrillero” y los “libros rojos”, manifiestan un gran déficit de pasión democrática. Allí residen reflejos condicionados para una política como lógica de guerra, con la apología “amigo-enemigo”.
La estrategia socialista como revolución democrática permanente, reconoce que hay antagonismos no procesados democráticamente, que podemos derivar en el pathos de la “guerra civil”; reconoce nostalgias por los despotismos, por los arcanos del dogmatismo y del monolitismo ideológico.
Ni la ultra-derecha ni la ultra-izquierda pueden ser portadoras leales de la pasión democrática, porque su nostalgia es por marcadores absolutos de certeza. Sus prejuicios no son perspectivas falibles y limitadas; sino dogmas, creencias fijas y consignas congeladas. Su política idiotiza porque parten de la propaganda bancaria, como “bombardeo ideológico”, al mejor estilo de Goebbels. Reducen la política a “barbarie”, a política instrumental con p minúscula, a conflictos de intereses inamovibles.
Su realismo político no supera el elemental “quítate tú pa´ ponerme yo” ó el “a plomo limpio”. No hay cultivo de la pasión por la diferencia democrática, por los matices que enriquecen, por una “reforma intelectual y moral” (Gramsci); sino monotonía ideológica, frases estereotipadas, empobrecimiento del cuerpo y la palabra.
La ilusión del absolutismo ideológico recorre a algunos espíritus. Habitan las ruínas de los integrismos propios de la modernidad periférica. Han quedado atrapados en la “guerra de religiones”, con todas las intolerancias propias del sectarismo.
La Política con P mayúscula exige cálculo estratégico, pero cuidado si se hace ciega de prudencia y vacía de contenido ético, estético, afectivo, de pasión meta-política.
Quien no reflexiona sobre la política con P mayúscula, recae en la simple voluntad de dominio, como medio y como fin. No es lo mismo una tierra arrasada, que la construcción de un País.
Para lo primero sirve la “guerra relámpago” con tanques nazis o el “heroísmo” de los batallones rusos.
Para lo segundo, se requiere la construcción democrática de una voluntad colectiva apasionada, que supere las taras de las miserias del mundo (Bourdieu), la Dependencia (Celso Furtado) y la exclusión.
Sin cultura democrática, dominará la tierra arrasada. No habrá entonces País.

viernes, 26 de febrero de 2010

27-F: "EL PLAN TINOCO DESATÓ LA TRAGEDIA" O EL ALZHEIMER DE PETKOFF

Javier Biardeau R.
Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas «absolutamente absolutos», es porque, tras todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan.” (Michel Foucault: ¿Es inútil sublevarse?)
Como en toda lucha por la apropiación de la memoria colectiva, existen aún intentos de negar lo que es más palpable desde los cuerpos, que intentan ser sometidos a un nuevo orden de privaciones y disciplinas.
El llamado "Sacudón" puede comprenderse como una sublevación popular-urbana contra el proyecto neoliberal (y no solo contra sus medidas económicas); rechazo abierto y explosivo a la forma de vida anunciada en el “paquete de medidas neoliberales”, claramente establecidas en el discurso memorable de CAP, el 16 de febrero de 1989.
El trasfondo: alza de los precios del transporte, desabastecimiento, especulación, acaparamiento de productos de la canasta básica, las disputas entre Fedecámaras y la CTV alrededor de la política laboral y salarial, la necesidad de créditos frescos del FMI y del BM, demanda de reconocimiento de dolares preferenciales, pago de la deuda; proyección de imaginario populista y un sinnúmero de elementos explosivos de la situación se relacionaron directamente con la imposición del proyecto neoliberal.
Podemos recordarle, ya no a los ex marxistas, sino a los propios dirigentes ex masistas (Petkoff dixit) que el “Diario de Caracas, pagina 35, del 5 de marzo de 1989” se planteaba las siguientes tesis:
a) “El paquete de medidas económicas ha sido el detonante de los dramáticos acontecimientos de los últimos días. Las medidas específicas de restablecimiento del orden público deben ir acompañadas por una profunda rectificación del programa económico”.
b) “Una ira contenida durante largos años terminó por explotar. Un detonante de esta explosión fue la aplicación de las primeras medidas del paquete económico de Carlos Andrés Pérez, que representan una nueva e insoportable carga para los sectores populares, que han visto aceleradamente deteriorarse su nivel de vida, en lo cual tienen una alta responsabilidad Luis Herrera y Jaime Lusinchi, quienes prácticamente arruinaron al país."
c) “A la hora de enfrentar el desbordamiento del estallido popular, el gobierno ha dejado de lado el problema fundamental: el del programa de ajustes del FMI y la necesidad de posponer la aplicación, mientras se elabore un nuevo programa de medidas más gradualista, equilibrado y equitativo en el reparto de las cargas que el ajuste supone.”
El ya conocido testimonio del entonces Secretario privado de CAP en Miraflores, Ignacio Betancourt (El Nacional, 21-02-1999, P.H-1) plantea: “Cuando regresé a Palacio, CAP todavía le estaba contando a un grupo —recuerdo que estaban Teodoro Petkoff, Andrés Velásquez y Vladimir Gessen— cuáles serían las garantías que se suspenderían. Petkoff decía que el MAS «no apoyaría el acuerdo de suspender garantías, si el Gobierno no aplazaba su paquete fondomonetarista».”
Eran otros tiempos, al parecer. Uno lee el por demás revelador Editorial de Tal Cual del día de hoy, 25-26 de febrero de 1989, y se encuentra con la siguiente retórica de Teodoro Petkoff:
La leyenda que inventó Chávez, sobre el 27F como protesta contra el neoliberalismo, es una mentira monda y lironda, una vulgar manipulación politiquera. De hecho, el estallido social se produjo tres semanas después de la toma de posesión de CAP, cuyo programa económico apenas había sido anunciado y del cual sólo se había puesto en práctica el aumento de la gasolina, que dio pie a la protesta por los aumentos de los pasajes del transporte público. En verdad, lo que Venezuela vivía eran los efectos y consecuencias empobrecedores de un modelo económico de vieja data, basado en la dependencia del petróleo y del gasto público, expresados en populismo, clientelismo, precario y errático crecimiento económico y alta inflación, modelo que, por cierto, el gobierno de Chávez ha copiado y empeorado considerablemente. Chacumbele, que ha confiscado para sus fines desde la Guerra de Independencia y Simón Bolívar hasta el 23 de Enero, también "expropia" el 27F como supuesta matriz de su golpe y fecha fundacional de su "revolución", cuando el MBR-200 para esa fecha ya tenía seis años conspirando, creado como había sido en 1983."
En fin, la “mentira monda y lironda, la vulgar manipulación politiquera” no es del MAS y de Petkoff de aquellos días, sino de mismísimo Chávez.
¿A este grado de ceguera y estupidez, pueden llegar las pasiones antichavistas? ¡No dejarán de sorprendernos!
Chávez hace su “revisionismo histórico” (¡Quién lo duda!); pero: ¿Que puede pensarse del “re-encuadre histórico” de Petkoff? Y si faltaran mayores elementos, Petkoff continúa:
Es obvio que efectivos de la FAN, no entrenados para hacer frente a asuntos de orden público, también cometieron excesos, abusos y crímenes, pero, en todo caso, como lo sería con la Policía Metropolitana, las responsabilidades son individuales y en ningún caso institucionales --a menos que se acepte el supuesto negado de que desde los altos mandos de la PM y de las FAN, e incluso del propio gobierno, hubieran partido órdenes de matar.
Sería necesario que se releyera el siguiente testimonio:
El ejército entró a actuar sobre unas masas desbordadas. Las Fuerzas Armadas no son aptas para enfrentar motines, su formación obedece a objetivos distintos a los de los cuerpos policiales. Pero en aquellos momentos el ministro de la Defensa no tuvo otro recurso sino usar las Fuerzas Armadas en una misión que no les es propia, pero que resultó inevitable.” (Carlos Andrés Pérez; El Nacional, 28-02-1999)
Como planteaba el mismo Ignacio Betancourt en el testimonio citado:
CAP estaba conversando con Italo del Valle Alliegro, ministro de la Defensa, a quien había llamado desesperado cuando entró a su despacho. El Presidente, después de hablar con Alliegro, llamó a Gonzalo Barrios. CAP contó por la línea lo que sucedía: «Es horroroso lo que vi en los sitios en los que me metí cuando venía para Miraflores». Le dijo a Barrios que había ordenado movilizar tropas del Ejército desde el interior, como fuera, pues Caracas no contaba con los efectivos suficientes. El contingente no se había renovado enteramente en enero, como siempre se hace, por las elecciones de diciembre. Barrios acotó: «Cuando el ejército sale a la calle, es para matar gente», eso detuvo un poco el ímpetu azaroso de CAP. —De todas maneras, transporten efectivos del interior, a como dé lugar —le reiteró a Alliegro en otra llamada interministerial.
Petkoff aparecía en prensa el 27 de febrero (El Nacional, P. D-2) con una entrevista de Félix Reyes que titulaba: “Petkoff: el Gobierno cree que aún puede continuar irrespetando el parlamento”. Se trataba del irrespeto de no plantear en el seno del parlamento la llamada "Carta de Intención" para su deliberación política. ¡Quién puede dudar que era lo mínimo que podía hacerse!
También habría que recordar en este contexto, el siguiente titular de “El Nacional” (2-03-1999, D-11): “Serán sometidos con los armas quienes persistan con los saqueos”. "Militares procearian a saqueadores" ( ¿Dijo usted, sometidos con los armas?
La exigencia de la clase dominante transformada en orden político-institucional fue reprimir una revuelta popular con unidades de la fuerza armada. Como decía Gonzalo Barrios (¡Cuando el ejército sale a la calle es para matar gente!). Para la clase política dominante: “Se trataba no de protestas, detonadas por el quiebre de expectativas de bienestar social, producto del anunció del paquete neoliberal de CAP, y sus primeros efectos, sino de una extraña mezcla de “delincuencia, turba, saqueo y subversión”. Clases peligros: delincuencia, turba, saqueo y subversión. El "perfecto Enemigo interno" de las Doctrinas de Seguridad Nacional".
Llama la atención que sea el Director de la propia DISIP, en aquellas circunstancias, el que refute demoledoramente la “nueva leyenda” del “intelectual de izquierda”, reconvertido en editorialista de la prensa antichavista: fue el "modelo populista-clientelar" que Chavéz aplica ahora. ¿Acaso sabemos leer entrelineas?:
Hubo torpeza por parte del Gobierno en no prever las consecuencias del alza del combustible y no se implementó una política informativa, ni se plantearon ni consideraron posibles efectos negativos. Una vez iniciado los disturbios y producido el estallido en Guarenas, no se evaluó de inmediato la posibilidad de una generalización y radicalización del fenómeno.”(Rafael Rivas-Vasquez; Director de la DISIP, 1989)
Pero esto no lo dijo solo el Director de la DISIP. Petkoff pudiera pasearse por el análisis de la nada proclive portadora de la “leyenda de Chávez”, Miriam Kornblith, quien en un artículo publicado bajo el título: “Deuda y Democracia en Venezuela: Los sucesos del 27 y 28 de febrero” (Cuadernos del CENDES, N°10, Enero-Abril 1989) afirma lo siguiente:
Si, como se dijo, el detonante de la explosión fue la especulación con los precios del transporte urbano, el anuncio de las medidas económicas el día 16 de febrero y el inicio de su puesta en práctica formaron parte del contexto significativo en el cual fueron recibidas e interpretadas las acciones especulativas de l0os transportistas. Se puede decir que los eventos del 27 y 28 de febrero constituyeron una reacción popular ante el nuevo programa y el inicio de su aplicación, puesto que las nuevas tarifas y las demandas de los transportistas de derivaban directamente del paquete”.
Para Kornblith, como para Petkoff (que parece olvidar la famosa tesis del “timming” del ajuste estructural durante la Agenda Venezuela, de la cual fue su principal vocero de gobierno) se trataba de:
(…) el problema del tiempo adecuado en la presentación y puesta en práctica del paquete se refiere al hecho de que los efectos negativos del anuncio y puesta en practica de las medidas se dejaron sentir de manera inmediata y con mucha mas fuerza y profundidad a nivel de los sectores populares que sus efectos positivos, puesto que el diseño y puesta en practica de medidas compensatorias – que si estaban contempladas – quedaron completamente rezagadas y opacadas respecto al impacto negativo del programa.
¿Por qué se intenta entonces, borrar (por una manida pasión y sesgo antichavista) lo que parecen ser claros elementos de información y de evidencia histórica disponible de lo sucedido? Aquí Petkoff, ¿Será posmoderno: no existen hechos, solo interpretaciones y esta es una interpretación? No se trata de un simple cambio de interpretación, sino del desplazamiento de una posición en el "campo de poder". Detrás del enunciado, la enunciación.
Añade el cubano-americano Rafael Rivas-Vásquez, Director de la DISIP en aquellos momentos (Espero que lo recuerdes, Teo):
Pese a que "El Sacudón" (27/02/89) se produjo a los 25 días de tomar posesión el Presidente Pérez (02/02/89), el fenómeno representó el principio del fin de su Gobierno: 1) Representó un golpe mortal para "El Paquete", 2) El programa neo-liberal sufrió ajustes populistas como consecuencia de "El Sacudón". 3) Surgieron los cuestionamientos y se rompió el hechizo de CAP. 4) CAP tuvo que transformarse en el "presidente de la concertación" moviéndose entre los parámetros neo-liberales del FMI y las medidas populistas para bajar la temperatura social. 5) "El Paquete" quedó desvirtuado y con eso quedaba sellada la suerte económica de la nueva administración y su fracaso.” (Rivas Vásquez: El día que bajaron los cerros)
La ruta de las decisiones de CAP y la elite dirigente fue clara, se trataba de “apuntalar al régimen triunfante sobre la sangre de miles de desposeídos”.
Horas de sangre, horas de lucha. Los poderes no pueden ya nada, cuando, ante la posibilidad de horcas y ametralladoras, los hombres se sublevan.
Una lección de la revuelta popular-urbana que las elites dirigentes conocen; y de allí la utilidad de contar con el control del monopolio de la violencia legal; es decir, controlar efectivamente la represión mortifera: cañones y fusiles contra el pueblo.
Pues se trata de restablecer el orden: “Las fuerzas armadas no salen a la calle a reprimir” (Italo del Valle Alliegro; El Diario de Caracas, 6-03-2009, p.9) ¡Depende de que tipo de Fuerzas Armadas!
Estimados y estimadas, en Venezuela hay una manía de escupir pa´rriba:
“TEODORO: El plan Tinoco desató esta tragedia”. (El Nacional, 1-03-2009, P.4)
¡Al que le caiga le chupa!...

sábado, 21 de marzo de 2009

¿DEMOCRACIA PROTAGÓNICA REVOLUCIONARIA?

Javier Biardeau R.

En el llamado Primer Plan Socialista-Proyecto Nacional Simón Bolívar destaca entre las principales directrices estratégicas la “democracia protagónica revolucionaria”. Metodológicamente se enuncia para cada una de las siete directrices estratégicas un enfoque, objetivos, estrategias y políticas. Llama la atención que uno de los objetivos sea: “Alcanzar irrevocablemente la democracia protagónica revolucionaria, en la cual la mayoría soberana personifique el proceso sustantivo de toma de decisiones”.

¿Acaso este proceso se reduce al plano electoral? La alta dirección estratégica de la revolución se encuentra frente al impasse de su propio discurso. Hay que debatir cómo el “momento del líder” luce des-balanceado frente al “momento del protagonismo popular”.

Una revolución democrática y socialista se fundamenta en el protagonismo “desde abajo”, con autonomía intelectual y moral, como diría Gramsci, para el creciente auto-gobierno. Algo muy distinto del imaginario jacobino-blanquista que genera inevitablemente una disyunción irreparable entre revolución democrática y construcción del socialismo. La “elite revolucionaria” termina siendo una “oligarquía política”, un nuevo cogollo.

La llegada de Stalin se anunciaba en los propios enfoques y métodos leninistas, en su errada premisa de que la “democracia revolucionaria” tenía nada o poco que ver con la profundización de las libertades de multitudes antes oprimidas, generando no una democracia post-liberal sino una democracia anti-liberal.

Una cosa es superar el liberalismo político, otra cosa es destruir la posibilidad de profundizar la libertad social del pueblo, su auto-gobierno y protagonismo en la toma de decisiones. La democracia socialista es una crítica radical a las inconsecuencias del liberalismo democrático, a su compromiso de fondo no con una “sociedad libertaria de igualdad, justicia sustantiva y bien común”, sino con una sociedad capitalista de explotación, coerción, hegemonía ideológica, negación cultural y exclusión social. Pero una democracia socialista es una democracia protagónica libertaria, no una democracia plebiscitaria bajo el mando de un cesarismo progresivo.

Una revolución democrática procura un grado superior de libertad (democracia social, de género, de etnias, de diversos movimientos sociales contra la opresión), no su liquidación en nombre de la tecno-burocracia del partido-Estado. El Estatismo Autoritario y la política personalista fueron el ABC del estalinismo.

Rosa Luxemburgo advirtió el error de separar la “revolución democrática” de la “democracia revolucionaria”, lo que a la postre fue la sustitución de la “dominio de la mayoría” por el “dominio sobre la mayoría”; es decir la re-instalación de la oligarquía política, la “nueva clase” de Milovan Djilas.

Que una mayoría soberana personifique el proceso de toma de decisiones no significa en ningún caso que una encarnación personalizada del poder del Estado, sustituya la soberanía de la mayoría. El socialismo democrático participativo es un proceso popular constituyente radicalmente distinto a la figura del bonapartismo sui generis (Trotsky), analizando a Cárdenas en México:

“En los países industrialmente atrasados, el capital extranjero juega un rol decisivo. De aquí la debilidad relativa de la burguesía "nacional" respecto del proletariado "nacional". Esto da origen a condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el doméstico, entre la débil burguesía nacional y el proletariado relativamente poderoso. Esto confiere al gobierno un carácter bonapartista "sui generis", un carácter distintivo. Se eleva, por así decir, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar ya convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y arrojando al proletariado con las cadenas de una dictadura policial o bien maniobrando con el proletariado y hasta llegando a hacerle concesiones, obteniendo así la posibilidad de cierta independencia respecto de los capitalistas extranjeros”.

Trotsky llega a definir los propios impasses del “Bonapartismo Progresivo” frente al “Capitalismo de Estado”: “Estas medidas (expropiaciones) permanecen enteramente dentro del dominio del capitalismo de Estado. Sin embargo, en un país semi-colonial, el capitalismo de Estado se halla bajo la fuerte presión del capital extranjero privado y de sus gobiernos y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los obreros. Por esto intenta, sin dejar que el poder real escape de sus manos, colocar sobre la organización obrera a una parte considerable de la responsabilidad por la marcha de la producción en las ramas nacionalizadas de la industria”.

Para Gramsci la cualidad distintiva entre un cesarismo regresivo y el cesarismo progresivo era su posición ante la dialéctica “revolución-restauración”. Es cierto que el cesarismo-bonapartismo progresivo puede ser favorable a demandas nacional-populares: Cárdenas, Perón y Nasser son ejemplos, pero eso no significa confundirlos con el socialismo democrático participativo. Es cierto que el nacionalismo popular revolucionario representa un mecanismo de afirmación patriótico frente a tendencias de subordinación imperial. Pero al pan pan, y al vino vino.

Sin protagonismo, iniciativa, poder efectivo del protagonismo popular no hay socialismo.

Chávez ha dicho: “Bueno, dialogando, pensando, esta nueva etapa de este proceso la vamos a comenzar a llamar, y esto refleja mucho lo que aquí está ocurriendo, "la democracia revolucionaria", pensamiento y acción democrático revolucionario. De eso hablaremos a lo largo de estos días, de estos meses y de estos años. Hemos entrado en esa nueva etapa, la democracia revolucionaria, que no es lo mismo que decir, "revolución democrática", es otro concepto, es otra orientación, tomada en profundidad del pensamiento revolucionario de Simón Bolívar y de muchas otras corrientes universales, de todos los tiempos y de muchos lugares.” También ha dicho: “No es lo mismo hablar de revolución democrática que de democracia revolucionaria. El primer concepto tiene un freno conservador; el segundo es liberador”.

Aquí mostramos nuestra diferencia sustantiva de criterios. No hay socialismo participativo, proceso popular constituyente, sin revolución democrático. De algo sirve la historia de las revoluciones.

Por eso planteamos 4R: revisión, rectificación, reimpulso, pero sobre todo renovación del ideario socialista, para no quedar entrampados en cualquier figura del Colectivismo Burocrático. ¡Al pueblo lo que es del pueblo!

domingo, 7 de septiembre de 2008

NUEVOS COMENTARIOS CRITICOS SOBRE LA REVOLUCION BOLIVARIANA

Javier Biardeau R.

Creo que no es la primera ni la última vez que el "trabajo periodístico" genere lo que Margarita ha llamado un "contexto desfigurado". Me parece importante este elemento, dado que no se ha profundizado en el análisis de las relaciones que tiene el campo de la intelectualidad de las ciencias sociales e históricas venezolana con los medios privados y oficiales, cuando se interviene al calor de la coyuntura política. Creo que no es conveniente pasar por alto que la acreditación mediática de opiniones académicamente autorizadas, puede convertirse en un factor de justificación de una línea política. De allí, que es indispensable debatir el asunto del "distanciamiento y el compromiso" (N. Elias), entre la opinión académicamente autorizada y su función en el montaje textual de los poderes mediáticos.
En segundo lugar, a mi me llamó sobremanera la atención del tratamiento de la entrevista, porque reconocí parcialmente los planteamientos críticos de Margarita López Maya, que no son nuevos, pero aparecía un perfil de tropos discursivos y argumentos, que nunca le había escuchado ni leído hasta ahora, y en los cuales no estoy de acuerdo. Por ejemplo, la tesis de la imposibilidad de una "revolución democrática". Este fue el disparador de mi comentario crítico.
En tercer lugar, no comparto algunas interpretaciones sobre mis comentarios críticos, y perdonen la extensión. Sigo insistiendo en la "legalidad" de las leyes habilitantes, y en la posibilidad de "incorporar" algunos temas y contenidos del fracasado proyecto de reforma en las mismas.

El numeral octavo del artículo 236 Constitucional es claro en facultar al Presidente para dictar, previa autorización por una ley habilitante, decretos con fuerza de ley. Se trata entonces, de Decretos con "fuerza de Ley". Sería importante destacar este aspecto, como dicta la fórmula, decretos con "rango, valor y fuerza de Ley". Se trata de una actividad legislativa que es excepcional pero no deja de ser ordinaria en el sentido de la actividad legislativa (Ley habilitante). Nuestro ordenamiento constitucional distingue claramente la formación ordinaria o no de las leyes, de las enmiendas, reformas constitucionales y de la asamblea constituyente. Creo que pocos se han detenido en las diferencias entre todos estos procedimientos, y de allí se derivan muchas confusiones legales y políticas.

El artículo 345 es claro cuando señala que: "Se declarará aprobada la reforma constitucional si el número de votos afirmativos es superior al número de votos negativos. La iniciativa de reforma constitucional que no sea aprobada, no podrá presentarse de nuevo en un mismo período constitucional a la Asamblea Nacional".

Y esto lo digo, porque queda claro que es la "iniciativa de reforma constitucional que no sea aprobada, es la que no puede presentarse de nuevo en un mismo período constitucional". Creo que el 342 define que es una reforma constitucional (objeto de la reforma).

¿En que consiste la iniciativa de reforma que no puede presentarse de nuevo? En aquel proyecto que fue discutido y aprobado por la AN de acuerdo al procedimiento constitucional (Art.343): "La iniciativa de reforma constitucional será tramitada por la Asamblea Nacional en la forma siguiente: 1. El proyecto de reforma constitucional tendrá una primera discusión en el período de sesiones correspondiente a la presentación del mismo. 2. Una segunda discusión por Título o Capítulo, según fuere el caso. 3. Una tercera y última discusión artículo por artículo. 4. La Asamblea Nacional aprobará el proyecto de reforma constitucional en un plazo no mayor de dos años, contados a partir de la fecha en la cual conoció y aprobó la solicitud de reforma. 5. El proyecto de reforma se considerará aprobado con el voto de las dos terceras partes de los o las integrantes de la Asamblea Nacional."

Fijémonos bien que a diferencia de la reforma, la enmienda tiene por objeto la adición o modificación de uno o varios artículos de esta Constitución, sin alterar su estructura fundamental. Y a pesar de modificar artículos de la Constitución, uno o varios, y sin llegar a ser una reforma, el Constituyente no impidió que una misma enmienda se presentara en dos o mas oportunidades en un mismo período constitucional. Solo queda prohibido para la reforma ¿Por que no para la enmienda? Porque, entre otras razones, se trata de dos procedimientos distintos.

¿Cómo se discutirá una enmienda en la AN?: Según el procedimiento establecido en la Constitución para la formación de leyes. De allí que es importante retener el tema de los rangos y jerarquías normativas, mas aún si traeremos a continuación el tema del contenido de las leyes habilitantes, que en ningún caso suponen "modificar, adicionar, o suprimir" artículos de la Constitución, sino desarrollarlos.

Y allí viene un interesante debate en el Constitucionalismo Democrático, que no se omite debatir en la actual coyuntura, porque tumba cualquier argumento de invalidez jurídica de aquellos que plantean que no se pueden plantear contenidos semejantes a lo de la reforma en una Ley habilitante. Hay que diferenciar planos normativos, insisto. No es lo mismo una reforma que la legislación ordinaria.

Se confunden en las argumentaciones mediáticas dos planos de la jerarquía normativa. Una cosa es modificar artículos de la Constitución, otra cosa es desarrollarlos a través de la legislación ordinaria o mediante decretos con fuerza de Ley. Lo que cabe analizar en estos decretos derivados de la Ley habilitante, es si desarrollan o no las disposiciones constitucionales, y si existen vicios o no de inconstitucionalidad, no si se pueden presentarse otra vez en un mismo período constitucional.

No hay cláusula constitucional alguna que limite la presentación de contenidos normativos en diversas oportunidades, a menos que sea la "iniciativa de reforma constitucional". No hay argumentos de ilegalidad. Estos decretos no son obviamente artículos de la Constitución, son leyes, que pueden derogarse o reformarse de acuerdo a lo dispuesto en la Constitución. Si ni siquiera a las enmiendas, que siguen un procedimiento equivalente a la formación de leyes, se les impone la cláusula de prohibición de volver a presentarla de la reforma.

En una cámara parlamentaria se presentan proyectos de Ley a través de un procedimiento. Si no son aprobados, sencillamente hay que comenzar desde cero. Pero esto no impide que no se presenten bajo nuevas formas y contenidos. Esa es la dinámica parlamentaria regular. Así que la clave de esta confusión de planos se despeja si se comprende la diferencia entre modificar artículos de la Constitución o desarrollar a través de leyes lo contenido en estos principios generales. Margarita lo aclara, ella es historiadora, yo soy sociólogo, pero debemos informarnos ambos de derecho constitucional y parlamentario.

Todo esto lo digo para aclarar que no argumento "que como este es un proceso de cambios revolucionarios hay un poder constituyente en acción y que el hecho de que se haya reprobado la reforma no significa que se tenga que esperar hasta un nuevo período constitucional para pasar las propuestas que estaban en ella, siempre que ellas no contravengan la Constitución de 1999". Yo dije nada semejante y coloco de nuevo lo dicho: "De forma, los actos de legislación son desarrollos de un programa político enmarcado en un horizonte constitucional, mientras los actos de reforma son modificaciones parciales de este mismo horizonte" "Una reforma es inconstitucional cuando sus propuestas chocan con los límites materiales y formales de una Constitución. Una legislación es inconstitucional, cuando sus enunciados presentan vicios de inconstitucionalidad o generan colisiones con instrumentos jurídicos de mayor jerarquía o de igual jerarquía normativa. Esto en el plano de la validez." "No hay legalidad alguna que diga que algunos de los enunciados de la reforma, mejorados o no, no pueden ser sometidos a aprobación o rechazo electoral, o aprobados o no por mecanismos de legislación ordinarios o excepcionales, como la habilitante." Creo que Margarita no comprendió precisamente en que consiste la diferencia, y me atribuyo una interpretación que no se ajusta a lo que plantee en mi comentario inicial. En ningún caso confundí estos decretos-leyes con fuerza de Ley con actos constituyentes.

Esta es una interpretación errada de Margarita de mis planteamientos, que son expuestos con detalle arriba. No es porque sea un poder constituyente, es que los decretos con rango, valor y fuerza de Ley son leyes, desarrollos legislativos. Lamentablemente Margarita no comprendió las razones de mi primer comentario. Espero que quede claro a partir de lo siguiente: "Mientras la Constitución como norma es creada por el poder constituyente (ilegal o prelegal), y la legislación ordinaria (legal y limitado formal y materialmente por la Constitución), las modificaciones a la Constitución son obra de un poder específico de revisión constitucional (una especie de legislador constitucional) que en rigor no corresponde a los anteriores. (Pedro Salazar: La Democracia Constitucional, pag.96)

Sobre la legitimidad, y ya no la validez jurídica, Margarita dice lo siguiente: "Considero que en dos oportunidades se ha convocado y pronunciado el soberano sobre la dirección del proceso de cambios a través de referendo popular: tanto cuando se aprobó la Constitución de 1999 como cuando se reprobaron las propuestas de reformarla según los contenidos del Presidente y de la AN. Pienso que más legítimo que esos dos procesos es difícil conseguir".

Lo que tendríamos que demostrar bajo este argumento es que las 26 leyes reproducen término a término, en todos sus aspectos, los contenidos de la Reforma Constitucional. Yo todavía espero por este análisis, ya que hay 16 instrumentos jurídicos que no tienen absolutamente nada que ver con la reforma, y solo 4 de ellos pueden contrastarse para encontrar algunos "aíres de familia" (y viniendo del mismo proyecto político, sería extraño no encontrar semejanzas), pero nada de contenidos exactamente idénticos. Lo que existe son desarrollos con orientaciones especificadas por el proyecto político hegemónico de Chávez de principios generales presentes en la Constitución. Que existan potenciales colisiones con otras leyes y con interpretaciones del sentido y alcance de la Constitución que le corresponde en última instancia a la Sala Constitucional, no al poder mediático, no lo pongo en duda "a priori". Hay que analizar en detalle.

Yo no tengo la "inclinación por una interpretación que sostenga que no es legítima ni legal impulsar estos contenidos rechazados en el referendo de 2007". Esto significaría un bloqueo absoluto al proceso de transformaciones, y no llegaría a afirmar absurdos semejantes a: "Y sí, incluyo allí la disminución de la jornada laboral y otros contenidos progresistas que pudieran o no ser afines a la CRBV". Repito, esto sería convalidar el bloqueo de cualquier margen de maniobra político-jurídico a la situación actual de la revolución bolivariana, que no se diferencia en nada de la estrategia opositora más tradicional (que planteó si no hemos perdido la memoria en todo el año 2007, que se desarrollaran leyes ordinarias para desarrollar los contenidos de la reforma, ya que no hacia falta "hacer una reforma constitucional")

Margarita dice que "el chavismo apostó a un tipo de transición al socialismo –y puso unas carnadas- y perdió; ahora debiera respetar las reglas y no volver a presentar la misma orientación y contenidos específicos de nuevo, ni siquiera las carnadas". Lo que he expuesto mas arriba es que las "reglas" a las que apela Margarita no son ningunas reglas, ni siquiera las de la democracia constitucional. Son mas bien, errores conceptuales sobre la diferencia entre legislación u reforma constitucional, los que llevan a Margarita a pensar que está del lado de las "reglas" y no del lado de las "estrategias opositoras".

La Constitución si lo permite. A mi que me expliquen donde no lo permite. Me parece que el mensaje va mas allá de que a los venezolanos "no desean que se les imponga un socialismo a juro". Seria, desde mi punto de vista una presuposición inadmisible considerar que la reforma era "El Socialismo". Ciertamente, los errores políticos, Chávez debe asumirlos, y creo que Chávez debe rectificar el curso, la velocidad y muchos contenidos de su proyecto, pero los errores conceptuales pueden ser tan graves como estos. Chávez actual bajo un estilo "borderline" institucional. Fueron David J. Myers / Jennifer L. McCoy quienes en su trabajo "Venezuela en la zona gris: desde el pluralismo ineficaz hacia el sistema de poder dominante", desplegaron sus argumentos en esta dirección. ¿Democracia liberal Fuzzy? ¿Y por que no?
Creo que el devenir Cesarista de la revolución bolivariana impone una tensión inevitable sobre el fetichismo institucional, que inspira tantos debates sobre "consolidación o des-consolidación democrática", si por reglas democráticas solo asumimos el canon de la "poliarquía" de Dahl, o criterios como los de la Carta democrática Interamericana. Pero estás definiciones de reglas están sometidas a la lógica hegemónica de la política, a concepciones rivales y agonistas de las democracias (Laclau-Mouffe). Pero no quisiera que mi cuestionamiento al fetichismo institucional se interpretara como una "luz verde" a las derivas de quienes se encuentran rodeando al Presidente, que combinan en algunos casos el peor estalinismo con el peor militarismo. No desprecio la democracia liberal, pero creo que hay que ir hacia formas post-liberales de la democracia para repensar el Socialismo. No soy políticamente anti-democracia-liberal, solo me parece que hay que subirle el "ruedo a la falda", aligerando el liberalismo político (y derrotando al liberalismo económico), promoviendo mayor sustancia democrática, sobre todo con contenido material, social y pluricultural.

La democracia es libertad política, no solo sólo igualdad y justicia social. Y es en el terreno de la libertad política que el estado mayor chavista padece de quiebres, por resonancias y alianzas. Imponer lo que se desea como minoría dirigente a las mayorías es jacobinismo. Margarita lo llama "lógica revolucionaria de la más tradicional". Es por esta razón, que creo que hay que liberar al imaginario socialista del jacobinismo y del "comunismo grosero", como lo denominó Marx. Uno hace tendencia con otra dinámica de movilización política y social, que lucha contra este lógica del "estado mayor" de la revolución (Rosa Luxemburgo dixit).

Dice Margarita: Como Javier es sociólogo y yo historiadora pienso que respondemos inicialmente desde sitios distintos. Reconozco que teóricamente una revolución puede ser democrática; de hecho pienso que en algunos procesos que hoy acontecen –como la elección en Bolivia de Evo Morales y algunos procesos que se han dado en nuestro país- dejan ver procesos revolucionarios y democráticos al mismo tiempo. Pero como historiadora creo que ha prevalecido, por lo menos hasta el siglo XX, la violencia y la imposición cuando se hacen las revoluciones y es mejor que se tenga eso bien presente."
Continua Margarita: "¿Estamos ante una revolución? ¿Estuvimos en algún momento de este proceso en una revolución? ¿Marchamos hacia algún socialismo? En verdad estas preguntas son ineludibles a la altura en la que nos encontramos."
Margarita piensa "que desde el 2004, pero más claramente desde después de la reelección del Presidente de 2006, las fuerzas que se oponen a un cambio que promueva una democratización profunda en Venezuela han ganado bastante terreno dentro del chavismo." Ciertamente sigue una lucha poco estridente, pero fundamental. Esta en juego mucho más que una dinámica entre Gobierno y Oposición.
Creo que un modelo nacional-estatista en lo económico con una democracia restringida o averiada en lo político no es un fenómeno atípico en la historia de América Latina. ¿Cuántos peronismos hay en el peronismo? ¿Cuántas revoluciones hay en la revolución mexicana? ¿Cuántos sandinismos en el sandinismo? ¿cuantas desgarraduras en el Allendismo? Lamentablemente, la realidad dice que el Chavismo cesarista se impone contra el chavismo democratizante, pero esto no anula la posibilidad de que el movimiento nacional, popular y democrático esté fatalmente condenado por su Líder Histórico y su camarilla dominante. Hay un movimiento de masas que desborda nuestros cuadros mentales, dormido, apagado, en reflujo momentáneo, pero no hay que minimizar su significación. Las historias son también espacios de sorpresas…por eso deje de seguir la mirada del "convencional sociólogo"…Saludos cordiales.

RESPUESTA DE MARGARITA LOPEZ


Por Javier Biardeau R


Sobre mis declaraciones a El Universal el pasado 26 de agosto y en respuesta a los comentarios de Javier Biardeau
Margarita López Maya
Septiembre 4
Estuve fuera de Caracas la semana pasada y esta semana estuvo bastante complicada, por lo que este comentario sale un poco tarde. Pero fue ahora que leí ambos textos.
Contrariando una decisión que había tomado hace algún tiempo, di esas declaraciones a El Universal por teléfono y no recuerdo ahora, si me dijeron que era una entrevista formal, como parece haber salido, o una consulta dentro de otras varias, que fue lo que creí. No acostumbro a dar entrevistas formales por teléfono. Pero asumo la irresponsabilidad que cometí. Se por experiencia que una cosa es tener el periodista enfrente y otra oír unas preguntas por el teléfono y reaccionar. Y entre tantas cosas que tenía antes del viaje que hice la verdad pude no entender bien el carácter de la entrevista.
Identifico como mías palabras y ciertas argumentaciones en la entrevista, pero encuentro el contexto desfigurado. Como si el que lo escuchó tuviese otros parámetros de referencia. Aún así lo asumiré como está, porque cometí un descuido.
Pienso que Javier plantea algunas cuestiones que me parecen interesantes. Empezaré por los contenidos de las leyes recogidas en la Habilitante. Javier argumenta que como este es un proceso de cambios revolucionarios hay un poder constituyente en acción y que el hecho de que se haya reprobado la reforma no significa que se tenga que esperar hasta un nuevo período constitucional para pasar las propuestas que estaban en ella, siempre que ellas no contravengan la Constitución de 1999. Yo planteo allí dudas. Considero que en dos oportunidades se ha convocado y pronunciado el soberano sobre la dirección del proceso de cambios a través de referendo popular: tanto cuando se aprobó la Constitución de 1999 como cuando se reprobaron las propuestas de reformarla según los contenidos del Presidente y de la AN. Pienso que más legítimo que esos dos procesos es difícil conseguir. Por ello siento inclinación por una interpretación que sostenga que no es legítima ni legal impulsar estos contenidos rechazados en el referendo de 2007. Y sí, incluyo allí la disminución de la jornada laboral y otros contenidos progresistas que pudieran o no ser afines a la CRBV. Creo que el chavismo apostó a un tipo de transición al socialismo –y puso unas carnadas- y perdió; ahora debiera respetar las reglas y no volver a presentar la misma orientación y contenidos específicos de nuevo, ni siquiera las carnadas. La Constitución no lo permite. Pero, y no creo que sea prurito liberal, estoy abierta a un debate tanto en términos político sociales de legitimidad, como jurídicos de legalidad. Me parece que Chávez y quienes más de cerca lo siguen, siguen sin comprender bien el mensaje enviado por los venezolanos en diciembre de 2007 de que no desean que se les imponga un socialismo a juro. Pienso que los errores políticos deben asumirse so pena de tener que pagarlos aún más caros más adelante.
Cuando me referí a que las revoluciones se imponen, no era mi pretensión, ni mucho menos, hacer una reflexión teórica sobre ello. Lo hice en el marco de una pregunta que se me formuló sobre por qué Chávez o el chavismo actúan por encima de las instituciones. Yo buscaba una explicación al comportamiento tan autoritario del Presidente y ese grupo que le rodea. Y creo que no hay mucha desavenencia allí con Javier, porque me parece que algunos de los izquierdistas o seudo izquierdistas que se encuentran rodeando al Presidente, siguen metidos en la anacrónica lógica revolucionaria de cierta izquierda venezolana, y mundial, que sigue considerando la democracia política –liberal- algo despreciable por pequeño burgués. Que la democracia es sólo igualdad y justicia social y siguen pensando que hay que imponer lo que desean las mayorías, entendiendo por ello lo que ellos bien entiendan. Eso que llama Javier el jacobinismo. Yo lo llamo lógica revolucionaria de la más tradicional. Concuerdo también que a esto se agrega la lógica autoritaria de los militares, que hasta le fecha y con escasas excepciones han demostrado poco entender eso que se llama democracia “participativa”. Como Javier es sociólogo y yo historiadora pienso que respondemos inicialmente desde sitios distintos. Reconozco que teóricamente una revolución puede ser democrática; de hecho pienso que en algunos procesos que hoy acontecen –como la elección en Bolivia de Evo Morales y algunos procesos que se han dado en nuestro país- dejan ver procesos revolucionarios y democráticos al mismo tiempo. Pero como historiadora creo que ha prevalecido, por lo menos hasta el siglo XX, la violencia y la imposición cuando se hacen las revoluciones y es mejor que se tenga eso bien presente.
Eso me lleva quizás a reflexionar sobre otro aspecto que está de alguna manera implícito en este diálogo. ¿Estamos ante una revolución? ¿Estuvimos en algún momento de este proceso en una revolución? ¿Marchamos hacia algún socialismo? En verdad estas preguntas son ineludibles a la altura en la que nos encontramos. Pienso que desde el 2004, pero más claramente desde después de la reelección del Presidente de 2006, las fuerzas que se oponen a un cambio que promueva una democratización profunda en Venezuela han ganado bastante terreno dentro del chavismo. Sigue el combate y seguirá quizás por algún tiempo. Pero no me parece claro, y en esto puede ser que coincida con Javier, que esa propuesta de reforma constitucional y estas leyes de la Habilitante tengan que ver con la democracia participativa y protagónica que fue la aspiración de muchos de quienes apoyamos el proceso bolivariano como un proceso de una democracia sustantiva. Y tampoco sirven a una revolución democrática. Me inclino por pensar que el proceso está agonizando para darle paso a un proyecto nacionalista de democracia política restringida y más que socialista, estatista. Pero esta discusión sí es compleja y larga. Pienso que todavía hay bastante gente que sigue apostando a enderezar estos entuertos que cada día que pasa parecen más complicados. Como siempre, ante un vaso a medio llenar hay quien lo ve “medio vacío” y quien lo ve “medio lleno”.
ENTREVISTA ORIGINAL:
Entrevista Margarita López Maya, profesora universitaria
"La Constitución es infuncional para cambios que quiere Chávez"
"Quieren hacer pasar leyes muy medulares para la transformación del país sin que el país participe"

SARA CAROLINA DÍAZ
EL UNIVERSAL

"Las revoluciones no son democráticas sino que se imponen", es la premisa de la que se vale la profesora universitaria, especialista en ciencias sociales y estudiosa del proceso bolivariano, Margarita López Maya, para explicar la insistencia del presidente Hugo Chávez en aplicar a través de las leyes habilitantes una propuesta reforma constitucional derrotada en referendo en diciembre pasado.
La falta de consulta de esas 26 leyes, dice, quiebra el principio de democracia protagónica en la que se ha basado el proceso revolucionario en los últimos años.
-¿Qué incidencia tiene en la sociedad la promulgación de las 26 leyes habilitantes por parte del Presidente?
-Todo es muy parecido a la situación de 2001. Me parece que se hizo una escasa consulta a la sociedad en general, organizada o no organizada, y eso es muy contradictorio con la Ley de Democracia Participativa. En cuanto al contenido, aunque no he leído con detenimiento las leyes puedo decir, por ejemplo, que no debería cambiarse el nombre de la Fuerza Armada (a Bolivariana) porque es contradictorio que la Constitución diga una cosa y la ley otra cosa. Habría que ver cuántos de esos cambios estaban en la reforma rechazada. Si la Constitución tuvo 69 ar- tículos que fueron rechazados, considero que el contenido de esos artículos no debería salir a través de estas leyes.
-¿Aun cuando no contradigan a la Constitución?
-Claro. El Gobierno podría hacer pasar leyes, pero, aunque no sean contradictorias con la Constitución, algunos de esos contenidos fueron rechazados en el referendo de diciembre y por ese lado los juristas y constitucionalistas deberían analizar la legalidad de esas leyes. Eso es materia de interpretación legal por parte del TSJ. El problema es que al igual que en 2001 hay cambios muy profundos que no fueron consultados. Quieren hacer pasar leyes muy medulares para la transformación del país sin que el país participe en ellas. Eso no sólo contraviene el principio de la democracia participativa y protagónica que es lo que le da legitimidad al proyecto bolivariano.
-¿A qué cree que se debe la insistencia del Presidente en esa manera de legislar, cuando le dan el poder para ello, y de gobernar?
-Hay una situación contradictoria porque a veces el Presidente utiliza la lógica institucional y dice que haremos los cambios a través de los procedimientos democráticos, y otras veces se contraviene esa lógica y se utiliza una lógica revolucionaria y si una ley o institución no me favorece y hace peso contra lo que yo quiero hacer entonces digo eso es contrarrevolucionario y como yo soy revolucionario paso por encima de las leyes.
-Pero se supone que se está llevando a cabo una revolución democrática&
-Se pasa por encima de las leyes porque las revoluciones no son democráticas. Las revoluciones se imponen. Creo que hay un cruce de la lógica democrática con la revolucionaria. Hay una contradicción. En ciertas situaciones el Presidente y las alianzas sienten que no tienen necesidad de respetar las leyes y la Constitución. Es más, están dando muchas señales de que ellos sobrepasaron la Constitución de 1999 y no la consideran suficientemente legítima para sus propósitos de cambio social, o digamos no suficientemente funcional para sus propósitos revolucionarios.
-¿Qué tipo de socialismo se pretende construir con estas leyes? Porque todo apunta al mismo del siglo XX.
-Con las leyes se trata de imponer un socialismo a juro, un socialismo que no formaba parte de su proyecto inicial. Ahora claramente se está tratando de construir un socialismo que por no ser consultado, por no se participativo, no es democrático y se están cometiendo los mismos errores del socialismo del siglo XX.
-¿Cómo cuáles?
-Como un estatismo exagerado en la economía que ya demostró que fracasó en los países del bloque soviético, y en lo político un autoritarismo de subordinación de todos los poderes públicos al Presidente, además de un Estado muy centralizado, que también vimos que fracasó en el siglo XX y que además es autoritario.
-¿Entonces por qué se insiste en ello?
-Pareciera que (el Gobierno) no tiene suficientes ideas creativas y está muy apurado. Aquí ha habido propuestas creativas pero el apresuramiento, la lógica revolucionaria y la lógica del operativo militar, de que todo tiene que ser resuelto de hoy para mañana, no permite que las cosas maduren o se perfeccionen. Por ejemplo en el área de la economía no han tenido ideas, salvo la reforma petrolera, y lo que han dado es puro palo de ciego, 10 años en eso y terminan suponiendo que lo más fácil es copiarse las ideas de afuera y decir que aquí sí va a resultar. Esa no es una situación nueva en Venezuela porque Carlos Andrés Pérez implementó aquel capitalismo de Estado en los 70 que ya estaba fracasado. Pero como nosotros somos los chéveres se le metió el acelerador a un modelo que ya había demostrado que tenía fallas estructurales.Como somos un país petrolero las élites se montan fantasías y piensan que somos capaces de cualquier cosa. Como dice Fernando Coronil aquí cada élite que llega cree que son magos que transformarán a la sociedad de un día para otro y así seguimos estrellándonos y estrellándonos.
-¿Este apresuramiento tiene que ver con la posible salida del poder de Chávez en 2013?
-El Presidente va a querer pasar la enmienda constitucional y eso está clarito. La gente tiene que está muy consciente de que en estas elecciones de noviembre eso también esta en juego, porque si gana con un triunfo arrollador, la enmienda va el primer semestre del año que viene. Y si no es tan arrollador, también lo hará, pero lo medirá mejor.
-Parece imposible el surgimiento de otro líder en el chavismo...
-El bolivarianismo no tiene otro líder que pueda hacer las cosas que hace Chávez y eso es un círculo vicioso, porque Chávez ha demostrado capacidad de unificar movimientos y partidos con muchas tensiones y diferencias entre sí que sólo reconocen un líder que es el mismo Chávez y él mismo funciona como mediador. Y en la medida que ha ido avanzado se ha hecho cada vez más imprescindible. Hay tendencias muy débiles a crear liderazgos de relevo, y es como decía Chávez, primero se hizo imprescindible y después es una rémora para crear el liderazgo de relevo porque el mismo Presidente obstaculiza el relevo y la posibilidad de que esos problemas (de liderazgo emergente) se solucionen. Es una lógica perversa. Si se olvidara de quedarse en el poder y se dedicara a crear el liderazgo de relevo pues no habría problema. Al menos se ha hecho un esfuerzo de dirección, una dirección colectiva, pero es muy difícil porque el Presidente tiene mucha tendencia a centralizar, concentrar poder y destruir cualquier liderazgo alternativo como lo hizo también Rómulo Betancourt y Rafael Caldera. Es una tendencia que se ve mucho en Venezuela.
-Para las elecciones de noviembre ese liderazgo emergente del chavismo se ve con poca autonomía...
-Es muy cauteloso, porque cualquier movida que hagan Chávez los destruye y esos que están en cuadros medios y gobiernos locales y regionales se mantienen de bajo perfil porque saben que pueden sobrevivir a Chávez, pero tienen que tener cuidado porque si llaman mucho la atención lo más seguro es que caigan.
-¿Y la oposición?
-Veo muy débil a la oposición, incapaz de crear el liderazgo alternativo. No entiendo cómo se puede seguir insistiendo con liderazgos que cometieron un golpe de Estado y participaron en un paro petrolero y ahora se presentan para las candidaturas para las regionales. Se niegan a dar paso a caras descontamidas del proceso de polarización. Esa izquierda tradicional sigue sin poder articular un liderazgo creíble para el país. En el chavismo también hay mucho ruido y mucha tensión. Es un problema de los dos polos y quizás hace falta tiempo. Aún no hemos pasado la etapa de la perplejidad.

domingo, 10 de agosto de 2008

MARX Y EL SOCIALISMO DESDE ABAJO

Javier Biardeau R

Lo debemos a Ludovico Silva poder distinguir entre marxistas, marxianos y marxólogos. Las hermeneúticas sobre la obra de Marx son inagotables, y por eso Marx es una figura central del pensamiento histórico-social.
Una cosa es acercarse a la obra de Marx, destacando la “multiplicidad de Marx (el fecundo trabajo de Juan Barreto es uno de los escasísimos ejemplos a la reflexión teórico-ideológico de un militante político y de quién ha atravesado el ejercicio de diversas responsabilidades en la dirección política del proceso bolivariano). Otra cosa es colocarse en el lugar de la verdad codificada por cualquier variante de “marxismo institucional”: de la II Internacional o de cuño marxista-leninista. Ludovico Silva acertó.
Hay que realizar claras distinciones y complejizar a Marx. Su obra supera las visiones limitadas que en los primeros treinta años del siglo XX circularon como “doctrinas oficiales”. Esto demuestra que los codificadores de un pensamiento realizan en muchos casos claras adulteraciones y sobre-interpretaciones, para generar la impresión de un sistema cerrado de ideas, categorías y conceptos. De allí surgen las voces hegemónicas de una determinada codificación. Y finalmente, los administradores de una presunta línea política; un paralelismo obvio con aquellas configuraciones religiosas que dependen de la verdad revelada desde un texto considerado sagrado.
Pero la obra de Marx merece un tratamiento crítico. Marx fue un defensor del vínculo orgánico entre el movimiento democrático de masas y el movimiento comunista.
Antes de Marx, los diversos utopismos fueron elitistas y antidemocráticos en lo esencial. Pretendían imponer un modelo prefabricado, un plan que debería ser aplicado desde arriba o desde una dictadura político-educativa. Estos eran hostiles a la idea de transformar la sociedad desde abajo, por medio de la inquietante intervención de las masas en busca de su liberación. El movimiento socialista, antes de Marx, se articuló muy poco a la línea de la democracia desde abajo. Esta intersección, fue la gran contribución de Marx, y de allí su lugar destacado en la fundación de un pensamiento contra-hegemónico.
Marx unió el socialismo revolucionario con la democracia desde abajo, una democracia que demolía el fetichismo institucional del Estado representativo. Éste es el corazón vital del pensamiento marxiano. Cualquier ruptura del vínculo entre democracia y socialismo, puede llamarse cualquier cosa menos pensamiento marxiano. Retomando a Flora Tristan, Marx expresó que “la emancipación de los trabajadores debería ser obra de los trabajadores mismos"; es decir, auto-emancipación social.
Todavía hoy, Marx permite una inmunización contra la ilusión fetichista en un Déspota Salvador. Marx desconfiaba del Socialismo de Estado al igual que del Bonapartismo. Se incorporó a la política como editor de un periódico que era el órgano del ala izquierda de la democracia liberal en la industrializada zona del Rin, y pronto se convirtió en la principal expresión editorial de toda la democracia política en Alemania. Su primer artículo fue una polémica en favor de una ilimitada libertad de prensa frente a cualquier censura estatal ¡Nada más y nada menos!
Pero así mismo dirigió sus dardos críticos hacia la propiedad privada, y hacia las penalizaciones que sobre los que nada poseían se realizaba para defender este sacrosanto “derecho natural”. Esto basto para que el gobierno imperial impusiera su destitución y su expulsión. De allí, Marx comprendió que las nuevas ideas socialistas superaban el “estrecho horizonte burgués”.
Fue en contacto con el socialismo, que el término democracia cobró un significado más amplio en lo político y en lo social, criticando el carácter falso y restringido de la democracia liberal-censitaria. En notas manuscritas hechas en 1844, rechazó el existente "comunismo vulgar" que negaba el pleno desarrollo de las potencias de la personalidad humana. Marx aspiraba a un comunismo que sería un "humanismo totalmente desarrollado", donde la libertad ampliada contrastaba con la libertad restringida de los individuos-propietarios.
En 1845, él y su amigo Engels elaboraron una argumentación contra el elitismo de una corriente socialista representada por Bruno Bauer. En 1846 organizaron los "Comunistas democráticos alemanes" en el exilio de Bruselas, y Engels escribió: "en nuestra época, democracia y comunismo son la misma cosa"; es decir, “el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa” (Manifiesto Comunista). La nueva idea comunista se unía aspiraciones democráticas de masas, entrando en conflicto con las sectas comunistas existentes, que soñaban en dictaduras mesiánicas.
En el periódico editado en 1847, pocos meses antes del Manifiesto Comunista, la Liga de los Comunistas anunció: No nos encontramos entre esos comunistas que aspiran a destruir la libertad personal, que desean convertir el mundo en un enorme cuartel o en un gigantesco asilo. Es verdad que existen algunos comunistas que, de forma simplista, se niegan a tolerar la libertad personal y desearían eliminarla del mundo, porque consideran que es un obstáculo a la completa armonía. Pero nosotros no tenemos ninguna intención de cambiar libertad por igualdad. Estamos convencidos... de que en ningún orden social podrá asegurarse la libertad personal tanto como en una sociedad basada sobre la propiedad comunal... Pongámonos a trabajar para establecer un estado democrático en el que cada partido podría ganar, hablando o por escrito, a la mayoría para sus ideas...
Una lección para muchos seudo-marxistas, que siguen soñando, al igual que las fantasías paranoicas de la derecha, con dictaduras encubiertas, en vez de profundizar y radicalizar la democracia.

domingo, 3 de agosto de 2008

NO HAY SOCIALISMO SIN ESTADO DEMOCRATICO

Javier Biardeau R

Uno de los temas de mayor relevancia en el seno de la multiforme izquierda consiste en clarificar los “problemas de transición al socialismo”. A la luz de las experiencias históricas de los “socialismos burocráticos”, el rigor teórico, histórico y sentido crítico es cada vez mas urgente, dadas las obvias implicaciones de política, estrategia y táctica, que llega incluso a afectar procesos constituyentes y debates constitucionales en la coyuntura.

Hemos planteado que la Revolución Rusa evidenció encrucijadas democráticas, donde el desvarío jacobino-blanquista se apoderó de la dirigencia bolchevique. Este asunto, analizado en contraste con los errores de diseño teórico-ideológico del llamado “proyecto de reforma constitucional” en Venezuela, cobra especial significación, ya que quienes incluyeron el enunciado “Estado Socialista” en el proyecto (Art. 16 y 318) parecieran no comprender el fondo y consecuencias del debate sobre las formas de gobierno y de Estado en la “transición socialista”.

El desvarío autoritario tiene que ver además con los cortocircuitos de la interpretación leninista de los textos de Marx y Engels. El hecho de haber descuidado la relevancia de estos cortocircuitos ha tenido consecuencias funestas en la cultura y la acción política de la izquierda. El marxismo-leninismo, al igual que la izquierda cesarista, se opone en muchos sentidos a Marx y se vincula al imaginario blanquista-jacobino. Para esta izquierda despótica, el valor democracia se considera una simple forma, una mascarada, un elemento retórico, que puede ser instrumentalizado sin más, rompiendo la articulación entre socialismo y democracia.

Sin embargo, no hay Socialismo factible sin la revolución democrática. Siguiendo a Laclau-Mouffe en su “Hegemonía y Estrategia Socialista”, hay que distinguir entre quienes plantean una interpretación autoritaria de la hegemonía (de lo jacobinos al estalinismo) de quienes realizan una interpretación democrática del término hegemonía (inflexión de Gramsci de conquista del una cada vez más amplio consenso en la transformación correlativa de la “sociedad civil”: de la sociedad burguesa a la sociedad socialista).

Incluso de este contraste surgen visiones que replantean el debate entre “hegemonía” o “contra-hegemonía”; y en este último caso, plantear la ruptura con la biopolítica de la separación absoluta entre gobernantes y gobernados. La democracia socialista implica superar, rebasar, ir más allá del liberalismo democrático (el socialismo a diferencia del fascismo en post-liberal, no antiliberal). Este es el error básico de la izquierda despótica, anular la democracia y las libertades para reforzar un patrón de regresión-vulneración de derechos históricos fundamentales.

Por esto, la forma de Estado de la transición al socialismo es una forma más avanzada de Estado Democrático, no su sustitución por el enunciado “Estado Socialista” de cuño marxista-leninista.

En cuestiones de formas de gobierno y Estado, lo esencial es diferenciar el predominio de la fuerza/coacción del consenso ético-cultural. Tan importante como reconocer “quién gobierna” es saber “cómo gobierna”. Lenin pretendió ejercer la voz hegemónica de la “Teoría del Estado Marxista”, cuando en realidad fue la “Teoría Bolchevique del Estado”. Para Lenin ser “marxista” era aceptar su propia interpretación de Marx.

Para Marx, el contenido de todo Estado era la dimensión de “dominación de clase” (Dictadura), pero la “forma de la dominación” es tan relevante como su contenido de clase (Estado Bonapartista, Representativo). De allí la importancia de la utopía concreta de la “extinción del Estado”, idea que el estalinismo liquidó.

Marx fue un crítico radical e implacable de la Burocracia, de Socialismo de Estado, del Bonapartismo, y consideró al movimiento proletario como “el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa” (nada de gobierno de minorías conspirativas). Para Marx y Engels, la República Democrática era la forma de gobierno y de Estado indispensable para la transición al socialismo.

Se trataba de radicalizar la democracia, no de anularla. Cuando se monopolizó la dirección y control de la “Democracia de Consejos” en la forma/partido, se liquidó la democracia socialista. Allí se instaló aquella cadena de sustituciones de masas = clase = partido = jefatura unipersonal, que terminó en la identificación del Pueblo con la voz del Jefe Supremo, matriz imaginaria y simbólica del despotismo. La democracia socialista (autogobierno+autogestión) se sustituye por la autocracia pura: la tiranía personalista de Stalin. De este modo, el culto extremo a los dogmas en la izquierda revolucionaria, llevó a aceptar lo que Adam Schaff denominó las adulteraciones interpretativas de Lenin.

Engels planteó sin ambigüedades que la República Democrática era la forma de Estado de la “dictadura del proletariado”, mientras Lenin en su texto “El Estado y la Revolución” extrajo como conclusión otra línea de acción.

Engels (Crítica del programa de Eufurt) dice: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.”. Lenin adultera: "Engels repite aquí, en una forma especialmente plástica, aquella idea fundamental que va como hilo de engarce a través de todas las obras de Marx, a saber: que la República democrática es el acceso más próximo a la dictadura del proletariado.”(El Estado y la Revolución; cap IV).

De un diminuto abuso interpretativo se justificó posteriormente la liquidación del Estado Democrático. Como nos recuerda Barbara Cassin (El efecto sofístico): la lógica política descansa en el orden del decir y sus efectos de poder. Frente a los ideologemas del socialismo burocrático, hay que volver a enfatizar que no hay Socialismo factible sin profundizar la forma de Estado Democrático, en una dirección que apunta al modelo democrático participativo de organización de los consejos del poder popular.

Es fundamental reconocer que los consejos del poder popular son instancias de autogobierno, no de subordinación a las visiones monolíticas verticales de las estructuras de aparato-partido, ni a las estructuras burocráticas del Estado representativo aún existente. Profundizar el Estado democrático para el nuevo socialismo implica debilitar viejas instituciones y practicas de la vieja maquinaria administrativa, sustituyéndolas por nuevas instancias y espacios de poder, donde el poder popular organizado asuma nuevas tareas de dirección política y de control de las actividades administrativas, de planificación y de presupuesto (presupuesto participativo), en función de la mejora sustantivamente de las condiciones materiales y ético-culturales de vida de las multitudes populares.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Marx-Engels (1848): El Manifiesto Comunista.
Engels (1891): Constribución a la crítica al programa socialdemócrata de Erfurt.
Lenin (1917): El Estado y la Revolución.
Laclau-Mouffe (1985): Hegemonia y Estrategia Socialista.
Schaff Adam (1983): El Comunismo en la Encrucijada.
Cassin Barbara (2008): El efecto sofístico

domingo, 6 de julio de 2008

MARX, SOCIALISMO Y DEMOCRACIA RADICAL

Río Juchitan-Diego Rivera

Javier Biardeau R.
En medio de las clásicas polarizaciones políticas que han fracturado al país, es importante plantear que existen “modelos de democracia” y no un único “canon democrático” claramente asentado como concepto normativo, no sometido a las articulaciones hegemónicas de la política. En el siglo XIX, el liberalismo político y la democracia encontraron una articulación política contingente que se estabilizó gradualmente, dando lugar al “liberalismo democrático”. ¿Pero implica esto que toda democracia es una “democracia liberal”?

Si se analiza en profundidad la historia de la idea de la democracia, la respuesta es no. Inversamente, no hay “necesidad histórica” alguna para que todo liberalismo sea democrático. Esto abre un extraordinario campo de estudios e interpretaciones con consecuencias en la acción política, para comprender las tensiones entre liberalismo, democracia y socialismo.

En las tradiciones socialistas, fue Lenin el que más insistió en demarcar claramente lo que denominó la “democracia burguesa” de la “democracia proletaria”. Este linaje fue de la tesis de la democracia proletaria a la tristemente célebre “democracia popular” del campo soviético, hasta llegar incluso en el famoso “bloque de cuatro clases” de extracción estalinista (y de aplicación maoísta), para hablar de la “nueva democracia”.

La famosa frase de “liberales adocenados” de Lenin quedó sellada tanto para Kautsky como para Bernstein. “Liberal adocenado” es la fórmula elegante que utilizan los seguidores de la revolución bolchevique para descalificar las “desviaciones liberales”, el “oportunismo de derecha”. Desde allí comenzó una larga cadena de descalificaciones a la “revolución pacífica”, a la “legalidad burguesa”, a los “métodos democráticos”, y si no faltara poco, a la “representación política” y al “sufragio universal”.

En pocas palabras, para el leninismo consecuente, no hay posibilidad alguna de revoluciones pacíficas, democráticas y electorales hacia el socialismo, y quedarían canceladas la vía chilena o venezolana (o el eurocomunismo), ya que la contrarrevolución violenta bloquearía el tránsito revolucionario y el “pacifismo” impediría construir una dictadura del proletariado (la violencia revolucionaria o contrarrevolucionaria son las parteras de la historia).

Sin embargo, fue Rosa Luxemburgo quién le colocó el cascabel al gato a la revolución rusa en sus encrucijadas democráticas, y analizó como el desvarío autoritario se apoderó desde la cuna de la dirigencia bolchevique. No quiere decir, esto, que Luxemburgo subestimara el papel de la violencia política (fue victima de ella, por cierto), sino que alertó sobre cómo la acción política bolchevique ponía en riesgo el vínculo indisoluble entre democracia y socialismo. La semilla autoritaria venia directamente inscrita en los intentos de dirección y control político de la democracia de consejos (Soviets) ¿Es posible controlar desde un centro de dirección política, desde un núcleo de decisión política, la democracia de consejos?

Allí comenzó el verdadero drama de la revolución bolchevique. Y es que desde finales del siglo XIX, el movimiento socialista europeo se aglutinaba alrededor de la “socialdemocracia revolucionaria”: un término realmente extraviado de la memoria socialista, que es el auténtico legado político de la revolución teórica inconclusa de Marx; e incluso, de la primera codificación marxista en manos de Engels. Escuchemos bien: “socialdemocracia revolucionaria”, o lo que es lo mismo, movimiento político donde quedan articuladas indisolublemente la revolución democrática y la revolución socialista.

Nada que ver entonces con la revisión reformista de la socialdemocracia, fruto de Bernstein, por una parte, y de los graves errores del partido socialdemócrata alemán de incorporarse a la llamada Primera Guerra. Pero tampoco, nada que ver con la revisión jacobina-blanquista de Lenin del legado de Marx y Engels sobre la democracia.

La indigencia teórica ha llevado a descuidar las importantes contribuciones de Arthur Rosenberg y de Lelio Basso para analizar en profundidad las articulaciones históricas indisolubles entre la democracia de multitudes y el socialismo revolucionario en la obra abierta de Marx. El culto extremo a las tesis leninistas en las izquierdas revolucionarias, las incapacitaron para encontrar, lo que Adam Shaff ha denominado las trans-literalizaciones abusivas de Lenin sobre los textos de Marx y Engels cuando escribió “El Estado y la Revolución”: evangelio político de una supuesta “teoría del estado y la revolución marxista”.

Lamentablemente, hay malas noticias para los burócratas de partido-aparato, el leninismo no es ni la continuación-profundización de Marx ni la aplicación creadora de los principios teóricos de Marx a la situación concreta de Rusia. Entre Marx y Lenin hay significativos cortocircuitos teóricos y políticos. Es plausible comprender las razones por las que una cultura de aparato ha pretendido silenciar estos cortocircuitos.

Mas preocupados por las funciones prácticas de la doctrina en la consolidación de la enajenación política y del cemento ideológico en el partido-aparato, han creado toda una mitología marxista-leninista que no tiene justificación teórica ni histórica alguna.

Por eso, no sería extraño a Marx plantear aquella frase: “Yo no soy marxista”… y mucho menos “Marxista-Leninista”. En fin, contra el dogmatismo de izquierda: Marx, Socialismo y democracia radical.

sábado, 16 de febrero de 2008

Una democracia socialista contra-hegemónica es una democracia post-liberal

Astofo Funes
Javier Biardaeu R.
jbiardeau@gmail.com

S
obre las cuestiones democráticas en los procesos transformadores de signo socialista existen varias actitudes. En América Latina, a partir de las dolorosas experiencias dictatoriales del Cono Sur, se diseminó la tesis de que la democracia liberal era el techo de la elaboración democrática de las luchas contra-hegemónicas, que más allá de la democracia liberal, de sus valores, principios e instituciones políticas solo existirían peligrosos desbordes populistas, caos, antagonismos, riesgos y regresiones autoritarias.


Se conformó, entonces, una posición defensiva, reactiva, minimalista, con una sensibilidad que estrechó considerablemente el horizonte utópico, que fue acercándose en cuestiones democráticas, y de manera no intencional, a la tesis del fin de la historia. En ciertos segmentos de la intelectualidad, el miedo y el temor a lo incierto, a lo nuevo, a lo contingente, a lo inesperado, generó una búsqueda de certezas, de orden, un asilo de seguridades que no inquietaran las concepciones hegemónicas de la democracia, por temor a perder la vida. Se sacrificó entonces la vida digna por una vida disciplinada, normalizada, una vida acotada al principio de rendimiento y al arte de lo posible. Pinochet cumplió su trabajo, usó los miedos para normalizar la política.

Y allí radica el problema, un proceso revolucionario si es revolucionario de signo socialista desafía radicalmente el “corsé” liberal de la democracia. Una democracia socialista desarticula la conjunción histórico-contingente entre democracia y liberalismo, cuestionando el horizonte liberal de la política, de los sujetos de la política, la separación de las esferas económicas y políticas, el elitismo como base del programa liberal, el modelo de ciudadanía restringida, de representación, de relación entre mayorías y minorías, la mono-cultura euro-céntrica que está en la base de individuo-propietario-adulto-varón de la política liberal.

Por tanto, la democracia socialista desafía en varios sentidos a la democracia liberal, cuestionando, por hipócrita y cínica, la promesa liberal de la justicia en el terreno distributivo, luego de dejar intactas las condiciones de explotación y opresión que atraviesan de cabo a rabo a las sociedades capitalistas.

Ahora bien, es completamente falso que el liberalismo sea la filosofía de la libertad por excelencia. Más bien, es la filosofía de no libertad para los no propietarios, y por otra parte, la concepción colonial-hegemónica que aseguró la de-culturación de pueblos enteros en nombre de la libertad de comercio, de contrato, de propiedad, de la razón individual, de los “derechos naturales” y otras construcciones histórico-contingentes.

De allí que dos movimientos que marcaron el ciclo de luchas contra-hegemónicas desde el siglo XIX, los movimientos anticoloniales y los movimientos obreros europeos, se enfrentaron a la retórica hegemónicas del discurso liberal en la economía, la sociedad, la política, la cultura y la persona humana. No se trata, entonces, en las luchas contra-hegemónicas,, de una simple ampliación cuantitativa de los mismos principios y valores liberales. Una suerte de extensión cuantitativa de la libertad liberal, sino de una reformulación, muchas veces antagónica y radical, de la “forma de vida”, de los juegos de poder y discurso, que esta concepción hegemónica implicaba. En tal sentido, la democracia socialista fue y sigue siendo una democracia contra-hegemónica, un planteamiento de rebasamiento, de superación, de transformación, de ruptura, de dislocación de la democracia liberal-capitalista como civilización dominante.

Ciertamente, sin la conjunción entre socialismo y democracia, cualquier revolución conduce al despotismo. Pero esto no significa que la democracia que se construye en el socialismo deja intactas la infraestructura de significación y sentido de la democracia liberal. Por eso, la pregunta, ¿cuál democracia?, adquiere tanta relevancia. ¿Acaso el canon democrático del modelo elitista-liberal? ¿Acaso una democracia que ponga en cuestión permanente la separación histórica entre gobernantes y gobernados?


La respuesta va por la segunda vía y no por la primera. Gramsci lo visualizó con extremada precisión. Otro teórico de la política, claramente comprometido con el movimiento nazi, Carl Smichdt también lo reconoció: la democracia y el liberalismo-capitalista son incompatibles, y para hacerlos compatibles hay que sacrificar a la democracia en nombre de la libertad liberal.

La concepción racionalista de la política de la visión liberal no genera motivos de legitimación. Se perciben sus falencias y falacias en múltiples aristas. La visión del individualismo posesivo ha sido ya desmontada. La idea de derechos naturales se reconoce como ficción. La sacralización de la crematística sobre la economía de necesidades es responsable de las polarizaciones extremas que se observan a lo largo y ancho del planeta, para no hablar de la crisis ecológica. La existencia de derechos políticos, sociales y culturales se ha hecho en contra de los dogmas de los derechos civiles liberales. ¿Acaso no era un dogma un censo electoral restringido, un sufragio activo y pasivo limitado a ciertos segmentos de los varones adultos? ¿Acaso no fue de hecho más importante el derecho a la propiedad que el derecho a la vida de niños, mujeres y hombres explotados en condiciones que actualmente significamos como “infrahumanas”? ¿Acaso la razón liberal puede dar cuenta del pluriverso histórico-cultural? ¿Acaso en nombre de la libertad liberal no se siguen cometiendo los mas extremos abusos por parte de la “gran potencia” norteamericana?

Pensar el socialismo desde la democracia liberal puede ser un ejercicio útil desde el punto de vista de la construcción de condiciones de viabilidad para las transformaciones; es decir, como elementos de un programa mínimo, pero no como techo. Si es así, estamos en manos del gatopardo: cambiar todo para no cambiar nada. Las sociedades no están unificadas como un todo, los órdenes son abiertos e inestables, marcados y sobredeterminados por una multiplicidad de conflictos. La viabilidad del Socialismo se construye simultáneamente con la construcción del poder popular, por la puesta en juego de movimientos sociales, cada uno de los cuales conforma un tejido de “comunidades abiertas de liberación”.

Se trata así mismo, de una transformación de la subjetividad social y de la vida cotidiana, de las certezas de la vida cotidiana. De allí se comprenden los desajustes de los códigos de orientación de los diferentes grupos y personas, cuando los contrastan con los roles y status previamente estructurados por el principio de rendimiento, el disciplinamiento y la normalización histórica en crisis. Una revolución pone “patas arriba”, por decirlo así, los sentidos de orden fijados y pasa a construir nuevos sentidos de orden. La experiencia de que “todo parece ser posible” puede generar enorme pánico para algunos y muchísima esperanza para otros. Del pánico surgen precisamente las respuestas autoritarias, porque lo que si asegura lograr a cualquier costo el programa autoritario es orden, “que cada cosa esté en su sitio, en su lugar”.

Ciertamente, en toda revolución socialista, vista la desastrosa experiencia del siglo XX, puede existir el riesgo de la Estadolatria, idolatrar el Estado, a sus órganos y representantes. Pero hay una gran diferencia entre una teoría conservadora de los límites y una teoría crítica radical. Una teoría crítica radical es una crítica radical a cualquier forma de fetichismo institucional. Por ejemplo, el dogma de la separación de poderes. ¿Realmente están separados los poderes en los estados capitalistas del mundo o no será más bien un juego de espejismos institucionales donde los poderes fácticos ya han repartido las cartas marcadas? Otro ejemplo, la manida representación proporcional. ¿Conocemos la genealogía histórica de los sistemas electorales con representación proporcional pura, por ejemplo? ¿Cuál era su utilidad practica, concreta, tangible? ¿Reconocemos acaso el espíritu anti-mayoritario de la representación proporcional pura? ¿Qué significa en estos marcos de sentido el “equilibrio de mayorías y minorías”, sino invertir en la práctica, el juego de decisión: que las minorías decidan más y que las mayorías decidan menos? De allí el peligro del “fetichismo institucional”.


Por tanto, la esencia de las transformaciones socialista no está en la defensa reactiva de la democracia liberal sino en la edificación de un poder popular contra-hegemónico. Poder popular que no tiene que ser estigmatizado necesariamente como tumulto, masa anónima o pueblo organicista. Se trata de construir y estimular las diversas expresiones del poder popular, de su pluralidad inmanente, no de un pluralismo impuesto por una concepción hegemónica del pluralismo liberal. También hay diferentes modos de comprender el pluralismo, no Uno.

Sobre el pluralismo de lo Uno ya se han encargado las diferentes filosofías de la diferencia, tanto post-estructuralistas como posmodernas, así como diferentes cosmovisiones que prescinden de la tentación del ser y de la identidad. No podemos ignorar la crítica de la razón liberal, del racionalismo occidental que se desprende de ellas. Podemos convertir nuestra ignorancia en arrogancia, y disparar, como hicieron tantos colonizadores frente a lo que consideraron “pensamiento primitivo o pre-lógico”, porque ya sabemos lo que esto implica: etnocentrismo y etnocidio.


Reiteramos, la esencia de las transformaciones socialista no está en la defensa reactiva de la democracia liberal sino en la edificación de un poder popular contra-hegemónico y de nuevos principios post-liberales. Volviendo al centro de la cuestión, El hecho que los sindicatos y los movimientos sociales deben permanecer independientes en relación al estado y a los partidos, los partidos independientes en relación al estado, no significa que estemos glorificando la sociedad civil liberal. Autonomía organizativa a pesar de las sintonías con los principios estratégicos que orientan un Gobierno Revolucionario, implica autonomía de las “comunidades abiertas de liberación” que constituyen el tejido de los movimientos sociales.

Ya no somos individuos, somos movimientos, como dice Maffesoli, máscaras en movimiento, con un espacio de libertad que no se restringe a la libertad liberal: la libertad del estado civil de acuerdo a Foucault. Frente a ella, la liberación del potencial humano, de la diferencia humana, de las multiplicidades en movimiento. Tal vez, es en los espacios de la subjetividad donde las transformaciones socialistas hayan sido menos estudiadas, y donde es posible rastrear el arco que va de la efervescencia de la diferencia y de la multiplicidad creativa (por ejemplo de 1905 a 1921 en la revolución rusa) a la conversión en un stal´s, en un funcionario de la burocracia en manos de la nueva clase.

Este peligro se debe evitar a toda costa, pero no sacrificando nuevas modalidades de subjetivación de los espacios de libertad en nombre de la libertad liberal. Más que libertad de conciencia, libertad de las conciencias, más que libertad de expresión, libertad de las expresiones; es decir, conquistar nuevos espacios inexplorados de libertad personal y liberación social.

Sabemos que hay peligros de regresiones y novedades autoritarias. Por esto, las diferencias, tensiones, conflictos y contradicciones entre las posiciones/perspectivas existentes en el campo social deben poder ser expresados por formas de prensa independientes, sin censuras ni restricciones de las opiniones, y por una pluralidad de formas de delegación y representación. No hay socialismo sin conflicto de intereses, posiciones y perspectivas; y por tanto sin una metódica democrática de gestión política y social de los conflictos. Que los conflictos y diferencias que se multipliquen no lleguen a la “lucha sangrienta” depende de dispositivos institucionales, ciertamente, pero también de la asunción de la vida pacífica como valor mínimo indispensable, pero una vida pacífica con dignidades sociales, históricas, culturales.


Por ello, la autonomía de la forma y de la norma jurídica debe garantizar que el derecho no se reduce a arbitrariedad perennizada de la fuerza, de la razón de Estado. El derecho es la formalización de una política democrática, de una democracia que piensa la diversidad NO como reducción a la unidad y a la equivalencia en la forma, sino que supone que la UNIDAD es la articulación compleja y contingente a las diferencias, de las multiplicidades, de contratos sociales con heterológicas en las formas jurídicas; este será un desafío del siglo XXI.

La defensa del pluralismo político socialista no es por tanto una cuestión de circunstancias, sino una condición esencial de la democracia socialista. Es la conclusión a la que llegaron Trotsky y Rosa Luxemburgo, cada cual a su manera, frente a la experiencia en La Revolución Rusa: “En realidad las clases son heterogéneas, desgarradas por antagonismos internos, y no llegan a fines comunes más que por la lucha de las tendencias, de los agrupamientos y de los partidos”, dice Trotsky en la Revolución traicionada. Que se multipliquen las tendencias, las corrientes, las diferencias, allí esta el desafío de la nueva pluralidad socialista, frente a cualquier tentación de la uno. Del uno liberal, o de cualquier UNO.

El propio PSUV si quiere liberarse del fantasma del centralismo burocrático, tiene que asumir sin complejos, su diversidad y multiplicidad interna. Si quiere liberarse de las concepciones militaristas de la unidad de mando, tiene que practicar nuevas formas de deliberación y de asunción de la cultura de debate y de las prácticas e decisión. Tiene que asumirse como un partido de corrientes diversas, cuyo centro de decisión sea efecto y no causa de la deliberación entre comunidades de liberación social. UN PARTIDO DE TENDENCIAS REVOLUCIONARIAS. Allí se verá si existe una disposición real a debatir desde una perspectiva socialista contra-hegemónica el asunto político-antropológico de la jefatura, del mando. En una revolución socialista manda el pueblo, manda el poder popular. Veremos, pues, si hay pueblo diverso, con la multiplicidad de la singularidades en movimiento o una masa tutelada.

Si lo que surge en el seno de la edificación del PSUV es una concepción organicista del pueblo y vertical del mando, entraremos en la prefiguración de una regresión totalitaria, si se construye un nuevo pluralismo socialista y un trenzado de mandos compartidos, tendremos futuro como nuevo socialismo del siglo XXI. Esto quiere decir que la voluntad colectiva no puede expresarse más que a través de un proceso electoral libre, cualesquiera que sean sus formas institucionales, combinando democracia participativa y democracia representativa, como lo ha resaltado el último Poulantzas antes de su trágica partida. Esto no es liberalismo, sino post-liberalismo.

Para esto, el reconocimiento del pluralismo político, sindical y social, es la única forma de permitir la confrontación de programas y de opciones alternativas sobre todas las grandes cuestiones de sociedad, y no el simple intercambio de puntos de vista provenientes de las instancias locales del poder. Una nueva democracia revolucionaria que combine consejos de producción y consejos territoriales, con una expresión directa y un derecho de control, no solo de los partidos, sino de los sindicatos, asociaciones, movimientos sociales, de mujeres, consumidores, comunidades, indígenas, etc. De allí, la responsabilidad y la revocabilidad de los electos y electas por quienes les han elegido, y no un mandato imperativo que bloquearía toda función deliberativa de las asambleas elegidas. La limitación explícita de la acumulación y de la renovación de los mandatos electivos debe estar en manos del poder popular, así como la limitación del salario del electo a nivel del obrero/a cualificado/a o del empleado/a de los servicios públicos, a fin de restringir la personalización y la profesionalización del poder.

La descentralización/desconcentración del poder y la redistribución de las competencias a nivel local, regional, o nacional más cercano a las bases ciudadanas, con el derecho de veto suspensivo de las instancias inferiores sobre las decisiones que les afecten directamente y posible recurso a referendums de iniciativa popular. Una democracia revolucionaria de productores libremente asociados es perfectamente compatible con el ejercicio del sufragio universal. Consejos comunales o asambleas populares territoriales pueden estar formados de representantes de las unidades de trabajo y de habitación y someter toda decisión importante al voto de las poblaciones concernidas. Diversas experiencias han puesto al orden del día la posibilidad de un sistema de deliberación de dos cámaras, una elegida directamente mediante el sufragio universal, la otra representando directamente a los sectores sociales: obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, intelectuales, profesionales, científicos y técnicos, pequeños y medianos empresarios nacionales, y más ampliamente las diferentes formas asociativas del poder popular. Esta respuesta satisface teóricamente a la vez la exigencia de elecciones generales y la preocupación por la democracia del poder popular lo más directa posible. Permite no confundir por decreto la realidad de la sociedad y la esfera del estado, llamada a ir debilitándose a medida que se desarrolla, se extiende y se generaliza la autogestión. Se trata de la disolución del Estado capitalista en el poder popular, a través de la democratización extensiva e intensiva, reconociendo las limitaciones de las circunstancias históricas y de las amenazas que requieren de un nuevo esfuerzo de defensa integral de la soberanía nacional. De allí la importancia de democratizar al Estado y no de estatizar la democracia.


Estas grandes orientaciones resumen las lecciones de una historia dolorosa. Una historia que no es el fin de la historia del liberalismo ni la compulsión a la repetición del despotismo de izquierdas. Se trata de abrir la Historia a las historias, de abrir el gran relato a los pequeños relatos, de escuchar no la gran VOZ sino las pequeñas voces, de construir y edificar un nuevo socialismo del siglo XXI, y pasar esta dura transición con una plenitud de visiones que saben que lo peor está siempre al acecho: no cambiar nada y sacralizar el fin de la historia y su democracia liberal, cambiar todo para inventar una nueva figura de barbarie, o retornar a la dictadura como fórmula que nos alivie la pesada carga de la ansiedad cartesiana.

Una democracia contra-hegemónica toma distancia del “fetichismo institucional”: el sufragio universal, los poderes públicos controlados democráticamente desde las bases y consejos, un sistema mixto que permita la voz de las minorías, la posibilidad de alternancia política, la existencia de diversos partidos políticos y movimientos sociales, un nuevo pluralismo radical y una tolerancia a la disonancia y a la diversidad, no son principios liberales, son principios de una democracia post-liberal.

Una teoría crítica radical debe desmontar las falencias y falacias liberales, debe asumir una nueva práctica articuladora en la lucha contra-hegemónica. En este sentido, estamos en un momentum post-liberal, para edificar desde las comunidades de liberación formas de vida social igualitarias, justas y libertarias.
¡O inventamos o erramos!