lunes, 15 de junio de 2009

¿INTELECTUALES?: MÁS ALLÁ DE GRAMSCI

Javier Biardeau R
Dice Gramsci: “Todos los hombres (-y mujeres-) son intelectuales, podríamos decir, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales”.
Cualquier discusión sobre la intelectualidad pasa por reconocer que en terminos genéricos, los seres humanos poseen la facultad de pensar, de comprender, no solo de sentir; así como reconocer que en la sociedad se acreditan algunas funciones y categorías como “intelectuales”. ¿Por que aparecen las funciones sociales específicas del trabajo intelectual?
Dice Gramsci: “Cuando se distingue entre intelectuales y no intelectuales, en realidad sólo se hace referencia a la inmediata función social de la categoría profesional de los intelectuales, es decir, se tiene en cuenta la dirección en que gravita el mayor peso de la actividad específica profesional, si en la elaboración intelectual o en el esfuerzo nervioso-muscular”.
Una segunda indicación deriva del análisis de lo que en el régimen metabólico del Capital se transforma en división social y jerárquica del trabajo: división entre dirección y ejecución en el terreno económico-productivo, división entre gobernantes y gobernados en el terreno político, división entre dirección intelectual y moral, por una parte, y pasividad intelectual y moral, por otra.
Gramsci nos invita a romper estas divisiones y conformismos. Se trata de una lectura renovadora contra la lógica de la dominación, para superar la explotación económica, la coerción política y la hegemonía ideológica.
¿Por qué las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes? Porque existen hegemonías filosóficas, científicas, artísticas, religiosas; en fin, “académicas”. Es frente a estas hegemonías, que se requiere una contra-hegemonia cultural liberadora.
Para Gramsci queda claro que: “No hay actividad humana de la que se pueda excluir toda intervención intelectual, no se puede separar el homo faber del homo sapiens”. También para Marx la plena existencia humana implica apropiarse de la riqueza social expropiada, incluyendo las actividades intelectuales, sensoriales y afectivas, para derrumbar los muros y privilegios que se levantan en la “cultura”. El propósito es romper el embrutecimiento unilateral generado por el propio regimen social del Capital.
El nuevo socialismo implica entonces una contra-hegemonía liberadora, termino que va más allá de Gramsci, para no recaer en la burda “hegemonía política” de raíces jacobino-blanquistas (Lenin-Stalin). Para romper con la alienación económica, política, filosófica, religiosa, estética, afectiva, diría Ludovico Silva. Para afirmar la revolución cultural permanente, desmantelando las raices del poder-sobre, para afirmar el poder-hacer, diría Holloway.
El estalinismo teme (porque está vivito y coleando en algunos espíritus) el proyecto de des-alienación radical, teme el poder constituyente. Porque la multitud implica superar cualquier regresión masificadora en la deriva cesarista, como mito protector, y en la deriva burocratica como poder constituido. La multitud plantea el aglutinamiento de las pasiones alegres, a través de la conciencia de derechos por la emancipación, no una tenaza superyoica (¿conciencia del deber social?...léase su uso en los diccionarios soviéticos antes de caer en el automatismo psíquico).
El culto a liderazgos infalibles o a la dirección burocrática, reproducen la claudicación del pensamiento crítico y revolucionario. Son formas que retrotraen el proceso popular constituyente, que impiden que multiples voces, que multiples cuerpos, en un movimiento social revolucionario promuevan el poder instituyente, la creación de formas, experiencias, discursos y agenciamientos del socialismo desde abajo.
Democracia participativa y protagónica es la construcción de la autoridad compartida: es mandar obedeciendo al pueblo, es revolución democratica y socialista.
Gramsci destaca la elaboración de concepciones del mundo articuladas a una consciente línea moral, actividad propia de la categoría de los intelectuales. Pero destacaba la autonomía, la crítica, la voluntad de de desprendimiento de relaciones de sumisión. En ningún caso, se trata de doblegar la conciencia, sino superar las tradiciones heredadas como habitos compulsivos de pensamiento.
Los seres humanos participan de una, o una mezcolanza de concepciones del mundo, contribuyendo a sostener o a modificar una concepción del mundo hegemónica, es decir, suscitar nuevos modos de pensar, que se corresponden con las tareas de la coerción, de comando, de dirección o de consenso.
Este hecho tiene obvias implicaciones políticas: “Cada grupo social, al nacer en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función, no sólo en el campo económico sino también en el social y en el político”.
Un análisis más amplio de los intelectuales, como la desplegada en el texto de Carlos Altamirano (Intelectuales. Notas de investigación.), permite comprender su significación para la vida política. Desde el asunto Dreyfus hasta la actualidad, existen culturas nacionales que valoran la importancia de las ideas y valores esgrimidos en el debate público para la sociedad.
La intelligentsia aparece desde diversos lugares de enunciación: a) custodios de valores permanentes de la “civilización”, b) comprometidos con las luchas de su tiempo con base a un proyecto revolucionario, c) articuladores de la queja común, d) portavoces de los débiles, e) contradictores del poder, e) aseguradores del saber-experto, f) servidores de Amos de turno.
Desde nuestra perspectiva, los nodos de pensamiento crítico socialista adversan el “intelectualismo”, como ejercicio del privilegio y poder-sobre, pero no a la “función intelectual”. Intentar socializar el poder cultural e intelectual, plantear “cajas de herramientas” para la lucha, es una tarea indispensable. Antagonizar con funcionarios orgánicos de la dominación de la “elite del poder”. Adversar la racionalidad burocrática-instrumental. Desmantelar tanto la dominación simbólica del capitalismo, como de la burocracia del “socialismo realmente inexistente”. Desenmascarar al “marxismo de derecha”, tanto como al capitalismo neoliberal y su consenso manufacturado.
Quien reaccione “paranoicamente” descalificando la polémica sobre “Intelectuales, Democracia y Socialismo” del CIM, desconoce el ABC del “método dialéctico” (Marx), el ABC del “principio dialógico” (Morin), un pensamiento complejo-otro para la lucha.
Una revolución sin polémica, sin planteamientos diversos, sin tensiones, diferencias, conflictos y antagonismos, no fecunda el espíritu revolucionario. Más bien es la confesión de quienes claman por un… ¿Termidor?

jueves, 4 de junio de 2009

EL COLONIALISMO ES EL TOTALITARISMO

Javier Biardeau R.

Ciertamente, no hay nada original en las experiencias totalitaria, fascistas o estalinistas, que no hubiese sido implementado ya por el colonialismo contra los pueblos no europeos.
Aun así, existe una intelectualidad tradicional que defiende los valores superiores y permanentes de la modernidad liberal, siendo ciega, sorda y muda frente al racismo y la negación cultural de la “modernización”, el “desarrollo” y la “asimilación cultural”.
También existe una intelectualidad de izquierda deudora de una mentalidad colonial euro-céntrica, que somete el imaginario emancipador a la plantilla conceptual de los saberes teórico-prácticos de las luchas europeas, marcada por una narrativa de trasfondo, el tránsito evolutivo desde el salvajismo y la barbarie, hasta la civilización.
No hemos analizado a fondo como esa filosofía de la historia sigue marcando la falacia desarrollista presente en algunas formulaciones del “Socialismo del siglo XXI”. No basta una crítica posmoderna, es preciso avanzar a una crítica descolonizadora.
Colonialismo, productivismo y consumismo van de la mano en la falacia desarrollista. Construir un “modelo productivo socialista” para satisfacer las “necesidades inducidas” por el troquelado de la mercadeo y la publicidad capitalista es un contrasentido. Sin socavar la “lógica de las necesidades” que opera en los ideólogos del socialismo del siglo XXI no habrá revolución alguna. Lo que se configurará es la reproducción ampliada del modelo de la ideología-cultura del consumismo.
El mundo de vida cotidiana nos habla del patrón de necesidades y aspiraciones de la tecno-burocracia bolivariana: tener más, alcanzar el status de la burguesía tradicional y un estilo consumista-derrochador. Genera perplejidad observar multimillonarios vehículos de altos funcionarios que tienen el cinismo de colocar en sus vidrios, gigantescas calcomanías que dicen “Patria, socialismo o muerte. Venceremos”. De allí uno explica el descontento, el desconcierto y el desencanto de las bases sociales de la revolución. Ese no es el camino de transición al socialismo. de este modo, el capitalismo de estado se vuelve mafioso y arrogante.
En terminos generales, hoy sabemos lo que podemos esperar de la tesis unilateral del “desarrollo de las fuerzas productivas”, si no observamos las graves implicaciones del dominio de la racionalidad burocrático-instrumental. Socialismo no es emular lo peor del capitalismo. Socialismo implica una revolución cultural descolonizadora.
Por otra parte, tampoco olvidemos los emblemas civilizatorios de “libertad, igualdad y fraternidad”. Así como la “carta de derechos del hombre y del ciudadano”, fue una conquista del universalismo abstracto que marco el despligue de los dispositivos del derecho liberal moderno, poco se habla de esta dimensión como procedimiento que encubre y legitima el racismo, así como la arrogancia del proyecto imperial euronorteamericano.
Racismo, sexismo y etnocentrismo se anudan estrechamente a la explotación clasista. El referente y destinatario de tales discursos es el “hombre europeo, blanco, propietario y heterosexual”. Lo que Marx llamo, la “burguesía moderna europea”.
Habría que aprender de Aimé Cesaire y Frantz Fanon a descolonizar el propio imaginario socialista, comprender la crisis del humanismo europeo, de su principio de razón suficiente, el mito del heleno-centrismo, un proyecto civilizatorio que ha deshecho principios, valores e ideales a través de su hipocresía, cinismo, arrogancia y mentiras frente a la situación colonial, frente a la problemática del proletariado interno y externo.
Europa y occidente muestran una cruda incapacidad para comprender y encarnar el respeto a la dignidad humana, en tanto que dignidad de una humanidad culturalmente diversa, en tanto diálogo simétrico de civilizaciones, culturas y naciones. En este contexto, el llamado “progresismo” de la izquierda occidental también debe mirarse con pinzas.
La ceguera a la opresión, el racismo y la alienación cultural sigue siendo parte de las relaciones entre el Norte y el Sur. No basta el reduccionismo de clase, ni ningún doctrinarismo marxista. El trabajo alienado a la cosificación economicista, la depredación ecológica y la polarización norte sur siguen marcando la trayectoria civilizatoria dominante.
Entonces, hay que liberar a Marx y a los marxismos históricos del eurocentrismo y del desarrollismo. La falacia desarrollista se sustenta en la creencia en la superioridad unilateral de Europa, en que las trayectorias del cambio tienen que seguir el curso de la “modernización refleja”, pues este Progreso con mayúsculas es el único posible y el único deseable. Hay que comprender también, lo que del imaginario socialista es producto de un eurocentrismo excluyente.
Cesaire nos plantea desprendernos del reduccionismo europeo. Desde allí, el sujeto popular será también indo-afro-mestizo, y no solo un “proletariado” de “calco y copia” europeo. El proyecto a alcanzar no puede encallar ni en el particularismo estrecho ni en el universalismo imperial, se trata de construir vías para el “pluriverso radical descolonizador”, como premisa de problematización del “socialismo del siglo XXI”. Pluriverso significa reconocimiento y asunción de diferencias para la fecundación e intercomprensión de multiples mundos de vida.
Mientras la tecno-burocracia revolucionaria aspira a alcanzar el nivel de vida, consumo y ostentación de la burguesía compradora, es preciso proyectar el despliegue de experiencias de empoderamiento popular para otro desarrollo humano. Ante la patética conducta de imitación servil a la psicología social del colonizador de unos, hay que afirmar el depliegue del poder popular constituyente.
Sabemos que el socialismo burocrático del siglo XX encierra una pretensión de universalidad, de autoritarismo epistémico, de racismo que encubre el provincialismo de sus estructuras de conocimiento, sensibilidad, estética y afectividad. Los "intelectuales revolucionarios" aliados a la tecnoburocracia de estado se parecen en muchos casos a los evangelizadores europeos.
Por tanto, se requiere de una contra-hegemonía cultural liberadora, no de la hegemonía ideológica, comunicacional o epistémica calcadas de prácticas euro-centradas, desarrollista y manipuladoras.
Hay que descolonizar no solo a Marx y a Gramsci, sino a los “marxistas” y “gramscianos”. Quizas comprender más a Simón Rodríguez, a Tupac Katari, a Cesaire, a Mariategui y a Fanon. La descolonización del socialismo del siglo XXI es un reto pendiente. No basta disfrazarse de rojo rojitos. Podría ser una degradada muestra de “piel negra y máscara roja”.
Aunque el socialismo puede ser presentado como espectáculo, mascarada, como impostura, como existencia in-auténtica, hay que luchar por otras experiencias, formas y contenidos del nuevo socialismo. Existen múltiples maneras de estar y darle sentido a lugares, mundos y experiencias, para construir subjetividades desde la diferencia reconocida. Más allá del mundo occidental, hay policronías y polifonías de enunciación, hay nuevos territorios existenciales. Un socialismo de policronias y polifonias debe contrastar con el socialismo gris y monológico de la burocracia del siglo XX.
Socialismo no es burocracia sin fin, no cae del cielo ni brota de los infiernos del colonialismo, es además de democracia sin fin, aquel mundo donde caben múltiples mundos.
Sabemos entonces, que el totalitarismo tiene una genealogía distinta a la que nos pintan algunos malos lectores de Hanna Arendt. Comienza en el colonialismo.

miércoles, 3 de junio de 2009

REINVENCIÓN SOCIALISTA Y DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

Javier Biardeau R.

Sería conveniente que los portavoces de la “vieja izquierda” se paseara por la polémica que emerge del artículo de Boaventura de Sousa Santos titulado: ¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda? (disponible en http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-ha-vuelto-problema-dificil-para-izquierda). Sería un excelente pretexto para repensar las relaciones entre democracia y socialismo en las tradiciones de izquierda.
La democracia socialista no puede ser un tabú. Lo que ocurre con las tradiciones de izquierda en el mundo y en nuestra América no puede ser un tabú. A pesar del pertinente seminario sobre “Intelectuales, Democracia y Socialismo” en el Centro Internacional Miranda, el debate no se focalizó suficientemente en este tópico, profundizando en una agenda imprescindible. Se inició un debate y el debate debe continuar.
¿Puede existir transición al socialismo sin pensamiento crítico de izquierda? La respuesta es negativa. No hay cesarismo progresivo, directriz ideológica, decisionismo político o replica de modelos de “calco y copia”, que pueda sustituir instancias de debate que fecunden el pensamiento crítico socialista.
Desde nuestro punto de vista, el nuevo socialismo del siglo XXI implica una reinvención radical del imaginario socialista, más allá de los callejones agotados de las dos izquierdas, tanto la socialdemocracia reformista (Bernstein y sus derivados) como del marxismo-leninismo (Stalin y sus derivados).
La vía venezolana al socialismo democrático y revolucionario (denominación acertada del historiador británico Thompson) ganaría mucho en densidad teórica, en apalancamiento de la praxis de los movimientos sociales y de las políticas del gobierno bolivariano si asumiera la relevancia del debate, un auténtico balance crítico de inventario de las experiencias históricas de transición en el socialismo burocrático del siglo XX, para comprender los retos singulares y específicos de la propia transformación venezolana. Ganaría mucho si por ejemplo, superase la colonización de la mentalidad revolucionaria por la idiotización del dogma.
No existe posibilidad de apelar a un “socialismo científico” de cuño euro-céntrico, positivista y determinista, frente a las realidades del post-cientificismo, de crisis de la modernidad, del post-racionalismo, como lo denominó en su momento José Carlos Mariátegui (Defensa del marxismo), recolocando el lugar de la revolución teórica inconclusa de Marx, entre los programa de investigación-transformación que fecundan nuevos modos de reflexión crítica y revolucionaria para un nuevo socialismo. Ya no hay “gran teoría” revolucionaria, hay múltiples nodos de pensamiento crítico que pueden reinventar nuevos socialismos.
Aunque muchos repiten como loros que el socialismo debe ser “creación heroica”, sin especificar los lugares epistémicos, teóricos, metódicos, de intervención social de esta “creación heroica”, es imprescindible exigir a los loros dogmáticos que dejen de errar. Crear es configurar nuevas expresiones, formas, contenidos y experiencias. Nuevas prácticas, discursos y agenciamientos.
Doctrinarismo, calco y copia, liturgias, colonialidad del saber, consignismo y empirismo dominan aun el clima del “Socialismo del siglo XXI”. El asunto vital es reconocer qué territorios existenciales son novedosos para hablar del “socialismo del siglo XXI”, demarcarse efectivamente del socialismo burocrático del siglo XX en diferentes ámbitos interdependientes: económicos, sociales, políticos, militares, culturales, territoriales, ambientales e internacionales.
Es imprescindible la transición, pero no al viejo proyecto socialista estatista del siglo XX, al sovietismo tropical. Hay quienes quedan encallados en la polémica Kaustky-Lenin al abordar la democracia socialista. Este es el guión de la vieja izquierda, tanto reformista como marxista-leninista.
El asunto está en si se asume o no la democracia radical, la democracia participativa como nuevo paradigma de la democracia socialista. Demasiada evidencias teórica e histórica permitiría una relectura de Marx desde la idea de democracia radical, no desde el estatismo autoritario ni desde la el fin de la historia de la democracia liberal.
Hay planos de consistencia que permiten repensar el socialismo como democracia sustantiva, más allá del elitismo liberal-conservador y del arquetipo de la “nueva clase”. Existe un campo posible para repensar la democracia económica y social, más allá del fundamentalismo de mercado o de la planificación burocrático-centralista, que no confundan “nacionalizaciones” con “socializaciones”, ni “corporativismo estatista” con la “autogestión” y “control obrero de la producción”.
No es posible confundir hoy la contra-hegemonía cultural liberadora con el monopolio de la información-comunicación, con el despotismo del “gran hermano ideológico, cultural y comunicacional”.
Marx planteó convertir la democracia de “instrumento de engaño en medio de emancipación” (Maximilien Rubel investigó este matiz fundamental). En la actualidad, trabajos de D. Held, C.P. Mcpherson, Toni Negri, Frank Cunnigham, Ellen Meiksings Wood, Chantal Mouffe permiten el reconocimiento de las insuficiencias del liberalismo político para repensar la democracia radical. Es necesario imaginar opciones distintas a la sumisión al modelo Rawls, Bobbio, Arendt o Habermas desde lugares, mundos y subjetividades de Nuestra América, sin necesidad de empantanarse con un remix de la ortodoxia bolchevique ni del eurocentrismo.
Creación heroica es potenciar a fondo la democracia participativa, exigirle al socialismo burocrático que “descanse en paz”, para hacer y decir nuevas formas, expresiones, contenidos y experiencias socialistas, hechura de un proceso popular constituyente.
Pues burocratismo es la expresión concentrada del hábito constituido.

sábado, 2 de mayo de 2009

DEMOLER LAS RUINAS DEL ESTALINISMO

Javier Biardeau R.

Resulta sintomático de la esterilidad ético-intelectual y política, que aún no se logre metabolizar el derrumbe del “marxismo burocrático”, asimilar la crisis de este montaje textual, ideológico y político que, reclamándose del legado teórico-político de Marx, asumió una distorsión doctrinaria llamada “marxismo-leninismo”. El sintagma “marxismo-leninismo” fue usado por Bujarin, en su Informe sobre el Programa de la Internacional Comunista, en su calidad de Secretario del Comité Ejecutivo, en el VI Congreso de la Internacional Comunista realizado en 1926. Es allí precisamente, donde Bujarin señala que los principios fundamentales del Programa son los del “marxismo-leninismo", considerando que “(…) debemos insistir particularmente sobre el hecho de que nosotros nos mantenemos firmemente sobre el terreno del marxismo-leninismo ortodoxo". Sin embargo, resulta esclarecedor tener en cuenta que J.V. Stalin había publicado dos textos: “Fundamentos del Leninismo” (1924) y “Cuestiones del Leninismo” (1926), donde acotaba la interpretación ortodoxa: “El leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria. O más exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular”.


Fue este leninismo, lo que circuló como “marxismo bolchevique” en Nuestra América, logrando ser hegemónico desde los años 30. Entre las excepciones al dogma ortodoxo: Mariátegui. Desde entonces, existe una polémica en nuestra América entre someterse al dictat marxista-leninista, o asumir en función de una praxis democrática y socialista, la comprensión sin filtros de la revolución teórica inconclusa de Marx desde la especificidad histórico-cultural de Nuestra América.


Todavía algunos desconocen que el marxismo-leninismo es el estalinismo, abierto o encubierto. La posibilidad de la democracia socialista está en la renovación permanente del marxismo crítico y abierto, no en el marxismo-leninismo. Ratificar el marxismo-leninismo es desconocer esa impostura, esa ilusión del aparato político: la “dictadura sobre el proletariado”.


Avanzar en la revolución democrática y socialista, implica desmantelar las ruinas del marxismo-leninismo, cuestionar la praxis del dispositivo del Estado-partido único. No hay en Marx, posibilidad de confundir la construcción del socialismo con la prefiguración de una “dictadura de minorías”. Solo una lectura jacobina-blanquista (pues Blanqui es el verdadero creador de la tesis de la “Dictadura del proletariado”) puede confundir la revolución democrática con el “elitismo revolucionario” (Lenin le debe en sus actitudes políticas más a Blanqui y a Tkachov, que a Marx). De allí la confusión permanente entre la “democracia revolucionaria jacobina” y la “revolución democrática socialista”, la auto-emancipación social, la democracia socialista defendida por Rosa Luxemburgo frente a los desvaríos autoritarios de los bolcheviques.


El nuevo socialismo o es radicalmente democrático, es decir, democracia sustantiva (democracia social y participativa), o será todo menos nuevo socialismo. Por tal razón, hay que retomar las banderas del proceso popular constituyente, del poder constituyente, del socialismo desde abajo.


Solo hay que contrastar los dogmas del marxismo-leninismo con el cúmulo de investigaciones históricas sobre el pensamiento de Marx realizadas en el siglo XX, con las desastrosas consecuencias políticas de las experiencias del “socialismo realmente inexistente” para reconocer: ¿Que es el marxismo-leninismo?: un dogma inspirado en Marx contra el propio Marx. Una doctrina que habla del proletariado para liquidar la democracia socialista. La llamada escuela del “materialismo dialéctico-materialismo histórico” (Diamat-Hismat) constituye, incluso en las versiones más sofisticadas inspiradas de la lectura estructuralista de Althusser, una impostura intelectual y política. Marx no habló nunca de “materialismo dialéctico”, sino de “método dialéctico”. Engels habló de dialéctica racional, de la dialéctica materialista, no habló de “materialismo dialéctico”. Marx no dudo en calificar su postura como una crítica radical y revolucionaria de la economía política y la ideología burguesa desde el punto de vista de las clases trabajadoras, elaborando la concepción materialista de la historia. El pensamiento crítico de Marx contrasta con las pretensiones de su conversión en sistema ideológico acabado, en creencias para la legitimación de una lógica de la dominación de una “nueva clase” o “capa dominante”, en nombre del socialismo.


¿Por que comienzan a trucarse las palabras, los enunciados y enunciaciones de Marx en la revolución rusa? A partir del cambio de fuerzas en las tendencias ideológicas, de las condiciones de enunciación, donde aparecen nuevos actantes del discurso, nuevos personajes en la escena política. Todo esto sigue teniendo un impacto histórico profundamente regresivo para la izquierda latinoamericana, renovada mucho más por el poder constituyente y la “democracia radical”, que por el tamiz ideológico del pensamiento hegemónico de la III internacional.


Ha sido la revolución democrática, el proceso popular constituyente, no el marxismo-leninismo la potencia de los movimientos sociales emancipadores en Nuestra América. Lo planteado por Marx no es análogo a la III Internacional. Por tanto, hay que superar el desconocimiento de generaciones enteras que hablaron en nombre de una ilusión: la “teoría marxista” desde 1890 hasta 1930.


El marxismo crítico y abierto estimula el debate sobre una revolución democrática permanente, no la deformación burocrática ni el despotismo en la que devino finalmente la lucha por el socialismo.

sábado, 25 de abril de 2009

LLAMAR A ELECCIONES, ESTO ES DEMOCRACIA



Javier Biardeau R.

Hay muchos momentos en los hay que recordar la primera pregunta que abrió las compuertas para la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente en 1999: “¿Convoca usted una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico que permita el funcionamiento efectivo de una Democracia Social y Participativa?”.
Una revolución democrática y socialista es perfectamente congruente con este propósito transformador: democracia social y participativa. Pero ni el despotismo burocrático ni el estatismo autoritario son compatibles con la democracia social y participativa.
En su estudio sobre la “revolución congelada”, Feher calificaba al movimiento jacobino como partidario de una “democracia dirigida”. El intelectual latinoamericano Jorge Vergara habla, por otra parte, del leninismo como una figura de la democracia elitaria. Y es que el elitismo “revolucionario” dio paso a los cultores de la contrarrevolución estalinista, una tiranía que echó por tierra la experiencia de los Soviets y Consejos en la construcción del Socialismo.
Decía el intelectual palestino Edward Said: “hay que hablarle claro al poder”. Cuando en una revolución democrática y socialista las pasiones revolucionarias se distancian de las pasiones democráticas, cuando la sombra de poder entroniza la ceguera estratégica y táctica, entonces se manifiestan derivas, errores e infortunios. Gramsci advertía que en política hay que evitar errores que pueden echar por tierra no solo la pequeña política, sino la gran política. Y si no, corregirlos a tiempo.
Considero un grave error desconocer el papel de la soberanía popular en la construcción de los poderes constituidos, pues un gobierno, un régimen o una autoridad política que no emanen de la soberanía popular, carece de legitimidad democrática.
Está planteado en el Primer Plan Socialista 2007-2013 como objetivos: a) alcanzar irrevocablemente la democracia protagónica revolucionaria en la cual la mayoría soberana personifique el proceso sustantivo de decisiones. b) construir las bases sociopolíticas del socialismo del siglo XXI.
Queda suficientemente claro que la soberanía popular no puede enajenarse, que hay ejercicio directo; es decir, participación protagónica en diversos espacios e instancias; además, que hay ejercicio indirecto, mediante el sufragio. ¿Que ocurre cuando un poder constituido, cuando una autoridad política constituida no emana de la soberanía popular?
La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece el principio restrictivo de la competencia, según el cual los órganos que ejercen el Poder Público sólo pueden realizar aquellas atribuciones que les son expresamente consagradas por la Constitución y la ley. Además, los cargos ejecutivos de gobierno emanan de la soberanía popular.
Hay toda una coherencia sistemática en el texto constitucional que refuerza esta interpretación. Principios fundamentales: son derechos irrenunciables, la soberanía (art.1). Es valor superior del ordenamiento jurídico: la democracia (art.2). El Estado tiene como fin esencial el ejercicio democrático de la voluntad popular (art.3). Los órganos del Estado emanan de la soberanía popular ya ellos están sometidos (art.5). El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables (Art.6). Se define la organización jurídico-política que adopta la Nación venezolana como un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia (art. 2). Hay una plataforma de principios fundamentales del texto constitucional que son soportes fundamentales de la legitimación política, o si prefieren, de la hegemonía política y ético-cultural de la democracia social y participativa.
Llegamos al meollo del asunto. Art.18: “Una ley especial establecerá la unidad político territorial de la ciudad de Caracas, (…) En todo caso, la ley garantizará el carácter democrático y participativo de su gobierno”.
Es cierto que el artículo 156-10 constitucional dicta que es de la competencia del Poder Ejecutivo Nacional, la organización y régimen del Distrito Capital y de las dependencias federales. Sin embargo, no hay razones para que el Gobierno del Distrito Capital no emane de la soberanía popular, sea democrático, electivo y participativo. Lo prudente es corregir el artículo 7 de la Ley.
Además, no hay autoridad política alguna en la Constitución que reciba la denominación de “Jefe de Gobierno”. Tampoco autoridad política que no pueda ser revocada por mandato popular. Una Constitución Democrática define la estructura de competencias de los órganos de gobierno y sus autoridades.
Hay que tener summa prudencia. Rectificar y llamar a elecciones, esto es Democracia.

SOCIALISMO: PENSAMIENTO CRÍTICO Y TRANSICIÓN IV


Javier Biardeau R.


Por paradojas de la historia, en el prólogo de “El Estado y la revolución”, Lenin dice: “Después de su muerte (de los grandes revolucionarios), se intenta convertirlos en santos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así; rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para ‘consolar’ y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola”.

Desde nuestro punto de vista, fue precisamente esto lo que ocurrió con el propio Lenin, cuando fue metabolizado por la contra-revolución estalinista. Fue Stalin quién enarboló toda una maquinaria de propaganda alrededor de las “banderas del leninismo”. Aún reconociendo el filo revolucionario del leninismo con relación a la tesis de la “extinción del Estado” y la “transición al socialismo”, la gran paradoja consiste en comprender cómo el leninismo, como “nombre y aureola”, devino en la prefiguración del Socialismo de Estado.

Hay al menos tres cuestiones en el leninismo que son fundamentales para abordar los extravíos de las transiciones a la democracia socialista: a) una cuestión política que gira alrededor de la tesis de la “dictadura del proletariado”, b) una cuestión económica que gira alrededor del papel progresivo del “capitalismo de estado”; y no menos importante, c) una cuestión epistemológica, derivada de la “interpretación positivista de la ciencia”, presente en Engels, Kautsky y en toda la tesis del “socialismo científico”, asumida por Lenin en su ¿Que hacer?.

Nuestra posición es que haber descuidado el entrelazamiento de estos tres aspectos explica una ceguera que facilitó la edificación del estatismo autoritario en la URSS. Sin una crítica radical y revolucionaria a estos tres eslabones, será muy difícil no repetir los errores del colectivismo burocrático. Habría que recordar planteamientos del “comunismo de consejos”, cuando planteaba que: “La lucha del proletariado no es sencillamente una lucha contra la burguesía por el Poder del Estado, sino también una lucha contra el Poder del Estado mismo” (Antón Pannekoek).

Mientras Marx planteó su aguda crítica contra cualquier deificación del Estado al colocarlo por encima de la sociedad, la experiencia posterior condujo a un fortalecimiento del estatismo burocrático-autoritario. En una silenciada polémica con lo que sería las afinidades coyunturales entre el “cristianismo aplicado” de Bismark, con su “revolución desde arriba”, y Lasalle, Marx planteó en contraposición (Crítica al programa de Gotha): “La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella”.

En su crítica Marx planteó: “Cabe, entonces, preguntarse: ¿que transformación sufrirá el régimen estatal en la sociedad comunista? O, en otros términos: ¿qué funciones sociales, análogas a las actuales funciones del Estado subsistirán entonces? Esta pregunta sólo puede contestarse científicamente, y por más que acoplemos de mil maneras la palabra pueblo y la palabra Estado, no nos acercaremos ni un pelo a la solución del problema. Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista medía el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.”

Lenin elaboró toda una línea política de este enunciado, minimizando lo planteado por Engels en 1891 y 1895, con relación a la República Democrática y la revolución de la mayoría. El poder constituyente es disuelto por la “dictadura sobre el proletariado” y el elitismo revolucionario. Allí se produce una disyunción entre la revolución democrática y socialista.

Una descontextualización de los enunciados de Marx y Engels de su mundanidad histórica, social y política (Said), generó toda una dogmática doctrinaria. Como ha planteado el propio Adam Schaff (El comunismo en la encrucijada), fue Lenin quién modifico deliberadamente el enunciado planteado por Engels,: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.”. Lenin adultera el enunciado en su cita en el Estado y la Revolución: "Engels repite aquí, en una forma especialmente plástica, aquella idea fundamental que va como hilo de engarce a través de todas las obras de Marx, a saber: que la República democrática es el acceso más próximo a la dictadura del proletariado.”(El Estado y la Revolución; cap IV).

A partir de allí, es fácil comprender la precariedad del imaginario democrático para abordar las tareas de la transición y la imposición sobre los consejos de la “línea correcta del partido”. Además, la concepción Leninista del "Qué hacer", una conciencia que viene suministrada a los trabajadores desde fuera, a través del partido (unidad de “ciencia” y “dirección política”), es una clara manifestación de una concepción jacobina-burguesa de la revolución. Luego, la historia hecha por los “grandes hombres” encontró una expresión concentrada en el culto a la personalidad y la infalibilidad del partido. De allí al cesarismo progresivo (Gramsci), hay un solo paso.

SOCIALISMO: PENSAMIENTO CRÍTICO Y TRANSICIÓN III

Javier Biardeau R.

“(…) desde que Bismarck emprendió el camino de la nacionalización, ha surgido una especie de falso socialismo, que degenera alguna que otra vez en un tipo especial de socialismo, sumiso y servil, que en todo acto de nacionalización hasta en los dictados por Bismarck, ve una medida socialista. (…) Cuando el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares, decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello, nacionalizó las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y simplemente para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso al gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de socialistas.” (Engels. Del Socialismo utópico al Socialismo científico”)
Algunos suponen que los Estados que replican el modelo estalinista de despotismo burocrático son socialistas porque sus economías han sido “nacionalizadas”; es decir, estatizadas. Sin embargo, socialismo no es propiedad estatal. Tampoco es Socialismo, suponer que por decreto se crea un “Estado Socialista”.
Hay que desconfiar de algunos “desafortunados” actos de habla. Mientras la vieja guardia bolchevique afirmaba que la revolución soviética había logrado no el socialismo, sino un Estado Obrero con deformaciones burocráticas, Stalin decretó: “somos un Estado socialista” en los años treinta. Hoy sabemos, que ni siquiera para Marx, el Socialismo era una “etapa” específica en el desarrollo de una sociedad sin explotadores y sin explotados. Sencillamente, Marx había echado por tierra toda la pedantería doctrinaria que hablaba de una “etapa socialista” y de una “etapa comunista” (Ludovico Silva dixit).
Era obvio que la creación de semejante doctrina era producto, de lo que llaman las academias, una “hermenéutica particular”. Sabemos qué determina que una hermenéutica particular, sea la interpretación que no admita controversias, polémicas ni refutaciones; producto de “actos de fuerza”, de declaraciones de “clausura de la deliberación y de punto final”.
La tesis de la naturaleza “socialista” de las transiciones al socialismo, fue sostenida por los partidos comunistas marxista-leninistas (es decir, estalinistas) que justificaron el curso soviético luego de los años 30. Su argumento principal es que la “propiedad nacionalizada” crea un modo de producción cualitativamente diferente al capitalismo. Mantienen que “su” socialismo defiende los intereses del “pueblo trabajador” y “desarrolla las fuerzas productivas más allá de la capacidad del capitalismo”. Estos entrecomillados se justifican para desmantelar parte de la retórica de aquella propaganda oficial. Se partía erróneamente de la tesis de que la conjunción de estatizaciones con la planificación central, dominaría la “ley del valor” que gobernaba la acumulación, crecimiento y distribución de la economía mundial capitalista. La evidencia que es citada a menudo es que estos países tenían poco o ningún desempleo, ninguna miseria masiva comparada al capitalismo, ningunas diferencias de riquezas excesivas y ningún desperdicio.
Sin embargo, se minimizaba o se ocultaba que se había liquidado nada más y nada menos que con la auto-emancipación de los trabajadores del campo y de la ciudad, que se había construido una “fortaleza asediada”. Una economía colectivizada por la vía de las estatizaciones autoritarias, como en los años treinta en la URSS, podía mostrar los signos de expansión industrial, contratándola favorablemente con la depresión económica y el desempleo masivo del capitalismo en crisis. Pero lo que lograba realmente era justificar la centralidad del Estado sobre el proceso económico, social, ideológico y político. Pero, Estatismo no es Socialismo.
Una “transformación socialista de las relaciones sociales” desde el Estado, sin la activa, protagónica y consensuada participación de los trabajadores de la ciudad y el campo, no podía llamarse “socialismo”. La “línea política correcta” del partido gobernante no era suficiente. Todo este imaginario revolucionario ha hecho aguas, es un “pescado podrido”. El asunto va por otros lados: ¿cuál democracia socialista para cuál transición?
Obviamente no será un socialismo de burócratas, de tecnócratas, o de funcionarios de partido sobre-impuestos al “pueblo trabajador”. Posterior a la muerte de Trotsky, algunos de sus seguidores mantuvieron su evaluación de la URSS, como un estado obrero degenerado en tránsito hacia la restauración capitalista o hacia una nueva revolución obrera. Se quedaron esperando la “revolución obrera”
El estalinismo fue capaz de llevar a cabo su contra-revolución despótica y burocrática en la Europa oriental, en China y en otros lugares. Autores influenciados por el “maoísmo”, supusieron una ruptura de imaginarios revolucionarios en el conflicto chino-soviético. Pero el paradigma despótico burocrático era ampliamente compartido, a pesar de las tensiones entre “timoneles”. Para lograr la socialización efectiva del poder económico, político, ideológico; en fin social, la URSS tenía que lograr una superación económica cualitativa (no solo cuantitativa) sobre el capitalismo.
Hoy China es una pujante potencia económica que demuestra la viabilidad del capitalismo de estado, basado en el nacionalismo popular revolucionario. Sin embargo, estos modelos se distancian abismalmente de Marx, de la auto-emancipación del polo explotado. Este es el meollo del socialismo de Marx. Por tanto, una superación cualitativa del modo de producción de la vida capitalista sigue siendo tarea pendiente del Socialismo, un socialismo que no puede ignorar ni al polo asalariado, ni a Marx.

martes, 31 de marzo de 2009

SOCIALISMO: PENSAMIENTO CRÍTICO Y TRANSICIONES II

Javier Biardeau R

Al repensar los vínculos entre socialismo, democracia y revolución en el continente indoafroamericano, es necesario superar tanto el dogmatismo como el colonialismo intelectual.
Hemos planteado que la experiencia de transformación de las relaciones capitalistas y no capitalistas operada en Rusia, fue acompañada por una coyuntura política crítica que abrió paso a la liquidación de la revolución democrática permanente, subordinando la democracia de consejos a un “régimen burocrático y despótico” controlado por el partido-aparato-estado-burocrático, que sepultó el horizonte de la liberación social.
Ya antes de la consolidación del estalinismo, había comenzado una molecular anulación de la democracia socialista, como quedó testimoniado en los escritos de Rosa Luxemburgo. No solo fue ella. También lo hacían Korsch, Gorter y Pannekoek desde la izquierda, además del círculo socialdemócrata que giraba alrededor de Kaustky, así como diversos círculos nacionales, como el marxismo austrohúngaro (Bauer).
Perder de vista estos matizados debates, implica una ceguera sobre opciones que se abrían en el curso del proceso revolucionario. Implica mantener una visión unilateral, dogmática y mitológica, que impide pensar críticamente la realidad social e histórica, para evitar errores, debilidades y desventajas, al asumir determinadas decisiones y cursos de acción por parte de fuerzas sociales y políticas, por sus direcciones y liderazgos.
Esta reflexión es pertinente en función de pensar la transición rumbo al nuevo socialismo para el siglo XXI, donde es imprescindible superar los modelos de socialismo, caracterizados por su burocratización temprana y su despotismo, por propensiones autoritarias que terminan fijando rasgos coactivos permanentes; y finalmente, por la consolidación de una “nueva clase”, que impide en la practica, el despliegue de las corrientes sociales y políticas revolucionarias, para profundizar en la lucha contra la explotación del trabajo, la coerción política, la hegemonía ideológica, la negación cultural y la exclusión social. El dilema entre Socialismo o Barbarie no solo se juega en la alternativa: capitalismo/socialismo; también se juega en la alternativa entre democracia socialista, y cualquiera de las figuras del estatismo o del despotismo burocrático-bonapartista. Es la revolución democrática permanente, la deliberación crítica, la multiplicidad de corrientes y tendencias, la que puede ser antídoto eficaz para neutralizar la contra-revolución en la propia revolución, para superar el anquilosamiento y la prefiguración de una “nueva clase”, que impide avanzar en la construcción de una sociedad socialista, que crea las condiciones para una restauración capitalista, incluso por la vía mas violenta, bajo un régimen fascista.
En el terreno de la libertad, lo menos que pueden aspirar los demócratas socialistas es a lo máximo conquistado por la más avanzada de las socialdemocracias del mundo. Aun así, todavía no ha existido ruptura con la estructura de explotación y mando sobre el mundo del trabajo asalariado. De allí que el consuelo de tontos no sea la socialdemocracia reformista, pero tampoco el abismo de cualquier figura del estalinismo.
La naturaleza de la URSS, la “cuestión rusa”, el carácter de las luchas de clases en la Unión Soviética, se ha debatido arduamente desde el mismo 1917. En principio se partió de la premisa que la URSS posterior a la revolución era una sociedad en transición entre el capitalismo y el socialismo, que arrastraba una pesada carga capitalista, e incluso semi-feudal. Se vertían supuestas interpretaciones sobre la obra de Marx, que eran deformaciones interesadas de algunos textos sobre otros, para favorecer una línea de acción política. Sin embargo, suponer que fue producto del atraso de la estructura económico-social, y no del carácter de las fuerzas sociales y políticas movilizadas, de sus proyectos y concepciones ideológicas, es olvidar la dimensión subjetiva de la revolución rusa. De allí que sea necesario articular explicaciones que comprendan factores de diversa naturaleza y peso, relacionados en contextos más amplios y complejos. Existen al menos cuatro interpretaciones sobre la naturaleza de la URSS desde 1917 hasta el ascenso definitivo de la contra-revolución burocrática encabezada por Stalin:

a) La URSS era el Socialismo: Son dos las fuentes ideológicas que sostienen que Rusia fue, en el sentido pleno del término, un país socialista. Por un lado, la ideología liberal-capitalista que lo hace con el fin de “demostrar” el fracaso del intento de subvertir el “orden natural” del modo de producción capitalista. Por otra parte, toda la tradición estalinista ha arribado a la misma conclusión (todo orden produce su justificación), pero sustentándola en la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción vía estatización y planificación coactiva, aún cuando no se haya alcanzado ni la socialización del proceso económico ni una mayor profundización democrática.
b) La URSS era una forma de Capitalismo de Estado: Autores tan disímiles pertenecientes o a la tradición socialdemócrata europea (Kautsky, Bauer, Martov), o los llamados “izquierdistas” (Bórdiga, Pannenkoek, Mattick), arribaron a esta conclusión. Los puntos centrales sobre los que se sustenta son: 1. La estatización de los medios de producción no equivale a su socialización. Se trata más bien de un cambio jurídico que material; 2. Estos cambios jurídicos siguen oponiéndose al trabajador en tanto fuerza viva, lo que equivale a decir que las relaciones de producción, en sentido estricto no han variado; 3. Existiría en el plano estatal una “Burguesía de Estado”, que contendría a los funcionarios burocráticos y directores de empresa.
c) La URSS era un Estado Obrero Degenerado, que mantenía enclaves capitalistas: La tesis central en este caso es que el proceso revolucionario no fue destruido sino congelado, es decir, fue detenido y degenerado en su potencialidad de producir cambios profundos en la sociedad rusa. Los últimos textos de Lenin, Trotsky (y con él eminentes trostkistas como Deutscher o Mandel), o incluso, un aliado inicial del estalinismo, como Mao Tse Tung sostuvieron este argumento. Se trataría entonces de una contrarrevolución política que, si bien se asienta sobre relaciones de producción de nuevo tipo, desarticula el poder de decisión de la clase obrera. La burocracia no sería una clase, sino una casta parasitaria surgida a partir del carácter atrasado de Rusia, y del fracaso de la revolución en Occidente, cuya expresión política es el estalinismo.
d) La URSS era un Colectivismo Burocrático: En este caso se trataría de una forma opresiva de nuevo tipo que es leída como una formación social inédita no prevista por Marx. La URSS en particular, se emparenta con la emergencia de una “nueva clase”, cuya base de sustentación no es ya la propiedad privada de los medios de producción, sino el monopolio de su control burocrático. Esto puede leerse en autores como James Burnham, Bruno Rizzi, Milovan Djilas o, de manera quizás más crítica, en las reflexiones de Antonio Carlo y Melotti en Italia, en Castoriadis, Lefort y el grupo Socialismo o Barbarie, hasta llegar a las interpretaciones del totalitarismo de izquierda de Morin, e incluso de Marcuse.

Al llegar a este punto, vemos que el debate se hace más complejo. La transición al socialismo puede dar paso a una sociedad no típicamente capitalista en términos liberales, ni a una democracia socialista en los términos señalados por Marx. Lo fundamental reside en que se basan en la explotación del trabajo asalariado por capas o clases gobernantes exteriores a los trabajadores del campo y de la ciudad. Además constituyen estructuras de dominación política, hegemonía ideológica y opresión social que no permiten abrir el cauce a un horizonte de liberación social. De allí la importancia de pasar a analizar las transiciones realmente existentes en nombre del Socialismo. Para no repetir los errores, para no olvidar la tragedia que emerge al defraudar las esperanzas de una real transformación socialista.

SOCIALISMO: PENSAMIENTO CRITICO Y TRANSICIONES I




Javier Biardeau R

Hemos planteado la necesidad de renovar el ideario socialista, junto a la revisión, rectificación y reimpulso de las políticas de la revolución bolivariana, en tanto se defina como revolución nacional-popular, democrática y socialista. Y lo hacemos con el declarado propósito de escapar de las trampas del “socialismo burocrático-despótico”.
Hemos planteado la importancia de repensar los vínculos entre socialismo, democracia y revolución, enmarcando estas relaciones en las consideraciones sobre la especificidad histórica y las particularidades nacionales. Existen opiniones y planteamientos que consideran que la transición al socialismo consiste en la aplicación de recetas y manuales, en calco y copia, en la adopción de modelos revolucionarios de otras experiencias históricas. Allí hay poco espacio para la creación, para la invención y la renovación.
Para ellos, la enorme contra-revolución despótica que operó en los comienzos de la URSS, nunca existió. Tampoco existió la impronta que la experiencia soviética dejó sobre otras experiencias, como la cercana revolución cubana. Estos temas, simplemente se barren debajo de la alfombra, para mantener la “buena conciencia revolucionaria”, para practicar la “política del avestruz”. Para ellos, pensar críticamente es darle terreno al adversario, y colocarse en la acera del reformismo liberal-socialdemócrata, en la acera del capitalismo.
Sin embargo, desde allí no hay posibilidad alguna ni de des-dogmatización ni de descolonización del pensamiento crítico socialista. Dogma y colonialismo intelectual constituyen auténticos obstáculos epistemológicos y políticos. Sin embargo, a la luz de las promesas de la utopía concreta del socialismo, como liquidación del trabajo asalariado, como abolición de la estructura de mando capitalista, como profundización de la revolución democrática; suponer que el curso que siguió la revolución bolchevique, incluso antes de la muerte de Lenin, es el evento decisivo a emular, constituye desde nuestro punto de vista un grave error teórico, estratégico y de táctica política.
Seguir esta línea de acción y pensamiento generará profundos impases, sellará el destino de la posibilidad de construir modelos de socialismo factibles en Venezuela y en el continente. Y es así, porque ya es imposible ignorar que a la experiencia de transformación de las relaciones capitalistas operada en Rusia, le acompañó una liquidación de la democracia socialista, que se suprimió en el curso de la democracia de consejos, y por tanto, que sacrificó el espacio de las libertades públicas, prefigurando desde la cuna un “régimen burocrático y despótico”. Este estatismo autoritario, profundizó la prehistoria de la necesidad, sin abrir el horizonte de la liberación social.
Nadie pone en duda hoy, la gigantesca contra-revolución bonapartista que significó el estalinismo. En contraposición a esta figura del despotismo político, es indispensable plantear la renovación radical del ideario socialista, imaginar y pensar el terreno existencial de prácticas no despóticas, de un imaginario post-estalinista del socialismo.
La posibilidad del socialismo para el siglo XXI se trenza en la superación no solo del capitalismo neoliberal hoy vigente, sino en la superación de los “modelos de socialismo” que demostraron haber fracasado en la lucha contra la explotación, la coerción, la hegemonía ideológica, la negación cultural y la exclusión social.
Quién no supere el bloqueo revolucionario, teórico y práctico, que hunde sus raíces en las experiencias revolucionarias entre 1900 y 1935, donde abundan pasajes y personajes que no pueden olvidarse, seguirá replicando error tras error, pues en gran medida allí se encuentra muchos de los enigmas que impiden renovar el ideario socialista. Allí se encuentran preguntas y tentativas de resolución, que permiten pensar nuevas perspectivas para abordar los retos contemporáneos de la crisis de los fundamentos epistémicos de la modernidad occidental, la grave crisis ecológica, los límites del capitalismo frente a la exclusión, el paro estructural, diversas formas de marginación social, así como el socavamiento de la revolución democrática, sustituida hoy por ofensivas moleculares en función de legitimar una “democracia gobernable”; una biopolítica de las elites del poder.
El futuro del socialismo no se juega exclusivamente en la edificación de nominales “estados socialistas”, que a la postre abandonan la forma-estado democrática, sino además en la revolución de la vida cotidiana, en la hegemonía ético-cultural de los movimientos populares y sociales emancipatorios. Es la construcción de una nueva esfera pública profundamente democrática, incluyente, más diversa, la que permita abrir las compuertas para transformar el cuadro estructural de la explotación salarial capitalista, pues este es el meollo de un proceso revolucionario.
Socialismo implica superar del tiempo muerto capitalista (tiempo de plus-trabajo material e ideológico para la reproducción ampliada del Capital, como relación social); superación de los estados de necesidad y precariedad social, como pre-requisitos indispensables para nuevas experiencias y espacios de libertad, para la singularización de las experiencias revolucionarias.
En esto consiste “cambiar la vida”, no en que nos cambien la vida desde arriba, por decretos, resoluciones y reglamentaciones dispuestas por una “nueva clase” burocrática, sino en la apertura a la singularización de nuevos territorios existenciales, a espacios de libertad, superadas las barreras de las precariedad, necesidad, los cuadros impuestos de explotación y miseria social.
Existen momentos de esperanza de la humanidad en los cuales es posible acariciar de modo tangible el fin de la degradación humana. Ningún partidario y partidaria del socialismo puede escapar a la responsabilidad de entender las consecuencias de la destrucción de ese logro social monumental. Por eso es preciso analizar, estudiar y aprender de las transiciones. Allí se juega el dilema entre Socialismo o Barbarie.

sábado, 21 de marzo de 2009

¿DEMOCRACIA PROTAGÓNICA REVOLUCIONARIA?

Javier Biardeau R.

En el llamado Primer Plan Socialista-Proyecto Nacional Simón Bolívar destaca entre las principales directrices estratégicas la “democracia protagónica revolucionaria”. Metodológicamente se enuncia para cada una de las siete directrices estratégicas un enfoque, objetivos, estrategias y políticas. Llama la atención que uno de los objetivos sea: “Alcanzar irrevocablemente la democracia protagónica revolucionaria, en la cual la mayoría soberana personifique el proceso sustantivo de toma de decisiones”.

¿Acaso este proceso se reduce al plano electoral? La alta dirección estratégica de la revolución se encuentra frente al impasse de su propio discurso. Hay que debatir cómo el “momento del líder” luce des-balanceado frente al “momento del protagonismo popular”.

Una revolución democrática y socialista se fundamenta en el protagonismo “desde abajo”, con autonomía intelectual y moral, como diría Gramsci, para el creciente auto-gobierno. Algo muy distinto del imaginario jacobino-blanquista que genera inevitablemente una disyunción irreparable entre revolución democrática y construcción del socialismo. La “elite revolucionaria” termina siendo una “oligarquía política”, un nuevo cogollo.

La llegada de Stalin se anunciaba en los propios enfoques y métodos leninistas, en su errada premisa de que la “democracia revolucionaria” tenía nada o poco que ver con la profundización de las libertades de multitudes antes oprimidas, generando no una democracia post-liberal sino una democracia anti-liberal.

Una cosa es superar el liberalismo político, otra cosa es destruir la posibilidad de profundizar la libertad social del pueblo, su auto-gobierno y protagonismo en la toma de decisiones. La democracia socialista es una crítica radical a las inconsecuencias del liberalismo democrático, a su compromiso de fondo no con una “sociedad libertaria de igualdad, justicia sustantiva y bien común”, sino con una sociedad capitalista de explotación, coerción, hegemonía ideológica, negación cultural y exclusión social. Pero una democracia socialista es una democracia protagónica libertaria, no una democracia plebiscitaria bajo el mando de un cesarismo progresivo.

Una revolución democrática procura un grado superior de libertad (democracia social, de género, de etnias, de diversos movimientos sociales contra la opresión), no su liquidación en nombre de la tecno-burocracia del partido-Estado. El Estatismo Autoritario y la política personalista fueron el ABC del estalinismo.

Rosa Luxemburgo advirtió el error de separar la “revolución democrática” de la “democracia revolucionaria”, lo que a la postre fue la sustitución de la “dominio de la mayoría” por el “dominio sobre la mayoría”; es decir la re-instalación de la oligarquía política, la “nueva clase” de Milovan Djilas.

Que una mayoría soberana personifique el proceso de toma de decisiones no significa en ningún caso que una encarnación personalizada del poder del Estado, sustituya la soberanía de la mayoría. El socialismo democrático participativo es un proceso popular constituyente radicalmente distinto a la figura del bonapartismo sui generis (Trotsky), analizando a Cárdenas en México:

“En los países industrialmente atrasados, el capital extranjero juega un rol decisivo. De aquí la debilidad relativa de la burguesía "nacional" respecto del proletariado "nacional". Esto da origen a condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el doméstico, entre la débil burguesía nacional y el proletariado relativamente poderoso. Esto confiere al gobierno un carácter bonapartista "sui generis", un carácter distintivo. Se eleva, por así decir, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar ya convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y arrojando al proletariado con las cadenas de una dictadura policial o bien maniobrando con el proletariado y hasta llegando a hacerle concesiones, obteniendo así la posibilidad de cierta independencia respecto de los capitalistas extranjeros”.

Trotsky llega a definir los propios impasses del “Bonapartismo Progresivo” frente al “Capitalismo de Estado”: “Estas medidas (expropiaciones) permanecen enteramente dentro del dominio del capitalismo de Estado. Sin embargo, en un país semi-colonial, el capitalismo de Estado se halla bajo la fuerte presión del capital extranjero privado y de sus gobiernos y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los obreros. Por esto intenta, sin dejar que el poder real escape de sus manos, colocar sobre la organización obrera a una parte considerable de la responsabilidad por la marcha de la producción en las ramas nacionalizadas de la industria”.

Para Gramsci la cualidad distintiva entre un cesarismo regresivo y el cesarismo progresivo era su posición ante la dialéctica “revolución-restauración”. Es cierto que el cesarismo-bonapartismo progresivo puede ser favorable a demandas nacional-populares: Cárdenas, Perón y Nasser son ejemplos, pero eso no significa confundirlos con el socialismo democrático participativo. Es cierto que el nacionalismo popular revolucionario representa un mecanismo de afirmación patriótico frente a tendencias de subordinación imperial. Pero al pan pan, y al vino vino.

Sin protagonismo, iniciativa, poder efectivo del protagonismo popular no hay socialismo.

Chávez ha dicho: “Bueno, dialogando, pensando, esta nueva etapa de este proceso la vamos a comenzar a llamar, y esto refleja mucho lo que aquí está ocurriendo, "la democracia revolucionaria", pensamiento y acción democrático revolucionario. De eso hablaremos a lo largo de estos días, de estos meses y de estos años. Hemos entrado en esa nueva etapa, la democracia revolucionaria, que no es lo mismo que decir, "revolución democrática", es otro concepto, es otra orientación, tomada en profundidad del pensamiento revolucionario de Simón Bolívar y de muchas otras corrientes universales, de todos los tiempos y de muchos lugares.” También ha dicho: “No es lo mismo hablar de revolución democrática que de democracia revolucionaria. El primer concepto tiene un freno conservador; el segundo es liberador”.

Aquí mostramos nuestra diferencia sustantiva de criterios. No hay socialismo participativo, proceso popular constituyente, sin revolución democrático. De algo sirve la historia de las revoluciones.

Por eso planteamos 4R: revisión, rectificación, reimpulso, pero sobre todo renovación del ideario socialista, para no quedar entrampados en cualquier figura del Colectivismo Burocrático. ¡Al pueblo lo que es del pueblo!

viernes, 13 de febrero de 2009

DEL PROCESO NACIONAL-POPULAR-DEMOCRATICO A LA ESTRATEGIA SOCIALISTA EN LA REVOLUCION BOLIVARIANA-PARTE 1




Javier Biardeau R


"La América Española es original —originales han de ser sus Instituciones y su Gobierno— y originales los medios de fundar uno y otro. O inventamos o erramos". (Simón Rodríguez)

¿Qué ha sido hasta hoy la revolución bolivariana? ¿Cuál es su potencialidad transformadora? Estas preguntas están articularlas a las tareas de la estrategia y la táctica políticas inscritas en la interrogante ¿Qué hacer?, luego de anticipar los escenarios de victoria de la revolución bolivariana en la enmienda constitucional del 15 de febrero.

I.- ESCENARIOS ELECTORALES:

La victoria resulta un hecho constituyente decisivo e incuestionable de potencia de la democracia participativa, pero su alcance y profundidad dependen de apreciaciones de conjunto acerca de las dimensiones cualitativas y cuantitativas del triunfo electoral. Existen variaciones importantes de estrategia y táctica política si los resultados corresponden a los siguientes escenarios:

a) Se mantienen bajo los parámetros cuantitativos de las elecciones regionales del 23 de noviembre del año 2008,
b) Se acercan a los resultados de las Presidenciales del año 2006, o
c) Se supera este techo de acumulación de fuerzas electorales, avanzándose definitivamente más allá de esta frontera de crecimiento;

En estos tres escenarios, deben evaluarse aspectos sustantivos y cualitativos, de contenido estratégico para la propia revolución bolivariana, tomando en consideración el balance de inventario de un análisis realista de los factores objetivos y subjetivos de la derrota del proyecto de reforma constitucional del año 2007, y las razones de fondo de la débil aplicación de la política de la revisión, rectificación y reimpulso revolucionario (3R). Desde nuestro punto de vista, la estrategia socialista constituyente debe partir de 4R y no solo tres:

1) una Revisión a fondo basada en un debate revolucionario sobre los logros y debilidades de las políticas ejecutadas en estos 10 años, así como de las premisas históricas y teóricas del “modelo de socialismo” que pretende inspirar y prefigurar la sociedad por-venir. No es posible ni deseable seguir el camino del Socialismo realmente inexistente, del colectivismo burocrático o del estatismo autoritario;

2) la Rectificación profunda desde la ética del compromiso y el pensamiento crítico-revolucionario de todos aquellos aspectos objetivos y subjetivos, que constituyen el bloqueo histórico para la emergencia de una auténtica renovación del ideario socialista, para impulsar acciones contra las fuerzas sociales y políticas internas al proceso bolivariano que encarnan:

a) la vieja cultura clientelista y patrimonial del populismo cuarto-republicano dentro del proceso bolivariano);
b) la estructuración de nuevas fracciones de clase capitalistas protegidas y amparadas por la “burguesía de estado” y por cuadros de dirección del aparato político bolivariano;
c) el lastre de viejos cuadros de la izquierda estalinista, burocrática y cosificada, que mantienen los mitos del llamado “socialismo real”, que no han superado las falsificaciones de esa mitología teórica llamada “marxismo-leninismo”, que pretenden erigirse en dirección intelectual y moral a partir de prácticas ideológicas reaccionarias, censores de la contestación cultural y del pensamiento crítico, renuentes a la profundización del debate teórico-programático por la renovación socialista en el seno de la Revolución Venezolana.

3) La necesidad del Reimpulso desde un “plataforma política programática” cuyos ejes son la puesta en iniciativa del movimiento por la revolución democrática, antiimperialista y descolonizadora como premisas del nuevo socialismo participativo, construido a partir de la tesis de la dirección colectiva (mandar obedeciendo al pueblo), de la democracia de consejos, de la construcción-acción del poder popular “desde abajo” para la constitución del bloque histórico patriótico-popular-revolucionario, que encarne la unificación orgánica de “sujetos-movimientos en lucha” contra la explotación económica, la coerción política, la hegemonía ideológica, la exclusión social, diversas formas de discriminación sexual, de genero o racial, y la negación de las matrices culturales de lo popular-subalterno nuestro-americano, demandas articuladas por mayorías nacionales, por la multitud constituyente.

4) La Renovación Socialista, la edificación de una estrategia socialista ajustada a las profundas mutaciones del pensamiento crítico revolucionario, a la ruptura de los paradigmas, enfoques y modelos de la clásica teoría revolucionaria, asumiendo que cada fase o ciclo de las luchas se realiza a partir de una síntesis teórica que responde a momentos históricos precedentes, a relaciones de fuerzas en el terreno de la ideología, reflexión y elaboración teórica, producto del conflicto entre clases, sectores, grupos, categorías y fracciones sociales, que reconoce que la praxis teórica no esta separada de la composición social de las luchas, que la producción teórica es la traducción conceptual de matrices del conflicto histórico, social y cultural; que la praxis teórica se despliega en el interior de luchas históricas, y contiene en su seno momentos de anticipación utópica, de prefiguración imaginaria de la sociedad por venir, que la transformación de la realidad comprende la transformación de las propias perspectivas teóricas revolucionarias.

Estas 4R permitirían concentrar tareas políticas para el logro del Socialismo participativo y descolonizador, para profundizar la articulación entre la revolución democrática y el socialismo participativo, superando los límites de la democracia liberal-representativa y consolidando como matriz de poder, al poder constituyente, la democracia libertaria, al protagonismo revolucionario de comunas y consejos del poder popular. Pues como señalaba Mariátegui:

"No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano." (José Carlos Mariátegui)

viernes, 6 de febrero de 2009

SI GANA EL NO...¿QUIEN DIRA QUE HA OCURRIDO UN REVOCATORIO CONTRA CHAVEZ?







Por: Javier Biardeau R.

A los estimados amigos y amigas, que gustan de la real-politik les compete este argumento. No a los que se quedan especulando, ensimismados en el fetichismo constitucional. Venezuela, estimados y estimadas, no soporta su estabilidad política (y desde hace mucho tiempo) en la eficacia normativa de la pura legalidad. Obviamente juega un papel, tiene peso específico, pero no es lo determinante en situaciones de “crisis política”. Y lo que se anticipa es la construcción de una situación de crisis.

Hay quienes apuestan por la deslegitimación inducida a través de múltiples medios: por saturación mediático, por inestabilidad económica, por puesta en la calle de “carne de cañón” (¿masa de maniobra?). ¿Quién se estremece ante aquellos que “calculan políticamente” “buscando un muerto”, dicen -¡aunque sea “un muerto”!-? En esto consiste la real-politik de cualquier estrategia basada en la “explotación de las víctimas”, como “saldo político”. Por tanto, el elemento determinante es el balance en el control de recursos de coerción-fuerza y de legitimidad-opinión pública.

Hay muchos vectores de presión estratégicos especulando acerca de los posibles escenarios del próximo referendo aprobatorio sobre la propuesta de enmienda. Y como ya Uslar, elevó a lengua legítima la palabra “pendejo”, yo diría que los que creen que la estabilidad, relativa paz y calma serán consecuencia inmediata de un escenario de derrota de la propuesta del Gobierno; califico a esta opinión de “apendejada”.

Algunos pensarán que soy “víctima” de la guerra psicológica del “militarismo” del “régimen”. Mi respuesta es que no soy sujeto pasivo del “palangrismo”, ni de unidades de medios del “Comando Sur”. ¡Oh, fantasías! Algunos se hincharán de irritación con semejante consideración. Pero analizando los acontecimientos en curso, sus antecedentes inmediatos, marcos de acción, guiones y repertorios simbólicos de los movimientos cuya oferta programática es ser “anti-Chavistas”; y analizando el trasfondo geopolítico nacional e internacional, nadie se chupa el dedo acerca de lo que está en juego. En esto la oposición radical está mucho más esclarecida sobre sus pretensiones de poder: el efecto de deslegitimación de una derrota de la enmienda no es plomo en el ala, es quedarse sin alas, así de sencillo. En la práctica, es un revocatorio. ¿Exageraciones? No se apendejen. Aquí, las pretensiones de poder en juego son de vasto calado y alcance. No se trata de debates jurídicos sobre una enmienda que tocaría aspectos secundarios del proceso político, que si la propuso el PSUV o el PPT, si Chávez o el pueblo.

Si usted, lector o lectora, considera que las consecuencias de cualquier resultado no son trascendentes, que abstenerse es una opción, que irse a la playa, darle la espalda a la realidad, especular sobre las “diferencias ideológicas de izquierda” con la revolución bolivariana, entonces usted esta apendejado. El 11 de abril, una marcha masiva de protesta, en un contexto de la escalada del conflicto, jugó un papel determinante para la neutralización de la represión del estado, estrategia de una minoría activa para sacar a Chávez de Miraflores a punta de guerra de imaginarios (como de hecho lo sacó). Allí, el balance de la movilización de recursos de fuerza (coerción) y de legitimación (opinión pública), traduce lo que acontece en la fluidez social de las situaciones de crisis política. “Iniciativa política”, “sorpresa”, “control de recursos de poder” y “masa de maniobra”. ¿A quién le corresponde el control de estos principios estratégicos?

Uno espera que algunos dirigentes hayan aprendido la lección. Porque el “día después” que me pinta la oposición radical (la que tiene realmente voz y decisión, cuando Chávez luce efectivamente débil), recuerda aquella llamada “revolución libertadora” en Argentina, que en realidad fue una contra-revolución dirigida por la oligarquía conservadora (el trágico anti-peronismo argentino). Por eso, ante la llamada “crítica endógena” de la revolución, simplemente me incluyo en el conjunto de los “anti-anti-chavistas”. Para tal decisión, uno puede hacer un rodeo, recordando al antropólogo Geertz, cuando hablaba del anti-anti-relativismo. Sin necesidad de apuntalar el relativismo, uno simplemente se inclina por el “mal menor”. Obviamente respeto a quienes no estén de acuerdo sobre la estimación del “mal menor”. Pero, cualquier decisión está sometida a una política del síntoma. Y cada quién con el suyo.

Por más que Petkoff nos traiga a pasear al ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, para explicarnos que es una “transición política pacífica”, no me convence esta estratagema. Para mi, la oposición radical no propone sino revancha social y política. No escucho otro argumento en sus actitudes, y no considero relevante las mascaradas. No es momento para apendejamientos, ni de un lado ni del otro, ni en el medio. La real-politik indica que la pérdida de un referendo aprobatorio tiene poderosos efectos de deslegitimación. Cuando uno escucha a un dirigente de la “oposición democrática” que asimila a Chávez con un “cartón de leche” que se echa a la “basura”, que llama a la “revancha” sin ton ni son, reconoce el “grado” de densidad moral e intelectual de la alternativa; es decir, del “anti-chavismo”. Si luego de elaborados “diálogos interiores, se cree que apoyando la enmienda se le da un voto a una “Presidencia Vitalicia”, estamos frente al doblemente apendejado.

Nadie vota por cargos vitalicios, pues allí votar está negado de plano. Vitalicio es un cargo que dura desde que se obtienen hasta el fin de la vida, sin intervención de votación alguna. Entonces, palangristas, no sean pendejos!.

miércoles, 21 de enero de 2009

CUANDO ESCUCHO PUEBLO

Javier Biardeau R.

Dialogaremos polémicamente con Jesús Puerta a propósito de su respuesta al “enigma populista del Chavismo” (I y II). Mencioné a Lázaro Cárdenas, al primer Perón, a Velazco Alvarado, a Fidel Castro, y a Brizola. La trayectoria de Brizola muestra que si es posible comprender el populismo socialista, o si se prefiere, el Socialismo popular.
Ahora, tal vez Fidel podía ser un emblema de lo que quiero transmitir: ha sido a través de Chávez, que se ha reconstituido la centralidad y unificación del “pueblo”, en tanto que antagonismo frente al “imperio” y a la “oligarquía”, en la política venezolana. Percibo en el Chavismo una potencial “antesala” hacia el Socialismo en clave venezolana.
El sintagma “Socialismo Bolivariano”, no es simplemente una “ideología de reemplazo” (Germán Carrera Damas), comprendida en sentido despectivo y desde la vieja retórica anticomunista de los guiones del Betancourismo.
Se trata de la constitución de un nuevo imaginario nacional-popular de izquierdas, es decir, una suerte de recorrido en reversa, desde el Gran viraje neoliberal de CAP hacia una de las procedencias más auténticas de la movilización nacional-popular venezolana: el Partido Democrático Nacional. El PSUV podría comenzar la tarea nunca desplegada de una corriente histórica socialista, democrática, nacionalista y popular, que se hace multitud en el siglo XXI, obviamente desde otras circunstancias y condiciones. Por tanto, no comparto que por populismo se presuponga una descalificación política. Todo depende.
Asumiría completamente la potencia del argumento de Laclau en su razón populista, si no encontrase un límite infranqueable en los populismos, su radical embrague con el mito de la Forma/Estado. La derecha schmitiana diría, fusión del pueblo y del Estado, a través de Führer. Obviamente, no me identifico con ese populismo. El Caudillo, Pueblo, Ejercito de Ceresole, es una pobre traducción de lo que Schmitt planteaba con mejor efecto sofístico.
Los populismos, poco importa en este punto si son de derecha o izquierda, hacen gala de una identificación con el Estatismo, no con la constitución de una esfera pública democrática (económico-política), imposibilitando lo público en tanto espacio de la multitud constituyente.
Lasalle fue maestro del Socialismo de Estado, Stalin del socialismo despótico. El Estatismo no es la socialización del poder, la propiedad estatal, las nacionalizaciones no garantizan la superación de la explotación salarial, ni de la coerción, de la hegemonía ideológica. Cuidado. Lo que esta planteado es cambiar radicalmente los términos del vocabulario y de la conversación sobre la cuestión socialista.
Al Chavismo lo identifico parcialmente con una variante del “populismo de izquierda”, un populismo del bloque de las clases dominadas y subalternas, que pueden llegar al renovar el socialismo, o puede irse a pique, si asume el horizonte del colectivismo burocrático. Reitero, el chavismo es un claro avance de dignidad social, frente al proyecto neoliberal-neoconservador.
Pero, ¿Socialismo, democracia socialista, participación protagónica de muchos? Falta muchísimo trecho. Faltan prácticas socialistas, no solo bruma discursiva. Faltan texturas práctico-discursivas (Jesús Puerta dixit), un mínimo de consistencia entre palabras, acciones y realizaciones.
Cuando escucho “pueblo” ubico sentidos y unidades político-culturales de referencia, a decir de Eco, escucho voces de un poli-clasismo movilizado contra de bloques de poder tangibles. Pero, cuando escucho “socialismo”, identifico farsas, simulacros, espejismos, y lo que más me inquieta, proyecciones del socialismo burocrático, lo que Poulantzas llamó, figuras del Estatismo Autoritario.
Los habitus del socialismo burocrático arruinan la emergencia y despliegue de nuevos imaginarios para el socialismo. Predomina la reducción doctrinaria a código ideológico, no la fecunda movilidad de la imaginación colectiva, la creación de significaciones, nuevas formas de vida, de sentir-decir-hacer-socialismo. Me inquieta la adequidad-clientelar-patrimonial del carril populista venezolano, inercia subcultural del pasado cuarto-republicano en la quinta; también me inquieta el estatismo-burocrático como enmarcamiento del proyecto de futuro.
Prefiero apostar abiertamente por una renovación radical del imaginario socialista (ruptura radical con el doctrinarismo y la codificación marxista-leninista), puesta en escena de la democracia socialista (no la copia de soviets-consejos venidos a menos, controlados por una maquinaria-aparato político-policial), des-dogmatización y descolonización del socialismo, para salir de los núcleos epistémicos del euro-centrismo, del desarrollismo y de la modernidad occidental.
El puerto de llegada no puede ser el Estado, sino otras formas de vida marcadas por experiencias de lo común, de lo público. Democratizando el Estado al máximo, democratizando la “sociedad civil” al máximo. Como ha dicho Virno en su “Gramática de la Multitud”, el concepto de “multitud” a diferencia del más familiar “pueblo”, es una herramienta decisiva para toda reflexión contemporánea. “Multitud” y “Pueblo” jugaron un papel de enorme importancia en las definiciones de las categorías sociopolíticas de la modernidad. Fue la noción de “pueblo” la prevaleciente, reforzando la centralidad de la forma-Estado.
Virno plantea que cuando la teoría política de la modernidad padece una crisis radical, aquella noción derrotada de Multitud nos muestra una extraordinaria vitalidad. En Europa, pueblo y multitud, reconocen como padres putativos a Hobbes y Spinoza. Creo que Marx apunta más a una procedencia Spinoziana. Stalin, en cambio, a una Hobbsiana.
Todavía hoy se borran las Glosas al programa de Gotha. ¿Sabemos por que?
Superar el populismo-estatista en poder popular que deviene multitud es un transito que rompe límites de la vieja doxología de izquierda. Quién dice “Populismo” si aclara alguna especificidad, lo Popular-Estatal.
Una arepa es una arepa. Pero no es la misma Arepa la que se construye desde múltiples experiencias de lo popular-comunal-común-comunitario, que la que se hace solo si la universalidad se encarna en el Estado-Moloch. No se trata solo de rellenos, pues hay muchos y buenas combinaciones. El problema es el populismo que deviene Forma-Estatista.

EL ENIGMA POPULISTA DEL CHAVISMO II




Javier Biardeau R.

Hemos planteado que se comprenderá al Chavismo el día en que se superen los temores y los prejuicios a que las demandas, los valores y los símbolos de origen popular alcancen una determinada articulación política por fuera de la institucionalidad del canon demo-liberal. El enfrentamiento secular entre el pueblo y el bloque de poder encuentra en el “socialismo bolivariano” un nuevo principio hegemónico, una nueva construcción de identidad.
Sin embargo, ¿Qué hay de socialismo en el “socialismo bolivariano? Desde mi punto de vista, lo que este término significa es que el populismo chavista se ha definido claramente en un sentido de radicalización social, y que las fuerzas que empujan hacia una vía de cooptación transformista, y que no pretenden romper con los parámetros del capitalismo nacional, empujarán desde dentro para bloquear la construcción del socialismo.
La NEP chavista, como la han llamado recordando la NEP Soviética, los problemas con la burocratización del Estado, de la dirección del PSUV, la emergencia de una nueva clase económica amparada en sus conexiones políticas (la llamada boli-burguesía), la nueva burguesía y pequeña burguesía de Estado construirán, a pesar de los lineamientos de Chávez, un “socialismo a conveniencia”; es decir, un “socialismo de estado” gato-pardiano, que no cambiará en esencia el metabolismo social del Capital en Venezuela.
Por esta razón, el llamado “socialismo bolivariano del siglo XXI” en esta etapa será mucho más un populismo estatista que un socialismo revolucionario, fortaleciendo el “capitalismo nacionalista de estado”, antes que el poder económico-social de la clase trabajadora del campo y de la ciudad. Las mismas contradicciones las vivieron los nacionalismos revolucionarios en América Latina en otros tiempos, colocando a las izquierdas nacionales ante los mismos desafíos. Obviamente, todo esto representa un avance significativo con relación a un proyecto de corte neoliberal de privatizaciones y desregulaciones masivas, pero ante los impactos de la crisis mundial que se avecinan, ¿Cómo enfrentarán las diversas fuerzas sociales y políticas que coexisten en el chavismo la nueva situación?
La presencia de un momento populista revolucionario pudiera ser revertida definitivamente hacia un populismo reformista, dependiendo de la activación de las contradicciones de carácter popular-democrático en el antagonismo de clase. El Chavismo en sus sectores de dirección se ha cuidado de manejar el lenguaje de la “lucha de clases”, y ha preferido mantener un discurso de sectores y grupos de interés. Cualquier terminología marxista, ha sido cuidadosamente diluida, del mismo modo como sabían demarcarse de una revolución marxista tanto Perón como Velasco Alvarado, cuando parecía que era inevitable asumir una dosis de teoría revolucionaria para enfrentar el cuadro de contradicciones de la coyuntura política.
Esta disolución del lenguaje de clase tiene algo que ver con el papel de las fracciones populistas de la burguesía y de la pequeña burguesía, que han asumido como tarea reducir el antagonismo que encierran las reivindicaciones populares, democráticas y nacionalistas, transformándolas en diferencias absorbibles por el régimen revolucionario. Esta estrategia de absorción-cooptación de demandas populares, convirtiendo intentos de radicalización en clientelas políticas es un claro síntoma de los límites populistas del chavismo. Siempre habrá una salida elegante de tipo estalinista, que justificará que nos encontramos ante las tareas de la llamada etapa democrático-burguesa, racionalizando cómo se constituye un nuevo bloque social en el poder, conformado por la alta tecno-burocracia, la pequeña y gran burguesía del sector público y del sector privado aliado respectivo. El socialismo revolucionario allí será “pan y circo”, y la realidad será la acumulación patrimonial de capitales a la sombra del ingreso fiscal petrolero y de la contratación pública.
Todo esto es consecuencia de la imposibilidad de que las clases trabajadoras del campo y de la ciudad, en alianza con una vasta masa de subempleados y excluidos, logren establecer una posición hegemónica en la dirección revolucionaria, controlada como está por la centralidad del Líder que administra el ritmo y contenido de la revolución, en coalición de sus círculos de influencia más íntimos (recuerden el carácter ambidiestro de Perón). El bloque popular bolivariano tiene una dirección política cuyas aspiraciones son a lo sumo pequeño-burguesas, nacionalistas, progresistas, reformistas, redistributivas pero nunca socialistas revolucionarias. Por eso, la democracia populista está a la orden del día.
A pesar de que se ha venido asomando la posibilidad de que el socialismo emerja como una radicalización del populismo chavista, articulando los valores y símbolos popular-democráticos a un discurso revolucionario de clase; esta posibilidad solo es terreno de oratoria, de retórica, de espectáculo y simulación. En tiempos posmodernos no es extraño que una revolución se asuma como simulacro socialista.
Lo que no es simulacro, es que el momento populista permita un proceso de reestructuración interna del bloque social dominante, impulsado por una de sus fracciones, interesada en desplazar el centro de gravedad del poder político para su propio beneficio, que tiene nombre y apellido: acumulación de capital, por una parte; explotación asalariada, por otra. De esta manera, el ciclo pendular entre capitalismos desregulados y capitalismos de estado nos recordará los peores fragmentos de la maldición de Sísifo.