miércoles, 23 de abril de 2008

FALACIAS ANTISOCIALISTAS DEL 2-D


Javier Biardeau R
Cabe recordar a los segmentos más reaccionarios de la oposición que el Presidente Chávez tiene una legitimidad de origen del 63 %, y que puede llevar a cabo su mandato, proyecto estratégico y plan de Desarrollo, con la única limitación de que los actos de gobierno sean consistentes, coherentes y congruentes con los parámetros de la Constitución vigente de 1999. Cuando Giordani afirma: "Las líneas generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación definen de manera explícita un conjunto de objetivos, estrategias, políticas, programas y proyectos que permitirán enrumbar el país hacia la trayectoria del llamado socialismo del siglo XXI", no realiza un fraude constitucional.

Por tanto, constituye una primera falacia suponer que la Constitución de 1999 impide llevar a cabo un Gobierno Socialista. La Constitución de 1999 es una Constitución de avanzada, con una fuerte proyección social, radical-democrática y anti-neoliberal en ámbitos políticos, económicos y sociales, en la cual caben diversas ideologías-programas de gobierno, incluido el socialismo en sus variantes reformistas-moderadas, e incluso bajo la modalidad de reformas radicales que apunten a un horizonte revolucionario.

Para afirmar que Chávez comete un fraude a la constitución habría que impugnar sus actos de gobierno frente a la Sala Constitucional, impugnar por medidas ejecutivas, o incluso legislativas por inconstitucionalidad; es decir, utilizar las vías jurisdiccionales. Pero, la oposición no quiere asumir las vías de derecho. Siguen imaginando vías de hecho, los espectros del 11-A.

La oposición sigue presa de una lectura errada de los resultados del 2-D. No fue la victoria del capitalismo contra el socialismo el eje explicativo de la situación del 2-D, sino la amenaza del autoritarismo cesarista hacia la democracia.

El tema conflictivo de la reforma fue la vulneración de todo que de avanzada representa la Constitución de 1999. Por allí se explican los desatinos de Chávez, pero también los desatinos de la oposición reaccionaria, que no termina de asimilar la riqueza doctrinaria y programática (con sus debilidades puntuales) de la Constitución de 1999. Si la oposición sigue sometida a las ideas y valores de la hegemonía neoliberal-neoconservadora, se comprende que el trago de hacer suya la Constitución de 1999 sea absolutamente amargo.

Por otra parte, constituye una segunda falacia, suponer que la derrota del proyecto de reforma constitucional del año 2007, constituye una derrota del Imaginario Socialista. Partir de esta falacia, subestima las debilidades reales del proyecto de reforma: su forma y fondo vulneraban los principios y la estructura del texto constitucional de 1999. Este no es un argumento formal-legal. Adquiere toda su materialidad cuando se contrasta la riqueza programática de la Constitución de 1999, con el confuso e inconsistente “modelo socialista” de la reforma, inspirado en formas de socialismo burocráticas y con acentos que reforzaban un patrón cesarista de concentración del poder. La Constitución de 1999 dicta: Venezuela se constituye en un Estado Social y Democrático de Derecho y de Justicia. Allí el modelo socialista en construcción se mueve con pleno espacio de maniobra, porque las bases del “Estado Social”, del “Estado de justicia” y del Estado Democrático, participativo y protagónico, miran no hacia la derecha, sino hacia la izquierda.

Mientras sea la retórica anti-socialista en general lo que mueve a la estrategia opositora, Chávez no tiene mucho de que preocuparse. La unidad de un espacio electoral progresista, patriótico, de centro-izquierda, le garantizará otra victoria.

A partir de la derrota del 2-D, una intensa campaña mediática ha tratado de imponer como matriz de opinión que la derrotada no fue una particular visión de la reforma, sino el “modelo socialista” en general. La eficacia de esta estrategia será nula, porque las acciones políticas concretas que movilizan, y el espacio electoral que invoca, refuerzan el patrón que las ha llevado de derrota en derrota. Mientras tanto, el Presidente Chávez ha venido calibrando la situación del 2-D, comenzado una política de reagrupamiento y consolidación de la alianza patriótica revolucionaria, que le augura una sorpresa a quienes presumen, y esta es la tercera falacia, que Chávez está finalmente derrotado.

Ni Chávez ni el proyecto Socialista están derrotados, sino que viven una “crisis de crecimiento”, una “crisis de maduración” de una nueva identidad política y de proyecto histórico. El gran reto táctico de Chávez es la masiva movilización del espacio electoral progresista, patriótico y de centro-izquierda, para superar la abstención, sobre todo del propio campo bolivariano. El reto estratégico de Chávez es comprender la indispensabilidad de la democracia participativa y protagónica en el “modelo socialista”, el diseño de una economía mixta con un marcado acento social, no dominada por el antagonismo entre “capitalismo de mercado” y “capitalismo de estado”.

La política de las tres R, es una oportuna maniobra para salir del campo minado de la reforma constitucional. Sin embargo, si los planes, decretos, medidas y discursos van en la dirección de cualquiera de las variantes del Socialismo Burocrático, o si cometa el error de avanzar en una modalidad cesarista, populista y autoritaria, Chávez marcaría la derrota de su proyecto político. Por otra parte, el fracaso de la oposición está marcado por el camino reaccionario del antisocialismo. En este cuadro, será posible prever si no termina ganando la abstención.

jbiardeau@gmail.com

sábado, 12 de abril de 2008

LA HERENCIA DEL 68: EL BLOQUEO DE LA UTOPIA POR PARTE DE LA VIEJA IZQUIERDA (II)


Javier Biardeau R.

Una de las enseñanzas de la herencia del 68 consiste en comprender el papel conservador de la vieja izquierda ante la emergencia de situaciones, aclimatadas por la presencia de las energías utópicas. Como estas situaciones-acontecimientos no siguen el guión de los manuales estalinistas ni el dictat de los aparatos, la vieja izquierda juega su tragicómico papel de neutralizar la potencia revolucionaria, cancelando al mismo tiempo la innovación de formas de pensamiento-praxis socialista. Por eso, se hace necesario desentrañar los dispositivos que hacen posible el bloqueo histórico de los movimientos anti-sistémicos, de manera tal que se puedan vislumbrar nuevos horizontes.

¿Cómo comprender y explicar que en menos de un mes, se asistiera en Francia del 68 a una crisis social y política de una extraordinaria fuerza, que en pocas semanas parecía disolver un sistema hegemónico y un Estado capitalista; en cuya cabeza figuraba uno de las figuras políticas más emblemáticos de la derecha del siglo XX: Charles De Gaulle; y que finalmente todo este “gran ensayo revolucionario”, quedara recuperado?

Una de las aristas para analizar estos sucesos, se articula al papel de la dirección del PCF en la coyuntura política, y al lastre que representó el estalinismo-burocrático, su visión estratégica, su modelo organizativo y su férreo control de la CGT (sindicatos). Desde entonces, ni la derecha ni la vieja izquierda sacaron las consecuencias de aquel reconocimiento del primer ministro Pompidou, cuando se enfrentó al malestar generalizado que invadía la situación no solo francesa, sino internacional. Para Pompidou se revelaba una “crisis de civilización”. (Casi 40 años, Sarkozi utiliza los enunciados de Edgar Morin, y habla de una política de civilizaciones, pero a la vez llama a liquidar la memoria del Mayo Francés; es decir, la memoria de una lucha por construir una “civilización no represiva”. El odio al 68 sigue siendo una actitud defensiva de los viejos valores, que precisamente socavan la posibilidad de despejar opciones de futuro, más allá del predominio del “pragmatismo del poder”, con todo lo que éste entraña en términos de miopía histórica.)

Ante el asombro del Gobierno de derecha y de la vieja izquierda, un movimiento de activistas de una universidad de las afueras de Paris (Nanterre) se transformó en una multitud, que integró de modo virtual a todos los estudiantes de París, y que gozó inicialmente de un inmenso apoyo popular, dando lugar a un aparente clima insurreccional. En un primer momentum, se fue generalizando una huelga general espontánea de enormes proporciones, que culminó con el rechazo por parte de los huelguistas del acuerdo, que en su nombre, negociaron los líderes oficiales de los sindicatos y la patronal, bajo la tutela del gobierno.

No podríamos comprender la resonancia de las ideas de Marcuse, Castoriadis, libertarios, situacionistas, trotskistas, y posteriormente maoistas; si no comprendemos el clima de rechazo a los viejos valores civilizatorios, si suponemos que fue la vieja izquierda la que asumió el protagonismo de los eventos. No podríamos comprender por que razón Cohn-Bendit, un joven estudiante franco-alemán tituló su texto: El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del comunismo. (Actualmente Cohn-Bendit, plantea desmitificar el Mayo Francés como fantasía revolucionaria…vueltas de las historia)

Cuando nace el Movimiento 22 de Marzo, Georges Marcháis, secretario general del PCF, con desprecio califica de “grupúsculos izquierdistas”, a estos movimientos. Las etiquetas se dirigen especialmente al anarquista “alemán” Cohn-Bendit. El discurso oficial del PCF dicta: la agitación favorece las “provocaciones fascistas”, esos “seudo-revolucionarios” pretenden “dar lecciones al movimiento obrero”. Marcháis concluye “Esos falsos revolucionarios debían ser enérgicamente desenmascarados” (una típica reacción paranoica del burócrata de turno). Por tanto, “servían a los intereses del poder gaullista”. No bastando las acusaciones de “quinta-columnas”, tenían como uno de sus referentes intelectuales a filósofos alemanes, como Bloch y Marcuse (este último vivía en Estados Unidos). Marcháis utiliza citas textuales del entonces profesor de Berkeley para acusarlo de enemigo de los partidos comunistas. Ya antes de estos hechos, Marcuse había escrito “El marxismo soviético” donde desenmascaraba las falacias estalinistas. Estaba claro que a Marcháis y al PCF no le gustaban las ideas de Marcuse. Ya en 1965 la dirección del PCF se había encargado de “depurar” a la UEC, la desobediente organización estudiantil comunista.

En la fase política del 27 de mayo al 23 de junio, era claro el desbordamiento del poder. La sucesión parecía abierta. Sin embargo, las fuerzas contestatarias carecen de la unidad política para fructificar una insurrección. Se trata del fin de la revuelta, no del inicio de la revolución. Los obreros desconfían de los estudiantes, y la derecha comienza a manipular a la opinión pública con el pathos del miedo, los llamados al orden y la acción cívica en contra del “terror y caos revolucionario”. La CGT y el PC, hostiles al “izquierdismo”, apuestan por el mantenimiento del poder establecido antes que por “lo desconocido”.

Fue ese deseo infinito de forjar una civilización no represiva, donde reposa una de las herencia del 68. De ahí la desconfianza de la vieja izquierda, que representa aún la vieja civilización.

miércoles, 9 de abril de 2008

LA HERENCIA DEL 68: LA DERROTA DE LOS ESTADOS DE DOMINACIÓN-PARTE 1


Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

De 1945 a mediados de los sesenta, los partidos comunistas, los partidos socialdemócratas y los movimientos de liberación nacional, crecieron y llegaron al poder en una amplia gama de estados del mundo. La Vieja Izquierda parecía dominar la escena, pero se topó con dos acontecimientos inesperados: a) la revuelta popular, subalterna y mundial de 1968, y b) la contrarrevolución neo-conservadora-neoliberal, activada con intensidad luego de esta década fulgurante. El enemigo de la revuelta fue fundamentalmente el imperialismo norteamericano, pero también se expresaba un sacudón de las bases político-culturales de la Vieja Izquierda. En este sentido, los acontecimientos del 68 constituyeron eslabones de una revuelta contra un modelo civilizatorio compartido, fundamentado en las “sociedades burocrático-industriales de consumo dirigido”, sean capitalistas liberales o del colectivismo oligárquico. Para los estudiantes, trabajadores, campesinos e intelectuales implicados en los movimientos del 68, la Vieja Izquierda había llegado al poder de algunos Estados, pero no había cumplido las promesas de transformar el mundo en una dirección más igualitaria, más democrática y sobre todo, rompiendo con las diversas formas de alienación del mundo moderno. La URSS estalinista y post-estalinista dejaba sabores amargos en la izquierda radical, no digeridos tempranamente por Trotsky. Algunos optaron por mirar hacia la China, Argelia, Vietnam, Yugoslavia o Cuba. Otros excavaron las verdades de las renovaciones socialistas en Hungría, Checoslovaquia y Polonia.

El muro de hierro tenía un claro emblema: el estalinismo-burocrático. El muro de Berlín cayó en 1989, pero su poder ideológico había dejado de existir desde mucho antes. Por otra parte, la segunda guerra mundial había reconfigurado a la socialdemocracia europea como una izquierda liberal, distanciada definitivamente de Marx y de la idea de revolución anticapitalista, como quedaba claro en el SPD Alemán. Socialdemócrata pasó a ser un simple aggiornamiento de la gobernabilidad capitalista, sellando el futuro de su viabilidad a la vigencia del Welfare State. Socialdemócrata, a diferencia de la primera década del siglo XX, dejó de significar alternativa histórica alguna frente al capitalismo.

Luego del 68, las agendas de izquierda se transformaron de modo sustantivo: movimientos contraculturales, ecologistas, de género, de nuevos trabajadores, estudiantiles e identitarios, modificaron los formatos de las clases compactadas y las mediaciones partidistas, típicas de las organizaciones burocráticas modernas. La “revolución del 68”, como la denomina Wallerstein, minó la capacidad del Norte de vigilar e intervenir en el Sur; produjo cambios en las relaciones de poder entre los grupos de edad, de género y las minorías étnicas, y supuso la insubordinación permanente de los trabajadores asalariados y de una sociedad naciente post-liberal. Todos estos grupos se mostraron menos dispuestos a aceptar pasivamente la dominación y a recibir órdenes, a pesar de las medidas de bienestar en el Norte. Surgió la lucha, no por la hegemonía ideológica, el poder del Estado, o el desplazamiento de los monopolios nacionales (tesis de la Vieja izquierda), sino por la contra-hegemonía, el poder autogestionario, la des-alienación de la vida cotidiana y contra el poder corporativo mundializado.

De la lucha contra el imperialismo norteamericano, exclusivamente, se pasó a la lucha contra el diseño trilateral del capitalismo mundial integrado, lo que actualmente conocemos como el Imperio Global. La izquierda comprendió que había que abandonar el imaginario de 1789, y repensar la significación conjunta de 1848 y 1917 para las clases subalternas. La “República de los Consejos” reapareció en escena, mas allá de la forma-Estado heredada. Se reconoció entonces que la revolución era mundial o no era tal; que las revoluciones nacionales o socialistas “en un solo país”, consolidaban el “regalo envenenado” de las estructuras estatales, con sus tecno-burocracias, y lo que Marx denominaba la maquina despótica de funcionarios. De allí, la grandeza de la revuelta mundial del 68 y de su herencia, 40 años después. Puso en desnudo a los poderes burocráticos, tanto del capitalismo liberal, del capitalismo de estado y la famosa “degeneración burocrática del Estado obrero-campesino”. La legitimación del poder se hizo mascarada del poder. El odio al 68, como lo han denominado Krivine y Bensaid, tiene sus portavoces, los defensores de los poderes como estados de dominación, de la jefatura jerarquizada, concentrada y centralizada. De allí, la “santa alianza” contra los espacios de autonomía, libertad, alteridad, justicia y liberación.

lunes, 31 de marzo de 2008

DESCOLONIZAR EL IMAGINARIO DE LA MODERNIDAD




Javier Biardeau R.

Considero fundamentales las contribuciones a una comprensión de las críticas de la Modernidad, impulsada desde diversos espacios de pensamiento crítico. Sin embargo, algunas de ellas adolecen de un punto ciego en su postulados: la reproducción del sesgo colonial/euro/céntrico. No existe una auto-reflexión crítica sobre este sesgo, que implique superar la mirada mutilada. Se asume de manera modélica la propia crítica intra-europea de la Modernidad, continuada en muchas de las llamadas perspectivas postmodernas. Las diferentes vertientes principales del pensamiento históricamente hegemónico a escala planetaria pueden ser caracterizadas como colonial/euro-céntricas. Sus efectos en “Nuestra América”, utilizando la denominación de José Martí, son harto conocidos. El mimetismo colonizante va desde las crónicas de indias, el pensamiento liberal de la independencia, el positivismo y el pensamiento conservador del siglo XIX, la sociología de la modernización, el desarrollismo en sus diversas versiones durante el siglo XX, el neoliberalismo y las disciplinas académicas institucionalizadas en las universidades del continente. También el imaginario radical, en sus variantes socialistas, marxistas y comunistas, no escapa al mimetismo colonizante. Más allá de la multiplicidad de orientaciones, de sus contextos históricos, es posible identificar una modalidad interpretativa hegemónica que mutila los regímenes de percepción y saber, configurando una lectura de estas sociedades a partir de la cosmovisión europea, prolongada luego por la academia modernizadora norteamericana. Las políticas de transformación, se hacen fundamentalmente a imagen y semejanza de las sociedades del Norte generando tanto la falacia desarrollista como la desvalorización de modelos culturales socio-diversos, que reconozcan la vitalidad de matrices culturales más amplias. La crisis civilizatoria tiene mucho que ver con la reproducción de una autoridad geocultural en la definición de los modelos sociales legítimos. No significa esto, desconocer los aportes al conocimiento de las culturas hegemónicas, sino reconocer sus límites, sus premisas, problemas y consecuencias. La construcción del imaginario sobre lo que se puede llegar a ser como pueblos, lejos de constituir un asunto de expertos en epistemología, de ingeniería social o de cuadros intelectuales, es una cuestión de importancia política y cultural para la esfera pública. En la medida en que reconocemos que las formas hegemónicas del conocimiento sobre estas sociedades, contribuyen en los procesos de legitimación y naturalización de las formas de dominación, desigualdad y exclusión social que han prevalecido históricamente, podemos asumir con claridad nuestros distanciamientos y compromisos. Reconocidos pensadores venezolanos como Esteban Emilio Monsonyi, Edgardo Lander y Fernando Coronil han planteado en diversos textos y conferencias, la necesidad de examinar las políticas del conocimiento en Occidente, a explorar las maneras como estas teorías particulares se difunden, como los localismos se globalizan, a discernir cómo se establecen las nuevas modalidades colonizantes de influencia en diferentes regiones y disciplinas académicas. Desde la filosofía intercultural de la liberación, Enrique Dussel ha planteado desmontar el mito euro-céntrico de la Modernidad. El concepto hegemónico de Modernidad es euro-céntrico, provinciano, regional. La Modernidad, en esta visión, sería una emancipación, una "salida" de la inmadurez por un esfuerzo de la razón como proceso crítico, que abre a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser humano (Kant). Su contra-cara despótica, disciplinaria y colonial se invisibiliza. Este proceso se cumpliría en Europa, esencialmente en el siglo XVIII. El tiempo y el espacio de este fenómeno lo describe Hegel, y lo comenta Habermas en su conocida obra sobre el tema -y es unánimemente aceptado por toda la tradición europea actual. Esta filosofía ha sido fundamento de las ciencias sociales y políticas de la modernización, las cuales han definido la agenda pública de las sociedades. Otro concepto implicaría asumir una visión mundial, reconociendo como determinación fundamental del mundo moderno el hecho de ser "centro" de la Historia Mundial. Es decir, hubo Historia Mundial desde 1492, desde la expansión portuguesa en el siglo XV, que llega al Extremo Oriente en el siglo XVI, y con el descubrimiento de América hispánica. Desde entonces, todo el planeta se torna el "lugar" de "una sola" Historia Mundial. El ego cogito moderno (Descartes) fue antecedido en más de un siglo por el ego conquiro (Yo conquisto-la razón del mas fuerte), que impuso su voluntad (la primera "Voluntad-de-Poder" moderna) al indio americano, y luego al esclavo africano. Esta voluntad de poder es condición de posibilidad del “mito” de la modernidad: a) La civilización moderna sería más desarrollada, superior. b) La superioridad obliga a desarrollar a los más primitivos, rudos, bárbaros, como exigencia moral. c) El camino de dicho proceso educativo de desarrollo debe ser el seguido por Europa. d) Como el bárbaro se opone al proceso civilizador, se debe ejercer en último caso la violencia, para destruir los obstáculos a tal modernización (la guerra justa colonial). e) El carácter "civilizatorio" de la "Modernidad", hace inevitables los sufrimientos o sacrificios (los costos) de la "modernización" de los otros pueblos "atrasados" (inmaduros), de las otras razas esclavizables, del otro sexo por débil, etcétera. Frente al dilema intra-europeo entre modernidad/post-modernidad, hay que abrir el horizonte a otras racionalidades, a otras opciones político-culturales. Capitalismo y Socialismo, sean modernos o postmodernos, tienen un profundo sello coloniales/euro-céntrico. Es necesario abrir espacios de descolonización, de recomposición y reorganización del poder del saber y los conocimientos. Hay un mas allá de la modernidad/post-modernidad en clave euro-céntrica.

sábado, 29 de marzo de 2008

ENFOQUES CONTRAHEGEMONICOS Y ECOPOLITICA RADICAL

Alzar la bandera de la ecopolitica radical
Javier Biardeau R.
La modernidad/colonialidad es nuestro horizonte regulado del pensamiento, pretensión de fundamento de la racionalidad hegemónica planetaria. Desde allí racionalizamos términos, palabras maestras que domestican el espacio subjetivo y las relaciones sociales. Discursos de las ciencias, de las moralidades, de las artes, de las doxas; en todas estas esferas, la modernidad/colonialidad se hace presente. Sin embargo, los hechos socioeconómicos y ambientales, no solo sus interpretaciones, indican que catástrofe es el futuro asegurado, no del ciclo de la vida, sino del modelo civilizatorio dominante. Ya con cifras no actualizadas, el 20 % mas rico del planeta consume-destruye el 82,7 % de los bienes (incomes) del planeta, mientras el 20 más pobre consume solo 1,4 % de dichos bienes (PNUD, 1992). El problema numero 1 de la política mundial es la cuestión de las relaciones entre Norte y Sur, dadas las conexiones entre crisis socioeconómica y crisis ecológica. Desigualdad, polarización, exclusión y crisis ecológica son nudos de una misma trama. Aquí, es inevitable referirse a las tres ecologías de Guattari. La ecología no es asunto exclusivo de ambiente, flores y de especies en extinción. No es tema simple de hippies, comeflores o neo-místicos panteistas. La ecología es asunto de política, poder, hegemonía y dominación, de relaciones sociales y de subjetividad, es asunto del cuadrante antroposocial, del mithos, logos, pathos y ethos, es asunto de una macro-ética tanto como de una macro-micro-política. Lo que está en juego es el territorio existencial de la “vida digna”. Ya el capitalismo hegemónico nos había maltratado la dignidad; ahora pretende liquidar la vida a las generaciones futuras, y tal vez de la nuestra. No son solo “aquellas” especies, no es solo “aquella” biodiversidad, no solo son “aquellos” lejanos mundos de la naturaleza, “aquellos” paisajes naturales, presentados como imágenes y representaciones lejanas, mediatizadas en nuestra textura de experiencia. Uno pudiera decir, que la presentación de imágenes de la naturaleza viva en la subcultura mediática, es inversamente proporcional a su destrucción en la existencia real y efectiva. Para sensibilizar de la crisis que se nos avecina, ¿será necesario confinar temporalmente, a modo de experimento micro-fascista, a nuestras elites económicas, políticas y culturales, en túneles de aire contaminado, darles de beber agua envenenada, llenarles sus carritos de supermercado con alimentos trans-génicos o cancerigenos industrializados? Con la ecología no estamos ante simples interpretaciones postmodernas. Es el aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que comemos, que no son poca “cosa”. La crisis ecológica no es una “crisis que nunca existió”, ni un simulacro, no es un invento mass-mediático, no es una moda hermeneutica o deconstruccionista, es un revelador de nuestro distanciamiento con la materialidad de la vida, en sus aspectos mas simples, es la llave maestra del existir o del no existir. Estamos ante una civilización que se jacta de orgullo con los índices de la “esperanza de vida”, pero que no calcula aún su “probabilidad de exterminio” auto-inducido. No se trata de realizar simples ajustes, pequeñas reformas incrementales, adoptar dispositivos de industrialización sostenible, de capitalismo eco-sostenible. Hay que afrontar el marco más amplio de la crisis de la modernidad, del progreso ilustrado, de la modernización capitalista, de la falacia desarrollista. Allí toma lugar la eco-política radical. Campo contra-hegemónico en la medida en que impugna la racionalidad dominante. No es posible seguir adelante con nuestros modelos-estilos de crecimiento económico, que simplemente destruyen la posibilidad de la vida misma en el planeta. No son posibles simples “soluciones técnicas”, “programas de optimización, cálculo y control de riesgos”. Hay una crisis de fundamentos epistémicos, axiológicos de los conocimientos científicos, de las representaciones e imaginarios calificados como doxas del desarrollo, de la modernización y del progreso. No se trata de inspectores ambientales y nuevas tecnologías. Es falso que exista “desarrollo sostenible”. Lo que existe es inútil intento de postergación de la catástrofe. Ha muerto la política, que viva la eco-política radical.

martes, 25 de marzo de 2008

¿SOCIALISMO CON DESIGUALDADES?


Desigualdad en la distribución del ingreso en Venezuela 1999-2007
Javier Biardeau R.

Hay mucho que rectificar en la revolución bolivariana en los ámbitos económico, social, político y ético-cultural. Hay muchos espejismos por desmitificar. De manera clásica, Bobbio ha planteado que la izquierda lucha por la concreción del principio de igualdad social y política, mientras la derecha enfatiza una combinación de orden, seguridad y libertad individual. Pizzorno ha planteado que bajo las tendencias de re-estructuración capitalista neoliberal, la izquierda lucha contra las exclusiones, mientras la derecha defiende los privilegios y los nichos de poder.
En todo caso, no puede decirse que se avanza en una política de izquierda si no se avanza en una reducción significativa de la desigualdad y la exclusión social. Menos, se puede decir que se construye el socialismo, si utilizando la taxonomía de las clases sociales en América Latina elaborada por Portes y Hoffman (Cepal; 2003) tenemos que el proletariado formal, tanto no manual como manual, así como el proletariado informal, constituye la inmensa mayoría asalariada que sufre penosas condiciones de precariedad laboral y desigualdad social.
Preocupa, el silencio de las políticas revolucionarias por reducir significativamente no solo la pobreza, sino la desigualdad entre ricos y pobres, entre clases dominantes, intermedias y subordinadas, por ejemplo. No basta con reducir la pobreza, si los sectores dominantes se hacen cada vez más ricos, en proporciones exponenciales, mientras las clases trabajadoras mejoran su condición social, en lenguaje coloquial, a paso de morrocoy mocho.
Las estadísticas oficiales y no oficiales confirman unas, la no reducción de la desigualdad en la distribución del ingreso en 8 años de gobierno revolucionario; otras, el aumento incluso de la desigualdad entre el 20 % de hogares con mayores ingresos y el 40 % de los hogares con menores ingresos familiares. ¿Se justifica toda la retórica sobre el socialismo bolivariano del siglo XXI, si no se ataca este frente social y económico? La respuesta es no. Lo cierto es que mientras en el año 1997, los 2 quintiles mas bajos (40 %) concentraban solo un 12,3 % del ingreso, el quintil más alto (20 %) concentraba un 53,6 % del ingreso. En el año 2004 (6 años después), las cifras se agravaron: los dos quintiles más bajos concentraban el 11,1 % del ingreso y el quintil más alto concentró el 54,8 % del ingreso, de acuerdo a cifras oficiales del INE. Incluso la leve mejoría del año 2007 no es nada halagadora, si contrastamos estos cambios con los crecientes ingresos petroleros del Estado Venezolano: los dos quintiles más bajos concentraron un 15,9 % del ingreso, mientras el quintil más alto, concentró un 49, 7 % del ingreso.
La brecha se mantuvo intacta, no hay reducción de la desigualdad a pesar de los avances en la reducción de la pobreza crítica. Hay menos pobreza, pero vivimos en una sociedad donde las brechas de desigualdad siguen prácticamente intactas, en un cuadro de políticas de un gobierno que proyecta un intenso mensaje revolucionario. El coeficiente de desigualdad, definido por Portes y Hoffman como la relación entre el ingreso nominal medio del quintil superior de la población y el de los dos quintiles inferiores, se mantiene casi idéntico desde 1997 al año 2007.
La conclusión es preocupante para el pensamiento crítico socialista: ningún indicador de distribución del ingreso muestra resultados halagadores, en comparación con períodos anteriores. Las cifras pueden ser consultadas y comparadas. La izquierda ha reconocido que el coeficiente de Gini es un indicador que subestima las brechas sociales. Cuando se asumen mejoras en el coeficiente de Gini se ocultan las brechas reales. Por tal razón, es indispensable analizar la distancia entre quintiles de ingreso. ¿Para que sirve distribuir la renta petrolera si refuerza un patrón desigual y concentrador de los ingresos? ¿No existen allí síntomas de que se promueve velozmente una nueva clase económico-política, mientras las condiciones de vida del pueblo, de las clases asalariadas y subalternas, no mejoran en proporciones similares?
Sería falaz ocultar las contradicciones, viejas y nuevas, del momento que experimenta la revolución bolivariana. No hay socialismo en un cuadro material y simbólico de desigualdad, con altos niveles de subempleo y precariedad laboral, que contrastan con burbujas de enriquecimiento de grupos vinculados o no, al alto gobierno. Para un reimpulso revolucionario, hay que rectificar. No hay socialismo, cuando se refuerza un modelo económico-social de carácter desigual y concentrador de la riqueza material en las clases dominantes. En el discurso hay mucha retórica de izquierda, pero los hechos apuntan a mejorar fundamentalmente el cuadro económico de las condiciones de vida de las clases dominantes.
La izquierda aparentemente gobierna, pero la derecha acumula poder económico y mantiene sus privilegios. Continuará…

domingo, 23 de marzo de 2008

ECOPOLITICA Y NUEVO SOCIALISMO



Javier Biardeau R.

«Así como existe una ecología de las malas hierbas, existe una ecología de las malas ideas»(Gregory Bateson)


Nada mejor para descentrar la política que gira sobre el amor-odio al personalismo político, y sus connotaciones totémicas, que reconocer que sin la R de renovación radical del pensamiento-praxis socialista, no habrá ni revisión, ni rectificación ni reimpulso revolucionario. En efecto, planteamos la relevancia de la “ecopolítica socialista”, pensada no como ecologismo convencional, sino a partir de los aportes de Felix Guattari, quién nos habla de tres registros ecológicos: medio ambiente, relaciones sociales y subjetividad. El nuevo socialismo tiene que dar cuenta de la transformación cualitativa de estos registros ecológicos y de sus relaciones. Desde los enfoques contra-hegemónicos (diversidad de pensamientos críticos anticapitalistas) cualquier renovación radical del socialismo es un cambio del modo de ser-hacer-en-grupo. Sólo mediante mutaciones existenciales (cambiar la vida) cuyo objeto es la esencia de la subjetividad, podrá reinventarse la relación del sujeto con el cuerpo, la finitud de la vida, la superación de las relaciones de opresión, los misterios de la vida y de la muerte. Sería indispensable seguir de cerca los planteamientos del Manifiesto Eco-socialista (Joel Kovel-Michael Löwy; 2001), para comprender las transformaciones del imaginario social radical a partir de la ecopolítica. Como ha planteado Gramsci, vivimos en un tiempo cuyo viejo orden está muriendo (arrastrando a la civilización consigo) mientras el orden nuevo no parece aun capaz de nacer. Pero al menos puede anunciarse. La sombra más profunda que se cierne sobre nosotros es el fatalismo que naturaliza como actitud lo defendido por Margaret Thatcher, su famosa TINA, no hay alternativa posible al orden mundial capitalista. Frente a este fatalismo, la potencia constituyente que en Venezuela se mueve en diferentes espacios, ha planteado que otra sociedad es posible, que otro mundo es posible. Las expectativas positivas sobre la iniciativa de reforma constitucional abrían una ventana a los mundos posibles. Las desilusiones frente a los contenidos concretos de la misma, son un registro del estado del arte del imaginario socialista en Venezuela. En la reforma constitucional, poco o nada de planteamientos sobre eco-política socialista. Sencillamente, la problemática no existe. Más bien, pueden rastrearse otras fuentes de inspiración. El cesarismo populista mezclado con el viejo socialismo burocrático. Algunas excepcionalidades esperanzadoras, pero desdibujadas frente a estos núcleos de sentido. Esta situación prende todas las alarmas en las fuerzas socialistas democráticas (sin democracia sustantiva no habrá socialismo). Los contenidos de la reforma traducen las debilidades ético-culturales y epistémicas del “imaginario revolucionario” que pretende otorgarle sentido al movimiento nacional-popular. En esta encrucijada, no es casual que la pragmática del poder sea apropiada por la derecha endógena, por cuadros políticos, en alianza con los burócratas socializados en la vieja cultura de aparato estalinista. Pocos espacios en el gabinete para sujetos de innovación socialista. El análisis de la composición ideológica-política y las primeras declaraciones del nuevo gabinete apuntan a un viraje hacia la “eficiencia” y la pragmática de los resultados. Luego de la inflación retórica del viejo socialismo burocrático, y de la apuesta dura por lealtades ciegas e incondicionales hacia el Líder, se anuncia la decisión de ralentizar el paso hacia el Socialismo (bajo la falacia de que el modelo está claro y debatido), para gestionar urgencias detectadas a través de sondeos de opinión. Síntomas de sobre-vivencia política, pero no de revolución democrática y socialista. El socialismo burocrático y la pragmática de la eficiencia coyuntural, sin calidad revolucionaria, son opciones igualmente malas. La reforma fracasa no solo por ineficiencia de la acción de gobierno, sino porque no ofreció alternativa viable para profundizar la democracia participativa como institucionalidad del nuevo socialismo, porque no hacia efectiva la justicia social y la calidad de vida (sin retardos y sin excusas), porque no transformaba, democratizando, la pesada e inútil estructura burocrática del Estado ni la economía rentista; y porque el poder popular sigue sin ser el verdadero motor-protagonista de los cambios, incluida la nueva geometría territorial. Ahora la agenda es defensiva, parece ser conservar espacios de poder, sin ofrecer nada que supere el actual cuadro de relaciones capitalistas dominantes. Mientras tanto, el capitalismo vive su mejor tajada (la acumulación de capital, la corrupción, la explotación, la coerción, la manipulación ideológica y diversas discriminaciones siguen más vivas que nunca). No basta citar a Maneiro. Eficacia y eficiencia si, pero reflexionando si es un simple asunto técnico-instrumental. La ecopolítica enseña que los óptimos técnicos pueden ser desastres para los tres registros: para el medio ambiente si lo que importa es la velocidad del crecimiento y el consumismo, para las relaciones sociales, si se refuerza la explotación, la coerción y la manipulación ideológica; para la subjetividad, si se normaliza la sumisión psicológica. Frente a esta patética proyección, no queda mas que cuestionar radicalmente el pragmatismo, y sobre todo, si huele a derecha.

POR UNA ECOLOGIA POLITICA RADICAL


Rigoberto Lanz

DEL BIPODER A LA BIOPOLITICA

Tanguy, la gran transformación.

Maurizio Lazzarato

http://www.debatessobreelsocialismo.blogspot.com


martes, 18 de marzo de 2008

EL FANTASMA DEL ANTIPODER

Picasso, fragmento del Guernica

Javier Biardeau R.
jbiardeau@gmail.com

"Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del antipoder. Todas las fuerzas de la vieja civilización se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa, Bush, los radicales, socialdemócratas, fascistas, nacionalistas burgueses y los polizontes de todas las nacionalidades". Anónimo

Cuando Chávez plantea que hay una corriente que pretende sembrar divisiones en las fuerzas populares y la ubica en los “anarquistas”, en los defensores del “antipoder”, me viene a la memoria toda la ceguera histórica para comprender en toda su complejidad al campo popular-subalterno. Obviamente, hay pocos ácratas serios en su entorno inmediato, muchos menos en la dirección del PSUV, donde abundan otros pelajes ideológicos y económicos, más próximos a las intimidades del Capital (léase derecha endógena, boli-burguesía, “burguesía nacionalista” y capital bancario, un extraño coctel con olor a whisky 24, mezclado con cubas libres. ¡Mezclar licores de alto octanaje no es un buen consejo!). El metabolismo del capital está muy cerca de determinadas esferas del alto gobierno, que en dos meses le otorga una amnistia a la derecha golpista del 11 de abril, y en este corto período, descalifica una manifestación sin carácter masivo alguno, de un pequeño grupo que gritaba: “no queremos que nos gobiernen, queremos gobernar”. No hablemos de las superganancias del capital especulativo, bancario, comercial, inmobiliario y paraestatal. A nosotros nos quieren convencer con pdvales y pdvalitos: ¡no jodan!

De la polarización de una retórica ultra-izquierdista del año 2007 pasamos a la pragmática eficiencia y las jefaturas de corte militar, un estilo cómodo para los dueños del capital, preocupados por las rentabilidades en “paz, orden y trabajo”. Que el pueblo desee gobernar, esto es demasiado. Este es un grito que nos retrotrae a aquellas barricadas parisinas de 1848, donde todavía no aparecía una jefatura, un mando centralizado y concentrado, aquel que previera luego Trotsky en la “degeneración burocrática” del poder obrero-campesino, y el famoso “centralismo burocrático”. Mientras nos enfocamos en combatir las maniobras del imperio (lo que hay que hacer, por cierto), observo con desparpajo la abusiva represión contra los obreros de SIDOR, una verdadera lección de gobernabilidad burguesa. Comprendo a ese grupo de “infiltrados”, “anarquistas”, “indisciplinados” y “divisionistas” como aquellos seres infames que merecen etiquetas, rótulos, estigmas. Por supuesto, han sido conquistados inconcientemente por los planes de la CIA. A lo mejor hasta un chip electrónico de direccionamiento ideológico, les han inoculado; una suerte de “mk-ultra” para chapistas descontentos. Pero esta versión me parece falaz, de cabo a rabo. Los tiros van por otro lado. Hay razones para rebelarse, hay malestar, desconcierto y deriva en la dirección revolucionaria, en Chávez. Todo esto no se resume a simples actos de indisciplina. Hay que excavar más en profundidad, con menos prejuicios, con más inteligencia general.

El asunto es claro, preciso, breve: Hay que rectificar, pero ¿hacia donde? Luego de despilfarrar un capital electoral de 63% en dic-2006 y pasar al patético cuadro del 32 % en feb-2008, es ostensible la crisis de direccionalidad revolucionaria. ¿Que ha crecido? ¿La oposición? No, el cansancio político. Se han quebrado los alineamientos automáticos. Crecerá sin duda, la abstención. Algo está pasando en los cimientos políticos del país. Escucho el grito de rebeldía frente a la indiferencia oficial a conmemorar la masacre del 27 de febrero de 1999. Palabras más, palabras menos: “maldito sea el soldado que vuelva sus armas contra el pueblo” decía Simón Bolívar. Todo esto me recordó a Holloway, y sus argumentos para “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Atilio Borón ha replicado: fantasías, fanfarronadas del anarquismo.

Tal vez el problema no sea el poder, sino la lógica de la dominación como huella matricial. Pero lo lamentable es que aquí se desconozca el debate de fondo. Nos quedamos en la epidermis del asunto. A pesar del principio de rendimiento denunciado por Marcuse, sigo insistiendo en la quimera, no del antipoder (Farruco dixit), sino la de la complejidad, algo que asume R. Lanz en diversos espacios. Cuando Chávez llama al antipoder un “limbo sin definiciones”, me parece clave la escasa capacidad para generar distinciones desde una inteligencia general. Existe un tejido interdependiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, las partes entre ellas; para pensar no desde lo disjunto, desde la racionalización paranoica, sino desde otras operaciones lógicas maestras: inclusión, distinción, conjunción, implicación. Rectificar implica una “inteligencia general”, referirse a lo multidimensional, lo complejo, el contexto y lo global (Morin dixit). Hay que romper paradigmas. J. V. Rangel calificaba en febrero de 2007 a Chávez de ser el antipoder. Un año después, Chávez descalificaba al antipoder de ser infiltrados de la CIA. Chávez caligrafía mentalmente el leninismo y el centralismo democrático: “Quizás yo por mi formación militar, hecho y pensado para la guerra… uno está en una guerra, uno esta acostumbrado a que tiene que haber un plan, tiene que haber una jefatura, tiene que haber un liderazgo, pues, tiene que haber una disciplina que no tiene que ser militar, por supuesto, para nada, pero disciplina revolucionaria, disciplina, y cuadros revolucionarios, reconocimiento a un liderazgo revolucionario, a un programa revolucionario y la autocrítica revolucionaria”. Bien, 20 puntos en leninismo, pero el problema es que el examen no lo está haciendo un comité central de un Partido leninista en un remoto lugar (¿o si?), sino el pueblo venezolano. Ojalá no se cometan los errores de caligrafiar a Kronsdat, Hungria, Polonia, Checoslovaquia… para no hablar de las decisiones de Stalin en la República española Esto explica que caigan estatuas, que los jóvenes vean con entusiamo “Good Bye Lenin” o “La vida de los otros”. Recordemos a Fromm, a Schaff, a Petrovic y a tantos otros: un socialismo sin libertad, sin escala humana, sin democracia participativa, será un fracaso. Como para tomar nota, y sobre todo, rectificar.

domingo, 16 de marzo de 2008

REVELACIONES DE LA DERECHA MEDIATICA



Javier Biardeau R.
En ningún momento, el panorama ideológico de la revolución bolivariana ha lucido despejado y sin retos en la definición del horizonte patriótico y de transición al nuevo socialismo. Solo la ignorancia puede afirmar lo contrario. Luego de la crisis del marxismo soviético y de la crisis de los socialismos realmente inexistentes, plantear una renovación de una izquierda revolucionaria, profundamente consustanciada con la refundación democratica y nacional de la República, luce como una odisea. En contraste, para la derecha, la revolución bolivariana ha sido un despropósito, una ilusión amenazante, una deriva hacia el abismo. Sin embargo, para una mayoría del pueblo ha sido una esperanza, guste o no guste. Como todo acto heroico, esta experiencia no deja de presentar luces y sombras, virtudes y defectos, posibilidades y limitaciones. Esta experiencia ha nacido al calor de luchas con oponentes internacionales y nacionales, enclavados en atavismos anticomunistas, privilegios de clase, y los llamados por Vallenilla Lanz, prejuicios de casta. Al parecer, la reacción visceral a los atentados terroristas del 11 de septiembre, liquidó cualquier solución multilateral a los desafíos de seguridad, justicia y paz internacional: ¡o están con nosotros o están con los terroristas! Desde entonces, se ha ido estirando semánticamente la noción de terrorismo, para colocar en ella a cualquier actor, movimiento o programa, que desafíe los objetivos de dominio-control global de la administración Bush. Nuestra derecha, mimética, refleja, truncada en su madurez intelectual y moral, truncada en su autonomía psicológica, subordinada y tutelada, ha seguido pasivamente el dictat de Washington, mostrando una nula capacidad de criterio nacional, reforzando su coloniaje espiritual (su obsesión para rastrear en sus abolengo, algún rastro de aristocracia feudal de la España de la contra-reforma), inhibiendo cualquier resorte emocional que la comprometa con la idea de autodeterminación y soberanía nacional. Al parecer, han optado por un modelo de relación con el gobierno republicano de los EE.UU, que es calco y copia de la sumisión incondicional del Geist de la “apertura petrolera”. No hay evidencia alguna de derecha nacional, sino de derecha transnacional, una derecha raquítica para pensar su papel en la construcción compartida y democrática de un ideal nacional articulada a valores y principios de la Constitución de 1999. Tenemos todos los perfiles de una derecha gomera, que identifica a Manuel Matos como un símbolo de adscripción de clase, una seña de identidad, una suerte de grupo sociológico de pertenencia. Frente al fracaso de una inexistente “derecha nacional” para construir algo distinto a las patologias del "histerismo político", no es casual el giro retórico de segmentos de la oposición, buscando alguna conexión con la “democracia social”, palabra históricamente extraviada y desempolvada de los baúles del recuerdo. Un paradójico revival del Betancourismo, “padre de la democracia”. Enfrentar al llamado “castro-chavismo” (Mires dixit) con el neo-betancourismo, con el reformismo de una socialdemocracia en crisis, parece estar de moda en librerías, cafés y editoriales. Pero mientras lo rescatable de Betancourt sea una suerte de anti-castrismo ramplón, no se habrá roto con el cordón umbilical de la sumisión a Washington. Para ir más allá de esta estúpida obsesión que terminó con el periplo que va, desde ARDI y el Plan de Barranquilla hasta al “Gran Viraje”, nuestro neo-punto-fijismo tendría que olvidarse de la “programación ideológica, neuro-lingüística incluso, del neoliberalismo. No es tarea fácil. Tendrían que reconocer los logros de Chávez, y salir de las patologías crónicas, de la esterilidad política del anti-chavismo. Más que empantanarse con los misterios del PSUV, podrían digerir sus éxitos, lo que no contraria reconocer sus debilidadese. Los escenarios de las elecciones internas del PSUV definieron el campo de las tendencias internas, a pesar del nuevo chantaje cesarista de la consigna "lo que diga Chávez". El resultado final ha sido la imperiosa necesidad de reconocimiento de una tendencia crítica interna, que más allá de los conservadores y moderados que hacen silencio sobre la realidad de la "derecha endógena", plantean darle un giro profundo a las conquistas democráticas revolucionarias del proceso bolivariano, construyendo las condiciones efectivas para el desarrollo de una nueva forma de sociedad justa, solidaria y profundamente democrática. No se trata, entonces de conformarse con las formulas capitalistas de la "compensación popular" desde las ideologias liberales y conservadoras frente a la "cuestión social". Tampoco, un retorno al inexistente socialismo real, que generó un despotismo filatrópico, carente de autoemancipación real de las clases explotadas. Una tendencia socialista, revolucionaria y democratica no puede basarse en la transigencia con el capitalismo actual, aunque debe manejar con mucho tino las relaciones entre el programa mínimo de coyuntura y el programa máximo de transformación revolucionaria. Gradualmente en el PSUV, pueden sacudirse y desplazarse a una vieja guardia que viene de la cuarta república, gente que solo supera retóricamente el Pacto de Punto Fijo, pero que desean implantar un nuevo pacto entre nuevos grupos de poder económicos y la vieja derecha capitalista. El Capitalismo de Estado no puede ser el modelo económico promovido efectivamente desde el PSUV, y es con ésta fórmula, que la derecha económica tradicional venezolana viene trenzando una alianza tácita con la derecha endógena, para liquidar cualquier revolución anticapitalista auntentica, aunque se programa político sea gradual y heterodoxa. Por eso, la derecha mediática ha escogido últimamente como blanco de ataque a los valores e ideas-fuerza de la izquierda socialista, y no a las prácticas de la derecha endógena. En el fondo comparten, por intereses tranversales, las mismas ambiciones. En vez de agotar esfuerzos de radio, prensa y televisión, por negar que la constitución del PSUV, ha sido un acontecimiento político positivo, podrían saludar el nacimiento de una estructura de mediación política que genere aperturas en el juego político. Pero es pedirle demasiado. Allí hay una contribución en la democratización todavía insuficiente de las anquilosadas organizaciones políticas venezolanas. La derecha mediática, en vez de acentuar tanto los enredos del PSUV, podría reconocer lo que hay de impulso desde abajo, abandonar la arrogancia y el desprecio. Sabemos que esta arrogancia, este desprecio por los de abajo, es un reflejo condicionado de la derecha (prejuicios de casta para Vallenilla Lanz). Pero madurar es algo más que condicionamientos. Gastar tanto espacio, esfuerzo humano en minar, desacreditar, meter cizaña y sobreexponer los infortunios del PSUV en vez de reconocer que no hubo cabillas, balazos, puñetazos ni robo de votos como nuestra tradición adeco-copeyana hizo rutina, es el saldo de la derecha mediática frente al PSUV. Sin embargo, más allá de la proyección mediática, la conquista democrática es el civismo demostrado, el compromiso con la transformación social y el clima electoral de participación masiva de delegados, comisionados y voceros. Felicitaciones, entonces, a los de abajo del PSUV.

viernes, 7 de marzo de 2008

DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA ES MANDAR OBEDECIENDO AL PUEBLO



Javier Biardeau R.

Se habla mucho de revolución bolivariana, de rumbo al socialismo, de estado comunal pero en la práctica, en las actuaciones, en el hacer, poco se ha avanzado en la transformación sustantiva del Estado Venezolano, para realizar efectivamente los contenidos democráticos, sociales, del estado de derecho y de justicia. Todavía está en deuda la concepción ideológica dominante de la Asamblea Constituyente de 1999, tributaria en gran medida de la socialdemocracia, pero que avanzo en el rumbo de la democracia participativa y protagónica. No se ha avanzado radicalmente en esta nueva concepción del Estado prestacional, democrático, de derecho y de justicia, una suerte de estado social-participativo y se plantea la tesis del Estado socialista.
Pero, ¿Cuál estado socialista? ¿Será posible avanzar hacia un estado socialista como prefiguraba el proyecto de reforma constitucional en el año 2007, sin debatir sobre que se entiende por estado socialista? ¿Será posible avanzar y profundizar la democracia participativa y protagónica, ahora adjetivada como democracia revolucionaria? ¿Como se redefine el horizonte socialista con la centralidad del protagonismo popular y la participación democratica?

La tradición socialista revolucionaria ha planteado que la liberación de los grupos, sectores y clases explotados y oprimidos es imposible sin la supresión del aparato del poder de Estado creado por las clases dominantes. El “carácter de clase” del Estado está vinculado de cabo a rabo con la función de mando de las clases explotadoras en las funciones económico-productivas.
Existe una coherencia profunda entre los modelos de mando autoritario del Estado Burgués con los modelos de mando autoritario de las unidades económicas o lugares donde se establece la cooperación social y técnica del trabajo social. La llamada organización técnica de la división social del trabajo encubre relaciones de dominación-mando capitalistas, su jerarquía, su disciplina, su cultura, sus normas, etc. No es casual, que en Marx, la burocracia haya sido sometida a críticas demoledoras, al generar “órganos” que presumen que están por encima de la sociedad y que no están sometidas ni al servicio de ella.
En palabras sencillas, el Estado se eleva sobre la sociedad, creado una máquina de despotismo político-administrativo sobre las clases subalternas. Allí se enquistan caudillos y jefes, que en vez de ser funcionarios servidores, se convierten en funcionarios-déspotas. La administración pública pasa a ser una pirámide de funcionarios-déspotas hasta llegar al gran déspota del ejecutivo todopoderoso. Algo muy distinto a una República democrática.

El socialismo democratico revolucionario siempre ha planteado ante este problema, tanto la extinción del Estado como su supresión. Imaginar y pensar más allá de la forma-estado es una tarea revolucionaria, para no recaer en la Estadolatria (Gramsci) ni en el Estatismo Autoritario (Poulantzas) Se trata de no confundir el transito hacia el socialismo, con el Capitalismo de Estado ni con el Socialismo burocrático-autoritario. Más importante que el Estado, es la formación de asociaciones intermedias de las clases subalternas, organizaciones y consejos de lucha social, política y cultural, con grados de autonomía variables, que trastocan la forma-.estado capitalista, democratizando y desmantelando al mismo tiempo, a la pesada maquinaria de mando político capitalista.
Marx planteó claramente la destrucción del Estado capitalista como "excrecencia parasitaria" de la sociedad, y en ningún lugar justificó la estadolatria. Para el pensamiento crítico socialista es imposible evadir el debate sobre “las formas políticas" del poder revolucionario. Ni la II Internacional Socialdemócrata ni el estalinismo burocrático, la primera por su aceptación a-critica de las formas burguesas del Estado democrático parlamentario, y el segundo por la construcción de formas estatistas-autoritarias de transición al socialismo, pueden ser modelos a ser copiados como esquemas de transición al nuevo socialismo.
Hay que construir salidas al impasse entre el estado socialdemócrata y el estatismo autoritario del estalinismo, a través de una nueva institucionalidad democrática, participativa y protagónica, con pleno control social desde abajo hacia arriba. Para esto, hay que ir más allá de Marx, pero sin desconocer a Marx en sus contribuciones en lo que se refiere a la valorización de la República Democrática como forma de estado indispensable para pensar el socialismo. De allí que para Marx, democracia revolucionaria implique mucho más que democracia representativa, es un más allá de la democracia representativa, pero al mismo tiempo, sin asumir la sustancia de la democracia es imposible imaginar y pensar un socialismo superador de la función de mando despótica del capitalismo.
Como ha planteado Adam Schaff, Lenin se equivoca al desvincular el proceso revolucionario de transformación del Estado del fortalecimiento de la “República Democrática”. La República Democrática no es solo "el camino más corto que conduce a la dictadura del proletariado", sino que es el antídoto indispensable contra cualquier forma de estatismo autoritario. La tragedia de la revolución bolchevique y su saldo negativo con el tristemente celebre destino estalinista, fue su negativa a valorizar a las formas políticas de la República Democrática.
La vía bolchevique al socialismo todavía hoy, no supera las advertencias de Rosa Luxemburgo sobre el autoritarismo del leninismo. El llamado “Estado burgués sin burguesía” que se mencionaba en los documentos bolcheviques, va a convertirse en el mantillo sobre el que se expanden los peligros profesionales del poder y a cuyo abrigo se desarrolla una nueva forma de excrecencia burocrática parasitaria de la sociedad. Todos sabemos, lo que significa excrecencia: una protuberancia que altera la textura y superficie natural de los cuerpos vivos. Con esta metáfora, la clave está en comprender que para Marx, toda forma-Estado es una malformación de la sociedad, una deformación del horizonte de la comunidad de hombres y mujeres libres, que es la meta de la utopía concreta. Para Marx incluso, el Estado es solo necesario para despachar funciones administrativas, pero no para reforzar sistemas de dominación y desigualdad social. Nada de Estadolatrias. Más bien, una nueva imaginación y pensamiento sobre la gestión colectiva de los asuntos públicos. Tales fórmulas recuerdan ciertas páginas en las que Engels sugiere que la extinción del Estado significará una simple "administración de las cosas", dicho de otra forma, una simple tecnología de gestión de lo social, donde la abundancia postulada dispensaría de establecer prioridades, de debatir opciones, de hacer vivir la política como espacio de la pluralidad. Sin embargo, esto es una ilusión. La "administración de las cosas" es un asunto político-cultural que depende de opciones humanas, de deliberaciones, de conflictos y acuerdos.

Como ocurre a menudo, tal utopía libertaria de la simple "administración de las cosas" degeneró en una utopía despótica de gobernabilidad sobre los seres humanos. Un "Estado proletario", concebido como un "cártel del pueblo entero", puede fácilmente conducir a la confusión totalitaria de la clase, del partido, y del Estado, y a la idea de que, en este cartel del pueblo entero, los trabajadores no tendrían ya que hacer huelgas, puesto que sería hacer huelga contra si mismos, y la propiedad social se confundiría con la propiedad estatal, porque sería un estado de todo el pueblo. Aquí estamos en las fabulas hegelianas y no no en Marx. Tratando de sustituir el “cretinismo parlamentario” y el “liberalismo adocenado” de la socialdemocracia, se creo un monstruo peor aún. Lenin llamó a romper con las ilusiones parlamentarias, pero se prohíbió a si mismo y a tosos los camaradas bolcheviques de la misma manera, pensar desde un lugar no despótico, las formas políticas del Estado de transición.

Es en este punto ciego de la tradición revolucionaria, donde aparece descollante la figura de Rosa Luxemburgo. Para ella, la llamada “dictadura del proletariado” no puede ser la de un partido minoritario sustituyendo a la clase y la mayoría del pueblo. Luxemburgo asume la noción de dictadura del proletariado en sentido amplio –"ninguna revolución se ha acabado de otra forma que por la dictadura de una clase"- pero agrega: " (…) la realización del socialismo por una minoría está incondicionalmente excluida, puesto que la idea del socialismo excluye justamente la dominación de una minoría". Que quede claro: el socialismo excluye la dominanción de una minoría.
En un artículo de 1918, titulado "Asamblea nacional o gobierno de los consejos", condena de nuevo el cretinismo parlamentario que ha conducido a la mayoría socialista a la política de unión sagrada en la guerra: "Realizar el socialismo por la vía parlamentaria, por simple decisión mayoritaria, es un proyecto idílico", se requiere una mayoría social que va mas allá de la representación parlamentaria. Ni es un gobierno de una camarilla dominante en el ejecutivo, ni es una mayoria de representantes parlamentarios. Es mucho mas y con otra cualidad política. Hay necesidad de combinar la acción fuera y dentro de las instituciones, "la necesidad tanto de reforzar la acción extraparlamentaria del proletariado, como de organizar con precisión la acción parlamentaria de nuestros diputados".
Pero sus críticas a la revolución rusa no fueron escuchadas con la debida atención. En el famoso debate sobre la disolución de la Asamblea Constituyente, constantemente reivindicada por los bolcheviques entre febrero y octubre de 1917, pueden analizar importantes tensiones sobre la democracia. Rosa no es sorda a los argumentos según los cuales había que "romper esta constituyente caducada", por tanto "nacida muerta", que iba con retraso respecto a la dinámica revolucionaria, tanto por sus modalidades electivas como por la imagen deformada que daba del país. Pero entonces, "había que prescribir sin tardar nuevas elecciones para una nueva Constituyente". Sin embargo Lenin y Trotsky (en su folleto de 1923 sobre las Lecciones de Octubre) excluyen por principio toda forma de "democracia mixta" planteada por los austro-marxistas.
Rosa vive en Alemania, tiene la experiencia de una vida parlamentaria ya consolidada. Por esto, se inquieta explícitamente por esta confusión entre la excepción y la regla: "El peligro comienza allí donde, haciendo de la necesidad virtud, ellos (los dirigentes bolcheviques) intentan fijar en todos los puntos de la teoría, una táctica que les ha sido impuesta por condiciones fatales y proponérsela al proletariado internacional como modelo de la táctica socialista". Esta extrapolación de condiciones y modelos debería ser precisamente el punto de mira para no repetir errores de calco y copia de revoluciones anteriores.
No pueden trasladarse mecánicamente ni las concepciones ni las instituciones de un modelo de revolución a otro. Lo que está en juego, es la vitalidad y la eficacia de la propia democracia socialista. Luxemburgo subraya la importancia de la opinión pública, que no habría que reducir a un engaño o a un teatro de sombras con medidas de restricción estatal. Toda la experiencia histórica "nos muestra al contrario que la opinión pública irriga constantemente las instituciones representativas, las penetra, las dirige. Es precisamente la revolución la que, con su efervescencia ardiente, crea esta atmósfera política vibrante, receptiva, que permite a las olas de la opinión pública, al pulso de la vida popular actuar instantáneamente, milagrosamente, sobre las instituciones representativas".

En lugar de comprimir este "pulso de la vida popular", los revolucionarios deben dejarle latir pues constituye un poderoso correctivo al pesado mecanismo de las instituciones democráticas. “Ciertamente, dice Rosa, toda institución democrática, como toda institución humana, tiene sus límites y sus lagunas. Pero el remedio que han encontrado Lenin y Trotsky –suprimir directamente la democracia- es peor que el mal que se supone curar: obstruye la fuente viva de donde habrían podido brotar los correctivos a las imperfecciones congénitas de las instituciones sociales, la vida política activa, enérgica, sin trabas de la gran mayoría de las masas populares". En nuestras condiciones, más que restringir los poderes de influencia de la mediática capitalista, habría que ampliar, fortalecer y diversificar los medios de comunicación contra-hegemónicos del bloque nacional-popular, para modificar el cuadro de fuerzas y sentidos de la opinión pública democrática.

Los errores de desmantelar la democracia tendrán su precio. En su Stalin póstumo, Trotsky reconoce hasta qué punto la guerra civil fue una escuela de brutalidad autoritaria y de mando burocrático. Stalin no tendrá ninguna dificultad para reciclar a su servicio estos métodos de mando. Las advertencias de Rosa toman entonces retrospectivamente todo su sentido. Temía en 1918 que medidas de excepción temporalmente justificables se convirtieran en la regla, en nombre de una concepción puramente instrumental del Estado en tanto que aparato de dominación de una clase sobre otra. La revolución consistiría entonces solo en hacerle cambiar de manos: "Lenin dice que el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase obrera, el Estado socialista un instrumento de opresión de la burguesía, que no es de alguna forma más que un Estado capitalista invertido. Esta concepción simplista omite lo esencial: para que la clase burguesa pueda ejercer su dominación, no hay necesidad en absoluto de enseñar y educar políticamente al conjunto de la masa popular, al menos no más allá de ciertos límites estrechamente trazados. Para la dictadura proletaria, es ése el elemento vital, el aliento sin el que no podría existir".
En efecto, la sociedad nueva debe inventarse sin manual, en la experiencia práctica de millones de hombres y mujeres. El programa del partido no ofrece a este propósito más que "grandes paneles que indican la dirección", y además estas indicaciones no tienen un carácter indicativo, más que un carácter prescriptivo. Para resolver estos problemas, la libertad más amplia, la actividad más amplia, la más amplia parte de la población es necesaria. Sin embargo, la libertad, "es siempre al menos la libertad de quien piensa de otra forma". No es ella, sino el terror, quien desmoraliza: "Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha de opinión libre, la vida se apaga en todas las instituciones públicas, vegeta, y la burocracia se constituye en el único elemento activo".

Desarrollar la democracia hasta el final, buscar las formas de este desarrollo, ponerlas a la prueba de la práctica, es sin embargo una de las tareas esenciales de la lucha por la revolución social. A lo largo de todo el siglo XX, las experiencias sociales y de las investigaciones antropológicas, los enfoques teóricos del Estado se han enriquecido y profundizado, desde Gramsci a Foucault, pasando por Poulantzas, Lefebvre, Alvater, Hirsch y muchos otros. Foucault ha contribuido principalmente a desmitificar un fetichismo del poder analizando la genealogía de las relaciones de poderes, hasta emitir la hipótesis según la cual el Estado no sería sino "un tipo diferente de gubernamentalidad". Si su teoría de las relaciones de poder, como la de los campos de Bourdieu, permite comprender una pluralidad de dominaciones y de contradicciones, no deja de ser cierto que todos los poderes no participan en la reproducción social de las relaciones capitalistas de producción. Hay, en las redes y las relaciones de poderes, nudos más importantes que otros. Las retóricas liberales del Estado mínimo o del repliegue del Estado no hacen sino resaltar con más relieve el núcleo duro de sus funciones represivas y su papel eminente en la puesta en pie de los dispositivos del biopoder.
Por tanto, no hay "Estado imparcial". El tejido de las relaciones de dominación, de poder-sobre, hay que deshacerlo a partir del poder-hacer, de la potencia; y si se trata de un proceso a largo plazo, la maquinaria del poder del Estado hay que romperla. Esta es una lección que no puede olvidarse, más cuando se habla mucho de Estado: Estado Socialista, Estado Comunal, Estado Revolucionario. Tal vez, no hay mayor veneración supersticiosa por el Estado en aquellos que han recibido a-críticamente una socialización de tipo capitalista, con sus jefaturas, jerarquías, rangos y desde el habitus del “fordismo” económico, militar o eclesiástico. El culto a jefes, a funcionarios, a jefaturas, a la división tajante entre posiciones de mando y la dirección estratégica frente a la ejecución táctica y operacional, es parte no de la solución sino del problema. Ni la forma-partido ni la forma-estado deben prefigurar la naturalización de la división entre gobernantes y gobernados, explotadores y explotados, opresores y oprimidos, sino que el poder revolucionario debe crear las condiciones para su virtual liquidación.

Cuando el rumor popular plantea: “No queremos que nos gobiernen, queremos gobernar”, esto puede dar lugar a reacciones estereotipadas cuyo fondo ideológico es la función de mando burocrática-capitalista. Creemos que no se trata de simples “consignas anarquistas”, sino de autenticas demandas populares de democracia protagónica.
Se trata de un problema real que enfrenta toda revolución cuando plantea las formas políticas del poder revolucionario y de la transición al socialismo. Esto ha ocurrido desde la revolución mexicana, pasando por la revolución en Alemania, Rusia, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, China, por los eventos insurrecciónales en Francia, en Italia, en Argentina, en Chile y pare de contar.
Cualquier revolución es una puesta en cuestión de las lógicas de la dominación: económica, política, burocrática, mediática, eclesiástica, familiar, etc. Criminalizar estos acontecimientos, a sus actores y discursos es un síntoma de fascismo en el propio campo de la revolución. Toda posición de derecha se caracteriza por gritar orden, disciplina y jefatura, de manera estridente y permanente. Cuando aparecen estos síntomas de manera ocasional en la dirección revolucionaria o en sus funcionarios del consenso, hay que ponerse en alerta. Hay que decir, “ni son tan poquitos, porque se preocupan.” El tema de fondo es que en la dirección revolucionaria hay “mala conciencia” por las deudas en la conexión gobierno/pueblo. Lo saben pero no lo reconocen. Esta revolución está derivando hacia una forma de cesarismo, de populismo asistencial-redistributivo sin organización popular, y hacia la conciliación con la derecha económica. El pueblo organizado y movilizado, no lo duden, tendrá que corregir esta situación.
No olvidemos nunca que la coherencia estrecha entre explotadores y explotados en el mundo económico, y entre gobernantes y gobernados en el mundo político, es la condición de posibilidad de que la lógica de la dominación se reproduzca sin fin. Toda lógica de dominación entra en contradicción antagónica con los espacios de libertad, la participación, el protagonismo popular y la liberación social. Por eso en el nuevo socialismo se justifica la función de la dirección revolucionaria, conforme a liderazgos colectivos y colegiados, para mandar obedeciendo al pueblo.
Porque democracia socialista es de manera sencilla, precisa, clara y concisa: ¡mandar obedeciendo al pueblo!

viernes, 29 de febrero de 2008

PSUV: ¿DERIVA HACIA LA DERECHA?


Javier Biardeau R


Considero imprescindible que aquellos que estén comprometidos con una refundación del campo de la izquierda socialista, revolucionaria, nacional-popular y profundamente democrática en el seno del proceso bolivariano, cuestionar las diversas intrusiones de la derecha que pueden ser expresadas en:

a) Subordinación de la política económica, sectorial y global del Estado, a los intereses de la acumulación de diversas fracciones capitalistas, nacionales y transnacionales, enquistadas bajo modalidades patrimoniales y succionadoras del presupuesto público, debilitándose los intereses y la resolución de las demandas de las clases trabajadoras, subempleadas y del polo popular.
b) Control y cooptación de personal político de la alta dirección de los órganos del poder constituido y de los centros estratégicos de poder, con especial énfasis en los mandos militares y comandos de guarnición.
c) ideología de conciliación-pactos con grupos de poder, del pragmatismo, de renuncia a los principios éticos del socialismo revolucionario, reforzando la pasividad de la acción de masas y fomentando la corrupción,
c) Desmantelamiento de la dirección colectiva y sustitución por sistema de mando vertical-personalista en las estructuras de intermediación políticas y sociales,
d) liquidación de la autonomía organizativa del movimiento sindical, gremial, estudiantil y en general de las organizaciones del campo popular, en aras de su ubicación como simples correas de movilización electoral o para neutralizar “amenazas del imperialismo”.
e) retraimiento de una política internacional que promueva la construcción de bloques regionales de poder contra-imperiales.

Ya son comunes los términos de boli-burguesía, derecha endógena, nueva clase político-económica, etc. En la calles, esquinas, lugares de trabajo y descanso, incluso llegan a identificarse sus voceros, figuras, testaferros, empresas y conexiones económicas, políticas, y militares. El “capitalismo de estado” realmente existente es el manantial boyante de la creación de esta suerte de lumpem-burguesía rentista. En este contexto, los peligros de las “desviaciones de derecha” no son ajenos a la construcción del PSUV, a sus cuadros de dirección, a sus equipos técnicos y promotores.

Tanto la deriva derechista como la deriva ultra-izquierdista, son factores de debilidad para la acumulación de fuerzas socialistas, revolucionarias y democráticas en el movimiento nacional-popular bolivariano. Mientras el ultra-izquierdismo desea saltos sin transiciones, la deriva de derecha desea cancelar cualquier transformación efectiva de las estructuras de poder, privilegio y control ideológico, haciendo llamados al orden, el pragmatismo y la gobernabilidad. En el campo teórico e ideológico, la deriva hacia la derecha ha representado las tentativas de negación de cualquier referencia a algunas de las variantes del marxismo, o a la construcción de referencia teórica revolucionaria, bajo el ropaje de las interpretaciones funcionalistas-.sistémicas de las “ciencias sociales” disponibles. La unidad y coherencia ideológica con la tradición socialista revolucionaria es desplazada a un segundo plano, enfatizando la lealtad al mando personal-vertical del Presidente Chávez y las referencias genéricas al antiimperialismo.
Esto indica la impostergable necesidad de un debate ideológico acerca del “socialismo” y la “revolución bolivariana” hasta ahora cancelado, con interlocución del movimiento popular y sus expresiones organizadas. No hay debate, ni formación teórica-ideológica, ni espacios de profundización de la discusión política e ideológica. Estos asuntos se reducen a clichés, consignas, y propaganda masiva y alienante. La batalla de ideas se ha quedado en una batalla sin ideas, sin interlocución real del movimiento popular, de los trabajadores de ambos géneros, subempleados, desocupados, movimientos sociales, campesinos, estudiantes, profesionales, pueblos indígenas, intelectuales y capas medias progresistas. El peligro de que se cree una fracción de derecha en el poder, se halla vinculada a la situación general del país. La misma amenaza permanente de la política imperialista norteamericana, y de los representantes políticos de la derecha económica tradicional tienden a alimentar la opinión de que, estando el movimiento popular revolucionario en la imposibilidad de derrocar rápidamente el régimen capitalista, la mejor táctica es la que lo lleve a un bloque de concertación con la llamada “burguesía-nacional” (burguesía del proceso”), para lograr la supuesta contención amplia de la oligarquía y del imperialismo, degenerando en una pasividad del movimiento popular y de la dirección de izquierda revolucionaria. Se repiten los guiones de las llamadas “revoluciones por etapas”, la conjunción de un bloque de clases antiimperialistas, típicas del nacionalismo burgués, y plantillas cercanas a la tesis de la “nueva democracia”, pero sin una clara dirección revolucionaria. Se viene imponiendo con naturalidad las tesis de la concertación de intereses entre el polo popular, los trabajadores, los campesinos, las capas medias, y los llamados capitalistas nacionales, justificando esta situación como una consecuencia desafortunada del imperialismo. Pero el asunto estratégico es dilucidar cuales sectores tiene el papel ideológico y político dirigente de la coalición. ¿Cuáles son las fuerzas dirigentes y motrices de la revolución bolivariana? Hasta ahora, parece claro, que no es ni el movimiento popular, ni los trabajadores, ni los campesinos, ni sectores revolucionarios de las capas medias. Todo depende del arbitraje personal de Chávez y de su anillo de apoyo político inmediato.
Hay que examinar con precisión y claridad las correlaciones de fuerzas y el carácter de clase del gabinete ministerial, de los poderes constituidos, y de la fuerza armada, estableciendo sus conexiones ideológicas dominantes. De este modo, la nueva burguesía y su nueva clase política se sirven del movimiento popular y las capas medias progresistas como masa de maniobra electoral contra la restauración del punto-fijismo, pero institucionalizando un nuevo pacto de elites emergente. Ello es la expresión del profundo pesimismo de la situación predominante acerca de la capacidad revolucionaria de las clases trabajadoras y de los sectores populares en general. Este pesimismo acerca del papel del poder popular organizado y movilizado, conducen a enaltecer prácticas gubernamentales y políticas que combinan aspectos del populismo re-distributivo, el reformismo socialdemócrata y la gobernabilidad liberal, a pesar de la retórica revolucionaria, nacionalista y de “rumbo hacia el socialismo”. La lucha revolucionaria pasa por enterrar definitivamente un determinado régimen social, sus sistemas de explotación, dominación y manipulación ideológica. "Rumbo hacia" y nada más; año tras año "rumbo hacia", y al cabo de años ¿seguir hablando de "rumbo hacia"? "Rumbo hacia" significa no haber llegado ni querer llegar.
Existe una pretensión de control/cooptación del campo popular, por parte de un reducido núcleo de dirección política, cuyos valores-fuerza no van más allá de las aspiraciones de la mediana y alta burguesía rentista, nacionalista, pero temerosa de la construcción de un movimiento popular organizado y de cambios revolucionarios. Estos valores fuerza no constituyen el ala derecha del movimiento popular, sino el ala izquierda de la burguesía y como tal deben ser desenmascarados ante el pueblo. El peligro de derecha debe combatirse con debate, agitación, movilización y formación ideológica socialista, contraponiendo al programa de derecha el programa revolucionario del bloque nacional-popular.
El tema del socialismo revolucionario frente al nacionalismo antiimperialista es un eje de debate para clarificar la permanencia o transformación del régimen de producción, propiedad y mando capitalista. Si la lucha es una lucha sin fin contra el bloque de poder oligarquía/imperialismo, entonces no hay avance alguno. O se debilita realmente el poder del imperialismo, de la oligarquía y de la derecha, o se los fortalece. Si se los fortalece, la revolución ha entrado en un periodo de reflujo revolucionario y de flujo contra-revolucionario. Mientras el maximalismo sin transiciones liquida las mediaciones políticas de la revolución, el minimalismo del pragmatismo liquida cualquier referencia a transformaciones estructurales bajo la conducción del poder popular organizado. El minimalismo es la ventana de oportunidad de la derecha para liquidar la revolución.
Sin una crítica a los conceptos y valores de derecha que predominan en la actual situación política será muy difícil salir de la deriva populista de la revolución. Hay quienes consideran demasiado largo el período de transición y se impacientan. Esto los conducirá a errores de ultra-izquierda. Otros siguen parados en el mismo sitio, y creen que hemos llegado al final de la revolución. Estos constituyen a la derecha. Vivimos un delicado momento de recomposición social, política e ideológica de la revolución bolivariana, luego del revés electoral del 2-D. La derecha culpabiliza a la izquierda del revés electoral, pero lo cierto es que muchos de los contenidos de la reforma, traducían las pretensiones de una tendencia de derecha disfrazada de izquierda. La mayor evidencia radicaba en la minimización del poder de decisión, control y conducción efectivo del poder popular organizado de los métodos y fines del cambio. El proceso de cambio quedaba concentrado y confiscado en pequeños núcleos de decisión. Todo período de transición está lleno de contradicciones y luchas. Postergar indefinidamente las transformaciones de signo socialista, inhibir el debate socialista, inhibir la construcción de practicas socialistas, son parte del clima ideológico dominante de derecha. Derivar hacia la derecha es quedarse a la zaga de una época, fomentando el espíritu de estabilidad y de pasividad en los sectores populares. Frente a la deriva dominante de derecha no puede haber reacciones ultra-izquierdistas. Hay que emprender una lucha de dos frentes en el PSUV, combatiendo tanto la deriva infantil del ultra-izquierdismo, como enfrentar con decisión el montaje de poder que viene acumulando la derecha. Hay que impedir que el PSUV consolide una dirección de derecha, que utilice sus conexiones económicas y militares para neutralizar el socialismo revolucionario bolivariano. La designación y los métodos de designación de las autoridades transitorias del PSUV marcarán el rumbo de la nueva coyuntura política. ¿Se reconocerá alguna legitimidad política e ideológica a una dirección provisional predominante de derecha? El bloque nacional-popular revolucionario tendrá la última palabra.

domingo, 24 de febrero de 2008

LIBERARSE DE LAS POLARIZACIONES DE LA IZQUIERDA DEL SIGLO XX






Javier Biardeau R.

1.- Entrada:

Ya han comenzado a manifestarse los dolientes de la muerte del mito de las dos izquierdas. Dolientes de la socialdemocracia-reformista y dolientes del estalinismo marxista-leninista. Desde nuestra perspectiva, mientras más re-inventemos el imaginario crítico socialista y dejemos atrás a las viejas izquierdas del siglo XX, con mayor creatividad se perfilarán las nuevas figuras de la pluralidad socialista del siglo XXI. No habrá un solo socialismo, como nunca lo hubo, pero se hará explícita la multiplicidad de modelos de socialismo. No hay recetarios, ni catecismos, revestidos o no, de retóricas cientificistas. Lo que viene emergiendo es un nuevo imaginario crítico radical. Desde este imaginario, habrá que socavar y conmover a las ciencias sociales históricas establecidas, analizar sus bases ideológicas y sus adscripciones a geopolíticas culturales. Las teorías, codificaciones y representaciones conceptuales, quedarán en un segundo lugar, en un plano accesorio, de donde no deberán salir, sino como “cajas de herramientas”, como “instrumentos teóricos”. Esta decisión responde a la propensión de reificar a los productos de la actividad científica en el campo histórico-social, como ideologías justificadoras de determinadas opciones políticas. Sabemos lo sencillo que es construir ideologías justificadoras desde supuestos y presunciones de “teorías científicas” de lo histórico-social. No entreguemos los movimientos de lo contingente a un nuevo discurso-amo. Las ciencias histórico sociales o son críticas, o son siervas de las pretensiones de poder. En éstas, no hay ni pura contingencia ni pura necesidad, ni pura libertad, ni pura causalidad. Hay aperturas de planos de consistencia, de tendencias y contra-tendencias. Allí se juegan las estrategias y las tácticas, los juegos y las constricciones.

2.- Acontecimientos:

Tratemos son respeto y rigor los interrogantes hechos por Margarita López Maya (El bolivarianismo ¿Cuál izquierda?: http://www.aporrea.org/ideologia/a51214.html). La izquierda del siglo XX mantiene sus espectros por inercias, caligrafías mentales, dogmas, repeticiones e incluso, actitudes típicas del “colonialismo interno”. Washington quisiera revivir el mito de las dos izquierdas, utilizarlo como herramienta de división-disgregación, y llama a sus mensajeros a posicionar de alguna manera su mitología polarizadora. Esta mitología es enemiga del pluralismo. Maniqueísmo no es pluralidad, no es sociodiversidad. Ahora, son las izquierdas “carnívoras” o “vegetarianas”, de Vargas Llosa, de Montaner. Antes fueron, Castañeda, Villalobos, Petkoff, sectores de la Internacional Socialista, etc. Por otra parte, el estalinismo tropical también mueve sus piezas. Todavía hay dolientes en el imaginario del estalinismo-burocrático. Todavía hoy se intenta conjurar la lectura atenta de los Manuscritos económico-filosóficos, de los Grundrisse o de los Anales Franco-Alemanes. Mucho más las correspondencias, donde se despejan controversias teóricas y se derriban dogmas. Es muy peligroso que el viejo Marx y sus escritos subversivos salgan de su tumba para enterrar la entelequia del marxismo-leninismo, para sepultar la ideología de justificación del partido-Estado. En Marx y Engels habita una flexibilidad, un rigor, que justifican la pluralidad socialista, la existencia de tendencias revolucionarias diversas que luchan ciertamente, pero que fecundan la diversidad y libertad de pensamiento crítico, que hacen gala de la centralidad de la soberanía popular, de la República democrática, de una utopía comunista libertaria de cabo a rabo, más allá de la máquina-estado y su función de servidumbre, mas allá del régimen de producción, propiedad y mando capitalista. Los teatros reformista y estalinista son dos montajes simétricos, falsas polarizaciones de una misma lógica del poder: gobernantes y gobernados, explotados y explotadores, colonizantes y colonizados, cada uno en su lugar, en su emplazamiento objetivo, sin mutaciones. Pero estos montajes se han desvanecido con la caída de sus grandes-relatos ideológicos. Desde un punto de vista socio-semiótico, sus programas narrativos no generan el más mínimo efecto realizativo. Producen desiertos de sentido. No logran movilizar lo que Nietszche llamó en algún lugar, “quanta de potencia”, o Marx, “quanta de valor”. Constituyen el “grado cero” del proyecto-liberación, simulacros, espejismos. Se han vaciado de aceptabilidad y de pasión libertaria, y muestran su verdadero rostro: simples imposturas burocráticas.

Reformar el capitalismo para hacerlo “humano”, o salir de la prehistoria desde el telos del despotismo-burocrático, constituyen simples estupideces, bufonadas, engaños, consuelos para idiotas. Las historias y sus creatividades van por otros lados. Como dicen algunos sacerdotes: hay que prestarle atención a la morfogénesis. Analicemos si hay novedad, si hay reinvención del imaginario socialista y para la izquierda anticapitalista, o si los fantasmas del pasado tienen el poder de aprisionar el cerebro de los vivos. El análisis de las movidas electorales de América Latina indica el llamado “giro político hacia la izquierda”. Pero más que un giro hacia una dirección única, es un rechazo de la imposición única llamada neoliberalismo. De allí a la izquierda anticapitalista hay un largísimo trecho. No olvidemos que el neoliberalismo es la ideología-fuerza del capitalismo del siglo XXI, pero hay propuestas de recambio en puerta. El capitalismo juega con propuestas des-reguladoras y reguladoras. Todo depende del empuje del bloque popular subalterno, o si prefieren, de la multitud. Se abre un nuevo ciclo de luchas, de movimientos, de insurgencias y nadie está en capacidad de codificarlas en las plantillas de la izquierda del siglo XX. Construyamos nuevos conceptos, también en el plano teórico, conceptual, hay que hacer revoluciones. Tradición e innovación son originariamente parte del trazado de fronteras entre izquierda y derecha. La derecha conserva y tiene una ansiedad cartesiana por el orden y la estabilidad, la izquierda subvierte, y su pathos es cambiar la vida, esta ruinosa vida de alienaciones múltiples. Por esto, la vieja izquierda del siglo XX, tanto la reformista como la marxista-leninista son de derecha.

¿Qué significa ser de izquierda en este siglo XXI?, se interroga Margarita López Maya tratando de comprender el llamado bolivarianismo. Creo que el bolivarianismo es un enigma de múltiples caras: hay izquierdas, pero también derechas. La cuestión no va por el camino de concretar la identidad política de la izquierda del siglo XXI desde el universo de referencias del siglo XIX y XX. La historia no ayuda mucho en este caso, a menos que sea para des-sedimentar las viejas identificaciones de la vieja izquierda. No seamos lo que fue, sino lo que podamos devenir con nuestras prácticas históricas. No hay que nacer viejos, hay que crear novedades. Pero es pertinente la pregunta: ¿Qué significó ser de izquierda en el siglo XIX y XX, para no repetir sus errores y tragedias?

3.- Cuentos:

Podemos utilizar con Margarita, como punto de partida un ensayo del historiador marxista británico Eric Hobsbawm, llamado ¿Qué queda de la izquierda? (en On the Edge of the New Century, 1999). Podríamos utilizar a Bobbio, a Canfora, a Jaurés, a cualquier otro u otra; y porque no, a Marx. Los puntos de partida no son inocentes. Pero, cuidado, los términos derecha e izquierda tienen una sedimentación, una procedencia, una genealogía. Las narraciones ya no son simples descripciones:

“A la izquierda de la Asamblea estaban Barnave, el romántico Buzot, el hermoso Pétion, y Robespierre, abogado de Arras y adicto a la causa popular. En el centro, grandes señores liberales o curas demócratas; a la derecha, algunos hombres de valor, pero sin influencia, y que no intervenían para nada en las sesiones”. André Maurois. Historia de Francia

Sabemos que el criterio definitorio fue que en aquella Asamblea Nacional, a la derecha se sentaban los partidarios de cambios muy leves (o de ningún cambio), y a la izquierda los que exigían transformaciones drásticas, profundas y rápidas del “ancien régime”. Lo que no decimos, es que eran una izquierda y una derecha de contenido básicamente burgués. Así que no es lo mismo decir izquierda que socialismo. Ni lo mismo decir socialismo que anticapitalismo. Marx ya lo advertía en su contexto (Manifiesto comunista), hay socialismos burgueses y pequeño-burgueses, incluso feudales. Hay una izquierda burguesa, y esa es una de las enseñanzas de la Revolución Francesa, que no hay que descuidar. Una larga serie de historiadores, desde Louis Blanc hasta Daniel Guérin, pasando por Jean Jaurés, ha propuesto, sin embargo, interpretaciones diferentes a las oficiales, que tienden a poner de relieve la participación de las clases populares y los componentes «socialistas» de la revolución. Lo importante parece señalar la acción del pueblo en la gesta revolucionaria, junto a la existencia de un pensamiento «comunista» (Mably, D’Argenson) y, más que «liberal», «libertario» (Maréchal, Diderot), en los escritores de la época.

Mientras la burguesía entendía la proclamada «igualdad» como igualdad ante la ley, el pueblo subalterno la interpretaba como igualdad social y económica, y se esforzaba por llegar al nivel de la realidad concreta lo que no era sino una abstracción jurídica. La «Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano», basada en la «Declaración de la Independencia» de los Estados Unidos y redactada por representantes de la burguesía, seguía considerando «inviolable y sagrado» el derecho de propiedad. El célebre abate Siéyes, vocero de esa burguesía, proponía por entonces una división general de la población de Francia en ciudadanos activos, es decir, propietarios (con derecho a elegir para el gobierno) y ciudadanos pasivos, esto es, proletarios (sin derechos políticos). Poco después, la Asamblea, dominada por representantes de la burguesía, acogía esta dicotomía como principio esencial de la Constitución. Desde entonces, los usufructuarios de la Revolución, interpretaron el principio de igualdad anunciando que «todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros». La lucha de clases durante la Revolución francesa conformó sus sistemas narrativos, como los ha denominado Jean Pierre Fayé. Cada sistema narrativo hecha su cuento (y esa es la historia como relato, cuentos, memorias hechas narraciones, aunque revestidas de modelos explicativos, de simulaciones nomológico-deductivas). Por ello, la conciencia histórica es objeto de disputa política, y desde allí la lucha por las memorias e historias “oficiales”. Falsificaciones, farsas, controversias, es difícil encontrar en la historia una objetividad distinta de la humana objetividad. A decir, de Nietszche. Humana, demasiado humana.

Por ejemplo, constituye una controversia histórica, la exaltación del jacobinismo como la «izquierda» de la revolución. Los jacobinos fueron, para otras interpretaciones, la izquierda de la burguesía. El terror que instauraron estaba ideológicamente vinculado con su concepción centralista del Estado, con su idea de la «dictadura democrática», con su propósito de utilizar al pueblo antes que de serle útil. En este error incurrieron muchos historiadores marxistas-leninistas, como A. Soboul (La Revolution francaise), que, aun reconociendo el papel de la masa popular en la gesta revolucionaria, trataron de minimizar, con óptica rigurosamente estalinista, los intentos de autogestión y de democracia directa, puestos de relieve, en cambio, por D. Guérin y, ya antes, en alguna medida, por M. Aulard. Más allá del jacobinismo, aunque originadas en él, surgieron las sociedades secretas comunistas, promovidas desde 1794 por Babeuf y Buonarroti, que postulaban la nacionalización de la tierra. Pero más allá de este comunismo centralista (llamado a desembocar en Blanqui y en Lenin), hay todavía un comunismo abierto y popular, muchas veces libertario y federalista, desarrollado en calles y plazas y predicado en las secciones de barrios, cuyos exponentes fueron, entre otros, Varlet, Chalier, Leclerc, Jacques Roux («el cura rojo») (M. Dommanget, Jacques Roux. Le curé rouge, 1948), Dolivier (cura de Mauchamp y autor de un Ensayo sobre la justicia primitiva), Boisel (que escribió el Catecismo del género humano), L’Ange (a quien Michelet considera como un predecesor de Fourier). Pero también el redactor del célebre Manifiesto de los Iguales, Sylvain Maréchal, rechaza tanto la propiedad privada como cualquier forma de gobierno (M. Dommanget, Sylvain Maréchal L’egalitaire, 1950). Éstas eran las visiones del mundo, los horizontes de mundo de las clases populares-subalternas; ésta era la otra izquierda de la revolución
Considero desacertado decir que la izquierda como referencia política aparece en Europa con la revolución inglesa. Por rigor socio-semiótico, no se etiquetaron de estas formas los movimientos radicales ingleses. Trasladar terminología de unos tiempos a otros, genera una amalgama que termina por confundir los mazos de cartas. Su procedencia es la Asamblea nacional de la Revolución Francesa. Retroceder en el uso social de estos terminos a la “revolución” inglesa del siglo XVII, y tomar como referencia, una “derecha”: los puritanos del propio Cromwell y su yerno, Ireton, un “centro” (los levellers) y una “izquierda” (los diggers), implica utilizar términos que no se corresponde con las propias interpretaciones de los protagonistas. También los sujetos importan, no solo las proyecciones del investigador. No carece de interés y de vinculación histórica, que la fractura se produce en torno a dos cuestiones que son importantes: el sufragio universal o condición de ciudadanía y la apropiación privada de la tierra, cuestionada por los diggers de Lilbume, que proponen un régimen comunal, pero no fue propiamente una revolución, sino un acomodamiento pactado en el que los sectores dominantes lograron cooptar el radicalismo.

Apuesto por una perspectiva histórica más restringida y menos laxa con el uso de izquierda y derecha. Permite hacer distinciones más ricas, más complejas, construir determinaciones mucho más multilaterales. Ser de izquierda antes del socialismo ruso era captar las luchas en el seno de la Gran Revolución, no solo luchas entre los de arriba y sus fracciones, sino entre los de abajo y sus formaciones. No se trató solo fue compartir ideales como la lucha contra la monarquía, las aristocracias y el absolutismo, sino además de diferir sobre si estar a favor o no de las nacientes instituciones burguesas de gobierno constitucional y liberal. No fue que “una vez que la burguesía alcanzó el poder, las agendas de los izquierdistas cambiaron y se diversificaron”. NO, ya las agendas eran diversificadas antes y lo serán después. Hay tanto compartir ideales: alianzas, como estar en desacuerdo: conflictos. El Imaginario de izquierda es inherentemente conflictivo, y esto no es negativo per se.
Obviamente, estoy comentando mis desacuerdos sobre el propio texto de López Maya. Cambios de acentos y énfasis que tienen implicaciones políticas. Veamos. Ser de izquierda en el siglo XIX no era formar parte de un “continuo” que iba de posiciones moderadas a radicales. Moderada fue el centro y la derecha. ¿Eran moderados los jacobinos? Ciertamente no, y eran la izquierda de una fracción burguesa. El Imaginario jacobino era Republicano, democrático, pero liberal. Pensar que este imaginario agota el campo de la izquierda es una pesada ilusión, que todavía tiene consecuencias políticas. Se asocia el radicalismo a las posiciones violentas, pero no olvidemos que esta asociación es parte de una sedimentación histórica.

No fue la revolución bolchevique siguiendo a Hobsbawm, la que produjo una escisión polarizante en las izquierdas. Previamente, existieron polarizaciones en la AIT, por ejemplo, con la expulsión de la Bukunin y los suyos. Es falso decir que la socialdemocracia mantuvo la lucha por gobiernos constitucionales, derechos civiles, políticos y sociales que permitieran la inclusión y vida de buena calidad para todos. Aquí comienza Margarita a deslizar sus preferencias morales: vida buena/vida mala, ¿Calidad de vida? No, este cuento puede ser contado de otras maneras. Primero ¿Cuál socialdemocracia? ¿La de Lasalle, la de Engels, la de Kaustky, la de Bernstein?. No son pequeñas las diferencias. Eso que llaman pomposamente, la socialdemocracia europea, vivió sus peores momentos justo antes de la primera guerra mundial: ¿apoyamos o no la guerra? ¿Somos colonialistas o no? ¿Seguimos a Marx o no? ¿Apoyamos la revolución rusa o no? No tornemos invisibls estos “pequeños detalles”. Incluso, mas tarde, recordemos los intentos por crear una Internacional del dos y medio, ni alemana ni bolchevique. La izquierda socialista ha sido plural y conflictiva, y la historiografía sigue buscando continuidades, unidades, en vez de desgarramientos y diferencias. La agenda socialdemócrata, si es por crear cartografías de dividió en revolucionarios y reformistas, mucho antes de la polémica entre bolcheviques y la dirección de la social-democracia alemana. Y digo esto, por sencillez. Hay implicaciones políticas en cada una de las lecturas.

Cuando López Maya dice que la socialdemocracia “se centró en democratizar la política con la inclusión y dominio en ella de las masas populares lideradas por el movimiento obrero. Se pensó que una vez completada esta agenda, se avizoraría el camino hacia la sociedad libertaria socialista. La izquierda bolchevique, en cambio, se consideró revolucionaria y optó por la idea de la revolución permanente como medio para alcanzar la construcción de un nuevo tipo de sociedad, que hasta ese momento nadie podía caracterizar o dibujar con certeza”; estamos en la propia intrusión de la mitología de las dos izquierdas, recuerdan: la vida buena/la vida mala. Si fuéramos quisquillosos con la lógica del significante, diríamos: la vía buena/ la vía mala al socialismo. Pero esta es una deformación, ¡de las socio-semióticas críticas y del plano de la expresión! Este es el criterio de valor, el pre-juicio de valor de toda la mitología de las dos izquierdas. Tampoco en la Revolución Rusa había una sola izquierda socialista. Pero no continuaré, por eso he titulado esta parte como Cuentos: ¿Qué son las historias escritas y narradas desde diferentes perspectivas ideológicas? Cuentos, Marx: “de te fabula narratur! Ueber dich word hier berichtet! ( de ti se habla aquí- aquí se cuenta de ti).


4.- Implicaciones…realizativos…los discursos son actos que ensamblan acciones de masa:

Antes de tomar como punto de partida a la guerra fría pasaron muchas cosas, acontecimientos, eventos. Entre ellos apuntaré algunos. Es solo en 1951 que se crea la Internacional Socialista, el COMISCO se transforma en el Consejo de la IS. No es una línea recta la ruta de la II Internacional a la Internacional obrera y socialista, y de ésta a la Internacional Socialista. Allí pasaron muchas cosas, con grandes implicaciones, que es conveniente estudiar y difundir. Es materia pendiente, pero no olvidemos dos: a) el Estalinismo, b) el abandono del programa de investigación-acción fundado por Marx y de la centralidad de una crítica radical-revolucionaria del capitalismo, por parte de la socialdemocracia reformista.
La polarización entre bolcheviques y la dirigencia de la socialdemocracia alemana es el punto neurálgico para abandonar el mito de las dos izquierdas. La cuestión es remontarse a esta polémica para comprender que otras voces fueron silenciadas e invisibilizadas, y que desde allí se destruyó el vínculo orgánico entre Socialismo, Democracia y Revolución (ver declaración de principios de internacional socialista: http://www.socialistinternational.org/viewArticle.cfm?ArticleID=31) Actualmente, la revolución es la “revolución tecnológica”, y una simple referencia a la revolución bolchevique tratada de la siguiente forma: “El comunismo ha perdido el atractivo que tuvo en ciertos momentos -tras la revolución de Octubre o durante la lucha antifascista- para una parte del movimiento obrero o para algunos intelectuales. Los crímenes del estalinismo, las persecuciones masivas y la violación de los derechos humanos, así como sus problemas económicos sin solución, han erosionado la imagen del comunismo como alternativa al socialismo democrático o como modelo para el futuro.”
Para la izquierda socialista, anticapitalista y democrática del siglo XXI, la cuestión es derrumbar la farsa reformista del “capitalismo con rostro humano”, y derrumbar las concepciones burocrático-despóticas del socialismo que tuvieron como epicentro la Revolución Bolchevique. Al mismo tiempo, hay que comprender las implicaciones de la crisis de la modernidad/colonialidad y de su racionalidad hegemónica, luchar para des-dogmatizar y descolonizar el pensamiento crítico socialista. Nada más y nada menos. ¿Puede el bolivarianismo apoyar alguna de estas tareas? Hay que resolver muchos enigmas con las múltiples caras del bolivarianismo.
Margarita López Maya acierta desde mi punto de vista cuando plantea que: “En América Latina se replican estos antagonismos entre socialdemócratas y comunistas hasta hoy, cuando uno oye que existen dos izquierdas: la buena y la mala, la vegetariana y la carnívora, la revolucionaria y la reformista. Estas simplificaciones ayudan poco a dilucidar qué camino es mejor en los albores del siglo XXI cuando se está en busca de nuevos paradigmas para construir mejores sociedades. Las crisis de los referentes del siglo XX debieran más bien despertar curiosidad y tolerancia para entender los experimentos en curso, con sus cómos y el por qué de sus diferencias. El debate de proyectos tan disímiles como los de la Concertación en Chile, el MAS en Bolivia, el PT en Brasil o el bolivarianismo en Venezuela enriquecería las posibilidades de desarrollar proyectos socialistas alternativos en el siglo XXI.”
La izquierda popular-subalterna indo-afro-latinoamericana ha venido resurgiendo de la mano de los movimientos populares y multitudes, más que de los partidos marxista-leninistas. En este contexto, el movimiento bolivariano ha demostrado ser una poderosa fuerza de movilización y de impacto internacional, a pesar de sus debilidades ideológicas a la luz de su adscripción al ideario socialista. El bolivarianismo es algo más que una “izquierda confusa y contradictoria”, expresa una izquierda anticapitalista, popular, subalterna, como quanta de potencia. Pero también expresa tendencias despóticas, socialdemócratas, populistas e incluso fascistoides. Allí reside su potencial y sus peligros. Dependerá de la capacidad intelectual, moral y política de una renovación socialista, democrática y revolucionaria, en el seno del bolivarianismo, para que la balanza ideológica se incline hacia esta dirección.

Hasta ahora, y prueba de ellos ha sido el polémico transito de la reforma constitucional, el comportamiento del bolivarianismo no es solo confuso y contradictorio, sino errático. La construcción de una plataforma de movimientos sociales, populares y fuerzas partidistas que sellen la unidad entre la particularidad nacional-popular, el nuevo socialismo, la democracia participativa y la revolución anticapitalista es una tarea pendiente. La izquierda socialista debe abandonar el complejo psicológico-político de sentirse “arrimados” a la revolución bolivariana, confiscada en términos generales por la derecha endógena, y bajo cierta complicidad (¿Táctica? ¿Estratégica? ¿Quién lo sabe aún?), del propio liderazgo de Chávez. ¿Será posible que el Gobierno aplique las tres R a su visión de la política? Diría que si y solo si rectifica en profundidad, para no perderse en la deriva cesarista-populista, ahora remozada de prudencia pragmática. Analizando la composición ideológico-política del personal político del gabinete de Gobierno, no me queda duda del giro hacía el pragmatismo, lo que Lanz ha llamado la “derecha de la izquierda”. Falta saber si se rearticulará una plataforma socialista, revolucionaria y democrática en el seno del proceso bolivariano, y si tendrá tiempo para evitar el ocaso de la revolución. Como dicen: el futuro es ahora.